Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.
[MikAnnie] [+18] [Yuri] [Lemmon hard]
Lírica Transversal
Bruja
Entre la lista de personas insoportables que había tenido que conocer Mikasa Ackerman en su vida, Annie Leonhart la encabezaba fácilmente.
Se la había topado a lo largo de los años; con una mirada azulada y desafiante sin importarle en lo mínimo quién era ella.
"Te voy a partir la cara, Annie" Le dijo un día, la enésima vez que la encontró merodeando cerca de su hermano adoptivo cuando tenían quince años, robándole el aire de los pulmones a un adolescente Eren al contonear las caderas. ¿Y qué había hecho esa insoportable rubia? Lanzarle una maldita carcajada.
—Es una bruja—escupió rabiosa en una conversación que tenía con Armin mientras compartían una taza de café.
Fue la primera en celebrar cuando esa chica se fue lejos. Había escuchado que obtuvo una beca en derecho y se había ido a una universidad de la capital.
Mikasa no sabía que le irritaba más: si la actitud desafiante de Annie, su mirada fría como el hielo o esa manera tajante de referirse al mundo que tenía.
Por eso, creía, le había tenido el ojo bien puesto. Con la banal excusa de cuidar a Eren de los asechos de Leonhardt; entonces, la miraba: notaba cuando usaba un labial de fresa o de durazno, la forma poco prolija en que utilizaba el uniforme, lo bastante descuidada como para llegar a dar una ojeada a las bragas blancas, rosas y azules o de rayas que la rubia llevaba debajo de la falda.
"Tch, ni Eren le pone tanta atención a esa rubia de mierda como tú, mocosa"
Su primo le había abofeteado con un directo comentario alusivo a la atención que tenía puesta sobre Annie; ella le dirigió una mirada cortante y, con tal observación, odió más a la rubia.
La odió cuando comenzó a distorsionar su realidad y sus pensamientos; cuando, en esos vídeos no actos para niños en que chicas se tocaban más allá de ser cariñosas, tuvo la osadía de imaginarse a sí misma con la maldita rubia.
Y, con la punzante tentación empujada por esos pensamientos, a deslizar sus dedos en lo más recóndito.
—¿Qué quieres ahora, Mikasa? ¿Vienes otra vez a amenazarme? —aquello se lo dijo Annie en una reunión de graduados dos años más tarde de haber dejado el instituto. Reiner había querido el reencuentro en su casa; Franz, Marco, Jean, habían ido todos.
Annie estaba sola en uno de los balcones del segundo piso cuando Mikasa se acercó. Desde ahí, ambas chicas veían a Eren conversando con algunos de los muchachos.
—Te advierto que no quiero que te acerques a Eren.
Annie rió secamente, sin un ápice de humor.
—Si te calma saberlo, Eren y yo ya no tenemos ese tipo de trato desde hace mucho—habló observando al mencionado—tú has de saberlo bien, solo somos amigos.
Mikasa se quedó de pie, sin moverse, sin ver a Annie ni a Eren.
—Mikasa—la rubia apoyó los codos en el barandal estando de espaldas—es ridículo que sigas acosándome, sabiendo que no existe nada entre tu hermano y yo… —Annie siguió el tema, casi ronroneando las palabras que salían de su boca. Se movió lentamente, sugerente como ella sola hasta estar próxima a la Ackerman—… A veces me pregunto si celar a Eren es la verdadera razón.
La azabache sintió su piel erizada, una tensión extraña y la boca repentinamente seca. Juraba que podía oír hasta los latidos de su propio corazón. Entonces percibió, además de ese perfume de nombre raro –seguramente francés- que Annie solía usar combinado con licor.
Su agilidad estuvo lista para reaccionar, cuando Annie levantó ambos brazos como quien va a atacar un contrincante. Estuvo lista para bloquearla, pero no esperó que la chica aprovechara un desliz para tomarle el rostro entre las manos y, demandantemente, besarla.
El beso no le supo mal.
Si comparara ese beso con la vida misma, Mikasa al recordarlo, pensaba en las flores que sembraba con su mamá.
Pero odió el beso, claro que lo odió; sentir el aliento caliente de Annie revolucionó algo dentro de ella y, detestándola, la alejó y huyó.
No se volvieron a ver. Pero el recuerdo de lo sucedido nunca abandonaría sus memorias; seguiría ahí, clavado en su subconsciente como una espina.
Claro que la vida da muchas vueltas y después de años, cuando Mikasa tenía una carrera en economía y preparaba su post grado, se volvieron a encontrar.
Pertenecía al negocio del servicio de guardaespaldas familiar en el que también trabajaban su tío y primo. Había sido contratada como guardaespaldas de un heredero adinerado: Dimo Reeves, quien estaba involucrado en un caso de demandas legales bastante controversial.
