Yo me abracé a él, rodeando su cuello con ambos de mis brazos, pero teniendo cuidado de no incomodarlo o terminar ahorcándolo.
No pude verlo, pero algo me hizo pensar que había sonreído ante el fugaz tacto de mis manos contra su rostro.

—Y bien, querida _, ¿a dónde vamos ahora?
—Creo que tú podrías conocer la zona mejor que yo, Osomatsu-kun.
—Tengo una mejor idea. Vayamos a casa ya.
—No, ¡claro que no!
—Claro que sí. No puedes andar de pie, hace muchísimo frío y no tenemos ningún plan para conseguir esos dulces que tanto anhelas. Es más, voy a dejar de preguntártelo, te voy a llevar a casa. Nos encontraremos con el resto tarde o temprano. Lo siento, _, pero el plan se cancela.
—¿Qué? Espera, bájame. Al menos descansemos un poco antes de llegar.

Osomatsu me bajó de su espalda. Nos habíamos metido entre el vecindario anterior al destino de la casa Matsuno. Estábamos sentados en la banqueta. Al notar que yo temblaba una vez más a pesar de tener puesto mi abrigo, Osomatsu usó la capa de su traje para cubrirme. Pero no solo a mí, sino a ambos. Parecíamos ahora un burrito envuelto.

—Gracias… —dije. El vapor salía de mi boca al hablar.
Lo mismo ocurría con Osomatsu.
De pronto su gesto se volvió una sonrisa pícara, traviesa y peligrosa. Volteó a verme y yo solamente me puse alerta.
—Oye, _.
—¿S-Sí? —Me puse nerviosa al oírlo pronunciar mi nombre.
—Los dulces realmente no te importan, ¿o sí? No luces demasiado infantil como para querer seguirle el juego a mis hermanos. En realidad, he comenzado a pensar que todo lo que querías era pasar un tiempo a solas con este muchacho de aquí —dijo, señalándose a sí mismo.
—¡¿Qué dices?! Y-Yo… solo…
—¡Ja, ja! Estoy jugando, sé que quieres divertirte. Pero, vamos, hay maneras de hacerlo y ya lo hemos hecho. Fue una noche larga…
Solté un suspiro.
—Ya descansé lo suficiente. Volvamos, Osomatsu-kun —dije, pero no hice ningún intento por levantarme. Era tan cálido que no quería apartarme de su lado, tan solo seguí aferrándome más a la tela que nos cubría a los dos.
Se me hizo extraño que no me respondiera nada, por lo que hice otro intento.
—Entonces…
—Entonces…
Ambos hablamos al mismo tiempo y guardamos silencio al darnos cuenta de ello. Pero no fue solamente aquella acción, sino que al hablar nos giramos el uno con el otro y nuestras miradas se encontraron; estábamos muy cerca, yo sentía su respiración y él la mía. Mi corazón comenzó a palpitar muy rápido, y quizá el de él también. No dijimos nada por un momento.

—D-De… ¿Decías? —dijo.
—Oh, nada. S-Solo creo que deberíamos reunirnos con los otros, después de todo…
Osomatsu asintió.
—Volveremos primero que el resto. Ven, sube a mi espalda de nuevo.
—Creo que quiero intentar caminar, Osomatsu-kun. Quizá me ayude al tobillo o…
—¿Crees que voy a dejarte ir sola de esa manera? Podremos ayudarte en casa. Nos adelantaremos, más tarde o temprano nos toparemos con ellos —explicó. Debido a la mirada inconforme sobre la suya, espetó—: ¿Qué? ¡No es una buena idea seguir de esta manera! Ja, ja… Veo que empiezas a sonreírme. ¡No puedes con el carisma de este chico!, ¿cierto? —Entonces se agachó para tomarme de las piernas y me alzó en brazos—. ¡Con permiso, querida!
—¡Woah!
—Oh, ¡lo siento! ¿Te lastimé? —dijo sonrojándose.
—No, estoy bien. Es solo que estando alzada a esta altura me doy cuenta de que… en verdad eres alto. Quizá es mi percepción, pero, aunque son todos sextillizos solo tú y Karamatsu-kun se volvieron muy altos. ¡Ah! ¡Recuerdo cuando todos mediamos lo mismo! —Suspiré.
Osomatsu comenzó a caminar rumbo al vecindario de los Matsuno.
—¡Quizá hasta eras un poco más alta!
—Puede ser. ¡Eran todos tan lindos!
—¿Ya no lo somos?
—No dije eso… —titubeé.
Entonces pude ver la traviesa sonrisa de Osomatsu apenas asomándose.
—¿Ya no lo soy? —preguntó, con sus ojos llenos de brillo y un tono de voz más grave y seductor. Parecía no querer desviar la mirada hasta que le diera mi respuesta.
—N-No dije que no lo fueras —susurré, dejándome llevar por su encanto.
—Te vez preciosa cuando tus mejillas cambian de color. ¿Lo sabías?
—Tonto hermano mayor… Voy a quejarme con tus padres.
—¡Ja, ja, ja! No hay por qué llegar a eso.

