Me enteré de la noticia el 08 de marzo, en horas de la madrugada. Una última ojeada a Twitter antes de dormir, a eso de la 01:00 hrs. Akira Toriyama todavía no es trending topic, o al menos no por millones como en las horas siguientes, sino más bien una tímida tendencia de unos pocos miles. ¿Mi sincera reacción? Pensé que era un fake, de esos que al poco tiempo se desmienten como ocurre y ha ocurrido con tantos otros famosos. Me acuesto exhausto, luego de haber trabajado 16 horas para dormir tan solo unas 4 antes de volver a la rutina. Al despertar, no obstante, lo primero que hago es volver a Twitter, y la noticia, ahora sí por millones, es una realidad dolorosa, difícil de asimilar. Tanto es así que mi reacción sigue siendo poco menos que indiferente, no sé si por una suerte de negación que mi subconsciente se empeña en manifestar.
Pero conforme pasa el día, aun entre los ajetreos de la pesada jornada, desfilan recuerdos por mi mente provenientes de diferentes edades y épocas. No les miento, y tampoco me avergüenzo en admitirlo, pero es aquí cuando me sorprendo a mí mismo llorando, porque caigo en verdadera cuenta que ha muerto el ser humano responsable de crear una obra tan importante y significativa en mi vida. Eso es lo que es el maestro Toriyama, y perdonen si llegaron hasta acá y esperaban conseguirse con algo más extraordinario o emotivo de mi parte. No es mi intención. Solo quiero desahogarme.
Toriyama podrá haber sido muchas cosas. Ignoro si, objetivamente hablando, podría ser considerado el más grande de todos los tiempos en su rama. Soy un estúpido en la materia. Poco y nada sé de dibujo, composiciones, paisajes o lo que sea. Lo que sí sé, con plena y genuina certeza, es que Dragon Ball era mi momento favorito del día de lunes a viernes, a las cinco de la tarde, cuando me sentaba frente a la tele expectante por saber cómo eliminarían a Majin Boo, esa encarnación de la locura y la maldad capaz de regresar incluso cuando lo convertían en vapor. Quería averiguar si por fin Cell lograría absorber a 18 para alcanzar esa forma perfecta que tanta curiosidad me suscitaba. Ni hablar de la angustia y alegría que sentí por partes iguales cuando Goku regresó del camino de la serpiente antes de que Vegeta y Nappa mataran a los pocos guerreros que quedaban.
Los martes y los jueves tenía fútbol hasta las seis. Mi tío, que trabajaba muy cerca de la casa, tomaba tiempo de su hora de descanso para colocar un viejo cassette en el VHS y grabar los capítulos. Cuando yo regresaba ponía la cinta y disfrutaba de Dragon Ball mientras tomaba la merienda. Esa rutina hizo que mi tío despertara interés en la serie. Me pidió entonces que yo también grabara los capítulos el resto de los días para que así él pudiera verlos el fin de semana. Recuerdo que justo cinco capítulos eran los que cabían en la cinta, los cuales volvía a ver con el mismo entusiasmo de la primera vez, pero en esta ocasión junto a mi tío los días sábados. Los domingos mi mamá me daba algo de dinero, e íbamos juntos al kiosco de la esquina a comprar cartas o barajitas para llenar los álbumes de la serie.
Durante la semana era llegar al colegio y comentar con mis amigos lo que había pasado en el capítulo del día anterior, todos bajo un febril estado de exaltación en el que llegábamos a imitar las técnicas y recrear las peleas en el patio de receso. Lucubrábamos nuestras teorías sobre cómo terminaría el arco y sus posibles desenlaces. No había internet, o al menos no como ahora. Debíamos esperar hasta la tarde para descubrir cómo Goku o el guerrero de turno con su nuevo power up se enfrentaría al vigente villano.
Algunos años después inculqué mi amor e interés por Dragon Ball en mi primo menor, quien desde muy pequeño también se hizo fanático de la serie, compró álbumes, cartas y DVDs que contenían todos los capítulos ordenados por números y sagas. Ya eran tiempos un poco diferentes, si bien pese al transcurso de los años, el espíritu de tu obra de alguna manera seguía creando el mismo goce y felicidad en nuestros corazones.
Es solo una pequeña parte de lo que fue Dragon Ball en mi vida, porque a día de hoy, siendo un adulto, me encuentro con frecuencia viendo videos y fragmentos de capítulos viejos y nuevos, o yendo al cine el día del estreno de la película de Broly para encontrarme la sala repleta de personas contemporáneas o hasta mayores que yo llevando a sus hijos pequeños. Pero es que también había adolescentes, madres y hasta alguno que otro anciano. Porque Dragon Ball, en forma de vivencias similares o distintas para cada cual, representa un fragmento indivisible de nuestros seres, de nuestra felicidad, de la conexión que tenemos o tuvimos con quienes amamos, compartiendo y dispersando alegría en millones de vidas y hogares por todo el planeta.
Eso fue lo que creó Akira Toriyama.
Estoy muy triste por tu partida, que por cierto, se me antoja repentina y hasta anticipada, siendo que, a tu manera y capacidades, te encontrabas activo y entusiasmado trabajando para futuros proyectos. Pero mucho más que triste, estoy infinitamente agradecido por haberme hecho tan feliz a mí y a tantos otros millones de niños y adultos con tu maravillosa obra.
Es ahora cuando la interminable fila de llamas azules deberá abrirse paso. Enma Daio-sama, amargado como de costumbre, soltará un bufido al percatarse del alboroto en la sala. Sus oscuros ojos de demonio se apartarán con fastidio del pesado y gigantesco libro que reposa en su escritorio, y cuando se posan sobre ti, soltará un jadeo y se pondrá de pie en un salto, rebuscando tu nombre entre las páginas para saber si de verdad eres tú. No habrá pecado que reprocharte en ese lugar, después de todo, estás en casa. Todos los Ángeles y dioses te rendirán los respectivos honores.
Muchas gracias, sensei. Descansa en paz.
