Capítulo 2. El único
Después del episodio en el que casi había golpeado al chico, Severus llegó a la conclusión de que debía hacer todo lo posible para mantener su temperamento bajo control, sin importar lo que Potter dijera o hiciera. Al fin y al cabo, él era el mago adulto. Era su responsabilidad mantener el sentido común, independientemente de las provocaciones recibidas. Tenía que ser dueño de sus emociones.
Barajó la idea de contarle a Dumbledore sobre el comportamiento de Potter e informarle sobre su... altercado, pero decidió no hacerlo. Podía manejar esto. Al fin y al cabo, Potter no era más que un estudiante; que fuera El Elegido y un idiota arrogante de segunda generación no marcaba diferencia.
Y al final descubrió que había acertado no programando ninguna reunión con el director, ya que fue convocado la noche siguiente. El Señor Tenebroso quería informar sobre el estado de Potter. Severus no era el guardián del secreto de la Orden, y como tal, no podía revelar la ubicación del chico; pero Voldemort lo sabía perfectamente y no esperaba ese tipo de información de Severus, simplemente quería conocer la situación de Potter. Cómo estaba manejando la guerra y sus pérdidas. Si la presión le estaba afectando. Si era capaz de seguir adelante.
Severus le contó la verdad: Potter lo estaba pasando muy mal. Se estaba aislando. Estaba arremetiendo contra otros. No dormía. Su personalidad había cambiado.
El Señor Tenebroso quedó satisfecho (incluso complacido), con su respuesta, tal y como Severus había previsto.
—Quizá podrías ayudar al chico, Severus — había murmurado Voldemort—. Cuanto más débil se encuentre, mejor.
—Sí, mi señor. Como desear —respondió sintiéndose enfermo. Se suponía que no debía tener tanto acceso al chico, y mucho menos en medio de la noche, pero Potter se había arrojado a sus brazos.
El Señor Tenebroso lo dejó marcharse poco después, y se apareció de nuevo en la entrada del Número Doce, mucho tiempo después de que el reloj marcara la medianoche. Al entrar en el Cuartel General, se sintió consternado al toparse casi de inmediato con Potter, que estaba sentado solo, en la mesa de la cocina, observando las vetas de la madera. El chico levantó la vista al escuchar los pasos de Severus.
—Potter —dijo Severus, envolviéndose en su capa—. Son las dos de la mañana.
—No estabas en el sótano —respondió Harry—. Ni en ningún otro lugar.
—Permítame que me disculpe por no avisarle de mi ausencia, Su Majestad —espetó Severus—. Regresa a la cama.
Harry no se movió.
—¿Estabas con Voldemort?
—Eso no es de tu incumbencia.
—No opino lo mismo.
Severus sospechó, se acercó al gabinete y cogió un vaso.
— Aguamenti —dijo, colocando posteriormente el vaso lleno frente al chico—. Bebe un poco de agua, Potter. Tienes un aspecto horrible.
Y era cierto. Su rostro estaba pálido, con sombras oscuras bajo los ojos. El hematoma en su pómulo se había desvanecido hasta convertirse en una mancha de color verde amarillento del tamaño de un Knut.
—No tengo sed —respondió Harry
—Haz lo que se te ordena.
Harry lo miró y Severus se dio cuenta de que había usado un tono más duro de lo que quizás era necesario. Pero el chico levantó el vaso y bebió. Severus apartó la mirada mientras tragaba el agua, esperando hasta escuchar el tintineo del vaso al chocar contra la mesa para volver a mirar. Justo un tiempo para ver la lengua de Potter pasando sobre su labio inferior.
—Ahora, Potter, regresa arriba —dijo, enfocando su mirada en el punto entre las cejas del chico, impidiendo el contacto visual—. Necesitas dormir.
—No puedo dormir. —La comisura de la boca del chico se levantó un poco mientras decía eso, pero sus cejas se fruncieron, arrugando la piel del entrecejo—. Llevo semanas sin dormir. No duermo desde... —Se detuvo abruptamente y volcó unos grados el vaso vacío, balanceándolo suavemente sobre su base—. ¿Para qué te ha convocado Voldemort?
