Sintieron mil emociones durante esos instantes finales, dónde el destello celeste de la máquina y el metal del puño cerrado cubrió sus cuerpos. El hada y el especialista fueron inundados por una combinación de dolor, tristeza, frustración, miedo y resignación que caló hasta la médula, sirviendo de trágico desenlace de su intento por sobrevivir al asalto del mecanoide de plata. Lo dieron todo y, aún así, fracasaron.
Estaban muertos. El más allá se sintió extraño para ambos, sobre todo por la superficie metálica en la que cayeron. Las transformaciones cedieron para dar paso a una temperatura por debajo del cero y una oscuridad plena que no les permitió verse a pesar de la distancia mínima entre los dos. Ambos problemas los solucionó Damian al encender su mano derecha, descubriendo que se encontraban dentro de un cubículo metálico en el que apenas había espacio para moverse con comodidad. Tenía unos dos metros y medio de altura y no dejaba pasar ningún ruido del exterior debido al grosor de las texturizadas paredes, de un color gris oscuro.
Estaban vivos, pero lejos de casa.
Las Winx y los especialistas se presentaron en el lugar del hecho minutos después del estruendo final. Timmy y Tecna unieron fuerzas de inmediato para estudiar al titán derribado mientras los demás chicos de Fontana Roja, a bordo de sus motocicletas híbridas, recorrían el bosque en busca de algún rastro de los desaparecidos. Stella, por su parte, intentó llamar a su amiga en reiteradas ocasiones sin recibir respuesta alguna, elevando aún mas sus temores internos. Ese sentimiento lo compartían Bloom y Flora, cuyas manos brillaban y escaneaban los alrededores.
— Siento la magia de Musa en todas partes. Esa cosa está cubierto de ella. — sentenció la chica de tez trigueña, con su voz cargada de angustia. Deseaba con todas sus fuerzas que estuviese bien.
— Estoy segura de que lo derrotaron y escaparon. Ellos son fuertes, lo han conseguido. — afirmó Bloom, queriendo aliviar las emociones negativas que azotaban a sus compañeras. Sus esperanzas se menguaron cuando los especialistas llegaron, deteniendo los vehículos a un lado de las hadas de Alfea. Sky se desprendió del casco y negó con la cabeza. El de Riven, en cambio, dio de lleno contra el suelo por la mezcla de frustración y malestar que le inundaba, que tensaba su mandíbula y fruncía su ceño lo mas humanamente posible.
— ¡Nada! ¡No está en ninguna parte! Si ese idiota le hizo daño…
— Riven, cálmate. Estoy seguro de que hay una explicación para todo esto. — Sky elevó su voz, queriendo traer calma a la situación. No perdería tan rápido las esperanzas. Además, confiaba en que Damian no sería capaz de dañar a Musa. ¡El pobre aún pedía disculpas cada que atinaba un golpe en las prácticas!
No hubo espacio para discursos inspiradores, lamentos grupales o silencios sepulcrales, ya que el brazo derecho del gigantesco robot se abrió abruptamente y puso a todos en estado de alerta maxima. Aquel acto fue obra del dúo de genios, que activaron los mecanismos internos para dejar al descubierto un intrincado cañón. Timmy y Tecna se acercaron casi sin dudarlo, hablando entre ellos en un tono bajo y mencionando conceptos inentendibles y en extremo complejos.
— ¡¿Podrían decirnos algo?! — exclamó Stella, dejándose llevar por el pánico durante algunos momentos. Rápidamente se arrepintió, abrazándose a sí misma. No dejaba de pensar en que le había sucedido algo terrible a la peliazul. — Por favor, Tecna.
— Lo que tenemos aquí parece ser una especie de dispositivo avanzado de teletransportación. Abrió un enlace de corta intensidad hace unos treinta minutos. — explicó el hada tecnológica, desplegando un holograma que mostraba el funcionamiento del cañón. Un hilo de energía concentrada viajaba hasta los dedos alargados y afilados para convertirlos en una especie de "microportal" que hacía desaparecer lo que sostenía durante ese preciso momento. — Para conseguir esto, los tuvo que atrapar con la mano.
— Significa que siguen con vida. Al menos eso es lo que creemos. — añadió Timmy, trayendo un poco más de calma a la situación. Sin embargo, para Riven no era suficiente.
— Esa cosa mecánica vino por Damian la última vez. No sé qué buscan de él, pero no voy a permitir que lastime a Musa o a alguien más. Todo esto es SU culpa.
— No es momento para pensar en eso. — indicó Bloom, deseando calmar al alterado especialista. No eran necesarias esas actitudes en un momento así. Tras ello, miró a su amiga de cabello rosado, deseando tener, al menos, un poco más de información. — ¿Puedes saber en dónde están?
