Bajo los efectos... del deseo

Capítulo para adultos, continuación del capítulo 4 de "Bajo los efectos", "Tentación". Averigüemos qué pasó exactamente entre Jubal e Isobel aquella noche.

Nota del autor: Publico este capítulo aparte para no subir la calificación general de la historia. Gracias a RuthSand por proof-reading y por su apoyo.


Mientras se besaban, Jubal le abrió del todo el vestido. Ansioso por sentirla por completo, apretó a Isobel contra la pared con su cuerpo, y retomó el sensual roce entre sus piernas, a través de la ropa, pero con la considerable firmeza con la que ya contaba. Mientras, pellizcó suavemente por encima del delicado encaje del sujetador hasta que la hizo jadear aferrándose a él, entrelazándole los dedos en el pelo.

Fue Jubal el que, sin detener sus besos, la cogió en peso y giró para subirla sobre la isla de la cocina.

En el breve trayecto, Isobel deslizó el vestido de sus hombros y brazos, deshaciéndose de la prenda; también dejó caer los zapatos. Tras recostarla sobre la encimera, Jubal bajó las copas de su sujetador descubriendo sus pechos para saborearlos alternativamente. Mientras tanto, deslizó despacio una mano por su pierna cubierta por la media hasta su tobillo, y de vuelta hasta su cadera.

La parte racional de Isobel volvió a protestar débil e inútilmente por última vez; no debía de haber acudido al apartamento de Jubal para empezar. Él repitió la caricia en la otra pierna mientras su boca aplicaba entonces suave succión. Embriagada de sensaciones, Isobel fue incapaz de luchar contra su deseo.

Lo que hizo fue meter la mano entre sus cuerpos y recorrerlo intensamente en toda su longitud por encima de su pantalón de deporte, arrancando de Jubal un gruñido sorprendido y un estremecimiento. Aquel sonido y aquel firme tacto en su palma fueron demasiado para ella. Ya no hubo marcha atrás.

Fue Isobel la que, de improviso, bajó sus pantalones y boxers lo justo para liberarlo, hizo a un lado su propia ropa interior y lo condujo impaciente adentro.

Jubal alzó la cara con un jadeo, sabiendo que el modo rendido en que la miró entonces fue inequívoco. Isobel lo agarró de la nuca y lo besó con alocado ardor, huyendo de la emoción en sus ojos, mientras lo impelía con brazos y piernas a que entrara por completo en su ávido cuerpo. Los dos gimieron en la boca del otro.

Entonces Jubal tomó el control. Su cuerpo empezó a ondularse sensualmente.

Dejó de besarla, buscando sus ojos mientras se hundía en ella una y otra vez invocando, acumulando tensión. Isobel tuvo que apartar la cara, cerrando los párpados. No podía mirarlo; era demasiado intenso, demasiado íntimo.

Frustrado, Jubal se irguió sin detenerse, obteniendo en cambio satisfacción adicional de contemplarla temblar desde arriba. Abarcó con sus manos la cintura de Isobel, que pareció muy estrecha entre ellas. Entonces la sujetó con firmeza por las caderas, y la avasalló aumentando el ritmo de las suyas, intentando hacerla mirarlo por fin.

Pero no lo consiguió. El brío y el ángulo de sus embates, sin embargo, llegaron a hacerse irresistibles, obligándola a alzar los brazos por encima de su cabeza, aferrándose al borde de la encimera, y los quejidos que provocaban en Isobel se volvieron desesperados. Simplemente, se deshizo ante él.

Jubal no logró que lo mirara, pero Isobel no pudo retener sus labios de gemir su nombre.

Isobel era todavía aquella masa temblorosa en la que la había convertido su éxtasis, cuando Jubal terminó de desnudarse, la cogió en brazos y la llevó, sembrándole nuevo fuego en la boca con sus besos, hasta su dormitorio... para continuar allí.

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El sujetador fue descartado en el pasillo, y lo primero que hizo Jubal después de tumbarla sobre su cama, fue enganchar los dedos en la otra pieza de su ropa interior, deslizándola hacia abajo por sus caderas para deshacerse de la prenda.

