Cosmos Congelado

Capítulo 35

Ataúd de Hielo

Atento aviso: seguimos con los saltos en el tiempo, en esta ocasión sólo será uno, aunque será más prolongado. Espero no marearlos mucho. Por otro lado, iniciamos con la batalla de Kardia para poder continuar el hilo de la trama hacia Degel, ojalá les guste.

¡Gracias por seguir leyendo!

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Mientras Radamanthys es consumido por el fuego en su sangre, consecuencia de los 14 golpes de la Aguja Escarlata sobre el cuerpo del espectro, el fuego del corazón de Kardia empieza a apagarse, arrastrando consigo la vida del caballero. Kardia levanta la mirada al sentir la explosión del poder de Degel a lo lejos.

-Es… estás vivo, Degel… por favor… permanece con vida… cumple por mí la promesa que le hiciera a Anna… - Mientras sus fuerzas lo abandonan, Kardia baja la cabeza, un hilillo de sangre proveniente de una herida cerrando su ojo, mientras la fiebre intensa lo hace respirar agitadamente, superficialmente. Puede sentirlo, el calor abrasador sobre su pecho, el fuego que permea dentro de sus venas, quemándolo por dentro. Pero el hombre sólo puede reír, agradecido por ver que está llegando el final, que por fin logrará su cometido. Y a la vez se siente entristecido.

Las fuerzas lo abandonan completamente, y Kardia cae de rodillas, una sonrisa de tristeza sobre su ensangrentado rostro.

-Me hubiera… gustado tomar… ese regalo…

El caballero de Escorpión cae pesadamente sobre las baldosas ancestrales, y Kardia apoya la cabeza sobre la piedra debajo de él, dejándose vencer, sintiendo el frío beso de la superficie sobre su sonrojada mejilla, pero ya no puede pensar más, su mente se nubla ante el infierno del calor que lo envuelve. Pero prefiere mil veces el calor incandescente de su corazón enfermo, al frío paralizante que sintió hace semanas. Prefiere mil veces morir aquí, que imaginar ese hielo cubriendo la superficie de Arendelle. Cubriendo a la reina que llegó a amar.

Es ese pensamiento el que le arranca su última exhalación en forma de un nombre, sagrado para él.

-A-nna… T-te… amo…

Y después, todo se vuelve oscuridad y silencio.

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En ese mismo instante, a miles de kilómetros de distancia, un par de ojos azules se abre como si hubiera sonado un estruendo en el cuarto. Elsa abre mucho los ojos, esperando a que su vista se ajuste a la oscuridad y que vuelva a sonar aquello que la despertó.

Pero no se escucha nada.

En la oscuridad de su habitación, sólo puede percibir la respiración de su hermana, que a veces se transforma en suaves ronquidos, durmiendo al lado de ella. Elsa se endereza sobre la cama, sus sentidos en máxima alerta, cuando un súbito y punzante dolor en su seno izquierdo, exactamente donde está el corazón, la hace doblarse sobre sí misma, arrancándole un único gemido y obligándola a morderse los labios hasta casi hacerlos sangrar, para no emitir ningún otro sonido que pudiera despertar a su hermana durmiente. Angustiada, respirando agitadamente, sus ojos voltean a ver a la luna iluminando el balcón frente a ella.

'¡Por Dios…! ¿qué…? ¿Qué es lo que me está pasando…?

El Quinto Elemento no puede entender muy bien su situación, pues es un dolor sordo, quemante, punzante, que le hace doblarse aún más y respirar entrecortadamente, enterrándose las uñas en la suave piel, como si pudiera arrancarse el pedazo del corazón que le arde con tanta violencia. Para su fortuna, la tortura sólo dura un minuto, aunque para ella es una eternidad. Después de que el dolor ha pasado, y ya sólo queda la sensación quemante sobre su seno, Elsa se endereza, jadeante y preocupada, un sudor frío recorriendo su espalda.

'¿Qué estará pasando? ¿Por qué me siento así? ¿Estaré enferma?'

Un ronquido súbito la hace sobresaltarse, y después del susto, y de reconocer el origen del estruendoso ruido, Elsa sonríe levemente ante la pelirroja durmiente, el ronquido trayéndola de regreso al aquí y al ahora.

Como siempre, Anna es su ancla a la realidad.

La siempre hiperactiva reina no la ha dejado sola ni un minuto desde que los caballeros de Atena se retiraran del reino, como si hubiera tomado como misión el convertirse en su sombra. Y si no es ella, son Kristoff, Olaf, y hasta Sven, quienes la acompañan en todo momento. Elsa niega con la cabeza, divertida y a la vez agradecida, pues si no fuera por su compañía perenne, se la pasaría en tremenda angustia por el esposo que se ha ido.