Y la abogada de Reeves era nada más ni nada menos que cierta rubia.
Habían pasado años, once para ser exactos. Cuando Reeves pautó una reunión con la abogada, Mikasa estuvo tras él cumpliendo su trabajo.
Annie había cambiado poco, ahora Mikasa le sacaba varios centímetros de ventaja en lo que a altura refería.
"No ha crecido mucho"
La reunión entre demandado y defensor fue larga e intensa; Reeves no sabía lidiar con esa situación, se hallaba nervioso y a punto del colapso con la mera idea de perder su credibilidad como mercante. Annie, diestra en el campo, presentaba una solución a cada uno de los problemas que aquejaban al sujeto.
Fue inevitable que las miradas de una y otra se encontraran más de una vez.
Las dos mujeres volverían a verse después, en una cena donde el comerciante invitó a la abogada. Mikasa asistió con el traje que usaba en sus horas laborales, ya no llevaba el cabello por los hombros como en su adolescencia si no que lo había recortado bastante.
—No faltes, Mikasa. En estos eventos es cuando te necesito más.
Tener a una Ackerman cuidándole las espaldas le daba seguridad a Reeves.
Y además de estar atenta a cualquier invitado sospechoso, estuvo atenta a la llegada de la rubia.
A las diez y nueve minutos de la noche Annie se bajó de un taxi frente a la residencia de Reeves, usando un vestido de lentejuelas dorado que acentuaba muy bien su delineada figura; se había aplicado un maquillaje sencillo y el cabello sujetado como de costumbre.
Cielo y plata volvían a verse.
Annie no estuvo allí por mucho rato, a la una de la mañana se despidió resuelta de los presentes. Hasta ese punto, Mikasa no le quitaba la mirada de encima. Supo que la rubia se bebió un par de vinos poliphonia y una margarita, charló con el anfitrión y otros hombres que insistían en tenerla cerca. Varias veces, la Ackerman pensó en intervenir, pero Annie no tardó en querer irse.
—¿Es una costumbre tuya? —Fue entonces que la rubia la confrontó en sus narices—Han pasado tantos años y tú sigues viéndome como un maldito halcón—bufó—Creo que este trabajo combina bien contigo.
La fiesta de Reeves siguió hasta que Mikasa tuvo que sacar a los borrachos. Y luego, no se la pudo sacar de la cabeza.
Las lentejuelas doradas permanecieron en su mente.
—Te ves exhausta, ¿en serio es lo tuyo estar tras Reeves? —le dirigió la palabra de nueva cuenta Annie tras una de las reuniones, cuando el mencionado había abandonado ya el restaurant y Mikasa se daba la vuelta para seguirle.
—El trabajo es temporal—contestó fríamente—a veces cubro estos turnos, digamos que la paga lo vale—Mikasa la observó por el rabillo del ojo, minuciosa, captando como Annie tomaba su portafolio—Annie, ¿por qué me hablas?
—No tengo una respuesta exacta—respondió dejando el punto de encuentro—Supongo que por el mismo motivo por el que me miras tanto.
Eso último fue tan revelador.
Porque si, la miraba y ya no podía usar el pretexto de la presencia de Eren para hacerlo. Annie era como una especie de imán.
Mikasa se frustró, no le encontraba sentido a todo eso. Todo apuntaba a una única razón que era como tragarse un melón completo; no era lesbiana, nunca había estado interesada en mujeres –no había estado interesada en nadie en realidad-, su trabajo y educación se habían hecho su prioridad.
Entonces, un algo en ella fue determinado con que ansiaba verla otra vez, pero sin Reeves de por medio. Dudó día y medio hasta que se atrevió a mandarle un correo electrónico que demoró otros días en ser contestado.
Annie propuso salir a un bar; Mikasa se aplicó un labial rojo y algo de rímel, buscó unas sandalias que combinaran con la falda alta y lisa junto a la blusa ceñida al torso.
Compartieron una mesa y hablaron poco. Al principio fue bien intenso, hasta que los mojitos soltaron un poco las cosas.
—¿Así que estás sacando un post grado? —preguntó Annie agitando su vaso—Entonces lo de la agencia de guardaespaldas es opcional.
—Sí. Es más cosa de Kenny y Levi, no me gusta mucho dedicarme a esto—comentó—¿Y tú? Eres una de las abogadas más buscadas.
—Mentiría si te dijera que no disfruto de los méritos de mi trabajo. —le siguió el tema acomodándose el pequeño vestido—¿No te casaste?
—No.
—Llegué a saber por Armin que saliste con Kirschtein.
Mikasa parpadeó patidifusa.
—¿Ustedes hablan?
