Raíz cuadrada » Capítulo final.
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«Ella se ha convertido en la voz femenina de Japón gracias a "𝐒𝐞𝐤𝐚𝐢 𝐉𝐨𝐬𝐞𝐢"
𝑶𝒓𝒈𝒂𝒏𝒊𝒛𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒔𝒊𝒏 𝒇𝒊𝒏𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒖𝒄𝒓𝒐 𝒅𝒆𝒅𝒊𝒄𝒂𝒅𝒂 𝒂 𝒍𝒂 𝒑𝒓𝒐𝒕𝒆𝒄𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒚 𝒂𝒚𝒖𝒅𝒂 𝒅𝒆 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒖𝒇𝒓𝒆𝒏 𝒗𝒊𝒐𝒍𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂 𝒅𝒆 𝒈𝒆́𝒏𝒆𝒓𝒐
»Ayuda psicológica gratuita, talleres integrales de defensa personal, financiamiento para emprendimientos y hogar temporal.
[En honorable memoria de Kikyō Higurashi]
"Ninguna mujer que sufra abuso o cualquier tipo de violencia en una relación debe callarlo. Sé lo difícil que puede ser salir de ese círculo vicioso, lo he vivido muy de cerca, es por eso que, al iniciar este proyecto, pensé que lo primero que debería brindar a las mujeres sería atención psicológica de calidad; quizás haya alguien ahí afuera que está a tiempo de tomar una mejor decisión para su vida. Nadie que te ame va a hacerte daño. ¡Por favor, te necesitamos viva!"
—Kagome Higurashi, fundadora de 𝐒𝐞𝐤𝐚𝐢 𝐉𝐨𝐬𝐞𝐢.
La organización cumple el día de hoy cinco años desde su fundación oficial y ha sido sujeta a críticas positivas desde sus inicios. Kagome Higurashi, quien es también gerente general de «First Book», una empresa familiar dedicada a la producción de útiles escolares y otros productos de papelería, ha revelado que ha sido un camino difícil de recorrer, pero con enormes satisfacciones en el proceso.
"Estoy feliz y orgullosa por lo que hemos logrado, tengo el apoyo de mi familia y amigos, especialmente el de mis padres, quienes fueron los primeros en dar el sí a la propuesta", comentó la empresaria, quien además nos reveló información interesante sobre cómo nació su deseo de hacer algo tan sustancial por la sociedad femenina de Japón: "Creo que me mueve el amor infinito que tuve y aún tengo por mi hermana mayor; su muerte casi acaba conmigo y con mis padres, esto es algo que he dicho ya en anteriores entrevistas, pero a la vez fue el motor para seguir, para no dejar que su muerte quedara en un noticiero o en un periódico, quería que la memoria de Kikyō trascendiera a través de mí para llevar el mensaje a miles de mujeres, y sobretodo, la ayuda que sé que ella necesitó en su momento y querría que las demás tuvieran la oportunidad de acceder. Espero que, donde quiera que esté ahora mismo, pueda estar tranquila y vea que fue más que un caso de abuso, es una figura de fortaleza y esperanza". Las palabras de Higurashi denotaban un amor y respeto infinito a la memoria de su hermana, además de una convicción inquebrantable que, en sus propias palabras, dijo compartir con Kikyō.
También habló un poco sobre cómo ha sobrellevado su pérdida en más de una década.
"Salir del duelo no es fácil; de hecho, incluso ahora, luego de casi doce años, hay ocasiones en las que lloro en mi habitación un buen rato como si hubiera pasado la semana anterior. Trato que mi familia no vea esos momentos de vulnerabilidad, pero con el tiempo entiendes que es parte del proceso y dejas de esconderte tanto" confesó entre una risa aliviada, intentando retener las lágrimas que ya eran evidentes para ese momento: "Y muchas veces quisieras volver el tiempo y hacer más cosas de las que hiciste para intentar revertir lo que pasó, pero sabes que es imposible, por eso hago esto, porque si yo no llegué a tiempo, otras personas lo harán, ya que SJ no solo está abierto a las víctimas, sino también a familiares que necesiten saber cómo actuar en estas situaciones y ayudar a sus seres queridos, incluso a animarse a proceder con las denuncias pertinentes".
Además, la empresaria también expresó estar muy contenta por la apertura de la extensión de su organización en la ciudad de Shiraoka, en Kantō.
