Capítulo 3: La rana de dardo venenoso
Madame Lucenda, que es como se hacía llamar, regresó al cabo de ocho meses de su ultima visita, puntual como siempre para la hora feliz. Osease pasadas las cinco y media.
Para muchos otros era la "señora bruja loca" por su estilo de vestir tan estrafalario. Consistía en un andrajoso Khale Jose Spring color negro de manga larga y un par de botas de cuero de tacón alto, negras también, a juego con los aros de bisutería que pendían de sus orejas y un collar de cuentas de no más de $3,50. Esto sumado a su muy demacrado aspecto que casi la hacia parecer una muerta en vida.
Como hacía todas las veces que se aparecía por allí, Madame lucenda se abrió paso hasta la barra, deslizó un billete de veinte –arrugado y húmedo– y pidió un whisky doble en las rocas que apuró de dos grandes tragos. A continuación procedió a llevar a cabo su modus vivendi, que era el verdadero y principal motivo de que la tachaban de rara o loca.
Como hacía cada vez, Madame lucenda se aproximó a la mesa más cercana, medio tambaleándose, medio girando sobre si misma. La primera de la noche era ocupada por un parroquiano que bebía solo, a quien se dirigió hablándole con ese falso acento romaní que no engañaba a nadie.
–Paisano, ¿le leo la mano?
–No, gracias –respondió.
Pero tras varias insistencias, aquel paisano, que se contaba entre los que ya la conocían bien, dejó que se sentara con él a la mesa y le leyera la palma, sólo con tal de quitársela de encima de una vez por todas.
–Veo una hermo´a rubia en tu camino. Son cinco dólare´.
Recibida su paga, que le fue dada de mala gana, Madame lucenda dobló el billete y lo guardó en su escote.
–Gracia´, guapo.
Y diciendo esto pasó a recorrer las otras mesas para ofrecer sus servicios de adivina ambulante. Al otro lado de la barra, Isaac el cantinero rodó los ojos mientras limpiaba un vaso con un paño.
Cierto que molestaba a la clientela. Sobre todo a los que asustaba apareciendo a sus espaldas sin avisar; mas… ¿Para qué molestarse con ella? A fin de cuentas no era más que una infeliz tratando de sacar algo con que comer y emborracharse, siendo esto ultimo su máxima prioridad.
Porque, bien sea dicho, lo que hacía era tanto como pedir limosna, y resulta que pedir limosna seguía y por siempre seguiría siendo un negocio bastante redituable. Sólo con mencionar que en una tarde productiva llegaba a juntar un aproximado de $50,00 de los que usaba una mínima para costearse un sandwich, unas papas con chili o cualquier otra cosa con que llenar la tripa. El resto se los tomaba casi en su totalidad.
Esa era Madame Lucenda, una don nadie, una pobre diabla sin preparación, sin futuro, alguien que con suerte habría acabado la preparatoria; porque de Madame no tenía nada per se además de su apodo, y a saber uno cuál era su verdadero nombre en realidad. Menos se sabía de donde venía o para donde iba.
Lo que si se sabía es que regresaba cada seis a ocho meses a Utah, se quedaba alrededor de una semana, máximo dos, y al cabo se marchaba a seguir con su viaje sin rumbo, de seguro a irrumpir en otras cantinas del país para dedicarse a lo mismo.
No sólo te leía la palma. De vez en cuando, si pretendías tomarla más en serio, con gusto te leía el tarot. Ella siempre llevaba consigo una baraja –un tanto desgastada– de ese tipo, y su tarifa seguía sin ascender de los cinco billetes por lectura. Mas los que se prestaban a ello no lo hacían tanto porque creyeran en la suerte o en la adivinación. Más bien lo hacían porque la mujer les inspiraba lastima con su cara de anémica desahuciada. ¿Así que para qué molestarse?
No obstante, esa noche fue diferente a las demás. A la hora que regresó a la barra y pidió una hamburguesa con aros de cebolla que acompañó con una jarra de cerveza bien helada (que en breve pediría que se la rellenaran otras tres veces antes de pedir algo más fuerte), fue abordada por un colorado pasado de copas.
–Eh, muñeca, ¿quieres que te sonría la suerte? –le dijo, con su boca apestando a tequila y alitas picantes.
–Lárgate –refunfuñó Lucenda–. Estoy comiendo.
