Cosmos Congelado
Capítulo 31
Una Ceremonia en el Hielo.
Ya casi son las tres de la mañana, y después de las revelaciones y promesas que se hiciera con Kardia, y que la tienen en un estado de agitación, Anna recorre los silenciosos pasillos, caminando apresuradamente, con toda la velocidad que sus cortas piernas le permiten. Cansada, pero sintiéndose más alegre que nunca al ver que su plan está tomando forma, o al menos lo más alegre que puede sentirse ante las circunstancias, la reina llega a la puerta de la sala de recepción, la cual se encuentra aún cerrada… y con Gerda recargada en ella, cabeceando, haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse despierta y evidentemente perdiendo la batalla. Anna se acerca de puntillas para no asustarla, y la sacude suavemente desde el hombro.
-Nana… Gerda…
La mujer se sobresalta y se endereza de inmediato, tratando de aparentar que no estaba casi dormida.
-¡Mi niña Anna! ¿Qué la trae por aquí?
-¿Más bien tú qué haces aquí, Nana?
Anna nota cómo sospechosamente las mejillas arrugadas de la mujer se encienden, y sus ojos se desvían, evidente muestra de que está tratando de ocultarle algo.
Y Anna sabe perfectamente qué es.
-Pues… mi-mi niña Elsa me mandó llamar con uno de los espíritus del Bosque Encantado… Gallo, creo que le llama, para que resguardara la puerta, pues ella… estaba muy necesitada de descanso.
-Pero pudiste haber mandado a uno de los guardias, no tenías que ser tú.
Gerda se endereza, sintiéndose discretamente ofendida.
-¡Los guardias no son tan discretos como mi niña necesita! No hay nadie más confiable que yo para cuidar el sueño de cualquiera de ustedes dos.
Anna igualmente se endereza y carraspea, tratando de ocultar la sonrisa traviesa que se ha dibujado en sus labios.
-Y no lo pongo en duda, Nana, pero ¿por qué necesitaría mi hermana a alguien tan confiable y discreto, si sólo va a echarse una siesta?
Gerda abre los ojos como platos, pues fue testigo del exabrupto de Anna al enterarse del matrimonio de la albina. Definitivamente no quiere que eso se repita si la reina se llega a enterar de las… actividades más recientes de la hermosa albina, las que tiene la certeza que desaprobará.
-Pu-pues… es que ya sabes… una mujer en situación de indefensión siempre debe de poner en duda la entereza de cualquier hombre.
Anna apenas puede reprimir la risa al ver cómo está poniendo en apuros a su anciana institutriz.
-Pero son soldados de Arendelle, Nana, todos ellos han jurado lealtad a mí y a Elsa. ¿Cuanta más confianza puedes necesitar? Además, Elsa no es precisamente una mujer indefensa. Te recuerdo que ya de por sí tenía un gran poder, ahora que es el Quinto Elemento, difícilmente cualquier hombre puede seguirle los pasos…
-Bu-bueno… yo…
Al ver las manos que se retuercen nerviosamente, Anna decide terminar el martirio de la pobre mujer y ríe un poco, mientras la toma de los hombros.
-Tranquila, mi fiel Nana, yo sé exactamente qué es lo que está haciendo mi hermana ahí adentro, y créeme que no tengo problemas con ello.
A pesar de sus palabras, la cara de susto de la vieja institutriz no cambia.
-Pe-pero mi niña, ¿cómo podría confiar en tu palabra? yo vi cómo te enfurecías con tu hermana cuando te enteraste de su matrimonio. No quisiera que eso volviera a ocurrir. ¡Me duele cada vez que las veo discutiendo!
Anna abraza con cariño a la anciana institutriz.
-No ocurrirá de nuevo, Nana. Créeme que lamento mucho haber reaccionado como lo hice, y debes saber que es algo que pienso arreglar en este momento, en caso de que quisieras ayudarme.
La anciana le sonríe abiertamente, contenta ante la nueva madurez de su reina.
-Cuenta conmigo para lo que necesites, mi niña.
-Qué bueno que lo mencionas, porque esto es lo que harás… - sin mayores preámbulos, Anna susurra al oído de la anciana, sus palabras haciendo que una sonrisa traviesa se dibuje en el cansado rostro de la mujer.
-¿Cuento contigo?
-Sabes que siempre podrás contar conmigo, mi niña.
Gerda se retira apresuradamente del lugar, más que dispuesta a seguir las indicaciones de la joven, y Anna finalmente entra, cautelosa, volteando para todos lados menos hacia el sofá, donde encontrara a su hermana previamente en una posición no precisamente halagadora. Pero el silencio reina en el lugar, apenas un par de respiraciones profundas se escuchan, y Anna finalmente se atreve a aventurarse. Cuando se asoma detrás del sillón, encuentra a su hermana y a Degel acurrucados en él, completamente dormidos y enfundados en una ligera cobija… y resultando bastante evidente que sólo la cobija cubre un par de cuerpos desnudos. A pesar de la situación, Anna se recarga en el sofá para observarlos dormir.
Elsa se encuentra durmiendo de lado, dándole la espalda a Anna, y detrás de ella, abrazándola posesivamente, Degel la sujeta con ambos brazos, su rostro sobre el cuello de ella, mientras una enorme mano cubre un desnudo y blanco seno; ambos esposos se encuentran durmiendo con tanto abandono, con tanta tranquilidad, que Anna no puede evitar sentir un poco de envidia ante el amor que se profesan los dos.