"Ha sido un camino muy difícil desde el principio, incluso cuando parece normal que los gobiernos aprueben este tipo de iniciativas, las cosas no son fáciles, pero hemos tenido el apoyo suficiente para lograrlo, las empresas están muy comprometidas con nuestra lucha, el feminismo cada vez tiene una voz más activa en nuestro país y con este movimiento ha sido posible obtener los permisos y el financiamiento para avanzar. Apenas ha sido inaugurada y ya ha tenido afluencia de mujeres, ¡es increíble que cada vez se estén animando más a romper esos ciclos de violencia! Muchas gracias a todos quienes lo hacen posible".
Por otro lado, le preguntamos si en el nuevo proyecto también se incluirá la icónica estatua de piedra que recibe a las personas en la sede de SJ y, entre risas, esto respondió: "No. La estatua de piedra de Kikyō fue un detalle de mis padres y yo, no salió del presupuesto donado por las otras organizaciones, así que no se replicará. Pero es una buena pregunta, eh, creo que nunca me habían preguntado sobre la estatua y si se ha creado algún rumor acerca de su costeo, creo que este es el momento más idóneo para disipar esas dudas".
Higurashi nos comentó un poco sobre sobre futuras conversaciones con organizaciones extranjeras y lo feliz que se encontraba por estar logrando una alta difusión en su trabajo filantrópico que tan bien hace a la comunidad femenina. Otro punto por destacar es que las puertas de SJ también están abiertas a las adolescentes desde quince años que sufran violencia por parte de sus progenitores, afines con las organizaciones para infantes.
Sin duda, Kagome Higurashi es una mujer hermosa, fuerte, exitosa y un ser humano lleno de sentimientos positivos que ha transformado sus propias vivencias dolorosas en sinónimo de lucha, confianza y real apoyo para todas las mujeres de nuestro país.
Le deseamos mucha suerte en sus proyectos laborales y en su vida.
—Tamura Kiara, editora y reportera de 𝐉𝐚𝐩𝐚𝐧𝐞𝐬𝐞 𝐖𝐨𝐦𝐚𝐧 (JW)»
Sango terminó de leer la revista con los ojos bien abiertos y los labios apretados. Estaba anonadada, sinceramente impresionada y con un orgullo monumental.
—¡Está increíble! —Exclamó, haciendo movimientos que mostraban la página destacada. La sonrisa de los adultos alrededor no se podía ocultar.
—¡Y es la portada de esta edición! —Chilló Ayame, con una sonrisa de oreja a oreja.
Antes de que volvieran a decir algo, escucharon que algo se caía adentro, alertando a todos, quienes se pusieron en posición de salir corriendo.
—¡Tengan cuidado, niños! —Advirtió Miroku, tratando de ver lo que pasaba desde su posición y listo para ponerse de pie.
—Tranquilos, voy por ellos —se adelantó Kōga, haciendo una señal con las manos para que los presentes no se alteraran, notando las miradas preocupadas de los padres.
Caminó rápidamente dentro de su casa y encontró a los menores en la sala, intentando recoger los granos de arroz esparcidos por el piso de la cocina.
—¿Q-qué están haciendo? —Se apresuró a acercarse a la estufa para apagarla. Eso había sido lo que más le llamó la atención.
—Te dije que tuvieras cuidado, Hisui —arguyó Kira, tratando de ordenar el desastre junto a los demás e ignorando el comentario del mayor.
—Lo siento, tío Kōga—se disculpó la pequeña pelinegra, desde su lugar, apenada.
—Es mi culpa, papá —dijo Rori, mirando a su padre agacharse junto a ellos para recogerlo.
—No te preocupes, hijo.
—Lo sentimos de todas formas, tío Kōga —agregó Kira, la gemela mayor. Ella estaba más bien enojada—. Arruinaste la sorpresa, Hisui, maldición —masculló, sacando a relucir su carácter más apático.
—¡Hey!
—¡Te he dicho que no maldigas, Kira! —Apareció Sango, consciente de que cinco niños podrían volverlo loco si no recibía ayuda. Llegó hasta su hija y le hizo un gesto asombrado por su vocabulario.
Wolf suspiró, aliviado—. Gracias.
Después de un diálogo importante con las gemelas, Sango les pidió por última vez de una manera adecuada que no volvieran usar la cocina sin supervisión, incluso si tenían ya once años o mamá tendría que obligarlas a estar junto a ella en las conversaciones de adultos, además de hacer que las gemelas se disculparan con Hisui por cómo habían hablado con él; Kōga le decía a su pequeño que, si necesitaba comer algo, podía pedírselo a él. Kagome finalmente había entrado para darle a su hija la misma indicación de los demás. Los aludidos prefirieron mil veces jugar damas chinas a estar con sus padres escuchando sus «aburridas conversaciones», así que pronto resolvieron quedarse en la sala que estaba próxima a la terraza, dándoles a los padres una ventaja de cercanía.
