La tormenta golpeó de madrugada anunciando su llegada con un fuerte estruendo que retumbó en la tierra. Eclipse se enderezó de golpe, con la respiración agitada y las manos sudorosas, veía alrededor sin lograr ubicarse. ¿Qué estaba pasando? El corazón le latía a prisa y el miedo inconsciente comenzaba a formarle un nudo en el estómago. Afuera se escuchaba la pesada lluvia golpeando sobre el techo de la choza, el insistente ruido entregó la única pista de lo que la había arrancado de su sueño. Batallando para pasar saliva intentó tranquilizarse.

-Solo es una tormenta. - Murmuró notando el temblor que comenzaba a subirle por la espalda. Aquello era un miedo irracional, algo que tanto ella como los monjes habían intentado sanar, pero que, al desconocer el origen de dicho miedo, se vieron incapaces de ayudarle con más que solo consejos para evitar que su mente cayera víctima del pánico.

La lluvia continuó cayendo como si alguien desde el cielo estuviera arrojando cubetazos de agua en sobre la isla, el viento soplaba con furia, como intentando llevarse todo lo que se encontrara a su paso, pero no eran ni el viento o la lluvia los causantes de su reacción, si no los truenos, el rugir de las nubes siempre la hacían estremecer y desear dejar de existir. Cualquier cosa era mejor que escuchar aquellas estruendosas detonaciones.

Con los ojos fuertemente apretados y las manos sobre sus oídos, Eclipse temblaba en su lugar en posición fetal. A esas alturas pensar le resultaba casi imposible, paralizada de pies a cabeza apenas fue capaz de escuchar el llamado de Asami quien con gentileza le había puesto la mano sobre el hombro. - Estoy bien. - Habló entre dientes en un ridículo intento por esconder su debilidad.

-Ven aquí. - Escucha las palabras sordas a través del grosor de las manos que intentaban protegerla del ruido. Asami la jala hacia ella y envuelve en un firme abrazo que refuerza al cubrirla con las mantas. ¿En qué momento había llegado ahí? ¿Se había dormido a su lado? Normalmente aquella idea habría bastado para hacerla ruborizar, pero en esos momentos la mente no le alcanzaba para nada. Como una niña pequeña se dejó proteger y se aferró al cuerpo de la ojiverde con la esperanza de que aquello le ayudara a mitigar el miedo.

- Te contaré una historia que jamás he compartido con nadie, ni siquiera Korra. - Pausa para acomodarse mejor antes de seguir. - Enfócate en mi voz. - Le indicó dulcemente. Temerosa libera un profundo suspiro e intenta enfocarse la vibración del pecho de la ojiverde al hablar.

Hiroshi Sato fue un joven criado por su madre en el asentamiento sobre las ruinas de Ciudad República, su padre había muerto a manos de grupos rebeldes antes de que él naciera, pero su madre se encargó de contarle la leyenda que venía de la mano del apellido "Sato" Nunca falló en asegurarle que su padre había sido un hombre inteligente y, habiendo aprendido de su amado, ella misma se dio a la tarea de enseñarle a su hijo a leer para así entregarle la colección de libros que los Sato solían guardar en una vieja casa de barro.

Hiroshi leía libros para pasar el rato, era conocido en el asentamiento por estar siempre dispuesto a responder preguntas difíciles de responder, plantear soluciones e idear medios para facilitarle la vida a los agricultores o criadores de ganado. Ese era el papel que los Sato cumplían en sus comunidades y él lo ejerció gustoso.

La muerte de gente en los asentamientos por las intervenciones rebeldes no era algo raro, Hiroshi lo veía como algo desafortunado, pero natural. Todos sus amigos venían de familias incompletas que habían perdido seres queridos durante las invasiones rebeldes así que ese tema, aunque delicado y plagado de injusticia, era algo prefería no tocar.

Desafortunadamente la madre de Hiroshi murió cuándo él tenía quince años, esto lo llenó de rencor y odio pues su madre había sido todo lo que le quedaba, una mujer dulce e inteligente que siempre le aconsejaba vivir sin enfocarse en el lado negativo de las cosas.