Ahora sabe que su decisión es la correcta.
Lo más sigilosamente posible, Anna rodea el sillón y se hinca frente a su hermana, sacudiéndola en el hombro levemente.
-Elsa… Elsa…
La aludida abre los ojos lentamente, para de pronto abrirlos de par en par al encontrar los enormes ojos azules de su hermana frente a ella, pero Anna reacciona de inmediato, tapándole la boca, evitando que se mueva bruscamente y despierte a su esposo.
-Ssshhhh… tranquila. Estoy aquí en son de paz. Vengo a componer lo que rompí.
Elsa la mira con duda en los ojos y, lentamente, consciente de que no quiere que Degel despierte, retira suavemente la mano de su boca y se levanta con lentitud, a la vez que se cubre el pecho desnudo con la delgada cobija, riendo por lo bajo al ver que la mano de Degel se desliza sobre su cuerpo, para posesivamente abrazarla de la cintura, desde su subconsciente negándose a dejarla ir, a pesar de seguir profundamente dormido. Anna también ríe un poco ante esa acción.
-Veo que lo tienes comiendo de tu mano.
-Igual que tú a Kristoff.
-Touché…
Las dos hermanas ríen un poco lo más silenciosamente posible, pero Elsa de inmediato se pone seria, preocupada por la posible reacción de su hermana.
-Anna, yo…
Pero Anna le vuelve a poner una mano en la boca, para silenciarla, mientras continúa susurrando.
-No digas nada, Elsa, primero necesito disculparme yo. Fui yo quien te recomendó seguir a tu corazón, en empujarte a esta decisión, y a pesar de eso fui yo la primera en reclamarte por hacerme caso. No fue justo para ti y eso lo entiendo ahora. Pero… fue simplemente que me tomaste por sorpresa, yo… no esperaba un compromiso con un extranjero, y menos tan rápido. Por primera vez entendí por qué te enojaste tanto el día de tu coronación. – Anna baja la cabeza, compungida. - Por favor, trata de entenderme, no pude evitar ver a Degel como un oportunista más. Como un…
-¿Un Hans cualquiera?
Anna suspira, apesadumbrada.
-Sí. Así es… pero ahora veo que no es así, que Hans y Degel no son iguales. Eres más inteligente que yo, hermana, siempre lo has sido: tú sí supiste escoger bien.
Elsa suelta una risita, mientras señala con un dedo acusador.
-Y espero nunca lo olvides.
-Oye…
Elsa ríe un poco más, pero de nuevo se retorna a su semblante serio.
-Pero dejémonos de cosas. No es necesario que te disculpes, y menos que me despiertes para eso, por lo que casi estoy convencida de que, aparte de decirme estas palabras tan atinadas, el hecho de que no pudieras haber esperado al amanecer, me hace sospechar que tienes algo en mente.
Anna sonríe ampliamente. No habrá nadie nunca que la conozca mejor que su hermana.
-Tienes toda la razón. Si bien estoy completamente de acuerdo con que puedas llamar a Degel esposo, aún me niego da darte mi bendición a menos que…
Elsa voltea los ojos. Ya sabía que no se lo pondría fácil.
-¿A menos que, qué?
Anna, aún arrodillada, se endereza un poco sobre sí misma.
-A menos que te cases como es debido: bajo nuestras leyes y por la iglesia.
Elsa abre mucho los ojos ante la condición. Es ciertamente algo que le encantaría hacer, pero…
-Hermana, estamos en situación de guerra, y apenas tenemos unas horas para descansar antes de la batalla más grande. ¿Cómo puedes estar pensando en eso ahora? Además… además, Degel y Kardia tienen que partir en unas horas también, no pueden combatir y luego partir a un gran viaje agotados como están ahora. ¿Crees que lo que ellos necesitan es una larga ceremonia que les quitará horas de sueño?
Pero Anna no se deja disuadir.
-¡Precisamente por las circunstancias que nos rodean, es importante realizar esta ceremonia! Hermana, no sabemos qué pasará mañana, ni siquiera qué pasará en unas horas, pero no me gustaría que nuestro pueblo hable mal de ti, cuando se enteren de que has yacido con un hombre sin estar casada.
-Ya estoy casada.
-No bajo nuestras leyes. ¡Hermana, por favor! Sabes que para nuestro padre esto sería muy importante.
-Nuestro padre está…
Anna apenas puede reprimir el impulso de levantar la voz, enojada.
-¡No necesitas decirlo! Y sabes que, aun cuando no esté con nosotros, lo está en el alma, y él estaría contento de que hagas lo correcto.
-Lo correcto…
-¡Sí, hermana! Lo correcto es que, si ya te casaste bajo las leyes de Degel, ahora él debe de comprometerse bajo nuestras leyes. ¿Qué tiene de malo?
Elsa es ahora quien no puede evitar el exabrupto.
-¡Pero la gente está ocupada! ¡Está dando todo de sí! Me preguntas qué tiene de malo, precisamente eso: no puedes quitarles más horas de lo que ya les hemos quitado. Deberían de estar partiendo a ponerse en resguardo, no haciendo esto por nosotros. Acéptalo, hermana, simplemente no tenemos tiempo…
La sonrisa de Anna está llena de satisfacción.
