Bienvenidos/as a esta lectura TruMai. Una vez más nos encontramos aquí para celebrar el día treinta de este mes. Quise dedicarles algo más a una de mis parejas adoradas. Se trata de algo chiquito, pero sentido; escrito con el corazón. Esta historia tiene lugar un año después de los acontecimientos de la película "Dragon Ball Z: la batalla de los dioses", por lo que nuestros protagonistas son todavía unos niños. Espero que sea de su agrado.

...

El viento pacífico de la primavera ahogaba a los maizales, y su paz penetraba el cuerpecito de Mai. Nunca antes había estado en un lugar parecido. No era mujer de campo —bueno, niña de campo—. Ella pertenecía al desierto, a las dunas y al aire caliente. A la soledad sofocante de la tierra amarilla.

Bajó de la camioneta con un girasol en mano, que hacía juego con su jumper de florecitas doradas impresas. La indumentaria tan infantil, tan bonita, se la había escogido Bulma, especialmente para este día de campo y familia.

No se lo podía creer cuando la invitaron... solo a ella. Pilaf y Shu se habían portado mal, y por ello se quedarían en la Corporación viendo TV y comiendo.

"¡Ja!... vaya castigo...", pronunció Vegeta irónico. Bulma no sabía más. Lo suyo no era regañar; después de todo, había crecido en la libertad más grande, que casi rozaba el libertinaje.

El girasol asaz precioso, asaz vistoso, se lo había obsequiado el hombre de esas tierras. Era el granjero más popular de la Capital del Oeste, pues poseía los campos más fértiles de todos.

Todavía no concebía que la habían invitado nada más a ella. ¿La miraban como familia?... Siendo una infante de nuevo, cosa que no terminaba de entender, se regocijó. Su corazón pegó un vuelco de alegría. Estaba tan sola... Pilaf y Shu eran sus amados compañeros; familia. Pero... una jovencita necesita siempre a su madre. ¿Miraba a Bulma como a una?... Su mente ofuscada no lo sabía... Bulma la reprendía, la mimaba, le compraba la ropa y le tomaba la mano, y el toque era absolutamente cálido, y el corazón... el corazón le vibraba. Por poco se le salía llamarla "Mamá" en una de esas, y se contuvo. Sus ojos se abrieron, espantados. No acababa de comprender la metamorfosis, y a veces era un auténtico terror mirarse las manos pequeñas y captar que estaba en el cuerpo de una niña... ¡cuando había sido una adulta!... hacía no tanto.

Intentaba relajarse, puesto que en ocasiones las preguntas la hacían padecer pánico.

Se calmó... como ahora... que miraba a un arco compuesto de ramas y flores blancas; era el portal mágico a un mundo maravilloso... de viento de primavera, de tranquilidad... de niñez.

La chiquilla corrió hasta él pero no entró. Se detuvo de golpe y volteó a ver a Trunks y a la pareja que iba tras ellos tan pacífica. Vegeta con el rostro adusto, por supuesto.

Los pasos de las botas de Bulma por la grava le otorgaban más armonía a su sosegada aventura. La hermosa peliazul se posicionó la mano en la frente para atisbar mejor. —Vaya... ese camino se ve interesante... ¿Por qué no van a explorar mientras Vegeta y yo nos encargamos de todo, eh?... Los esperaremos aquí cerca con el mejor pícnic —aseguró la fémina con un excelente humor, mientras que el príncipe ladeó la cara en desprecio; él no quería ayudar a acomodar la manta ni ninguna de esas tonterías...

Una risita se le escapó a Trunks; estaba asaz emocionado. Estar con Mai... compartir tiempo con ella... Y sus sentimientos hablaron a través de la mano bronceada que repentinamente tomó la alba para partir a toda velocidad y cruzar el umbral a lo desconocido; a lo brillante y divertido de ser... solo niños.

—¡Aaah...! —gritó algo ahogado Mai al tiempo que era halada por el pequeño—. Trunks... ¡¿qué haces?!...

—¡Vayamos, Mai...! ¡No hay tiempo que perder!...

Mai únicamente contemplaba todo con los ojos muy abiertos. Los ojitos negros, bellísimos, refulgentes, se perdían en el maíz; en los tallos mucho más altos que ellos, que se abrían a su paso desesperado. Cuando finalmente el camino concluyó, quedaron paralizados, pues se encontraron con la serenidad más grande, proveniente del viento abierto en un prado infinito ornamentado sutilmente por girasoles, que se habían desarrollado unos bastante separados de los otros.

Trunks la soltó para adelantarse y levantar los brazos, sintiéndose libre. —¡Qué buen día es el treinta de marzo! —dijo entusiasmado, y se viró para con la niña—. Ya habíamos venido anteriormente en esta fecha... y se siente muy bien; este clima es agradable —expresó mirando de nuevo a la pradera.