—Como ya he dicho, Potter, no es de tu incumbencia.
Como respuesta a estas palabras, Harry se levantó de un salto y arrojó el vaso vacío al suelo. Éste se hizo añicos, rociando las botas de Severus con fragmentos de cristal.
—¿QUE NO ES DE MI INCUMBENCIA? —gritó.
—Potter, cálmate.
-¡NO!
—¡Vas a despertar a todo el mundo! —siseó Severus, apuntando con su varita a la puerta y colocando un hechizo silenciador. Estaba completamente seguro de que Remus estaba arriba. Y los mocosos.
—¡ME DA IGUAL! MEREZCO SABRE LO QUE HAS ESTADO CONTÁNDOLE SOBRE MÍ
Parecía encontrarse al borde de un ataque de nervios. Severus lo agarró por los hombros.
—Potter, por favor —dijo—. Cálmate.
-¡NO! ¡NI SE TE OCURRA TOCARME, ASQUEROSO MORTÍFAGO!
—¡POTTER! —exclamó Severus, dándole al chico una fuerte sacudida—. ¡Respira!
—No, no puedes decirme qué hacer... No tienes derecho a decidir... tú... tú... ¡SUELTÁME!
Comenzó a forcejear violentamente contra el agarre de Severus, hasta que éste, temiendo que acabara haciéndose daño, lo atrajo hacia su cuerpo, apretándolo contra su pecho y restringiéndolo como una camisa de fuerza. Harry continuó luchando, pero su histérico balbuceo quedó sofocado por la túnica de Severus, hasta convertirse en un murmullo incoherente. Severus lo atrajo con mayor fuerza, aplastándolo, con objetivo de que dejara de retorcerse. Pudo percibir el momento justo en el que Potter se dio cuenta de que no podía escapar, ya que se quedó inerte de repente, y tuvo que sostener parte de su peso para evitar que se desplomara en el suelo.
Sus hombros y espalda comenzaron a sacudirse, antes de romper a llorar.
«Tendré que lavar mi túnica», pensó Severus, mientras continuaba abrazando al sollozante chico. «Maldición».
Pasado un tiempo, el sollozo de Harry comenzó a debilitarse, y se aferró con sus brazos a la espalda de Severus, quien estaba empezando a arrepentirse de haber lanzado el hechizo silenciador. No estaba preparado para manejar esta situación. Necesitaba refuerzos. Además, ¿qué se suponía que debía decir? Potter tenía razón. Nada de lo que estaba pasando era justo, y no había ningún motivo por el que esperar que el chico se calmara.
Con cautela, Severus rozó la parte posterior de la cabeza de Harry, y cuando comprobó que el chico no rechazaba el contacto, acarició con la yema de los dedos su cuero cabelludo.
¿Cómo podían esperar más de él? ¿Cómo podían esperar que siguiera adelante después de todo por lo que había pasado? No era más que un chico.
A medida que los sollozos de Harry cesaban y se convertían lentamente en leves quejidos y respiraciones entrecortadas, su cuerpo comenzó a relajarse bajo el toque de Severus. La parte superior de la cabeza de Potter apenas rozaba la barbilla de Severus, y el hombre pudo oler el aroma de su champú.
—Potter... —comenzó, pero se detuvo al escuchar el crujido del rellano del piso superior. Lupin llegaría para salvarlo, gracias a Merlín.
Harry también había escuchado los pasos, y separó su cabeza del pecho de Severus, alejándose parcialmente de él. Hicieron contacto visual por unos segundos, antes de que Severus lo soltara y diera un paso atrás. Harry, con la respiración aún entrecortada, le dio la espalda y comenzó a secarse las lágrimas frenéticamente con el dobladillo de la camisa. Severus dirigió su varita hacia los fragmentos de cristal rotos repartidos por el suelo, y lanzó un "Reparo", atrayendo el vaso hacia su mano, completamente intacto.
La puerta de la cocina chirrió al abrirse.
