Los principales personajes quedan a Stephanie Meyer la historia es mía totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización


Capítulo 45

Metástasis.

«Nadie ganó una partida de ajedrez abandonando». Savielly Tartakower

Quisiera decirte que los días fueron más lentos desde que ví a Edward irse pero en su lugar los días me parecieron horas. Hyõ se encargó de que pareciera así; me mantenía demasiado ocupada o distraída quizás. Y creo que eso me mantuvo cegada de muchas cosas.

Empecé a ayudar más a Emily y Sam. Siempre había algo que construir o algo más que hacer. Sam levantó un taller a unas calles de su casa en un local pequeño que le vendieron y fue fácil para mí aprender sobre autos, piezas claves que era fácil reconstruir. Nos fue bien, tan bien que Emily dejó los turnos en el hospital y se dedicó a administrar el local.

Pasábamos mucho tiempo juntas, tanto que nos hicimos cercanas; ella era suave como una madre que no sabía que necesitaba y una amiga que de repente me hacía confidencias que me hacían sonreír y melancólicamente extrañar a Edward en silencio. Tenía muy poco de él por lo que prefería guardarlo para mí egoístamente. Siendo terco como siempre me envió un par de cartas que espere y respondí siendo yo, fingiendo que todo estaba bien cuando en mi océano el infierno había abierto sus puertas porque él no estaba. Nunca le dije que cada día eran años para mí, que no estar con él era como si el aire fuera imposible de respirar, no le dije nada. Porque sabía que si yo vacilaba, si él sentía que una de mis cartas estaba mal, era capaz de dejarlo todo por mi, de olvidar su futuro, ese por el que ambos estábamos peleando tanto, y regresar. No era nuestro momento, pero Dios, yo quería que lo fuera.

Quil era mi mano derecha, era inteligente para reemplazar piezas de autos para los que no había repuestos. Era fácil ser su compinche, fui su ejemplo a seguir, su hermana mayor aunque ninguno lo dijo en voz alta, nos hicimos de renombre en el taller.

Teníamos un torno viejo que Hyõ nos ayudó a convertir en una máquina que todos envidiaban, creamos piezas a mano. Y yo tenía el presentimiento de que las cosas buenas que nos estaban pasando solo eran el presagio de una maldita tormenta de cosas malas por venir.

No me equivoqué. Félix apareció esa tarde. Edward se había ido hace seis meses y lo supe, supe que era Félix porque escuché su silbido. Llevaba en sus manos las llaves de un auto que estaba parqueado en la acera y una sonrisa diabólica que nos hizo a todos ponerle atención, ví cuando guardo sus llaves en el bolsillo de su abrigo.

—Bonito lugar —suspiró como con decepción antes de tomar una llave inglesa en su mano y medir su peso. Hyõ caminó hasta mí y me susurró "Ve con Jane. Cuando te lo diga corre."

Pero no le obedecí, estaba molesta, cansada, extrañaba a Edward y era tan estúpida que cuando los ojos de Félix se enfocaron en mí y él sonrió abiertamente antes de dar un paso hacia mi, lo obligué a detenerse porque, en lugar de correr como mi padre me había pedido, me erguí y alcé mi barbilla sin temerle, aunque por dentro estaba temblando de miedo. Pero quería desafiarlo. Él era un cobarde, demasiado cobarde y yo estaba harta.

—¿Qué quieres?

Mi pregunta sonó brusca y lo sorprendió porque la sorpresa brilló en sus ojos, otros sentimientos de mierda también brillaron allí y se mostraron en su rostro, pero los escondió en una sonrisa socarrona.

—Me gustaba más cuando me temías Õjo. ¿Dónde está tu muñequito de pastel?

Sonreí tomando una llave también y luego lo miré antes de dar un paso cerca de él para responder.

—No iba a tener miedo para siempre. No a un simple matón sin suficientes huevos para conquistar a una mujer de la forma correcta y hacerla suya. O entender que no es dueño del mundo.