En aquel tiempo el asentamiento era liderado por un hombre llamado Raiko, su familia era la única que siempre quedaba intacta luego de los ataques y, después de perder a la persona más valiosa en su vida, Hiroshi comenzó a cuestionarlo. Varias veces pidió establecer juntas para remediar el problema de los rebeldes, el asentamiento no era demasiado grande, pero tenía el potencial para comenzar a defenderse. Lamentablemente Raiko jamás lo escucho y le aconsejó callarse para evitar meterse en problemas.

Alimentado por sus emociones negativas, Hiroshi decidió aislarse, trabajaba lo mínimo para conseguir lo necesario para comer, pero pasaba la mayor parte de sus días y noches encerrado en la casa de barro rodeado de planos, libros y materiales. En el asentamiento la gente no sabía pelear, los hombres eran débiles, carcomidos por el miedo preferían actuar de forma sumisa para no llamar la atención de los rebeldes, así que ponerse a dar discursos inspiracionales no iba a servir de nada. Necesitaba garantizarles la victoria para despertar su espíritu de pelea.

Cuatro años de estudios intensivos, exploraciones entre el peligro que suponían los inestables escombros de la ciudad, y un carácter persistente dieron como resultado la recreación de armas de fuego. Hiroshi aprovechó la influencia que tenía sobre la gente del asentamiento y comenzó a realizar juntas secretas para ganar aliados. Así a sus diecinueve años, acompañado de un grupo de quince hombres armados, desterró a Raiko y a su familia y tomó posesión del asentamiento.

Grupos rebeldes intentaron atacarlo, fue entonces que puso a prueba el potencial de las pequeñas armas de mano que había creado. El asesinato de un líder rebelde bastó para ahuyentar al grupo que lo acompañaba, entonces se comenzó a correr la voz, Hiroshi esperaba que más rebeldes aparecieran en sus territorios y se preparó para contraatacar, pero en menos de dos semanas, el que apareció en sus puertas no fue otro líder rebelde, sino el Avatar mismo.

Aang pidió hablar con Hiroshi en privado, charlaron por horas sobre las armas de fuego y el potencial que tenían, Aang le pedía que evitara usarlas de forma incorrecta, que solo fueran necesarias cuándo el asentamiento peligrara, pero que no hubiera más excepciones. Hiroshi estaba molesto, sentía que los rebeldes no habían pagado lo suficiente por todo lo que habían hecho y él sostenía entre sus manos la solución para arrancar el problema de raíz.

El Avatar entonces visitaría a Hiroshi semanalmente para asegurarle que su asentamiento no peligraba, que tanto él como el Loto Blanco protegerían su asentamiento si él prometía no abusar de las armas de fuego. Fue un trato difícil de cerrar, pero luego de que el Avatar le prometiera más tierras limpias y fértiles, más animales y agua limpia, a Hiroshi no lo quedó más que aceptar, pues él, a diferencia de Raiko, si le importaba el bienestar de su gente.

Los años pasaron, el Avatar cumplió todas sus promesas y Hiroshi mantuvo las armas de fuego bajo un control estricto. El Loto Blanco colocó gente en el asentamiento que se aseguraba de que el trato no fuera roto, aunque también se ofrecieron a entrenar a ciertas personas para que el asentamiento se fortaleciera. Esto derivó en veinte años de relativa tranquilidad, los eventos menores se resolvían rápido, a los rebeldes se les disparaba sin preguntar. La población creció bajo el mandato de Hiroshi quién por mucho tiempo solo se dedicó a mejorar el estilo de vida de los que lo rodeaban.

A sus cuarenta años, tras notar las canas en su cabello y debilidad en el cuerpo, Hiroshi se dio cuenta de que el rencor se había esfumado; habiendo regalado los mejores años de su vida a una causa justa, podía ver ya el resultado de sus esfuerzos y decidió que era momento de disfrutar del tipo de vida que él había vuelto posible.

Armándose de valor fue a pedir el consentimiento para unir su vida a la de la mujer que había cautivado su corazón diez años atrás. Yasuko y él habían compartido una relación muy estrecha durante largo tiempo, pero las obligaciones de él como líder, y las de ella, como jefa de guardia, limitaban mucho la capacidad que tenían de pasar tiempo juntos.

La familia de Yasuko conoció a la madre de Hiroshi años antes de que él naciera, lo habían visto crecer y convertirse en un joven inteligente y emprendedor; compartieron el sufrimiento de los ataques rebeldes, y, llegado el momento, decidieron apoyarlo cuándo Hiroshi decidió tomar el poder del asentamiento. Desde entonces la relación entre Hiroshi y aquella familia se había vuelto inquebrantable.