—Harry. —Era Lupin, en efecto—. ¿Estás bien? He oído... —Se interrumpió cuando vio a Snape de pie junto al chico, sosteniendo torpemente el vaso—. Severus, ¿ha ocurrido algo?
—Potter ha tenido una pesadilla —respondió Severus—. Solo le estaba dando un vaso de agua. —Por un instante se preguntó si su túnica estaría mojada.
—Oh, Harry —continuó Lupin, pareciendo notar por primera vez los ojos inyectados en sangre y el rostro sonrojado del chico. Se acercó para abrazarlo. Harry se quedó rígido y mostró incomodidad, pero no intentó alejarse —. ¿Estás bien?
«Oh sí», pensó Severus. «Continúa mimándolo. Excelente. Dale una palmadita en la espalda. Ese pequeño loco conseguirá que me maten».
—Sí, solo tuve... Solo ha sido una pesadilla —respondió Harry. Sus ojos, rojos e hinchados, se encontraron con los de Severus por encima del hombro de Lupin—. Sobre... Sirius.
—Lo siento mucho, Harry —dijo Lupin—. Yo también sueño con él a veces.
—Ya.
Severus tuvo que hacer un esfuerzo considerable para apartar la mirada.
—Me voy —dijo—. Tengo un informe que hacer
Lupin lo miró.
—¿Tienes un momento? —preguntó, liberando a Harry de su abrazo al fin. Agarró el vaso que aún se encontraba en la mano de Severus y lo llenó de agua—. Toma, Harry. Intenta dormir un poco, ¿vale?
Harry bebió un poco sin mucho entusiasmo.
—Gracias, profesor Lupin. Volveré a la cama. Gracias. —Severus, quien permanecía levemente cabizbajo, pudo ver por el rabillo del ojo como le dirigía una mirada antes de marcharse—. Buenas noches.
Remus revolvió cariñosamente su cabello.
—Al menos una horas.
—Sí. —Sonrió ligeramente—. Lo intentaré.
Severus se concentró en escuchar el crujido de la escalera mientras Harry ascendía, y pudo notar perfectamente cuando el chico llegó al primer rellano, al segundo...
—No deberías, Severus.
Los ojos de Severus se enfocaron en Lupin rápidamente tras esas palabras, con un leve sobresalto de terror. ¿A qué se estaría refiriendo el licántropo con eso?
—¿No debería hacer qué? —preguntó, frunciendo levemente el ceño y cruzando los brazos.
Lupin simplemente lanzó un suspiro y se apoyó contra la encimera.
—Presionarlo —respondió—. No es el mismo chico que era antes, lo sabes. No puede soportar tanto de ti.
Como si Severus hubiera hecho algo más que ofrecer un vaso de agua al chico y ser agredido posteriormente.
—Oh, sí, pobre Potter. Tan frágil —respondió con tono mordaz—. Es una pena pensar que nadie lo va a tratar con amabilidad cuando sea necesario.
—Sabes a lo que me refiero. Necesita un lugar seguro como cualquier otra persona. No se lo quites.
—No necesita mimos, necesita entrenamiento. —«Y posiblemente intervención médica».
—No te estoy pidiendo que lo mimes —respondió Lupin con tono exasperado—. Solo te estoy pidiendo que lo trates de una manera neutral. Estoy seguro de que no es mucho pedir.
«Si tan solo me permitiera hacerlo».
—Sí, por supuesto —dijo Severus—. Pero asegúrate de darle el mismo sermón. Él mismo se lo busca.
Eso fue lo más cercano a una confesión que estaba dispuesto a ofrecer. Se dio la vuelta de inmediato y salió de la cocina, atravesando el salón y deteniéndose de forma vacilante al pie de las escaleras, rogando a Dios que Potter no se encontrara acechando en algún lugar de la planta de arriba...
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Lupin solo permaneció en el Número Doce durante unos días, tras los que partió con el resto de los miembros de la Orden. Era casi medianoche, y Severus se había recluido en una antesala localizada muy por encima de su refugio habitual en el sótano.
—Qué pena que sigan dejándonos solos, ¿no, Snape?
