Descargo de responsabilidad: Stephenie Meyer es dueña de Twilight. Drotuno es la mente maestra detrás de esta asombrosa historia, yo solo la traduzco con su permiso. ¡Gracias, Deb!

Disclaimer: Stephenie Meyer owns Twilight. Drotuno is the mastermind behind this amazing story, I'm only translating it with her permission. Thanks, Deb!


Muchas gracias, Sully por tu valiosa ayuda como prelectora. Todos los errores son míos, avísame si encuentras alguno. ¡Gracias!


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Capítulo 3

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EDWARD

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—Ahí estás —tía Esme dijo cuando contestó al teléfono mientras cruzaba la ciudad en dirección a The Inferno.

—Ey, habría llamado antes, pero he estado un poco ocupado —expliqué sin necesidad.

—Lo sé, cariño. ¿Te mudaste sin problema?

Sonreí porque eso era lo que hacía la tía Esme: amar sin esfuerzo.

—Sí, aunque Tanya me está ayudando a desempacar porque me llamaron del trabajo. De hecho, voy en camino a encontrarme con mi compañero.

—Ese Garrett es fantástico. Es tan divertido. Bueno, ten cuidado. Y si necesitas algo para el nuevo apartamento, llámame. Veré qué puedo hacer —me instó.

—Seguro que estoy bien, pero te lo prometo. Saluda al tío Carlisle de mi parte. Te llamaré mañana o algo así —dije incómodo, porque por mucho que lo que dice Tanya de ellos fuera cierto (me amaban de verdad), mudarme con ellos a los quince años había sido una puta pesadilla. No por nada de lo que habían hecho, sino por lo que había ocurrido.

Sacudí la cabeza para despejarla. No podía centrarme en el pasado. No tenía tiempo porque estaba llegando a The Inferno.

A la luz del día, a media tarde, el lugar parecía bastante inofensivo. Un poco sucio y destartalado, pero inofensivo, al fin y al cabo. Sin embargo, por la noche, el lugar era un inquietante espectáculo de actividades nefastas: drogas, prostitución y, según se rumoreaba, trata de personas. No entiendo cómo las puertas siguen abiertas, pero nunca se presentaron cargos. James Hunt era un cabrón escurridizo.

Estacioné junto a Garrett, que estaba en una videollamada con Kate.

—¡Aquí, Edward!, dile. Estamos aquí por un asunto policial —dijo, empujándome el teléfono a la cara.

—Hola, Kate —dije poniendo los ojos en blanco—, te aseguro que no es aquí donde elegiría pasar la tarde.

Resopló un poco, pero me sonrió. —¿Puedes...? —Me hizo un gesto con la mano—. No dejes que se meta en líos.

Asentí con una sonrisa. —Haré lo que pueda.

Garrett retiró el teléfono, diciendo: —¿Ves? —Le dirigió una sonrisa, derrochando el encanto que en realidad sólo usaba con ella—. Eres la única stripper que necesito.

Resoplé, sacudiendo la cabeza ante su risa. Cuando terminó la llamada, lo miré. —¿Listo para esta mierda?

—Carajo, no —contestó, hojeando su teléfono y mostrando la foto de lo que parecía ser una pulsera de hombre bastante llamativa pero cara. El broche estaba roto en un extremo, y el otro estaba estirado y rasgado.

—Eso habría dejado una marca —murmuré, enarcando una ceja en su dirección.

—Mmm, yo también lo creo.

—¿Lo analizaron en busca de ADN?

—Sí, lo están pasando por el sistema ahora. No aguantes la respiración. Pero estamos aquí para ver cuándo estuvo Maria por última vez aquí, así que vamos —dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo.

El interior estaba más lleno de lo que esperaba, pero estaban a punto de atender a la gente después de sus trabajos. Una vez dentro, mis ojos se adaptaron a la luz más oscura y exploré la gran sala. En el extremo derecho estaba el escenario elevado. Dos chicas entretenían a cuatro hombres sentados en bancos abajo de ellas. Justo a la izquierda de esa zona había pequeñas mesas de dos sillas, la mayoría vacías, excepto por un tipo que sorbía lo que parecía un refresco, con los ojos escalofriantemente clavados en el escenario.

