Las llanuras de Aten III se llenaron con tanta sngre y violencia, como muy pocos mundos del Segmentus Obscurus había presenciado en su funesta existencia. Los meros mortales caían ante la vorágine batalla. Los campeones se enfrentaban cara a cara contra sus oponentes y los cientos de miles de guerreros que pisaban tan contaminadas tierras. Era una guerra absoluta. Una guerra digna de Warhammer 40k. Pero alejados de toda masacre, un dios caprichoso miraba con satisfacción el campo de batalla.

Slaanesh, dios del exceso, contemplaba ancioso el campo de batalla, y como miles de vidas se perdían cada segundo. El propio dios no tenían ningún motivo aparente para estar contemplando tan alocado escenario de guerra, pues las almas de los humanos eran reclamadas pro Nurgle, dios del caos de la podredumbre, y los orkos... bueno... Eso era algo que ni los propios dioses del caos querían saber.

Aún así, y a pesar no haber ningún elder presente cuya alma reclamar, Slaanesh disfrutaba ver como su ¨juguete¨ cegaba tantas vidas en pocos minutos de batalla, y la repentina aparición de ese capellán de los Templarios Negros prometía una actuación digna de apreciar. Sin embargo, lo que menos se esperaba este ente tan poderoso, sería una inesperada visita.

Slannesh: - Bueno, bueno. Debo decir que es toda una sorpresa. Nunca esperé que alguien como tu se dignase a visitar mis alegres tierras, dios del caos Tzeentch. -

En esta ocación, el dios del exceso tenía un porte más masculino, y su voz era la de un poderoso gladiador romano, pero siempre portaba extraños elementos que, sin importar lo apuesto que se mostrase, daba esa senzación de incomodidad a cualquiere...
En esta ocación, el dios del exceso tenía un porte más masculino, y su voz era la de un poderoso gladiador romano, pero siempre portaba extraños elementos que, sin importar lo apuesto que se mostrase, daba esa senzación de incomodidad a cualquiere que estuviese en su presencia.

Tzeentch: - Créeme. No es de mi agrado venir a tan desfachatoda materialización de la disformidad. - Cómo siempre, el dios del caos del cambio y el conocimientos, se mostraba con un aire ostentoso y un vocabulario exquisito.

Slannesh: - Oh... ¿Viniste a burlarte de mi humilde morada y deceas que te arranque la cabeza? ¿O vienes a por algo más? -

Tzeentch: - Puedes yacer tranquilo en tu trono de lujuria. Hoy no tengo intensiones algunas de remover tu comodidad. Si hay un motivo por el cual venga a tal lugar alejado de cualquier fuente de sabiduría, es por mera curiosidad. -

Slaanesh: - Mmm. Y se puede saber que... despertó la curiosidad del ¨gran dios del caso Tzeentch¨en mis dominios. -

Tzeentch: - No en tus dominios exactamente. -

Fue entonces que Slaanesh se dió cuenta. La vista del invitado no deseado se posó sombre el campo de batalla de Atem III, más específicamente, sobre el orko de melena blanca teñida de carmesí en el fragor de la batalla.

Slaanesh: - Así que es eso. Sientes... curiosidad por mi pequeño experimento. -

Tzeentch: - No es tanto curiosidad por el sujeto, sino curiosidad por el motivo. -

Slaanesh: - ¿A qué te refieres? -

Tzeentch: - ¿Por qué el dios del placer crearía un engendro como este? No veo lujuria en sus actos. Nada que pueda satisfacer tus... retorcidos gustos. Desafiaste a Nurgle al tomar el alma de este mortal solo por capricho, y creaste a un ser que llama la atencion del propio Khorne. ¿Qué te propones con todo esto? -

Slaanesh: - Oh, mi querido Tzeentch. Creo que me estas sobrevalorando. Yo solo quiero divertirme. Y realmente, no me interesa lo que ustedes otros dioses del caos piensen al respecto. Pero los advierto que si se atreven a tomar unos de mis... juguetes... Se las tendrán que ver conmigo. -

El rostro de Slannesh mostraba una macabra risa, pero sus palabras eran muy en serio. Aún así, el dios del cambio no retrocedió ante eso, y solo suspiró profundamente ante la idea que escuchaba, tanto, que se dio la vuelta para retirarse de ese lugar que tan desagradable le resultaba. pero no sin antes detenerse pensativo y mirar a Slaanesh por encima del hombro.