Los vellos de la nuca de Severus se erizaron, pero se negó a darse la vuelta.
—Vete, Potter —dijo, procurando no levantar la voz—. No estoy de humor para juegos.
Pudo escuchar los pasos de Potter, a pesar de sonar completamente amortiguados por no llevar zapatos. Para su consternación, no eran pasos de retirada. Casi de inmediato fue consciente de la presencia de Potter a su lado.
—¿En qué estás trabajando?
Pudo observar de reojo la mata de cabello desordenado y el reflejo de la luz de las velas en las gafas del chico.
—¿Estás sordo, Potter? Te he dicho que te vayas.
Hubo unos instantes de silencio antes de que Potter respondiera en un susurro.
—Sabes que no lo haré. —Severus, de hecho, lo sabía—. ¿En qué estás trabajando?
Severus se negó a reconocer que su corazón había comenzado a latir más rápido de lo habitual. Se negó a admitir que tenía miedo de lo que se le podría haber ocurrido a Potter esta vez para atormentarlo.
—En algo que en algún momento servirá para prolongar tu exasperante vida, sin lugar a duda —murmuró.
—¿Qué has dicho? —preguntó Potter, fingiendo no haberlo oído.
—Ve a preguntarle a Albus. Estoy seguro de que estará dispuesto a complacer tu interminable parloteo. Yo, sin embargo, no lo estoy. —Apartó un mechón de pelo rebelde de sus ojos y pudo observar por el rabillo cómo la mirada de Potter seguía su movimiento. El chico no tenía miedo. Estaba disfrutando de su incomodidad.
Severus tembló interiormente. Eso no estaba ayudando
Se hizo el silencio en la sala, solo interrumpido por las respiraciones calculadas de Severus. Poco tiempo después, Potter habló de nuevo.
—Severus Snape... —comenzó lentamente, como si disfrutara del sonido de ese nombre saliendo de su boca—. ¿Alguna vez te ha dicho alguien que hablas como un auténtico imbécil?
Severus estrelló el cucharón con el que estaba removiendo la poción con fuerza contra la mesa.
—¿Qué, Potter? —siseó entre dientes, ni siquiera notando que había apretado la mandíbula—. ¿Qué quieres? —¿Qué le pasaba al mocoso? ¿Acaso era un suicida?
—¿Por qué no me miras?
La pregunta tomó a Severus por sorpresa, y se dio cuenta de que aún estaba observando fijamente el caldero frente a él, aunque ya no había poción dentro.
—Porque creo que reaccionar a tu comportamiento insano sería alentarlo —respondió.
—Ya estás reaccionando.
Bueno, eso quizá era cierto. Miró a Potter, que se encontraba junto a él, y preguntó de nuevo.
—¿Qué quieres de mí?
Por un momento, Potter pareció no saber qué contestar. Pero luego, en un susurro en el que expresaba más dolor que en los gritos, fue capaz de dar una respuesta a pesar de todo.
—Quiero que me hagas olvidar.
Las palabras cayeron como una piedra en un estanque relajado, creando ondas que de repente hicieron que cambiara la perspectiva de todo. Severus recordó dolorosamente la forma en que Potter se había desmoronado contra él mientras lo abrazaba, impidiéndole huir. Cómo toda su miseria y sufrimiento se había desbordado en aquel momento, y había salido a borbotones.
—Deja de decir estupideces, Potter.
El chico no respondió, solo se quedó allí mirándolo durante unos instantes antes de marcharse, quizá preguntándose, al igual que Severus, qué había querido decir con sus palabras. O si realmente tenían algún significado.
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Tras este episodio, Severus intentó resguardarse en su habitación, que se encontraba muy por encima del resto de dormitorios, casi en el ático, pero le salió el tiro por la culata. A pesar de asegurarse de haber cerrado la puerta con la llave, aparentemente eso no servía de mucho contra el dueño de la misma. De hecho, se encontraba a punto de acostarse cuando oyó el suave y característico chasquido de un cerrojo abriéndose. No se giró para comprobar quién era. No le hacía falta.