-Ya arreglé todo, no debes de preocuparte. La ceremonia durará máximo 10 minutos.
Elsa puede ver el inteligente razonamiento de su hermana, y se siente sumamente orgullosa de ella. Pero aun así… la joven voltea a ver el bello rostro de su esposo, hundido en un sueño reparador, y lo observa descansar, sintiendo cómo una paz impresionante se llena en su pecho. La mirada de adoración no pasa desapercibida para la pelirroja.
-Elsa… ¿no te gustaría ser completamente suya, ya no sólo en cuerpo, sino también en espíritu? ¿No te gustaría estar unida a él, incluso en el paraíso?
Anna sabe que es un movimiento muy bajo, pero sonríe discretamente al ver que sus palabras provocan un profundo suspiro en la albina, quien aún no ha retirado los ojos de su amado, por lo que la reina da la estocada final.
-Sólo estarán los que ya hayan terminado, te lo prometo, además por supuesto, de altos generales y ministros, los caballeros dorados, Yelana, Juffe, Kristoff y yo. La gente que tenemos que dar fe del evento… y que te amamos más.
Elsa se siente derrotada, aunque a la vez percibe mariposas en el estómago ante la idea. ¡Casarse con Degel por la iglesia… casarse de blanco…!
-Hermana… el vestido…
Anna hace un nuevo ademán con la mano.
-¡Tú puedes hacer un magnífico vestido! Te aseguro que será aún más hermoso que el que cualquier sastre pueda confeccionar. Y Degel portará su preciosa armadura dorada, ¡será espléndido!
Elsa niega con la cabeza, aún no convencida, por mucho que sea un deseo muy profundo en ella.
-Esta boda es la primera boda real que tendrá Arendelle después de la de nuestros padres, no quiero que sea algo tan apresurado. Quisiera que fuera algo para recordar, para hacernos felices a todos, no sólo a mí. Y quisiera… quisiera que marcara realmente el inicio de nuestras vidas juntos.
-¿Qué quieres decir?
-Que sí acepto que tengamos la boda, sin embargo, quiero que sea cuando Degel regrese de la batalla, y que me ayudes a diseñar el vestido. Si vamos a hacer esto, quisiera que todo Arendelle nos viera unirnos en sagrado matrimonio.
Anna suspira de nuevo, pues las exigencias de su hermana tienen mucho sentido. Pero hay algo muy dentro de ella, que aún no logra entender, pero que la mueve a actuar, sin permitirle ceder.
-Está bien. Tú ganas, pero no del todo. Mi condición sigue siendo la misma: si quieres mi bendición tienes que casarte con Degel antes de que ellos se vayan, eso es inamovible… pero podemos llegar a un acuerdo. ¿Qué tal esto? La boda será como tú la quieres, como alguien de la realeza arendelliana se merece: una gran fiesta para todo Arendelle una vez que Degel y Kardia regresen de la Guerra Santa, pero primero tendremos una pequeña antes de que ellos partan: te casarás con Degel frente al altar de nuestros padres, oficiado por el obispo, en una misa pequeña donde sólo estarán presentes los más allegados a ti, y que por supuesto debe incluir a Kristoff y a mí.
Elsa se queda pensativa unos momentos. No entiende la insistencia de su hermana, aunque sí entiende que siempre ha sido una romántica empedernida, pero esto… sin embargo, como antigua reina y por lo tanto con una permanente visión diplomática, Elsa no puede negar los beneficios que esa boda inicial les traería: Degel, o ella misma, podrían morir en unas horas y al menos, con esta ceremonia, pueden legitimar la unión de la que algunos todavía dudan, y así asegurar el apoyo de Atena y sus Santos a Arendelle en caso de que ella faltara.
Elsa suspira y asiente.
-Está bien, hermana. Tendremos una pequeña boda donde sólo estarán las personas que deban dar fe. Ni un alma más. Y durará no más de 10 minutos.
Anna lanza un gritito de alegría que finalmente logra sobresaltar a Degel.
-¿Q-qué… qué pasa? – Al ver a la reina pelirroja levantarse de su lugar, Degel de inmediato empieza a incorporarse. – ¡Reina Anna!
Pero antes de que él se levante completamente (y exponga su magnífico cuerpo a la vista) Anna le posa una mano sobre el hombro, impidiendo que se levante.
-Ya me tengo que ir, pero no tardes mucho en arreglarte, Degel. Los necesito a tiempo.
-¿A-arreglarme?
-Elsa te lo explicará. – Anna se levanta y le da un beso en la frente a su hermana. – Bien, te espero en donde nuestros padres en veinte minutos. No tarden por favor.
-Está bien, hermana.
Anna se retira, seguida por la mirada medio adormilada de Degel.
-¿Qué fue… eso?
Elsa se inclina para besarlo suavemente, y terminar de despertarlo, mientras, finalmente solos, retira de su cuerpo la cobija que la cubría precariamente.
-Larga historia, en corto, necesitaré que te vistas, porque ya la escuchaste, nos espera a ambos en veinte minutos.
Aun sintiéndose somnoliento, el hombre le sonríe ampliamente a su esposa, mientras que, impidiéndole que se levante del sofá, la mano que rodea la breve cintura baja hacia el desnudo y cálido bajo vientre de su diosa nórdica.
