La nave insignia orka rugió como la más fieraz de las bestias, cuando sus cientos de miles de cañones abrieron fuego al unísigo. Al ver tal despliegue de potencia de fuego, el resto de naves que lo acompñaban hicieron lo mismo, disparando tantas rondas de fuego, que la oscura nada del vacío que separaba ambas flotas se tiñó de amarillo y el rojo de la batalla.
Cientos de naves de ambos bandos, millones de toneladas de metal y pólvora, dos enormes flotas listas para enfrentarse la una a la otra. Los cañones de las naves orkas rugían con toda su furia, pero las naves de guerra de la cruzada Calixus se mantenían en silencio.
Orko: - Eh... ¿Kapitan? -
Gul'kar: - ¿Ke okurre? Estiercol de Jürgstertag.. -
Orko: - Nuztroz dizparoz no eztan alkanzando al enemigo. -
Gul'kar: - ¿Ké? ¿Por ké? -
Orko: - Pareze ke eztamos demaziado lejoz, kapitan. -
Gul'kar: - ¡Ké laz tormentaz dizformez me lleven! ¿Entonzes por ké abrieron fuego, ezcornokels? -
Orko: - Pero uzted dijo ke... -
Gul'kar: - No me rektifike, rata polizona. O lo hecharé por la borda. -
Squig perico: - ¡Por la borda! ¡Por la borda! -
Gul'kar: - Uzted se calla. - Le gritó al squig para luego darse vuelta y encarar al orko que tenía al frente. - ¿Por qué me zigue mirando con era cara de ezkualo? ¡Kargad kontra ezo humi de una vez por todaz! -
Todo un personaje sin lugar a dudas, uno que ni el propio Kanan soportaba la mayor parte de las veces. Pero el condenado tenía un gran sentido de la orientación y otras cualidades que le permitía navegar por el vacio del espacio. De hecho, fue gracias a Gul'kar que lograron encontrar todos los mundos que asaltaron, pues si bien Kanan sabía de su existencia, no era un navegante experto como para simplemente saber donde estaba. Después de todo, si ese día lucharían en Atem III era gracias a él. Aunque... Eso no lo hacía menos irritante.
A pesar de la formidable batalla espacial, el punto crítico se encontraba sobre la superficie de Atem III. Las hordas de orkos se acercaban cada vez más y más hacia las defenzas de la humanidad. Las trincheras ya había sido cavadas gracias a la habilidad sobrenatural de los Korps de la muerte de Krieg para este tipo de tareas, y aunque la protección les dió una gran ventaja en batalla, los orkos simplementes los superaban por números.
Tairon: - ¡Seguid resistiendo! ¡No dejeís ningún flanco al descubierto! ¡Luchad codo con codo mis camaradas! ¡Resistid por el Emperador! -
La voz del coronel se alzaba por el campo de batalla y sus palabras hacían eco por cada dispositivo de comunicaciones. Las tropas del Astra Militarun y los cuerpo de Krieg lucharían hasta la última gota de sangre de ser necesarios, pero habían cosas que los simples humanos no podían hacer. Hasta que:
Soldado: - ¡Coronel! - Gritó ehufórico tan pronto llegó al puesto de mando.
Tairon: - ¿Qué ocurre? -
Soldado: - Están aquí. -
No hizo falta decir nada más que para el coronel Tairon pudiese respirar aliviado, e incluso se permitiese sonreír vajo su aterradora máscara de gas. Lo consiguieron. La ayuda había llegado.
El cielo de Atem III tomó un sombrío colo oscuro, mientras tantos las fuerzas orkas como humanas sonreían ante la vista. Unos, aliviados por la llegada de los refuerzos. Otros, ante la emoción de la batalla que estaba a punto de cernirse sobre la tierra. Y entonces calleron.
Como enormes balas atravesando las densas cortinas de contaminación de Aten III, las cápsulas de desembarco dejaban una enorme estela de cielo despejado mientras caían a velocidades inimaginables. Un hermoso cielo cleste que pronto fue opacado por las nubes amarillentas del plantea.