El niño avanzó para sentarse. Mai, callada, lo siguió. Estaba anonadada; en serio que era bonito ese lugar...

—¿Sabes?... —el jovencito alzó la cabeza y centró sus profundos ojos azules en los de su bonita acompañante— de pronto el paseo se siente mejor porque vienes tú, Mai...

Mai no respondió. El viento volaba sus extensos mechones atezados.

Claro que Trunks se había fijado en lo preciosa que se miraba; en el jumper, los zapatitos como de muñeca de porcelana y las calcetas de encaje. Toda ella... era, sin duda alguna, una muñequita como de otro universo que se robaba su aliento y su alma... aun a esa edad. ¿Ella lo querría cuando fueran grandes?... ¡Claro que sí!, porque no se rendiría; no lo haría por nada del mundo.

Mai suspiró, asustada. ¿Qué decirle?... El corazón le tembló, porque sintió... que lo quiso. ¡¿Lo quería?!... Llevaba ya casi un año viviendo en esa gigantesca casa, con todos esos individuos demasiado extraños... y comenzaba a estimarlos. ¿Pero qué había de Trunks?... De él... solo estaba segura de que esos ojos azules, intimidantes, la ponían muy nerviosa, y prefería no mirarlos mucho. Él era... bonito, era la palabra que le dictaba su cerebro en su presencia, que en ocasiones le parecía tan molesta, y en otras... la iluminaba, como una lámpara colosal.

Inclinó un poco la cabeza, sin mirarlo más. —G-gracias... también se siente bien estar aquí... contigo.

Y la mirada se le alumbró al muchacho, y sonrió y rio.

—¿Quieres jugar? —le preguntó animado.

—¿Ah?... ¿A-a qué?

¡¿Cómo que jugar?!... ¿Qué sabía ella de eso?...

—Podemos jugar a "Las traes" o a "Las escondidas" —sugirió el peliazul.

Mai arqueó una ceja, confundida. —¿Qué son "Las traes"?...

—Esto...

Y el mocoso le tocó el hombro y salió corriendo por la vasta pradera.

—¡¡Oye!!...

Mai, enojada y berrinchuda, como era, fue tras él. Trunks no paraba de reír durante su huida.

Entonces, en ese momento, arriba del pasto perfecto y entre girasoles y bajo el sol de mediodía... fue una niña. Pero, desde luego, esto pasó desapercibido ante su espíritu.

Los chiquillos jugaron sin parar.

¡No hagas trampa, Trunks!... —le gritó, puesto que el travieso peliazul se estaba agarrando de sus superhabilidades para ganar... como siempre.

¡Te pareces a Goten diciéndome eso! —le recriminó, si bien no de mala gana.

¡¿Pues por qué será que todos te lo decimos, eh?!...

Y el pequeño volvió a reír.

La hora de jugar se volvió infinita, y el viento grabaría estas escenas; se reproducirían en el tiempo eternamente. La imagen de unos niños enamorados jugando, riendo.

—¡Mai!... —le habló Trunks cuando se detuvo, finalmente.

Mai, agitada y sudorosa, tras tomar algo de aire, levantó la cabeza.

—Te quiero.

Mai se enderezó de golpe y las manitas le temblaron. —¡Aaaay!... ¡yo!...

Ladeó el rostro un momento, luego volvió a centrarse en él.

—También —le dijo sonriente, con los cachetitos rosa.

Trunks, fascinado, se le lanzó encima, y juntos cayeron sobre el frondoso pasto, suavecito como un colchón.

—¡Oye!... —replicó Mai.

Después de las risas, una vez más halándola Trunks de la mano, fueron adonde Vegeta y Bulma, quienes se hallaban sentados cómodamente en la manta, más Bulma, como era de esperarse. La dama reía contenta, y el esposo fingía rechazo. La madre los recibió cariñosamente, y el brazo se abrió para la jovencita y le acarició la espaldita a continuación de darle un emparedado delicioso, que Mai mordió con calor en el corazón y ardor en la piel por los rayos por ratos ya candentes del sol.

Tenía una familia... y un amor para amar.

En verdad quería volver cada treinta de marzo.

Cuando la merienda hubo ultimado, debajo de la sombra acogedora de un árbol, Trunks le regaló otro girasol. —Este es de mi parte.

Mai lo aceptó con una sonrisa, y con él en la mano pálida se echaron a correr.

Ahora, adolescentes, casi adultos, rememoran este día con la quietud de la primavera en su corazón.

Nota de autor: Gracias por haber llegado hasta aquí. Espero que hayan disfrutado con esta historia.

Nos vemos pronto.