Ante su negativa, aquel pelirrojo pecoso le tumbó la bandeja con sus aros de un manotazo.
–Ups, que pena –se burló, y le puso una mano en la rodilla–; pero, hey, te podría dar uno de veinte con que comprar otros si a cambio me lees lo que tengo aquí abajo, en mis pantalones.
Fue así, que el colorado alcahuete recibió un puñetazo en el ojo que no vio llegar, seguido por una patada en los bajos; y antes que se diera cuenta, tenía encima a Madame Lucenda quien, con saña y premeditación, se había armado con una bola de billar en torno a la que cerró la mano con fuerza, para enseguida empezar a machacarle la cara a puñetazos mientras amenazaba entre cada golpe dado:
–¡Te voy…! ¡A dar…! ¡TU MEDICINA…!
A eso de las nueve menos cuarto, que Madame Lucenda era arrojada a la celda de los ebrios a varios estados de distancia, preguntándose si habría matado al infeliz, la sala de cine se hallaba casi desierta.
Star ocupó su lugar en las butacas del fondo junto a Marco, quien como todo un caballero le dio pasando las palomitas acarameladas que le compró. Seguidamente se sirvió la porción de nachos con queso fundido que pidió para él y ambos miraron con sumo interés, no a la pantalla, a la tailandesa de pelo alborotado de varias filas más adelante. Se llamada Anne Boonchuy y le gustaba el cine. No así los hombres.
Para la función de esa noche estaban proyectando una de las buenas. Indignante que todavía hubieran iletrados que afirmaban que la animación era exclusiva para niños. Se titulaba El castillo en el cielo, catalogada como una de las muchas joyas del estudio Gibli.
El cine, no existía nada igual. Podías contar con las golosinas que te vendían a precios sobre inflados y los finales felices. Podías conseguir que un hombre te acompañara, de ese modo se convertía en una cita y él era el que pagaba.
Su cita de esa noche no tardó en presentarse y ocupar su asiento junto a ella. Era un hombre barbudo y corpulento, con pinta de ejecutivo, grande a lo alto y ancho. Tanto así que al sentarse tapó la vista de la pantalla a la pareja de varios asientos más atrás. Cosa que no obstante tuvo sin cuidado a Star Butterfly yUbaldoDíaz, quienes no habían ido por la función.
–¿"Anita la ranita"? –susurró el sujeto barbón a la joven de al lado.
–Así es –confirmó esta otra, sin dejar de mirar a la pantalla.
–Eres más bonita que en tu foto –comentó el ejecutivo.
–Y tú más viejo que en la tuya –soltó la Tailandesa.
–… ¿Nos quedamos aquí o… –el sujeto fue directo al acariciarle la rodilla, descubierta por debajo de su falda–. Vamos a otro lado?
Con esto, la joven dejó de mirar a la pantalla para ver a su acompañante.
–¿No quieres ver la película?
Y antes que don ejecutivo replicara algo al respecto, la chica se aferró a su brazo y apoyó la cabeza en su hombro.
–No veo porqué tanto alboroto –le susurróStar a Marcoen los asientos de más atrás. En ese momento Dola y sus hijos perseguían a Pazu y Sheeta por las vías del tren, hasta que el ejercito, en compañía de uno de los hombres de Muska, les cortaba el paso–. Es un romance de chat, algo asqueroso, nada interesante.
–Tú observa –susurró riendo el latino de voz profunda–. Si es interesante, lo prometo.
–Más vale. Porque ella no es nada de otro mundo.
El latino rió expectante.
–Mira, ya empezó.
En los asientos de más adelante, Anne susurró al oído de Don ejecutivo.
–¿No estás cansado?… Duerme.
Con que el sujetó barbón cabeceó, cerró los ojos y se puso a roncar. Acto seguido, Anne esculcó en los bolsillos de su chaqueta de aspecto caro, hasta que dio con su cartera, y qué bueno. Odiaría haber tenido que levantarlo de su culo gordo. Una vez se dormían, moverlos resultaba complicado.
A sus espaldas, los ojos de Star se abrieron como platos.
–Muy bien, ya se puso interesante.
–Espera –rió Marco otra vez–. Esta parte es la mejor. Ya la he visto tres veces y nunca me aburro.
A continuación, Anne besó el cuello grasiento y sudoroso del hombre de traje y corbata, que al paso del tiempo se convertiría en papada.