Seguimos caminando. Sentí que el calor por fin se bajaba de mis mejillas y el pie comenzó a dolerme menos, aunque todavía no podía levantarme del todo. Llegamos a una cuadra antes de la casa de la familia Matsuno e hicimos una pausa. Osomatsu quería asegurarse de que el improvisado vendaje seguía en su sitio y que yo me sentía mejor. Nos detuvimos cerca de una de las tiendas que todavía seguían abiertas a aquella hora debido al escándalo de noche de brujas.

—¿Te duele mucho todavía?
—No fue un tropezón muy peligroso, solo fui muy descuidada y se volvió grave por mi propia debilidad. Estoy mejorando —sonreí.
—No deberías juzgarte tanto a ti misma.
—¿No lo haces tú también?
—¡Pff! Naturalmente. ¡Ja, ja, ja! —se carcajeó—. Soy un nini. Estoy todo el tiempo juzgándome a mí mismo. Sin embargo, aunque no me gusta admitirlo creo que me gusta vivir así. No hago nada para cambiarlo, ¿sabes?
—Te envidio —dije—. Vivir sin preocupaciones debe ser cool. Si no son los estudios, es el trabajo, y si no es el trabajo es otra cosa…
—¿Cómo qué otra cosa?
—No lo sé. Quizá… el amor.
Se quedó viéndome de arriba a abajo por unos segundos y se encogió de hombros, haciéndose el interesante otra vez. No siendo demasiado atrevido acortó la distancia entre los dos y yo no hice nada para impedírselo.
—No tendrías que preocuparte por asuntos banales como el amor si vieras a tu alrededor más a menudo. Ver a quienes se preocupan por ti. Ya sabes… Dejarte amar por alguien que esté muy cerquita de ti…
—Lo haces sonar tan simple.
—Es porque es simple abrir tu corazón a quien crees que se lo merece.
—¿Cómo puedes saber eso?
—No puedo saberlo. Es solo cuestión de intuición —sonrió. Parecía que le gustaba provocarme sensaciones extrañas, pues cada frase que decía me ponía más ansiosa que la anterior.

Seguimos el camino a la casa Matsuno. Estábamos caminando por las calles iluminadas con la blanquecina luz del alumbrado público hasta que pudimos divisar nuestro destino. Por el camino tuvimos suerte y nos encontramos de nuevo con Dayon y Dekapan que nos regalaron el montón de dulces sobrantes que no se habían llevado los demás niños. Al vernos pasar de regreso, Osomatsu y yo fuimos su mejor opción.