Seattle no permitía alcohol ni comida en los clubes de striptease, pero la mayoría se instalaban junto a un bar legal o al otro lado de la calle. Era una relación simbiótica y, en este caso, ambos eran propiedad del mismo tipo: Hunt.

Más adelante estaban las zonas más oscuras, separadas para bailes eróticos o cualquier otra cosa que pudieran conseguir. Esas cabinas estaban vacías.

Una joven de pelo rizado y oscuro se nos acercó y dijo—: Hola. Soy Angel. La tarifa para ser atendido es de cuarenta.

Garrett mostró su placa, y la pobre chica palideció. —¿Quién está a cargo en este momento?

—Mikey Newton. Está en Nomad's, al lado. —Señaló la puerta lateral.

Angel llevaba muy poca ropa: una camiseta de tirantes finos, muy corta y reveladora, y unos minúsculos pantalones vaqueros recortados. Por un momento, Bella Swan vino a mi mente. Y la mera idea de que llevara puesto lo mismo que Angel me hizo sudar las manos. Forzando mi atención en la tarea que tenía entre manos, detuve a Garrett antes de que pudiera dirigirse al bar de al lado.

—Una pregunta, Angel —empecé, sacando la foto de la licencia de conducción de Maria—, ¿conoces a Maria Navarro?

—Todo el mundo conoce a Maria —afirmó un poco sarcástica, y yo le enarqué una ceja—. Es la puta verdad —lo dijo entre dientes, encogiéndose de hombros y sonriendo cuando Garrett soltó una carcajada.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —Garrett preguntó.

—Mmm, hace unos días. Ella va y viene a su antojo, pero es una de las bailarinas de renombre del horario nocturno —respondió Angel.

—¿Tuvo algún problema con alguien de aquí? —pregunté.

Angel se rio. —Sí. Con todo el mundo. Las otras bailarinas están celosas, los porteros tienen que apartar a los hombres de ella y siempre está borracha.

—¿Y tú? ¿Has tenido problemas con ella?

—No, no me importa ni lo uno ni lo otro. Me da buenas propinas cuando trabajo en la pista las noches que ella está en el escenario, pero lo que haga en su tiempo libre... —Se interrumpió, mirando entre nosotros, y vi que por fin caía en cuenta—. ¿Qué le pasó?

—La encontraron muerta en el parque de la Primera hace un par de días.

Angel frunció el ceño y negó con la cabeza. —Mira, yo sólo trabajo aquí para pagar mis facturas. No me joden porque me limito a hacer mi trabajo e irme a casa. Pero hay algunos que se meten en toda clase de mierdas. Maria, debía dinero a unas personas por drogas o algo así.

—¿A quién le debía dinero? —repliqué.

—Si le pidió prestado a alguien, sería a través de James. Si no puedes devolvérselo, él se lo cobra de otras maneras —susurró, haciendo una pequeña mueca al pensarlo—. Sinceramente, intento mantenerme alejada de él. Sólo trato de terminar la escuela.

De nuevo, Bella vino a mi mente, porque ella había dicho básicamente lo mismo. Había necesitado el dinero, pero necesitaba salir de The Inferno por la mierda turbia que pasaba entre bastidores.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —le pregunté.

Sonrió con satisfacción. —Angela Weber. Pero Angel me da mejores propinas.

—Me parece justo. Gracias —le dije, mirando a Garrett e inclinando la barbilla hacia Nomad's.

El bar estaba un poco más iluminado que el club. Los altavoces de detrás de la barra emitían música suave. La camarera iba vestida de forma parecida a Angel: pantalones cortos, top revelador y trenzas de pelo rosa brillante.

—Dios mío —murmuró Garrett—. Los hombres son tan fáciles de convencer con esta mierda de chica joven. O pasa de los treinta o no estoy delante de ti.