–Duerme, más profundo –le susurró–, tan profundo como puedas. Te va a arder mucho, pero es un sueño, nada más.
–Si… –asintió entre bostezos y ronquidos.
En cuanto terminó de vaciarle la billetera y echarse su dinero al bolsillo, la tailandesa echó un rápido vistazo a la identificación de su cita y a sus fotos. Andrias se apellidaba, sus otros datos ni los tomó en cuenta. Seguido a esto le hizo un chupetón en la misma zona donde le había besado, para luego asestarle un mordisco allí mismo. Andrias reaccionó apenas con un quejido.
–Podrás explicar lo del dinero perdido a tus hijas cuando te pregunten –susurró Anne relamiéndose los labios–; pero ni cómo explicarles esto.
Con esto dicho, Anne sacó un pequeño frasco con agujeros en la tapa de su bolso, en el que tenía cautiva a una rana de un color rosa chillón, no mayor a una moneda de cincuenta centavos; recuerdo de una época más feliz e inocente cuando estaba haciendo una pasantía en la sección de anfibios y reptiles en el acuario del pacifico, con la ilusión de algún día convertirse en herptóloga. Esto antes que uno de sus maestros en los que tanto había confiado le desgraciara la vida.
–Esto lo verás todos los días en el espejo, y siempre que lo veas dirás en voz alta: "Me gustan las jovencitas".
Previo a destapar el frasco, Anne se calzó unos guantes de latex por precaución. Hurgó en su bolso una vez más, y de este sacó un pincel con una tapa para cepillo de dientes que le quitó con extremo cuidado a sabiendas que estaba manipulando un material extremadamente peligroso.
–Ahora, haz lo tuyo, Sprig –se dirigió a la ranita del frasco, con afecto más genuino que al de su cita de esa noche o a cualquier otro hombre que en su camino se llegara a atravesar.
Para finalizar, Anne humedeció el pincel en la resbaladiza piel del anfibio, para entonces untarlo en la marca del chupetón. Cuando don ejecutivo despertara sentiría una fuerte comezón que se perpetuaría los días siguientes y después darían paso a un sarpullido de muerte que le enrojecería la piel extendiéndose hasta el pecho y el hombro.
–Y la próxima vez que quieras buscar a alguna adolescente en línea –acabó de decir Anne antes de retirarse de la sala–, quiero que tengas presente esa vez que te infectó una rana de dardo venenoso.
–Eso si es interesante –afirmó Star en los asientos de atrás.
A lo que su novio secundó riendo y asintiendo con la cabeza.
A la salida del teatro, Anne escuchó que una desagradable voz profunda y varonil la llamaba.
–Disculpe, señorita, se le olvidó algo en el cine.
Refunfuñante, la tailandesa se regresó a confrontar al sujeto que venía siguiéndola. Era un hombresote latino con unos abdominales muy bien trabajados. Bien parecido, debía reconocerlo, pero no era su tipo.
–¿Quieres dejarme tranquila?
De pronto, sintió la mano de alguien más clavándose en su muñeca; y al volverse topó con una rubia de larga cabellera con un ridículo sombrero de mago puesto de lado y un corazón negro tatuado en cada mejilla.
–Vaya, hola –la saludó.
–¿Quieres soltarme? –la confrontó Anne.
–No, querida –se negó la chica de la chistera, cuyos ojos brillaron como luces fantasmales y su sonrisa se fue ampliando más y más… Hasta que de esta asomó un solo diente parecido a un colmillo–. No quiero.
Aterrada, Anne forcejeó por soltarse, pero sintió que algo, como unas manos, le apretaban la cabeza. Es decir, estaban dentro de su cabeza. Después de eso, todo fue oscuridad.
Al día siguiente, Madame Lucenda fue puesta en libertad con una advertencia. Bien había corrido con suerte de que el asqueroso colorado se hubiera recuperado, y de que al parecer no fuera a presentar cargos en contra suya, visto y considerando que hubo testigos que abogaron por ella alegando que había actuado en defensa propia frente a un acosador.
En fin, que a esa misma hora que dejaba la estación, en una zona semi rural del poblado de Hazeltucky, en Michigan, Charlie Uggo se preparaba para empezar su día.
