Marinette
El corazón me palpitaba rápido en mí pecho, mientras corría por el bosque, escuchaba los latidos de mí corazón y mi respiración agitada en el silencio de la noche.
Podría encontrarme con un lobo pero eso no era tan aterrador como encontrarme a un monstruo.
Un lobo podía dar miedo, ¿pero un monstruo?
Un monstruo era lo peor; esos seres mitad humano y mitad monstruo. Se había escuchado que algunos no te querían y atrapaban sólo para procrear, sino para ser su cena. Haz leído bien, algunos monstruos son caníbales.
Esas cosas podían medir hasta tres metros y eran de un cuerpo muy robusto.
Mí corazón seguía acelerado que sentía se podía salir de mi pecho. Seguí corriendo, atravesando entre plantas desconocidas hasta la altura de mis hombros. Mí miedo quería consumir por completo mí razón.
Sí el monstruo no terminaba haciéndome daño. Sería mi propio miedo el que iba a provocarme algo.
No tenía armas, estaba sin una y podía escuchar los rugidos del monstruo detrás de mí.
Chillé entre la angustia y sin saber cómo salvar mi pellejo.
Era el mismo bosque, el mismo aroma de la naturaleza. Siempre era el mismo lugar donde pasaba corriendo, las mismas cosas se repetían; crujían las mismas ramas.
Me detenía para calmar mi respiración, ocultada entre plantas, echaba un vistazo y entonces, mí propio grito desgarrador y aterrada después de ver el monstruo separando las hojas de las plantas para verme, me despertaba.
Tenía ya los ojos abiertos y podía seguir teniendo la imagen de su hocico abierto y la cantidad de dientes afilados como la punta de un cuchillo; listo, preparado para rebanar con facilidad la piel y músculo de una persona común, como sí sólo se tratara de rebanar mantequilla o jamón.
Me daba escalofríos y mi único lugar seguro era abrazar las cobijas y acurrucarme más dentro de estas.
Eso fue la primera pesadilla que tuve siendo una niña, tenía nueve años y ocurrió justo la noche antes del día de la prueba.
Sabía que sólo había soñado eso porque tenía miedo de ser elegida para ser cazadora y no por otra cosa. Porque eso no podría ser un sueño premonitorio; ¿verdad qué no?
No.
Trataba de calmarme a mí misma. Era sólo una pesadilla y yo iba a intentar ser tan pésima torpe en las pruebas que no iba a ser seleccionada. Sería la más tonta. Nadie iba a elegir una persona así. Y eso era lo único que podría salvarme de no ser elegida como cazadora y tener que vivir toda mí vida así; detrás de monstruos y con armas.
Me abracé más.
Los niños sólo quieren jugar y eso estaba siendo ya un martirio para mí, angustiante, sofocante...
No quería ver a monstruos cerca de mí y cazarlos.
Aunque no fuera elegida, era seguro que no toda mí vida podría protegerme de monstruos. Un día iba a encontrarme con un monstruo y, entonces; ¿qué iba a hacer?...
La pesadilla que tuve la primera vez y después se repitió por más ocasiones; ¿terminaría haciéndose realidad?
Negué varias veces con mi pequeña cabeza. Todo mi cuerpo era un manojo de nervios y temblé como sí fuera la época de invierno. Escalofríos pero no por frio o fiebre, sino escalofríos de nervios.
La oscuridad llenó el interior de mí habitación. El silencio era tan ensordecedor, traté de dormir, pero tenía más abierto los ojos que nunca, mirando esa sombra en la silla. No era la sombra de un monstruo. Era el uniforme perfectamente doblado, que mí nana Daph dejó para mí y no era el uniforme del colegio, sino el uniforme de la prueba.
Prueba.
Prueba.
¿Quién querría ir a la prueba?
Yo no quería.
Volví a cerrar los ojos con fuerza tratando de conseguir el sueño, dejar de pensar qué sucedería al día siguiente, demoré tanto en poder dormir, creí que me iba a amanecer con los ojos abiertos. Di tantas vueltas en la cama, horas después, terminé cayendo finalmente en las tierras de Morfeo.
Desperté de una pesadilla tan fea. Era sólo una niña y había tenido una asqueada pesadilla, horrorosa; había soñado que un monstruo me venía persiguiendo. Sólo era una pesadilla. Nada qué temer.
¡Sí!