No había motivos para temer, todos en el pequeño asentamiento sabían de la relación que compartían, pero eso no evitó que al reconocido líder le sudaran las manos y le temblara la voz al pararse frente a la puerta y pedir hablar formalmente con los padres de su novia. La reunión fue breve, los padres de Yasuko aprobaron su petición y los tres se encontraban brindando con una vieja botella de wiski que Hiroshi había encontrado en las ruinas de la ciudad. Eran alrededor de las nueve de la noche, Yasuko todavía no llegaba a casa y, cuándo lo hizo, se sorprendió al encontrar a su novio medio ebrio junto a sus padres.

"¿Quisieras formar parte de mi familia?" Dijo luego de dejarse caer sobre una de sus rodillas con el rostro completamente enrojecido por el alcohol; Yasuko se quedó petrificada, Hiroshi pensó que ella estaba por negarse, el ambiente se apagó por un instante, pero antes de que él se levantara con un gesto derrotado ella saltó a sus brazos y aceptó. Menos de un año pasó y Yasuko dio a conocer que estaba embarazada, Hiroshi organizó una fiesta en el asentamiento y todos celebraron la llegada próxima del bebé de su líder.

Asami fue el nombre que eligieron para la bebé en honor a la mejor amiga de Yasuko; otra víctima más de los rebeldes quién, valientemente, había muerto protegiendo a Yasuco durante una emboscada a las afueras de la muralla. Los ataques rebeldes en aquel entonces no eran inusuales, lo inusual de aquellos cuatro hombres era que parecían haber estado acampando cerca de las murallas desde hacía días y solo atacaron luego de ubicar a la líder de la guardia. Un ataque planeado que ninguno de los cuatro delató sin importar la cantidad de torturas que recibieron por parte del líder del asentamiento.

Cinco años separaban aquel incidente del nacimiento de la niña, pero ni Yasuko ni Hiroshi habían olvidado a aquella valiente amiga y decidieron perpetuar su memoria al heredarle el nombre a su hija. La pequeña Asami creció fuerte y llena de energías, hija de un inteligente ingeniero y una valiente guerrera, tenía cualidades prometedoras para volverse la siguiente líder del asentamiento.

Yasuko la inició en entrenamientos de combate al cumplir los cinco años y Hiroshi le mostraba planos de máquinas y le leía libros desde los tres; sus abuelos le mostraban sus huertos de vegetales y la pequeña granja de pollos, la niña tenía una familia cálida y divertida que la cuidaba con cariño, su vida parecía perfecta y ajena a todos los horrores que ocurrían más allá de las paredes que rodeaban el pequeño asentamiento en el que vivían, pero el peligro asechaba desde las sombras.

El asentamiento era observado constantemente por distintos grupos rebeldes que resentían el poder que Hiroshi poseía gracias a las armas de fuego, nadie quería rendirse y dejarlos vivir en paz, los rebeldes habían dominado esos territorios dese los días del Avatar oscuro y querían que así siguiera siendo.

No fue sino hasta los nueve años que Asami presenció, por primera vez en su vida, la existencia de los rebeldes. Los grupos rebeldes solían consistir de quince o veinte miembros, pero aquella noche, varios grupos se aliaron con el fin de derrocar a Hiroshi y robarle sus armas, debieron ser alrededor de cien personas que, cubiertos por la obscuridad de una noche sin luna, rodearon el asentamiento y se deshicieron de los guardias que había en las torres afuera de las paredes.

El ataque fue brutal, muchas familias sufrieron, después de treinta años de prosperidad, los rebeldes habían logrado cruzar las paredes y su venganza en contra del asentamiento fue sangrienta.

La guardia nocturna no fue suficiente para contener a los rebeldes quienes se abrían paso a través del asentamiento mientras los adormilados pobladores eran atacados a medida que iban despertando y saliendo de sus casas. Yasuko y Hiroshi escondieron a su hija en el armario, la niña estaba entrenada para una situación similar pero jamás se había imaginado enfrentarse a ello en el mundo real. Hiroshi le hizo entrega de una pequeña pistola de mano que ya le había enseñado a disparar contra viejas latas oxidadas o blancos de paja envueltos en un costal.