De quien no sabe cuál habrá sido su destino.

Con el mayor cuidado posible para no despertar a su hermana, Elsa se levanta de la cama, inquieta por la sensación de angustia que permanece en su pecho. Sin embargo, no es tan sigilosa como ella quisiera.

-¿Elsa? – Una adormilada Anna se voltea hacia ella, un ojo apenas abierto, para después bostezar profundamente. – ¿Qué pasa? Vuelve a la cama, aún es muy de noche.

Los ojos azules regresan al cielo estrellado que puede ver a través del enorme ventanal.

-Me pareció… me pareció haber oído a alguien llamar tu nombre… - No quiere mencionarle sobre el dolor que acaba de sentir, pues sabe que la pondría histérica. Y una histérica Anna no le permite pensar con claridad.

Anna trata de abrir el otro ojo, pero es inútil, tan agotada se encuentra que apenas puede mantenerse medio despierta, mucho menos prestar atención a las palabras sin sentido de su hermana.

-Seguramente fue Kristoff, o bien Olaf… deben de estar jugando… - Anna bosteza de nuevo, haciéndolo tan poco acorde a una reina que Elsa ríe femeninamente. – No deberías de preocuparte por algo así.

Elsa le acaricia la frente tiernamente, retirando unos traviesos y rojizos mechones de la frente.

-Continúa durmiendo, hermana. Supongo… que sólo necesito un poco de aire fresco.

-¿En la madrugada?

Elsa trata de minimizar la preocupación.

-Ya sabes como soy. Últimamente he estado adquiriendo costumbres muy extrañas.

-Sí… es cierto… - Como si esas últimas palabras la hubieran sosegado, Anna vuelve a cerrar los ojos, de inmediato perdiéndose en la profundidad de sus sueños.

Elsa ríe suavemente y niega con la cabeza, para después levantarse hacia el ventanal, recordando su intención, y su desazón, previos a verse interrumpida. El frío fuera de la cama es tan intenso, que no quiere abrir las ventanas, pues no quisiera que ese frío invernal entrara al cuarto donde duerme su hermana.

O tal vez sea por miedo a lo que pueda encontrar del otro lado.

Elsa se queda parada observando el cielo estrellado, la luz de la luna que entra a través del ventanal iluminando su estilizada e inmóvil silueta, cuando un par de ojos azules se abren de par en par al finalmente recordar:

La última vez que le dolió así el pecho, fue cuando sintió la muerte del Hermano Mayor de los Gigantes de Piedra.

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A varios metros en la profundidad del lugar donde ha caído Kardia, Degel levanta la mirada hacia el techo abovedado, a ese techo increíble que es más bien como si estuviera viendo la superficie marina desde el cielo, mientras siente su pecho constreñido por una presión profunda que le roba la respiración por un momento. Puede sentirlo, desde la Atlántida donde está atrapado, puede sentir el cosmos de su mejor amigo, de su hermano, apagándose completamente, y siente su corazón desgarrándose. Sin embargo, el Santo Dorado de Acuario aprieta con fuerza los dientes y se obliga a mirar al frente, con aún más furia y determinación en su mente.

Sabe que no puede llorar ahora.

Adolorido, sangrando de varias heridas, la armadura dorada resquebrajada en muchas partes y sufriendo por la muerte de su hermano Kardia, siente su cuerpo a punto de despedazarse ante las tremendas acometidas de las olas del mar que lanza Serafina… no… no Serafina… el dios Poseidón, contra él y su amigo de la infancia, mientras el Santo Dorado de Acuario las rechaza con varias Ejecuciones Aurora para detener el oleaje que golpea la piedra alrededor, amenazando con destruir la entrada hacia la tierra, buscando liberar el poder del océano sobre el mundo donde vive Elsa.

-¡Corre Unity! ¡No podré detenerla por mucho tiempo!

El gobernante de Bluegard, el que fuera amigo de Degel y recién se había convertido en su enemigo, observa con horror cómo las olas congeladas rompen el hielo con facilidad y arremete contra ellos, Degel apenas logrando congelarlas de nuevo antes de que los golpee de lleno.

-No puedo dejarte así. ¡Estás herido! ¡No sobrevivirás mucho!

-Yo me encargaré de tu hermana, ¡pero tienes que llevar el Oricalco con Atena!

El hombre abraza la urna con fuerza, consciente de que ese pedazo de metal divino podría ser lo único que separe la vida de la muerte a manos de Hades.

