Capitulo 3: El burdel de Shinmachi
El aroma de la grava húmeda es lo primero que siente al despertar, y el latido suave de su corazón contra su oreja. Su calor la tiene envuelta entre ambas manos, su olor está mezclado con el de ella. La brisa mueve delicadamente las hojas de los árboles y el sonido de un rio golpeando las piedras con su cause se oyen a lo lejos.
Kasumi levanta la mirada y lo ve. Escasamente puede verle las pestañas y las cejas, apenas un poco más oscuras que su cabello. Desde este ángulo se da cuenta de que su cabello tiene tintes violáceos, aunque al sol su cabello se ve casi blanco. Su perfil bien definido, sus ojos escondidos detrás de gafas pintadas de negro desde las cuales no se puede ver absolutamente nada, como una noche sin luna.
Se pregunta cómo puede deambular por el mundo sin un bastón. En algún momento se preguntó si era ciego, pero no puede ser posible que se maneje con tanta soltura en el mundo si realmente no puede ver nada a su alrededor. Es extremadamente particular, como bien él mismo dijo.
Se sonríe al recordar lo vanidoso que es y en algún punto mientras lo observa dormir en silencio recuerda la forma en la que la defendió la noche anterior. Su corazón late con fuerza, jamás alguien la había cuidado de esa manera. Si fuera por su tía Nami probablemente la hubiera entregado por la suma correcta de dinero. Sabe que no debe ilusionarse mucho con esta idea, ya que la necesita con un propósito en especial y la culpa la amarga la expresión al recordarlo.
Mientras ella está aquí, acurrucada en los brazos de un extraño, sus hermanos están en algún sitio desconocido de la región.
Lentamente él abre los ojos y luego bosteza. Kasumi finge, sonrojada por haber pasado tanto tiempo maravillándose con su perfil. Se separa de él tímidamente y evita concienzudamente su mirada mientras él se estira.
—¿Cómo te sientes? —le pregunta suavemente y ella se voltea a verlo.
—Anoche no pude decirlo… pero gracias por volver por mí. Sé que estabas entusiasmado con las chicas y…
—Oye, no, espera. No digas eso… Nada de eso era importante.
Su sonrisa delicada y sincera le hace sentir algo extraño en la boca del estómago y por instinto se lleva la mano al abdomen.
—¿Tienes hambre? —le pregunta, comenzando a revolver entre la comida que hurtaron del castillo de Ichigo.
Kasumi asiente, aunque no está completamente segura si es hambre. Se siente extraño y diferente, una sensación que nunca había experimentado con anterioridad y no se borra aún después de haber comido hasta saciarse.
Satoru se levanta a estirar las piernas y saca un mapa de entre sus cosas para verificar el camino hacia su próximo destino. Ella se siente cada vez más inclinada a preguntarle por esa amistad que le ayudará a encontrar a los niños, y más inclinada se siente a decirle la verdad y dejar de perder el tiempo. Pero tiene los labios apretados, no le sale una sola palabra cuando él se voltea con una sonrisa magnética para decirle que se prepare.
Ha pasado sólo un día, pero ya casi se acostumbra a ser levantada como una niña pequeña para que él la suba sobre el lomo de Oguri. No se siente extraña, casi, cabalgando con él, rozándole el pecho con la espalda de vez en cuando. Incluso es un poco agradable conocer nuevos paisajes habiendo vivido toda su vida en la ciudad portuaria de Yokohama. Satoru le ha dicho que se dirigen hacia la ciudad de Yuigahama, una pequeña ciudad que junto a la bahía de Sagami.
Si van más al norte, siguiendo el río Sagami llegarán en cinco días al pueblo en el que vive su antiguo maestro, Kusakabe-san.
Kasumi medita durante su viaje, aunque esta vez Satoru no parece dispuesto a ir en silencio. En algún momento del medio día comenzó a cantar una canción.
Cerezos en flor
Cerezos en flor, cerezos en flor,
En campos y pueblos
Hasta donde alcanza la vista
¿Es niebla o nubes?
Fragantes bajo el sol de la mañana.
Cerezos en flor, cerezos en flor,
Flores en plena floración.
Ella no sabe la letra de su canción. La escucha con ligera melancolía albergada en el corazón y se pregunta si ya la ha escuchado con anterioridad. Está segura de que su tía Nami nunca les cantó y no sabe con certeza si su madre se la habrá cantado alguna vez. Quizás cuando era un bebé. No lo recuerda muy bien.
Luego de cansarse de cantar, Satoru suspira.
—No me gustan los viajes largos. ¿Qué tal si jugamos un juego?
—¿Un juego? —él asiente—. ¿Qué clase?
—¿Qué tal una adivinanza? ¿Te gustan?
—Creo que nunca jugué a eso.
—No es muy difícil, sólo tienes que pensar. Empecemos con algo fácil… Escucha con atención… Si lo tengo, no lo comparto. Si lo comparto, no lo tengo, ¿qué es?
Kasumi se queda muda, repitiendo mentalmente lo que Satoru acaba de decir una y otra vez. Luego de un tiempo se encoge de hombros.
—No lo sé…
—Es un secreto —contesta él mientras sonríe.
—Oh… —contesta Kasumi y sin darse cuenta también está sonriendo. Una risa tímida escapa de sus labios.
—Aquí va otro. Si un gallo pone un huevo en lo alto de una montaña y el viento sopla de este a oeste, ¿de qué lado caerá el huevo?
—¡Oeste!
—¿De verdad? —pregunta él inclinándose sobre su hombro, tan cerca que puede ver su reflejo en el cristal de sus gafas oscuras—. Yo creí que los gallos no ponían huevos.
La más sincera carcajada sale del pecho de Kasumi al escucharlo. Estaba tan inmersa en su narración que no se dio cuenta de lo que estaba diciendo.
—Te toca.
Ella se queda completamente en blanco por un instante. Pero luego comienza a pensar. Observa el cielo despejado sobre su cabeza y el sendero casi infinito delante, luego pasea su mirada por las flores que crecen junto al camino y a su figura dibujándose sobre la tierra.
—Ya sé… Se arrastra por el suelo, pero no se ensucia, ¿qué es?
—Se arrastra por el suelo… —repite Satoru, una m se arrastra dentro de su garganta mientras delibera su respuesta—. Me rindo.
—La sombra —responde Kasumi con orgullo.
—Me gusta, la anotaré más tarde.
La idea de que alguien tan fuerte como Satoru tenga un cuaderno en el que anota cosas graciosas le hace sentir nuevamente una molestia extraña en el estómago. Se lo ha imaginado repentinamente y la imagen le resulta tan graciosa que no puede evitar reírse suavemente.
Para cuando finalmente llegan a la ciudad Yuigahama se les han pasado las horas volando. Satoru tiene muchas ocurrencias para pasar el tiempo y en algún momento termina por confesarle que ha hecho de su viaje algo más entretenido de lo que esperaba, haciendo que su estómago se hunda una vez más.
Yuigahama no es una ciudad tan pequeña como esperaba, rodea la costa como una media luna y está llena de árboles y casas pequeñas. Le recuerda un poco a su hogar. Satoru se coloca su sombrero antes de adentrarse al pueblo y Kasumi le mira de soslayo. Tras detenerse frente a un granjero este les indica el camino hacia el mercado y en dónde encontrarán un sitio en el cual dormir. Pasan cabalgando frente a un gran templo budista y ella lo mira con suma admiración. Luego, mientras bajan una colina, sus ojos brillan al ver el mar abierto brillando bajo los rayos del sol.
Al llegar al mercado, él la ayuda a bajarse de Oguri y la deja en el suelo.
—No vayas demasiado lejos —le dice y ella se lo queda viendo mientras él camina por el pequeño mercado. Le asombra un poco que le dé rienda suelta aun sabiendo que ella podría aprovechar la ocasión para escaparse. Pero por alguna razón no lo hace; sus piernas no le suplican que salga corriendo en cualquier dirección, aunque sabe perfectamente cómo llegar al pueblo en el que se encuentra Kusakabe.
Toma la rienda de Oguri y lo lleva consigo mientras camina observando los puestos mercantes. Hay peces colgados en estantes que nunca había visto, de tonos tornasolados que dejan ver un arcoíris cuando el sol les da desde cierto ángulo. Hay gran variedad de ropa y herramientas, vendedores de cacerolas y ceramistas, pero no es sino hasta ver un anuncio pegado en un letrero que indica un desvío a otro pueblo cercano que se detiene de lleno.
Dibujado sobre aquel pergamino hay un rostro que se ha memorizado, debajo está escrito su nombre y más abajo una cifra tan grande que ni siquiera es capaz de imaginar tanta riqueza.