"Recuerda usarla solo en caso de emergencia. No hagas nada de ruido y quédate en el armario."

Fueron las últimas palabras que escucharía de su madre, eso y un beso en la frente marcarían su despedida final.

Afuera la gente liberaba gritos aterradores, las detonaciones de las armas de fuego se escuchaban por todo el pueblo, cercas y lejos el caos hacía acto de presencia con todo tipo de ruidos estresantes que obligaban a Asami a aferrarse con fuerza a la pistola que tenía entre sus manos. Los minutos pasaron lentamente, uno a uno marchaban despacio, como queriendo dar oportunidad a que lo peor ocurriera; la pesadilla duró menos de media hora, pero se sintió como una eternidad, de pronto el silencio se hizo presente y los gritos fueron remplazados por pesados lamentos y llantos desconsolados.

Asami temblaba en su lugar, sabía que no debía salir del armario hasta que su padre o madre fueran a buscarla, pero el miedo se apoderaba de ella y la incertidumbre le carcomía los nervios, tenía el presentimiento de que algo había ocurrido con sus padres, ya había pasado mucho tiempo y nadie venía por ella.

Dos horas permaneció encerrada antes de armarse de valor y romper las reglas impuestas por sus padres. Salió con la pistola en mano firmemente sujeta con los brazos estirados; sabía que podría disparar al instante si la situación así lo ameritaba, pero deseaba que las cosas no llegaran a eso porque el temblor en sus extremidades podría hacerla fallar el tiro. Lenta y cautelosamente salió a la calle, personas iban y venían corriendo con paños empapados en sangre, todos eran gente conocida para ella por lo que decidió bajar el arma.

"Asami, querida ¿Estás bien?"

Se le acercó Irya, una señora entrada en años que se dedicaba a cultivar vegetales y criar cabras. Su rostro lucía moretones obscuros y cortes sangrientos, Asami se espantó al verla así, pero la señora parecía más preocupada por ella que por sí misma.

"¿No te hicieron nada?"

Asustada fue incapaz de pronunciar palabra alguna así que se limitó a negar con la cabeza, eso pareció bastarle a la mujer.

"Esto es una catástrofe mi niña."

Los ojos de Irya no dejaban de derramar lágrimas, giraba la cabeza de izquierda a derecha como un animal asustado sin dejar de sostenerla por los hombros.

"Será mejor que esperes a tu padre en casa. No es bueno que veas todo lo que esos monstruos hicieron."

Asami volteó a su derecha en dónde, a un par de casas, había una mujer llorando encima de lo que parecía ser el cuerpo sin vida de su hijo.

"Ya acabamos con los rebeldes, no tienes de que preocuparte, quédate en casa y espera a tu padre."

Esta vez Irya comenzó a empujarla hacia el interior de la casa, Asami intentó rehusarse, pero no contaba con la fuerza para hacerle frente a un adulto, aunque tampoco pretendía lastimar el, ya de por sí, maltratado cuerpo de la mujer, así que decidió obedecer y corrió hacia el interior de su habitación en el segundo piso de la casa desde dónde se dedicó a ver por la ventana. La gente iba y venía, todos con las ropas y las manos llenas de sangre, arrastrando a muertos y heridos por las calles hasta desaparecer a la distancia.

Asami permanecía a la expectativa, sabía que su padre era el líder del asentamiento y que sus responsabilidades hacia su gente lo mantendrían ocupado por un largo rato, lo mismo con su madre por ser la líder de la guardia, pero deseaba que alguno de ellos se apareciera por la casa para hablar con ella y decirle que estaban bien, que saldrían adelante con sus vidas y que todo lo ocurrido quedaría en el pasado como un mal recuerdo. Trágicamente eso no pasó.

Al llegar el amanecer Asami no pudo esperar más, las actividades en la calle se habían calmado, ya no se veía a nadie caminando por ahí o llorando encima de algún muerto, debía salir y buscar a sus padres sin importar lo que pudiera llegar a ver. Con determinación se fajó la pistola en la parte de atrás del pantalón y emprendió su camino.

En la tierra se podían ver enormes manchas de sangre, las paredes de algunos edificios también se veían salpicadas, parecía una escena sacada de una pesadilla y a medida que avanzaba se preguntaba si todo aquello era real.