-No podrás tú solo contra ella. Ya no es Serafina, Degel. Ahora es el dios Poseidón. Y es un dios malévolo. ¡Nunca te perdonará la vida!

Degel voltea a ver el tierno rostro de su mejor amiga, aquella que alguna vez robara su inocencia, y sus ojos se llenan de determinación.

-Entiendo que ya no es Serafina, pero es mi deber de caballero detenerla. Atena nunca podrá ganar si pelea en dos frentes. Es mi deber que Poseidón permanezca atrapado en Atlantis. – El hielo se resquebraja de nuevo, la fuerza del mar ganando sobre su poder, y Degel grita con desesperación. – ¡Unity! ¡Corre! ¡Corre hasta que logres salir! Termina la misión que me encomendaron. ¡Me lo debes después de lo que has hecho! – El hombre finalmente reacciona ante las últimas palabras y sale corriendo a todo lo que da, atravesando el portal que lo lleva de regreso a la tierra, mientras el mar arremete contra la puerta, apenas un par de segundos detrás del Dragón del Mar, este último librándose por fracciones de segundo de la terrible acometida.

Una vez solo contra la diosa, Degel sabe que debe de encontrar una manera de aprisionar el alma de Poseidón antes de que despierte completamente. Sería el fin del Santuario, de la humanidad, de su hermosa Elsa si, además de Hades, también Poseidón despierta. Unity ya ha huido fuera de Atlantis, él ya sabe que el Oricalco, dentro de la urna de Atena, se encuentra a salvo, en camino al Santuario, así que ya puede concentrar toda su inteligencia, y todo su poder, en detener a este dios en el que se ha convertido su tierna amiga de la infancia.

Ahora es su turno ponerle fin a esto.

A pesar del dolor y la desesperación que lo abruman, la tristeza lo embarga al ver el hermoso rostro de Serafina, de su primer amor, convertido en una máscara sin sentimientos, dominada bajo el alma de Poseidón.

-Lamento mucho todo el sufrimiento que tuviste que pasar, Serafina, sin mí para estar a tu lado. Eras un sol para todos en Bluegard, pero el sol para ti nunca brilló. – Sentimientos encontrados invaden el poderoso corazón, y sin pensarlo mucho, en un momento en que el oleaje se retrae para tomar fuerza y atacarlo de nuevo, Degel extiende la mano para tocar el suave rostro de Serafina, como si despidiéndose.

En eso, pasa lo impensable.

El contacto de los dedos de Degel sobre la piel de la mujer hace que esta enfoque por un momento la vista, y le sonría, como si despertando y reconociéndolo. Degel abre mucho los ojos al notar que las enormes olas del mar se han detenido, como si se hubiera detenido el tiempo, mientras la mirada azul de la ahora diosa se enternece ante la vista de él y el rostro de ella se acerca al del caballero, como si para robarle un beso. Degel puede sentir su corazón palpitar de la emoción y anticipación, y de la culpa cuando la dulce sonrisa de Elsa atraviesa su mente, al pensar en tan grande traición contra ella que está a punto de cometer. Es el pensamiento de la esposa que ha dejado atrás lo que lo trae de regreso al presente, arrancándolo del ardor de sus emociones, y es ahí donde el Santo Dorado de Acuario encuentra el momento para actuar.

Sin permitirse que su corazón interfiera con su plan, Degel levanta en todo lo alto su mano derecha, la más lastimada, para que el dolor lo mantenga enfocado en su intención, y hace explotar su cosmos, el séptimo sentido, hasta el máximo poder, bajando en fracciones de segundo la temperatura hasta el cero absoluto, congelando todo alrededor y creando un gigantesco ataúd de hielo para Poseidón reencarnado.

Y para él mismo.

Su último pensamiento, antes de cerrar los ojos y ser atrapado en el ataúd, es lanzado a miles de kilómetros de distancia.

Hasta siempre, esposa mía. Te amaré hasta el fin del universo, hasta que perduren estos hielos eternos.

La fuerza de su cosmos explota como una luz incandescente que destruye la entrada a la tierra, arrasando la puerta y expandiéndose más allá, cubriendo la base del majestuoso castillo de Bluegard y los cuerpos de Radamanthys y Kardia, dejando bloqueada por completo la entrada.

Degel, con su último poder, ha creado el más magnífico Ataúd de Hielo jamás concebido. Ahora nada ni nadie podrá perturbarlos jamás.