—¿Están bien los niños? ¿Moroha se golpeó? —Inquirió InuYasha, sin quitar un segundo los ojos de su esposa.
—Sí, está bien, InuYasha, no te preocupes —sonrió, conciliadora, sentándose nuevamente junto a su esposo.
—¿Qué pasó? —Miroku también abordó a su esposa mientras ella imitaba a Kagome.
—Ya sabes, Kira y Mina y su nueva obsesión por ser chefs —comentó entre una risilla.
—Lo bueno es que llegamos a tiempo para apagar la estufa —acotó Kōga, pasando un brazo por detrás de su esposa para acercarla a él.
—Me alegro —suspiró Ayame, tocando su abultado vientre.
Siete meses ya pesaban un montón, aunque también le traían igual felicidad.
—Bien, entonces… íbamos en que Kagome ha tenido una nueva entrevista respetuosa de una reconocida revista —siguió InuYasha, una vez que vio a los pequeños desde su lugar a través de las vidrieras.
—¡Sí, y es hermosa!
Doce años.
Doce años habían pasado desde el trágico día en que la muerte de Kikyō había marcado y cambiado el destino de InuYasha y Kagome. Millones de cosas habían sucedido mientras Taishō hacía su carrera en el extranjero, empezando por que la comunicación entre ellos se había cortado por más de dos años, prácticamente nula; InuYasha solo sabía de Kagome por lo que Ayame le contaba y entre ellos, había estado el accidente que había sufrido su padre unos meses después, empeorando la situación de la familia Higurashi. Kagome, por su parte, tuvo que enfrentar toda la mierda que le sobrevino, las cosas a veces parecían estar a punto de acabarse para siempre y muchas otras estuvo a punto de llamar a InuYasha para que volviera, pero se detenía al instante, porque no había nada que él pudiera hacer; tuvo que hacerse cargo de la empresa, luchando contra sus propios sentimientos, su madre tuvo que cuidar a su papá por mucho tiempo ya que sus piernas no respondían, mientras ella trataba de sacar adelante el negocio. Tiempo después, Kagome también se había quedado inmóvil un par de meses, los médicos dijeron que se trataba del estrés postraumático y anduvo en silla de ruedas semanas, cosa que le prohibió a Ayame decir a Taishō.
Algunas veces las cosas iban mejorando, pero otras parecían volver a irse a la mierda, hasta que poco a poco, fueron tomando su cauce. Las crisis habían sido duras, pero, por las circunstancias, tuvo que aprender a fortalecerse de ellas. Una vez había soñado con Kikyō, ella le había dicho que la hiciera sentir orgullosa, porque era completamente capaz de hacerlo; Kagome se había levantado sudando y llorando desesperada, sin saber cómo reaccionar. Y entonces había decidido aceptarlo, aceptar que ella no estaba, que no vendría más, pero que donde estuviera, seguro que estaba viéndola y por ningún motivo, querría que cayera. Tomó las riendas de su vida, de su familia, aprendió a volver el recuerdo de su hermana un sentimiento más dulce que agrio, que le motivara a hacer algo más allá, algo trascendental y poco a poco empezó a madurar su idea de fundar una organización de apoyo a las mujeres, inspirada en todo lo que Kikyō había vivido.
Había costado un mundo, pero lo había llevado a cabo.
Con el tiempo, la comunicación con InuYasha empezó a retomarse, se trataban de correos casi cordiales, únicamente para saber cómo estaba el otro y paulatinamente volvieron a ser cercanos, al punto de hacer videollamadas muy seguido. Para ese tiempo, Suikotsu y Naomi ya hablaban abiertamente sabiendo quién era InuYasha en la vida de Kagome; en realidad, Naomi se lo había comentado a su marido en el viaje a Paris antes de la tragedia, solo que con tanto dolor de por medio, no hubo tiempo para hablar esas cosas hasta cuando las aguas se calmaron. La conversación había sido un poco dura, omitió todas las partes que pudieran causar incomodidad en sus papás sobre InuYasha o la misma Kikyō, pero al final estuvo bien, ellos estaban realmente agradecidos con el apoyo que les había dado desde mucho antes de esa dolorosa tragedia.
Para cuando Ayame contraía nupcias con Kōga, el regreso de InuYasha era un hecho. Según cómo funcionaran las cosas, Taishō había pensando que estudiaría una maestría en Londres o en Japón, finalmente y en la boda de su prima, Kagome le había pedido que se quedara.
