Bienvenidos/as sean a la lectura de este cortito one-shot, el cual he escrito especialmente para el bello grupo de Facebook de una muy querida amiga. Claro, he decidido publicarlo aquí y también en las plataformas Wattpad y Ao3 para evitar problemas con eso del plagio (que dudo que me ocurra). Hasta donde sabemos, Cereal no estuvo regido por una monarquía, pero al ambientarse esta historia en un AU, quise imaginarme que sí. Más que nada, para contemplar al guapo de Granolah con aspecto de rey, y uno un tanto gótico (con vestimenta oscura, elegante y una capa de terciopelo). Espero que sea de su agrado.

...

Que hayas sufrido una vez... no determina que serás feliz por el resto de tus días.

Mai, niña hermosa, corría alegre por el bosque de su señor, su padre, el rey Pilaf. Era... más que dichosa.

Se la habían dejado a la puerta de su magnífico castillo siendo apenas una pobre e indefensa bebé. Aquella noche llovía a cántaros. De no haber sido por la curiosidad procedente de una corazonada, ella habría perecido de la forma más triste, más desalmada.

Como si sus latidos hubieran estado sincronizados, el chistoso monarca salió, y al verla, asustado, conmocionado la tomó. La pequeñita, totalmente mojada, no paraba de llorar. El rey meshikiyano le daba consuelo por medio de movimientos suaves. —Ya, ya, ya... tranquila. Te prometo... que nunca más volverás a sufrir...

Y los ojos negros se toparon con una inscripción en la frazada que envolvía a la criatura. —Mai —finalizó del corazón.

Y cumplió su dulce promesa. Mai crecía amada en exceso, entre lujos inacabables y mimos.

Por si fuera poco, era asaz bella. Se contaba en los reinos vecinos que en Meshikiya residía la princesita más bonita de todas.

Conforme crecía, más hermosa se ponía. Pero... la felicidad duró poco. Su cruel destino estaba sellado.

A la tierna y jovial edad de quince años, enfermó gravemente; de leucemia, un mal incurable.

Y el cuerpo albo, perfecto, grácil, perdió bastante peso y se tornó pálido. Sin embargo, los ojos azules, pese a estar rodeados por unos círculos negros que dictaban muerte, no dejaron de brillar. Extrañamente, aun con las ojeras y los labios secos, seguía mirándose preciosa.

En su desesperación, ya que su pequeña se le iba de las manos, Pilaf se gastó hasta el último centavo del pueblo en supuestas curas..., que desde luego, no realizaron efecto. Y así prosiguió hasta secar a su propio reino y también a los vecinos, extrayéndoles tesoros y minerales con la ayuda de su ejército.

...

Hasta los mismos ceresianos le tenían miedo. Gracias a su valentía se había convertido en el mismísimo rey de Cereal. Era implacable.

Con sus propias manos se había deshecho de los invasores —de los saiyajin—. Su coraje lo había llevado a matarlos uno a uno.

Los saiyajin habían esparcido obscuridad por Cereal, la tierra más pacífica de todas. Habían arribado de la nada, y a su terrorífico paso asesinaban y torturaban. Muchos hombres perecieron terriblemente ese día, y muchas mujeres e igualmente niños fueron ultrajados. La oscuridad, debido a estos horribles hechos, se apoderó de su corazón benévolo, y fue esta misma oscuridad la que le obsequió el poder para aniquilarlos.

Era un héroe de guerra marcado fríamente por ella.

Por desgracia, a pesar de que la paz había vuelto a su amado hogar, lo lóbrego de su corazón nunca más se fue.

Era un soberano ya entrado en años que se la pasaba, por mero gusto, en soledad y amargado. Pendiente siempre del cuidado del pueblo. Persona extraña que ponía un pie en Cereal, persona que moría al instante.

Las cosas se pusieron peor con la noticia del robo a las minas.

Cereal apenas se recuperaba de la crisis, y una rata escurridiza —como decía Granolah— sustraía su preciado mineral durante las horas muertas.