"Asami... niña"

Escuchó la familiar voz de Lin Beifong, una de las más fieras guerreras que su madre había aceptado en la guardia dos años atrás. Lin había llegado al asentamiento sola, decía provenir de los asentamientos que rodeaban las ruinas de la gran ciudad de Ba Sing Se y, desde un inicio, la joven Beifong había mostrado tener facilidad por la diciplina y el combate lo que la convirtió en una de las mejores guardias bajo el mando de Yasuko.

Los ojos de Lin se llenaron de agua al verla, Asami quiso pretender no notarlo, pero sus emociones la traicionaron al derramar un par de lágrimas anticipadas a lo que sea que la agotada mujer tuviera que decirle.

"Tu padre salió con un grupo de guardias a perseguir lo que quedó del grupo rebelde."

Lin suspiró y se limpió la comisura de los ojos con el antebrazo antes de que las lágrimas lograran caerle por las mejillas.

"Tu abuela está en la clínica."

Las palabras parecían faltarle, Asami la miraba insistentemente en espera de lo que fuera que le faltara decir y que claramente tenía atorado en la punta de la lengua.

"Con tu madre..."

Lin volvió a limpiarse los ojos y desviando la mirada tomó un profundo suspiro.

"Y con tu abuelo."

El silencio se volvió pesado durante el par de segundos que le tomó encontrar el valor de decirle a la pequeña que ni su madre o abuelo habían sobrevivido al ataque.

"Lo siento mucho, chiquilla"

Asami se echó a correr, lágrimas le nublaban la vista; aquello no podía ser verdad, pensaba a medida que sus piernas la llevaban lo más rápido que podían hacia la clínica. La imagen de toda la gente aglomerada afuera del pequeño edificio sería algo que nunca olvidaría; todos estaban ahí, por eso el asentamiento se encontraba desierto.

A la izquierda se apreciaban personas llorando a sus muertos y cuerpos sin vida yacían con los rostros cubiertos en ordenadas filas a lo largo de la calle. A la derecha había filas de heridos alrededor de los cuales se movían los asistentes médicos en un intento desesperado por salvarlos. Podía distinguir rostros entre la multitud, pero ninguno parecía ser el de su abuela, buscó bien entre el grupo de la izquierda hasta detenerse en las tristes caras de un par de niños que conocía.

Mako y Bolin, ambos lucían ilesos, pero lamentablemente sobre el suelo descansaban los cuerpos de sus padres. Asami intentó acercarse a ellos cuándo sintió a alguien tocar su hombro.

"Asami."

Escuchó la cansada voz de Tarrlok, un joven que llevaba cinco años viviendo en el asentamiento y que, desde hacía dos años, había comenzado a estudiar medicina de los libros de texto que Hiroshi rescataba de entre las ruinas.

"Por aquí"

Le indicó ofreciéndole la mano, sus dedos también se encontraban manchados de sangre seca, pero Asami se aferró a ella sin titubear pues sabía que él la llevaría a dónde quería ir. Caminaron entre la gente hasta llegar a una de las habitaciones dentro de la clínica, Tarrlok la soltó de su firme agarre y se limitó a detenerse frente a la puerta, Asami no esperó más indicaciones y entró a la habitación.

En el interior había dos camas, ambas con cuerpos cubiertos hasta la cabeza con sábanas amarillentas manchadas de sangre, en el medio de las camas había dos bancos de madera, su abuela estaba sentada en el banco de la izquierda, con la mirada perdida y entre sus manos sosteniendo una de las manos que se asomaba debajo de la sábana en la cama del mismo lado. La abuela parecía tallada en cera, con el rostro pálido, sin movimiento o expresión alguna; Asami también se sintió detenida en el tiempo después de entrar a la habitación, como si alguien hubiera decidido pausarlo todo en ese instante en aquella atmósfera espesa y lúgubre.

Un escalofrío le subió por la espalda al percatarse de que la mano que sostenía su abuela le pertenecía a una mujer y no a un hombre de edad avanzada. Asami pasó el nudo que sentía en la garganta y se acercó lentamente a la vieja mujer que no parecía si quiera haberse dado cuenta de su presencia en la habitación.