La pesadilla volvió a repetirse por segunda vez en la misma noche.
Cerré los ojos, convencida, tan pronto los abrí de nuevo, al oír ese grito fuerte femenino en cuanto estaba tocando de nuevo la tierra de los sueños; un grito fuerte y claro, asustado, temeroso, puedo asegurar que ese grito de quién sea en mi sueño, fue tan fuerte en busca de auxilio, que debió haber lastimado su garganta.
No iba a poder dormir, seguí mirando la noche en mi habitación, no podría conseguir dormirme.
Pero traté de calmarme.
Estaba a salvo, en casa, en mí habitación; en cama, cómoda y abrigadora con los cobertores encima de mí pequeño cuerpo. Agarré unos cuantos peluches y me abracé a ellos. Temblando con un poco de miedo.
Inhalé el aroma del perfume de las cobijas y de mis peluches, siempre usaban el mismo detergente con ese rico aroma cada vez que lavaban.
El aroma a flores y otros perfumes, sólo podía ser dentro de casa, allá afuera no, sí te echabas tu perfume favorito sólo ibas a atraer un monstruo; podía cogerte, ya sea para satisfacer sus deseos sexuales o porque buscaba reproducirse, sino era por eso; la otra opción; convertirte en su festín. Asqueroso pero cierto.
Dentro de casa no había peligro, al menos no tanto para las clases altas; porque teníamos seguridad, porque la casa contaba con la tecnología de sólo mantener los olores de comida, perfume y así, dentro del hogar. Sí íbamos a salir, teníamos que usar un perfume especial; uno neutro; con eso no olías a nada, a sudor ni a flores, nada.
Entonces me recordé que en casa estaba bien, mí hogar, mí refugio.
—Buenas noches, Kitty —susurré a mí peluche dándole un beso—; buenas noches gatito con botas, buenas noches pequeña reina de las sirenas —después de darle por segunda vez las buenas noches a todos mis peluches, cerré los ojos y me aferré a ellos. Ahora sí, sería un buen sueño.
¿Verdad?...
La noche y el amanecer fue en un abrir y cerrar de ojos. Tan pronto cómo había cerrado los ojos, al abrirlos, miré la hora en el reloj digital sobre mi buró, me oculté la cara con la almohada en un berrinche, le había ganado a la alarma. Exactamente dos minutos antes desperté. La alarma sonó, la apagué. Podía seguir en cama, pero una de las cosas que mi padre me enseñó; fue la disciplina, él era muy disciplinado, aunque tal virtud podía desaparecer sí terminaba tomándole cariño a la pereza.
Me levanté de cama y me dirigí al baño, me quité la pijama de mi caricatura favorita y me duché con agua bien caliente porque nunca me gustó bañarme con agua fría. Salí de ahí con la bata de baño y agarré el uniforme; consistía en dos piezas; un pantalón negro holgado de una tela muy resistente y una blusa de manga larga del mismo tono; ambos con líneas laterales de color dorado.
Iba a odiar los primeros de agosto. Porque era en las fechas que se hacía las pruebas.
Me vestí rápido y arreglé mi cama antes de bajar a desayunar. No tenía mucho apetito pero el desayuno; siempre era una cosa importante, según Daphne.
Fuí a la cocina y encontré mí plato listo; fruta picada con un pequeño waffle ahí que tenía una sonrisa. Tomé asiento, Daph sacó con rapidez el peine del bolsillo de su delantal y comenzó a peinarme mientras comía el desayuno. Secó mi cabello con la secadora y me quejé un poco porque me jalaba los cabellos cada vez que pasaba el peine, sentía que me quería poner los ojitos de japonesa. Terminó haciéndome un zorongo alto y apretado que sólo me estaba ocasionado un dolor de cabeza.
Miré a la puerta después de escuchar la voz de papá.
—Qué hermosa te ves, princesa —dijo con una sonrisa bajo su bigote castaño.
—Buenos días, papá —sonreí.
—Buenos días —se acercó y le dió también los buenos días a Daph, luego de robarse un trozo de fruta y comerlo—; humm, está delicioso. Vamos querida, entre más pronto, mejor se acaba esta cosa.
"Cosa" sí, se había referido a la prueba. Asentí y bajé de la silla.
Caminé a lado de mí papá y mi nana fue con rapidez a traerme un suéter, iba también a ayudarme ponerme las botas pero mí papá dijo, él lo haría.