Los Rubíes de sangre valían demasiado.

—¡Señor...! —se dirigió a él su soldado de confianza, el joven Toki—. ¡Los tenemos!... Se trata del rey Pilaf y sus lacayos.

Granolah, con el pie derecho sobre una elegante silla posicionada al lado de su escritorio, alzó la cabeza, sin emoción alguna. La capa negra de terciopelo relucía en lo oscuro del aposento.

—¿Rey Pilaf? ¿Quién se supone que es?

—Es el soberano de Meshikiya, señor, un pueblo ubicado cerca del gran Desierto del Diablo.

Granolah ladeó el rostro, fastidiado en demasía. —Aaah... ya sé quién es —dijo luego de suspirar—. Son esos malditos enanos azules. Gracias por informarme. Yo me encargo de esto —le avisó serio, como era.

Toki asintió rendido; no estaba de acuerdo con los métodos violentos de su señor, pero no le quedaba otra más que callar.

El rey ceresiano apresuró el paso para abandonar el pueblo cuanto antes y partir a Meshikiya.

...

—¡Asqueroso rufián!

Pilaf se agarraba de las mismas manos que lo mantenían de su costosa capa de monarca en el aire. La mitad del rostro la tenía morada por los golpes y un hilo de sangre corría desde un orificio de la nariz imperceptible.

—¡¿Creíste que me verías la cara?!... ¡Robándote las piedras preciosas! ¡Te mataré aquí mismo!

—¡¡No, por favor!!... ¡¡soy lo único que tiene!! —imploraba el meshikiyano en lágrimas rebosantes. La escena era penosa, puesto que Pilaf, un rey altivo como él, jamás hubo llorado de tal manera.

Mai, en pánico, se palpó el pecho, y aprisa, como pudo, se sentó en la silla de ruedas, y extrajo lo último de sus fuerzas para llegar adonde su amado padre.

La muchacha, tras ver la fatídica escena, absorbió de la mascarilla de oxígeno, y rogó al visitante que parara:

—Por... favor... déjelo —y una lágrima gruesa recorrió su mejilla derecha.

Granolah, boquiabierto, todavía con Pilaf en sus manos, sin la capacidad de reaccionar por la tragedia visible y tangible que era la jovencita y por su enorme belleza, finalmente, después de algunos instantes, y tras mirar al rey aún con coraje pero también con comprensión, lo dejó en el suelo.

—¡Papá!... —gritó Mai del alma, y Pilaf corrió a abrazarla.

Eran dos pequeños indefensos y aterrados.

Granolah, respirando agitado por la pena, que, claro, no transmitía, preguntó: —¿Qué es lo que tiene?...

—Leucemia —se apuró a decir Pilaf.

—Él no lo entiende... pero voy a morir —dijo Mai ya estable—. Nada puede salvarme. Por favor... perdónele la vida y dígale que ya no robe. Le dije que parara, pero él no entiende —informó la quinceañera sonriente, en calma.

Granolah bajó la cabeza instantáneamente, y enseguida se llevó la cabellera hacia atrás. —No resulta sencillo soltar a los que queremos —dijo con amargura a causa de recordar el pasado, no tan lejano—. ¿Cómo te llamas? —le preguntó con los ojos muy abiertos.

Mai inhaló más oxígeno. —Mai...

—Mai, yo te curaré... pero has de prometerme que te unirás a mí una vez que lo haya hecho.

—¿Unirme?...

—¡Habla de que te cases con él!... ¡maldito degenerado! —exclamó Pilaf rabioso.

Mai, con la boca entreabierta, le regresó la mirada, y volvió a sonreír. —Señor... nada me haría más feliz que casarme con un hombre atractivo como usted... y además de buenas intenciones. Me hace feliz... el que tenga tanta fe —alabó Mai contenta y asimismo con algo de ironía en su gesto. Sabía bien que él no podía salvarla.