—Algo así—se encogió de hombros—él insistió en que fuéramos amigos. Traté de negarme, pero sabes que puede ser persuasivo.
—Sí, Armin es así.
Las dos dieron un sorbo, Annie remojándose los rosados labios. El brillo le sentó bien y la imagen fue demás atrayente para Mikasa.
La música del lugar fue cambiada a un ritmo más movido y atrevido.
—¿Bailamos? —propuso sin pensar la azabache, tratando de no distraerse con el escote de su compañía.
—¿Bailas eso? —Annie no se lo esperó, y estiró la mano de inmediato a la que la otra le ofrecía. Fue el primer contacto entre las dos y un cosquilleo dentro de cada cuerpo resultó siendo el mismo.
Pronto tuvieron la atención de muchas personas, se movían con soltura y sensualmente en la pista. Las dos se movían bien, era uno de esos bailes donde la una busca provocar a la otra. El meneo de las caderas, la cercanía, los roces y la clara provocación… Todo era un plus acumulándose.
Eran el entretenimiento para unos cuantos y, entre sonrisas que no sabían que podían demostrarse, bebieron otros tragos más. Cortesía de los curiosos.
—Entonces, ¿Kirschtein?
—Corté con él hace meses—dijo Mikasa,sin darle mucha importancia a ello—Digamos que teníamos perspectivas diferentes.
—Hmmp…
Exhausta y medio sudorosas fueron ambas al baño. Annie la miraba recargada en una pared, mientras Mikasa se lavaba las manos. Miró el cuerpo de alta azabache de arriba abajo y luego buscó su rostro por medio del espejo.
—Soy directa, Mikasa—habló acercándose a ella—No me niego a lo que quiero y por eso he sabido lo que sucede con nosotras desde hace tanto.
El cuerpo de la medio asiática se tensó cuando las manos de Annie pasearon por su cintura.
—Quiero follarte esta noche—murmuró suave la rubia rozando la boca con la piel de la espalda de Mikasa.
Se dio la vuelta, sus alientos cálidos se mezclaron; la azabache se inclinó y Annie se estiró. El rojo y el rosa se hicieron uno, demandantes, ansiando aquello a lo que no llegaron once años atrás.
Abandonaron aquel lugar y Annie pidió un taxi; terminaron en una casa que Mikasa no conocía, poco importó.
Tanteó el sitio detrás de Annie, pasando las manos por la ternura de sus muslos, besándola con devoción. No se molestaron en encender ninguna luz y, casi a tropezones, la una guió a la otra al segundo piso.
Annie, sudorosa y con la respiración entrecortada, la observó con orbes nublados en deseo y acarició la mano que le tomó para llevarla dentro. Los tobillos de la azabache entonces chocaron con una cama en la que cayó de espaldas, con Annie encima a gatas.
Pronto Mikasa percibió los pegajosos restos de labial en los labios de la abogada mezclados con saliva extenderse lentamente en su cuello; escuchó sonidos húmedos que la hacían sentir una ansiedad vulnerable entre el medio de las piernas.
Así, con dedos hábiles Annie se encargó de desvestirla; la blusa salió con facilidad pero gracias a las anchas caderas de la azabache fue más complicado retirarle la falda. La rubia la admiró: con la fina tela de un conjunto de encaje cubriéndola, sus ojos se perdieron en las bonitas curvas. No demoró en trazar caminos invisibles con sus dedos en ese cuerpo, subiendo por su cintura y torso, hasta la espalda.
Los senos ahora grandes la aclamaron y Annie causó más estragos en Mikasa al exhalar sobre ellos, como un caudaloso río de vientos cálidos desparramándose sobre la tela que censuraba sus pragmáticos pezones. Las manos de la abogada apretando tales montes la hicieron gemir.
A ese punto, jamás querría que parara.
Mikasa vociferó coros angelicales transmutados en gemidos genuinos, gemidos satisfactorios que incitaban a Annie.
Con suavidad, la rubia reveló un pezón rosáceo de la azabache, jugueteó con él entre sus dedos y lo presumió a los cautivados ojos de plata. Entonces Mikasa aulló cuando el pezón estuvo en la boca de la mujer, lamido, succionado, degustado por la boca contraria hasta dejarlo rojo e hinchado.
Annie jugueteó con el otro, y mientras lo probaba con la misma intensidad que al anterior, masajeó el seno que no ocupaba su boca.
—Dios, Annie… Ah… Joder ¡ah, ah!
Mikasa no quiso quedarse atrás y una vez Annie tuvo que tomar aire separándose de sus senos desnudos se puso de rodillas y alcanzó con sus manos la ropa de la rubia, casi la rasgó para dejarla desnuda. Para su sorpresa, Annie no llevaba sostén, tan solo una tanga rojo intenso.
