Capítulo 2: En una caja de seguridad

Las Loud habían conseguido escapar del Overlook que era consumido por las llamas. Esto debido a que Lincoln se había dejado manipular por sus fantasmas y la presencia maligna que lo habitaba, apoderándose de él y manipulándolo para que intentara asesinar a su familia, quienes además estaban siendo asechadas por los fantasmas del hotel que se hallaban festejando; por lo que Clyde McBride había dejado sus vacaciones con su prometida para acudir en ayuda de todos; pero al llegar fue atacado por Lincoln con un mazazo en la cabeza, matándolo.

Así mismo, Lincoln había dejado mal herida a Lynn y perseguido a Lily por todo el hotel hasta arrinconarla en un pasillo sin salida, a lo que esta otra lo confrontó acusándolo de no ser su hermano, motivándolo así a luchar contra los fantasmas y recobrar momentáneamente el control de si mismo, sólo para ponerla a salvo y advertir a su madre y hermanas que huyeran del lugar. Esto antes que el hotel lo volviera a poseer y lo obligara a golpearse la cara con un mazo de roque, siendo su rostro convirtiéndose en los rostros de todos los espectros del Overlook lo ultimo que verían de él.

De repente, Lucy recordó que estaban en grave peligro, pues la caldera inestable estaba a punto de explotar, y le dijo al monstruo que ya no era su hermano que nadie había revisado la caldera desde la mañana, ante lo cual la cosa en la que Lincoln se había convertido entró en pánico y corrió hacia el sótano. Ocasión que las Loud aprovecharon para reagruparse y salir huyendo.

Entretanto, a pesar que el Overlook en el cuerpo de Lincoln si llegó al cuarto de calderas y abrió la válvula para aliviar la presión, la caldera hizo explosión y destruyó parte del hotel que acabó incendiándose.

A la salida, Lily y Lucy se deslizaron por la senda de la entrada, con Rita y Leni siguiéndoles el paso mientras ayudaban a desplazarse a una muy malherida Lynn Jr. Fue entonces que el espíritu del hotel hizo un ultimo intento desesperado por poseer a Lucy y hacer que matara a su madre y hermanas, pero esta se resistió, y al volverse a mirar una ultima vez al Overlook en llamas llegó a avistar la sombra oscura de un pulpo gigante y obsceno que perdía su forma entre el humo.

–¡Lucy, vamos! –la llamó Leni.

Por lo que ella y las demás abordaron el snowtrack en el que había llegado Clyde, siendo aquello muestra de que su sacrificio no había sido en vano.Al subir se sentó a la derecha de Lily que se puso en medio de ella y Lynn, a la que cubrieron con una manta, mientras que Leni ocupó el asiento del copiloto y su madre se puso al volante.

Y en lo que Rita ponía el vehículo en marcha, la más pequeña de sus hijas se regresó a mirar a través de la ventana de atrás y aguardó contemplando lo que quedaba del hotel mientras este ardía hasta sus cimientos.

–Vamos, Linky... –murmuró–. Aun hay tiempo... Sal de ahí... Corre...

Pero, incluso en el remoto caso que lograra salir de allí, su cuerpo estaría padeciendo graves quemaduras y heridas que causarían su muerte a los pocos días... ¿Días?... Minutos, a lo sumo. Lucy, sus demás hermanas y su madre lo tenían claro y, aunque se negara a admitirlo y muy a su pesar, Lily también. Además que el que se quedó allí ya no era el peliblanco que conocían y amaban. Razón por la cual Rita se apuró a enfilar el snowtrack hacia la salida, y no dar pie a más falsas esperanzas.

A pesar de todo, Lincoln si se había redimido al final, y no murió congelado y loco como llegó a pensar Lucy en su momento. Sumado a que el hotel había sido destruido y el mal que lo habitaba desaparecido por completo.

No obstante, para cuando el snowtrak recién dejaba atrás los terrenos del Overlook, en el edificio ardiente se produjeron otros tres estallidos consecutivos, cada uno más potente al anterior, y fue en el segundo que algo atravesó el techó y salió disparado por los aires como una bengala, dejando tras de si una cola de humo rojo y gris.

Retorciéndose en candente agonía, Lincoln pasó volando por arriba del snowtrack y aterrizó a un costado de la carretera sobre la nieve blanda, levantando una densa nube de vapor a su alrededor.