Por primera vez.
Luego vino el segundo parto de los Takeda y el tercer hijo en cuestión, trayendo más alegría al círculo de amigos. El negocio de Sango había crecido considerablemente y era toda una empresaria creadora de su propia marca de maquillaje. Miroku se había hecho socio de la empresa en donde trabajaba, representando a accionistas minoritarios de la misma. Por su lado, Ayame había fundado su constructora y aunque no era todavía muy conocida, tenía una buena demanda de trabajos. Kōga por fin había conseguido el trabajo de sus sueños en una de las más prestigiosas fabricas de Tokyo, su taller ahora también era otra buena fuente de ingresos, más grande y mejorado, atendiendo incluso autos de lujo, su padre al mando. Con su primer hijo, Wolf decidió renunciar a su trabajo para cuidar a su primogénito y en cambio, invirtió en el negocio de su esposa, así ambos estarían disponibles para llevar su hogar. Y hacía poco habían decidido tener a su próximo bebé, que era una niña.
InuYasha había empezado a ofrecer sus servicios de diseñador gráfico independiente, luego siguió haciendo trabajos para empresas cada vez más y más grandes hasta que finalmente se asoció a la consultora y asesora de marketing más conocida de toda la región. Había cumplido su sueño y lo vivía al mil. Kagome se había quedado como la gerente de la empresa de sus padres, tomando el ritmo y expandiéndola después, además de empezar con su organización, de la cual había recibido las primeras ayudas y difusión de sus amigos y pareja. A veces, todavía nadaba.
Un año después de la vuelta de InuYasha y apenas estaba consiguiendo un trabajo, él y Kagome habían decidido casarse por fin, misma razón por la cual se trató de una unión sencilla por lo civil, sin muchos gastos, incluso sin luna de miel, los dos así lo habían decidido, poniendo sus ahorros en otras cosas que necesitarían ya que por fin eran esposos, con la promesa de que después de unos años, tendrían una boda como se debía.
Poco después había llegado Moroha, su pequeña niña que ya tenía seis años. Moroha había traído a sus vidas una emoción y forma de amar que ninguno de los dos sabía que podía experimentar, especialmente después de todo lo que habían sufrido en la vida.
Y eran felices, a pesar de todo, Kagome había logrado encontrar razones para sonreír de forma sincera y lidiar con su dolor de manera sana, tal y como se supera todo en la vida, como se aprende a vivir con ello y a transformarlo en sentimientos mejores.
Porque, como decía Kaede, la pérdida era parte de la vida, pero no la definía.
Sango le hizo a InuYasha un gesto para que empezara de una vez y Ayame carraspeó. Miroku y Kōga se enderezaron, captando el gesto mientras Kagome terminaba de responder una llamada que le había entrado y era ineludible. Cuando la azabache regresó, los niños, quienes ya sabían lo que tenían que hacer, incluso Moroha, que había pactado con su padre, estaban sentados en el piso, cerrando un círculo entre la unión de los muebles en donde reposaba el matrimonio Takeda y Wolf frente a frente. Ayame le escribió un discreto mensaje al joven Shippō para agradecerle el favor que les había hecho con esa llamada, ya que él había estado completamente dispuesto a colaborar en lo que fuera necesario para aportar con la felicidad de la pareja que había considerado una especie de figura parental desde que los conoció en el orfanato.
Kōga era quien se había encargado de pasarle a InuYasha la bolsita de terciopelo
—¿Por qué están los niños aquí? —Inquirió, sonriendo antes de volverse a sentar. InuYasha la observó con un ligero toque de nerviosismo en los ojos, pero quitó rápidamente la mirada.
—Nos aburrimos, tía —dijo Kira y el resto la siguió. Kagome se quedó contenta con la repuesta.
—Oigan, ustedes… ¿no habían dicho que después se iban a casar como se debe? —Inquirió Sango, como quien no quería la cosa.
—Oh —Kagome se sonrojó al instante, casi sin saber por qué. La pregunta la tomó por sorpresa.
Volvió a ver a su esposo y éste solo se encogió de hombros, tratando de decirle que él ciertamente no había hecho la pregunta.
—Creo que es culpa del perro —agregó Kōga, haciendo alusión a sus juegos de antaño y arrancando risas a los presentes.
—¿Tú quieres casarte, Kagome? —Inquirió Miroku, centrado en los deseos de su amiga, tratando de tantear el terreno. InuYasha suspiró hondo y cruzó miradas con su hija desde su ángulo.
