Capítulo 47. El espejo

Cuando atravesó las arenas y el lodo, una sucia, dolorida y muy enfadada Zelda aterrizó en mitad de la oscuridad. Las piernas se hundieron hasta las rodillas en un líquido que olía podrido. Arrugó la nariz, pero no se concedió ni un segundo para quejarse. Trazó un semicírculo con la Espada Maestra y esta dio de lleno a varios seres. En épocas en las que el Triforce del Valor le había dado fuerzas, este gesto habría generado una oleada de poder que derribaba a los enemigos. En estos tiempos, parecía un ataque más débil, pero fue igual de efectivo. Quizá fuera más por la espada, por todos esos héroes en su interior. No tenía tiempo que perder en estos pensamientos. Antes de que los redead lanzaran esos gritos que la paralizaban cada músculo del cuerpo, Zelda lanzó la espada, una y otra vez, hasta sentir que no quedaba ninguno en pie. No podía confiarse, claro, porque apenas veía.

Sus ojos se habituaron un poco a la oscuridad. Se agachó, y caminó hasta tocar una pared. Allí, se quedó con la espalda protegida, mientras tanteaba sus escasas provisiones. Link había insistido en que llevara algunas semillas, pero tenían muy pocas. Había gastado las que tenía de luz en el asalto, y algunas de ámbar en el tren para los barriles… Tocó un frasco, lo agitó, y escuchó el tintineo de una semilla. Esperaba que fuera de ámbar. Bendijo a Jason, que él había repartido las suyas, las que pudo llevarse del ejército, con todos.

Zelda se arrancó parte de la túnica, el borde. Pidió perdón al Árbol Deku porque su regalo había durado tan poco, pero era necesario. Luego, cogió lo que creyó que era un palo, envolvió un extremo con ese trapo, y encendió la improvisada antorcha con esto. Sabía que el trapo se consumiría, así que solo se trataba de ver algo, al menos una salida. Al levantarlo, se encontró con un brazo completo, que aún temblaba. El fuego era tan escaso que no quiso desperdiciarlo. Resistió las ganas de arrojarlo.

Tenía que regresar cuánto antes al exterior y ayudar a los sabios.

Escuchaba el ruido de la batalla, los pasos, los gritos de los monstruos. Los sabios, Link la necesitaban. No podía fallarles.

El fuego iluminó unos pasillos con el techo alto, por lo que no podría intentar excavar hacia la superficie. Más adelante en el pasillo vio que el camino continuaba. Lo siguió, agachada, con la mano en la empuñadura. Sabía dónde estaba, pero no había visitado este lugar. Link le había contado, sin dar muchos detalles, que bajo el Monasterio de la Luz había cámaras secretas y antigüedades. Saharasala le había instruido en esos secretos, por ser el líder de los sabios y el rey. Cuando pensó en llegar al Monasterio usando el tren, le preguntó cuando estuvieron a solas si podrían usar la red de alcantarillado. Link le dijo que, para poder llegar a ellos, seguían teniendo que entrar en la zona de la antigua ciudadela. Zelda propuso que lo usaran cuando el ataque fuera a más, para retirarse y esconderse.

No parecía que se fueran a encontrar con más sabios allí abajo, sin embargo. Eso le preocupó, porque quería decir que no habían podido huir. ¿Les habrían atrapado? ¿A Link también? Tocó la empuñadura de la espada, y no sintió nada. ¿Qué hacer? ¿Qué debía hacer?

La antorcha se apagó, poco a poco. No tenía más semillas ámbar, y era inútil. Zelda memorizó las zonas, caminó con la mano apoyada en la pared recorriendo poco a poco. Ya no se escuchaba el ruido de la batalla. De hecho, solo le llegaba el rumor del agua corriendo, y, de vez en cuando, algo que chocaba o se caía. Una rata que habría arrastrado un trozo de comida, piedras del techo que se caían por los golpes externos, algún otro animal salvaje que había convertido las alcantarillas de la vieja ciudadela en su guarida. Zelda le había preguntado, en alguna ocasión, si no podía recuperar la ciudad. Sería un buen centro del reino de Hyrule, estaba mejor ubicado que Kakariko y sería recuperar el antiguo castillo.