-En veinte minutos podemos hacer muchas cosas…
Elsa cierra los ojos, presa del placer que la embarga con las acciones de él, y gime un poco al sentir dedos invasivos y juguetones, mientras inteligentemente Degel aprovecha que ella se había girado hacia él para besarlo, y atrapa con los labios un suave pezón, erecto a consecuencia del frío, arrancando un segundo gemido de la albina. Pero Elsa, haciendo gala de su fuerza de voluntad, se mueve hacia atrás para reemplazar el pezón con sus labios, dándole al hombre un apasionado beso que le apaga el cerebro por un momento, mientras ella aprovecha para arrancar de su intimidad los adorados pero intrusivos dedos de su marido.
-No, amor mío, lamento decirte que ya no podemos hacer nada, al menos no hoy. Por mucho que lo desee, realmente necesito reposar un poco, pues me siento adolorida después de tanta actividad.
Degel se siente compungido ante la noticia, por lo que sus ojos violetas la ven con una enorme súplica detrás de ellos.
-Lo siento… no ha sido mi intención lastimarte.
Elsa le sonríe a su esposo, mientras besa el ceño que se ha fruncido de preocupación.
-No es necesario que te disculpes, sólo que sepas que, por mucho que me guste la idea, no podemos hacer esto todo el día.
Degel le besa el cuello, mientras su mano se libera del agarre de la mano más pequeña, y sus dedos de nuevo llegan al cálido cubil, en esta ocasión limitándose a acariciar los pliegues femeninos.
-Es una lástima, porque, si pudiera, quisiera estar dentro de ti todo el día.
Elsa ríe un poco ante la petición, pero vuelve a negarse.
-No será en esta ocasión. Pero si todo sale bien, podríamos volver a platicarlo…
La sonrisa de Degel se amplía enormemente, iluminando su rostro ante la promesa.
-Bien, acepto al menos eso. Prométeme que algún día, cuando regrese a tus brazos, estaremos solos, completamente desnudos, durante al menos veinticuatro horas.
Elsa ríe de nuevo y le besa los labios.
-Y si quieres, días enteros. Pero no será hoy.
Degel hace un puchero como broma, y ella le besa la barbilla, para después levantarse de su lugar, y cubrir su desnudez de nuevo con el vestido azul escarchado que Degel ya conociera. El hombre se queda quieto, alelado, sintiendo que jamás podrá cansarse de presenciar el espectáculo que la maravillosa desnudez de su esposa le proporciona.
Deseando de todo corazón que esa imagen se quede grabada en sus retinas, para acompañarlo en los aciagos días que le esperan.
oooooooooOOOOOOOOoooooooooooo
-¡Por supuesto que no! ¡No pienso hacerlo!
Sísifo pareciera estarse revolcando en brasas ardientes, por el color rojo vivo que tiene en la cara, algo que casi tiene en carcajada a Dohko… pero Kardia definitivamente se niega a reprimir su enorme sonrisa de satisfacción, bastante contento de ver a su general hecho una furia. Por su parte, Shion, el más cercano al beligerante rubio, suspira apesadumbrado, tratando de contener el exabrupto de su general.
-No está en ti decidir, Sísifo. Es la tradición, y lo sabes, además de que Atena misma lo ha pedido.
Pero el hombre está demasiado fuera de sí para entender razones.
-¡Esto es tu culpa, Asmita! ¡Fuiste tú quien disuadió a Atena para autorizar esta calamidad! – El alto rubio señala acusadoramente a su rubio compañero, quien se mantiene recargado en la pared, con los brazos cruzados y el semblante impasible, sin ser afectado en lo más mínimo por la acusación de su compañero. El Cid, ecuánime e imparcial, decide intervenir también, al ver que los ánimos se están caldeando.
-Esto no es culpa de Asmita, Sísifo. Fue decisión de Atena. Y en dado caso, si has de culpar a alguien, deberías de culpar a Degel, no a ninguno de ellos dos. Fue Degel quien desobedeció las leyes. Atena sólo actuó por amor a él. Y Asmita por amor y obediencia a ella.
Sus palabras sólo avivan más el fuego de Sísifo.
-¡Pero por supuesto que culpo a Degel! Estamos en pleno esfuerzo de guerra, y él nos distrae de lo que es más importante, ¡incluso Atena ha caído en sus sentimentalismos inútiles! Me encargaré de hacerle Consejo de Honor tan pronto regrese de su misión en Bluegard, ¡eso te lo aseguro!
-Si es que regresa. – Menciona El Cid, como un pensamiento intrusivo mientras continúa plantado frente a su general para tratar de apaciguarlo. Pero antes de que pueda continuar el hilo de su pensamiento, Kardia lo empuja con fuerza, ambas palmas golpeando agresivamente el pecho del caballero y casi haciéndolo chocar contra Asmita.
-¿¡Qué te pasa, El Cid!? ¡Por supuesto que Degel regresará de la misión! ¡Y una vez que lo haga, se quedará con Elsa!
Pero antes de que el aludido pueda protestar, Sísifo levanta la voz, él mismo plantándose frente al alebrestado Santo de Escorpión.
-¡Más les valdría no regresar! ¡Porque pienso desollarlo vivo ante esta intromisión tan descabellada!