Al pasar el snowtrack junto a la huella humeante que dejó impresa en la nieve, Lily estuvo a punto de asomarse a mirar, pero Lynn fue más veloz en apartarla de la ventanilla para cubrirle la cabeza con la manta y abrazarla contra su pecho magullado y adolorido.

–¡No veas! –pidió a su hermana, que la sintió transpirar helado y respirar con celeridad. De hacerlo estaba segura que eso la marcaría de por vida, más de lo que ya estaba–. ¡No vayas a mirar!

Leni sólo vio un instante, tras el cual se llevó ambas manos al rostro y rompió en llanto. Sintiendo a su vez como se le partía el corazón, Rita mantuvo su vista en el camino, ya a sabiendas que no se podía hacer nada por él y que su máxima prioridad era salvar a las hijas que aun le quedaban, alejándolas cuanto antes de aquella fuerza negra y oscura que irradiaba ese sitio tan espantoso.

–¡Linky...! –sollozó Lily bajo la manta–. ¡Papá...!

Por el contrario, Lucy si se mantuvo contemplando los restos calcinados de su hermano, cuyo cadáver yacía en una pose irregular que describía una esvástica mal trazada con carbón, dado que lo poco que sobró de él había quedado irreconocible. Su cadáver, negro y humeante, parecía un leño chamuscado acabando de apagarse en las escasas brasas de una chimenea. Sólo que este leño contaba con dos cuencas oscuras y profundas donde antes habían asomado un par de ojos azules, y una boca abierta que exhalaba grandes bocanadas de humo repleta toda de dientes ennegrecidos por el hollín, resaltando entre ellos uno muy grande y astillado. En cuanto a sus blancos cabellos, todos y cada uno de ellos habían quedado reducidos a finos tallos de paja seca y crujiente que se consumían hasta desaparecer.

Hasta que su cuerpo carbonizado fue opacado por la neblina y desapareció en el horizonte conforme se alejaban, la muchacha se mantuvo fija en él, sin parpadear y con sus blancas manos apartando el flequillo de su pelo. Fuera porque no se sintió capaz de apartar la vista de sus restos al sentir que también debía tomar parte de su responsabilidad en el asunto.

Que si, que desde el inicio Lincoln ya era lo bastante vulnerable a la influencia maligna del Overlook... Pero... ¿No había sido Lucy quien con su poder le había dado vida al hotel y las cosas malas que lo habitaban en primer lugar?


... Jadeo... ¡Jadeo!... ¡Jadeo!... ¡EXCLAMACIÓN!

Con este lío en la cabeza, despertó en su alcoba al cabo de... ¿Habían pasado ya cuánto?... Marzo, abril, mayo, junio... Seis meses, seis meses en armonía. Tiempo durante el que la familia Loud se estuvo recuperando poco a poco de las lesiones y traumas que sufrieron.

Y como muchas noches desde hacía seis meses, despertó a punto de gritar aterrada, de verdad, logrando sin embargo contenerse en el ultimo segundo. Igual agradeció que Lynn se hubiese mudado hacía tiempo a la que antes era la habitación de Luna y Luan. Para colmo faltaría que la viera en ese estado.

Suspiro...

Hacía seis meses que la señora Rita, viuda de Loud, había recibido una indemnización por parte de la empresa propietaria del hotel Overlook situado en las montañas de colorado, declarado siniestro total, y regresado con las cuatro de sus diez hijas que aun vivían con ella a su casa en Royal Woods, Michigan.

Tras una exhaustiva investigación, según dictaminó el jefe de bomberos del condado, la causa de la explosión que consumió al hotel había sido una caldera defectuosa. El accidente tomó sólo a dos víctimas en total: El cuidador de invierno, Lincoln Albert Loud, que murió en el infructuoso y heroico intento de reducir la presión de la caldera que había alcanzado niveles catastróficos. El segundo fue Clyde McBride, un amigo del cuidador que había dejado sus vacaciones en Florida con su prometida Chloe Curda para ir en ayuda de los Loud. Según el testimonio de la señora Rita Loud: "Había tenido una fuerte corazonada de que tenían problemas".

Las únicas supervivientes registradas fueron la madre y hermanas del vigilante. Dos de ellas, Rita y Leni Loud sufrieron heridas leves, mientras que la joven Lynn Loud Jr. salió gravemente herida en la explosión. Las únicas que salieron ilesas fueron las hermanas menores del vigilante: Lucy y Lily Loud.