—Me has dado tu palabra, Mai... Si te salvo, no podrías fallarme... aunque igual no permitiría que lo hicieras —dijo el rey sonriendo malicioso.

—Le doy mi palabra, señor —contestó Mai todavía sonriente, y a continuación tosió.

Granolah se dio la vuelta para hablarle a uno de sus hombres. —Ve ahora mismo con los namekianos y quítales sus esferas del dragón, como lo hicimos la vez pasada. Pide al dragón que cure a Mai y que viva los mismos años que yo.

El ceresiano asistente se inclinó en respuesta y se marchó de inmediato.

Entretanto, Granolah y Mai compartían una mirada; la de él era pícara y deseosa y la de la princesa de desconcierto. ¿Qué era lo que pasaría ahora?...

El cielo se oscureció pronto. Mai contemplaba el cielo negro a través de la ventana. Cuando el cielo hubo recuperado su color vivo y naranja, la sensación de debilidad no estuvo más. Mai se observó las manos, que temblaban ante la pregunta.

Granolah estaba anonadado. Si enferma era bonita, ahora parecía un ángel. La piel había recuperado el color, el pelo atezado su fulgor, las mejillas el rosa y los labios un carmín natural, totalmente seductor.

—¡Estoy curada...! —exclamó Mai en un sollozo.

Pilaf, sumamente bajito, la miraba desde abajo, y sin perder el tiempo se abrazaron. —¡¡Mai!!...

La muchacha de ojos índigo los posó en el ceresiano, su salvador. —Me has salvado... —le dijo con los ojos llenos de lágrimas, y se lanzó a abrazarlo.

Granolah no supo cómo actuar delante del abrazo. Su corazón... había estado dormido por mucho tiempo, por culpa del miedo y de su propia ira. ¿Podía Mai salvarlo a él?...

Por fin la abrazó, sintiéndola suya.

La despegó un poco de sí para mirarla de frente. —Lo prometido es deuda... —le recordó.

Mai abrió la boca, y ahora, simplemente, Granolah la haló de la mano en busca de un dormitorio.

—¡¡Espera!!... ¡¡déjala!!... —gritaba Pilaf histérico.

—¡Estaré bien! —le avisó Mai para tranquilizarlo.

El ceresiano se adentró con la humana al mismo cuarto de esta. Mai se ruborizó. —E-está algo sucio —pronunció avergonzada. Después de todo, era la habitación en la que había permanecido enferma de muerte durante meses.

—Está bien —le dijo él sin importarle en lo más mínimo.

El sol del atardecer se fijó en la faz guapa y en los hipnóticos ojos de color desigual. El rojo estaba lleno de fuego, de ardor, de deseos, de ganas de amar y de vivir, si bien lo ocultaba.

Los labios de Mai temblaron. ¿Tenía miedo de entregarse? Tal vez al acto como tal... sí, no obstante, no, no le temía a él. Su admiración la calentó... y también a su corazón.

Los ojos añiles y los ojos de distinto tono se encontraron en la luz salvaje de las seis de la tarde; en su extraña calidez y pesadumbre.

Se besaron, sin miedo.

Las manos delicadas, femeninas, descansaron a los costados en la cama, y ahí el camisón blanco, virginal, fue despojado. Y se fundieron en uno solo.

...

La vida le había sido perdonada a Pilaf, y su reino floreció, una vez más.

Mai, viva y hermosa, con su vestido claro, avanza por el extenso pasillo de la casona ceresiana. Tras sentir la presencia de su marido, vira.

Como muchos podrían pensar, no es su dueño. Continúa intimidando con su fisionomía adusta y su inagotable poder, sin embargo, el corazón, al menos con Mai, se ha ablandado.

El soberano, de porte sombrío e impresionante, con un aire que resulta seductor, camina hasta su mujer arrastrando la capa negra.

La sonrisa, perversa para algunos, a Mai la fascina.

La princesa de Meshikiya y el gobernante de Cereal serían felices para siempre.

Nota de autor: Gracias por haber llegado hasta aquí.

Nos vemos pronto.