He aquí la parte que casi alarga el cap anterior.
Disclaimer: Rurouni Kenshin pertenece a Nobuhiro Watsuki.
"Deberes"
Era el cuarto día en el santuario.
Tras dos experiencias incómodas y un intento fallido de coordinación, por fin parecía que los dos niños habían encontrado una rutina adecuada; Kaoru se cambiaba dentro de la habitación principal, mientras que Kenshin lo hacía en la antesala.
Aún a pesar del fusuma, Kaoru sentía la necesidad de vestirse igualmente tras el biombo. Nunca había sido particularmente penosa, pero lo cierto es que nunca había tenido que compartir espacio con un muchacho al que tenía poco de conocer.
Y lo cierto era que Kenshin era bastante, ¿cómo decirlo?
Atractivo.
Kaoru se sacudió tales pensamientos. Acabó después por ajustar el cinto de su hakama verde, propia de los aprendices, y luego suspiró.
-Estoy lista -Dijo.
Del otro lado del fusuma le llegó su respuesta.
-También yo -Dijo Kenshin.
La aprendiza abrió las puertas del fusuma y salió a la antesala. Kenshin estaba de pie cerca de la entrada, sus ropas eran las mismas de los días anteriores. Tanto los pantalones como el kimono que llevaba estaban algo desgastados.
-¿Ocurre algo? -Preguntó el muchacho al sentirse observado.
Kaoru contestó al instante.
-No estoy segura de que sea correcto que...
Y luego se detuvo. Porque se recordó que estaba siendo grosera.
-No importa. Vayamos a desayunar. -Concluyó y salió por delante de su compañero.
El pobre samurai se quedó confuso.
...
Tal confusión le duró hasta terminar el desayuno.
Una vez más Kago, al estar sentado a su lado, volvió a darse cuenta de que algo preocupaba al pelirrojo.
-¿Pasa algo, Himura Kun? -Le cuestionó.
-Nada importante. -Negó el samurai. -Es sólo que, Kaoru dono parecía quererme decir algo hoy, al parecer relacionado con mi vestimenta.
Su compañero lo miró a detalle entonces.
-Hmmm -Y pareció entender a la aprendiza. -Puedo ver por qué. Dime Himura Kun, ¿te integrarás al santuario?
Kenshin parpadeó sorprendido.
Hasta entonces, no había considerado el hacer su estadía del todo certera, ya no digamos añadirse al santuario mismo.
-Yo ...no lo creo, pero ...
Kago sonrió.
-Tal vez habrá que definir éso primero, ne?
Una vez más el samurai se quedó confuso. Quizá incluso, más que al principio.
...
Y al ser una confusión doble, ésta le duró hasta después de las oraciones de la mañana.
Así fue como lo encontró Kaoru, justo afuera del recinto principal, sentado en la engawa y de brazos cruzados, gesto fruncido.
-Kenshin -Le llamó corriendo hacia él.
El muchacho la miró al instante.
-Vamos, de prisa. -Le apremió ella, tomándolo nuevamente de las manos hasta hacer que se pudiese de pie, con esa confianza que cada vez se hacía más y más familiar. -Hoy me ayudarás en mis deberes de limpieza.
-Hai -Asintió siguiéndola.
Porque realmente no podía hacer más.
...
A pesar de lo arduo de la tarea, puesto que el camino del Tori era bastante largo y con suficientes altares, el muchacho recibió de buen grado la tarea; su mente estaba sumergida en dudas sobre qué era lo que quería y lo que debía hacer, y la realidad era que no tenía respuesta para ninguna de las dos preguntas.
-¿Te preocupa algo? -Le preguntó Kaoru, cansada ya del ambiente de angustia que rodeaba al chico.
Kenshin suspiró, sintiéndome por igual incómodo y avergonzado.
-No sé cómo explicarlo. Pero siento que quizá no sea correcto el que alargue mi estadía aquí.
La aprendiza sintió una opresión en el pecho.
-¿Y por qué no? -Cuestionó.
-Bueno, no soy realmente parte.
-Lo eres ahora. -Se apresuró ella a corregirle. -Te invité a mi hogar.
Kenshin sintió calidez en su centro. La mirada de Kaoru era honesta, y parecía ser capaz de ver a través de su alma. Se dejó llevar entonces por lo profundo de sus ojos.
Más ella temió el que su silencio significa se molestia.
-A menos que no quieras estar aquí. -Le dijo con pena.
Kenshin saltó al instante.
-No es éso. -Negó, tomándole las manos en las suyas propias, siendo la primera vez que él se animaba a iniciar tal contacto con alguien.
Kaoru sonrió.
-Entonces está arreglado. -Declaró. -Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Estoy segura que al estar aquí podrás dar con esa respuesta qué buscas.
Él la miró con curiosidad.
-¿Cómo sabes lo que me aflige?
Ella fingió inocencia.
-¿Cómo? ¿Qué no es algo que a todos nos pasa?
Su sonrisa se volvió contagiosa.
-Tenemos un dicho aquí. Una guía más bien. -Le dijo ella, caminando hacia el borde del altar en el que se encontraban. -"Vivimos para servir, nuestras vidas no nos pertenecen."
Kenshin la miró sin comprender.
-¿Y?
-¿Qué tal si mientras estás aquí adoptas nuestra creencia? Yo puedo enseñarte.