La furia que bailó en sus ojos debería haberme hecho retroceder. Mi corazón latía rápido lleno de adrenalina, golpeando fuertemente mi pecho mientras media su reacción. Sin embargo, también debí pensar en lo que estaba arriesgando al enfrentarlo sin armas suficientes para volarle los sesos. El daño que podía causar a mi alrededor.

—Supongo que el hecho de creer que te defiendes te hace también pensar en que vas a ganarme. No voy a retroceder. Eres mía Õjo —argumentó jugando con la llave haciéndola saltar en su mano derecha.

—No quiero ganarte. Quiero que me dejes en paz, estoy harta. ¿Qué te hice para que me sigas de esta forma? Estoy segura de que afuera deben haber mujeres haciendo fila y se que van a amarte sin ser obligadas a hacerlo. Yo no te quiero cerca de mi, no seas idiota. No soy de nadie.

Félix lanzó la llave y el parabrisas del auto que estábamos arreglando se rompió haciendo ruido. Escuché a Sam sacar a Quil del taller, pero no me moví, estaba temblando, mis piernas se sentían como gelatina

—No tires de la cola del diablo chiquilla. No te tendrá misericordia. Soy dueño de tu coño. Puedes irte al infierno después de eso.

—Espero verte en el infierno entonces.

Félix se rió. Su risa fue demoníaca y cuando tiró al piso el bidón de gasolina sus ojos brillantes me miraron fijamente mientras sacaba de su bolsillo un cigarrillo y un encendedor, fue entonces que lo noté. Había jugado con su paciencia demasiado, tanto que el ahora estaba furioso y dispuesto a hacer daño.

—Que así sea —levantó las cejas en desafío, chasqueando el encendedor y encendiéndolo. Ambos nos giramos al escuchar el chasquido de una escopeta. Emily lo miró enojada y yo negué intentando llamar su atención, esto no era con ella, era conmigo. Fue en vano.

Sam se le acercó e intentó quitársela pero ella estaba temblando mucho. Hyõ tomó mi brazo intentando tirar de mí hacia atrás, pero no lo dejé alejarme.

—Vete —le gruñó Emily sin dejar de temblar y Félix levantó sus manos aún con el encendedor, sin borrar su sonrisa mientras daba un paso atrás obligando a Emily a dar un paso al frente. No lo entendí, era imposible entenderlo porque todos estábamos mirándolo intentando medir sus acciones así que no lo vimos venir por ninguna parte y Félix no se veía asustado.

—Emily —la llamó Sam, pero ella también estaba molesta.

—Arruinas todo lo que tocas Félix. Todos te odian. Vete. No voy a repetirlo. Isabella es una niña y ella no te quiere. Aléjate de mi familia. Porque ella es mi familia.

—Deberías ser inteligente. Todos me temen por una razón, pequeña perra —le gruñó él de vuelta antes de mirar a Sam —. Dile que baje el arma soldado. Ella va a lastimarse. Y está es la segunda vez que se mete en dónde no la llaman.

—Cariño, baja el arma —Emily negó y Sam lo intentó de nuevo —. Bajala cielo. Hazlo por nuestra pequeña hija que viene en camino.

Esta vez llamó su atención y ella bajó el arma. Félix suspiró de forma sonora mientras retrocedía sin dejar de mirarnos. Cuando estuvo en la acera me sonrió de nuevo, subiendo a su auto. Encendió el cigarrillo antes de guardar el encendedor para decir.

—No siempre soy tan benevolente —luego lanzó la colilla encendida hacia la gasolina arrancando su auto. En un parpadeó vi a Emily en un intento desesperado de detenerlo tirarse al piso buscando el cigarrillo mientras Sam trataba de agarrarla y alejarla de la gasolina que se incendió tan rápido.

Aún escucho sus gritos, aún puedo ver a Sam intentando encontrar una forma de quitarle las llamas, quemando su piel en el intento. Aún puedo ver a mi padre alejando a Sam del cuerpo muerto de su esposa.