SE BUSCA
Gojo Satoru
Vivo o muerto
Arranca el letrero con recelo y mira a los alrededores. De pronto toda la confianza que había construido se esfuma de sus manos, como si al tomar el cartel todo desapareciera en un pestañeo. ¿Será esta la razón por la que quiere a los niños? ¿Será quizás que quiere expiar un crimen que ha cometido?
Tras arrancar el letrero lo dobla y lo esconde entre su ropa, pero al hacerlo se hinca de dolor. La faja que usa para simular ser un hombre comienza a dolerle y si no se la quita pronto está segura de que va a cortarle la piel sobre las costillas.
No es difícil para Kasumi mantener un ojo sobre Satoru. El deambula por una calle larga llena de puestos comerciales y desde lejos aún puede verlo y distinguir su sombrero. Y, estando sola, sabe que este es el momento ideal para advertirle a alguien sobre su presencia. Sin embargo, así como le cuesta mucho trabajo decirle a dónde se han marchado los niños, no encuentra la manera de acercarse a alguien para alertar sobre la presencia de Gojo Satoru.
Le gustaría saber por qué lo buscan, ¿qué clase de crimen habrá cometido? Debe ser uno sumamente grave para ofrecer semejante cantidad de dinero por su pellejo. Luego recuerda la forma en la que los soldados del nuevo Emperador tomaron el puerto de Yokohama y la duda plaga su mente. ¿Qué tipo de persona será el nuevo Emperador?
Con el corazón encogido dentro del pecho fuerza sus pasos para seguir los de Gojo mientras lleva consigo las riendas del su caballo. Satoru parece estar pidiendo direcciones y tiene una enorme sonrisa en el rostro, una sonrisa que le revuelve el estómago.
Al acercarse lo ve entregándole una moneda a una anciana que luego la aprieta sobre su mano y le hace una reverencia. Satoru se voltea cuando nota su presencia.
—¿No te mueres de ganas de darte un baño? Hay una posada a pocos kilómetros y aguas termales en la misma dirección.
Kasumi sonríe y asiente entusiasmada por la idea hasta que, poco tiempo después, cae en cuenta de lo que él está diciendo. Se muere de ganas de quitarse esa faja, pero no está ni remotamente lista para confesarle que es una mujer. Satoru le ayuda a montarse sobre Oguri y luego se sube tomando las riendas entre sus brazos. A este punto ella sólo puede pensar en cómo se lo dirá, o cómo podrá continuar ocultándolo. No habrá mucho qué decir cuando esté completamente desnuda.
—¿Estás nervioso? —le pregunta y ella repentinamente teme que pueda leerle la mente—. Estás tenso, tu espalda está rígida y estás muy callado. ¿Nunca te bañaste con alguien más?
—N-no, nunca he estado en aguas termales. Y no… sólo cuando era muy pequeño.
—Bueno, yo no he compartido el baño con un hombre en mucho tiempo.
—¿Lo has hecho… con mujeres?
—Claro, entre otras cosas. Tú eres virgen, ¿verdad?
Kasumi se queda sin aire y agradece que en este momento no pueda verla a la cara, de lo contrario se daría cuenta del calor que emana desde su pecho hasta sus orejas.
—S-sí…
—No te avergüences. Es normal, además eres muy tímido. Me di cuenta con las cortesanas de Ichigo. ¿Al menos sabes cómo se hace y dónde tienes que meterla? Yo tenía una idea, bastante clara en realidad… y aún así cometí un par de errores.
—C-creo que sé… cómo se hace. He visto algunas pinturas… —admite avergonzada.
—Es algo diferente a lo que ves en las pinturas, pero supongo que tendrás que hacerlo para aprender. Si quieres podemos visitar un burdel, yo invito.
—¡N-NO! ¡No es necesario! Y-yo… estoy bien así…
—¿Te gustan los hombres?
En silencio, Kasumi aprieta las manos sobre su regazo. Su corazón late con fuerza y se vuelve extremadamente consiente de la forma en la que su cuerpo se frota con el de él a cada pequeño salto que da tras los pasos de Oguri.
—Aún… no me gusta nadie.
—Eso también es normal.
Casi al final del pueblo, sobre la costa, se encuentra una pequeña residencia con un techo de paja alto. Satoru se apresura a dejar pagada una habitación para los dos y pide las indicaciones para llegar a las aguas termales antes de que el sol termine de bajar mientras Kasumi lo espera sobre Oguri, tratando de inventarse alguna excusa convincente.
Cuando él regresa ella no se ha inventado nada. La verdad es que sí huele mal, y que necesita liberarse de su faja, aunque sea por un momento. Satoru apresura el paso y emocionado le anuncia que no están demasiado lejos y que a caballo el viaje durará pocos minutos. Alejándose del mar abierto, toman un pequeño desvío hasta llegar a un torri con amuletos colgados.
El paisaje lleno de rocas se nubla de vapor al alrededor, como espesas nubes de algodón. Satoru se baja de Oguri con una amplia sonrisa pintada en el rostro y antes de que Kasumi pueda bajar, él ya se ha quitado la parte superior de su yukata. Ella lo ve por menos de un segundo y se voltea, perpleja, avergonzada y con el corazón galopando salvajemente dentro de su pecho, pero la imagen a quedado grabada en lo más profundo de su mente. Hay un par de cicatrices en sus costillas y abdomen, pero lo más llamativo es su sorprendente estado físico. Kasumi jamás ha visto en su vida un hombre tan atractivo. Cuando está a punto de darle una segunda mirada por el rabillo del ojo, él está bajándose los pantalones y ella se queda completamente petrificada.
Con la mente totalmente en blanco, el corazón completamente fuera de control. Kasumi quisiera poder tocar dentro de su propio pecho para calmar los latidos. Quisiera hundir la cabeza entre nieve para que las mejillas le dejen de arder de esta manera. ¿Por qué se siente así al verlo? ¿Por qué siente su pecho explotar? Cierra los ojos con fuerza hasta que finalmente escucha la calma del agua romperse.
Satoru, completamente libre de cualquier complejo se mete dentro de las aguas termales y deja salir un sentido suspiro mientras cierra los ojos y siente el agua caliente abrazándolo.
Kasumi, aún sobre el lomo de Oguri, presa de la envidia observa el paisaje nublado y se convence de que tal vez pueda ocultarse lo suficiente de él. Es tan espeso que con la distancia correcta probablemente no pueda verla, aunque si se lo piensa un poco más, ni siquiera sabe si Satoru Gojo realmente puede ver.
Mientras ella se baja de su caballo, Satoru extiende los brazos sobre las rocas y deja caer su cabeza completamente relajado.
—¿No vas a meterte, Kai? Aprovecha el tiempo que tenemos —le dice mientras ella busca un sitio oculta entre los árboles, lejos de su mirada.
Con cuidado y en silencio, mirando por encima de su hombro, Kasumi se quita la ropa dejando al descubierto capas y capas de tela que envuelven su torso como un torniquete. La piel que roza las vendas está sofocada, roja e hinchada. Delicadamente comienza a quitarse la tela y a medida que remueve las capas siente a sus pulmones inhalando más y más aire. Al final, cuando tiene los pechos completamente descubiertos cierra los ojos y deja una bocanada de aire entrar a sus pulmones. Luego, cubriéndose con las manos y agachada, se ayuda de una enorme roca para ocultarse de Satoru al meter un pie dentro del agua.
La sensación es tan agradable que no le queda más remedio que seguir adelante y en pocos segundos mete su cuerpo completo hasta la barbilla. Su cabello largo se extiende sobre el agua y su piel adolorida le agradece el aliciente. Por un momento se olvida de la presencia de Gojo a pocos metros, dejándose llevar por la forma en la que el agua caliente la abraza. Sin embargo, algo la aterra y abre los ojos para sostenerse el cabello fuera del agua. Estirando la mano, busca con desesperación una rama entre la grava y, al encontrarla, se ajusta el peinado. Luego sonríe y suspira paseándose suavemente en aquella tina creada por la naturaleza.
—Ah… —suspira Satoru y ella parece recordar su presencia, por lo que le da la espalda y mantiene el perfil bajo, con apenas la nariz asomada sobre el agua—. ¿Qué te pasa? ¿Aún te da vergüenza? —le dice él y por el ligero movimiento que se genera en el agua ella sabe que se ha levantado.
Kasumi levanta el rostro por encima del hombro y lo ve moviéndose lentamente hasta ella y se queda paralizada, no puede pronunciar una palabra y lo único que atina a hacer es apretar su pecho entre sus brazos. Si se levanta o se aleja de él, quizás termine persiguiéndola a través del agua y eventualmente se dará cuenta.
—¿Es por los moretones? ¿Te da vergüenza eso? —le pregunta y ella sólo en ese momento recuerda la paliza que le dieron días antes.
Primero fueron esos tres ladronzuelos, luego fue su tía Nami. Aunque ni siquiera ella sabe la gravedad, no sino hasta que siente un dedo húmedo rozándole la espalda y suelta un ligero quejido.