La respuesta de Link entonces fue misteriosa, pero ahora la comprendía mejor.

"Hay lugares que es mejor dejar tranquilos que duerman".

Había llegado a un sitio por el que, de algún modo, la luz de la luna entraba. Había vagado por horas en los túneles, si ya era de noche cerrada. Zelda avanzó un poco en la habitación. Sus ojos pasaron de la oscuridad absoluta a un ligero esplendor, y esto le hizo pestañear. Al mirar por segunda vez a la estancia, redonda y con muchas aberturas que llevaban a muchos más lugares, pudo ser consciente de que había un objeto en el centro.

Un espejo, con el marco dorado.

De inmediato sacó la espada, e hizo el gesto de usar el Escudo Espejo, pero lo perdió en el forcejeo con los redead. Musitó una maldición, se agachó y caminó un poco. Evitó verse reflejada en el espejo. Su superficie era oscura, calmada. Conocía esa sensación que daba el espejo de ser algo normal, corriente, aunque estaba de pie en mitad de una estancia oculta.

– Puedes acercarte, chica pelirroja – dijo una voz de mujer, calmada. Zelda no obedeció. Se mantuvo a una distancia, dando vueltas, alrededor del espejo. Cuando volvió a estar en el frente, comprobó que Devian estaba asomada, mirando a través del espejo cómo Zelda regresaba y la apuntaba con la espada.

Era la misma. Había pasado casi un año, y Zelda se notaba muy distinta a cómo fue entonces. Sin embargo, revivió más que el primer encuentro, lo que sucedió después. Leclas enterándose de la verdad sobre Urbión. La creación de su doble. El ataque de Zelda Oscura, que la dejó malherida. Su desaparición en la Torre de los Dioses.

– Nunca pudimos terminar nuestro combate, chica pelirroja.

– Zelda, me llamo Zelda. Ni pecosa, ni Zanahoria, ni pelirroja – levantó la Espada Maestra. Colocó el pie derecho atrás, agachó un poco el cuerpo y se preparó para empezar a pelear.

Era alta, y de piel muy pálida. El cabello negro le caía en un lado del rostro, con unos ojos de pupilas tan grandes que le ocupaba todo el iris. La misma mirada de los tiburones. Quizá le pudiera dar miedo en algún momento, pero Zelda estaba demasiado cansada, ocupada y preocupada por los sabios para sentir nada que no fuera hastío.

– Me vas a decir que estás aquí sirviendo al rey del Mundo Oscuro, blablabla…

– No, claro que no. Mi amo ya no está, pero, si algo aprendí observando los mundos, fue que siempre hay que tener un plan secundario – Devian puso las manos en su cintura.

– Hechizaste a un chico que se parece a nuestro Link – Zelda pestañeó. La sala se estaba llenando de un vapor gris, que venía de dentro del espejo –. Ya conozco esa parte…

– Mi amo me liberó, pero este chico… Este chico es increíble. Quizá el Triforce de la fuerza se equivocó de portador. Es audaz, y no le teme a romper barreras para aprender sobre magia oscura. Un pupilo excelente – Devian sonrió, y sus dientes puntiagudos le dieron más apariencia de un animal depredador que nunca –. Le escogí en principio por su parecido con el entonces joven príncipe. Sabíamos que sería buena idea, tener un doble. Logré traerle a este mundo, le dimos la corona. Claro que Vaati no se fiaba de él, y me hizo tenerle sometido como una marioneta.

– Derrotamos a Vaati, y él fue libre – Zelda apretó bien el mango de la Espada Maestra. Aquella niebla le trajo el recuerdo del mundo de Sombra.

– Sí, y a partir de ese momento, mi plan se puso en marcha – Devian cruzó los brazos –. Él me dijo lo que quería, yo le ayudé. Le enseñé mi conocimiento de magia oscura, el que me hizo convertirme en esta bruja, capaz de desafiar no a uno sino a dos portadores del Triforce del Valor.