Nada pasó en cámara lenta. Todo fue tan rápido que no puedo hacer un recuento de todos los daños que causé. Porque fue mi culpa que Emily muriera aunque Sam dice que no, que todo fue culpa de Félix porque él fue quien lanzó el cigarrillo, porque no notamos que el hizo a Emily moverse hacia la gasolina en el piso.

Sin embargo yo había sido quien, en un intento de quitármelo de encima, lo había provocado, a Félix. Emily estaba embarazada cuando murió. Iba a ser una niña. Era por ella por quien había bajado el arma.

Esa noche, Quil perdió a su madre y a su hermana por mi culpa. Pero ese no fue el único crimen que Félix cometió ese día.

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Isabella se detuvo un momento para beber un trago de su coñac antes de mirar a la nada. Rosalie le ayudó a sentarse pues estaba pálida pero la señora no dejó de narrar.

— Fue muy difícil ver a Sam y a Quil después de eso. El entierro fue sencillo, para todos un despertar. La gente murmuraba que había sido Félix el culpable de su muerte y hablaban de formas de derrocarlo. De botar todo lo que su padre había conseguido. De quitarle el poder, pero nadie tenía el valor suficiente para hacerlo de frente.

Hyõ me cuido de nuevo en silencio, y esta vez lo mire. Miré a mi padre detenidamente y el hecho de ver su piel color gris me asustó.

—Quiero vengarme de Félix. Por Emily.

—Y yo creo que es mejor que no llamemos la atención —el hecho de que me estuviera pidiendo tener calma en una situación que no lo ameritaba me molestó —. Felix no va a hacernos daño si estamos lejos. Podemos escondernos en otro estado, quizás irnos del país —me sugirió.

—¿Cómo se supone que haré algo así? ¿Quieres que huya como una rata? —le gruñí, antes de poder decir algo más.

—Alguien va a matarlo tarde o temprano.

Hyõ quiso llamar mi atención tomando mis hombros mientras hablábamos, pero me alejé de su agarre de forma brusca sin notar que estaba cerca del buró de la televisión. Este se balanceó y lo detuve con las manos, pero eso no evitó que varias cosas se cayeran, incluyendo su biblia. Varios papeles se esparcieron por mis pies y antes de que Hyõ pudiera siquiera intentar levantarlos, lo hice.

Uno tenía su nombre completo y era un exámen de un hospital. Reconocí el nombre porque era el hospital en el que yo había estado internada luego del secuestro. Mi corazón dolió en cuanto leí que era el resultado de la biopsia pulmonar transtorácica. Aún recuerdo con exactitud el nudo en mi garganta.

"La biopsia mostró una masa anormal, denominación cancerígena en metástasis pulmonares nivel cuatro"

No era médico pero tampoco era estúpida. Mis manos temblando me impidieron seguir leyendo al igual que mis ojos y el nudo en mi garganta. Cuando miré a Hyõ, cuando tuve el valor suficiente para mirarlo a la cara, sus ojos me veían con resignación y había dureza allí, no miedo.

La única asustada de la ecuación era yo. Abrí la boca para preguntarle, pero si era honesta conmigo misma sabía que él no iba a decírmelo jamás. No si pudiera evitarlo. Y la verdad no tenía valor suficiente para hacer la pregunta correcta sin que sonará a reclamo.

—Es obvio que no ibas a decirme —lo acusé y él asintió tocando su pecho.

—Ibas a estar bien —afirmó y mi quijada tembló por los sentimientos que me estaban atravesando como miles de alfileres. Me decepcionó bastante que estuviera admitiendo que me estaba ocultando algo que, como su hija, merecía saber.

—No sin ti.

Hyõ sonrió y suspiró sonoramente antes de sentarse, pareciendo exhausto cuando le admití que lo necesitaba más que a nada en el mundo. Él era mi polo tierra. Estaba enojada con el mundo y él me había enseñado paciencia y benevolencia. Respeto por la vida.

—Emily iba a cuidarte. Sam estaba hablando de que debíamos moverte a Illinois. Íbamos a irnos a finales de enero del año entrante. Ibas a estar bien. Lejos de Félix, de esta vida Isabella. Ibas a ser normal. Estábamos escogiendo una universidad.