—¡Hoe! Pero si es el mayor de los sextillizos junto a la pequeña _. —Nos apuntó a ambos con una sonrisa. Se asomaba de su casa y detrás suyo se encontraba Dayon, aun con aquella excéntrica ropa.
—¡Buenas noches de nuevo! —saludé—. Aunque ya no soy pequeña…
—¡¿Hoeee?! ¡¿Qué te ha pasado?! ¿Por qué estás apoyada contra este chico?
—Pasa que me tropecé, pero nada grave, je, je, je.
—Dayon, Dayon, Dayon, Dayon.
—Dayon tiene razón —susurró Osomatsu a mi oído con todo el aire de filósofo.
Dekapan asintió a sus palabras. Yo solamente me quedé perpleja. ¿Fui la única imbécil que no entendió una palabra?
—Eh… Se hace tarde y Osomatsu-kun y yo debemos volver antes del resto de los chicos. Es mejor que no sepan que sigo con el vendaje puesto.
—De hecho, ya que estamos aquí…. ¿no querrás revisarla? —preguntó mi acompañante.
—¡¿Qué?! —exclamé aterrada. Desde niña me había dado miedo el laboratorio de Dekapan al cual seguía llamando casa.
—Hoe, hoe, no estoy seguro.
—¡Vamos, viejo! —inquirió Osomatsu.
Yo hacía movimientos negativos con la cabeza pero nadie se mostraba empático conmigo por ese lado.
—Hacer experimentos con _ podría resultar mal. Como efectos secundarios, su lindo cabello de color _ podría cambiar a un tono arcoíris permanentemente. O quizá quedarse sin cabello. Se quedaría sin voz, dejaría de crecer o quizá sus uñas no serían capaces de cortarse jamás… —habló Dekapan casi para sí mismo.
—¡¿Qué?! Eh… ¡Prefiero mi esguince!
—Ni siquiera es tan grave como lo parece… —dijo el muchacho Matsuno—. Si no pretendes usar el laboratorio, entonces, ¿no podrías darnos una pócima o algo?
Como si encontrara la respuesta a todo, Dekapan se dio un golpecito en la frente mientras una bombilla imaginaria aparecía por encima de su cabeza.
—¡Hoe! ¡Entonces no debes preocuparte por eso! ¡Tengo lo que necesitas!

Osomatsu y yo esperamos ahí parados sin decir o hacer nada mientras Dekapan se daba media vuelta y se iba a buscar algo. Dayon nos miraba con esa sonrisa macabra que no reflejaba emoción absoluta.
Finalmente, el anciano volvió. Me saqué un poco de quicio cuando pude ver que aquello que me ofreció Dekapan simplemente eran más chocolates de Halloween. Osomatsu y yo hicimos una mueca.

—¡Estos son solo más caramelos, Dekapan! —exclamé.
—Pues si tú no los quieres… —dijo Osomatsu que estiraba su mano hacia los dulces.
Dekapan los alejó del muchacho rápidamente.
—¡Hoe! ¡Este antídoto es para _! Quita tus manos de encima.
—¿Antídoto?
—Verás, querida _, estos chocolates te harán sentirte mejor. No solamente van a aliviar tu dolor, sino que la torcedura desaparecerá completamente. Será como si nunca hubiese estado allí.
—¿Es cierto? —pregunté.
—¡Hoe, hoe! Solo cómelos poco a poco y verás cómo hacen su efecto.
—De acuerdo. Gracias…

Yo tomé los chocolates. Hice un esfuerzo por no encogerme de hombros ante sus palabras. Después de todo, ¿qué tan ciertas podían ser? Sin embargo, me mostré agradecida. Nos despedimos de Dekapan y de Dayon. Estaba demasiado cansada como para reírme a carcajadas, pero los vestidos de ambos me seguían causando demasiada gracia. Eran casi tan sensuales como mi disfraz de conejita. Por un momento nos imaginé dando un concierto al estilo OTMGirls.

Mi acompañante y yo nos alejamos. Faltaba muy poquito para llegar a casa. Osomatsu apoyaba su brazo contra mi espalda mientras yo rodeaba con el mío su cuello, para tener más facilidad al caminar.

«¡Qué más da!», pensé y me eché un chocolate a la boca. La cobertura era dulce y cremosa, pero el relleno… no era ni de naranja ni de fresa, ni de cajeta ni vainilla o de coco. Era terrible. Hice muchas muecas de asco, no pude quitarme lo amargo de la boca.

—¡Argh!
—¿Te duele mucho? Tranquila, ya casi llegamos.
—No es eso… ¡Esto sabe horrible! —exclamé. El sabor no desaparecía de mi lengua, me dieron arqueadas—. ¡Puaj! Es como comer una esponja remojada en vinagre... ¿No quieres probar?
Osomatsu me vio de reojo, se rio y negó con la cabeza.
—Yo paso, querida.
—¡Rayos! ¡Es horrible!
—¡Ja, ja, ja! ¡¿Estás llorando?!
—¡¿Q-Qué?! N-No…

No me di cuenta hasta que Osomatsu se empezó a burlar de mí y entonces sentí una lágrima recorrer mi mejilla. Quizá el asco había sido demasiado. Osomatsu no dejaba de burlarse de mí con esa risa tonta. Verlo reírse a carcajadas de mi desgracia hizo que se me pusiera el rostro colorado de cólera y de pena. Sin embargo, ¿qué tenía su risa que hacía que algo en mi corazón se sintiera cálido? Esa alegría suya siempre terminaba contagiándose en mi persona. Me gusta mucho verlo reír, mucho, mucho, mucho. Era guapísimo, era divertido, era tierno. Al sentir el temblor de su cuerpo contra el mío a causa de tanto reírse hizo que me sintiera alegre también, como un choque eléctrico.