Devian bajó la mirada, y la levantó al escuchar un sonido que rara vez escuchaba. Nadie se atrevía a soltar ese sonido en su presencia, no cuando ella era tan temida.

La risa de Zelda llenó toda la sala.

Zelda sintió que la espada le resbalaba un poco, pero enseguida volvió a levantar el filo.

– ¿Me cuentas a mí dos veces, o solo una? – tomó algo de aire para serenarse, y dijo –. Bien, ¿sales aquí fuera, o tengo que ir dentro?

– Dentro de este espejo he podido hacer mucho daño, no necesito estar fuera para acabar contigo. Le llevaré tu cadáver, y la Espada Maestra.

El demonio levantó los brazos, y la neblina desapareció. A los pies de Zelda, en el suelo, en el techo, en las paredes, ocultos por esa niebla, había criaturas de todo tipo. Redondas, puntiagudas, con pinchos, tentáculos, calaveras que empezaban a levantarse en el aire, en medio de fuegos fatuos de color rojo, azul y morado. Zelda dio paso atrás. Ahora, la que se reía era Devian.

– Buena suerte… Quizá lleves la espada del héroe, pero ¿serás lo bastante veloz?

Zelda miró a Devian. Tuvo que hacerlo de reojo, porque no podía olvidar que estaba en una sala llena de peligrosos seres, que no conocía. Aun así, sonrió un poco.

– Ya veremos…

Antes de que un tentáculo se levantara y cayera con todo su peso sobre Zelda, esta ya no estaba. Volvía a moverse como el rayo. La hoja de la Espada Maestra brillaba con las nuevas tonalidades, roja, azul y verde. Los enemigos iban cayendo partidos en dos, tres y hasta cuatro trozos, antes de que Devian volviera a ver a la Heroína de Hyrule.

– Impresionante, sin duda – Devian se sentó en su trono de huesos, cruzó las largas piernas y siguió observando. Ese gesto se parecía al del propio Zant mientras observaba a Zelda luchar en el Bastión de Killian –. Pero no eres la única en conocer buenos trucos.

En su lado del espejo, Devian se puso en pie. Levantó su mano, enseñando sus largas uñas negras. Empezó a murmurar y canturrear en un idioma que Zelda no conocía. De todas formas, no pudo prestarle atención. Algunas de las criaturas se estaban uniendo, para formar una especie de masa informe con poderosos brazos y piernas. Un pincho fue lo bastante veloz para rasgarle una manga, y Zelda retrocedió, buscando espacio. La sala entera se llenó de la misma neblina que antes, solo que ahora rodeaba las piernas de Zelda. Era como si aquella niebla la atrapara, igual que si fuera agua. Por más que lo intentaba, no lograba moverse veloz, se quedaba fija. La criatura lanzó su ataque, y Zelda, sin escudo, solo pudo interponer la espada y repeler el tentáculo, pero no pudo evitar que le golpeara por la izquierda. La levantó en el aire, y la arrojó al otro lado de la sala.

Las costillas, que solían dolerle mucho últimamente, se quejaron, y el recuerdo de la herida de la flecha la hizo temblar. Ahora la otra criatura se movía rápido, y ella lento. Logró dar un salto hacia atrás y cortar una extremidad, pero como estaba hecha de miles de seres se regeneró, sacando un tercer brazo de lo que sería un hombro. El golpe fue en la cabeza, y Zelda rebotó contra la pared.

Cuando el infame ser alzó sus tres tentáculos, decorados ahora con pinchos, Zelda no sabía cómo iba a esquivarlos, desde el suelo. Se encogió, esperando el golpe, solo que no llegó. En un pestañeo, algo se interpuso, hubo una especie de chispa y la criatura se tambaleó hacia atrás.

– ¡Arriba, pecosa! – gritó Reizar, levantando su espada, una con un brillo blanco que no conocía.