—¿Aún te duele? —Ella asiente sin decir una palabra—. ¿Quién fue?
El tacto extraño y sorpresivo en la sensible piel de su espalda la deja inquieta, repentinamente le falta el aire. La voz de Satoru es calmada y tan magnética que le da escalofríos.
—H-Hace unos días… estaba pescando cerca de casa y… unos muchachos me robaron.
—Te dieron bastante fuerte, pero alguien más te lastimaba, ¿cierto? Aquí tienes un corte bastante profundo —dice y arrastra su dedo índice a lo largo de una cicatriz vieja que le rodea desde la costilla hasta el trapecio.
Lo que empieza como un cosquilleo termina enviándole una corriente eléctrica a través de toda la espalda hasta los dedos de los pies. Kasumi deja salir un alarido y se sumerge en el agua, como un instinto se voltea y con su pie derecho patea a Satoru, pero no logra moverlo de su lugar, sólo logra ganar impulso para alejarse de él. Debajo del agua, presa del pánico, abre los ojos sólo para encontrar una imagen nublada de Satoru por debajo del cinturón. Aún más estremecida vuelve a gritar, el agua se llena de burbujas y ella saca la cabeza y encuentra el rostro perplejo de Satoru.
Esta vez no puede quitarle los ojos de encima. Está mojado, desde el cabello hasta la punta de los dedos. Y por primera vez desde que lo conoció puede ver sus ojos sin las gafas o una venda en el rostro. Se queda absorta en el color de su pupila, que brilla como el cielo más celeste que ha visto en su vida.
Su rostro se pinta de rosa hasta las orejas, ya que no puede evitar pensar en lo bello que es. Cada centímetro de Gojo Satoru es una maravilla. Su cuello largo y la piel blanca que aprieta sus tendones hasta la clavícula, sus pectorales y su abdomen inhumano por el que pasa la mirada rápida y frenéticamente, y sus brazos y manos grandes.
Repentinamente cierra los ojos, incrédula sobre todo lo que acaba de ver. Arrinconada contra las rocas que rodean las aguas termales como un conejo asustado. Escucha el suave movimiento del agua y cuando deja de temblar abre tímidamente un ojo. Él está del otro lado, sentado, mirándola con curiosidad y una pequeña sonrisa.
—No voy a mirarte, tranquilo. Lamento si fui muy familiar, es una mala costumbre… ¿Estás bien? ¿Te asusté? Me han dicho que puedo ser un poco desagradable.
—Estoy bien… —responde con la boca bajo el agua.
Satoru se ríe al ver las burbujas saliendo de su boca y la forma en la que Kai frunce el entrecejo y evita su mirada. Le inquieta un poco que repentinamente sienta el deseo de refutar eso último, no se supone que debería sentirse así hacia alguien que la secuestró.
Mientras lo ve tan asustado, escondido de él y de su toque, Satoru se pregunta por un momento si cada rose que Kai ha conocido ha sido violento. Quizás esa sea la razón por la cual se comporta de esta forma tan particular. Quizás sólo es un reflejo del abuso que vivió.
Repentinamente se le viene una idea a la mente, una que quizás pueda ayudar a curar el espanto que siente Kai a su desnudez y a las manos de extraños. Levanta el rostro y piensa en cuánto deberá desviarse para llegar a Osaka. Si se lo piensa detenidamente, no queda tan lejos. Queda sobre la intersección de varias rutas importantes así que no perderá muchos días si decide ir.
—Oye, Kai. ¿Qué te parece un pequeño desvío a lugar verdaderamente divertido?
Kasumi se vuelve incapaz de decir nada más, intenta bañarse disimuladamente, ocultando su cuerpo con la distancia y el vapor. Satoru por su parte no hace mucho esfuerzo por molestarlo, como haría en otra ocasión. Y, cuando la noche se pone sobre ellos, Satoru se levanta y le anuncia que se vista con tranquilidad, yo no va mirarlo. Por alguna razón, Kasumi confía en él. Sobre todo, cuando lo ve tomando las riendas de Oguri para alejarse de ella unos cuantos metros. Esto le da la libertad de volver a ponerse su faja y curar rápidamente sus heridas. Aprieta la venda con fuerza bajo su pecho hasta que siente que va a quedarse sin aire una vez más y luego se viste su kimono y sus sandalias viejas.
Cuando regresa junto a Satoru lo hace con una sonrisa en el rostro y toma su mano sin miramientos para subir al lomo de su caballo. Pero su calma no dura mucho, ya que Satoru estira su nariz hasta la curva de su cuello e inhala.
—Tienes un olor particular, ¿sabes?
—¿U-Un olor? ¿Huelo mal? —pregunta inquieta.
—Sí, no lo sé. No hueles mal… sólo hueles… raro.
Kasumi sabe perfectamente a qué olor se refiere Satoru, pero revelarlo nunca fue una opción para ella. Es el pigmento que se coloca cada mes en el cabello y la ayuda a mantenerlo lo más oscuro posible, para esconder el defecto de nacimiento que la hubiera convertido en un fenómeno.
La posada los espera a la luz de las velas, su cuarto consiste de un pequeño cuadrado de dos metros cuadrados, el suelo de tatami y una pequeña ventana que da al sendero por el cual regresaron. Satoru desabrocha su cinturón y mientras lo hace se detiene a ver el rostro de Kai, pero él ya se recostó sobre un pequeño manto en el suelo, con el rostro hacia la pared. Él sonríe, se quita la mayor parte de su ropa y se recuesta.
Él no sabe que Kasumi aún está despierta, con la imagen de Satoru grabada a fuego en la mente. Su corazón desbocado no encuentra consuelo y en aquella contradicción ella se recrimina. ¿Qué clase de sentimiento es este y por qué arde tanto dentro de su cuerpo?
En medio de la noche se voltea y lo encuentra plácidamente dormido. Tiene los ojos cerrados, ha dejado sus gafas oscuras junto a su almohada y a pesar de cuán oscura está la habitación, Kasumi puede ver su rostro parcialmente bañado por la luz de la luna.
Sonrojada, observa su rostro y no puede evitar pensar en cuán lindo es. Jamás había visto una sonrisa tan bonita, tan amable con sus ojos. Como un hechizo magnético mantiene su mirada azul oscura sobre él por más tiempo del que desearía. Suspira, su corazón no deja de latir con fuerza y cierra los ojos nuevamente para darse vuelta sobre el suelo.
En lo que verdaderamente debería estar pensando es en el paradero de sus hermanos… Por lo que, antes de dormir, reza una plegaria a cualquier Dios que esté escuchándola, rogando que hayan llegado a su destino a salvo.
Por la mañana ambos comen en la posada para salir al siguiente destino lo más pronto posible.
—¿Por qué vamos a desviarnos? —pregunta Kasumi ya ensillada—. Pensé que íbamos a ir a ver una vieja amiga tuya… ¿no querías encontrar a los niños?
—Si me dices a dónde fueron podemos hacer esto más rápido —replica él, montándose detrás de ella, pero los labios de Kasumi parecen pegarse entre sí—. Lo supuse, pues… Supongo que no pasará nada si llegamos un poco tarde. ¿Los enviaste a un lugar seguro? —Kasumi asiente—. Tendré que conformarme con eso. Podría haberte torturado por información, ¿lo sabes?
—¿Q-qué clase de tortura?
—Podría desnudarte y buscar el lugar donde sientas más cosquillas —Ella voltea el rostro, profundamente aterrada y al ver su expresión él se echa a reír—. Podría… —reitera—. Y si fuera extremadamente necesario me vería en la obligación de hacer otras cosas más extremas. Pero prefiero ganarme tu confianza. Con el tiempo te darás cuenta que soy una buena persona, soy excelente en mi oficio… probablemente sea el mejor. Pero… también puedo ser otras cosas si necesito serlo.
¿Un asesino?... se pregunta Kasumi en silencio recordando el letrero que vio con su nombre hace poco y antes de salir del pueblo le echa una última mirada, preguntándose si debería advertirle a Satoru. ¿Alguien más además de ella se habrá dado cuenta? Si bien Satoru anda portando un sombrero que le cubre buen parte del rostro, no es muy común ver samuráis paseando por los pueblos. Y este en particular… no es muy reservado.
Por momentos parece que no le importa realmente lo que vaya a suceder. No sabe con certeza si es un insensato o si es tan poderoso que no teme qué pueda llegar a pasar.
Satoru vuelve a recurrir a su lista de adivinanzas, pero esta vez saca un pequeño cuaderno al que recure cuando nada se le ocurre.
—Estoy siempre delante de ti, pero no puedes verme… ¿qué soy?
—¿Mis sueños?
—N-No, pero es una linda respuesta… La respuesta correcta es 'el futuro'.