—¿Escondiéndote, Snape? —preguntó Harry desde el umbral.
Severus escuchó como arrastraba sus pies descalzos a través de la habitación.
—Sí —respondió con honestidad, sin girarse todavía.
—Típico de ti
Estaba esperando una respuesta de ese tipo, pero aún así, Severus sintió cómo se le dilataban las fosas nasales, y por un momento deseó con todo su corazón poder simplemente quitarle puntos por su insolencia y terminar con eso. Pero no estaba en Hogwarts. Estaba atrapado en la casa de Potter.
—Oh, sí. —Podía intuir que Potter ya se encontraba bastante adentrado en la habitación—. Soy, como bien dices, un cobarde.
Esta vez no pensaba caer en la provocación. No otra vez. Tenía que probar algo nuevo... Algo que lograra que Potter abandonara de una vez por todas esta obsesión enfermiza.
—Sí, claro. ¿Por qué si no ibas a estar atrapado conmigo en la casa de Siri... en esta casa?
Tal vez podría asustarlo. Sorprenderlo tanto que nunca volviera a intentar provocarlo de nuevo. Hacerle comprender que realmente no era esto lo que deseaba.
—Esta puede ser la casa de Black —comenzó Severus, girándose finalmente para encarar al chico. Estaba en pijama, con el cabello despeinado, como si hubiera permanecido acostado en la cama por un tiempo, intentando dormir, antes de darse por vencido y acudir a él. Severus se acercó a él, con pasos lentos y calculados—. Pero Potter... —Le lanzó una mirada que pretendía ser intimidante—. Estás en mi habitación.
Potter apartó su mirada por un instante, volviendo a clavarla en su rostro inmediatamente después, emitiendo un pequeño y tranquilo sonido desde el fondo de su garganta. Un sonido un tanto incoherente, a medio formar, que consiguió clavarse en la mente de Severus a pesar de negarse a reconocerlo.
—Estás... Lo estás haciendo otra vez —suspiró Potter. Severus pudo notar cómo balanceaba un poco su peso de una pierna a otra, como si no estuviera seguro de avanzar o de retroceder.
—¿Haciendo qué?
—Estás mirándome como si... como si quisieras... —vaciló, buscando las palabras correctas, pero se detuvo abruptamente cuando Severus alzó una mano y la colocó contra su clavícula, justo en la base de su garganta, y comenzó a empujarlo hacia atrás. Harry no se resistió ni intentó alejarlo, ni siquiera cuando empujó su espalda contra la puerta por la que había decidido entrar.
—¿Como si quisiera lastimarte? —El pulgar de Severus descansaba contra la arteria situada en la garganta de Potter, pudiendo sentir el latido que provenía de ella—. ¿Has cambiado de opinión? —Apretó un poco, sintiendo el pulso acelerado a través de la piel de Potter.
Potter tragó saliva y humedeció sus labios con un movimiento rápido de la lengua.
—No lo he hecho —respondió.
—Y entonces, ¿por qué... —Severus continuó acariciando el punto de pulso del chico—. ...estás tan asustado?
—No te tengo miedo. —Fue una respuesta desafiante, pero el tono con el que la había dicho era suave, y sonaba casi sin aliento. Debería haber existido bravuconería e insolencia, sus ojos deberían haber mostrado rabia y odio, como en el pasado, pero, o Potter había intentado convocarlos y había fallado, o ni siquiera había llegado a intentarlo.
Severus frunció el ceño.
—Deberías tenerlo. Deberías saber lo que soy capaz de hacerte. —Movió su mano un poco, sin encontrar mayor resistencia que antes, y apretó un poco más, lo suficiente para enfatizar la facilidad con la que podría cortarle la respiración justo allí, contra la puerta, sin ningún tipo de esfuerzo—. No dejas de provocarme —prosiguió, aliviando la presión ejercida y curvando los dedos sobre la camisa raída que llevaba puesta el Gryffindor. Era muy fina, apenas una barrera contra el frío que reinaba en el Número Doce, lo que seguramente explicaba la piel de gallina en los brazos de Potter—. Continúas desafiándome —. La respiración de Potter se había vuelto superficial—. No puedes creer de verdad que no habrá consecuencias.