– ¡Que me llamo Zelda, maldita sea! – se apoyó en la pared, corrió por ella y volvió a tener la suficiente fuerza para alzarse por encima de la neblina. Atacó desde arriba, la Espada Maestra iluminó la sala entera, y partió la masa de seres por la mitad, en vertical.

– Menuda forma de agradecerme que venga a ayudarte – Reizar sonrió –. Mientras esa bruja en el espejo esté ahí, seguirá mandando de estas cosas y no podrás ir a la sala del tiempo, o como sea – Reizar hizo tambalear al siguiente monstruo, surgido de la neblina.

– ¡De Devian me ocupo yo! – gritó Zelda, con el ceño fruncido. El dolor puede que fuera inaguantable, pero peor era su orgullo.

– Link me dijo que debes llegar a la sala del tiempo, lo que sea eso – Reizar volvió a interponer el escudo –. Tú sigue peleando con estas cosas, yo voy a tratar de pararle los pies…

Le tiró el Escudo Espejo, que Zelda recogió, y el mercenario y futuro rey de Gadia corrió hacia Devian, que observaba desde el interior de su prisión con una sonrisa bailando en los labios.

– Ah, tú… ¿Ya te has cambiado de bando? ¿No pudo Vaati convencerte de que debías estar con nosotros, Al– haled? Eres el último de los Hijos del Viento. La corona de Hyrule los hizo perseguir tanto que tuvieron que levantar un arca y escapar.

– Nada recuerdo de esos tiempos, y no me importa. Solo sé que las brujas como tú deben ser detenidas.

Detrás, Zelda intentaba llegar hasta él. Se lo impedía la niebla que volvía a aprisionarla y los seres que se acumulaban a su alrededor. Le escuchó llamarle, decirle que se alejara, pero Reizar ni se giró.

– Nada puede atravesar esta superficie – dijo Devian.

– ¿Estás segura de eso? – Reizar sonrió –. ¿Por qué no sales y me lo demuestras? O me dejas entrar, así luchamos en tu terreno.

El rostro de Devian se contrajo en una serie de arrugas, como un pañuelo apretado en un puño. Reizar no pudo evitar reírse un poco.

– No puedes salir de ahí ni abrir el espejo, ¿verdad? Estás atrapada.

Zelda había logrado llegar hasta al lado del mercenario, a fuerza de mantener a raya a las criaturas. Le vino muy bien el Escudo Espejo, que atrapaba la escasa luz del sitio. Conseguía mantenerlas a raya, porque retrocedían ante la luz.

– Zant, ¿me equivoco? Él te ha encerrado – Reizar se giró, usó el Filo del Espíritu para cortar en dos trozos a una criatura que vio reflejada, una especie de pulpo.

– Sí, me ha encerrado, pero vosotros no podéis atravesar esta superficie. Soy invulnerable.

– Hay una manera – Reizar llevó el Filo del Espíritu delante de su rostro y la presentó, para asegurarse de que Devian tuviera bien claro que no era una espada normal.

Con los ojos bien fijos en los de Devian, alzó el filo y lo clavó contra el espejo. La superficie tembló, Devian empezó a reírse, pero se quedó callada al ver que el Filo del Espíritu atravesaba el cristal. Se clavó en el pecho, en lado izquierdo, y Devian soltó un vapor por la boca. Era oscuro y olió a sangre, incluso al otro lado del espejo.

Las criaturas y la niebla desaparecieron, al mismo tiempo que el espejo que había tenido prisionera a Devian se resquebrajaba. Reizar se apartó, con un gesto de sorpresa. Devian sonrió, mientras escupía más y más vapor. Se disolvió en el aire, ante la vista de Reizar, y este cayó de rodillas.

Tenía una herida en el estómago, justo en el lado derecho.

Zelda llegó a tiempo para sostenerlo, por la espalda. Soltó para eso la Espada Maestra y el Escudo Espejo, sin importarle que se hundieran en la niebla. Poco a poco, estaba desapareciendo. La escuchó quejarse, rasgar tela, que usó para presionar la herida. Reizar le pidió que se apartara un poco, que necesitaba respirar. Zelda así lo hizo. Estaban los dos en mitad de la sala, delante del espejo vacío, roto. Solo un marco dorado.