—¡Ja, ja, ja! ¡Lo siento! —dijo mientras retomaba el aire y su sonrisa iba borrándose de a poco. Sacó el pañuelo que llevaba en el saco de su disfraz y me lo ofreció—. Toma. Lo siento… No era mi intención, ¡pero te veías tan graciosa!
Tomé el pañuelo y me limpié el rostro.
—¡No es gracioso! —Fingí estar enojada. Lo hice mal, pues una sonrisa se dibujó en mi rostro poco después.
—En fin, ¡tendrás que aprender a manejarlo porque deberás terminarlos todos!
—¡Eso jamás! Tú los querías antes que yo… Cómelos tú.
—No deben estar tan mal…
—Cómelos tú —repetí.
—¡Eso jamás! —exclamó imitándome y volvió a carcajearse.
—¡Hum! Te parece fácil decir que seré capaz de acabar estas cosas pronto, pero seguro que si estuvieras en mi lugar tú también te… ¿eh?
—¿Qué pasa?
Osomatsu se detuvo a la vez que yo lo hice. Mi agarre se volvió más débil. ¿Acaso era un juego psicológico o algo así? El dolor de mi tobillo desapareció al cien por ciento por unos segundos, para después volver a manifestarse en menor gravedad que antes.
—Mi tobillo… ya no duele tanto. —Estaba atónita. Volví a bajar el pie para sentir el asfalto y en efecto, caminar era más sencillo.
—¡No te creo!
—¡Es en serio!
—¡Ja, ja! Bien, entonces quiere decir que lo que el viejo regordete decía era cierto. ¿Y sabes qué significa?
—No pienso comer eso otra vez…
—¡Tienes que hacerlo y lo sabes! —se rio—. Digo, si quieres estar bien para mañana.
—¿Eh?
—Supongo que hoy no podrás volver sola a casa.

No dije nada. Entonces seguimos caminando hasta la casa de los chicos; yo iba únicamente tomada del brazo de Osomatsu. Dimos la vuelta a una esquina y por fin llegamos. Abrimos la puerta principal y entramos. El señor y la señora Matsuno ya estaban dormidos, por lo que fuimos muy cautelosos con el ruido. Para evitar problemas nos fuimos al patio trasero a descansar un poco.
Osomatsu me llevó un vaso con agua.

—Agh, ¡maldición!
—Deben estar terribles.
—Absolutamente. Pero de verdad deben tener algo especial porque conforme los he estado comiendo me he sentido mejor.
—¿Cuántos te quedan?
—Ocho.
—¡Solo llevas dos!
—¡¿Y qué?! ¡Con eso he tenido!

Osomatsu volvió a reírse y yo me quedé abrazándome a mí misma. Estábamos sentados en el engawa de la casa, él cruzado de piernas y yo con ellas encogidas. Las luces de la casa estaban todas apagadas, así como las del patio y las de los vecinos. Nos quedamos viendo el cielo nocturno en completa oscuridad. Era gracioso, pues, aunque antes estuvimos envueltos en el bullicio del centro de la ciudad, ahora no se escuchaba ni el ladrido de los perros ni ninguna voz o auto. Algunos grillos apenas cantaban por ahí. Éramos solo Osomatsu y yo.

—Hum… ¿Y si intentas comerlos todos de un bocado? —dijo, interrumpiendo el conticinio.
—¿No era de poco en poco?
—No creo que el resultado cambie.
Suspiré y le pedí:
—Tráeme más agua, por favor.
Osomatsu fue a la cocina y trajo el vaso de nuevo lleno. Lo puse a un lado y armándome de valor me eché a la boca todos los chocolates. Casi me los pasé enteros, pero no pude evitar saborear varios de ellos al masticarlos ferozmente. Comencé a retorcerme otra vez, a lo que agarré el vaso con agua y lo bebí rápidamente. El sabor no se fue.
—¡Rayooos! ¡Es terrible!
—Resiste.
—Eso intento… —dije guardando la compostura.