Potter se presionó contra la pared, girando la cabeza para tomar un respiro que sonó como un jadeo. Severus lo sacudió para dar énfasis a su discurso, logrando que moviera su cabeza de vuelta al sitio inicial.
»No puedes creer que voy a permitir que esta locura continúe.
Un rubor apareció sobre las mejillas del chico, y Severus pensó por un momento que su mensaje al fin había calado. Pero entonces Harry levantó el mentón de manera desafiante.
—Entonces haz que me detenga.
Severus parpadeó y soltando un gruñido de frustración, liberó el cuello de Potter para golpear su mano contra la madera.
—¡¿Cómo!? —exclamó. Había sido una pregunta retórica, solo usada para liberar su frustración, pero Potter respondió de todas formas apartándose un poco de la pared, lo suficiente para... para...
Besarlo.
Por unos instantes, Severus perdió toda capacidad de raciocinio, mientras cada ápice de su mente se enfocaba en la boca que presionaba imperiosamente contra la suya. Y, Dios lo perdonara, pero respondió al beso. Más que eso; colocó su mano en la parte posterior de la cabeza de Harry, aferrando su cabello, y Potter se arqueó contra él, emitiendo otro de esos pequeños sonidos. Severus pudo nombrarlo al fin por lo que era: un gemido. Y Severus no podía centrar la atención en otra cosa más que en ese sonido.
Las manos de Potter subieron hasta alcanzar su pecho, pero no con intención de alejarlo. Más bien su objetivo era acercarlo aún más a su cuerpo, tirando de él como si quisiera meterse dentro. Ese fue el momento en el que tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo; recordó que la boca y el cuerpo pertenecían a Harry Potter, y la embriagadora oleada de excitación se transformó en una punzada de pánico, atravesando su mente como un rayo.
—¡Potter! ¡Detente! —jadeó Severus, tirando del pelo de Potter para separarlo. Echó un vistazo conmocionado a los ojos cerrados de Potter, sus labios, y su garganta, expuesta y arqueada hacia detrás por el agarre de Severus.
Harry jadeó de dolor por el agarre en su cabello, y Severus pudo contemplar como se mordía el labio inferior, pasando los dientes sobre él, como si estuviera intentando... saborearlo.
»En el nombre de Merlín, ¿qué diablos estás haciendo, Potter? —cuestionó en tono que pretendía que fuera demandante, aunque no consiguió que sonara autoritario en ese momento, con las manos de Potter aferradas aún a su túnica, sosteniéndolo cerca, demasiado cerca.
—Por favor... —Sonó más como un gemido que como una palabra—. Por favor...
Y Severus supo en ese instante que jamás lograría borrar ese momento de su mente. Nunca. No con Potter rogándole de aquella forma...
—Dios mío... —jadeó, logrando soltar los dedos de Harry de su túnica y retrocediendo unos pasos hacia atrás, mientras Harry se desplomaba contra la puerta.
Severus era incapaz de decidir qué hacer; si gritarle al chico, maldecirlo, o huir, por lo que simplemente se quedó allí, con una mano temblorosa sujetando su varita, mientras Potter se enderezaba, con una expresión extraña surcando su mirada. El chico deslizó dos dedos en el interior de su boca e incluso desde la distancia, Severus pudo observar que salían rojos. Harry los contempló.
—Profesor —dijo—. Me has hecho sangrar.
Severus emitió un sonido estrangulado y, dando un paso involuntario hacia delante, se llevó el dorso de su mano hacia su boca, intentando controlar la oleada de excitación que sintió clavarse en su vientre como una daga.
—Sal de aquí ahora mismo, o juro que te obliviaré —emitió, en un susurro tan bajo que pensó que el chico no lo había escuchado. Pero Harry lo había oído, y lo demostró con una breve media sonrisa, que no alcanzó sus ojos.