Ella le preguntó, con la voz quebrada, qué debía hacer.

– Es serio, pero no es mortal, tranquila… – Reizar tosió un poco –. Siempre fui muy malo en ciencias, mi padre… Quería enseñarme medicina, pero se me daban mal los libros. Se me olvidó que los espejos reflejan la realidad invertida. Cuando he atravesado a Devian, me he cortado a mí mismo – Reizar apretó el mismo la herida –. Tengo remedios gerudos, en el cinturón. Por favor, cógelos… Uno de ellos servirá…

Zelda obedeció. Sí, en el cinturón del gadiano había frascos, un montón. Los tiró todos al suelo, preguntó cuál, y Reizar, con la poca conciencia que le quedaba, le señaló uno de color azul, el más pequeño.

– Es un elixir… Detiene la hemorragia, me dará tiempo…

La chica destapó el frasco, puso la cabeza de Reizar en su regazo y le ayudó a beber. Miró a la herida, y con alivio vio que dejaba de sangrar. Sin embargo, Reizar no se puso en pie. En su lugar, el chico dejó caer la cabeza en el regazo de Zelda.

– Tardará un poco… Pero un hechizo de curación me vendría bien. Vas a tener que rescatar a Medli, Laruto o Link. Llévate el farol de hada, lo necesitarás...

– Ni se te ocurra morirte, Reizar, eh… – Zelda le dio un golpecito en la cara –. No sin antes restregarle a Leclas que tienes el Filo del Espíritu. Y contarme como es que lo tienes tú. Eh… No te vayas, mercenario sacacuartos, piensa en Tetra, vuestra boda en Salamance.

– Será muy difícil que se celebre, si ninguno de los novios aparece – Reizar miró el rostro de Zelda, que veía desde abajo. La chica puede que bromeara, pero tenía los ojos llenos de lágrimas –. Salva a los sabios, a Tetra, encuentra a Link… Se marchó solo, él muy loco… Me dijo que debías llegar a la sala del Templo del Tiempo, que sabrías encontrarla.

Zelda se restregó los ojos. Por mucho que el elixir hubiera hecho su trabajo, veía la piel de Reizar volverse muy blanca. Él levantó la mano y le tocó en la mejilla.

– No dejes que tu rostro sea el último que vea, Zelda. Ve a salvarnos a todos.

La mano le acarició la mejilla, rodeó el mentón y por último tocó los labios de Zelda, antes de caer.

Dejó a Reizar lo más cómodo que pudo, sin trozos de espejo alrededor, y con la capa del mercenario doblada debajo de su cabeza. Colocó el Filo del Espíritu apoyado en un lado, cerca por si tenía que defenderse. Se limpió los ojos, para que no se notara que había llorado, y, antes de marcharse, le susurró a Reizar que, si se moría, no iba a poder pagarle la deuda, y le dio un beso en la mejilla.

Resistió las ganas de mirar hacia atrás, mientras caminaba con la Espada Maestra desenvainada y el Escudo Espejo en la otra mano. Apretó los puños alrededor de los mangos de ambas armas, así como rechinó los dientes. Puede que esta fuera la primera vez que recorría la intrincada red de cámaras bajo el Monasterio de la Luz, el antiguo castillo y la ciudadela, pero ya conocía ese lugar. La luz del farol de hada que llevaba le ayudó a evitar los riachuelos de agua estancada.

En los últimos meses, había regresado a lugares que recorrió en la búsqueda de los medallones: la montaña de Fuego, el Lago Hylia, el Árbol Deku… Regresar a esos sitios no le supuso tanto problema como el hecho de volver a pisar la sala del Templo del Tiempo. No había vuelto a pisarla desde que, siete años antes, levantó la Espada Maestra.

Parecía que era hora de regresar y terminar lo que había empezado.