Los ojos de Kardia se llenan de la más intensa rabia que haya sentido, y está a punto de golpear a su general, cuando Dohko da un paso al frente, colocándose en medio de los dos mientras con ambas palmas sobre el pecho de cada uno los obliga a retroceder.
-¡Oh vamos, muchachos! ¡esto es ridículo! – Sin la más mínima preocupación, el hombre de cabellos castaños mira con dureza a su rubio compañero. – Deberás retractarte de esas palabras que no sientes, Sísifo. Si algo le pasara a Degel, por mucho que lo niegues, serías el primero en lamentarlo, y lo sabes.
Kardia empuja por el hombro a Dohko, tratando de quitarlo de en medio, su mirada fúrica aun fija en el alto rubio.
-¡Pues yo aun no entiendo qué demonios estamos haciendo rogándole a este tipo! Yo bien puedo acompañar a Degel, y de hecho, creo que ese debería ser mi lugar, como su mejor amigo.
Dohko niega con la cabeza.
-Entiendo tus sentimientos, Kardia, pero déjame te instruyo. Estoy seguro de que ya sabes que Degel no es el primer caballero que tiene una boda, aunque sí lo es, al menos durante siglos, el que lo hace durante la Guerra Santa. Eso significa que nosotros también tenemos nuestros propias costumbres y creencias al respecto.
-¿Ah sí?
Dohko asiente, aún en modo de profesor.
-Durante siglos, cada caballero que se ha casado, ha tenido a Atena, o en su lugar, al Patriarca en turno, a su lado, respaldándolo, apadrinándolo. Jamás hemos dejado que un Santo de Atena, y mucho menos uno de oro, se case sin su padrino. Pero ya que ni Sasha, ni Sage pueden estar aquí, al menos no en esta pequeña ceremonia, le corresponde al de más alto rango, - Dhoko hace una seña hacia Sísifo, - en este caso nuestro Senpai, el honor de ocupar su lugar.
Sísifo se cruza de brazos de inmediato.
-Lo cual no pienso hacer.
Dohko mira a su superior con dureza.
-Es la tradición.
-La cual se ha roto por el hecho de que Degel se está casado en tiempos prohibidos. ¿Por qué habríamos de seguir la tradición que él ha roto?
-Asmita ya lo dijo, es orden de Atena, - El Cid levanta un poco más la voz, cansado ya de la resistencia de su superior, - y ya está bien que sigas insistiendo en desaprobarlo. Ella tiene facultad por encima de sus propias leyes, así que acéptalo de una buena vez, Sísifo.
Pero el hombre no da su brazo a torcer.
-¿Ah sí? ¡Pues no importa lo que digan, no solo no voy a ir, sino que además pienso impedir esa boda que va contra nuestras leyes!
Por primera vez, Asmita se mueve de su lugar para, con toda la calma, pero también la autoridad del mundo, pararse frente al alto general, y, a pesar de tener los ojos cerrados, irradiar la máxima autoridad posible, haciendo callar al alto general tan sólo con su presencia.
-Si haces eso, estarás desobedeciendo flagrantemente las órdenes de Atena, por lo cual tendrás que verte con cada uno de nosotros, pues nos estarás obligando a llevarte a la prisión de Atena.
Sísifo palidece ante la amenaza.
-¡Eso es absurdo!
-Más absurdo es esta actitud infantil que nuestro general está teniendo. – Shion se para al lado de Asmita, apoyándolo. – Por mucho que seas nuestro Senpai, no estás exento de las leyes de Atena. Por lo cual, si la desobedeces, te las verás con nosotros.
-¿Y Degel sí puede desobedecer la ley?
-Degel ha sido juzgado y perdonado, no importando que no hubieras estado ahí, eso ha ocurrido. – Asmita, aún con los ojos cerrados, pareciera estar penetrando con la mirada a su compañero. – ¿O acaso piensas cuestionar la palabra de tu diosa?
Esas palabras parecen aplacar un poco al hombre.
-No. Nunca cuestionaría a Atena. Pero Sasha…
-Sasha puede que sea una niña, - Asmita continúa, sin bajar la voz, - pero es Atena, es nuestra diosa. Sus decisiones son incuestionables, ni siquiera el Patriarca se atreve a tal blasfemia. ¿Qué podrías hacer tú, un simple caballero dorado?
Finalmente, Sísifo baja la cabeza y aprieta los dientes con fuerza, negándose a ser del todo derrotado.
-No pienso… no podría estar en el altar con quien ha violado nuestras leyes, aun cuando Atena lo haya aprobado… alguien más tendrá que hacerlo en mi lugar.
Kardia se adelanta, bastante enojado por ello.
-¡Pero tu deber es estar ahí, a su lado, representando la magnanimidad de Atena, como el hombre más cercano a ella!
Sísifo niega con la cabeza, a pesar de su negativa, sus ánimos parecen más aplacados.
-Lo siento. No pienso ser partícipe de esta locura, a pesar de que sea Sasha quien lo ordene.
-Sasha estará muy triste por tu decisión. – Es Asmita quien habla, esta vez su voz sonando dolorida. Pero Sísifo sólo niega suavemente con la cabeza.
-Si ha podido perdonar a Degel por esa blasfemia, estoy seguro que también podrá perdonar la mía.