—Pero no a ti mismo —respondió, con un tono de complicidad que no agradó a Severus. No le gustó el hecho de que fuera cierto. No se obliviaría a si mismo bajo ningún concepto. No renunciaría al recuerdo de lo que acababa de presenciar por nada, sin importar lo equivocado, depravado o perturbador que fuera. No renunciaría al recuerdo de la voz de Harry quebrándose mientras suplicaba... Severus sacudió bruscamente la cabeza, intentando apartar los pensamientos—. Vamos, oblíviame —continuó Harry—. Pero asegúrate de borrarlo absolutamente todo. Que me tengan que encerrar en una habitación acolchada de San Mungo.
—Todo... —repitió Severus aturdido. Por un instante pudo verse a sí mismo cumpliendo el deseo del chico, quitándole todas las cargas que llevaba sobre sus hombros con un solo movimiento de varita, borrando todo lo que alguna vez le había sucedido para convertirlo en un chico normal. Darle una vida normal. Entonces comprendió al fin qué era lo que Potter estaba intentando obtener de él. Paz. Olvido. De cualquier forma que pudiera conseguirlo. El chico estaba sufriendo, sin lugar a dudas—. Potter... —No tenía la menor idea de qué decirle—. Potter, yo...
—¿Qué, profesor? —Harry arrastró su lengua sobre la herida en el labio, y Severus no podía decir con certeza si se había tratado de un gesto distraído o calculado. No importaba realmente, porque de todos modos, no había parado de hacerlo.
—No puedo hacerlo —terminó con un tono sin convicción, dándose cuenta tardíamente de que aún aferraba su varita con fuerza, apuntando directamente al pecho de Potter.
—¿No puedes? —El Gryffindor no se mostró preocupado por la varita que lo señalaba. Por el contrario, la apartó con una mano mientras se acercaba al punto donde Severus se había quedado paralizado. Severus pudo contemplar de cerca la mancha de sangre en su labio inferior, que comenzaba a hincharse ligeramente—. Eres culpable de cosas mucho peores. —El chico se encontraba tan cerca que comenzó a compartir aire con él. Severus se avergonzó de la forma inexplicable en que se había quedado atrapado en ese punto, sin poder retroceder—. Has mentido. Torturado. Asesinado. —Las puntas de los dedos de los pies de Potter rozaron la punta de sus botas. Severus no podía retroceder más sin verse obligado a trepar a algún mueble.
Lo más sencillo sería obliviarlo. Curarlo. Sería lo mejor.
»¿No es así? —Tocó el antebrazo de Severus, rozando su Marca Tenebrosa a través de su ropa, antes de aferrarse a su túnica—. ¿No lo has hecho?
—¿Por qué yo, Potter? —preguntó mientras la otra mano de Harry se unía a la primera, enredándose en su ropa—. ¿Por qué elegirme para esto?
El chico no respondió con su voz, sino a través de una mirada. A través de una mirada que suplicaba comprensión. Una mirada que imploraba por la eficacia de la Legeremancia. Severus se había adentrado en la mente de Potter un número incontable de veces durante sus desastrosas lecciones particulares de Oclumancia, pero esto era diferente. Dudó por unos instantes. Potter parpadeó levemente y cerró sus ojos, concediéndole su permiso.
—Legeremens —murmuró Severus.
Eres el único que sabe lo que soy.
El pensamiento surgió de inmediato, como si llevara tiempo esperando una audiencia, seguido por tal torrente de autodesprecio que Severus retrocedió en shock.
«¿Y qué crees que eres?», quería preguntar, pero sin embargo solo le salió decir:
—Potter, necesitas ayuda. —Rodeó con sus dedos las muñecas de Harry para liberarlas de su ropa—. Y no de mí.
—¿Entonces de quién?
—No de mí.
Potter relajó sus manos, como si con ello quisiera enfatizar el agarre de Severus, y lo miró, con su labio aún manchado de sangre, tiñéndolo levemente de rojo. Alzó el mentón e inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado. Severus no necesitó esta vez ningún hechizo para entender el mensaje que quería transmitir, alto y claro: Bésame.
