Candy no me hablaba, y eso hacía todo más difícil. Pero llegó un momento en que quise explicarle su situación. Me senté a su lado, de nuevo, como siempre hacía cuando quería hablarle. Mi madre no se entrometía en nuestras charlas, bueno, usualmente monólogos, pero esta vez, Candy no se quedó callada cuando le expliqué lo de nuestra mudanza. Me di cuenta de que estaba entrando en un estado de desesperación cuando le comencé a explicar los detalles...

"Bueno, Candy, en unos días nos iremos a Los Ángeles".

"Qué… Pero de qué hablas, Terence", me dijo en un tono molesto, como de total desacuerdo conmigo.

"Candy, quiero que lo entiendas de una vez. Albert ya no será tu esposo. Ese es el pasado. No le debes nada. Lo que te estamos ofreciendo es una oportunidad de comenzar a vivir tu vida, no la de él".

La mirada de Candy pasaba de asombro a total y completa molestia y hasta desesperación.

"No puedo creer lo que me dices. ¿Es que no entiendes? Yo quiero regresar con mi esposo, mi familia, mis hijos".

Eso de que me llamara Terence no me encantaba, pero entendía perfectamente que se sintiera molesta por todo lo que habíamos pasado hasta entonces, que hasta amarrada y encerrada la teníamos.

"Candy, por favor, debes tratar de olvidar esa vida que ahora es pasada para ti. Tu lugar está conmigo de ahora en adelante".

Candy me miraba como si estuviera loco. De hecho, ella no era tonta, y no tardó en dar en el clavo de lo que estaba pasando.

"Esas no son tus palabras sino las de tu madre. Qué es lo que te ha dicho para que pienses por un momento que quiero irme a California y dejar todo lo que tiene valor para mí, mis hijos y mi familia".

Yo no estaba pensando claro.

"Dile a tu esposo que te quieres divorciar y quedarte con los niños. Yo los criaría como si fueran míos".

Ahí el gesto de Candy cambió de asombro a total indignación.

"No puedo creer que pienses que me quiero divorciar de mi esposo. Llevo prácticamente toda la vida con él y ahora me sales con estos disparates. Yo jamás lo haría. Tú escogiste la vida que quisiste llevar, que nunca me incluyó a mí, y ahora quieres que yo deje la mía, así como así, porque piensas que yo puedo rascarte una vieja piquiña que tienes. Déjame decirte, Terence, que, sí, me provocaste un dolor muy grande, pero da la casualidad de que fue Albert quien me sanó. Dónde estabas tú".

"No seas egoísta, Candy. Yo estaba trabajando. Si me hubieras esperado…"

"Si te hubiera esperado. Por Dios, hubiera sido patético, yo esperando como una tonta por un hombre que nunca me dio mi lugar, y lo sabes, que hasta me despediste en aquel hospital de NY. Lo siento, Terence, pero estás fuera de toda realidad. Dile a tu madre, porque no tanto tú, sino ella, es la que está provocando todo este show".

Yo me levanté muy molesto y estaba a punto de salir, cuando ella, a espaldas mías, terminó:

"Le dices que yo jamás, JAMÁS, querría formar parte de su familia. Yo tengo una que se ama, se quiere y se protege. Mis hijos jamás, jamás te verían a ti como padre. Jamás".

Yo no pude evitar responderle como me sentía en ese momento:

"No, tú me quieres. Lo que pasa es que se te olvidó. Volverás a hacerlo y seremos felices los dos".

Y salí de ese lugar sin mirar hacia atrás. Candy guardó silencio. Había hablado de más. Si alguien podía ayudarla era yo, pero la ira pudo más que la razón en ese momento. Decidió entonces esperar más adelante para volver a hablarme del tema.

Había dejado pasar unos días más para regresar a hablar con ella. Sus palabras realmente fueron punzantes, pero como decía mi madre, había que debilitarla hasta el punto, primero, de ceder por voluntad, y luego de seguir conquistándola. Eleanor, por cierto, pensaba que el amor que alguna vez me tuvo regresaría tan pronto superara el trago amargo de haber perdido a sus hijos. Y mientras seguíamos pensando lo que haríamos con el asunto de la mudanza, me pidió que no le hablara tanto del asunto, sino que esperáramos un tiempo más. Según ella, Candy era inteligente, y trataría de pensar lo que iba a decir de ese momento en adelante. No debíamos contrariarla. Al contrario, si todo comenzaba a dificultarse, el trabajo tendríamos que completarlo en Los Ángeles. Para suerte, sabíamos o sospechábamos que alguien estaba vigilando afuera, pero tendríamos que hacer algo genial para sacar a Candy de la casa cuando llegara el momento. Una vez pudiéramos hacerlo, todo sería más fácil, pues nadie conocía nuestra dirección allá. Pero primero el teatro. Teníamos que hacer que llegábamos de un viaje, ya que no habíamos salido de la casa desde el momento en que la policía había tocado nuestra puerta, para que las sospechas de que Candy estaba en la casa se disiparan. Antes, sin embargo, hablaríamos con ella, y eso quise hacer, a ver cuál era el trato con el que nos salía a mi madre y a mí.

