Disclaimer: Basado en Fuego y Sangre de George R. R. Martin, sin ánimo de lucro.
Esta historia participa en el reto "Las flechas de Cupido" del foro Alas Negras, Palabras Negras.
~La indómita Alysanne~
Alysanne Targaryen - Roca Dragón - 92 d.C.
Las olas rompían con fuerza contra los acantilados; los truenos y relámpagos anunciaban la próxima tormenta. La reina había prescindido aquella noche de toda compañía e incluso de la luz de las antorchas. Solo unas pocas velas iluminaban la biblioteca mientras, apoyada en el marco de la ventana, se dejaba llevar por los muchos recuerdos que aquellas paredes le evocaban.
Había sido inmensamente feliz en aquel entorno que muchos juzgaban inóspito y hasta desolado. Allí había pasado los primeros tiempos del reinado de su hermano, aquellos en los que debían acogerse a la regencia de su madre y a la impostura de un padrastro con demasiadas ínfulas. Escapados de la Fortaleza Roja, se habían casado contra los deseos de la reina y de su esposo; en aquel tiempo pensaba que serían muy felices, pero esos eran los sueños e ilusiones de una muchacha enamorada, decía ahora, invadida de decepción, tristeza y, en algunos momentos, de ira.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Parecía otra vida, otros Alysanne y Jaehaerys, otra realidad. ¿Había sido un error imponer sus voluntades? ¿Habría tenido mejor suerte acatando los mandatos de sus mayores? Era demasiado tarde para arrepentimientos y, sin embargo, los remordimientos la atormentaban.
No podía negar que, la mayor parte de esos años, su hermano-esposo la había hecho muy feliz. No podía negar que él le había confiado sus preocupaciones, había escuchado sus consejos y la había dejado expresar su opinión en diversas cuestiones durante aquellas cuatro décadas, dejándola a cargo de ciertos menesteres que no solían confiarse a las mujeres. Pero, con el pasar del tiempo y las desilusiones, el corazón de Jaehaerys se había endurecido y la reina había perdido su influencia en él. Constancia de ello fue que le prohibiera traer de regreso del exilio a su hija Saera, tras las sucesivas muertes de sus queridas Alyssa, Daella y Viserra.
En la sangre de Saera, como en la de Viserra, corría el fuego Targaryen. Y eso, que convertía en audaces, admirables y valerosos a Aemon y Baelon, era visto como un defecto en sus intrépidas hijas. Un defecto que debía ser corregido mediante el matrimonio o entregándolas a la fe. En cambio, Daella había sido la más frágil de sus hijas, la más delicada y complaciente. Pese a ello, había tenido también un final prematuro, del que la reina no podía dejar de culparse. Había perdido tanto...
"Los Targaryen estamos malditos, nuestra casta está destinada a desaparecer más temprano que tarde" pensaba, llena de dolor por la pérdida de sus hijos y de rabia por las recientes insensateces de su marido; "Quizá debimos perecer en la antigua Valyria, quizá Daenys hizo mal al compartir sus profecías, quizá su padre no debió escucharla" reflexionaba, intentando ignorar los remordimientos que, si se sinceraba consigo misma, eran los que más la atormentaban: "¿Habían sido injustos, ella y su hermano-esposo, con su hermana mayor Rhaena? ¿Habían sido ella y sus hijas las verdaderas herederas al trono de hierro y ellos unos meros usurpadores?"
"Sí", se respondía a sus interrogantes, cuando estos lograban hacerse paso entre la bruma de sus diversas reflexiones, "hemos sido injustos y la vida nos ha cobrado nuestra ambición con creces. ¿De qué ha servido darle al reino más de una docena de herederos, si he tenido que despedir prematuramente a ocho de ellos?"
A la luz de los acontecimientos, no podía negar que abogar por el derecho sucesorio de su nieta Rhaenys significaba deslegitimar, en cierto modo, el más largo y productivo reinado en la historia de los Siete Reinos. Pero su orgullo femenino, su firme creencia en las capacidades de las mujeres, su propio fuego Targaryen hacía ebullición ante la injusticia de su esposo al descartar a su nieta.
Se sentía incapaz de hacer algo que pudiera dañar la imagen de su esposo, y por eso se había alejado de Desembarco del Rey, esperando que, en soledad, el rey reflexionase sobre su decisión. Su esposo aún tenía tiempo de cambiar de parecer y de ir formando apropiadamente a Rhaenys para ser digna del Trono de Hierro.
Alyssane no podía negar que, pese a todo, seguía amando a su esposo con la misma desesperada vehemencia que en la primavera de su vida. Ahora, llegado el invierno de la misma y pese a las desavenencias, se sentía sola y triste, y quería contar con él verdadera y plenamente, como cuando entre susurros habían planificado su boda, saliéndose con la suya y sellando con esa unión el destino de toda su familia. Quería que la entendiera y valorara su opinión como en los primeros tiempos de su matrimonio y no perdía la fe de que, con el tiempo y la distancia, Jaehaerys rectificaría su error.
¡Hola!
Siempre me pareció un poco inmoral e hipócrita que Alysanne le reprochara a su marido descartar a Rhaenys en favor de Baelon, cuando ellos pasaron por encima del derecho sucesorio de Rhaena y sus hijas, pero, tristemente, el machismo imperó antes e imperaría prácticamente siempre en los Siete Reinos.
Por muy sabio y conciliador que fuera el rey, era bastante difícil ir contra el "espíritu de la época". Ya lo intentaría después Viserys I, pero las terribles consecuencias de ello habrían de terminar de convencer a los ponientíes que una mujer no podía reinar.
Mi historia está un poco alejada del tópico "sanvalentinesco" y se enmarca más en la conmemoración del día de la mujer, me salió más hacia la política que hacia los sentimientos, pero igual espero que hayan disfrutado este pequeño fragmento, así como a mí me gustó escribirlo.
Gracias por pasar por aquí!
SS.