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Una silueta estilizada abre con fuerza el amplio ventanal, mientras observa cómo una estrella fugaz atraviesa la noche, trazando una estela luminosa que se apaga de inmediato, seguida casi al instante por una preciosa aurora boreal que ilumina el balcón con luces multicolores. La silueta cae de rodillas ante las señales, sin sentir el frío congelante que existe a su alrededor, consciente únicamente del dolor que resquebraja su pecho, que constriñe su corazón, mientras preciosos ojos azules buscan con angustia alguna nueva señal en la inmensidad del cielo, en la majestuosidad de la luz boreal. Pero no encuentra nada más que el eco de su propia angustia.

-¿Degel? ¿Eres tú?

No existe respuesta en el viento, y la mujer baja la mirada, su corazón sangrando de nuevo, pues, recordando el dolor de apenas hace unos minutos, siente que las manifestaciones celestiales que se le han mostrado son demasiadas como para poder negar la verdad.

Lleva bastantes semanas rezando, suplicando por el milagro, como para pensar que le pudieron haber negado su más anhelada petición. Como para aceptar que podría haber perdido al amor de su vida. Elsa se sostiene con ambas manos sobre el barandal, apretando los dientes con fuerza, no sabe si para no llorar… o deseando de todo corazón poder derramar todas las lágrimas posibles y vaciar ese sentimiento de pérdida, ese corazón que parece desangrarse de dolor, hasta la última gota.

-Oh… Degel…

Sin embargo, el estruendo de la ventana abriéndose tiene otro efecto: la reina Anna finalmente se ha despertado, y se levanta como un resorte de la cama real, corriendo de inmediato al lado de su hermana, asustada por lo que pudo haber ocurrido, y más cuando encuentra a la hermosa joven derrumbada sobre el alféizar.

-¡Elsa! ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? – Tan pronto llega al lado de su hermana se inclina sobre ella, ambas manos sobre los brazos para tratar de ayudarla, mientras la angustia se apodera de la reina al ver los delicados hombros temblando por los sollozos.

-Anna… es Degel…

-¡¿Degel?! – La pelirroja voltea para todos lados, buscando al esposo de su hermana, o a algún mensajero, algo que le oriente el motivo por el cual Elsa se encuentra así. – Hermana, no hay nadie aquí, ¿a qué te refieres?

Elsa se abraza a sí misma, luchando por hacerse fuerte frente a su hermana, pero su cuerpo presenta un temblor que no tiene nada que ver con la temperatura del ambiente.

-¡Oh Anna! ¡Estoy segura de que algo le ha pasado! Degel no está bien y yo… ¡yo no puedo ir a ayudarle!

Ante las palabras dichas con tanta certeza, la reina se entristece, y se hinca al lado de Elsa, abrazándola con fuerza.

-Oh, hermana… no deberías pensar así. Seguramente eso que has percibido sólo es la angustia que sientes a diario. Sólo ha sido un mal sueño, querida hermana, una pesadilla. Pero ya pasó, estoy contigo y Degel regresará pronto. Ya lo verás.

Hermosos ojos azules anegados de lágrimas voltean a ver a la reina, y esta se siente a punto de llorar en empatía.

-Pero… pero Deuteros dijo… y yo los sentí, Anna… yo pude sentir a uno de ellos… estoy segura…

La reina niega con la cabeza.

-Ya deberías saber que no puedes confiar en Deuteros. Seguramente lo dijo para torturarte una última vez. ¡Debiste haber dejado que lo castigara! – Anna le da al Quinto Elemento un fuerte apretón, tratando de reconfortarla. – Ahora, calma esa ansiedad, que no te hará nada bien y no ayudará a tu estado. Debemos pensar siempre en positivo, nunca lo olvides.

Elsa se acurruca entre los brazos de su hermana, permitiendo que el calor de su amor la cobije y la consuele, y mientras Anna se mece de atrás hacia adelante y susurra la canción de cuna que les cantaba su madre, logrando que Elsa recupere las fuerzas que había perdido en ese momento de desesperación.

-Tienes razón, Anna… tengo que tener fe. Tengo que pensar que Degel regresará a mí, sano y salvo.

La reina se separa un poco de la albina, tomándola de la barbilla con dos dedos y obligándola a verla a los ojos.

-¡Por supuesto que tengo razón! Siempre la he tenido, ¿no es cierto? Ahora ven, que tenemos que limpiarte esas lágrimas y llevarte a dormir. Seguramente un buen sueño reparador te ayudará a acabar con esa desazón que se ha implantado en ti. – Sin pensarlo dos veces, la pelirroja se quita el chal que la cubre y envuelve los delicados hombros de su hermana con él, al mismo tiempo que la abraza, jalándola hacia sí para ayudarle a levantarse. – Ven, vamos a recostarte de nuevo, no deberías de estar aquí afuera, en la intemperie, con el frío que está haciendo.