"No sé qué decirte pequeña"

La voz ronca y desganada salió como un murmuro triste que volvió a detener los pasos de la niña, todo parecía tan irreal.

"Tu padre los hará pagar por esto"

Asami ignoró aquellas últimas palabras mientras se detenía al lado de la cama y lentamente jalaba la sábana hacia abajo para descubrir el rostro de la persona debajo.

La piel de su madre lucía completamente descolorida, los moretones que tenía en el rostro habían tomado un tono grisáceo y opaco, pero daban testimonio de que no se había ido sin pelear.

Los que estuvieron cerca para presenciar el momento de su muerte la describieron peleando valientemente, la temeraria mujer salvaba a una familia de un grupo de tres rebeldes que los asechaban, Yasuko les disparó y derribó a todos pero más llegaron por atrás, la apuñalaron dos veces, Yasuko se dio vuelta y continuó peleando, logró matar a dos rebeldes más con su arma antes de que esta se quedara sin balas, entonces le apuñalaron el abdomen y el pecho, no hubo nada que nadie pudiera hacer por ella.

A su abuelo le habían dado un fuerte golpe en la cabeza con una pesada roca que le arrojaron encima después de tumbar su viejo cuerpo sobre el suelo, él también había intentado pelear y defender su casa cuándo los rebeldes irrumpieron en ella, pero no había nada que un viejo granjero pudiera hacer contra dos jóvenes acostumbrados a la violencia. Su mujer lo presenció todo, asustada a un par de metros de distancia, la impresión que aquello le causó fue algo de lo que jamás logró recuperarse.

Asami lloró silenciosamente, permaneció de pie al lado de la cama por horas hasta que su padre apareció a las tres de la tarde. Hiroshi lucía fuera de sí mismo, sus ojos ensombrecidos y llenos de rabia contaban la historia de lo que había hecho con el resto de los rebeldes; aquellos a los que dio persecución murieron torturados en medio de las ruinas de la ciudad, los guardias que acompañaron a Hiroshi también fueron cómplices; sedientos de venganza se dejaron llevar por sus más obscuros deseos y no volvieron hasta quedar satisfechos.

"Vamos a casa"

Hiroshi ordenó sin tacto alguno, sus ropas bañadas en sangre parecieron alegrar a la abuela cuándo preguntó si la sangre era de los rebeldes que había ido a perseguir. Asami intentó no escuchar lo que decían, la violencia llamaba a más violencia, intentaba apegarse a las creencias que su madre le había inculcado, no quería ceder al odio que aquella situación bien parecía justificar.

En el asentamiento hubo un funeral impartido en honor a todos los fallecidos, Hiroshi no asistió y tampoco la abuela de la pequeña Asami, ambos parecían perdidos en el dolor que la muerte de sus seres queridos les generaba, pero para Asami esa no era excusa suficiente para faltar a la conmemoración de todos los fallecidos pues, a su parecer, aquello no había sido un ataque personal si no un ataque al asentamiento mismo, ese que su madre había dado la vida protegiendo.

El siguiente par de años fueron especialmente duros, la abuela de Asami se había rendido por completo y se negaba a comer o a levantarse de la cama; a menos de diez meses de la tragedia su cuerpo sucumbió y falleció sin que nadie pudiera hacer nada para remediar su tristeza. Hiroshi por otro lado se pasaba el día encerrado en su taller trabajando en revivir armas de fuego más potentes que remplazaran las pequeñas pistolas de mano con las que habían contado hasta el momento.

En el asentamiento Lin se volvió la nueva líder de la guardia y ella personalmente comenzó a inspeccionar las paredes y las torres para volverlas a prueba de ataques como el de aquella noche. Mientras tanto Asami asistía a sus entrenamientos físicos todos los días sin falta y devoraba todo libro que llegaba a sus manos para pasar sus días, buscaba a Hiroshi al atardecer para compartir la cena juntos y lo forzaba a hablar sobre cualquier cosa que a ella se le pudiera ocurrir o sobre los libros que leía.

A la edad de doce años Asami tuvo que enfrentarse a su padre por primera vez cuándo él se encontraba a punto de decretar la persecución y eliminación de los grupos rebeldes, Hiroshi había sido capaz de recrear un rifle automático y, después de abastecerse de pólvora y crear las balas suficientes, quería salir a continuar su venganza. Asami debió interponerse parándose entre él y la puerta de su taller.