Lucy al menos fisicamente.

Porque casi cada día, desde entonces, al llegar la noche, empezaba un turbulento enredo de pesadillas, pesadillas en las que alguien blandía un mazo al acecho por pasillos interminables, un ascensor que funcionaba solo, setos ardientes de animales que cobraban vida y le cercaban el paso y, finalmente, un pensamiento nítido:

≪Ya no lo quiero... ¡Ya no lo quiero!... El resplandor... ¡Es peligroso!≫.

Había noches que, cada vez que Lucy se metía en la cama, la realidad se comprimía. Sentía como si sus pulmones se arrugaran y la atmósfera pesara cien toneladas, como si su pecho quisiera atravesar el colchón. No podía respirar, no podía dormir, no podía estar en silencio. Mientras las demas seguían adelante, "la rara de la familia" seguía hundiéndose; y así pasaron los días y otras tantas noches de insomnio... Hasta que ocurrió algo que lo cambiaría todo de nuevo, catapultándola de vuelta a la oscuridad.

Sucedió esa madrugada que despertó, jadeando, sobresaltada, y con ganas de hacer pis.

Gemido...

Lucy salió de su –ahora propia– habitación en el pasillo de arriba –situada junto a las habitaciones propias de sus hermanas– y cruzó el corredor. Cuando nadie usaba la ducha o el inodoro dejaban la puerta del baño abierta, ya que el pestillo se había roto recientemente; otro desperfecto que sumar a los tantos con los que contaba la vieja casa Loud, junto a los rechinidos en el piso, las goteras y las demás cerraduras que se rompían a la primera sacudida. Si, pudiera no tratarse de un hotel de lujo de más de cien habitaciones, pero era su hogar, dulce hogar.

Sin embargo, esa madrugada la encontró cerrada, y no porque alguna de las otras estuviera allí dentro. Desde donde estaba las podía escuchar roncando en sus camas, a todas ellas, incluyendo a su mamá que dormía en el piso de abajo, y para eso no necesitaba valerse de las paredes delgadas de la vieja casa Loud, menos tratándose de Lynn. En consecuencia por los martillazos que recibió en el pecho, esta ahora roncaba peor que antes.

Tampoco es que alguien la hubiera cerrado por error.

Estirando el brazo, que de repente parecía demasiado largo, demasiado elástico, demasiado deshuesado, Lucy giró el pomo y abrió la puerta.

La vieja Scoots, la mujer que Lily había hallado en la habitación 217, estaba allí, como ya lo suponía. Estaba sumergida en la bañera, lo que no era de extrañarse. Al fin y al cabo había muerto en una bañera.

Esbozando una mueca burlona, la horrenda vieja le hizo señas para que se acercara, a lo que la muchacha volvió a cerrar la puerta con suavidad y retrocedió. La parte racional de su pensamiento le decía que aquello no era más que un fragmento de sus pesadillas que la había perseguido más allá de sus sueños hasta el cuarto de baño. Otra parte de ella, la parte que resplandecía, sabía más.

Por lo que optó por bajar las escaleras con piernas ausentes y salir al jardín trasero. Al llegar allí se bajó las pantaletas, se acuclilló tras unos arbustos y roció el prado.


Al regreso, arrimado contra los escalones del porche de la puerta de atrás con una mano oculta tras su espalda, topó con Clyde McBride, sintiéndose agradecida con él de que no tuviera la mitad de la cabeza aplastada a diferencia de los otros muertos que solían aparecer con rastros de sus asesinatos.

Hey, Lucy –la saludó.

–¿Qué haces aquí?... –tan pronto recordó lo que había estado haciendo hasta hacía un momento, la muchacha retrocedió un tanto ruborizada bajándose los faldones de su camisón–. ¡¿Me viste, acaso?!

¡Claro que no! –negó Clyde–. Pero, de todos modos, no puedes hacer eso aquí afuera, no eres un animal.

Lamento... la vieja Scoots volvió –se sinceró Lucy–. Estaba en el baño. Nos encontró, y no es como los otros fantasmas que he visto cuando voy por la calle. Ellos son transparentes y no dañan a nadie. Scoots es diferente... Ella es real.

Si, ya veo –asintió Clyde McBride–. El Overlook fue destruido, pero sus fantasmas están sueltos y hambrientos y ahora los están buscando.

Suspiro... Dibujos en un libro.