—¿Tienes muchas? —pregunta Kasumi y él pone su cuaderno frente a ella. El suave toque de su mejilla contra la suya le sorprende, pero no dice nada. Prefiere tomar el cuaderno entre sus manos y lee en voz alta las cosas que Satoru ha anotado—. No puedo hablar, pero siempre respondo cuando alguien habla, ¿quién soy?
—Eco.
—¿Los recuerdas todos?
—Casi todos.
—Este es largo… Todos los que viajan por el sendero terminan parando a descansar. Pero mi camino nunca termina y yo no puedo detenerme. Soporto un viaje perpetuo que los años no pueden detener. Que las naciones y los imperios no pueden detener.
—¿Sabes la respuesta sin leerla?
—¿Los ríos?
—Casi, el sol. Tengo uno en mente que aún no escribo, ¿quieres intentar adivinar? —ella asiente con entusiasmo—. ¿Qué puede ser tocado, pero no puede ser visto?
Kasumi piensa por un momento. Este es particularmente difícil. Se le vienen un par de respuestas a la cabeza, pero ninguna le parece correcta después de analizarla. Rendida, niega.
—Un corazón —susurra él sobre su oreja y la hace estremecer.
Instintivamente se lleva una mano al pecho y se lo piensa un instante. Esboza una sonrisa sin que él pueda verla mientras siente dentro de su pecho su corazón dando saltos. Es cierto.
Con el pasar del tiempo ella se de cuenta en qué dirección están marchando, vio un par de letreros en los cuales se leía claramente 'Osaka', pero no sabe nada acerca de este lugar, más allá de que es una locación de renombre. Tampoco se le viene ninguna idea a la cabeza sobre qué puede ser lo que Satoru considere deben hacer allí.
Satoru está un poco cansado, se le notaba durante los últimos días. Tiene un par de ojeras bajo los ojos que le ha visto de vez en cuando, cuando se quita las gafas o la venda del rostro para echarse agua. Tal vez no está durmiendo tan plácidamente como ella creía.
Por alguna razón sabe que está sonriendo al ver su destino, aliviado de poder dormir bajo un techo y no a la intemperie como han estado haciendo hace una semana. Él debe estar acostumbrado a otro estilo de vida, piensa Kasumi. Mientras para ella esto es más placentero que vivir con su tía Nami. Ya no tiene que pescar, Satoru es tan hábil que llega con comida suficiente para tres días cada vez que se arremanga la ropa y se mete al río. Y, aunque ha intentado copiar su técnica, no puede replicar su rapidez. Ha sido más fácil para ella dedicarse a buscar hiervas silvestres para condimentar la comida o enseñarle las mejores maneras de despellejar un animal. O cómo hacer rendir una comida cuando ya casi no queda nada.
Kasumi casi puede confirmar que Satoru está acostumbrado a la buena vida, sólo no es fanático de repartir quejas si no está del todo cómodo. Parece el tipo de persona capaz de ir con la corriente y sacar provecho de cada situación.
Esta ciudad es grande, lo suficiente como para poder verla incluso a kilómetros de distancia. El río que la rodea, manipulado por la mano del hombre, se enrosca alrededor de un castillo tan alto como el monte Fuji. Su perímetro lo rodean kilómetros de muro y atalayas inmensas, tan altas que Kasumi no puede llegar a imaginar cómo las han construido. Parece más bien, hecho por la mano de los dioses.
—¿Quién vive en ese castillo?
—Nadie importante —responde Satoru.
Osaka está llena de vida, los ojos de Kasumi no pueden ver su final. Crece a los pies del castillo, del otro lado de los puentes levantados sobre los ríos. La gente pasa a paso rápido junto a ellos y antes de que ella pueda soltar una palabra, Satoru se baja del caballo y guía las riendas de Oguri. Esta vez no parece necesitar direcciones, se mueve con soltura a través de las calles de piedra a paso firme y preciso. Y, a pesar de tener medio rostro cubierto Kasumi se da cuenta de que ha comenzado a llamar la atención de algunas jovencitas. Del otro lado de la calle siente una mirada sobre sí misma y al levantar el mentón una geiko le sonríe.
Kasumi se sonroja, sin embargo, le devuelve la sonrisa tímidamente. Queda completamente deslumbrada con su ropa, los estampados florales siempre han sido de sus favoritos, aunque jamás ha podido usar uno. Tiene el rostro bien maquillado y sus labios parecen dibujar una diminuta manzana, roja como la sangre. Y sobre su distinguido peinado trae un arreglo floral con pendientes dorados que se mecen suavemente junto con sus movimientos.
—Qué mujeres… tan bonitas —dice ella, maravillada por un pequeño grupo de cortesanas que se dirigen al mercado.
En medio de la calle escucha un hombre cantar y otro a su lado tocando un instrumento que jamás había visto. Pasan junto a ellos y el grupo de personas que se amontonan para escucharlo. Desde su altura Kasumi los ve dejando monedas en una bolsa ubicada en el suelo hasta perderlos de vista.
Satoru camina con premura hasta que llegan a un distrito cuyo perímetro está cerrado por un muro alto de piedra, pintado de rojo, resguardado por un par de guardias.
—Llegamos —dice Satoru finalmente, tras media hora de silencio absoluto.
—¿Dónde estamos?
—Shinmachi. ¿Habías escuchado hablar de él? Es famoso —cuenta con una sonrisa pícara en el rostro y se sorprende al ver a Kai menear la cabeza—. ¿No? Bueno, sólo respira profundamente y mantén la calma.
Extrañada por sus indicaciones, frunce el entrecejo. Y más le extraña aún ver que se aleja de la puerta principal para escabullirse por uno de los muros laterales. Se carga sobre el hombro el equipaje que llevan en el lomo de Oguri y luego mira a sus alrededores hasta estar completamente seguro. De forma súbita toma la cintura de Kai y pega un salto hasta agarrarse del borde del muro con su mano derecha.
—¡¿Por qué no entramos por la puerta?! —le cuestiona Kasumi completamente perpleja, se aferra con ambas manos del antebrazo de Satoru, viendo cómo el suelo se aleja de sus pies.
—Porque nos hubieran obligado a entregar las armas —dice Satoru y vuelve a sonreírle hasta treparse sobre el muro, dejando se caer del otro lado, en un rincón oscuro.
Kasumi se siente arrastrar de la mano; él la mantiene cerca de él, tan cerca que podría caer sobre su pecho tras el primer tropiezo. Satoru se oculta entre las sombras como si fuera parte de ellas, mirando el amplio sendero principal que separa el distrito de Shinmachi en dos partes. La calle esta bien iluminada con lámparas de papel, pintadas con letras en tinta roja. Kasumi observa las estructuras de madera, todas pintadas de un rojo vibrante, las molduras trabajadas de forma excepcional, tejas oscuras sobre firmes estructuras de madera. Y, desde la distancia, detrás de Satoru, ve lo que ella considera es una especie de jaula para mujeres.
Dentro de la jaula de madera roja se encuentran al menos veinte mujeres, todas de diferentes edades y tamaños, usando kimonos coloridos y peinados exquisitos, adornadas y maquilladas, estirando la mano a los hombres que caminan frente a ellas como si de un mercado se tratase.
En ese momento Kasumi cae en cuenta de que, de hecho, este es un mercado; un mercado de sexo.
—¿Dónde me trajiste? —le reclama tironeando del haori de su captor—. ¡Te dije que no quería…
No logra terminar de expresar su reclamo cuando Satoru la arrastra con él a través de las sombras proyectadas por los edificios dentro de Shinmachi. Cuando están seguros y bien escondidos, toma a Kai de la cintura y lo aprieta contra su pecho. Kasumi, con los ojos abiertos de par en par, escucha repentinamente el latido del corazón de Satoru. Traga saliva, luego levanta el mentón y lo ve, siempre sonriente.
—Si nos ven puede costarnos la cabeza… —dice sutilmente como si fuera una más de sus adivinanzas. Esconde su katana bajo su ropa y Kasumi, con manos temblorosas, hace lo mismo—. Ahora, camina rápido detrás de mí. No te separes de mí.
Un segundo después se deja ver bajo las cálidas luces de las lámparas de papel que adornan la calle y continua su paso con suma seguridad. Detrás de él Kasumi está a punto de caer al suelo, pero hace un esfuerzo por mantener la calma, como le dijo mucho antes. Intenta mantener la respiración y lo sigue a paso rápido mientras él empuja una puerta y se da la bienvenida a una de las casas de placer.
Ella cree que el corazón se le saldrá del pecho en cualquier momento. Tiene la impetuosa seguridad de que el próximo hombre que se voltee a verla lo sabrá. Ellos se darán cuenta que es una mujer.
Sin embargo, a pesar de sus miedos, nadie se voltea a verla cuando cruza el umbral de la puerta junto con Satoru. El samurai camina a través de la habitación como si fuera de él y se quita el sombrero antes de sentarse en una esquina. Se cruza de piernas en el suelo y Kasumi lo imita, aunque no puede copiar la calma con la que se mueve.