-No hace tanto frío…

Pero Anna se estremece al perder el calor que el chal le había proporcionado.

-¡Hace demasiado frío! No importa que seas el Quinto Elemento, recuerda que ya una vez te has resfriado. Y aunque me gustó cuidarte, no quiero volver a pasar otra noche de preocupación por tu salud.

Ante esta acusación, Elsa se obliga a sonreír, demasiado consciente de que tampoco quiere que su hermana pase una mala noche por su culpa.

-Tienes razón. Quedarme aquí afuera no traerá a Degel más rápido y sólo te causaré preocupaciones.

Anna le sonríe, complacida.

-Así es, hermana, Degel aún no ha regresado, pero lo hará, no te preocupes. Sólo ten paciencia y fe. – La joven ayuda a la hermosa albina a reincorporarse, y antes de cerrar la ventana, voltea a ver el horizonte, escuchando el aullido del viento. - ¡Demonios! No sé qué está pasando con este mundo. ¡Nunca había hecho tanto frío!

No convencida del todo, Elsa aun así permite que su hermana la guíe de regreso a la alcoba, y deja que la envuelva y la consuele como cuando eran pequeñas, mientras una lágrima solitaria se escapa de sus ojos, y en su mente reproduce una y otra vez la información que Deuteros le compartiera.

'Como nuestros cosmos obtienen fuerza de las estrellas del firmamento, la forma de saber que un caballero de Atena ha dejado este mundo es cuando ves cómo cae una estrella fugaz del cielo...'

La hermosa joven cierra los ojos, apretando el puño con fuerza contra su pecho, mientras manda una desesperada oración a los cielos.

¡Por favor, por favor, Degel! ¡Regresa a mí! Ya no te tardes más… déjame saber que estás bien, que no fue tu estrella la que acaba de caer. Te necesito aquí, amor mío…

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8 semanas después, castillo de Arendelle…

Las dos hermanas se encuentran charlando animadamente en la sala del té, Elsa con el chal de su madre sobre el regazo y Anna luciendo emocionada frente a ella mientras le entrega la taza de té humeante en las manos.

-Me alegra muchísimo verte fuera de tu habitación o de la capilla, hermana, finalmente después de tanto tiempo.

Elsa asiente apenas levemente.

-Sí, lamento mucho haberte hecho sufrir de esa manera, a ti y a Kristoff.

Anna niega con la cabeza, tratando de minimizar la disculpa y regalándole una sonrisa por demás traviesa.

-No te preocupes por eso, somos familia, ¿no es así? viene estipulado en el contrato. Y dime, ¿Ya te sientes mejor?

Elsa le sonríe a su hermana, agradecida de esta charla tan relajante.

-Sí, hoy amanecí tranquila, ya me siento un poco más animada, con más fuerzas y… y más apetito.

La reina observa a su hermana con ternura, asintiendo satisfecha.

-Me alegra escucharte, por eso ordené que nos trajeran unos pastelillos aquí, y quizá si saliéramos al jardín a que te dé el sol…

Pero la albina levanta la mano, negando con la cabeza.

-Preferiría que no. Aún no, por favor.

-Hermana…

Elsa le dirige una mirada dura, determinada, a la reina.

-Por favor, Anna, no me presiones, sabes que es difícil para mí.

Anna quiere seguir insistiendo, sin embargo, antes de que le permitan proponerlo, hace entrada uno de los pajes reales haciendo un inesperado anuncio.

-Su Majestad, su Alteza, se encuentra en la recepción un heraldo del Santuario en Atenas y pide verlas con urgencia.

Al escuchar las palabas ambas hermanas abren mucho los ojos, y Anna se levanta de inmediato, para después voltear la mirada hacia su hermana. Para su sorpresa, Elsa no se ha movido, sólo una mano se aprieta con fuerza contra su pecho. Viendo que el miedo la ha paralizado, Anna decide tomar la batuta y ordena al paje.

-Hazlo pasar de inmediato.

-¿A-aquí, su Majestad?

-Sí, lo recibiremos en la sala del té. No quiero que mi hermana necesite moverse a ningún lado.

El joven hace una reverencia, obediente.

-Como usted ordene, su Majestad.