— El mecanoide sigue activo, muy en el fondo. No puede moverse ni atacar, son solo procesos muy básicos. Si se mantiene así por unos minutos más daremos con ellos y Tecna podrá abrir un portal.
A través de su computadora portátil trabajaba el chico de gafas, la cuál accedía a los sistemas de la criatura mecánica mediante la magia milagrosa de la brillante estudiante de Alfea. Estaba en terreno pantanoso, con cero comprensión de la estructura de ese software y el lenguaje que utilizaba. Era más prueba y error, un azaroso proceso en el que sus conocimientos servían de poco.
— ¿Te encuentras bien?
— No, ¿tú lo estás? Ese monstruo te aplastó y luego tú…
— Salté a su cara y le prendí fuego.
— ¿Y no sentiste nada extraño después?
— Sólo calor. Cómo siempre.
El cerebro de Damian bloqueó cualquier intento por procesar lo que había sucedido en el lago Rocaluz. Demasiado trabajo tenía ya con todas las sensaciones abrumadoras que provocaba estar en un sitio tan extraño. Por un momento recordó las locas historias de abducciones con las que alimentó su imaginación durante su estancia en el buró, cuyos finales eran poco alentadores.
Pero estaban en otro mundo, en la dimensión mágica. Tenían la oportunidad de escapar y de no quedar como un caso sin resolver, un recuerdo amargo de personas que jamás volverán.
El pelinegro calentó el mandoble y lo hundió en una de las paredes, tardando poco más de un minuto en hacer un hueco por el que pudieron escapar sin problemas. El hada fue la primera en salir, descubriendo una estancia amplia que servía de calabozo, con multitud de cajas metálicas idénticas a los lados. No sentía ruido alguno proveniente del interior de estas, lo que le obligó a hacer un esfuerzo sobrehumano para pensar que estaban vacías, sin cadáveres adentro.
Para salir de esa estancia Miller volvió a usar su hoja para hacer un ardiente corte triangular que les permitió acceder a un pasillo eterno y oscuro que iba en ambas direcciones. En ese momento notó lo abrumada que se encontraba Musa, con la mirada aguada por lágrimas contenidas y los labios curvados en una mueca apagada. Una imagen que le rompió el corazón en mil pedazos.
— L-lo siento. — susurró. Ningún golpe dolió más que verla a los ojos. — Esto es mi culpa. Tuve que luchar solo contra esa cosa. Tal vez lo habría derrotado, o solo me hubiera llevado a mí y ya, al menos así nadie más correría peligro. No tenías que quedarte…
— Las Winx no dejan a nadie atrás. — murmuró el hada de cabello azul, limpiándose con el dorso del brazo y apoyando una mano en el hombro ajeno. Un ápice de luz brotó entre los dolores musculares, el cansancio, el hambre y la sed. No se dio por vencida antes, mucho menos lo haría ahora. Eso sí, sus reservas de magia estaban en números rojos. Como mucho podría desplegar hechizos menores, básicos, de poca utilidad si se presentaba un nuevo conflicto.
Musa no avanzó un paso más, prefiriendo apoyar ambas manos en la pared y usar una especie de ecolocalización que le permitió tener una idea del recorrido del pasillo y lo que había más allá. Sobre y bajo ellos solo notó metal macizo. Y hacia la derecha, a unos kilómetros, una estancia amplia e intrincada.
— ¿Has encontrado algo?
— No lo sé, pero tenemos que ir por la izquierda. Del otro lado solo hay… Es un pasillo enorme. Quizás tardemos horas en encontrar algo. — afirmó con la voz apagada y el brillo púrpura haciéndose cada vez más tenue. Debía cuidar la poca energía que le quedaba. El pelinegro no discutió la decisión, simplemente y empezó a caminar, con mil palabras atoradas en su garganta y su mano ardiendo por una llamarada alargada que servía de antorcha orgánica.
Nada de lo que estaba sucediendo tenía el más mínimo sentido.
— ¿Consiguieron algo?
— Aún no. Pero estamos cerca. La vamos a encontrar, Bloom.
Tecna mostró seguridad en sus palabras, lo cual animó un poco a la chica de cabellos rojizos. Stella y Flora dejaron de dar vueltas y se quedaron bajo un árbol, abrazadas, intentando no contemplar ni siquiera de reojo a esa titánica figura.
Los especialistas esperaban, cruzados de brazos. Uno más inquieto que los otros. El príncipe de cabelleras doradas se apartó para quedarse al lado de su novia, cuyos ojos no mostraban un ápice del brillo que tanto amaba.
— Tal vez fue una mala idea traerlo a Magix. — murmuró arrepentida, sin dejar de mirar a esa máquina. — Creí que podía ayudarlo como Stella hizo conmigo.