Severus se obligó a pausar su respiración. Una parte masoquista dentro de él quería que Harry ganara esto. Había sido una locura... una flaqueza... un absurdo más allá de todo lo razonable permitirse tocar a un alumno de esa forma. Y también fue demencial que la boca de Potter hubiera cedido con tanta facilidad, que el cuerpo de Potter encajara a la perfección con el suyo.
—Crees que esto podrá aliviar tu sufrimiento —dijo Severus, apretando su agarre sobre las muñecas de Harry—. Pero no lo hará. Te destruirá.
«Te destruiré».
—Quiero que lo hagas —murmuró Harry. La resistencia que oponía Severus no fue lo suficientemente fuerte como para evitar que el chico se acercara aún más. Sintió la respiración de Potter rozando sus labios y, de alguna forma, el hecho de que sus ojos estuvieran cerrados logró que las palabras susurradas contra su boca sonaran aún más obscenas—. Quiero que me destroces.
—Merlín, Potter —susurró Severus, apartando su rostro en el último instante para que los labios de Potter se deslizaran contra su mandíbula, en lugar de alcanzar su boca. Agarró a Harry por los hombros y lo empujó lejos de su alcance—. Esto no es lo que necesitas.
—¿Entonces qué? —estalló el chico—. Nada más ayuda. Nadie más me hace sentir normal... —se interrumpió, con un leve rubor apareciendo en sus mejillas. Se estaba enfureciendo de nuevo. Eso era bueno. Severus sintió como su respiración se normalizaba un poco ahora que no podía sentir el calor corporal de Potter irradiando a través de su ropa.
—¿Esto te hace sentir normal? —preguntó.
—Esto... —Harry se lamió los labios, mirando al suelo—. Me hace sentir como si no estuviera a cargo. Como si nada fuera mi responsabilidad.
—No estás a cargo de nada —respondió Severus, soltando los hombros de Harry y apartándose de él—. Hay docenas de personas que tienen más mando que tú.
Harry exhaló bruscamente, pasando la mano por su cabello, dándole un aspecto aún más salvaje de lo habitual.
—No lo siento así.
—Eso es porque eres un idiota arrogante y engreído —dijo Severus, sin girarse para ver la ira que surcaba el rostro de Harry—. Ahora, por favor, déjame en paz de una vez —continuó, ordenando los libros que se encontraban encima de su escritorio, haciendo todo lo posible por fingir un completo desinterés en Potter y su caos mental. O al menos todo lo posible tras su anterior muestra de... preocupación.
—No podrás librarte de mí tan fácilmente —dijo Harry, dando unos pasos hacia Severus. El hombre suspiró, pellizcándose el puente de la nariz.
—Lo sé, Potter. Ahora, vete. Por esta noche. —«Por favor».
—Quieres que me las arregle por mí mismo por un tiempo, ¿no? —soltó Potter con desdén, colocándose al lado de Severus—. Está bien, pero... —Se revolvió el pelo de nuevo—. ¿Puedes darme algo?
Severus lo miró con un ceja arqueada. Podía imaginar varias cosas que Potter podría querer de él en ese momento. Una categoría completa de posibles peticiones.
—Creo que ya te he dado suficiente —respondió. La comisura de la boca de Potter se alzó un poco.
—Me refiero a algo para dormir —aclaró, y Severus cerró los ojos por un instante antes de convocar una botella de su mesilla de noche.
Se la tendió al chico.
—Para dormir —dijo, y Harry la tomó de su mano.
—Gracias. —Se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo cuando Severus lo llamó.
—Ah, y Potter... —dijo, aún de espaldas—, apreciaría tu discreción, como comprenderás.
—Sí, señor.
Cuando la puerta se cerró al fin, Severus se sintió humillado al descubrir lo exhausto que se sentía, como si le hubieran arrancado toda su voluntad. Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cabeza, negándose a reconocer la facilidad con la se había dejado provocar de nuevo. Negándose a reconocer que se encontró dolorosamente e innegablemente duro, y había sido Potter quien lo había excitado de aquella forma.