De inmediato permite el paso del hombre, y frente a ellas se materializa Shion, Santo Dorado de Aries, vestido con elegantes trajes de ceremonias, portando la bata negra de su condición reciente de Patriarca, pero con el brazo izquierdo en cabestrillo y quien, con evidente dolor en cada movimiento, se arrodilla frente a ambas mujeres como muestra de gran respeto hacia la diosa que tiene en frente, una rodilla en el piso, una mano sobre el corazón, y la cabeza gacha, mirando a los pies de la joven albina.

-¡Shion! – Elsa hace por querer incorporarse, pero duda mucho que sus piernas la vayan a sostener, la esperanza y el miedo mezclándose en su corazón como un vendaval que pone sus manos a temblar al ver que la silueta de Degel no sigue a la del caballero de melena pistache, por lo que se contenta con acercarse más a la orilla de su asiento, luchando con todas sus fuerzas por mantener el aplomo y el decoro. – Que… qué gusto es tenerte de vuelta, amigo.

-El gusto y placer es mío, su Majestad, su Alteza. Un placer de verdad.

Anna sonríe, complacida de ver que su hermana no se ha desmoronado. Aún.

-Me alegra verte bien, caballero dorado. Pero por favor, puedes levantarte, entre amigos no son necesarias estas formalidades. – La reina se sienta en su mullido sillón para invitar al caballero a ponerse cómodo y hablar, tratando de evitarle el pesar a su hermana de tener que guiar la conversación. – Dinos por favor, ¿cómo va la guerra? ¿Qué novedades nos traes del frente?

Shion asiente y le sonríe a la reina, agradecido por las atenciones, pero sólo levanta la cabeza para mirar a las dos hermosas mujeres. No sólo sus heridas de guerra no le permiten moverse con la soltura que quisiera, sino que su pecho le pesa enormemente. Prefiere la posición que lo amaga fuertemente a la tierra, dándole estabilidad.

-Me sentí responsable de venir hasta aquí para informarles personalmente que, a pesar de las grandes pérdidas, hemos ganado la guerra, su Majestad. La tierra estará a salvo por doscientos años más. Nuestra generación y las que le siguen podrán disfrutar de una paz externa, al menos hasta que Hades vuelva a reencarnar.

Anna intercambia miradas de alegría con Elsa, al saber que todo ha terminado, y la reina asiente ante la mirada ansiosa de su hermana.

-Por favor, querido amigo, levántate de ahí y termina de contarnos, ¿qué ha sido de ti, de tus demás compañeros?

Shion se mantiene arrodillado un par de segundos más, y finalmente acepta la invitación, quejándose dolorosamente de sus heridas, pero, en lo que se levanta, su mirada recae en la de Elsa, una mirada triste y llena de pesar. Elsa se endereza un poco más, aterrada de la interpretación que le está dando a esa mirada, pero se obliga a sí misma a pasar saliva. ¡Por Dios! ¡Es una reina! ¡El Quinto Elemento! ¡Debe de tener el valor para por lo menos preguntar!

-Shion… te agradezco enormemente que hayas decidido realizar tan largo viaje para decirnos todo esto, pues puedo ver lo mucho que te cuesta, y te aseguro que tu sacrificio lo atesoro en mi corazón. Pero, por favor, déjate de rodeos y habla claro. ¿Qué hay de… de mi esposo…? – La hermosa albina pasa saliva de nuevo, su voz quebrándose, y se obliga a recuperar la compostura. - ¿Qué ha sido de Degel?

Pero Shion, con esa mirada triste que la aturde, sólo niega con la cabeza, y baja la mirada hacia su propia mano, mientras saca, con dificultad por el cabestrillo que porta, un paquete que tenía guardado en un pequeño y lujoso morral que porta.

-Degel… él… Su Alteza, él escribió varias cartas durante su viaje, y dejó instrucciones de que se le entregaran tan pronto nos fuera posible. He venido tan pronto las circunstancias lo han permitido. Pero él… Kardia y él…

No puede decirlo.

El poderoso caballero dorado de la casa de Aries ahora siente que el valor le falta, parado frente a estas dos orgullosas mujeres, y no entiende el motivo. ¡A tantas familias les ha comunicado la pérdida de sus queridos amigos, de sus apreciados compañeros, sin el más mínimo titubeo! Y aunque cada ocasión fue un momento desgarrador para las familias y para él, Shion de Aries siempre logró mantener la compostura en respeto al dolor de esas familias.

Pero frente a ella, frente a esta diosa que él tuvo bajo su protección por unos momentos, y a quien en tan poco tiempo llegó a admirar, simplemente no puede decirlo. No sin sentir un terrible nudo en la garganta que se suma al dolor que él mismo siente por tantas pérdidas, por la pena de perder a sus amigos y maestros.

