Capítulo 11: Agatha

Agatha Belfrey

12 años

Distrito 9

"Deseo que sepas que incluso tú no puedes meterte bajo mi piel si yo no te dejo"

–Bueno, preciosura, me voy a tomar un descansito ¿sí?

No me da tiempo a contestar. Me da una palmadita en la cabeza como si yo fuera una mascota y se marcha muy satisfecho consigo mismo en dirección a otro puesto, donde se pone a charlar con el instructor.

–Hostias, pero ¿a dónde se va ese? Solo tiene un trabajo y ni eso hace.

Una de las chicas del diez lo observa indignada. Ella y su compañera acaban de llegar a la estación. La otra chica camina resuelta a donde se encuentran los materiales.

–No te preocupes, Maraya, yo te enseño. Es muy sencillo.

A mí no me lo parece, pero ella parece que sabe muy bien lo que hace y en nada ya tiene un pequeño fuego encendido. La otra, Maraya, intenta imitarla sin mucho éxito. Me consuela saber que no soy la única a la que esto le está costando. Intento seguir las indicaciones que me dio el instructor antes de marcharse, pero no hay manera de que esto prenda.

Las chicas del diez no me prestan atención. La que sabe hacer fuego está concentrada en enseñar a la tal Maraya, que se aclara menos todavía que yo.

–¿Es que nunca te han llevado de acampada? Yo iba un montón con mi familia y también fui con el colegio alguna vez. No recuerdo verte allí, por cierto. Me refiero a en las acampadas. En el colegio sí que me acuerdo de ti, como para no notar a la hija de los maestros.

–A mis padres no les gusta mucho el campo. Creo que por eso se hicieron maestros, que es de las pocas profesiones en el distrito que no tienen que ver con la naturaleza. A mí tampoco es que me encante, así que siempre encontraba una excusa para librarme de las excursiones escolares. Llámame loca, pero pasar la noche rodeada de bichos y durmiendo en un saco no es mi idea de la diversión.

–Ay, pero es bonito. Se ven las estrellas y se cantan canciones. Además, en la oscuridad los maestros nunca saben quién duerme con quién ni si estamos realmente durmiendo.

–Ah, pero para eso también hay otras maneras sin tener que irte al campo.

Las dos chicas se ríen y Maraya consigue por fin encender un pequeño fuego. Da una palmada de satisfacción y le propone a la otra que vayan a otro sitio. Yo pienso que debería practicar un poco, pero no le digo nada, igual que tampoco les pido ayuda aunque sigo sin sacar ni una chispita de nada.

Cuando ambas se marchan oigo una risa a mis espaldas y me giro para encontrarme cara a cara con uno de los profesionales del cuatro que va acompañado por una de las chicas de su distrito.

–Pero qué monada de niña. ¿Para qué te molestas en aprender a hacer hogueras? No te va a dar tiempo ni a salir del baño de sangre.

–¡Leo! No le digas eso. Solo es una cría. No hay necesidad.

–Venga, Angie. No he dicho nada que no sea verdad. Además, es una suerte porque si tuviera que depender de su habilidad para hacer fuego se moriría de frío. Al menos nosotros la mataremos rápido.

Estoy acostumbrada a tratar con chicos como este en el colegio. Soy la hija de la capitolina, así que soy un blanco la mar de fácil. Jenny, mi mejor y única amiga en la escuela, dice que la historia de mi madre es romántica. Yo más bien creo que es patética. Vino al distrito a escribir un reportaje y perdió la cabeza por un hombre hasta el punto de renunciar a todo y quedarse allí. Si hubiera sido un poco más lista y menos sentimental, yo no estaría en esta situación. Podría haberme criado llena de lujos y sin preocuparme por los juegos del hambre, pero aquí estoy y ni siquiera es como si a ella le hubiera salido bien la jugada. Su matrimonio con mi padre es de todo menos un cuento de hadas.

Decido volver a mi intento de hoguera. Antes de la arena no pueden hacerme daño y tampoco gano nada con entrar en una discusión con ellos. La chica, no obstante, se sienta a mi lado. No parece agresiva. Incluso me sonríe.

–¿Quieres que te eche una mano? En la academia me enseñaron cómo se hace.

La condescendencia es algo que no he soportado nunca. Me fastidia más incluso que las burlas. No soy una niña indefensa. Nunca lo he sido. Pronto aprendí a defenderme y en el distrito tengo una merecida fama de arpía. Es mejor eso que tener fama de débil. Sigo recibiendo insultos por ser hija de mi madre, pero al menos quien se enfrenta a mí sabe que se los voy a devolver con creces.

–Me las apaño bien –respondo con frialdad.

–¿Segura? –contesta ella.

–No seas tonta, niña. No todos los días una profesional te ofrece su ayuda –comenta el chico.

Me levanto dispuesta a marcharme, aunque antes le dedico una mirada despectiva a la chica, que sigue sentada. El chico está de pie y mirarlo hacia arriba no produciría el mismo efecto.

–No soy tonta. De hecho, soy lo suficientemente lista como para no haberme presentado voluntaria para morir.

Para mi sorpresa, él se ríe mientras que ella se limita a contestar.

–Yo no me presenté voluntaria.

Maldita sea, no me acordaba de que una de las del cuatro había sido cosechada. Me pongo roja y echo a correr. Es una actitud infantil, pero como el tal Leo ha dicho, soy una cría. Soy una cría que probablemente va a morir en el baño de sangre. No puedo evitar echarme a llorar. Ni siquiera me preocupa que los demás tributos lo vean. Es obvio que ninguno puede tener una peor opinión de mí que la que ya tienen por mi edad.

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Esto no es un drabble, pero ahora que los tributos empiezan a interactuar me viene mejor hacer viñetas. Agatha viene de Cuando suena el gong de Rebe Marauder y su canción es skin de Sabrina Carpenter. En un principio iba a tener la discusión con otro tributo y el final iba a ser más empoderante, pero al final salió lo que salió.

Como siempre gracias por comentar, Alpha. Me alegra que te caiga bien Olivia.