El olor a hierro y humedad dominaba el lugar, un espacio bastante amplio, pero a la vez vacío donde solo muy pocos tenían acceso. El suelo temblaba ligeramente bajo sus pies, aún con su mejor postura la mujer sintió que se caería.
Escuchó pasos agitados acercándose por la espalda, solo tuvo que girar su cabeza ligeramente y a través de sus mechones violáceos vislumbro el rubio característico del viajero y a su siempre fiel acompañante, Paimon.
—Están aquí —el tono serio cargado de incertidumbre y preocupación de Wriothesley golpeó sus oídos. El hombre a tan solo unos escalones más abajo que ella le dedicó una fugaz mirada.
—Te lo dije.
Con una silenciosa apuesta ganada, sus miradas cruzaron por unos instantes.
La voz alarmante y preocupada de Paimon los devolvió a la situación crítica que estaban atravesando. Un nuevo retumbar se escuchó por el lugar, las miradas de todos viajaron prontamente a la esclusa que los protegía del peligro inminente.
La verduga dio una rápida advertencia a los héroes foráneos, mientras que el Alcaide de Meropide preparaba sus guantes mecánicos. Como un pozo de agua recién hallado en el desierto de Hadravameth, las agitadas aguas primigenias brotaron ferozmente, listas a cumplir el curso de la profecía destrozando la tapa de la esclusa en el proceso.
Una gélida oleada golpeó a todos. Wriothesley ayudado de su visión logró congelar el agua saliente, pero aquello no sería suficiente.
Clorinde junto al viajero se adelantaron a correr por el pasillo de compuertas, el Duque con el agua en los talones dio su señal a la verduga. Se escuchó una breve cuenta regresiva de parte de la fémina antes de destruir el mecanismo que mantenía las puertas abiertas.
Clorinde mantuvo su vista al frente, observando cada suceso, observándolo a él.
Tú puedes. Se dijo mentalmente.
Y cuando la última compuerta estuvo a punto de cerrarse, él saltó y el corazón de la verduga se detuvo.
La puerta se cerró.
Desde la parte inferior surgió una capa de hielo que creó una cerradura temporal. Sin embargo, Wriothesley no estaba por ningún lado.
Había quedado del otro lado de la compuerta, donde probablemente se había unido al agua del mar primigenio.
Las pupilas de Clorinde se dilataron ante el horror de la escena, su garganta ardió al gritar por su nombre. Su mirada se nubló, se encontró desesperada ante la pérdida del Duque.
Un comportamiento tan poco característico de su parte, que la llevó a llamarlo una y otra vez, con ríos nacientes de sus ojos surcando por su rostro.
Entonces, despertó.
Tan pronto recobró sus sentidos su primer impulso fue sentarse en la cama y descansó su espalda en la acolchada cabecera. Su rostro se sintió húmedo, así que con su mano se apresuró a limpiar los restos de lágrimas.
Fue tan real.
—¿Clorinde? —la voz ronca y adormilada del hombre a su lado la llevó a recordar la atroz pesadilla que acababa de tener— Clorinde, ¿está todo bien?
Se removió un poco en su lugar hasta lograr sentarse, arrugó ligeramente su frente, sus ojos trataban de adaptarse a la oscuridad de la habitación, al notar los intentos de secarse de la verduga él decidió llevar su propia mano al rostro de ella.
—Estabas llorando.
Clorinde negó con un suave movimiento de cabeza, y aunque no la pudiera observar plenamente la suave mano que acunaba su húmedo rostro sabía bien lo que le trataba de decir.
—Sé que puede ayudarte —susurró. Él la conocía y aunque la evidencia era bastante clara, ella quizá no lo aceptaría— ve a lavarte, te espero en la cocina.
Dejando un suave beso en su frente, el hombre terminó por levantarse y se dispuso a salir del cuarto, a este punto la luz de la habitación se mantenía apagada, después la suave luz del pasillo iluminó ligeramente el rostro afligido de Clorinde, por suerte él no volteó.
