Naufragio

El océano, inmisericorde le arrojaba de un lado a otro antes de decidir su destino, envuelto en una danza caótica de metales, agua y el resto de los pasajeros. Finalmente, las corrientes lo llevaron a la isla que divisó en sus últimos instantes de lucidez. Pasaron horas hasta que logró despertar en la costa, el paisaje era desgarrador: restos humanos y fragmentos de lo que fue el avión se desperdigaban por la playa, testigos mudos de la tragedia.

La esperanza de encontrar ayuda desapareció después de incorporarse y caminar en la playa. la isla, además, se veía desierta, los intentos de comunicarse respondieron en silencio. La realidad comenzó a hundirse como plomo en su pecho, pero se aferraba a la idea que no podía ser verdad. Muy seguramente, pensaba, era una pesadilla mientras yacía en el sofá de Hanji aun ebrio, seguro ella le había susurrado ideas terribles mientras dormía causando este mal sueño.

En un intento desesperado de no perder la compostura, se tiró en la arena, intentó frenar los mil pensamientos que le llegaban a la mente, para poder concebir que esta era la realidad, y en esta "calma" que se obligó a tomar, comenzó a resentir todo el accidente en su cuerpo, su piel una vez imperturbable, ahora estaba marcada por rasguños, cortaduras y contusiones. La ropa que usaba, un pantalón de vestir negro y una camisa blanca, estaban ahora desgarrados y manchados de su sangre, develaban moretones y carne viva. La salinidad del agua del mar acentuaba las heridas, se había creado sobre su cuerpo un mapa doloroso de su licha por la supervivencia.

En su rostro las marcas eran aún más evidentes. Cortes menores cruzaban su piel y manchas amoratadas adornaban su mandíbula y frente. La palidez de su tez contrastaba con las huellas del accidente, incluso su mirada que solía ser la de un hombre determinado, serio y firme, reflejaba cansancio y desconcierto. Las emociones de Levi se tornaron una tormenta tumultuosa. La frustración se mezclaba con la incredulidad mientras inspeccionaba sus heridas, su cuerpo era evidencia sólida de la desdicha. En cada contusión y rasguño, sentía impotencia que se enredaba con furia, rabia sorda contra su toma de decisiones que le había arrojado a lo que parecía ser una isla en un rincón olvidado del mundo. ¿No habría pasado el suficiente tiempo para que la aerolínea se diera cuenta del accidente y ya estuvieran en su ayuda?

Dadas las circunstancias, y a que, aunque magullado, él era Levi Ackerman, Levi Puto Ackerman, sin más miramientos se propuso a adentrarse levemente a la isla, pese a la incertidumbre que le generara realizar dicho acto. Cada paso era una lucha, y cada herida un recordatorio de su vulnerabilidad, pero si su deseo era sobrevivir como milagrosamente ya lo había hecho al desplome del avión, una chispa se encendió dentro de él, era su resistencia y tenacidad ante la adversidad, mezclada con todas las inseguridades que pudieran caber dentro de su mente hacia esto que era desconocido. Sus emociones eran como las olas que rompían en la orilla, fluctuaban entre la esperanza y la desesperación.

Envuelto entre la amalgama de sensaciones del momento, se aventuró más allá de la costa inhóspita hacia los dominios de la desconocida isla. Cada paso era una sinfonía de molestias, a las que anteponía su deseo de vivir que prontamente se mezcló con curiosidad que se instauró en él tan pronto divisó con mayor precisión los árboles de su entorno. Estos eran de formas peculiares, sumamente altos, de troncos lisos de color carmín, las ramas nacían muy en la punta y su follaje era impresionando, verde hacia el sol y morado por el lado contrario, sus hojas parecían pinceladas de acuarela en el celeste cielo, flores y pétalos de una naranja vibrante caían emitiendo un aroma dulce y tropical, tan intenso que se sobreponía al dolor de sus heridas. Luego estudiaría si poseían cualidades medicinales.

La brisa salada llevaba consigo la fragancia de los cuerpos ajenos que se descomponían en la costa, compitiendo con el bello aroma de las flores, sin lugar a dudas, esto le llevo a querer adentrarse en cuanto antes a la naturaleza. Le causaba sorpresa la gran cantidad de árboles, tan altos y a veces tan juntos que semejaban una muralla dividiendo la playa de lo que podría ser la selva o bosque. Perturbado por el olor, siguió su olfato hacia fragancias frescas y desconocidas, que acariciaban su rostro del efluvio terroso de la materia. En su camino, aves exóticas trazaban arcos en el cielo, y el sonido melódico de sus cantos llenaba el aire. Pese a las penurias de Levi, no pudo evitar hallarse maravillado por la sinfonía natural que lo envolvía.

Tenía un deseo inmenso de dejarse llevar por su esencia científica y carácter exploratorio, aun sobre el agotamiento persistente. Detuvo su trayecto frente a una serie de arroyos cristalinos y cascadas que parecían desafiar la gravedad. Se acercó a una pequeña laguna cristalina. Al observar su propio reflejo sobre las aguas serenas, encontró cierta paz en la armonía de la vida salvaje, una paz que brevemente alivió las punzadas de sus heridas. Así, entre los árboles que se alzaban como guardianes centinelas, Levi sopesando su dolor a la par de las maravillas que le rodeaban, se enjuagó un poco la cara, refregó tiernamente su piel expuesta sintiendo el agua como un bálsamo físico y hasta espiritual, después de beber de entre sus manos, se recostó a un lado del espejo de agua, sin darle paso a pensar sobre los peligros que inminentemente guarda la selva y se entregó a Morfeo.

Lo que no se esperaba Levi, es que lo que pareció ser su reflejo en el cuerpo de agua, emergiera para observar al hombre perdido en su letargo.