Le dejó las medias puestas, sin embargo. Era difícil resistirse a lo sexy que le quedaban.

Isobel se dejó hacer, aún jadeando abrumada por lo sucedido en la cocina. Todavía intentaba recuperar el aliento cuando la boca de Jubal estuvo de nuevo sobre la suya, posesiva y ardiente porque, de hecho, antes él había logrado no dejarse llevar y conservaba todo su ardor.

Echado a medias sobre ella mientras la besaba, la mano de Jubal ascendió lentamente entre sus muslos. Se delició del estremecimiento de pura anticipación que logró de Isobel.

Cuando alcanzó su entrepierna, cuidadosas yemas de los dedos exploraron incitantes, haciéndola gemir en su boca.

Con un grave gruñido, Jubal atacó entonces el cuello de Isobel con labios y dientes, una versión fiera de lo que había pasado la otra noche mientras él estaba bajo los efectos del alucinógeno. Arrancó a Isobel una sobresaltada exclamación.

Intoxicado de su aroma, pero sin querer darle ni un respiro, descendió acto seguido hasta sus pechos, jugueteando con la lengua sobre sus pezones, y con los dedos entre sus piernas.

Isobel se aferró a su cabeza, mientras hacía lo que podía para reprimir sus jadeos. Dios, era muy bueno en esto. Demasiado bueno. El modo en el que Jubal la estaba haciendo sentirse sobrepasada le causaba una intensa, subyacente inquietud.

Él siguió descendiendo, despacio, saboreando la piel de su vientre, localizando un punto débil junto al hueso de su cadera. En ningún momento había dejado de deslizarle los dedos entre sus piernas, preparándola para lo que pensaba a hacer a continuación.

En última instancia, Isobel lo había elegido a él, obviamente, pero la idea de que ella se había vestido así para otro, el hecho de que hubiera apartado los ojos en la cocina, afectaba al ego de Jubal no de la mejor manera. Era algo realmente irracional, pero ansiaba tenerla rendida, suplicando por él.

Mordisqueó entonces la cara interna de un muslo, justo por encima de la blonda de la media; luego el otro, haciéndola temblar una vez más.

Para cuando por fin enterró la cara entre sus muslos, Isobel había estado a punto de complacerlo en aquel aspecto en particular, a punto de implorar.

Los labios de Jubal empezaron chupando suavemente. Todavía tratando desesperadamente de mantener el control de sí misma, Isobel se mordió los suyos arqueando la espalda y deslizando las uñas por el cuero cabelludo de Jubal. Él se sonrió sin detenerse siquiera.

El siguiente contacto vino acompañado de un intenso roce de su lengua, consiguiendo por fin un muy satisfactorio gemido desconsolado. Aquello lanzó una descarga directamente a la entrepierna de Jubal, la cual ya reclamaba atención imperiosa, casi dolorosamente. Cambió levemente de postura sobre la cama y lo ignoró lo mejor que pudo.

El placer se fue extendiendo inexorable por todo el cuerpo de Isobel, que se estremeció repetidamente. No pudo evitar volver a gemir su nombre. Fuertemente estimulado, Jubal se aplicó con fruición en prolongarlo con creativas maneras de usar su boca y sus largos dedos sobre ella.

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Cuando mucho después la notó por fin perder su tensión, agotada, Jubal se retrepó por la cama, echándose sobre ella, abrumándola con su cuerpo, con su peso, con una sonrisa y una mirada predadoras que la hicieron sentirse totalmente a su merced. Aquello no había terminado. Ya bastante ansioso a esas alturas, él se dispuso a hacerse entrar...

Pero Isobel apoyó ambas manos en su pecho, deteniéndolo.

—No —jadeó.

La expresión de Jubal cambió radicalmente a una de preocupación, mientras Isobel lo empujaba cómo para quitárselo de encima. Él por supuesto no se resistió.

—Estás bi-

De repente, con un movimiento brusco y habilidoso, Isobel los hizo rodar, colocándose sobre él.