Aunque podía sola. Luego me acordé que no traía el collar del crucifijo y un rociador con agua bendita.
—Daph, mí crucifijo, lo dejé en mi habitación con el agua —dije mientras mi padre amarraba las agujetas de mis botas. Ella asintió y se dió la vuelta caminando con rapidez.
Ya no estábamos en la época donde la religión mandaba, pero mucha gente murmuraba que los monstruos no hacían daño a las personas creyentes de Dios.
Puedo asegurar que unos ateos sólo fingían creer para mantenerse a salvo.
¿Yo y mí padre creíamos? un poco, pero la más creyente era Daphne.
Regresó con el collar y el rociador pequeño, de buen tamaño para guardarlo en el bolsillo del pantalón.
Me ayudó a ponerme el collar y dejó la cruz visible sobre mi pecho. Era de plata.
—Cuídate —sonó maternal y me abrazó para después darme un besito en el cachete.
—No te preocupes, lo haré muy bien —dije con una sonrisa separándome de ella.
Muy bien era lo contrario.
Asintió a mis palabras.
Mi padre abrió la puerta y salí con él. Desde que tengo memoria, siempre hemos tenido a dos guardias cuidando de la entrada de la mansión. Siempre rectos, gesto serio y con lentes negros; con armas visibles en los costados. Sí pasa una abeja por encima, ellos ni caso le harían.
Dejé de verlos y bajé el par de escalones. El auto ya estaba listo, frente a nosotros.
Un hombre le entregó las llaves a papá, él no ocupaba chófer, pero sí ocupamos a uno cuando él se iba a las guerras.
Papá abrió la puerta trasera del auto y subí, me puse el cinturón de seguridad y papá subió después. Antes de salir por las puertas que se abrieron en automático, eché una última mirada con cariño a las flores del jardín que había al frente de la mansión Dupain...
Me gustaba más sentirme princesa, me gustaría ser más una chica con los pies descalzos y el único objetivo de sólo caminar por el césped, reír, agarrar un libro y leer mientras se me daba la gana de comer uvas. Sentir los pétalos de las flores en mí cara ¡y no eso! ...
¿Por qué tenía qué haber monstruos?...
¿Quién los inventó?
¿Y por qué papá no me decía la verdad de los monstruos?
Es más, la información no estaba del todo en internet. A menos que en ese momento, papá les hubiera puesto clave.
Salimos y pasamos a subir la carretera, una desolada carretera, porque a papá siempre le gustó vivir rodeado entre la naturaleza, fuera de la ciudad. Nos tomaría unos largos minutos en llegar.
Mirando los altos árboles, podía parecer alguna escena de película con una trama bien relajante. Otra realidad dentro de la misma, pero no era así, tan pronto nos habíamos alejado de los árboles, los altos edificios y contrucciones de París estaban dando paso; la ciudad estaba llena de altos edificios que parecían tocar el cielo; con diferentes anuncios publicitarios en hologramas, brillantes, fosforescentes y a la vista; zonas verdes públicas. Ahora París tenía más zonas verdes que antes. Teníamos que cuidar ya el medio ambiente, pero las noticias decían que otros países la estaban pasando muy mal por la contaminación.
Aquí nos estaban enseñando desde el preescolar; cómo cultivar ciertos vegetales, pero en lo personal no tenía buena mano, mis cultivos terminaban muriendo.
Nos detuvimos en el tráfico cuando la luz pasó a rojo.
Papá me miró desde el espejo retrovisor;
—Nada de mostrar lo qué puedes ser capaz de hacer. Entre menos puntos tengas, más difícil será que te elijan para formar parte de los cazadores. Nadie escoge a las personas torpes.
Sonreí.
—Trato —dije.
Aunque igual no estaba segura de poder hacerlo bien y tampoco quería hacerlo bien, porque mí sueño no era verme en una adulta Marinette con lanzas y una faceta de una cazadora, solo podía imaginar el rostro de una adulta llena de sangre; perdiendo la etiqueta, la elegancia y sólo siempre con una mirada de odio y ... todo un personaje, no de mi agrado.
Sí lo hacía bien, era decirle adiós a ser la chica que sólo anduviera ahí corriendo por el césped, con hermosos vestidos rosa pastel, a convertirme en una que usará pantalones y armas, no me gustaba pensar siempre tuviera que traer armas.