El impacto que dichas cápsulas provocaban al caer sobre la tierra eran debastadoras, comparables incluso con el impacto de un proyectil de artilleria de mediana potencia El impacto que dichas cápsulas provocaban al caer sobre la tierra eran debastadoras, comparables incluso con el impacto de un proyectil de artilleria de mediana potencia. Capsulas que cayeron sobre el campo de batalla, e incluso en medio de las filas de los pieles verdes. Los orkos que estaban justo debajo, conocieron una muerte rápida en indolora.
Las compuertas de las cápsulas estallaron, lanzando las enormes planchas de metal con tal velocidad contra el suelo, que los pieles verdes en su camino no tuvieron posibilidad alguna de esquivarlas. Capsulas negras con una enorme cruz blanca pintada a los costados. Los Templarios Negros había llegado.
Tan pronto como sus negras cervoarmaduras se mostraron en el campo de batalla, la batalla dió un estrepitoso giro de ciento ochenta grados Tan pronto como sus negras cervoarmaduras se mostraron en el campo de batalla, la batalla dió un estrepitoso giro de ciento ochenta grados. Como una marea negra de muerte, los astartes se lanzaron contra sus enemigos, blandiendo sus mortales armas cuerpo a cuarpo y sus bolter pequeños.
Los Templarios Negros, los hijos oscuros del primarca Rogal Dron, estaban aquí. Enormes humanos modificados genéticamente que cargaban la muerte a sus espaldas. Aquellos que miran a sus enemigos morir en el combate cercano, pues solo así pueden saber que un enemigo está realmente muerto.
Sus espada, sus garras, sus martillos, sus espadacierras, todo cuento tenían en sus manos cortaba con mortal fieresa la piel de orkos, grntchins y snoglings por igual. Ellos eran los verdugos, y estaban aquí para castigar al sucion Xeno por sus osadías.
Sus negras armaduras hacían ver la munición de los orkos mediocre, y sus habilidades marciales les hacían blandir sus armas con tal fiereza, que ningún simple piel verde era capaz siquiera de acercarse. Luchaban como legión. Luchaban como hermanos de sangre. Un muro negro que hacía retroceder a sus enemigos cada vez más y más.
Tanto Tairon como Harrus veían atónitos como estos ángeles negros acababan con sus enemigos. Y su asombro apenas se concretaba cuando las enormes moles de metal surcaron los cierlos cargados por enormes capsulas de desembarco, las cuales cayeron tras las líneas aliadas y ahora habían alcanzado el frente.
Enormes bestias de metal imperial, cuyos motores rugían de furia y sus múltiples armas escupían fuego y muerte Enormes bestias de metal imperial, cuyos motores rugían de furia y sus múltiples armas escupían fuego y muerte. Los Land Raides de los Templarios Negros habáin llegado, y sin apenas esfuerzo pasaban por encima de las trincheras aliadas mientras los hombres y mujeres de Krieg y del Astra Militarum se hacían a un lado admirando su magnificencia. Y ante la inminete expectativa.
Tairon / Harrus: - ¡A todas las tropas! ¡Avanzad! -
A peser de estar incomunicados, ambos superiores dieron la orden, y sus ahora envalentonados soldados abandonaron la seguridad de las trincheras y se unieron a la masiva contraofenciva. Era sorprendente lo que un puñado de apenas seiscientos astartes de los Templarios, junto a los otros marines de las serpientes de Hierro y la Guardia Nocturna les seguían el paso. Y a espaldas de todos, la tropas de refuerzo de la 339° Legión de Acero de Armageddon tomaba posiciones.
Cualquier otra raza medianamente cuerda hubiese temblado de temor ante tales fuerzas, pero no los pieles verdes Cualquier otra raza medianamente cuerda hubiese temblado de temor ante tales fuerzas, pero no los pieles verdes. Los chikos de la horda sonrieron ante la expectativa, y en sus corazones agradecían al kaudillo por traerlos a tal campo de batalla. Ahora... Ahora era el verdader momento del Whaaag.
Kurnet fue el primero en sonreir ante la expectativa. Su enorme tamaño le permitía ver los cientos de miles de enemigos a los que podría enfrentarse, y ante sus incontrolables ganas de batalla, lanzó a todos sus efectivos de frente contra el enemigo, siendo él mismo quien estaba a la cabeza.