Link debía de estar allí. Conocía esos pasillos mejor que ella, no necesitaba ningún truco. Ella, en cambio, tuvo que pensar un momento. Reizar le había dicho que sabría hacerlo. Y sí, creía saberlo, pero no le daba ninguna alegría.

Levantó la Espada Maestra, esperó a sentir la corriente de poder, y luego la bajó. Vio un rayo de luz recorrer los pasillos, como un hilo. La Espada ya sabía a donde debía llegar. Ahora, se preguntaba si, como ella, temía entrar en ese lugar.

"Pero debo hacerlo, para salvarlos a todos… Ellos me siguieron en el plan del tren. Quizá Link tenía razón. En el claro del Árbol Deku estábamos protegidos, a salvo… En su lugar, les he traído a su muerte" y esto le hizo pensar en Reizar, herido y moribundo.

No podía dejarse vencer de esa manera. Iba a presentar batalla, sin vacilar. Era lo que se esperaba de un héroe, ¿cierto? Mirar hacia delante, no tener dudas, buscar salvar a todos, sin importarle lo que le pasaba a uno. Reizar se lo echó en cara, cuando hizo el trato con Sombra a espaldas de Link, solo para salvar a Saeta. Y ese era solo un punto de su larga lista de fallos. Escuchó la voz de Zenara, criticando su forma de luchar. Puede que la espada le hubiera dado el poder de moverse ligera y veloz como el aire, pero incluso con esa habilidad, había fallado.

Ya se estaba acercando. Escuchaba voces, una de ellas, muy clara, parecida a la de Link pero con un matiz cruel en ella. Zant estaba allí, gritando a alguien. Zelda se encogió un poco, apagó el farol del hada y lo dejó en cualquier lado. No era necesario, ya podía ver un lejano resplandor. Escuchaba música también, un ligero cántico que conocía de sobra.

La Canción del Tiempo.

"Es la hora de la verdad, Zelda Esparaván" se dijo. Los músculos se tensaron, se irguió y las manos, un poco sudorosas, se afianzaron en las armas legendarias que portaba.

Parpadeó, dio un paso atrás, y esquivó a duras penas la silueta que se puso enfrente. Se alejó instintivamente, recordando la primera vez que vio esa arma y la forma tan veloz y silenciosa de aparecer. El sable de luz azul se quedó a pocos centímetros de su garganta. El rostro oscuro de Kandra, serio, estaba iluminado desde abajo por su propia arma, formando huecos y filos que no se había dado cuenta que tenía. Giró un poco la muñeca, para colocar la espada paralela al suelo. Con la parte plana, le dio un golpe ligero, delicado casi, para que Zelda levantara la cara y la mirara a los ojos.

– Él aún no ha llegado… Por lo que no puedo dejarte pasar – dijo Kandra.

– ¿Él?

Y la chica, la que a veces era aliada y salvadora, y otras cruel y traidora, le dijo:

– Tu Link. Aún no ha llegado. Como siempre, muy cauto.

No había vigilado la otra mano. Con un solo gesto, una cuerda azul le rodeó los brazos y los apretó contra el cuerpo. No soltó la Espada ni el Escudo, aunque apenas podía moverlos. Kandra inclinó un poco el sable para decirle, en voz queda:

– Callada, no me obligues a dejarte inconsciente. Te liberaré cuando llegué el momento, y podrás terminar.

– Terminar… ¿Con qué? – Zelda la miró, desafiante a pesar de encontrarse atada y a merced de la chica –. ¿Qué es lo que estás buscando? ¿Dónde demonios está tu lealtad?

– Con la reina y su última voluntad. Salvar a Zant, a toda costa.

Hace tiempo, yo fui la elegida para ser la escolta del príncipe…

Eso nos lo contaste ya. Ve al grano.