–¿Qué?

–Le diste a entender a Lily que eran como los dibujos en un libro y que no nos iban a lastimar a ella o a mi.

Sé lo que dije, Lucy –se excusó Clyde–. Es sólo que hay cosas... Oscuras, y tú lo sabes muy bien... Y parece que el resplandor es su alimento... Creo... Que en el Overlook todos no eran más que dibujos para mi, sólo que yo no resplandecía como tú... Que bha, creo que ni Lily y yo juntos hubiéramos resplandecido tanto como tú. Entonces tú, en ese maldito hotel, eras como una batería de un millón de vatios. Todos se conectaron y lo devoraron. El mundo es un lugar hambriento y las cosas oscuras en él son las más hambrientas y devoran lo que resplandezca en enjambres como mosquitos o sanguijuelas. Eso no se puede remediar... Pero lo que si puedes es usar lo que buscan en su contra para ponerles un alto.

Al oír esto, la pelinegra chasqueó la lengua y rió con desdén.

¡Ja!... Me vas a decir tú ahora que sabes como combatir a estos fantasmas, con la gran ayuda que fuiste para nosotras cuando estuvimos atrapadas en ese hotelucho, sin ofender.

Si, lamento haberles fallado esa vez –volvió a disculparse Clyde–, y no sé si podré compensártelo; pero al menos si sé de alguien que podrá ayudarte con esto.

Dicho así señaló al árbol del patio. Mismo que Lucy se regresó a mirar.

¡Exclamación!

Ante si, sentada en el columpio de neumático que colgaba de la rama más alta, tenía a su viva imagen. Era ella misma a los ocho años luciendo un atuendo de lo más distinguido. Consistía en un largo vestido negro con una cinta atada a la cintura a juego con un sombrero de dama redondo que llevaba puesto de lado, y un fino collar de perlas y un par de aretes brillantes para completar.

Clyde, querido –habló, con la misma rasposa voz con la que hablaba Lucy a esa edad. Entre sus dedos tenía sujeta una boquilla para cigarro, de los que las mujeres de la clase alta usan para no mancharse los dientes–, ayudame a bajar, por favor. Este neumático está sucio y me están picando los alambres.

Voy, señora.

Obediente a su mandato, el hombre de tez oscura acudió en ayuda de la pequeña dama, a la que con su mano libre levantó abrazándola por la cintura y depositó en el suelo con cuidado.

La razón de que la llamara señora, es porque en realidad se trataba de una mujer bastante mayor con la apariencia de una niña. Según explicó a Lucy cuando contactaron por primera vez, se debía a una rara enfermedad que le impidió seguir creciendo a partir de esa etapa. Lisa había mencionado el término Hipopituitarismo cuando le preguntó al respecto y Lori simplificó la explicación sugiriéndole que mirara una película sobre un matrimonio que adoptaba a una huérfana rusa que los intentaba asesinar.

–Bisabuela Harriet –la llamó Lucy por su nombre.

¿Cómo has estado? –la saludó esta sonriente tras dar una calada a la boquilla. Otro se hubiera escandalizado al verla y pensar que se trataba de una infante que fumaba. Pero, claro, Lucy era la única que la podía ver (Tal vez Lily si despertaba y se asomaba por la ventana de su cuarto)–. Mira cuánto has crecido, ya eres toda una señorita. Parecía que fue apenas ayer cuando tú y yo estábamos de la misma estatura y nos pasábamos horas platicando en el ático. Aunque no hablabas mucho la primera vez que nos vimos. ¿Te acuerdas la primera vez que hablamos en serio, cuando te hablé dentro de la cabeza?

La siguiente vez que la bisabuela Harriet le habló, lo hizo sin mover los labios.

Te hizo sentir mejor, ¿no es así? Saber que no estabas sola≫.

No obstante, Lucy no parecía muy contenta de verla en esta ocasión. No se notaba en su cara, pero Harriet era de los pocos que podían descifrar sus emociones en la falta de expresión en esta.

¿Qué pasa? ¿Por qué los pucheros? ¿O es que ya estás muy grande para darle un abrazo a tu bisabuela?

–¿Dónde rayos habías estado? –le reclamó la joven al fin–. Te estuve llamando muchas veces, supliqué tu ayuda; pero tú sólo repetías una y otra vez que debía "recordar lo que se les había olvidado". Al final no tuve más remedio que llamar a Clyde y... Ahí lo tienes.