-Deberías ser entonces tú, Asmita, - interviene Dhoko, mientras el rubio niega con la cabeza, decepcionado, el moreno buscando no presionar más a sus compañeros, - ya que fuiste tú quien recibió la orden de Atena. Deberías honrarla así.
-Sí debería, pero no puedo. – Asmita interviene, negando apesadumbradamente con la cabeza. – Yo no comparto esa religión, ni esas creencias. No sólo debo honrar a Atena, sino también a Buda. No puedo ser parte de esa ceremonia religiosa, por mucho que quisiera serlo por ella.
-¿Qué tal Kardia? – Vuelve a proponer Dhoko. – No podemos dejar a Degel solo. Debe de tener un representante de Atena.
Pero el aludido sacude la cabeza fervorosamente, levantando las palmas al frente.
-¡Por favor no! ¡Tendría que estar todo el rato ahí quieto! ¡Y… y los anillos!
Dhoko le dirige a su compañero una mirada acusatoria.
-¿Pero quién te entiende? ¡Hasta hace un par de segundos estabas presto para apoyar a Degel tomando el lugar de Atena!
El peliazul se rasca la cabeza, evidentemente avergonzado.
-Sí… bueno… realmente no pensé que me fueran a tomar en serio si me ofrecía…
A pesar de su semblante serio, Dhoko sonríe ante la actitud infantil del Santo de Escorpión. Ahora entiende por qué Sasha se sintió tan identificada con este irreverente santo. A pesar de su edad, Kardia siempre se ha comportado como un niño travieso. Tal vez por eso el rígido Degel disfruta tanto su compañía.
-Bueno, pues insisto. Es tu mejor amigo, por lo que deberías de estar ahí para él. Seguramente Degel apreciará ese sacrificio de tu parte.
-Pero opino igual que él. – El Cid interviene sin perder su seriedad habitual, salvando a Kardia de ese sacrificio. – Preferiría que la representación de Atena fuera alguien digno de representarla.
-¡Hey!
-Sin ofender.
-¡¿Cómo no quieres que me ofenda con eso?!
Increíblemente Asmita ríe por lo bajo ante el inesperado insulto de El Cid, y la obvia reacción del santo de Escorpión, pero antes de que se pueda decir algo más, Shion interviene, dando un paso al frente de todos, y tratando de dar por zanjada la situación.
-Bien, entonces lo haré yo. Yo acompañaré a Degel en representación de Atena. Únicamente Kardia nos acompañará, como el mejor amigo de Degel, todos los demás tendrán que regresar a sus labores.
-Opino que es cruel que no nos permitan estar a todos. – Dohko comenta. - Quizá ninguno regrese de la batalla para ver la segunda boda.
-Me encanta tu optimismo. – Kardia arremete sarcásticamente, a lo que sólo recibe un guiño travieso.
-Sólo estoy tratando de ser realista. Como aquí nuestro querido Senpai.
Sísifo sólo gruñe y lanza su mirada más amenazadora, que sin embargo no tiene ningún efecto sobre sus dos compañeros. Shion suspira de nuevo. A veces se pregunta cómo es que un grupo tan heterogéneo puede siquiera llegar a considerar combatir unidos.
-Está bien, pueden acudir los santos dorados si así lo desean. Pero nadie más. Si ya está decidido, iré a comunicar a Degel y a prepararme para la boda. Espero que todos los demás ayuden al resto para que acabemos pronto, y podamos escoltar a los civiles a la montaña antes del amanecer. Ya sólo nos quedan unas horas para la batalla.
Dohko le guiña un ojo.
-Verás que, para tu regreso, ya todos estarán listos para partir, y nosotros listos para la boda. Tú no debes angustiarte de nada.
Pero a pesar de las palabras de aliento de su amigo, Shion suspira, apesadumbrado.
-Eso espero.
oooooooooOOOOOOOooooooooooooo
Degel voltea varias veces hacia las dos enormes piedras clavadas en lo más alto del risco, exactamente detrás de él. ¿Por qué están aquí? Si bien, es cierto que pareciera un lugar mágico, por la forma en que la luz de la luna llena ilumina las relucientes rocas, Degel pensó que, siendo reinas católicas, la ceremonia se llevaría a cabo dentro de la capilla, en donde Elsa había sido coronada, según Anna le contó; entonces ¿qué hacen en este lugar desolado, tan apartado del castillo? El hombre suspira de nuevo, mientras se pinza el borde de la nariz con dos dedos.
'¡Ah, es cierto! aquí es donde se encuentran enterrados los padres de Elsa y Anna, los antiguos regentes. Por supuesto que Elsa querría que fuera frente a ellos tan importante ceremonia.' Un sudor frío le recorre la espalda al pensar en esa importante ceremonia. '¡Ah! ¡Por Atena! ¡¿Por qué me siento tan aterrado?!'
Una fuerte palmada en la espalda, que lo hace trastabillar, lo saca de sus pensamientos.
-¿Qué te pasa, hermano? ¿Asustado?
A pesar de que su mente grita que sí, Degel se resiste a aceptar su vergüenza.
-No bromees. Por supuesto que no estoy asustado. Esto es lo que quería, unirme a ella en todas las formas posibles, así que esto es sólo consecuencia de mi deseo.