Te he dicho que tienes que estar callada. Escucha, y espera con paciencia, por una vez en tu vida. Sí, os dije que fui la primera en mi promoción en la academia. Como tú, he estado entrenando toda la vida. Dejé atrás a familia, en una lejana isla de Altárea, porque quería ser el mejor caballero. Y lo logré. Fue primero pupila de Astinus, que me enseñó todo sobre tecnosanación y hechizos, y Aureus fue mi preparador físico. Luché, con uñas y dientes, por el primer puesto. Gané, fui la primera en todas las pruebas, por encima de alumnos de cursos superiores. Por eso, a pesar de tener solo 15 años entonces, fui elegida para ser la escolta del príncipe.

Él era… Callado, débil. Tenía entonces 10 años. La reina le tenía muy protegido, era su ojo derecho. Su único ojo, solía decir. Le dedicaba mucha atención, le regalaba todos los aparatos que le gustaban y, si no, pedía a los ingenieros que los crearan para él, en miniatura. Esto le hacía feliz, pero lo que más disfrutaba era volar sobre Saeta, conmigo. Yo le enseñé. También le instruí en tecnosanación, y le ayudé a crear, dibujar, pensar nuevas ideas. Era muy inteligente, como tu Link, y tenía un sueño. Quería unir a todas las islas, hacerlas un gran continente, de tal forma que tuviéramos más tierras. Una nueva superficie, lo llamaba. Cuando cumplió 12 años, enfermó. Esa parte que os conté fue verdad. La reina buscó, y buscó, y al final tomó la decisión de usar magia oscura para salvar la vida a su único hijo.

Le salvó la vida, y ese demonio de Devian, que no conocía hasta que me lo mencionasteis, apareció. Debió de poseerle entonces. Cuando se recuperó, siguió siendo él, pero ya nada le hacía feliz. Ni sus instrumentos, ni sus proyectos, ni volar sobre Saeta. Ni siquiera pasar tiempo conmigo. Convenció a la reina para dejarle participar más en los consejos, y aprovechó para mostrar sus proyectos. Solo que no quedaba nada de su optimismo y alegría. Quería forzar la unión, todas las islas, incluso aquellas que se habían declarado independientes muchos siglos atrás. Enseñó sus máquinas, los guardianes, mostró su utilidad para la guerra. El consejo votó en contra: Altárea había abandonado el camino de la conquista y la lucha hacía mucho.

La reina enfermó y murió poco tiempo después. Antes de morir, me hizo llamar, y me pidió que cuidara de su hijo. Le juré por mi honor que así lo haría. Cuando Zant fue coronado, volvió a plantear estas cuestiones al consejo. Él obtuvo la misma respuesta… y el consejo entero fue ejecutado allí mismo, por el rey en persona. Usó para eso su poder mágico. Había crecido más todavía. Yo me mantuve a su lado, para cumplir el juramento que le hice a la reina. De hecho, Zant solo me escuchaba a mí. Logré que no matara a todos los nobles, que no hiciera una purga. Le pedí que me mostrara el origen de esos poderes, y él me enseñó los libros de magia oculta que había encontrado, los mapas antiguos con las localizaciones de las arcas, las traducciones de hyliano antiguo. Si podía hacerse con sus núcleos, podría moverlas. Cambiaría para siempre nuestro mundo.

Esa fue mi primera traición.

Acudí a mi maestro Astinus, en busca de ayuda. Él se reunió con más nobles sabios, dispuestos a plantear la opción de delimitar el poder de Zant. Él los ejecutó a todos. Entonces, cometí mi segunda traición: organicé la revuelta para derrocarle.

También nos has contado esto…

Lo que nos os conté es que yo me leí los mismos libros, y aprendí la misma magia oscura que él. Así pudimos derrotarle. Pero a la hora de la verdad, cuando estaba rodeado, le saqué de allí. Le llevé a la Isla de Narisha, un lugar aislado, lejano. Le construí un sitio seguro, para poder recuperarle, sin magia oscura. Allí, esperaba curarle de su locura, que volviera a ser el mismo niño. Y lo estaba logrando, hasta que cometí una debilidad…

Le diste lo que quería, igual que había hecho su madre siempre. Le trajiste a Saeta.