Y el Quinto Elemento lo entiende bien.

Armándose de fortaleza, Elsa se incorpora lentamente, sus ojos fijos en el rostro compungido del caballero, haciendo un esfuerzo por no ver el pequeño paquete de cartas que el hombre sujeta entre las manos, pues siente que al tocarlo ella misma se resquebrajará. No, en ese momento Shion la necesita, y Elsa desea disminuir el evidente dolor del hombre frente a ella, por lo que, sin titubeos, se dirige al caballero para consolarlo. Sin embargo, tan pronto se levanta, el vuelo de su largo vestido lavanda cae a sus pies, haciendo que el Santo Dorado de Aries abra mucho los ojos ante la novedad que se le presenta.

Porque frente a él, ve materializado el amor de una diosa y un caballero: debajo de los ropajes finos que no logran ocultar sus formas, se dibuja la suave silueta del vientre embarazado de la hermosa diosa nórdica, del precioso Quinto Elemento.

Shion ya no puede contener sus lágrimas ni un minuto más.

-¡Oh! ¡Su Alteza!

El hombre rompe en llanto ante la vista de tan grande milagro, ante el dolor de saber que su amigo nunca se enterará de la felicidad que pudo haber tenido de haber sobrevivido a la guerra, y deja soltar toda la angustia y el dolor de meses acumulados en su noble pecho. Elsa, casi adivinando lo que iba a pasar, casi sintiendo su angustia antes de que el hombre se quebrara frente a ella, lo rodea de inmediato con ambos brazos, sosteniendo su despedazado ser, conteniéndolo, como alguna vez contuviera a su esposo cuando estuvo en su momento de mayor angustia.

De cierta forma Elsa entiende que, el consolar a Shion, le ayuda a ella misma a lidiar con el dolor de su corazón, con su pérdida tan amarga.

Incluso Anna no puede evitar que unas lágrimas se escapen de sus hermosos ojos azules al ver al pobre hombre derramando su pesar sobre los hombros de su hermana. Al pensar en que jamás verá la sonrisa de Kardia alegrando su día. La reina se cubre el bello rostro con ambas manos, sollozando también, pero lo más silenciosamente posible para no interrumpir el duelo del caballero y de su hermana.

Sabe que su dolor no se compara al dolor de estos dos frente a ella.

No saben cuánto tiempo están así, el caballero que ha perdido a casi todos sus amigos llorando sobre el hombro de la mujer que ha perdido a su amado esposo, al padre de su hijo… quizás sólo un par de segundos, quizás toda una eternidad, pero para Shion es el más hermoso regalo, entre tanta pérdida, que alguien le haya dado.

Es una lástima que tenga que ser a consecuencia de un dolor tan grande.

Cuando finalmente se separa de ella, le hombre apenas puede con la pena, pero es demasiada la paz que lo embarga como para quejarse.

-Lo… lo siento, su Majestad, su Alteza… yo…

-Está bien, Shion. Puedo entenderlo. Podemos entenderlo. – Elsa se encoje de hombros, tratando de minimizar la situación para que el caballero no se sienta tan incómodo.

-No está bien, su Alteza, yo venía a darle apoyo a usted, y ha sido al revés.

Elsa le dedica una bella sonrisa, mientras hace un ademán hacia su hermana.

-Yo he tenido todo el apoyo que necesito, gracias a los cielos no estoy sola, y gracias a eso pude dártelo a ti. ¿Entonces, esto es mío?

Elsa extiende sus manos hacia él y Shion reacciona en ese momento, entregándole el pequeño paquete.

-¡Oh! ¡Sí! Lo es. Son las cartas de Degel que le escribió a usted durante el viaje. Eso, y este libro. – Shion ahora le entrega un viejo libro desgastado de tanto uso, más bien destartalado, pero cuando observa la portada, Elsa abre mucho los ojos, y su rostro se ilumina con una sorpresa infinita.

-¡Oh, Dios mío! ¡El epistolario de María Teresa de Austria!

Anna se acerca, curiosa pero perdida.

-Emh… ¿el qué?

Las lágrimas invaden los ojos de la albina, pero su sonrisa es radiante, al momento de voltear a explicarle a su hermana.

-Es la colección de cartas que se intercambiaron María Antonieta y su madre, María Teresa de Austria, cuando la niña partió a ser Delfina… es como… algo así como los consejos maternales a una reina. – Elsa observa el libro de forma reverencial, como si fuera un objeto sagrado, como si estuviera hecho de oro puro, y Anna levanta una ceja, sorprendida, removiendo los rincones de la memoria de su tierna adolescencia.