El hombre de color no dijo nada. Por su parte, la mujer con apariencia de niña dio otra calada a la boquilla con el cigarro.

Muchacha –repuso tras volver la cabeza y escupir una poca de humo–, he hecho cuánto más he podido para ayudarte con todas mis limitaciones. No puedes ponerte tan exigente en estas cosas. Los muertos muertos estamos y no tenemos más que hacer en este mundo que pertenece a los vivos...Pero, bueno, para eso se supone está la familia. Veamos entonces que se puede hacer con ese pequeño problema que tienes.

Harriet dio una tercera calada y se relamió los labios antes de continuar.

Deja que te cuente una historia...

–¡No quiero historias! –le replicó Lucy de vuelta–. ¿No lo entiendes? Scoots va a volver y volver hasta que me atrape y después irá por Lily.

Pues cierra la boca y abre las orejas, jovencita, que ella no va a ser la única –le increpó la pequeña mujer–. Estoy segura que captarás la idea, a no ser que seas como esa otra hermana tuya a la que le faltó algo de oxigeno al nacer.

Ahí si te agarró –dijo Clyde. Con lo que Lucy accedió a callarse y escuchar juiciosa lo que su bisabuela tuviera que decir.

... Suspiro... Bien... –Harriet dio otra calada–. ¿Te he hablado alguna vez de mi hermano?

Aunque sutil, en esta ocasión si se notó el asombro en la expresión de Lucy al reaccionar.

Ya me imaginaba que no –prosiguió su bisabuela–. Nunca me gustó hablar de él... Era un ser oscuro, oscuro por dentro.

–... ¿La misma oscuridad que tenía Lincoln en su interior? –intentó adivinar Lucy.

Ni de chiste –refutó Harriet–. Da gracias a Dios que tu hermano y Pop Pop sólo le heredaron su pelo blanco, porque lo demás... No, cuando joven quería un hermano como el que tú tenías... Claro, hasta antes que esos fantasmas se metieran en su cabeza y se le mal cruzaran los cables... En vez de eso, tenía un hermano como el que tú creías tener. El mio si era un hermano... Bastante cariñoso, pero no del modo que te gustaría... ¡Era un cerdo! Al infeliz le gustaban las niñas pequeñas, y vaya que supo sacar lo mejor de mi mala situación, de que yo hubiera nacido... Así.

De a poco, la boca de Lucy empezó a abrirse al comprender por donde iba el asunto.

Solía alzarme en brazos y sentarme en sus rodillas –contó la bisabuela Harriet–. Como a una muñeca. Entonces... Él... Me mecía en sus piernas mientras... Mientras se tocaba allí abajo, pues... Y por mucho que yo gritara y luchara no me podía defender. Él era grande y fuerte y yo pequeña y débil aun siendo la mayor... Recuerdo que una vez lo quise acusar con mi padre y contarle lo que me hacía, pero él ni siquiera me quizo escuchar y hasta me abofeteó porque, ya sabrás, en esa época estaba mal visto que una "señorita" tocara esos temas... En fin, que cuando mi hermano se enroló y poco después supe que había sido acribillado en combate, bailé de felicidad... Pero el maldito seguía regresando. Entraba a mi habitación todas las noches y se acostaba junto a mi en mi cama, con su uniforme todo agujereado y apestando a pólvora, cal, sangre o lo que fuera que saliera de su fosa...

... Exclamación –masculló Lucy. Esperó a que su bisabuela diera otra calada antes de seguir con su relato.

Por suerte, mi abuela, que si me quería, me enseñó un buen truco.

Ante dicha mención, Clyde retiró la mano que tenía oculta tras su espalda, para mostrar una cajita de metal con tallados de plata que entregó a Lucy. En la parte delantera venía incrustada una llavecita en la cerradura.

Observa bien esta caja –indicó él–. Por dentro y por fuera. No sólo la mires, tócala, incluso mete la nariz a ver si apesta, porque vas a construir una igual en tu mente, una más especial.

Clyde, ¿quien está dando la lección, tú o yo?

Perdón, señora.

Nha, olvídalo, da igual. Si, de eso va el truco. Así, cuando regrese esa desgraciada estarás preparada. Podrás encerrarla allí dentro y tirar la llave por el váter si eso te hace sentir mejor.

Adiós, Lucy –se despidió Clyde–. Cuídate.