¿Por qué suena tan rara su voz? Sólo espera que Kardia no se haya dado cuenta del desliz. Aunque, por la ceja levantada y la mirada llena de incredulidad mientras se aleja a tomar su lugar, al lado de Gerda, está casi seguro de que no pudo engañar a su mejor amigo.
-Seguro que sí, hermano. Seguro que sí.
'¡Ah! ¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo borrar de un puñetazo esa sonrisa tan irreverente?'
Rompiendo el hilo violento de sus pensamientos, Shion se acerca al Santo de Acuario, para quedarse parado a su lado, acompañándolo en representación de Atena, como hubiera prometido.
-Tranquilo, Degel. Esto es algo bastante sencillo de hacer.
-¿Y entonces por qué me siento tan nervioso? Creo que preferiría enfrentarme con unos espectros de Hades a pasar por este tormento…
Shion ríe un poco ante la evidente desazón de su compañero.
-Te escucho. Pero no debes preocuparte. Ya nos encargaremos de darle su merecido a Kardia. Por ahora, no vayas a salir huyendo y abandonar a Elsa en el altar.
-¡Jamás!
A pesar de su nerviosismo, la convicción de Degel se escucha en su voz.
Como si le estuviera leyendo el pensamiento de los dos y prefiriera dar por terminada la conversación, el obispo que se encuentra detrás de ellos, y casi en medio de las dos rocas, carraspea para llamar la atención de ambos hombres, y tan pronto la obtiene, hace una seña con la cabeza, provocando que esa atención ahora se centre en el carruaje que está arribando al lugar.
No es un carruaje sencillo en absoluto, más bien está lleno de adornos y florituras, con incrustaciones de oro, totalmente digno de un pomposo rey de una rica corte europea. Y en efecto, de él desciende Anna, vestida con sus más fastuosas galas, de color negro y verde bosque, enarboladas con preciosos hilos dorados, con la pequeña corona de oro con incrustaciones de diamantes y esmeraldas reluciendo sobre su sien. Anna sonríe a los presentes, satisfecha del pequeño grupo que se ha congregado para su maravillosa idea, y desciende orgullosa, tomando de la mano a su elegante prometido, Kristoff vistiendo unas galas que hacen juego con las de ella, haciéndolo ver bastante varonil.
Inmediatamente detrás de la reina desciende una estilizada silueta blanca, prístina, inmaculada, elegante, que se presenta frente a ellos como si fuera la aparición de una diosa en la tierra.
Porque, en efecto, lo es.
Elsa desciende del carruaje enfundada en el mismo modelo de su vestido azul de escarcha, pero en esta ocasión se presenta con un escote más pronunciado y sin mangas, y tan blanco como la nieve de las montañas, mientras su rostro es cubierto con un casi etéreo velo blanco adornado y sujeto sobre su cabeza por una preciosa corona de hortensias, su rubia cabellera platinada fundiéndose con el velo, como si fuera parte de él, y tanto este, como la mágica tela de su vestido, son adornados con miles de cristales de hielo, haciendo que la luz de la luna se rompa al pasar a través de cada uno de estos como si fueran un prisma, provocando que Elsa parezca brillar con luz propia.
Presentándola, ahora más que nunca, como la diosa nórdica que es, iluminándola en un divino resplandor cual si fuera la reencarnación de la mismísima Freya, diosa nórdica de la belleza y del amor.
Y de la guerra. Como Atena.
Degel pasa saliva involuntariamente, sintiendo su boca más seca que nunca, su corazón latiendo desenfrenado. Como si tuviera miedo.
'Pero no es miedo… es…'
Absoluta adoración.
Por su parte, Elsa levanta la mirada mientras toma la mano del general Matías para bajar del carruaje, y sus ojos se topan con la altiva y elegante figura de su ya esposo, escoltado por las dos imponentes piedras de granito que representan las tumbas de sus padres. La joven sonríe al ver el halo de luz que la luna crea alrededor de ellos, sintiendo que sus padres la observan y la bendicen desde el otro mundo. Como si esa luz fuera la representación de la bendición que ellos mandan para este matrimonio, Elsa siente que las lágrimas están por vencerla ante esa idea tan reconfortante.
-¿Está lista, su Alteza?
Matías ha percibido el titubeo de Elsa, y toma la mano que ahora sujeta su brazo, para infundirle valor. La hermosa albina sólo asiente, sintiendo su garganta hecha un nudo; tomados así, los dos caminan en dirección al altar.
Degel, observando al par acercarse, siente que su cuerpo de poderosos músculos se ve envuelto con un enorme calor que a la vez lo hace sudar frío, percibiendo una anticipación que nace desde la boca del estómago y se acrecienta conforme Elsa da pasos hacia él, sujeta del brazo de un elegante Matías, quien va a entregarla a sus ansiosas manos, en orgullosa representación del padre ausente.
Matías, el fiel y honorable general que protegió al padre de Elsa, el rey Agnar, desde que el príncipe naciera, ahora sonríe con ojos llorosos como si fuera a entregar a la hija que nunca tuvo, sintiéndose galardonado al entregar a su esposo a esta hermosa mujer, mientras honra la memoria del hombre que él vio crecer.
Sólo Dios sabe lo mucho que Agnar hubiera dado por ser el hombre que guiara a su preciosa primogénita al altar.