— Y lo has hecho.
— No tanto como quisiera.
Sky apoyó una mano en su cabellera, la acarició dulcemente como si sus dedos fuesen un delicado peine. Esos momentos de ternura valían oro, atenuaban sus temores y la hacían sonreír.
— Quizás era algo inevitable. Al menos aquí nosotros podemos darle pelea. ¿Cómo habría sido en la Tierra?
— Un desastre. — respondió Bloom. Imaginaba a esa criatura aplastando casas con cada paso que daba, escalando edificios, usando su armamento para arrasar con todo. Meció suavemente su cabeza para deshacerse de esas imagenes mentales. — Damian no tiene la culpa de lo que esté detrás de él.
— ¿Y tienes alguna pista?
— En los archivos de Alfea no hay nada. Me cansé de repasar libros en la biblioteca, incluso los más antiguos. Tal vez deba usar gafas de tanto forzar la vista.
— Estoy seguro de que aún así te verás hermosa. — afirmó con aire coqueto Sky antes de entregarle un delicado beso sobre la cabeza. Un rubor masivo cubrió el rostro de la pelirroja, quien no pudo evitar pegar su cuerpo al del caballero y abrazarle. Un gesto que encogía el corazón de chico de cabellera color oro. — Haces tu mejor esfuerzo, no te culpes por algo que está fuera de tu control. Si me permites, buscaré en los archivos de Fontana Roja. Quizás haga un viaje a Eraklyon después.
— ¿Solo?
— Es mi deber como principe ir con la mejor compañía.
Llevaban una hora caminando. Y lo único que escuchó Musa en todo ese tiempo fueron sus pasos y los de su compañero de desventuras formando eco. La llamarada que emanaba de la palma de Damian iluminaba a duras penas ese monótono pasillo, calmando apenas el frío gélido que la azotaba. Echaba de menos el sol acogedor de Magix.
Con un poco más de magia podría hacerse un abrigo para ella y el chico, pero tenía hambre y sed. A tal punto que se sentía débil, con su estómago rugiendo incesantemente. Con un par de manzanas y un poco de agua estaría mejor. Una pena que estuviesen tan, tan lejos de la dimensión mágica.
O tal vez no tanto.
— ¿Puedes continuar?
— No lo sé.
— ¿Puedes usar eso de nuevo? Lo del eco.
— No lo sé.
Demasiado apagada y abrumada. El corazón del pelinegro se encogió en su pecho al verla así, cabizbaja y con los brazos rodeando su propio cuerpo. Por un momento sintió envidia de estos, de como acogían esa pálida y sedosa piel y la tocaban. Debía de ser una especie de honor divino acceder a tal oportunidad, la de simplemente acariciarla.
Tragó saliva y siguió adelante, notando en la lejanía un brillo peculiar. Estaban acercándose a su destino. Podía ser un oasis paradisíaco o una picadora de carne. La información era en extremo limitada, pero no perderían las esperanzas tan rápido. Damian aceleró el ritmo de sus pasos, algo que ella no pudo seguir.
— Estamos cerca, de… lo que sea que hayas encontrado. Solo tienes que hacer un esfuerzo más.
— No puedo, realmente no. Lo siento... — dijo en un tibio tono de voz el hada. No era su espíritu el que se sentía derrotado, sino su cuerpo, ya sin fuerzas para mantenerse de pie. El terrícola tomó valor y se atrevió a obtener a la fuerza el honor de tocarla, sujetándola con extremo cuidado y cargándola entre sus brazos. Era una medida necesaria para no perder más tiempo, y venía con el precio altísimo de acabar con la cara roja como un tomate y el ritmo cardíaco por encima de lo habitual.
— ¿T-te tuve que pedir permiso, no? Juro que solo busco ayudarte y ya sabes, l-lo primero que se me ocurrió fue esto. ¿Estoy tocando mucho tus piernas o tu espalda? Si pudiera hacerte levitar lo haría sin problemas y no te tocaría ni un pelo.
El balbuceo torpe e inquieto, en el que luchaba por alargar su tonta explicación le devolvió la sonrisa al hada. Una mueca débil, repleta de dulzura y agradecimiento. El chico de hebras oscuras no dejó de parlotear hasta que ella apoyó delicadamente la mejilla en su pecho, cerrando sus dulces ojos para tomarse unos minutos de descanso.
No había obra de arte de los maestros más talentosos de la historia universal que pudiese igualar la belleza y la majestuosidad de esa postal. Sus ojos verdes contemplaron cada detalle del rostro de Musa, mientras por dentro se moría de pena por haberla arrastrado a ese sitio.
Tal vez las Winx debían repensar si la regla de no dejar a nadie atrás era necesaria.