—¿Qué hacemos aquí? —susurra Kasumi.
—Ya verás —responde con una sonrisa.
Al menos cinco mujeres están ahí adentro con ellos. Son mucho más bonitas que las cortesanas de Ichigo, y mucho más hábiles en las artes. Una de ellas canta una hermosa canción que logra transmitirle un poco de la calma que le falta, otra baila en medio de un grupo de hombres que beben alcohol, acostados en el suelo. Otra juega un juego de mesa con un hombre mayor, sentada de manera impecable, ni un cabello en su cabeza se mueve cuando ella hace un movimiento. Para Kasumi estas son cosas que jamás había imaginado existían.
Detrás del marco de la puerta se aparece otra cortesana de rostro delgado y ojos alargados. Como todas las demás lleva el rostro tan blanco como la espuma que se forma a los pies del mar, tiene los ojos contorneados de un pigmento rosa y las cejas afiladas. Su kimono es negro con detalles rojos alrededor del cuello, su obi también rojo, como las flores que tiene sobre una peineta que acompaña su peinado recogido. Trae consigo una delicada tetera y camina dando pasos cortos hasta ellos.
—Bienvenidos, ¿son viajeros? ¿Lleno sus vasos de té? —pregunta y se queda boquiabierta al ver a Satoru levantar el mentón—. ¡Oh! ¡Pero si es… —Mira repentinamente a su alrededor y se levanta, recta como una tabla—. A nuestros clientes más selectos los atendemos en otra habitación —dice con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios carmesí—. Acompáñenme.
Él no dice una palabra y se pone de pie, olvida sus cosas tras de sí mientras Kasumi las recoge a duras penas y lo sigue, preguntándose horrorizada qué tan adepto realmente es a este tipo de entretenimiento.
Lo sigue a paso rápido por un corredor poco iluminado hasta una habitación del otro lado de la posada. La cortesana arrastra una puerta corrediza de papel pintado con figuras de animales salvajes y él entra sin rodeos. Detrás de él, Kasumi apenas puede ver lo que hay del otro lado, con una pila de cosas entre las manos sólo puede escuchar una conmoción y al dejar las cosas sobre el suelo se encuentra a Satoru rodeado de mujeres que se abalanzan sobre él con emoción. Medio vestidas, a medio maquillar, Kasumi se siente totalmente fuera de lugar.
—¿Dónde has estado tanto tiempo?
—¿Por qué no nos has visitado?
—¡Estás más alto que la última vez que te vimos!
—¡Te ves muy bien! ¡Mírate!
—¡Por fin te dignaste a aparecer!
Todas las voces femeninas chillan dentro de la habitación hasta que una mujer, que emerge detrás de Kasumi, se abre paso y todas cierran la boca al unísono, a pesar de que ella no ha dicho nada.
La mujer que acaba de entrar lleva un abanico negro con bordados dorados sobre la mano, trae puesto el kimono más trabajado que ha visto en su vida, arrastrándose por el suelo como una capa. Su rostro severo se aplaca cuando él se voltea y lo ve a los ojos, sus labios apenas logran curvarse en su presencia y Satoru se presenta ante ella. Tras un largo segundo en el que comparten una mirada cómplice, ella se desarma en un abrazo cálido, abandonado su estoica expresión y lo estrecha entre sus brazos. Luego lo suelta y aprieta sus manos pálidas sobre los brazos de él.
—Te ves fuerte, Satoru, te ves muy bien… —le dice, casi conmovida—. ¡Rápido! ¡Traigan algo de comer para nuestro invitado! ¡Y ya saben! ¡Ni una palabra!
Parece ser que todos ignoran su presencia. Satoru irradia su propio magnetismo de tal manera que Kasumi se vuelve invisible, ni una mirada pasa por su persona, nadie se ha volteado a verla salvo esa mujer que lo estrechó entre sus brazos. Por alguna razón Kasumi percibió un dejo de desconfianza de ella en especial, aunque sus ojos se posaron sobre ella por tan solo un segundo.
Kasumi se encoge de hombros, sintiéndose tan pequeña como siempre y resiente casi al instante que Satoru se haya olvidado de ella. En un abrir y cerrar de ojos se lo han llevado a otra habitación y han extendido una mesa larga para él y sus compañeras. Kasumi moviéndose tímidamente detrás de él sin soltar una sola palabra.
Él se sienta en la cabecera de la mesa y come lo que sea que le sirvan. Una cortesana trae apresuradamente un shamisen de tres cuerdas y se sienta a su lado a enseñarle cuánto ha dominado este instrumento. Otra se arrima a su derecha y comienza un sinfín de preguntas acerca de sus aventuras. Una más le pide que le cuente sobre el palacio imperial.
Del otro lado de la mesa, Kasumi estira su brazo para tomar un pequeño vaso con lo que cree que es agua, pero es alcohol. A pesar de su sorpresa hace un esfuerzo por beber y no llamar la atención, aunque sus esfuerzos no tienen objeto, nadie la está mirando a ella.
—Me alegra ver que todas están bien —dice Satoru después de relatar historias que no le ha contado a Kasumi durante su viaje, aunque tampoco se le ha ocurrido preguntar—. En realidad, quería presentarles a mi amigo Kai.
Kasumi tiene un trago de sake en la boca cuando Satoru la menciona por su nombre falso. Hace una bola el alcohol dentro de su garganta y lo traga con fuerza, quedándose sin aire. Todas las miradas se giran en su dirección y ella tartamudea un saludo.
—Gracias por su hospitalidad —dice, reclinándose ante ellas.
Las cortesanas le sonríen amablemente, todas salvo una.
—Hamari, vengo a pedir un favor muy especial —le dice a la única que está parada con su gélida mirada clavada en Kasumi.
Ella se ríe de forma repentina, con un dejo de sorna en su voz.
—Debí sospechar que el famoso Gojo Satoru no podría venir sólo de visita. Está bien, cuando termines de comer hablaremos en mi despacho. Ahora disfruten la comida y la conversación, recuerden… No sirvan sake en la copa de Satoru-kun.
Una sensación extraña le llena el estómago a Kasumi. Crece descontroladamente con cada risa femenina y se expande a través de su pecho. Es incómoda y de alguna forma dolorosa. Mira con recelo la forma en la que Satoru conversa con tanta naturalidad que no puede evitar imaginarse cuánto tiempo ha visitado este prostíbulo para ser recibido de esta manera. ¿Con cuántas de ellas se habrá acostado? ¿Cuánto dinero ha despilfarrado en ellas?
Comienza a resentir estar sentada allí con ellas. Se siente ajena, alienada de todo lo que le rodea, tanto que ni siquiera puede escuchar con atención las extravagantes historias que Satoru relata como si estuviera en un teatro.
Cuando los calamares, pulpos y la carne de ballena desaparecen de la mesa, Satoru se frota el estómago y agradece. Saca de su bolsillo una pequeña bolsa de tela de terciopelo antes de que Hamari lo detenga.
—Aquí tu dinero no vale nada.
—Tendré que buscar otra forma de saldar mi deuda —le dice con una sonrisa que logra enervar el corazón de Kasumi—. Ahora a lo que venimos, ¿cierto?
Las muchachas se quejan cuando Satoru y Hamari se levantan de la mesa, tocan su ropa suplicando que vuelva a sentarse mientras Kasumi ve todo del otro lado de la mesa. Como un reflejo sus ojos azules pasan por cada mano que lo toca con urgencia. La sensación extraña crece como un cáncer, con tanto recelo que incluso comienza a resentir la perfecta sonrisa que Satoru dirige en su dirección. Pero, para su sorpresa él le pide que lo acompañe.
Esta vez sólo son tres. Hamari encabezando el recorrido, Satoru delante de ella, y detrás Kasumi con la mente completamente en blanco.
La oficina de Hamari es amplia, está decorada con un par de árboles pequeños que florecen dentro de la habitación. Tiene un pequeño escritorio tan alto como las mesas del comedor. Ella se sienta en un cojinillo y ellos dos la imitan. Luego saca de un cajón un kiseru y luego introduce en ella unas hebras finas como cabellos. Toma una rama seca y la coloca sobre una vela que yace encendida sobre la mesa e inhala el tabaco encendido hasta que sale humo.
—Estoy un poco intrigada, debo admitir. ¿Qué puede traer al grandioso Gojo Satoru de vuelta a sus humildes inicios?
—Kai es virgen.
Hamari lo mira horroriza y tras unos segundos se ríe suavemente, con envidiable elegancia.
Satoru palmea su espalda mientras ella hunde la cabeza entre los hombros, ni siquiera se atreve a mirarla a los ojos.
—Quiero a alguien que lo trate bien.
—Kai-chan… debe caerte bien ¿verdad? No voy a regalar a ninguna de mis muchachas, por muy amigo de Satoru que sea. El precio de mis muchachas no deja de subir desde que te fuiste.