Para mi suerte, el sufrimiento había acabado de una. No tendría que lidiar con ello poco a poco como se suponía, lo cual hizo que sintiera alivio. Comencé a volver a la normalidad, el asco se fue, y el temblor de mi cuerpo igual.

Sin embargo, por un momento en silencio, me pareció que Osomatsu se tramaba algo. Volvió a mirarme y yo lo miré a él. Se veía guapísimo con el traje que llevaba, los pequeños broches de cuernos sobre el pelo y las manos con guantes. Se miraba con un príncipe demonio.
No supe en qué momento había terminado tan cerca de mí, estaba justo a mi lado. Tomo una de mis manos con la suya, y sin el menor pudor entrelazó sus dedos con los míos. Se me acercó todavía más y me habló.

—Déjame probarlos… —susurró a mi oído.
—Pro… ¿Probar?
—Ese sabor que tanto te hizo sufrir. Déjame probarlo de ti.

Yo no entendía lo que quería decir, o quizá por un momento quise convencerme a mí misma de que no lo entendía, sin embargo, me presté completamente para sus intenciones. Me acerqué más y me acurruqué en su pecho, metiéndome de a poco en su cuello. Estuve así por un minuto hasta que él acarició mi mejilla y me sonrió con esa expresión traviesa que a veces tanto me irritaba pero que me encantaba. Me tomó el rostro con ambas manos y me besó con pasión.
Quizá estuvo tanteando el terreno y al darse cuenta de que yo no me negaría, lo hizo. Su beso era apasionado y hasta algo desesperado. Su lengua tocó la mía y no hacía más que profundizar el tacto, más y más y más. El sonido que hacían nuestras bocas contrastaba con el silencio de la noche. Me dejé llevar por el momento sin pensar tan siquiera si lo que estábamos haciendo estaba bien o estaba mal. Solo quería sentirlo muy cerquita de mí… Osomatsu me acercó más a él todavía, mis mejillas estaban aprisionadas por sus manos que me sostenían con firmeza. Yo cerré los ojos y me pregunté si él había hecho lo mismo… Sentí su respiración frente a mí y yo dejé de respirar sin darme cuenta. Estaba tan sumida en el momento que de verdad no quería pensar en otra cosa. Traía los guantes puestos, lo que hacía que la sensación alrededor de mi rostro sea cálida y agradable al tacto. Yo, sin pensarlo demasiado, puse mis manos sobre su rostro también mientras profundizamos todavía más el beso. Con movimientos traviesos me abracé a su cuello y él me acarició el pelo suavemente; me pasó la mano por la nuca y me atrajo más a él.
¿En serio estaba pasando? Nos comíamos las bocas con ferocidad. Osomatsu estaba hambriento, hambriento de mí. Los movimientos no paraban, por el contrario, comenzó a ser un poco más rudo que antes y yo no traté de hacer absolutamente nada para negarme a aquellas sensaciones que su tacto me provocaba. Nos separamos por unos segundos; con sus dientes se deshizo de uno de sus guantes y comenzó a acariciarme lentamente. Volvió a besarme el cuello lenta y dulcemente mientras que con la mano desnuda acariciaba y apretaba mis piernas, luego subía la mano por mis caderas y me acariciaba la espalda y el abdomen.

Estaba oscuro, no había nadie, el silencio reinaba, la noche era nuestra.

Poco a poco Osomatsu fue recargando su cuerpo contra el mío hasta que logró recostarme sobre el suelo de madera, teniendo cuidado de no dejar caer todo su peso sobre mí. La capa de su atuendo nos cubría, apenas pude distinguir sus ojos gracias a la luz de la luna. Nos miramos por unos segundos antes de que él continuara besándome.

¿Lo que estábamos haciendo estaba mal? Seguramente. Pero se sentía tan bien… Sin embargo, sabía que debía detenerlo.
Me besaba el cuello, la cara, los labios… Su lengua invadiendo mi boca sin piedad. El sonido de los húmedos besos no era acallado por nada, no pude evitar gemir un par de veces. Extasiado por ello, Osomatsu no hizo sino acariciarme con mayor pasión. La piel de los muslos era tan sensible ante las yemas de sus dedos… No obstante, no fue su límite, pues dentro de poco sentí una de sus manos que se deslizaba por mi espalda y tomándose su tiempo iba desabrochando el nudo del corsé de mi traje. A pesar de la osadía de sus actos anteriores, se atrevió a pedirme permiso para continuar.