"Ella jamás aprobaría esto y tampoco el Avatar"

Le recordó el trato que había hecho con el maestro de los cuatro elementos porque, para ella, la ayuda del Avatar era indispensable en el desarrollo del asentamiento, después de todo, el mismo Hiroshi era quien le había explicado sobre la importancia de aquel acuerdo.

"El Avatar no ha vuelto desde hace más de trece años Asami. Bien podría estar muerto y nosotros tenemos que defendernos."

Gruñó su padre sin soltar el prototipo del arma que sostenía en la mano.

"El Avatar renace, volverá, en esta vida o la siguiente. Además, si haces esto estarías enterrando la memoria de mamá"

Insistió ella.

"¿No solía decir que el uso de armas debía limitarse a emergencias? ¿Que quitarle la vida a otra persona no debía ser tan fácil? ¿Que matar por iniciativa nos volvía iguales a los rebeldes? Estarías enterrando todas sus creencias y pensamientos en el olvido y entonces, cuándo el asentamiento y la guardia no se guíen por los principios que ella estableció, entonces si habrá desaparecido de nuestras vidas para siempre"

Hiroshi suspiró, no tenía palabras para combatir las de su hija.

"Lo qué pasó fue culpa de una brecha en nuestra seguridad, deberías apoyar a Lin y reforzar las paredes y las torres, prepararlas para ataques de grupos más numerosos y asegurarte de que esto no vuelva a pasar; pero salir a cazar rebeldes solo te convertiría en otro rebelde más."

Hiroshi se desplomó frente a la fortaleza de su hija, soltó el arma, se sentó sobre el suelo y se echó a llorar como un niño lamentándose abiertamente sobre todo lo ocurrido. ¿Cómo es que un líder no había sido capaz de proteger a su gente? ¿Cómo es que no había sido capaz de salvar si quiera la vida de la madre de la mujer que amó? ¿Cómo es que le había permitido a su hija cargar con todo cuándo él debía ser su protector?

"Ser líder no es fácil."

Asami repitió las palabras que Yasuko solía decirle una y otra vez al verlo atorado en una encrucijada. Hiroshi alzó la mirada y distinguió la viva imagen de su esposa en los ojos de su hija. Yasuko vivía en sus memorias y en su legado, si quería honrarla debía seguir el camino que ella había creído correcto. Asami no tenía que vivir en una sociedad resentida y llena de odio, Yasuko jamás habría permitido algo así, primero se habría escapado con la niña de la mano antes de ceder a semejantes ideas, Asami lo sabía y ahora Hiroshi era capaz de verlo a través de ella.

"Por poco olvido como era ella"

Murmuró con culpa.

"¿No decían que yo tengo su carácter? Conmigo aquí jamás podrás olvidarla."

Hiroshi abrazó a su hija y continuó dejando caer todas las lágrimas que había contenido hasta el momento. A partir de entonces prometió no dejarse guiar por el odio y comenzó a incluir a Asami en todos sus planes como líder. Si bien la niña era demasiado joven para saber qué hacer con los problemas del asentamiento, no era demasiado joven para discernir entre el bien y el mal. Hiroshi le permitiría ser su brújula moral mientras él intentaba lidiar con el dolor, que la pérdida de su esposa y familia le causaban, de una forma más saludable.

Proteger a Asami y al asentamiento se volvió su más grande motivación, no tenía que salir a matar rebeldes, solo tenía que asegurarse de que jamás volvieran a cruzar las paredes y, con toda certeza, mataría a aquellos que amenazaran con atacarlos. Eso bastó para calmar la ira de un hombre que ya había perdido demasiado a manos de los sanguinarios grupos rebeldes.

Los rifles automáticos se le fueron entregados a los hombres en las torres, se comenzó a iluminar los alrededores del asentamiento, se colocaron trampas en las cercanías de las paredes, las torres y paredes fueron reforzadas, la guardia interna se duplicó, los entrenamientos de combate se volvieron más intensivos, la gente comenzó a guardar armas blancas en casa, el cambio fue notorio pero necesario, la tragedia de aquella noche no se podía repetir.