—¿Ibas a dejarme creer que te aburriste de ser padre mientras estabas recibiendo tratamiento? ¿O a mantenerme tan ocupada que apenas podría notarlo? ¿Qué más me estás ocultando Hyõ? ¿Crees que puedo ser "normal"? ¿Estás recibiendo tratamiento siquiera?

Hice las comillas en el aire mientras exaltada le reclamaba porque se estaba muriendo. Y él decidió ser honesto conmigo por primera vez

— No hay tratamiento para curar la metástasis pulmonar nivel cuatro Õjo. No para mí.

—Mientes —sollocé y Hyõ volvió a tocar su pecho al verme alterada, porque estaba fuera de mi. Él me estaba diciendo que se iba a morir y estaba tranquilo, en paz.

—Sabes que no puedo mentirte así.

—No estás luchando —le grité siendo grosera y eso lo sacó de quicio. Hyõ se levantó y me señaló.

—¿Crees que no llevo años peleando? ¿Crees que no lo he intentado? He batallado contra el cáncer desde hace cinco años, intentando ser tu padre, cuidarte de Félix, pero no soy el maldito superman. Usaron drogas que me dejaban sudando frío en una cama por días y me levantaba a tiempo para enseñarte a trabajar y usar tus manos. Me diste una razón válida para luchar por mi vida cuando te conocí y lo hice, no me rendí, estuve en remisión maldición, es solo que no gane la batalla. Eres mi hija, siempre vas a ser mi hija Õjo, pero no somos dioses. La muerte va a reclamarme pronto, pero le agradezco a la vida tenerte por el tiempo que me queda.

Estaba furiosa. Así que me acerqué a él y le golpeé el pecho con mis puños varias veces antes de que él me tomara en un abrazo fuerte que me dejó rota.

Era mi padre.

Era mí padre y él estaba muriendo. Lloré sobre su pecho y él me consoló con suavidad cuando debía ser yo quien tenía que cuidarlo.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —susurré sintiéndome aterrada y cansada, sin poder mirarlo a los ojos.

—No lo sé, pero quiero que estemos en paz. Si eso te parece bien —asentí esta vez de acuerdo y me preocupé por mi padre. Hablé con sus médicos, fui a sus quimioterapias, dejé de dormir cuidándolo. Estuvimos bien tres meses, sin embargo no contamos con que el humo del incendio le afectó demasiado.

—La pulmonía es crónica, los antibióticos lo tienen cansado así que hemos decidido dejarlo internado. Lo lamento señorita pero estos son, por mucho, los últimos días de su padre. Si hay alguien a quien podamos llamar… —dejó la sugerencia en el aire y yo negué.

—Solo somos nosotros.

El doctor me miró con lástima, me sentí estúpida al verlo alejarse. Me dolió entrar en su habitación y verlo conectado a tantos cables. Hyõ me sonrió abiertamente viéndose cansado y me rompió el corazón ver a la enfermera poniéndole un catéter nuevo en su mano.

—¿Estás llorando? —la voz de Hyõ fue tan ronca y suave, mientras respiraba a través de una máquina. Tenía la piel frágil, pálida y fría cuando me acerqué. Sabía que estaba llorando porque apenas podía ver su rostro suave entre mis empañados ojos.

—Si, y maldita sea, te odio por esto.

Mi voz se rompió por los sollozos y Hyõ me miró preocupado desde la camilla del hospital en la que estaba. Habían pasado dos días desde que lo habían internado y él estaba preocupado por mi y no por estar muriendo de cáncer de pulmón en esa camilla. Quería gritarle porque se estaba rindiendo, quería pedirle que no se muriera, que se quedará y fuera mi padre para siempre.

Maldita fuera la muerte que se lo estaba llevando.

—No lo hagas niña, no llores por mí. No lo merezco.