Así que fui a verla temprano un día. Ya tenía tres meses de embarazo, más o menos. Mi madre había optado simplemente por dejarla sin atención médica, a ver si Candy lo abortaba. Básicamente, buscar un médico sería delatarnos, así que no había opción. Parecía todo, menos eso. Candy estaba comiendo mejor y la mucama la ayudaba. Recordemos que Candy era enfermera, y luego supe que también había asistido en varios partos, así que tenía alguna experiencia que estaba practicando. Aunque delgada y deprimida, por ratos, ella era obvio que estaba haciendo lo mejor que podía por estar bien.

Pero, en fin, el día que volví a hablar con ella, lucía radiante. Era innegable que el embarazo la resaltaba aún más.

"Candy, por qué no te quieres ir con nosotros a California", fue mi primera pregunta.

Candy me abrió los ojos como dos platos. Era obvio que estaba tratando de disimular.

"Terence, tú no tienes hijos. No sabes lo que se siente estar lejos de ellos".

"No, no lo sé, pero siendo tú la madre, tienes derechos sobre ellos. Por qué no buscamos un abogado, solicitamos tu divorcio y reclamamos a los niños. Así todo sería amistoso".

De nuevo, los ojos de Candy brillaron de una forma como conteniendo la ira.

"Yo no me quiero divorciar, Terence. Yo amo a mi esposo. Me gustaría que lo entendieras".

"Es agradecimiento por todo lo que hizo por ti. Yo te entiendo. Albert también hizo por mí, y se lo debo, pero eso no significa que tengo que ser su esclavo por el resto de mis días".

"Terence, no, definitivamente no entiendes. Creo que jamás entendiste lo que significa el amor verdadero. Yo nunca te dije las cosas que hizo ese hombre por mí. Por eso crees que tengo una deuda, y sí, la tengo, pero es una deuda de amor. Yo amo a ese hombre desde que lo vi por primera vez, a los seis años. Eso no es cualquier cosa".

"¿A los seis años? Es imposible…"

Candy miró al techo y suspiró.

"Nunca, nunca, nunca te interesaste por mis cosas, y nunca supiste cómo conocí a mi esposo en la Colina de Pony. Así que no entenderías, ni, aunque trataras, cómo es que ya no es una deuda de gratitud lo que me une a él, sino el más puro amor. Desde que éramos jóvenes, una luz del cielo nos unió, el destino".

"Y yo qué fui para ti… Dime la verdad".

"Tú fuiste una transición. Simplemente eso. Cuando tu madre te dice lo contrario es porque ella misma no entiende lo que es el amor. El duque de Granchester, tu padre, la usó y la dejó. Tú, al menos, tuviste la dignidad que no tuvo él con tu madre. Jamás te aprovechaste, y te lo agradezco, pero eso no significa que yo quiera saber lo que significa estar contigo. No quiero. Lo que tengo es mucho más grande".

Ya estaba molesto.

"Pamplinas… Tú me amas. Nunca has dejado de hacerlo", contesté con lágrimas que traté de ocultarle.

Candy, a esto, se sentó en la cama con mucho esfuerzo. Me tocó el hombro con la mano aún amarrada, mientras yo le daba la espalda.

"Terry…", por primera vez me llamó así, "no puedes pensar que algo que nunca fue real sea amor. No nos conocíamos, fue una ilusión. Yo me desencanté de ti cuando llegué aquel día a NY. Todo lo que hiciste, ni siquiera lo de Susanna, fue suficiente para yo darme cuenta de que lo nuestro no iba para ninguna parte.

"Candy, las circunstancias estaban en contra mía en ese momento".

Candy entonces sacó su delicada mano de mi hombro, y miró hacia abajo. Me giré para verla en pleno proceso de pensar lo que me contestaría. Me sentí miserable, pero sabía que ella estaba entretejiendo su respuesta en ese momento.