Tzeetch: - Puede que seas poderoso, Slaanesh. Pero aún eres demasiado jóven para jugar de esa manera con la balanza de poder. Hay fuerzas que posiblemente desconozcas. Fuerzas que ni el propio Khorne se atrevería a desafiar. -

Ante las palabras, la sonrisa de Slannesh desapareció de su rostro. A diferencia de los otros dos dioses del caos, Tzeetch era un ser envuelto en mistisimo y cada una de sus palbras significaba más que una cosa. A diferencia de Khorne, cuya palbra carecía de mentira alguna, o Nurgle, cuya voz solo mostraba la distopía de su interior, Tzeentch era un ente cuyas palabras no podían ignorarse.

Tzeentch: - Solo... ten cuidado. Muchos ojos están puestos sobre ese engendro que has creado. - Y como mismo llegó sin previo aviso, el misterioso dios del caos desapareció.

Slaanesh puede que actuara como un ente lujurioso carente de propósito y cuya unica razón de existir es complacer sus más extravagantes excesos, pero más allá de esa máscara de lujuria que portaba, se encontraba una mentalidad muy calculadora y peligrosa. Una que no pudo evitar sentir algo de preocupación ante las palabras del dios del caos más enigmático de todos. Palabreas que... lo hicieron sentirse algo... intranquilo.

Mientras tanto, alejado de los problemas sobrenaturales e ignorante de la siyuación del resto del campo de batalla, el comisario Harrus luchaba codo con codo junto a los ángeles negros que cayeron para darle tan desesperado giro a los acontecimeintos.

La voz del comisario era enérgica y carente de miedo, a pesar de los cientos de miles de orkos armados hasta los dientes que apenas se encontraban a cien metros de él dispuestos a acabar con su vida. Los hombres del Astra Militarun, la mayoría provenientes de Cantus escuchaban sus palabras como si fuese la de un héreo enviado por el mismísimo Emperador. Los soldados de Krieg que lo escuchaban sentían admiración ante aquel que se ganó el respeto de su coronel en combate. E incluso los astartes que lo escuchaban mostraban algo de respeto. Además, que sus tácticas improvisadas se acoplaban muy bien al avance de los templarios, logrando encontrar las brechas y puntos claves por donde mandar a sus hombres.

Harrus: - ¡Que dos escuadrones refuercen en flanco norte! ¡Quiero a una compañía reforzando a los templario del centro! ¡Que los soldados de Krieg apoyen el flanco sur! ¡Y traed esos blindados al frente! -

Al no haber escuchado otra voz que dise órdenes, Harrus se alzó sobre todos y comenzó a dirigir a todas las fuerzas presentes. Tan pronto los Templarios Negros llegaron, estos tenían las órdenes de avanzar y formar un perímetro defensivo, pero al ver como ese comisario sin nombre movía a sus unidades de manera de forma tan efectiva entre sus filas, decidieron también seguir sus comandos. Curiosamente, el frente sur, bajo el mando improvisado del comisario Harrus no solo detuvo a los orkos, sino que también los hizo retroceder. Nada más y nada menos que a los meganobles bajo el bando de Kurnet.

Harrus estaba tan enajenado en su misión, que ni siquiera pudo sentir la enorme mole de metal que se acercaba a sus espaldas.

?: - ¿Usted es el comisario Harrus? - Dijo una voz a sus espaldas.

El comisario se dio la vuelta, entusiasmado por la llegada del nuevo superior de los Templarios Negros. Nadie le dijo de su llegada, pero sabría que se presentaría tarde o temprano, y justo a tiempo, pues al desconocer el verdadero potencial de los astartes, temía a cometer algún error al comandar tropas cuya efectividad ignoraba. Pero lo que vio a sus espaldas lo dejó atónito.

La voz no provino de ningún hombre, o de ningún hombre propiamente dicho, sino de un ataúd de hierro, engranajes y muerte La voz no provino de ningún hombre, o de ningún hombre propiamente dicho, sino de un ataúd de hierro, engranajes y muerte. No había duda alguna. Ese era un dreadnought de los Templarios Negros.

Dreadnought: - ¿Es usted el comisario Harrus? - Volvió a preguntar al ver que el hombre no respondió a su pregunta.

Harrus: - S... Si... Lo soy. -

El comisario estaba en shock. Sabía de la existencia de tales avatares de la guerra, pero jamás había estado en presencia de uno, mucho menos de uno tan imponente como ese. Una imponente mole de acero imperial de cinco metros y medio de alto, adornado con las cruces y los símbolos de su capítulo por todas partes.