—No podría pensar en no pagar por los servicios. Además, creo que le vendrá bien… Necesita relajarse un poco. Estoy trabajando en ganarme su confianza —dice con una sonrisa mientras Kasumi parece incapaz de intervenir mientras hablan de ella como si no estuviera presente.
—Kai —le llama Hamari y ella levanta la vista de forma incómoda en su dirección—. ¿Realmente estás aquí por eso?
—¡N-No! ¡Y-Yo…! no quiero faltarle el respeto a su… distinguido establecimiento… pero no tengo interés en ser su cliente…
—¿Acaso lo trajiste aquí engañado?
—Oye, no planearás convertirte en un eunuco o algo así, ¿no?
Completamente ruborizada de oreja a oreja, Kasumi mira directo a los ojos de Satoru, ocultos detrás de sus gafas oscuras.
—Déjamelo a mí, sé lo que debo hacer.
—¿Cuidarás de él? —pregunta Satoru
A pesar de que lo que ha pedido le parece de lo mas escandaloso, no puede evitar sentirse ligeramente conmovida por sus palabras.
—En eso somos expertas… —dice y la observa de reojo—. Déjamelo a mí. Ahora ve, diviértete con las muchachas. Deben estar mezquinando el tiempo que estás pasando aquí conmigo. Yo me encargaré personalmente de Kai.
—¿Tú? ¿No estás muy vieja?
Kasumi hace un gran esfuerzo por ocultar la gracia que le ha causado su comentario.
—No seas irrespetuoso, granuja descarado —le dice mientras toma un grueso cuaderno negro de cuero para golpearlo en la cabeza—. Ahora vete, estás haciendo que me arrepienta de abrirte las puertas. ¿Sabes lo mucho que puede costarnos que estés aquí? Ahora lárgate. Déjanos solos.
Satoru se ríe, su sonrisa ancha y divertida. Se levanta y se despide, no sin antes desearle suerte a Kai.
Cuando la puerta se cierra detrás de ellas, Hamari espera por unos segundos hasta que los pasos de Gojo desaparecen en la distancia. La patrona del prostíbulo se levanta de su asiento y Kasumi la imita. La mira de arriba abajo con un gesto extraño y alza el mentón de forma petulante.
—Tú y yo sabemos perfectamente lo que tienes entre las piernas.
Inmóvil, Kasumi observa a la mujer con ojos llenos de pánico. Sus ojos oscuros son severos, la ve a los ojos con intensidad y ella se siente una niña pequeña. Sin manera de esconderse, Kasumi baja la mirada, admitiendo su derrota.
—No sé con qué propósito se lo ocultas a Satoru, pero si ya llegaste tan lejos te daremos la oportunidad de confesárselo tu misma. Lo que no admitiré es que lo engañes en mi presencia, no bajo mi techo.
Kasumi asiente.
—No fue mi intención ocultarlo… —responde sin levantar la mirada.
Hamari toma el rostro de Kasumi entre sus manos e inspecciona con atención sus ojos azules mientras ella la ve con atención y un poco de pánico.
—¿Cómo lograste ocultar tu sangrado de él? ¿Acaso no sangras? Él se hubiera dado cuenta.
Kasumi baja la mirada nuevamente.
—Yo… no sangro con mucha frecuencia.
—Vaya —dice soltándola—. Eso sería de mucha utilidad aquí.
Un gemido capta la atención de Kasumi y la hace sonrojar tanto que aprieta los labios.
—Te gusta él, ¿verdad? ¿Estás enamorada de Satoru?
—¿Qué? N-no, yo no…
—No hemos pasado mucho tiempo juntos, pero tengo buen ojo… Sé perfectamente cuando un cliente está cayendo enamorado de una de mis muchachas. Y tú, he visto el recelo con el que has mirado a Satoru desde que llegaste y la forma en la que te sonrojas cuando te toca. Es muy lindo, siempre lo ha sido. Y muy fuerte, el más fuerte de todos los hombres. ¿Tienes idea de cuántas mujeres se han sentido como te sientes tú? Podríamos llenar un pueblo entero con mujeres que han caído a los encantos de Gojo Satoru y tú no serías más que una campesina más. Las muchachas aquí tienen prohibido ofrecerle sus servicios a Satoru, me han rogado por años cambiar esa regla… Pero sé cómo es él y qué tipo de vida lleva… Sé perfectamente que Satoru no comprará su libertad ni piensa casarse con alguna de ellas. No voy a arriesgarlas ni bajar su precio por él… Aunque no es como si él tuviera algo en contra de esa regla… Así que, Kai… o como sea que te llames… ¿Qué interés tienes en él?
Kasumi no sabe de qué manera describir lo que siente por él, pero ya se ha dado cuenta que cada cosa que él hace le inquieta desde adentro. Esta es la única explicación a sus dolores en el estómago y la forma en la que se queda sin aire cada vez que lo ve.
—Él… me ha cautivado, sí. Siento cosas por él que nunca antes había sentido… Él me provoca…
—Calor, ¿verdad? —Kasumi se sonroja repentinamente y esto sólo sirve para confirmar lo que Hamari le acaba de decir—. Satoru cree que eres virgen, ¿esa parte es cierta? —Ella asiente.
—Estaba muy cómoda pretendiendo ser un hombre todo este tiempo hasta que conocí a Gojo-san… Y él ha confundido mis sentimientos… Me ha protegido en varias ocasiones durante nuestro viaje y ha cuidado de mí. Su presencia me hace sentir extraña… No sé cómo llamar a ese sentimiento ya que nunca lo he sentido antes. Me incomoda y al mismo tiempo…
—Se siente bien, ¿verdad? —Kasumi asiente tímidamente—. Bueno, ya que fuiste honesta conmigo te haré un favor que no muchas madres les hacen a sus hijas… Por tu expresión y lo pudorosa que eres creo que no tienes idea de lo que pasa aquí adentro. Pero, si vas a confesarle a Satoru quién eres realmente… sé que sólo será cuestión de tiempo para que te acuestes con él. Él no es el tipo de hombre que se toma su tiempo para cortejar una mujer, ¿entiendes?
—Y-yo… no planeo…
—Shush… haz silencio y sígueme.
Hamari se voltea, caminando a pasos cortos y silenciosos y desliza una pared de papel hacia un costado revelando un corredor extenso del otro lado, oculto de la vista del resto. Se gira apenas para observar su rostro y levanta su dedo índice indicándole que se mantenga callada y da su primer paso hacia el interior.
Una cacofonía perversa se escucha del otro lado, por todas partes, gruñidos y quejidos, alaridos y gemidos, palmadas y golpes. Hay sonidos que Kasumi jamás en su vida había escuchado, pero presa de la curiosidad, sigue los pasos de Hamari en total silencio. Cuando ella se detiene Kasumi nota un rayo color caramelo saliendo de un pequeño orificio hacia el que Hanami apunta y ella estira el cuello para espiar por el agujero.
Se queda sin aliento al ver lo que pasa del otro lado. Hay un hombre robusto, su ropa tirada a un costado y una mujer en el suelo que se aferra con ambas manos de las piernas de él. Ya había visto a sus hermanos desnudos varias veces, y hace poco también a Satoru, pero jamás había visto un pene con esa forma, erguido y duro.
La muchacha que tiene postrada frente a él se lo traga por completo, una y otra vez y cada vez más rápido. El hombre se queja y levanta el mentón en el aire, luego de un tiempo agarra a la cortesana por el cabello y la obliga a tragarse todo su pene hasta que ella hace arcadas. Él gruñe con fuerza y todo su cuerpo tiembla hasta que finalmente la libera y ella toma aire con desesperación.
Su pene gotea lágrimas blancas.
¿Esto es lo que hacen aquí adentro? Se pregunta Kasumi, horrorizada.
Hamari toca suavemente su hombro y le indica la ubicación del segundo agujero, apuntando a otra dirección. Ella siente que ya ha visto suficiente, sin embargo, la mirada de Hamari es severa, lo cual la obliga a juntar valor para asomar un ojo sobre la mirilla. Traga saliva y avanza. Se lleva ambas manos a la boca ahogando un alarido de sorpresa. Lo que ha visto allí es algo que jamás se hubiera imaginado ni en sus más perversos sueños.
Es otro hombre, pero a este lo está sometiendo una cortesana mientras le introduce un dedo en el trasero.
Este agujero ella no quiere volver a verlo, se le nota en el rostro y la forma en la que palideció.
—Algunos hombres tienen deseos diferentes, pero todos son dignos de respeto aquí. El sexo tiene muchas formas… Es cuestión de descubrir cuál te gusta más.