"Terry, yo…yo lo siento, porque realmente crees que estabas haciendo algo que me favorecía, pero no. Te despediste en el colegio sin siquiera dejarme la puerta abierta para una mínima comunicación. Luego, cuando te encontré, estaban todos esos rumores en los diarios sobre ti y Susanna que nunca negaste, y cuando nos encontramos, ni me aclaraste lo que estaba pasando. Y sé que estaba pasando algo contigo y con ella. ¿Sabes lo que me dijo tu casera mientras esperaba que fueras a revisar tu apartamento para ver si estaba en condiciones para recibirme? Me dijo que Susanna se pasaba allí día, tarde y noche, y que tú la recibías, aunque ya no lo hacías tanto, pero no me habló del accidente. Ella pensaba que estaban comprometidos. Dime una cosa, y no me mientas. Susanna se quedaba contigo allí".

"Estás celosa… Eso es bueno, pero…", le dije para cambiar el tema.

"Terry, yo no le quise creer a esa señora porque era una idiota, y quería también creer en ti. Pensaba que ella estaba de acuerdo con Susanna para dañarte, pero ahora que lo pienso, debí habértelo preguntado. Incluso no quise creerlo cuando escuché los rumores del accidente en el mismo teatro, sobre lo que pasaba contigo y ella, de todo lo sucedido antes del accidente. Me encontraste allí, en la azotea, y yo la había salvado del peor error de su vida, por ti; también te olvidaste de que me habías dejado aparentemente en el teatro. Entonces lo supe. Lo que me dijo la casera era cierto. Si me quedaba alguna duda o debate, aún pensaba, cuando me senté a analizarlo todo, que debía sacrificarme por ustedes dos. No, no fue un sacrificio. Ya la decisión la había prácticamente tomado antes de llegar a esa azotea, y ver a Susanna tratando de salvar la poca dignidad que le quedaba, por ti. Terry, yo hice lo mismo. Dejé lo que me quedaba de dignidad por seguirte. Y ya, al final, lo que me quedó fue regresar, resignada, con el hombre al que amaba sin saberlo, y dejar al que me había humillado más de una vez. Así mismo, hiciste lo mismo con Susanna, la humillaste; sabrá Dios a quién más…"

"Eso no es cierto, Candy. Me llené de obligaciones. Todo el mundo esperaba algo de mí, así que simplemente me dejé llevar. Yo, yo…bueno, soy hombre, y ella…"

"Terence, eso no puede ser excusa para dañar vidas, y ahora venir con que debo darte una oportunidad. Yo te quería, sí, pero no es lo mismo cuando maduras y te das cuenta de que todo ese drama juvenil era innecesario. Tú fuiste una transición en mi vida, y eso lo entendí cuando dejé ir el dolor. Sufrí mucho por ti, por tu caída. Pensé que morirías, y me sentía culpable por eso. Pero incluso, cuando te vi en Rockstown, yo supe más que nunca que me había enamorado de mi compañero de cuarto, y que tú eras de Susanna, y que debías volver con ella. Bueno, no fue un descubrimiento, sino darme cuenta de que el chico que había conocido a los seis años, aún no sabiendo esa verdad en el momento, era el mismo que entonces mi corazón clamaba con un grito silencioso en la distancia. Así también supe que tú te debías a esa mujer que habías enamorado y luego dejado. Tenías una deuda con ella muy grande, incluso más grande que la mía".

"Es agradecimiento. Igual que lo mío con Susanna. Candy, yo te ofrezco un amor que grite hasta el cielo…"¿Es que no comprendes? Deja a un hombre tan tibio como Albert. Yo te puedo llevar a la cúspide, si me dejas".

"El que no comprendes eres tú. Es más, si piensas que yo no soy un peligro, desamárrame y déjame libre".

"Sabes que no puedo hacer eso…", dije con pesar.

"Pues en algún recóndito lugar de tu mente, reconoces que no hay nada entre nosotros, y que esto es un secuestro. Yo no puedo amarte; nunca lo haré".

Eso me afligió fuertemente el alma. Era la verdad, y engañarme, no, no era.

"Sólo me estoy tomando un tiempo, para que te des cuenta de la verdad", le respondí con los ojos cerrados y los puños casi a punto de sangrar.

Ella me miró, y me miró los puños, y luego supe que esa fue la misma reacción de Albert cuando supo lo que había pasado en NY, de puños cerrado y de controlarse para no ir a ajustarme cuentas por el guiñapo que había dejado en el corazón de Candy. Me imagino que sentiría una rabia descomunal al darse cuenta de que…las cosas era diferentes para ella desde ese momento. Pero también me sentí satisfecho en parte, porque ella me había llamado Terry otra vez. Eso era algo…

Continuará...