Ninguno de los dos bandos tenían estrategias, ni planes de combate. Tanto las tropas de la cruzada, ahora liderados por los astartes de negro, como las fuerzas de la horda, con los meganoblez a la cabeza, chocarían en una brutal y sanginaria colisión de fuerzas. Las temibles espadas motocierra se cernían sobre la carne de sus victimas, y al mismo tiempo, las ¨chopas¨ arremetían con toda la fueria Whaaag contra sus victimas.
Esa era una guerra de todos. Colosos contra colosos. mortales contra mortales y blindados contra blindados. Desde el más debiles de los humanos del Astra Militarum o de los snogtling hasta el más poderoso de los astartes de la cruzada o meganoble. Todos se volvieron igual de insignificantes en el colosal campo de batalla, donde unos muy pocos resaltaban por encima de sus semejantes.
Kurnet, con su abrumadora fuerza le lanzaba contra los enemigos. Si bien los soldados de a pie no eran capaces de hacerle frentes, estos nuevos guerreros de negro suponían un auténtico desafío. Uno que tanto añoraba. El enorme orko se batía contra varios a la vez, que si bien no caían tan facilmente, lograban detenerlo los suficiente. Lamentablemente, dos de sus grentchis personales habían muerto en combate. Uno y tres. Cortados a la mitad por la poderosa espada de uno de los templarios. Cosa que puso extremadamente furioso a la mano del caudillo.
En otro lado del campo de batalla, tanto Tairon como Murrey comenzaron a comandar de forma más agresiva. Si bien Tairon no tenía ninguna autoridad sobre los Templarios Negros, sus habilidades de liderazgo le permitían maniobrar entre los enormes cruzados, desplegando sus fuerzas combinadas del Astra Militarum y los Korps de Krieg.
Del otro lado, Murrey había dejado la seguridad de la distancia y ahora se encontraba en el medio de sus hombres. Su presencia era una señal alentadora para los chikos, pero él mismo sabía que no era el mejor de los guerreros, así que procuraba no hacer ninguna estupidez que le costase la cabeza. De hecho Tairon como Murrey estaban tan cerca, que podían escuchar los gritos del otro.
Y así, por primera vez desde que cruzaron espadas en el campo de batalla, los dos comandantes se vioren, aunque unos cien metros de muerte y matanza los separaban. La máscara de muerte que portaba tairón se enfocó en el rostro medio tapado de Murrey, y el orko pudo apreciar al macabro aspecto de su contrincante. Ante sus miradas, las espadas y los bolter rugían, pero no tanto como el deseo de esos dos de topar espadas. Lamentablemente, el destino decretaría que ese no sería el momento.
Soldado: - Coronel. El capellán Haldredd de los Templarios Negros solisita su precencia en el puesto de mando. -
Tairon: - ¿Alguna noticia del comisario Harrus? -
Soldado: - Se está enfrentando junto a los refuerzos a una horda de orkos al sur de nuestra posición. -
Tairon: - ¿Las comunicaciones fueron restauradas? -
Soldado: - Si, señor. -
Tairon: - Muy bien. Lo sigo soldado. Lleveme antes el capellán. -
Murrey se sintió algo decepcionado al ver como aquel que había identificado como su adversario se daba vuelta y desaparecía de su vista, pero antes siquiera de poder sentirse decepcionado, una voz le trajo alentadoras noticias.
Orko: - Mi zeñor. -
Murrey: - ¿Qué ocurre? -
Orko: - Él... Ha llegado. -
No hizo falta mencionar su nombre, para que una sonrisa de satisfacción se azomase en el rostro de Murrey. El orko alzó la mirada, y pudo ver de entre sus filas como una gran tormenta de polvo se alzaba con prisa hacia el frente. Una tomenrta provocada por la marcha de miles de orkos élites de la horda que seguían a su máximo campeón hacia la batalla.
Murrey: - Así que decidiste luchar... ¿Eh, Kanan? -
¿Eh, Kanan? -