Hamari la toma de la mano como si fuera su discípula, adentrándose sobre el corredor hacia la siguiente mirilla oculta del otro lado con una pintura colgada en la pared. Para este punto, Kasumi tiene mucho miedo de mirar para encontrarse con algún deseo masculino que jamás hubiera imaginado, alguno que le revuelva el estómago o le deje una imagen grabada para repetir en sus pesadillas. Pero este, a diferencia del anterior, le provoca calor; un calor similar al que le provoca Gojo Satoru.
Desde el ángulo del que observa puede ver a una cortesana completamente desnuda, gimiendo a todo pulmón, con ambas manos aferradas a la tela de su ropa regada por el suelo. El hombre que está con ella está acostado en el suelo con su rostro entre las piernas de ella. Estira las manos y le aprieta las tetas, juega con sus pezones hinchados y los pellizca hasta que ella grita y se retuerce. Él lame con ímpetu entre sus piernas y no la suelta por un largo tiempo, tanto tiempo que la cortesana deja sus ojos en blanco. Ella se revuelve sobre el suelo de tatami, aleja su cuerpo de él con la poca fuerza y cordura que le queda, pero él parece empeñado en saborearla hasta su último aliento.
La expresión de esa mujer comienza a preocuparle a Kasumi y cuando se gira a advertirle a Hamari, ella le sonríe y se inclina hasta su oreja.
—Él es uno de los clientes favoritos de las chicas. Puede hacer eso por horas… Esa expresión es de placer crudo.
Kasumi vuelve a mirarlos intentando reconocer la diferencia entre dolor y placer. Un cosquilleo la invade y, al mismo tiempo, la incomoda. Vuelve a tragar inquieta por la forma en la que se siente, en cómo su corazón late y su cuerpo se calienta.
El siguiente es el más ruidoso, es tanto el escándalo que Kasumi se anticipa a algo parecido a una masacre, pero se extraña al ver un hombre delgado sobre una cortesana que aúlla como si la estuvieran matando. Kasumi observa el tamaño del pene del soldado y se sonroja. Es tan pequeño como su dedo pulgar.
—Aquí todos los hombres son como Gojo Satoru, en nuestra imaginación.
Kasumi no sabe exactamente a qué se refiere con ese comentario, pero intuye que tiene que ver con el tamaño. Siendo esta la primera vez que ve un par de penes erectos ahora sabe lo mucho que crecen en comparación con su estado de letargo.
El último de los cuartos no es tan ruidoso, dentro se escucha claramente un palmeo constante y del otro lado Kasumi encuentra un hombre penetrando a una cortesana. Justo frente a la pintura que disimula la mirilla está él, un hombre común y corriente abriendo las piernas de una mujer, empujando con fuerza. Kasumi puede verlo todo desde donde está parada, las manos apretando los muslos, los pechos de la mujer sacudiéndose tras cada embestida, y él cogiéndosela.
Luego, sorpresivamente, tras eyacular toma su rostro entre sus manos y la besa con deseo e ímpetu. Kasumi se queda sin habla al verlos besarse de esa forma, tan apasionadamente que le cosquillean los labios como si la estuvieran besando a ella. Recuerda entonces, como si fuera una novedad, que a ella jamás la han besado.
Para cuando el recorrido termina Kasumi siente su cuerpo arder, sin embargo, y sin decir una sola palabra, vuelve silenciosamente a su asiento en compañía de Hamari y aprieta las piernas con fuerza.
—Así que… así es como se hace… —susurra avergonzada y Hamari asiente—. ¿Con qué fin… me mostró todo eso?
—Si realmente te gusta él supongo que el resultado será inevitable, pero no esperes mucho de él. Dadas las circunstancias y con la muerte del Emperador tan fresca… creo casi con certeza que este viaje que ambos emprendieron no es una casualidad. Cuando Satoru se propone algo es muy difícil, diría imposible, que desvíe sus planes por una mujer. Puede que se acueste contigo, pero estará cegado por sus propias metas y quizás no pueda verte, no realmente, no como te gustaría.
—Yo… no tengo pretensiones… —responde Kasumi con su voz pendiendo de un hilo—. Ni siquiera sé bien qué son estos sentimientos confusos y… además… yo también tengo mis propias metas. Gojo-san es un misterio aún para mí. Me di cuenta que no sé mucho de él…
—Satoru es alguien muy especial para nosotras. Su madre trabajaba aquí —Kasumi abre los ojos de par en par y su corazón se congela—. Su madre murió de sífilis, su padre no lo reconoció… pero cuando nació todos lo llamaron como él, Gojo. Era irrefutable, sobre todo cuando se dio cuenta que era un hechicero. El clan Gojo intentó llevárselo cuando la voz corrió, pero él escapó. Volvió aquí tiempo después buscando refugio y lo cuidamos… y él cuidó de nosotras por un tiempo. Por eso es que no voy a permitirte salir de aquí sin antes sincerarte. Sé que debes tener tus razones, todas aquí hemos tenido vidas tempestuosas… No es nada personal. No te lo tomes a mal. No creo que tengas malas intenciones…
—Y-yo… comencé a pretender que era un hombre para aprender a usar la espada. Mi maestro me reclutó cuando era pequeña… pero me dijo que no podía entrenar una mujer. Tampoco puedo casarme por mi condición…
—¿Tu condición? ¿Eres infértil?
—Bueno, no lo sé… —dice, encogiéndose de hombros—. Mi tía dijo que es un defecto de nacimiento y que debo ocultarlo…
—No necesito saber eso.
—N-No tengo intenciones de seguir mintiendo —responde con la cabeza gacha—. Es sólo que… no he encontrado el momento apropiado para decirlo, tampoco encontré una razón para hacerlo. No creo que a Gojo-san le importe lo que yo sea.
—No, pero le importará tu sinceridad. Y él es como un hijo para mí, así que no quiero verlo salir de esta ciudad con una mentirosa bajo su ala.
—Le ruego… me dé un poco de tiempo… No sé cómo empezar esa conversación.
—Eso puedo dártelo. Tienes hasta la primera hora de la mañana. Ahora tendremos que pretender… ¿Cuánto tiempo será? Supongo que unos veinte minutos estarán bien, demasiado tiempo para un virgen, de hecho. No queremos que él crea que lo estafamos, ¿no? Ven —dice extendiendo su mano libre sobre su cabeza, revolviéndole el cabello—. Al menos para que él crea momentáneamente que hemos cumplido su pedido.
Kasumi sonríe suavemente mientras la mano de Hamari se mueve sobre la corona de su cabeza.
Al volver al salón en el cual los esperan las cortesanas junto a Satoru, Kasumi se siente más aliviada. Su forma de mirarlo ha cambiado y ya no siente ese malestar extraño en la boca del estómago con tan solo verlo rodeado de mujeres. Todo tiene más sentido después de conversar con Hamari. La forma en la que ellas cuidan de él y la familiaridad que se siente en el ambiente.
Satoru la mira con una sonrisa ancha en la boca, con un dejo de emoción en la mirada, lo cual es suficiente para las dos. Él aún no sospecha nada.
—Está hecho —anuncia Hamari con una mano sobre el hombro de Kai haciendo que a Kasumi se sofoque de vergüenza.
La noche se vuelve más activa con el pasar de las horas. Las muchachas entran y salen del pequeño salón que los acoge a atender a sus clientes. Luego vuelven a sentarse a escuchar las fábulas que cuenta Satoru y por alguna razón Kasumi no sabe si debería creer todo lo que sale de su boca. Suena demasiado fantástico para ser verdad.
Mira su pequeño vaso tallado en madera con el sake en su interior y cuando por fin se siente en calma, frunce el entre cejo. El líquido dentro de su vaso se mueve suavemente a pesar de que ella está totalmente quieta, como si una gota invisible cayera en su interior haciendo que la superficie se agite. Entonces se da cuenta, el piso bajo su cuerpo vibra y es cuando Satoru se levanta.
La música se detiene y las voces se silencian. Del otro lado del muro se escucha disonancia de casquillos golpeando el empedrado; como una estampida.
Satoru desliza una de las ventanas que dan a la calle principal y asoma la cabeza. Los guardias sobre la puerta de entrada abandonan las armas y echan a correr al ver el ejército galopante que se aproxima como una ola oscura.
—¡Todas! ¡Busquen refugio! —grita Satoru—. Kai —dice sin desviar la vista de la ventana—. Cuida de las muchachas.
—¿Yo? ¡Pero!
Satoru no escucha una palabra, no quita su mirada de los soldados que comienzan a alzar sus armas contra los hombres que corren despavoridos por el distrito. Kasumi ve su perfil estoico, estremecida por el rugido ronco de su voz. Las muchachas corren a toda prisa, tomando sus ropajes entre las manos al ritmo de los gritos de Hamari mientras Kasumi lucha con el temblor de sus propias manos.
—¡Síganme! ¡Ya saben a dónde ir! —grita la patrona y todas siguen sus pasos con desespero.