Ayame la miraba con una sonrisa que no podía disimular, atenta a cada gesto.
—No lo había pensado, yo… —no sabía ni siquiera qué decir. Si era muy sincera, ella ya estaba casada y era feliz con su matrimonio, realmente amaba a InuYasha y su relación con él era sólida, ya habían pasado por demasiado como para saber qué hacer y qué no para avanzar. No tenía una necesidad real de volver a casarse, pero la idea no le molestaba. Vio a su marido de nuevo, como buscando una reacción de su parte, pero él solo apretaba sus labios como si estuviera esperando únicamente su palabra—. ¿InuYasha? —Lo llamó, tratando de conseguir su opinión.
La adrenalina había parecido subir, los presentes, en especial los niños, quienes ahora no pensaban que las conversaciones de adultos fueran tan aburridas, estaban con los nervios a flor de piel. Kagome ni siquiera había entendido por qué de pronto todo parecía extrañamente tenso.
—¿Tú qué crees? —Inquirió por fin, sin quitar su expresión tensa, tratando de sonar normal. No había quitado el brazo que rodeaba a su esposa por el respaldar de los muebles mientras movía intensamente una pierna cruzada sobre la otra.
Ahora la azabache miró para su mejor amiga y después para cada uno de los presentes otra vez, deteniéndose en su pequeña hija, quien la observaba con los ojos brillando más que nunca. Eso le hizo dar un vuelco en el corazón.
—¿Deberíamos casarnos? —respondió con otra pregunta, nuevamente mirando a su esposo.
—¿Crees que deberíamos? —Entonces por fin se enderezó, sentándose con ambos pies en el piso y descansando sus brazos sobre las piernas.
Se mordió los labios, casi nervioso. Ese momento parecía la primera vez y era extraño, porque cuando ambos habían decidido casarse, no había sido una propuesta, solo una decisión que habían tomado así, en una charla completamente causal, solos.
—Sí —sonrió ella, notando lo mucho que le hacía ilusión el imaginarse vestida de blanco y con su hija llevando los anillos—, deberíamos.
—Bien —InuYasha dejó ir el aire contenido, tragándose la emoción y haciendo que los presentes empezaran a exteriorizarla por él. Mientras hurgaba algo en el bolsillo de su chaqueta de cuero, Kagome empezó a mirar a todos, como no procesando lo que su cerebro le indicaba que pasaría.
—¿InuYasha?
—Entonces —alzó un hermoso anillo de diamante solitario clásico, como si le mostrara algo casual, aunque estaba realmente muriendo de los nervios—, deberíamos casarnos.
Se puso de pie inmediatamente, con la expresión desencajada de Kagome y los ojos brillantes sobre él. Los niños habían empezado a celebrar, ciertamente emocionados.
—No… —susurró, incrédula y llevándose una mano a la boca para esconder su asombro mezclado con una sonrisa.
—¿No? —Inquirió InuYasha, fingiendo espanto. Sabía perfectamente a qué se refería, mientras tomaba la mano femenina para colocarle la pieza.
—¡Sí, sí, sí! —Chilló entonces, sintiéndose una adolescente tonta, abrazándose a su esposo como si solo ellos estuvieran presentes.
—¡Vivan los novios! —Esta vez fue Kōga quien gritó, entre aplausos, como lo había hecho Miroku en el cumpleaños de InuYasha, trece años atrás.
Ahora la familia Taishō Higurashi se abrazaba en medio del festejo mientras Ayame iba a la heladera por el pequeño pastel que habían preparado para ese día.
—Entonces, ¿todos ustedes ya lo sabían? —preguntó incrédula, abrazando más a Moroha que estaba sentada sobre sus piernas.
—¡Sí! —Corearon todos para después volver a reír.
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Haberse dejado crecer el cabello como símbolo de que poder parecerse a su hermana volvía a ser un halago y orgullo para ella, era bueno en el día a día, incluso la gente solía preguntarle cuál era el secreto para tener un cabello tan hermoso, pero no parecía ser una ventaja para la estilista, quien había batallado un montón de tiempo separando los mechones azabaches para que pudieran encajar en su peinado recogido y no se viera como una masa voluptuosa detrás de su cabeza, intentando que todo quedara en armonía y lo logró, aunque con las justas.
—Estás preciosa, hija —Naomi le acarició el rostro con cuidado, notando lo madura que ya era su pequeña Kagome.
A sus sesenta y dos años, ver a su única hija viva casándose por segunda vez, era un evento que le hinchaba el pecho de alegría y orgullo. Las lágrimas se le salían, a su edad era más frecuente que pasara.