Dreadnought: - Soy el hermano de armas Haragón. Y el capellan me ha enviado aquí para apoyarlo. ¿Cual es la situación? -

Harrus: - Hemos logrado detener el avance orco, y ahora estamos recuperando terreno. Sus hombres están listos para avanzar cuando lo decida. -

Haragón: - No me malinterprete, comisario. Me enviaron para apoyarlo, no para tomar el mando de este sector. -

Harrus: - Pe... Pero... -

Haragón: - Esas son mis ordenes. Comisario. -

Harrus quería darle un puñetazo a alguien por esto. Se suponía que enviarían a un oficial capacitado para relevando, no a uno de los mejores guerreros del capítulo.

Muy poco sabían de esto, pero los dreadnought no eran simples guerreros. Ser un dreadnought era todo un honor, pues su interior sólo se reservaba para aquellos marines espaciales que, en vida, fueron los mejores astartes de su capítulos. Y si este dreadnought en particular conservaba sus recuerdos, entonces era un guerrero cuyo poder incluso escapaba de la imaginación del propio comisario. Pero al menos, el simple humano tenía algo en mente.

Harrus: - Nos informaron se la aparición de un enorme orco justo al frente. De cinco a seis metros de alto. Uno que al parecer, el resto de pieles verde sigue sin dudar. Es posible que se trate del caudillo de la horda. Si lo matamos, es posible que terminemos con esta guerra de una vez por todas. -

Haragón: - Entendido. Iré a enfrentarlo entonces. Reclamare su cabeza y terminaremos con esto de una vez por todas. -

Harrus: - Que la luz del Emperador lo acompañe, hermano de armas Haragon. -

Haragon: - Igual para usted. Comisario. -

Tan pronto el dreadnought se dio la vuelta y se adentro en el campo de batalla, el comisario Harrus se permitió suspirar aliviado. Estaba muy nervioso, y la presencia de tal monstruosidad de metal le aterraba hasta la médula. Aún así, no perdió ni un segundo antes de volver a comandar a sus soldados.

Mientras tanto, justo en medio de todo el campo de batalla, tanto el acero como las energías disformes se estremecían.

En un duelo singular que incluso hizo que algunos de los que cerca se encontraban dejaran de luchar para contemplar tal muestra de fuerza, el capellán Heldredd y Kanan se batian con una fueria como pocos antes habían visto.

A simple vista, cualquier podría pensar que Kanan tenía la superioridad, pues el orko de melena blanca atacaba una y otra vez sin darle a su oponente descanso alguno. Pero nada más alejado de la realidad.

Heldredd se mantenía a la defensiva, bloqueando los poderosos golpes del hacha del orko, pero si mente estaba algo nublada.

¿Por qué ese orko conocía su nombre? Pues fue lo único que dijo cuando lo vio por primera vez cara a cara. Además, por algún motivo, sentía que está pelea ya la había vivido en algún lado. Era como si un deja vu recorriera su cuerpo, recordando los movimientos de forma instintiva. Cada estocada, cada arremetida cada embiste, cada simple movimiento, hacia esa sensación cada vez más fuerte. Pero estar distraído en un combate es un error fatal.

Heldredd estuvo a unos centímetros de perder la cabeza, pues en un movimiento mortal, Kanan uso sus dos manos para hacer descender su hacha en un ataque que hubiese sido definitorio, si Heldredd no hubiese reaccionado al ultimo momento y hubiese logrado detener su filo usando la hoja de su espada. Y tras un leve forcejeo, logró hacer retroceder al orko usando una gran cantidad de fuerza.

Heldredd: - Toda una sorpresa. Jamás pensé ver a un sucio xeno con tanta destreza marcial. -

Le hablo en el bajo gótico, aunque suponía que un torpe orko nunca podría entenderlo. Pero para su sorpresa.

Kanan: - La humanidad nunca cambiará. Tan ignorante como siempre. -

Heldredd quedo atónito al escuchar las palabras del orko. El alto gótico era un idioma que incluso muy pocos en el Imperio de la Humanidad hablaban con tal fluidos. Y este sucio xeno ni siquiera cometía una falta de pronunciación.

Heldredd: - Jo. No me esperaba eso. Debo admitir, asquerosa criatura, has logrado que me sienta sorprendido. -

Kanan: - Tan autosuficiente como siempre. Hay cosas de lamentablemente nunca cambiaran. -

Entonces, Heldredd lo vio. El orko frente a él, a pesar de estar desvordandose en su propia furia, mantenía una pose serena y calmada. Kanan movió su pierna derecha hacia atrás, agarrando su enorme hacha con las dos manos en una pose rigida como una montaña. Una pose que asemejaba mucho al estilo de combate de los propios Templarios Negros.

Heldredd: - No puede ser. -