-María Antonieta… ¿no era esa la reina que tanto te gustaba leer?

-Sí… sí que lo es. - Elsa abraza fuertemente el libro y las cartas contra su pecho, gruesas lágrimas cayendo de sus ojos, pero su sonrisa permanece. – Oh… Degel… - Elsa está impactada, completamente conmovida. Sólo el hombre que la ama con tanto ardor podría saber el efecto que ese regalo tendría sobre ella.

Sólo su esposo podría saber cuál sería el mejor regalo que una reina podría haber recibido jamás.

Shion sigue hablando, inconsciente del tumulto de emociones que corren dentro del corazón de la albina, sosteniendo un tercer paquete en sus manos.

-También dejó de herencia toda su riqueza, que siendo él como era, manejaba los bienes que como caballero dorado tenía, y los manejó de forma inteligente, logrando amasar una pequeña fortuna. Y… le dejó todos los libros de su biblioteca, de lo cual ese libro es sólo la representación simbólica. Degel quería que todos los libros que tanto adoraba estuvieran en manos de su Alteza. El asunto es que tendríamos que traerlos aquí, si está bien para usted. – Shion le sonríe a Elsa, pero esta no parece escucharlo, perdida como se encuentra en el recuerdo de su amado, y es Anna quien recibe los documentos.

-Está bien, Shion, estaremos gustosas de recibir la herencia de Degel.

Shion asiente y le sonríe a Anna, complacido.

-Gracias, su Majestad. Degel amó a su hermana con todo su ser. Pero, siempre hombre inteligente y previsor, antes de la misión que acabara con su vida, Degel se aseguró de que no les faltara nada a Elsa ni… ni a su hijo. – Shion regresa su mirada llena de tristeza a la suave curvatura del vientre de la albina, doliéndole el corazón al pensar en el hijo que no conocerá a su padre. Y en el padre que nunca conoció a su hijo.

Pero Elsa no se consciente de esa mirada, ni siquiera puede escuchar al caballero, está demasiado ensimismada en abrazar los regalos de Degel, su herencia, lo que queda de él, sus lágrimas mojando un poco el maltratado papel, cuando siente un pequeño movimiento proveniente de su abultado vientre, y ríe un poco mientras una mano acaricia la piel en respuesta.

'Está bien, pequeño, no estamos solos después de todo. Papá está aquí con nosotros... Nos ha dejado su corazón en sus libros, en estas cartas, y ha sellado su alma contigo.'

EL FIN.

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A/N: Qué les puedo decir? No me maten? Espero que aún así sea de su agrado, y que el final de la historia no haya destruido sus emociones. O su aprecio hacia mí. Pero este final fue el que soñé cuando empecé la historia. No podía traicionarla creando otro final. De verdad lo siento.

Respecto a la forma en que ellos mueren, traté de estar lo más apegada posible al manga, pues el ánime no ha salido (y, según dicen, nunca saldrá, sniff, sniff), espero no haberlos decepcionado. También me gustó la idea de que Elsa pudiera sentir la muerte de Kardia, pues aunque Degel es su enamorado, el poder de Elsa corrió por las venas de Kardia, por lo que la incineración de su sangre debería haber tenido eco en el poder de Elsa; además de que la muerte de Kardia permitió que Elsa pudiera ver cayendo la estrella fugaz de Degel, y así ser consciente de su funesto destino. Kardia cuidó de Degel y de Elsa aún en el final de su vida, o cómo ven?

Afortunadamente, aunque este es el final que estaba planeado casi desde el principio de la historia, hace apenas un par de semanas se empezó a dibujar en mi mente un epílogo, un final del final, y me gustó la idea. Así que no den el carpetazo todavía, pues aún tenemos el epílogo de esta historia. Espero que ese capítulo extra prometido les impida cortarme la cabeza…

Al menos denme la oportunidad de terminar bien la historia!

Permítanme responder a unos fantásticos reviews.

Annaurda: me alegra que te haya gustado la idea de que Deuteros, si se hubiera portado mejor, bien pudo haber tenido una oportunidad con Elsa. Y quién sabe! A lo mejor hago un spin-off y los juntamos! Sólo espero que este final no te haya hecho enojar mucho, y que tengas paciencia para el epílogo.

Aunque no siento que yo sea la persona más indicada para ayudarte en tu libro, pues no soy muy buena que digamos, me halaga mucho que pensaras en mí para ayudarte, y por supuesto sabes que lo haré con gusto! Tú dime qué necesitas y cómo le hacemos y de inmediato.

Nos estamos leyendo!