—Muchas gracias, mamá —sonrió ampliamente, con las mejillas muy rosadas.
—Vamos, hija —Suikotsu le extendió la mano, ofreciéndole un gesto de protección. Llegar a ese día no había sido fácil para ninguno, pero por fin estaban ahí y ya era abuelo, a veces ni siquiera podía creerlo—. Ya es hora.
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Los ojos de Moroha observaban atentamente cada detalle mientras caminaba directo hacia sus padres, llevando una pequeña almohadilla de encaje blanco inmaculado adornada con flores violetas y azules sobre las que reposaban un par de anillos de bodas, unas nuevas argollas. Desde hacía meses, cuando había visto a su papá pedirle matrimonio a su mamá, la ilusión en ella había sido evidente, quizás demasiado, su sonrisa no podía disimularse, le emocionaba lo que estaba pasando a su alrededor.
En la escuela, les había dicho a todos sus compañeros que sus papás iban a casarse otra vez, lo había dicho con orgullo. La mirada ámbar y la chocolate ahora estaban centradas en ella, la veían con un amor infinito y con los corazones rebosantes.
InuYasha y Kagome habían dado el «sí», claro que para nadie era una absoluta novedad, pero no dejaba de ser emocionante, en especial frente a todos los invitados, entre los cuales se encontraba también Dai junto a su esposa e hijos, sonriendo con sincera alegría por los dos. Desde su lugar, Shippō también los observaba, emocionado, con el gato de los esposos sobre sus piernas y sentado junto a su novia, quien de igual forma sonreía con dulzura.
El día seguía siendo perfecto, despejado, pero no soleado, cálido, con una corriente de aire fresca y agradable.
Hacer la boda al aire libre con adornos de flores naturales, vegetación alrededor y completa libertad parecía haber sido la mejor opción. Miroku, quien había sido el encargado de unir a sus mejores amigos en matrimonio, recibió los aros de las manos de la niña, quien hizo una reverencia después de entregarlos.
—Muchas gracias, pequeña —le susurraron al unísono cuando la vieron pasar por su lado.
Moroha les devolvió una enorme sonrisa. Kagome apretó los labios por la emoción: su hija se veía más preciosa entregando los anillos que en todas sus imaginaciones. Jamás habría creído que las cosas en su vida sucedieran de tal manera, que su propia hija sería quien le entregara personalmente el símbolo de unión de ella y su esposo. InuYasha le apretó las manos después de quitar la vista de su pequeña hasta que la vio sentarse justo en medio de Naomi y Kaede, en la primera fila de sillas.
—Estos anillos representan su unión, la fidelidad y el apoyo mutuo que puedan brindarse el uno al otro, el poder fortalecer sus lazos afectivos y la confianza, que es la base de toda relación sana y duradera —anunció Miroku, elevando la almohadilla ligeramente para después extenderla a los novios.
InuYasha la tomó primero y con cuidado llevó la argolla hasta el dedo anular de Kagome, deslizándolo mientras alzaba la mirada para encontrarse con ella directamente.
—Kagome, te entrego este anillo para reafirmar mis sentimientos hacia ti, lo mucho que me importas y lo mucho que respeto y valoro tu presencia en mi vida.
Kaede cerró los ojos y tomó su pañuelo para limpiarse las nuevas lágrimas, ¡es que no lo podía evitar!
La azabache tampoco pudo evitar sonreír tan amplio, que sus ojos se cerraron. Había notado el detalle de su esposo al decir que aquello reafirmaba sus sentimientos, porque siempre habían estado ahí. Mientras colocaba el anillo en el dedo anular del ambarino, también recitó.
—InuYasha, recibe este anillo como una muestra más de mis sentimientos por ti, mi fidelidad, respeto y lo mucho que agradezco a la vida por tu presencia cada día conmigo.
Este fue el turno de Naomi, quien también tuvo que parar su llanto para poder ver bien lo que pasaba ante sus ojos. Moroha se había quedado prendada de la felicidad de sus progenitores.
—Por el poder que ustedes mismos me han conferido, los declaro… —Takeda hizo una pausa casi cómica— lo que ya eran —abrió ligeramente los brazos, como dándoles rienda suelta—: marido y mujer. Puedes besar a tu esposa.
Los presentes se pusieron de pie de inmediato, sin dejar de aplaudir un segundo, con las emociones a flor de piel mientras la pareja se abrazaba fuertemente en el altar justo después de un ligero beso en los labios.