En el instante que la muchacha le quitó la vista de encima, desapareció.

Considera este mi regalo de despedida ahora que te marchas a la universidad –fue lo ultimo dicho por la bisabuela Harriet–. No la caja, la enseñanza en si es el regalo, el mejor que alguien puede dar o recibir; y así como hubo quien hizo lo mismo por mi una vez llegará el día que te tocará a ti enseñarle a alguien más como resplandecer, hija mía.


Scoots volvió para cuando el verano estaba dando paso al otoño, una noche que el resto de las hermanas Loud se hallaban reunidas en el comedor.

Luna y Sam ponían a las otras al tanto sobre las anécdotas de su ultima gira y Lori y Bobby mostraban las fotos de su nuevo bebé a las gemelas, quienes se alegraban por igual de haberse desentendido de los incomodos y pretenciosos uniformes del internado, cuanto menos durante el periodo de vacaciones. Un semestre más y serían libres.

Luan acababa de servir una apetitosa montaña de bolitas de macarrones con queso a Lisa y después a Lynn Jr. que adoptaba una posición muy rígida, pese a que ese era un evento informal. Además de sus costillas rotas y algunas lesiones internas, tenía una vértebra partida. De todas esa era la lesión más lenta de curar y la razón por la que seguía usando un corsé de escayola, amén de que se vería en necesidad de desplazarse en silla de ruedas hasta nuevo aviso.

En esa época las Loud volvían a afrontar tiempos difíciles, con lo recién acontecido en el Overlook; pero saldrían adelante porque se mantendrían unidas como familia... O eso pensaban.

Antes de bajar a reunirse con ellas, Lily confesó a su madre que había hablado con su hermano una ultima vez, informándole de paso que este y su padre se encontraban bien.

Después se dirigió a Lucy en privado.

–Clyde también está bien. Dijo que no debemos dejar que esto nos afecte. Ya no hay que escondernos más. Debemos mantener la cabeza en alto, mostrar a todos nuestro resplandor. ≪Resplandezcan, Lily, Lucy≫, eso fue lo que dijo, que resplandeciéramos.

Respecto a Lily, esta estaba tan o más afectada ante lo vivido en ese hotel de pesadilla, sobre todo tomando en cuenta que Lincoln fue lo más cercano que la niña tuvo a un padre. Aun así con el tiempo lograría sobreponerse y seguir con su vida. Esto considerando que su escaso resplandor no fue más que un aperitivo para el Overlook, a comparación del de Lucy que había sido y siempre sería el plato fuerte. Lo que era Lily, ella no tendría más de que preocuparse.

–Está bien –respondió su hermana con voz queda, apenas audible.

Dicho así, Lily bajó al comedor, esperando que Lucy le tomase la palabra al difunto McBride, recién ahora que había vuelto a hablar con la gente después del trauma que le había significado afrontar la muerte de su padre en un accidente de transito.

–¿No vienes? –se volvió a preguntarle cuando llegó a mitad de los escalones, siendo por desgracia esa la ultima vez que ambas entablarían conversación en mucho, mucho tiempo–. Es tu fiesta de despedida, después de todo.

–Ahora bajo –contestó Lucy con un rasposo suspiro.

Habiéndose quedado a solas dirigió su vista al otro lado del pasillo. La puerta del baño estaba abierta y la señora Scoots se hallaba sentada en el inodoro, con las piernas extendidas. Sus labios se estiraban en una mueca burlona y sus pechos desnudos, de un tono verdoso, pendían como globos desinflados. La mata de pelo bajo su estomago era gris y también sus ojos, que parecían espejos de acero.

La mujer vio a la muchacha y se estiró pesadamente, con las manos extendidas hacia ella. La carne le colgaba de los brazos, casi goteando, y sonreía del mismo modo que uno sonríe cuando se encuentra a un viejo amigo o se sirve una comida apetitosa.

Lucy, al verla, se concentró en poner en practica el truco que recientemente vino a enseñarle Clyde... Complementando la lección impartida por la bisabuela Harriet. Pues había sido Clyde el que mencionó la parte de que debía pensar a detalle la caja en que encerraría a esa vieja malnacida.

Así, con una expresión que fácilmente habría podido confundirse con la calma, Lucy entró al baño y cerró la puerta con suavidad.

En el ultimo momento, cuando supo lo que le esperaba, la señora Scoots empezó a gritar.