–Chuck… El desayuno…
Obediente a su llamado, aquel pequeño de cinco años con su misma tez negra entró a la cocina, saludó a su madre con un beso y se sentó a la mesa. Mas no esperó a que esta le sirviera su cereal, sino que él mismo sacó la caja de la alacena y la trajo hacia él, mucho antes que Charlie pudiera percatarse de ello.
Al volverse vio que también había sacado la leche del refrigerador. A su vez volcó la caja de cereal sobre el cuenco, pero falló por escasos centímetros y los Zombie Bran quedaron dispersos sobre la mesa. Por ello, la mujer lo reprendió en el acto.
–Chuck…
–Lo siento –se disculpó entre traviesas risillas.
Enseguida rejuntó los cereales y los echó en el cuenco. Imaginad, pues, lo ansiosa que se puso Charlie cuando sostuvo el cartón de leche por arriba del mismo, ante la posibilidad de que dejara un reguero en caso que fallara otra vez.
Pero no falló. En su siguiente intento vertió la leche sin salpicar una sola gota fuera del cuenco. Terminado de llenarlo hasta la mitad puso el cartón a un lado. A continuación hundió la cuchara en el cereal. Después la sostuvo frente a su boca unos pocos segundos, con la vista fija en ella antes de dar el primer bocado.
Bastante impresionante, de eso Charlie no tenía la menor duda. No obstante, no por ello iba a dejar de llamarle la atención.
–Chuck, ya deja de jugar y come tu cereal como la gente normal.
–Está bien –accedió su travieso hijo, sin dejar de reír.
Por primera vez desde que se sentó a la mesa esa mañana, el pequeño Chuck sacó las manos de sus bolsillos y con una agarró la cuchara que se hallaba suspendida en el aire.
De regreso en Louisiana, a las puertas de su EarthCruiser, Star sintió un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo. Fue fugaz, pero agradable, comparado a la sensación de cuando uno pasa junto a una ventana y llega percibir el sabroso aroma de una tarta de manzana que se está cocinando en el horno.
Teniéndolo bien en cuenta para más tarde, la rubia ingresó a su autocaravana y empezó por colgar su sombrero en un gancho y quitarse los zapatos. Después se sirvió una taza de té y acudió con Anne que recién se estaba despertando.
–Dormilona, hola, tú –la saludó dandole los buenos días–. Perdón, tuve que dormirte muy profundo. Oye, eres dura, investigué. Seis hombres en seis meses, con el cuello infectado con veneno de rana. Has estado ocupada… "Anne la Batracia", así te llamarás… Entonces, ¿quién soy?
Recobrado el conocimiento por completo, la tailandesa se sacudió las cobijas de encima y se echó para atrás.
–¡Eres la loca maldita que me secuestró! –bramó.
–Desde ahora, la verdad –ordenó Star, que se mantuvo impasible–. Sólo vas a decir la verdad.
Con lo que Anne bajó la guardia. No dejó de fijarse en sus largas piernas enfundadas en un par de medias a rayas y en sus pechos diminutos pero firmes bajo una camiseta de la UNICEF con el lema "Lo que haga falta para salvar a un niño". No llevaba sujetador, lo que le permitió tener una vista clara de los movedizos signos de puntuación de sus pezones contra la camiseta.
–Eres la chica más linda que haya visto –soltó.
Star apenas pudo contener la risotada, al punto que tuvo que volver a escupir el trago que había dado a su té en la taza para no ahogarse.
–Ay, no, creo que se me pasó la mano…
Tomó aire, recobró la compostura, y se dedicó a hablar con ella largo y tendido.
–Esta es la cosa, "Anne la Batracia", eres mandona, mandas a las personas. No hemos tenido mandones aquí desde hace mucho. Así que te voy a ofrecer un trato que no le he ofrecido a nadie como en cuarenta años.
–¿Cuarenta años? –repitió extrañada la tailandesa.
–¿Cuántos años tienes, hermosa? –le preguntóStar.
–… Diecisiete.
–¿Diecisiete? Pues te ves de quince, a lo mucho. Ya no eres una niña, eso veo, pero la gravedad no se ha enterado de ti, todavía no; pero los hombres… No, no, no, no… No te avergüences. Se los cobraste muy caro, a todos, ¿o no?… Eso es lo que te ofrezco, una primavera eterna. En veinte años tendrás diecisiete todavía. En cien, puede ser que veinte. Come bien, sigue joven, vive siglos.