»—¿Ves que sí estabas supuesto a verte igual de ridículo que yo cuando te casaras? —Escuchó InuYasha justo a su lado, en un tono disimulado. Miroku le dio un pequeño codazo cuando el abrazo había terminado y los recién casados volvieron a dar la vuelta ante los invitados. Rio por lo bajo, trayendo a cuento la pregunta que había hecho cuando él se había casado con Sango.
"—¿Se supone que tenga que verme igual de ridículo cuando me case? —le dijo, burlón"
InuYasha puso los ojos en blanco, incrédulo por que su amigo recordara aquello.
—Calla.
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—¡Este es un buen momento! —Insistió Ayame, guiando al camarógrafo hacia la familia que se preparaba para ejecutar el siguiente evento en el mismo día.
—Gracias por traerlo, Ayame —le sonrió Sango, con las mejillas rosadas por la emoción.
—No hay de qué, hermana —le hizo un gesto de complicidad, mientras se giraba para decirle a su esposo que llamara a la niñera para saber si todo andaba bien. Ayame no era partidaria de dejar a su hijo de siete meses con una niñera, pero para esa ocasión, había sido necesario.
Por otro lado, Kagome suspiró hondísimo, dejando ir mucho aire. Lo bueno en toda esa situación de agotamiento era que había tenido mucho tiempo y bastante ayuda para organizar todo eso. Solo la boda había costado meses de detalles, incluso cuando ni siquiera se iba a realizar en una iglesia o cualquier templo tradicional.
—¿Estás bien, mamá? —Le inquirió Moroha desde su ángulo, mirándola con cierta preocupación.
—Sí, mi amor —le sonrió, conciliadora—. No te preocupes.
—¿Segura que estás bien? —Intervino InuYasha al instante, tomándola por los brazos.
—Sí, bueno, cargar un vientre de siete meses de gestación es tarea pesada —volvió a soltar aire y esta vez, una mano descansaba en su cadera y la otra sobre la curvatura de su vientre.
—¿Te quieres sentar? —siguió preguntando, atento a las necesidades de su esposa.
—No, no, quiero que sepamos el sexo de nuestro bebé —le sonrió, sincera.
—¡Yo también quiero saber! —Chilló la pequeña e InuYasha le acarició la mejilla a su hija como repuesta.
—¡Ahora! —insistieron Ayame y Sango, derretidas por la escena.
El camarógrafo se apresuró en hacer su trabajo. Ante la insistencia, Kagome soltó una carcajada y una nueva foto salió de ese momento, probablemente, la más icónica.
—¡Vengan todos, es hora de la revelación!
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Otro evento que se había dejado para más adelante era la luna de miel. Por lo menos después de que Kagome diera a luz y el bebé de ambos tuviera la edad suficiente como para quedarse con una niñera por al menos una semana. Antes no.
Escuchó que su esposo cerraba la llave del lavabo y poco después salía del cuarto de baño en dirección a la cama en donde yacía Kagome, recostada lo más cómoda que podía, rodeada de unas cinco o seis almohadas y sobándose todo el vientre con una crema antiestrías. Se acostó con cuidado a su lado, observándola con detenimiento. Había sido un día hermoso, pero muy cansado. Por suerte, la hacienda que habían alquilado para el evento tenía una casa que incluía en el contrato, la cual pudieron usar para quedarse a dormir al igual que sus familiares y amigos cercanos.
—Me alegra que finalmente hayas decidido haber invitado a Sesshōmaru y Rin —comentó Kagome en tono tranquilo, sin dejar de acariciar su piel. Se estaba relajando con ese masaje.
—Sí, eh… —InuYasha agachó la vista, sin saber qué decir. Doce años habían pasado ya, parecía mentira—, creo que lo merecían, ¿no?
Cuando pasó toda esa tragedia con Kikyō, Sesshōmaru estuvo muy pendiente de la recuperación de ambos, hasta de los padres de Kagome; también procuró que se respetara el espacio de los Higurashi antes de que procedieran con los interrogatorios, lo hizo lo más que pudo, incluso fue a visitar a Kagome al hospital cuando tuvo su intento de suicidio. Ese mismo día, Sesshōmaru le habló a InuYasha en el hospital y a su manera le pidió disculpas: dijo que había entendido que su silencio ante las injusticias y humillaciones que su familia había cometido contra la de InuYasha no hacían mal, pero tampoco hacían bien; en la mente del pelinegro había pasado que eso no suponía una disculpa como tal, pero al menos era su forma de decirle que admitía que antes no había actuado de forma justa.