Se dio unos minutos para aclarar sus pensamientos. Necesitaba asegurarse así misma que solo se trató de un sueño, nada real. Luego hizo lo que se le había pedido, fue al baño, lavó su rostro y cuando notó un leve enrojecimiento en sus ojos suspiró frustrada por su debilidad.
Al llegar a la cocina Wriothesley la esperaba con los brazos cruzados sobre su pecho y su cuerpo recostado contra la encimera, una suave sonrisa se formó en sus labios tan pronto la vio aparecer, soltó sus brazos y se acercó a ella.
Clorinde lo miró curiosa, cuando menos se lo esperó la estaba alzando con una mano rodeando su espalda y la otra bajo sus rodillas, la dejó en la encimera y se acercó a la estufa.
—Un par de sillas y una mesa no vendrían mal.
Razón no le faltaba, su casa era un espacio pequeño que tenía lo justo y necesario, menos muebles de estancia, esto debido a lo demandante que era su trabajo haciendo que pasará más tiempo fuera y solo volviera a la calidez de su hogar para descansar.
Tampoco es que acostumbrará a visitas, solo la de él. Cuando estaba en la Corte.
—Si, es una buena idea.
Su mirada se centraba en el hombre que le daba la espalda y servía lo que supuso era té en un par de tazas que él mismo le había regalado hace un tiempo.
—Wrio…
—¿Sí?
Justo en ese momento se giró y notó como sus ojos parecían tomar una tonalidad rojiza. Dejando lo que hacía, se acercó a ella acomodándose en el espacio entre sus piernas a la par que sus brazos rodeaban su cintura.
—¿Mal sueño? —preguntó en un suave susurró, claro se refería a la causa de que ambos siguieran despiertos.
Un par de brazos femeninos rodearon el cuello del Duque, y Clorinde tomó la pequeña y egoísta decisión de ocultar su rostro entre los cabellos del hombre.
—Horrible —susurró ella cerca de su oído— aquel día, no logras pasar la última compuerta, desapareces en el mar primigenio —menciona directa y concisa, no hace falta entrar en mucho detalle, sucede tal y como lo vivieron, a excepción del final.
—Han pasado meses desde entonces.
—Lo sé.
—Ya no nos disolvemos en el agua, no tienes que temer.
—Lo sé.
—Entonces…
—No lo sé.
No dicen nada más, ella lo abraza en un silencioso consuelo, agradecida de que todo fue un sueño y de que él realmente está junto a ella.
—Wrio… —su voz es suave y calmada cuando lo llama.
—Hmm.
—Vamos a dormir.
Él se aleja un poco de sus brazos para observarla mejor, el rostro femenino se cubre por una sombra de cansancio, junto a sus pequeños ojos hinchados y somnolientos. Él tan solo puede mirarla con ternura y adoración.
—Antes —se aleja de ella y vuelve con el par de tazas que se había molestado en preparar previamente— te ayudará a descansar, confía en mí.
—Sabía qué harías té —responde dándole un sorbo a la bebida, está bastante tibia, cercano a lo frío debido al tiempo gastado en el abrazo.
—Son hojas de chingxin traídas de Liyue —termina pronto su té y espera a que ella haga lo mismo— te evitará volver a esos malos sueños.
Wriothesley recoge las tazas y las deja en el fregadero, en la mañana se encargará de arreglar eso, ahora hay cosas con importantes. Vuelve a su posición de antes, con su cuerpo entre las piernas de ella y sus brazos alrededor de su cintura.
—¿Lista? —ella asiente lentamente en respuesta— si persiste házmelo saber.
Clorinde asiente por última vez antes de ceder al cansancio, el Duque se encarga de llevarla de vuelta a la cama, donde una vez bajo las sábanas se asegura rodearla con sus brazos.
—Estaré a tu lado para demostrarte que solo fue un mal sueño.