Por su parte, Anne la escuchó con atención y consideró su propuesta.
–… ¿Tengo alternativa? –se atrevió a preguntar.
–Sólo de las malas, querida. En caso que te lo preguntes, si dices que no, no te mataremos. Tienes muy poco vapor para que nos molestemos en sacártelo y nos sabría lo que a un paleto una hamburguesucha de salchichón de caballo enfermo.
–¿Un qué?
–Da igual, pon atención. Lo que si, te despojaremos de tu don y lo poco que traes encima. Despertarás en una zanja sin zapatos, sin dinero y sin tus documentos de identidad, que sin duda son falsos, y no recordarás nada de lo que pasó aquí y ahora. Ni siquiera cómo habrás llegado hasta allí, y la próxima vez que le sugieras a alguno de tus acompañantes en el cine a oscuras que se duerma, este se te quedará viendo con cara de WTF y te preguntará de qué diablos estás hablando.
–Significa que no tengo opción –concluyó Anne.
–Pues no –aseveró Star–. Pero es mejor si lo deseas de verdad. Hará más fácil tu conversión.
–¿Y esa conversión… Duele?
La Chistera sonrió al pronunciar la primera mentira.
–Para nada.
Anne suspiró.
–¿Qué tengo que hacer?
Al anochecer, hora en que Madame Lucenda dormitaba bajo un puente con media botella de whisky en mano, Anne se hallaba tendida en una tumbona de jardín barata, bañada por la luz de los faros de la camioneta de uno de los extraños que la rodeaban y de la EarthCruiser de Star.
Esta se arrodilló atrás suyo y le masajeó los hombros para ayudarla a librar un poco de tensión.
–¿Estás lista? –le preguntó susurrándole al oído.
Anne tragó saliva y asintió con la cabeza. Star le acarició la mejilla, y un gusano de excitación reptó en su estómago. Una locura, pero ahí estaba.
–Sin miedo –dijo Star–. Te prometo que todo saldrá bien.
Quizá, pero, ahí tendida, Anne ya no sentía excitación, sino miedo. En un todo, lo que estaban haciendo con ella no le gustaba, tenía cierta dualidad sacrificial.
–No temas. Pronto serás una de nosotros, una con nosotros.
A no ser que no regresara del ciclo. En ese caso quemarían sus ropas en la incineradora que tenían atrás de los servicios y en la mañana se marcharían. Star esperaba, sin embargo, que eso no sucediera. Le gustaba Anne y su habilidad para dormir a otros sería una excelente adición al grupo.
A continuación, uno a uno fue señalando y nombrando a todos los que se formaban en el semicírculo.
–Deja que te presente al resto de la pandilla. Ellos son: Steven el Cuarzo, Marinette la Parisina, Adrien el Mozo, Los Gemelos Dipper y Mabel, Grillo el Campirano, Manny el Tigre y Finn el Humano.
Después, con el mentón señaló a una chica Dominicana que en ese momento se aproximó a entregar un recipiente metálico a Star, parecido a un termo. En torno a su tapa tenía atado un moño rosa. La chica Dominicana era delgaducha, pero curvilínea, de pelo corto, pero muy bonito.
–Ella es Luz la Lechuza.
Anne alzó una mano para saludarla, a lo que Luz le dedicó una sonrisa nerviosa, se dio media vuelta y se retiró a paso acelerado a ocupar su lugar en el semicírculo. En todo momento mantuvo la cabeza gacha para ocultar el rubor que coloreó su cara.
–Si, es algo tímida –mencionó Star–. Pero, hey, parece que le agradas.
Por último señaló al anciano de pelos en punta que se hallaba en medio del semicírculo, sosteniéndose con un bastón.
–Ese de allá es el Abuelo Rick. Él dirigirá tu iniciación.
El viejo dio un trago a su licorera de bolsillo, se aclaró la garganta y dio inicio a la ceremonia.
–¡Berp…! Lo que sea… Somos el Nudo Verdadero –oró–, y perduramos.
–Sabbatha hanti –respondieron los demás.
–Somos los elegidos.
–Lobsam hanti.
–Somos los afortunados… ¡Berp…!
–Cahanna risone hanti.