—¿Puedo? —dijo viéndome desde arriba con voz ronca, dominante, con esa mirada sedienta de pasión.

Yo me cubrí el rostro con una mano, pues de repente sentí mucha vergüenza, y luego asentí. Aquella acción fue la luz verde que Osomatsu necesitaba. Sonrió de lado, y… quizá solo había sido percepción mía, pero me pareció que se relamía los labios.

Terminó de aflojar la prenda y se aventuró por debajo de la ropa. Los guantes y la diadema de orejas de conejo habían quedado justo a un lado de nosotros, inútiles. Con una de sus manos me tomó el rostro para obligarme a besarlo, mientras que con la otra me acariciaba la espalda desnuda. Yo estaba a su merced, como si fuera la víctima de su depredador. Poco después dejo de prestar atención a mis labios para besarme las mejillas, el cuello, los pechos… Gemí más fuerte sin poder evitarlo. Osomatsu me cubrió la boca con sutileza.

—Shhh… Si haces demasiado ruido, la diversión se arruinará. Puedes aguatar más que esto, querida _, ¿no es cierto?

Asentí. Tomé su mano y la volví a colocar sobre mi pecho. De nuevo esa risa traviesa en su rostro…

—¿Vas a detenerte ahora?
—¿Quieres que me detenga?
—No es lo que pregunté.
—¿Quieres escuchar mis verdaderos deseos? —dijo mientras reía muy bajito. Se acercó a mi oído y susurró—: Me encantas. Tu pelo, tu voz, tu cuerpo…
—Osomatsu…
—Si por mí fuera, quisiera hacerte mía justo ahora.

Sentí el calor subiéndose hasta mis mejillas. Continuó con sus manos traviesas acariciándome la piel desnuda. Y, a pesar de que sabía lo que estaba a punto de hacer, no me moví para impedirlo. Su mano me tocó uno de los pechos completamente desnudos con lentitud y suavidad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y supe que había llegado por fin a mi límite. Esa sensación… era como si se tratara del tacto de Karamatsu. Y aunque el primogénito era un poco más tosco, los sentimientos que despertaban en mí con ambos hermanos eran similares. «¡¿Pero que demonios?! ¿Por qué en un momento como este pienso en algo así? Comparándolos entre sí…», pensé.
Se me caía la cara de vergüenza. Sin embargo, puse mi mano sobre el pecho de él y le di un empujoncito hacia arriba para que yo pudiera enderezarme. Pareció que él se sentía extrañado.

—¿Qué pasa, _? ¿Fui muy rudo? Lo siento.
—No pasa nada, Osomatsu-kun.
—¿Segura? —preguntó. Pareció creer que algunos de mis gemidos fue uno de dolor.
—De verdad. Es solo que, no lo sé, no es correcto y ambos lo sabemos.
—Eso creo…
Carraspeé y le di unas palmaditas en el hombro.
—¡Anda, bobo! Ayúdame a ajustarme el corsé de nuevo.
—Claro, preciosa.
—Hey, ninguna palabra de esto, ¿ok?
—No te preocupes —dijo mientras me hacía el nudo de nuevo y silbaba con alegría. Seguido de ello se giró hacia mi otra vez—. ¿Siempre has sido así de traviesa, _? —preguntó con un ligero rubor a la vez que me acomodaba la diadema sobre la cabeza y se acomodaba los guantes.
—No seas arrogante, fuiste tú quien me besó.
—Te gustaría repetirlo, ¿cierto?
—Cállate.
—¿Por qué no lo hacemos de nuevo?
—Osomatsu-kun, yo…

Fui interrumpida por la voz de los chicos que iban llegando a la casa. Escuchamos el estruendo del patio principal y luego vimos las luces de la casa encenderse. Los rostros se nos iluminaron a Osomatsu y a mí.

—Vayamos con ellos —dijo. Luego se giró hacia mí, me tomó de los hombros y me dio un rápido beso de piquito—. Esos chocolates no tenían tan mal sabor después de todo, ¿sabes?

Me sacó la lengua a modo de victoria, como si fuera un niño pequeño, y se regresó a con sus hermanos. Mis mejillas estaban coloradas y mi cuerpo seguía ligeramente temblando.

El hermano mayor no tenía remedio.