—También creo que sí, es hermoso lo que hiciste, InuYasha —le animó, sonriendo. Kagome también entendía que no había fácil para su esposo. InuYasha no había tenido contacto directo todos esos años con su primo, excepto tal vez si se cruzaban de alguna manera en algún evento al que el trabajo de ambos los hubiera llevado—. Me sorprendió mucho saber que tienen gemelas como Sango y Miroku —señaló con una sonrisa, eso le había causado mucha impresión.
—Sí, yo apenas las conocí hoy también —ahora él también sobaba la pancita, con su mano izquierda en la mejilla apoyando el peso.
Se hizo un nuevo silencio, parecía que Kagome cada vez se relajaba más.
—¿Cómo le vamos a poner? —Inquirió ella, sintiendo el tacto cálido de su esposo en la piel estirada.
—No lo sé todavía, los nombres para varones siempre son más difíciles de encontrar —bostezó apenas dijo eso, sintiendo ya el cansancio del día magullarle el cuerpo. Aunque ambos se conservaran bastante bien, los treinta y ocho años de InuYasha no habían pasado en vano.
—Ya pensaremos en alguno —le dio la seguridad que siempre le transmitía solo con esas palabras. Kagome siempre le hacía sentir que todo estaría bien incluso si el futuro era incierto. Había sido así a pesar de la despedida horrible en su habitación antes de irse a Londres, había sido así cuando la empresa tuvo problemas financieros, cuando no encontraba buenos trabajos, cuando hubo ciertas complicaciones en el embarazo de Moroha; siempre así, Kagome era la vida.
Kagome lo era todo.
Antes de que ambos se dispusieran a tratar de descansar, alguien tocó su puerta. Ambos padres reaccionaron ante el conocido llamado, sabiendo exactamente que se trataba de su pequeña. InuYasha se levantó rápidamente para abrirle.
—¿Qué pasó, hija? ¿Estás bien? —Sin pensarlo, se agachó para tomarla en brazos, cerrar la puerta y caminar hasta la cama.
—¿Te sientes bien, pequeña? —Kagome estiró los brazos para recibirla. Era su consentida.
—¿Puedo dormir con ustedes? —Les inquirió con voz dudosa, no quería molestarlos, estaba acostumbrada a su privacidad, pero se sentía insegura—. Es que no conozco esa habitación y me da miedo —se acurrucó cerca del vientre de su madre mientras ésta la abrazaba.
—Claro que sí —aceptó InuYasha, abriendo las sábanas para cubrir a su familia y después acostarse también junto a ellas con cuidado—. Ahora a dormir, porque ya es muy tarde.
—Sí. Hasta mañana mamá, hasta mañana papá.
No había pasado un segundo cuando Moroha ya estaba profundamente dormida. El ambarino le sobó con ternura la cabeza, quitando unas hebras de su fleco. Kagome también se acomodó para darle mejor espacio e intentar dormir así mismo, dado que, a esos meses, siempre era más complicado. Después de poco, la respiración de su hija era lo único que se escuchaba entre el silencio de la noche.
Parecía mentira que, después de tanto que habían pasado, tanto dolor, los seres amados que ambos habían perdido y a quienes ciertamente todavía extrañaban y, en el fondo, habrían deseado que estuvieran ahí para compartir toda esa felicidad, parecía mentira que ahora los dos estuvieran en una cama, a punto de descansar en familia, con una vida hecha, un matrimonio, trabajo, tantas metas cumplidas, tantos obstáculos derribados, tantas dificultades vencidas y aun así, realizados, seguir visualizando un futuro, un futuro en el que se veían uno junto al otro afrontando todo, criando a sus hijos y viviendo toda la felicidad que pudieran.
¿Había valido la pena?
Sí, cada segundo lo había valido, a pesar del dolor, pena, miedo y distancia.
Parecía que, después de todo, el destino sí les había preparado algo mejor para el final.
E iban a disfrutarlo…
—InuYasha —lo llamó en voz baja, antes de que se estirara para apagar la luz de la lámpara.
—¿Mmmm?
—¿Me perdonas por haberte lanzado a la piscina en aquel entonces?
InuYasha sonrió de forma sorpresiva, de verdad que habría esperado cualquier cosa menos ese peculiar recuerdo entre ambos.
A pesar del tiempo, su mujer seguía siendo imposible.
—Te perdono únicamente porque mi celular se había quedado en el auto, imposible K Higurashi.
Ambos rieron después, bajito. InuYasha acortó la distancia con delicadeza para alcanzar los labios de su esposa y regalarle un cálido beso de buenas noches. Y la luz por fin se apagó.
Iban a disfrutarlo para siempre...
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—DAIKRA, la autora.