–Que lo que se ate no se pueda desatar –con su bastón apuntó a la tailandesa, que se encogió temerosa en la tumbona, pero manteniendo su atención fija en los que la rodeaban–. He aquí una joven que… ¡Berp…! ¿Se unirá a nosotros? ¿Atará su vida a nuestra vida?
–Di "si" –indicó Star.
–S… S-si… –farfulló Anne, cuyo corazón ya no latía, vibraba como un cable.
Con que Star giró la válvula del bote. Se oyó un suspiro, corto y compungido, y dejó escapar una bocanada de neblina plateada que, en lugar de dispersarse en la ligera brisa nocturna, quedó suspendida en el recipiente.
–Esta de aquí es especial –comentó Star en ello–. Se llamaba Lesly, ya no queda mucho de ella, y tiene sabor a rosas y jugo de naranja.
Paso seguido se inclinó para adelante y sopló con suavidad. Lo que hizo que la bocanada de niebla se cerniera sobre el rostro de Anne que quedó mirando para arriba con los ojos muy abiertos. En ese punto perdió el hilo. La neblina se asentó sobre su cara y era fría, muy fría. Al inhalarla, en su interior cobró una especie de vida tenebrosa que empezó a gritar. Su carne se transformó en un cristal nebuloso a travez del cual se podía ver su esqueleto y la sonrisa ósea de una calavera.
Una infante, hecha de niebla, luchaba por escapar, pero alguien le cortaba el paso. Era Star, y con ella los demás estrechaban el círculo a su alrededor (un nudo), enfocándola con media docena de linternas que iluminaban un asesinato en cámara lenta. Anne trató de saltar de la tumbona, pero no tenía con que. Su cuerpo había desaparecido y en su lugar sólo había quedado la agonía de la niña y la suya propia.
Por un momento Star creyó que no regresaría, que se había rendido al igual que hacían todos cuando el dolor se volvía insoportable. Pero esta era fuerte. A los pocos segundos retornó a la existencia sin dejar de gritar. Empezó a desvanecerse de nuevo, pero sintió que luchaba contra ello, que se sobreponía, que, en vez de rechazarla, la abrazaba, la saboreaba, se alimentaba de la aullante fuerza vital que le acababa de insuflar por la garganta y en sus pulmones.
Que tomaba vaporpor primera vez.
Para celebrar su llegada, la nueva integrante del Nudo Verdadero pasó la noche con Star, y por primera vez en su vida halló en el sexo algo distinto al miedo y al dolor.
Sentados en el escalón inferior de su autocaravana,Adrien el Mozoy Marinette la Parisina compartían un croissant de marihuana mientras miraban la luna. Dentro de poco llegó otra oleada de gritos, gemidos y sonidos de aplausos de la EarthCruiser de Star la Chistera, ante lo cual ambos intercambiaron miradas y se echaron a reír.
–¡Guau!… –aulló Anne, quien al cabo de diez minutos se recostó en la almohada de Star que encendió un cigarrillo. Tenía la garganta irritada por los gritos que había proferido en la tumbona, pero volvió a gritar cuando aquella nueva sensación se apoderó de su cuerpo y una vez más pareció volverlo transparente–. Eso fue… ¡Guau!… ¿Así es hacer el amor?… ¡Porque si es así he vivido engañada toda mi vida!… Ahora todo está claro.
–Así es para nosotros después de tomar vapor –dijo Star–. Es todo lo que necesitas saber.
Anne se giró y, mordiéndose el labio inferior, le dedicó una sonrisa sugerente.
–¿Lista para otra ronda?
–No, cariño –la rubia negó con la cabeza–. Lo que hicimos ahora es algo de una sola vez, y tal vez sea mejor así. Algunas experiencias son insuperables. Además, mi chico vuelve mañana y tengo que estar descansada para recibirle como se merece.
–¿Cómo se llama? –se resignó a preguntar la tailandesa con desilusión.
–Ubaldo Díaz para los paletos. Para nosotros, los Verdaderos, es Papá Marco.
–Lo amas, ¿verdad?
Starla besó, pero no respondió a su pregunta.
–¿Soy…? ¿Sigo siendo humana? –le preguntó entonces.
A esta pregunta Star dio la misma respuesta que el fantasma de la bisabuela Harriet había dado a la pequeña Lucy Loud alguna vez, y con el mismo tono frío de voz.
–¿Acaso importa?
Anne la Batracia decidió que no. Decidió que estaba en casa.