Sin cambiar su recorrido ni el ritmo de sus pasos, el cansado general asiente con la cabeza al pasar a un lado de Yelana, quien le sonríe llena de similar orgullo, mientras no logra evitar que una traviesa lágrima corra sobre sus mejillas, para después sonreír de lado al pasar al lado de Gerda, quien ya se encuentra abiertamente sollozando de la emoción, a la vez que Kai, tomándola del brazo, se endereza frente al general al verlos pasar, asintiendo con satisfacción y complicidad. Ambos hombres saben lo mucho que el rey Agnar hubiera deseado estar aquí, ocupando este lugar.
Degel, mientras tanto, inhala profundo una vez que tiene a su ya esposa frente a él, y apenas alcanza a inclinar la cabeza hacia Matías, quien le entrega a Elsa con toda la pompa que puede.
-Te entrego en tus manos a esta hermosa mujer. A la adorada primogénita de los antiguos Reyes de Arendelle. Espero que estés consciente del honor y la responsabilidad que eso representa.
-Lo estoy. – Aun cuando las palabras de Degel suenan resolutas, sin el más mínimo atisbo de duda, el joven caballero contesta más bien automáticamente sin prestar mucha atención a las palabras del viejo general, pues no ha podido retirar sus ojos de la belleza frente a él, prendado del amor que le tiene, y Matías entiende que no puede exigirle más ceremonia, por lo que el general suelta la mano de la albina para cederla a este hombre tan completamente enamorado. El corazón de Degel está por salirse de su pecho cuando levanta el velo para descubrir los preciosos ojos azul cielo que lo observan por debajo de esas largas pestañas que lo tienen vuelto loco, y Degel sólo alcanza a susurrar las primeras palabras que le llegan a la mente.
-Eres tan hermosa…
Elsa se sonroja tiernamente ante el cumplido, sintiéndose gratamente bendecida.
-Gracias. Tú también te ves muy elegante. – Porque en efecto, el alto caballero dorado siempre ha sido para ella una imagen mágica al estar enfundado en su impresionante armadura dorada, que ahora brilla de forma celestial bajo la luz de la luna. Degel por su parte, se ha quedado congelado frente a ella, muy enamorado, y Elsa se pone nerviosa ante la inmovilidad de él. – Bueno… parece que finalmente estamos aquí… - Elsa trata de romper el hielo, de relajar la emoción que es ya tan evidente en el alto caballero, pero Degel no puede articular palabra, y en cambio, presa de un enorme deseo, sin pensarlo se inclina hacia ella para besarla y el cuerpo de Elsa responde automáticamente a él, inclinando la cabeza para recibirlo, pero antes de lograr el anhelado contacto son interrumpidos por el obispo, quien carraspea en advertencia.
-Aún no es el momento de besar a la novia, señor.
-¡Oh! ¡Sí… claro!
Rojo como un tomate, especialmente al escuchar a Kardia, y a algunos de los invitados carraspeando y riendo por lo bajo, Degel se endereza, mientras Anna se acerca discretamente a su hermana para susurrarle algo al oído, mientras ríe femeninamente, demasiado alegre para el gusto de la albina. Degel se recompone de inmediato, tomando de la mano a Elsa para los dos quedar parados frente al obispo, quien les sonríe con total satisfacción. El santo hombre, sin más preámbulos, levanta ambas manos hacia el frente en señal de bienvenida.
-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para…
-¡Degel! – En ese momento Kardia da un paso al frente, una palma extendida mientras levanta la voz para no permitir que el hombre continúe, exaltado por lo que sus ojos han encontrado. La pareja, así como Anna, al lado de Elsa como su dama de compañía, y Shion, por su parte acompañando a Degel, de inmediato voltean a verlo, sorprendidos. Sin pensarlo dos veces y antes de explicar nada, el peliazul corre hacia los novios, apartando bruscamente a Degel y a Shion para abrirse camino entre ellos y llegar al acantilado, sus ojos fijos en el horizonte.
El grito de su compañero y su carrera sorpresiva sobresaltan a ambos Santos Dorados. Degel de inmediato sigue con la mirada a su compañero, y su rostro se vuelve uno de furia y frustración, mientras el de Elsa es uno de terror y desesperación al descubrir lo que Kardia ha encontrado.
Ahí, frente a ellos, dibujados en el horizonte, pueden ver los negros barcos del Ejército de Hades entrando a través del fiordo.
Ante la vista aciaga que se les presenta a todos, los hermosos ojos azules de las dos hermanas se abren de par en par, y Anna de inmediato sujeta el brazo de su hermana, aunque no sabe si para proteger a Elsa… o para evitar que ella misma caiga desmayada por la terrible noticia.
-¡No puede ser, Elsa! ¡La invasión ha comenzado!
ooooooooOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooo
A/N: Bien, hemos llegado a la batalla. La verdad es que no pensaba incluir la escena de la boda, pero de pronto me gustó mucho la idea, pues pensé que estaría bonito que los dos estuvieran casados por ambas leyes, no nada más por el Santuario. Después de todo, Elsa y Anna son católicas, por supuesto para ellas sería importante que Elsa también estuviera casada por la iglesia, aún cuando sus circunstancias fueran especiales. Estoy segura de que eso es lo que haría mi madre: obligarme a casarme por la iglesia también, jijiji… si pudiera. Espero que les haya gustado el capítulo, ¡y prepárense! Ya empezamos a transitar la recta final.
¡Nos vemos luego!