¿Qué era esto que estaba sintiendo? Se preguntó el samurai. Era un sentimiento cálido que le provocaba ganas de saltar, como si de pronto fuese demasiado grande dentro de su cuerpo.
Apenas y dudó un segundo.
-Hace dos días mencionaste algo sobre que usaban las espadas. -Dijo.
Kaoru parpadeó emocionada. Sus mejillas se colorearon de rojo, y Kenshin pensó que se veía hermosa.
-¿Te gustaría vernos?
-Me intriga ver su estilo.
La aprendiza se llenó de orgullo.
-Bueno, no es algo tan elaborado como los estilos de un samurai, es más como una danza. -Explicó con el pecho inflado. -Pero estoy segura que hacemos un digno espectáculo como cualquier geisha.
Kenshin puso los ojos en blanco.
El colmo con ella, pensó.
-Te tienes en muy alta estima, ¿no?
-Mejor que no tener ni un apice de cariño propio. -Refutó ella con fuerza. -¿No estás de acuerdo?
El joven sintió una espina en el pecho, pequeña, pero incómoda.
-Sólo digo que hay una diferencia entre tener confianza y ser vanidoso.
Aquello picó a la aprendiza.
-¿Insinuas que soy vanidosa? -Reclamó.
Él sonrió de medio lado.
-No, para nada. ¿Por qué? ¿Lo eres? -La tentó.
Kaoru estuvo a punto de contestar
Kenshin esperaba el momento en que lo hiciera, ya tenía una respuesta lista incluso a lo que ella pudiera decir.
-...
Y tras un instante de silencio en el que ambos se miraron expectativos.
-...
Al final la aprendiza de ojos azules acabó por suspirar algo rendida.
-Tal vez un poco. -Aceptó. Mejillas sonrosadas. Luego se recompuso -Pero, toda niña que se precie debe tener un poco de vanidad, ¿no crees?
Kenshin parpadeó una y dos veces. No tenía modo de negar aquello, y la espina en su pecho se removió un poco.
-Supongo ...pero solo un poco.
-Por supuesto, un poco. -Asintió ella contenta de que él la entendiera.
Continuaron con las labores de limpieza entonces.
Sin embargo, tras un instante de sopesar lo ocurrido, la joven por fin pareció entender aquel aire de angustia en su compañero.
Respirando hondo, se animó a hablarle
-Kenshin -Le llamó.
-¿Hm? -Murmuró él sin dejar de barrer.
Tras notar que Kaoru no seguía, dejó la labor y la se giró a mirarla.
Cuando ella se aseguró de que tenía su atención, le dijo aquello que su corazón le pedía a gritos le dijera.
-Los niños también pueden tener un poco de vanidad, ¿sabes?
El samurai parpadeó con genuina sorpresa.
Kaoru se acercó a él y le palmeó el rostro.
-Quierete aunque sea un poco, ne?
La espina se deshizo.
Aquel malestar no era contrincante para la sonrisa de Kaoru.
Y una vez la niña pasó de él para continuar con la limpieza del atrio, el samurai sintió una sonrisa nacer en sus labios.
Una ducha tan honesta que hacía años no sentía.
...
Durante los días que siguieron, la aprendiz de ojos azules se encargó de fungir como su maestra e instruirme en cada una de las funciones del santuario.
Kenshin era un ávido aprendiz y no pasó mucho antes de que comenzarán a llamarlo en los pasillos como" El aprendiz de Kaoru dono". A él no le molestaba en lo más mínimo.
Y luego, tras una semana, justo antes de dormir, su recién amiga (porque era su amiga), llegó con un presente para él.
-¡Kenshin! Toma.
El joven tomó la tela, y tuvo que extenderla para reconocer la prenda por lo que era.
Sus ojos se abrieron en sorpresa.
-Esto...
La niña le miró con las mejillas del color de las sakuranbo.
-Aunque no pude conseguir un gi, pero al menos el kimono es nuevo.
Kenshin se puso de pie y se puso el kimono azul por encima de sus ropas, la prenda le quedaba perfecta.
-Está a mi medida -exclamó maravillado.
A ella el pecho se le infló de orgullo.
-Me alegro.
-¿Cómo supiste mi talla?
-No seré buena para la cocina pero tengo un don con las telas.
Kenshin sonrió de medio lado.
-Cuidado Kaoru dono, un poco más y pasarás por altanera. -Le picó.
Y consiguió el efecto deseado.
-¡Moy, Kenshin! -Se quejó con las mejillas infladas. -Deberías decir "gracias Kaoru hime sama"!
Tan molesta estaba que no notó el sentimiento de cariño en los ojos de su compañero.
-Arigatou, Kaoru kiire sama (Gracias, bonita Kaoru) -Canturreó.
Y luego se metió en el futón, todavía con el kimono nuevo puesto.
A Kaoru le tomó un segundo entender el cambio de palabra.
-¿¡Eh?!
Esta vez el rojo de sus mejillas era por un motivo diferente del enojo.
Y la sonrisa de Kenshin duró hasta la mañana siguiente. Su corazón había decidido entonces que deseaba quedarse dónde estaba, justo al lado de ella.
And Kenshin's smile lasted until the next morning. His heart had decided then that he wanted to stay where he was, right next to her.
A/N: No sé ustedes, pero a mí me encanta escribir a estos dos.
¡Me duele mi pie!