La rubia disfrutó insanamente ver a Mikasa relamiéndose los labios por contemplarle así.
—Vas a babear—murmuró con diversión acercándose de nueva cuenta a la azabache, uniendo su boca con la de ella y dejándose caer en la cama como dos fieras hambrientas.
Las piernas de ambas se enredaron.
Mikasa tanteó el cuerpo de Annie, Las puntas de sus aureolas se mostraban duritas, a lo que quiso sentirlas al tacto luego acariciarle la espalda. Fue la de mirada azulada quien suspiró de placer al sentir a Mikasa apretándole las tetas.
Y mientras se lo hacía, Annie aprovechó el descaro de besarla lamiéndole los labios.
No aguantó mucho más, deseaba demasiado a esa mujer tal y como vino al mundo. Así que delineando la piel del forjado abdomen de la azabache llegó hasta sus bragas. Jugueteó en el monte de venus, límpido y dúctil, poniendo en alza cada nervio de la medio asiática.
Profundizó aquel recóndito espacio desconocido y con sus dígitos comprobó lo mojada que estaba la tela de esas bragas de encaje, prácticamente escurriendo fluidos.
Annie no se permitió deshacerse de prenda y Mikasa tragó un nudo grueso en su garganta cuando el rostro de la rubia estuvo a centímetros de su intimidad. La lengua de la primera pasó por toda ésta aún por encima de la tela, pero el músculo fue sentido por la Ackerman.
Sentía su intimidad palpitar, ansiando que la hiciera suya. Annie movió la tela con la lengua en movimientos más salvajes y rápidos, causando un frote exquisito. Mikasa se moría de placer y jadeaba y gemía a voces, hasta que Annie retiró la tela de los bordes y con los dientes.
La rubia había añorado hacerle eso desde antes, en el pasado, cuando hacía rabiar a la chica que ahora era una mujer. Mikasa era de ensueño.
—Qué malditamente hermosa eres, mujer.
Annie la tomó a una caliente y sonrosada Mikasa de la cadera por ambos lados, la atrajo hacia su cuerpo y besó la vulva húmeda y expuesta de ésta.
—¡Annie! —Eso era música para sus oídos.
Dio rienda suelta a un beso pasional en los labios bajos y blandos de la muchacha, sintiendo ese sabor agridulce de los fluidos blanquecinos y transparentes en su lengua. Degustó a gusto, y con la punta de su lengua se encargó de que el botón de placer sintiera todo. Annie alcanzó el clítoris y lo succionó, Mikasa entonces gritó otra vez agudamente.
Un dedo entró, luego otro y otro. Annie comenzó a masturbarla, estaba decidida a hacerla alcanzar un orgasmo. Dentro de ella, halló como hacerla delirar más. Fue un plus en que la azabache resultó desarmada, y en cada parte de ella sintió el orgasmo que la otra le causó.
Mikasa, recuperando fuerzas y queriendo hacerle sentir lo mismo, buscó la desnudez de Annie. No supo en qué momento había dejado atrás la tanga roja, pero estaba maravillada de tenerla así.
Palmeó toda la vulva de la rubia, deslizando lo humedad enteramente de arriba abajo. Asegurándose de que Annie la veía, entre jadeos, se llevó la mano a su propio boca lamiéndose con lascivia.
Annie se mordió los labios de placer.
Haciendo círculos sobre su botón, sobreexcitó a Annie, la besó incontables veces y hundió un dedo corazón tan profundo como pudo en su vagina. Annie estaba dilatada para ella, sus piernas abiertas de par en par, ofreciéndose toda a Mikasa.
Con dos dedos penetrándola y la boca ocupada de un seno al otro, Annie tembló bajo su cuerpo, apretándola con los muslos cuando alcanzó el paraíso.
Siguieron besándose, agotadas, hechas una en la oscuridad. Gris y azul uno solo.
—¿Alguna vez te imaginaste haciendo el amor con ésta bruja, eh, Mikasa? —la pregunta surgió entre besos. Mikasa lo pensó.
—Eres una maldita bruja, pero eres mía—susurró la azabache hundiendo la lengua en la boca de la otra. Esa era la respuesta que Annie quería oír.
Tenía en mente jugar con la sexualidad de Mikasa desde hace rato, finalmente me obsesioné de algún modo con la idea de ella y Annie enredadas pasionalmente y aquí está.
¿Qué opinan? :)
Según el recibimiento del fic puede que considere continuar esto o no, por ahora es un tipo de final abierto con su objetivo de cumplir un lemon explícito hecho.
Tuve ideas más fuertes, pero este es el primer plato ¿se les antoja más?
Se despide
MioSiriban.