Al contrario que antes, ahora lo miró directamente a los ojos, y comenzó a deslizar sensualmente su empapado centro a lo largo de su miembro. Pero sin llegar a hacerlo entrar.

Inesperadas llamaradas envolvieron a Jubal, viéndola, sintiéndola hacerle eso. Sus ansiosas manos recorrieron muslos, caderas y cintura. Ella sonrió mientras aplicaba aquel delicioso tormento y disfrutaba teniendo a Jubal jadeando, asfixiado de deseo. Ahora fue el turno de él de suspirar su nombre.

Los decididos ojos de Isobel, los mismos que le veía a diario cuando daba órdenes en el 26 Fed, no lo abandonaron ni por un instante. Ni siquiera cuando por fin lo deslizó dentro de sí.

En alguna parte de su mente Jubal intuyó que se trataba de una cuestión de control, de dominación. Algo como que él había logrado hacerla sentirse vulnerable y ella no podía dejar las cosas así. Pero el cuerpo de Jubal se encontraba demasiado abrumado por la sensación de Isobel hundiéndolo lenta, intensa, profundamente en su ardiente interior, como para poder realmente alcanzar ninguna conclusión.

Isobel comenzó despacio, pero no tardó en moverse vigorosamente, arrodillada a horcajadas sobre él, las manos planas sobre sus pectorales como apoyo, deslizando los dedos entre el vello de su pecho.

Aferrado a sus caderas, y esforzándose por sincronizar sus movimientos para lograr las mejores sensaciones, Jubal se mordió el labio inferior con fuerza. Le estaba costando controlar la intensidad del placer que Isobel le estaba haciendo sentir, manteniéndose a duras penas al filo de su éxtasis. Era delicioso y agónico y agotador, pero verla a ella disfrutar de aquel modo era suficiente... al menos de momento. Isobel estaba desatada, jadeando mientras subía y bajaba sobre él, gimiendo con cada empellón de las caderas de Jubal.

Él echaba de menos sus besos. Ascendió una anhelante mano por el esbelto cuello de Isobel hasta su rostro y le acarició los labios con la yema de sus dedos. Y ella lo aprovechó para metérselos en la boca; se los chupó como si le chupara otra cosa. Sus miradas se encontraron. El erotismo de todo ello casi arrojó a Jubal al vacío. Se le escapó un gemido ronco.

¡No! ¡Aún no! Apretó los dientes.

Sabía que Isobel necesitaba un cambio de ritmo. Jubal se incorporó para abrazarse a su torso y la atrajo, inclinándola sobre él. Su boca tuvo entonces sus pechos a su alcance. Tomó un pezón con su boca y lo chupó con lujuria, haciéndola gemir más fuerte.

La nueva posición cambió además el ángulo del movimiento, haciéndolo no tan profundo, pero permitiéndoles una cadencia mucho más acelerada. Simultáneamente, Jubal alternó entre sus pechos, succionando.

Los gemidos de Isobel eran continuos ahora; empezó a temblar. Él se notaba a punto de estallar, pero se obligó a resistir, porque por encima de su propio placer deseaba la satisfacción de hacerla llegar lo más violentamente posible. Por tercera vez.

Oh, sí... Ya casi la tenía.

Sin previo aviso, Isobel le cogió la cara y lo besó profundamente. Para, a continuación, retirarse un poco, y obligarlo a mirarla de nuevo, clavando su oscura mirada sobre él, pero sin detenerse en ningún momento. Sabía que Jubal se había retenido la primera vez, que se estaba reteniendo ahora. No iba a permitírselo más. Quizás no lo pretendían, pero los ojos de Isobel alcanzaron y desnudaron su misma alma. El interior de Isobel pulsaba deliciosamente a su alrededor, pero fue aquella mirada implacable lo que lo venció.

El cuerpo de Jubal se estremeció arrasado por una súbita, eterna, ardiente detonación. El haberse contenido durante tanto tiempo lo hizo casi desgarrador.

Los sonoros, descontrolados gemidos que emitió su garganta fueron los que terminaron de arrastrar a Isobel.

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Nota del autor: La historia continuará en el capítulo 5 de "Bajo los efectos", "Celos".