"Podemos vivir en paz, pero alertas"

Fueron las palabras que resaltaron en el discurso que Hiroshi dio al anunciar los cambios. Poco a poco el asentamiento se recuperó, los ánimos regresaron y la gente comenzó a mostrar indicios de felicidad, se volvieron a escuchar conversaciones amenas y risas abiertas en las calles; todos habían sufrido a causa del ataque, eso jamás lo olvidarían, pero no podían dejar de vivir libre y plenamente.

El ataque había sido un cruel recordatorio de los peligros que existían fuera de las paredes, ninguno de ellos lo volvería a olvidar, en paz, pero alertas, siempre. Claro, hubo personas que interpretaron la solución de Hiroshi como debilidad y decidieron dejar el asentamiento por temor a ser víctimas de otro ataque, Hiroshi no les impidió partir, retener a aquellas personas les traería problemas a la larga así que su partida era una solución ideal.

Asami presencio todas las juntas en dónde se tocaron ese y otros temas, su natural interés por el aprendizaje la hacían prestar especial atención cuándo algo le resultaba difícil de entender y de esa manera fue adquiriendo muchos conocimientos que le resultarían de utilidad al momento de asumir el liderazgo del asentamiento.

-Seis años más tarde volvería a enfrentarme a la pesadilla; un numeroso grupo rebelde tocó a las puertas del asentamiento, yo tenía dieciocho años, tu tenías diecisiete, los rebeldes buscaban al Avatar y lo habían rastreado en nuestros territorios.

Sentí miedo, recordé la noche en que había perdido a mi familia, pero yo ya no era una niña, esconderme en el armario no iba a ser una opción, mi padre me estaba poniendo a prueba como la nueva líder del asentamiento y todas las decisiones tomadas esa noche saldrían de mi boca y no de la de él.

La confianza de mi padre venía de los años de planeación en los que juntos nos habíamos preparado para una situación así, estábamos listos para aniquilarlos, los rifles por sí mismos hubieran bastado para abatir las ciento cincuenta vidas que amenazaban nuestro hogar, pero yo no quería caer en el error de ordenar todas esas muertes.

Decidí advertirle a los rebeldes sobre los rifles, así acordamos pelear mano a mano, pero al final me vi forzada a disparar en contra del líder rebelde, esa fue la primera vida que arrebaté y lo hice con la misma pistola que me habían dado para protegerme aquella noche.

No suelo hablar sobre mi madre o lo que ocurrió con ella, es algo que me prometí olvidar porque el recuerdo basta para despertar muchas emociones negativas en mi pecho, emociones que no quiero vincular a su imagen. Ella siempre demostró tener un espíritu noble, y aunque mi padre y yo lo intentamos, sabíamos que no podíamos ser como ella, tan solo podíamos aspirar a vivir bajo sus ideales. -

Afuera el cielo comenzaba a aclarar, la lluvia y el viento se habían calmado, los estruendos de los rayos habían sido remplazados por ligeros rugidos lejanos; lo peor había pasado. Suspiró, no sabía que decir, la vida de Asami estaba repleta de tragedias.

-Tengo demasiado sueño. - Murmura la ojiverde. Se había mantenido despierta para reconfortarla. Ella, Asami Sato, la mano derecha del Avatar, respetada líder de asentamiento, temida líder rebelde, reconocida aliada de los espíritus, inventora empedernida, investigadora insaciable, hermosa mujer de cálido espíritu... ella, siempre estaba ahí a su lado, lista para ayudarle de la forma que fuera.

Por un instante sintió desesperación, sus brazos apretaron el cuerpo que sostenían entre ellos; no era suficiente, el aprecio que sentía por ella iba más allá de lo que se atrevía a admitir, porque quería protegerla, quería cuidarla y ayudarle a sanar esas malditas heridas de su pasado. ¿Pero bastaría con su presencia? Porque no tenía nada más que ofrecerle.

-Quédate conmigo. - Murmuró temerosa una frase vaga que quería fuera interpretada en más de una manera.

- Siempre. - Balbuceo adormilada.

Eclipse podía escuchar su propio corazón retumbándole en los oídos. Asami estaba más dormida que despierta mientras ella se sentía al borde de la locura. Acurrucada entre sus brazos bajo la misma cobija no podía estar más cerca de ella y, aun así, quería más. Maldijo por lo bajo, pasó saliva y se dejó arrullar por la respiración de su ojiverde hasta perder la conciencia.