Y el resto, es cierto. Escapó, se ocultó en las tierras inferiores, y llegó al espejo. Atravesó el portal, y se llevó con él algunos pelícaros salvajes, a Saeta y a Gashin y a mí. Y acabamos en este mundo.

– Sigo sin entender, ¿qué pretendes?

Kandra apretó un poco el sable de luz contra la garganta de Zelda, y esta, en lugar de amilanarse o callarse, la miró con los ojos bien abiertos.

– Pretendo salvar a Zant. Necesito que los sabios abran un portal a cualquier otro mundo, y que la Espada Maestra, tú, el mayor poder purificador, haga lo mismo que hizo con Brant. Le salvaré de Devian.

– Kandra… – empezó a decir Zelda, pero se quedó callada. Las cuerdas le apretaron, y la hoja azul le dio un golpe en la barbilla, que le abrió una herida.

– Calla. Ya te lo he dicho, no me obligues a hechizarte.

– Devian… Devian ya no existe – logró susurrar Zelda.

Las cuerdas apretaron aún más. Le costaba respirar, y le dolían las costillas, pero resistió sin soltar la espada.

– No – dijo Kandra, estrechando los ojos.

– Reizar ha acabado con ella. Yo lo he visto. Estaba encerrada en su espejo. Y Zant…

– Es un engaño – Kandra empezó a levantar la mano izquierda. Alrededor de sus dedos había una nube negra.

– ¿Cuándo te he engañado yo a ti? – fue lo único que logró susurrar Zelda, antes de dejar de respirar.

Tanto ella como Kandra escucharon como si cientos de cristales se rompieran a la vez, y a Zant soltar un grito, uno muy agudo. Kandra soltó las cuerdas, y, con un estertor, Zelda tomó aire.

– Zant es libre, siempre lo ha sido… – logró decir, tras volver a respirar –. Y todo lo que ha hecho ha sido por su propia elección. El poder de la Espada Maestra puede purificar, pero no puede cambiar el corazón de una persona. Por más que lo intentes, Kandra, Zant… Zant está perdido.

Recibió por esto una mirada llena de odio, pero Kandra no dijo nada. Dejó ahí a Zelda, se dio la vuelta y entró sin vacilar en la cámara del tiempo. Zelda quiso seguirla, pero le temblaban las rodillas. Un malestar, empezando por su estómago y bajando por las piernas, se adueñó de ella. Era un hechizo de Kandra, pensó, antes de dar un paso, y caer, primero la rodilla izquierda, y luego la derecha. Apretó el mango de la Espada Maestra, y entonces se dio cuenta que tenía un sudor frío en todo el cuerpo.

Estaba asustada.

Dentro de la cámara del Tiempo, se escuchaba la música, esa canción. Link no solía tocarla, solo en ocasiones muy desesperadas. Pocas, la verdad. Zelda lo agradecía, porque una parte de ella no quería reconocer que cuando la escuchaba, revivía su decisión de levantar la Espada Maestra, su llegada al Mundo Oscuro, y todo lo que ocurrió después.

– Vamos, no tengo 12 años ya… Soy adulta, voy a cumplir 19. Y Link… Link está ahí dentro. Y los sabios. Debo… Debo entrar…

Una mano, firme y transparente, se apoyó en la empuñadura de la Espada. Zelda pestañeó. Otra mano, un poco más pequeña, pero con un guantalete de cuero con remates de metal también se posó en la espada. Y de ahí una, otra, y otra mano. No llegó a contar, pero cuando se atrevió a mirar, supo que estaba mirando los rostros de los héroes de otras épocas: reconoció al chico del oasis, al Héroe del Tiempo. Al que vio en el desierto en los Filos de la Tierra, un poco más adulto, pero era él. Otro que tenía una mirada rasgada, una chica de cabellos negros largos, otra rubia con una mirada seria y adusta, y, por último, el chico que vio en la fuente, el que le enseñó el poder de la Espada Maestra, la forma de purificar.

– No estás sola. Todos luchamos contigo – dijo el Héroe del Tiempo.

Y por fin, recuperó el uso de las piernas.