Se empezó a ahogar con su propia saliva golpeándose el pecho. Su tos sonó tan seca y sus ojos se llenaron de lágrimas por la falta de aire que busqué al doctor o a la enfermera que se había ido sin que lo hubiera notado. Él tomó mi mano sin dejar que me moviera

—Quiero que busques a Jane cuando haya muerto, ella tiene mis cosas. Quédate con ella unos días y toma una decisión después.

—No vas a morir Hyõ. No puedes dejarme sola, no lo hagas —le susurré sintiéndome derrotada. Había algo en contra de lo que no podía luchar y me estaba ganando la batalla de frente. La única enemiga que tenía el poder de quitármelo todo. La muerte.

—Esto no es tu culpa Isabella. Me busqué todas y cada una de mis calamidades. Hice mal cuando tuve poder en mis manos y no supe llevar la corona sobre mi. La mierda de ego me consumió. Y el cáncer me está matando así que déjate de sentimentalismos y sé realista. Estoy malditamente muerto. Quiero que busques a Jane. Ella te dará una caja, me odiaras después de abrirla, pero solo quiero que recuerdes una sola cosa, todo tiene su tiempo. Creo que el tuyo ha llegado.

—No se que estás queriendo decirme. ¿Cómo podría odiarte? Eres mi padre —murmuré aturdida.

—Te di mis manos. Te di mis mejores habilidades, mis conocimientos. Úsalas para bien y deshazte de Félix. Mátalo y entierralo mil millones de metros bajo tierra con la cabeza para abajo. Escupe sobre su maldita tumba y cuando hayas terminado borra sus generaciones. Asegúrate de ser inteligente y borrarlos a todos. Si quieres vengarte tendrás que ser dura de corazón. Y lamento no haberte enseñado a ser dura.

Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando se puso la máscara de respiración. Ni siquiera sabía porque estábamos en un hospital tan lujoso como ese si él no tenía ni un centavo partido por la mitad. Eso era algo que tenía claro. Lo peor de todo es que cuando me acercaba a la enfermera y preguntaba por la cuenta ella solo decía

—Todo está pagado señorita. Hyõ la está esperando.

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Hyõ apretó mi mano y buscó aire de la mascarilla una semana después. Miré a mi padre marchitarse como una maldita flor sin agua y sin remedio alguno antes de que me sonriera por última vez.

—Estoy orgulloso de ti, porque te creé y serás una estrella brillante en el cielo. Voy a cuidar de ti siempre. Prométeme que me harás un funeral sencillo y que irás cuando te sientas sola. Lleva contigo un coñac y deja cigarrillos en mi lápida. Quiero sentarme sobre ella y fumarlos viendo el atardecer. Las decisiones que tomamos en la vida, Õjo, ellas un día nos muestran el camino que debemos tomar. He tomado solo dos buenas decisiones en la mía, una de ellas eres tú.

—Fumare uno contigo. No fumo, pero lo haré por ti.

—Celebra mi vida Õjo, háblales a tus hijos de mi. Si tienes un varón llámalo Lionel, cómo, cómo yo habría nombrado a mi hijo. Celebra mi vida, hija mía.

—Maldigo a tu muerte papá.

La vida de mi padre se esfumó un dieciséis de marzo. Eran las tres de la mañana cuando su corazón finalmente dejó de latir. Estaba durmiendo y tenía tantos analgésicos en su cuerpo que yo estaba segura que no sintió cuando se fue. Sin embargo él me dejó rota. Y vacía con su muerte. Pero también con un propósito en mente.

Mi venganza.


Aquí tenemos un nuevo capítulo y este es muy duro, con varias muertes que marcaron la vida de Isabella. También este momento supone un punto de ruptura para ella, ya que se encuentra sola (recordad que Edward se encuentra lejos y que Isabella no es de la que cuenten sus penas) y en los próximos capítulos veremos cómo se convirtió en la mujer que es ahora.

Muchas gracias a todas aquellas personas que seguís la historia a pesar de las esperas semanales para poder leer un capítulo. Y muchísimas gracias a todas esas personas que dejan un comentario que nos dan ánimo para seguir y que tanto nos gusta leer.

Nos leemos en el siguiente capítulo.

Un saludo