Kasumi mira por última vez a Satoru antes de salir detrás del grupo de mujeres, pero él está atento al caos que estalla en las calles. Sin cruzar palabra, continúa siguiendo el mismo camino que recorrió hace un momento atrás.
Bajo la mesa del despacho de Hamari hay una puerta escondida, tras una alfombra rojo oscuro. Mientras las chicas bajan rápidamente hacia ese sótano oculto, Kasumi toma la empuñadura de su katana de madera. La trajo consigo desde Yokohama y hasta el momento sólo la había usado para practicar lo que su maestro le enseñó. Sigue a Satoru con la mirada mientras él se desvía al salón principal en el que observa a todos los clientes salir corriendo a tropezones por la puerta, algunos levantándose los pantalones. Cuando no hay nadie adentro, con Kai viéndolo atentamente detrás del marco de la puerta, desenvaina su katana.
—Dame tu espada —le dice en un tono severo. El tono demandante de su voz no es suficiente para que Kasumi suelte su espada. Afligida y confundida, toma la espada de madera y la extiende frente a él, pero su corazón se agita al verlo tomar la espada de madera para entregarle la suya de acero.
Es tan pesada que apenas puede sostenerla, y sin entender lo que sus ojos ven observa a Satoru empuñar la espada de madera mientras espera impacientemente que los soldados entren al burdel.
—La necesitarás —le dice Satoru, su voz gélida y su semblante impasible—. Ahora ve.
Kasumi traga saliva, las palabras se amontonan en su garganta y un impulso la obliga a acercarse a él. Pero Satoru no necesita su presencia, se lo dice con una sola mirada que la hace retroceder sobre sus pasos.
Una masacre ya ha empezado del otro lado de la puerta. Puede escuchar los gritos emanando de la calle como si se hubieran abierto las puertas del mismo infierno. Mujeres y hombres por igual. Caballos relinchando alrededor de la posada. Fuego alzándose con fuerza.
—¡Kai! —grita Hamari y ella se ve obligada a volver sobre sus pasos, dejando atrás a Satoru a pesar de que su corazón le suplica que se quede con él, aunque no sirviera de nada.
Todas las mujeres están amontonadas en escondite y Hamari es la última, esperando impaciente para poder cerrar la puerta.
—¡Rápido! ¡Ven! —le grita con desespero estirando su mano hacia ella. Pero, cuando está a punto de acercarse, Kasumi escucha un estruendo del otro lado de la habitación, en la habitación en la que se encuentra Satoru. La puerta principal ha caído y tras ella se oyen los pasos de los soldados. El corazón se le detiene por un instante al contemplar la idea de que Satoru está completamente rodeado y superado en número, pero su angustia se ve interrumpida por otro estruendo más cercano. Cristales estallan a su alrededor, están rompiendo las ventanas para entrar.
—No hay tiempo —se dice Kasumi a sí misma mientras ve la mesa y la alfombra a un costado de la habitación—. Las van a encontrar… —susurra y luego corre hacia Hamari, empujándola a bajar las escaleras, haciendo caso omiso de sus gritos y reclamos. Deja la espada de Satoru a un lado y toma la puerta para cerrarla, corre la alfombra y acomoda la mesa junto cuando un soldado empuja la puerta del despacho.
Kasumi, en el suelo, lo ve con horror. Es casi tan alto como Satoru y lleva la cabeza rapada con un mechón de cabello sujeto en la nuca. Él la ve con un gesto plagado de malicia, arquea las comisuras de sus labios y extiende la boca en una sonrisa perversa.
Intimidada por su expresión, duda por un instante esperando que no sospeche dónde ha escondido a las mujeres. Pero él no le da mucho tiempo para pensarlo y alza su espada contra ella mientras Kasumi estira su mano para tomar la katana e interponerla entre ambos.
Si se hubiera tratado de su espada de madera… Kasumi ya estaría muerta. Ella siente entre sus manos los residuos de poder maldito aún escondidos en la hoja, como si Satoru estuviera allí junto a ella.
El acero rechina, el soldado la arroja contra la mesa, empujándola con el peso de su propio cuerpo y las pequeñas manos de Kasumi tiemblan debajo de él, cediendo centímetro a centímetro. Ella aprieta los dientes y respira agitada, los ojos del otro lado del acero la miran con una sonrisa macabra, ojos oscuros clavados en su tierno rostro. Aterrada, le da con la rodilla entre las piernas haciéndolo flaquear por un instante que le otorga la ventaja. Reúne fuerza tal y como Kusakabe san se lo enseñó y utiliza la energía que se desprende de su cuerpo, la reúne en la espada y lo empuja contra la pared de papel que se rompe al instante.
El soldado cae en el corredor de las mirillas. Parece sorprendido de que un niño tan pequeño pueda tener tanta fuerza, aunque ella sabe que solo lo ha tomado por sorpresa. Cuerpo a cuerpo no tiene ninguna posibilidad. Su mirada frenética va de lado a lado de la habitación hasta ver un cuenco oscuro y, si es lo que ella cree que es tal vez tenga alguna posibilidad.
Lo toma rápidamente mientras el soldado se pone de pie y antes de que pueda lanzarse contra ella nuevamente, Kasumi le arroja el contenido de la jarra.
Él se mira a sí mismo, sus manos y su rostro. El líquido espeso se mete dentro de sus ojos y se cuelga de sus pestañas, le basta con un momento para tallarse los ojos que Kasumi aprovecha para darle una patada en el abdomen. Pero, para su sorpresa no lo ha movido ni un centímetro.
Kasumi ve su propia sandalia en el medio el abdomen del soldado y perpleja sube la mirada hacia él. Él se ríe, le da tanta gracia que se le escapa una carcajada y cuando Kasumi tiene ambos pies sobre la madera del suelo él alza su katana en lo más alto y arremete contra su cabeza con tanta fuerza que está seguro que le partirá el cráneo a la mitad. Su sonrisa se borra cuando una fuerza invisible se alza frente a su nariz, es cuando todo se vuelve oscuro a su alrededor y una fuerza sobrenatural se impacta contra su espada. El golpe que le ha dado al pequeño muchacho se siente como impulsado por un suspiro a pesar de haber empeñado toda su fuerza. Escucha el acero de ambas espadas al chocar y ve los ojos atentos, azules y grandes, mirándolo atentamente. Con la mandíbula dura Kasumi ha pronunciado las palabras clave de su encantamiento, recibiendo el golpe de su oponente para anularlo de tal manera que la katana de él vuela a través de la habitación.
Ahora, sin nada de qué valerse y a merced de un niño pequeño con los poderes de un chamán, no hay nada que pueda hacer más que retroceder cuando ella pincha su estómago con el filo de su katana. Tan filosa que podría partir una sandía sin ninguna dificultad, o tal vez incluso un cráneo.
Sus primeros pasos son lentos, atentos al movimiento de la espada que se blande en su dirección. El pasillo es demasiado angosto como para idearse un contraataque, por lo que el soldado reconoce rápidamente que sus posibilidades son pocas. Él se lanza contra las paredes más finas de papel y termina arrojándose por una ventana, con Kasumi siguiéndolo como una tempestad. Pero, al llegar a la calle se queda congelada.
Parte de las calles arden, la otra parte está cubierta de sangre y cadáveres. Kimonos manchados y hombres desfigurados. Aún se escucha el sonido de los cascos perderse en el horizonte. Y entre todo aquello está él. Satoru se alza entre una pila de cadáveres, su perfil brillando el ámbar del fuego. Solo y con una espada de madera teñida de rojo entre las manos. Él jadea cada respiración y cuando nota su presencia le dirige su cansada mirada.
—Satoru… —pronuncia Kasumi en un hilo de voz.
Hola! Cómo están? Como siempre primero quiero darles las gracias por dejar comentarios, me gustaría contestarlos de forma individual pero soy completamente sincera cuando digo que uso mi tiempo libre casi exclusivamente para escribir esta historia. Tengo 2 capítulos adelantados así que estoy super tranquila con las actualizaciones y hoy decidí adelantarla un día, ya que mañana quiero enforcarme en continuar el capítulo 6 que es el que estoy escribiendo ahora.
Este capítulo me gustó mucho escribirlo, me divertí mucho pensando en la escena de las aguas termales y a Miwa conociendo el distrito rojo. Espero que la historia se haya entendido bien, sobre los origenes de Satoru. Una amiga me dijo que le recordaba la historia de MaoMao pero no me había visto el anime en ese momento.
Ahora sabemos que Miwa tiñe su pelo de negro y que Satoru es hijo ilegítimo del líder del clan Gojo. Espero hayan disfrutado de este capítulo como de los anteriores. Y, si tienen un poquito de tiempo extra, me encantaría saber qué opinan. Nos leemos el próximo domingo (no mañana) jajaja
Glosario
Geiko: Aprendiz de geisha.
Yūkaku: distrito rojo
Kiseru: pipa larga tradicional