Se me escapó una carcajada antes de que pudiera detenerla, pero no le contesté. Definitivamente, los hombres podían ser cavernícolas. El objetivo de estos lugares era el dinero, mucho puto dinero, y nada podía vender mejor que el sexo. Las chicas jóvenes y bonitas atraían el dinero como moscas a la mierda.

Había unos cuantos hombres sentados solos repartidos por el bar. Las cabinas que se alineaban en la pared opuesta al club tenían clientes, y la mesa del fondo estaba llena.

—Hola, chicos —saludó la chica de las trenzas rosadas en un tono sensual, y me costó todo lo que tenía no poner los ojos en blanco—, soy Tori. ¿Qué desean?

—Buscamos a Mikey Newton —le dijo Garrett, y ella señaló con el pulgar la mesa llena del fondo de la sala.

La mesa estaba repleta de cervezas y comida, y cuatro hombres estaban sentados a su alrededor, riendo y bromeando. Garrett se acercó a la mesa, y los hombres se callaron, mirándolo como si fuera un problema.

—¿Qué coño quieres? —preguntó un tipo delgado. Tenía el pelo castaño claro con mechones tinturados, y llevaba un reloj que probablemente costaba más que mi camioneta.

Los tres hombres que lo acompañaban eran enormes. Dos tenían la piel oscura y pelo negro, probablemente nativos americanos. El otro era un afroamericano con largas rastas.

Garrett, que tenía poca o ninguna vergüenza, sacó su placa de nuevo. —Buscamos a alguien llamado Newton.

Todas las cabezas de la mesa giraron hacia el tipo blanco con mechas. Newton palideció, pero miré alrededor de la mesa. El tipo de las rastas cogió una papa frita y se la metió en la boca, aparentemente imperturbable por el hecho de que la policía estuviera en el bar. Los otros dos nos miraban como si estuvieran viendo un partido de tenis.

—Oye, Mikey, ¿necesitas que...?

—No, Jake. Cierra la puta boca.

Jake parecía totalmente regañado, pero se quedó callado, lanzándonos una mirada furiosa. Sin embargo, fue la mirada de reojo que Newton dirigió al negro lo que me hizo prestar atención cuando Garrett empezó a hacer preguntas sobre Maria.

—¿Cuándo fue la última vez que vieron a Maria Navarro? —les preguntó, y mis ojos los recorrieron a todos.

El negro puso los ojos en blanco, pero también miró la puerta batiente de la cocina. Jake continuaba su comida en silencio, aunque con un ligero temblor en las manos, y el último hombre entrecerraba los ojos mirando a Newton.

—¡Ah, diablos! No lo sé. Probablemente hace unas noches. Tuvo una pelea a golpes con uno de los hombres que pagaba por un baile erótico. Él quería tocar, y eso es un gran no-no. —Newton se volvió hacia el otro hombre bronceado—. Pauly, ¿cuándo fue la última vez que la viste?

Pauly se encogió de hombros, con el rostro pasivo, pero las gotas de sudor de su frente delataban sus nervios. Y sonreí cuando alrededor de su cuello vi una gruesa cadena de oro, y en el centro de su pecho había un gran dije lleno de diamantes con la forma de un lobo aullando. Pauly fue a tomar su jarra de cerveza, y alrededor de su muñeca había un vendaje de un blanco deslumbrante.

—¿Qué te pasó? —le pregunté a Pauly.

—Intento de suicidio —declaró sin mucha emoción.

Sonriendo ante el bufido de Garrett, volví a mirar a Pauly. —Parece que vuelves a sentirte feliz —señalé, pero pedí en silencio el teléfono de Garrett—. ¿Reconoces esto? —Le enseñé la foto de la pulsera rota, que coincidía casi a la perfección con la cadena que llevaba al cuello.

—No.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Pauly se lanzó de la silla y atravesó las puertas batientes de la cocina.

—Que me jodan —refunfuñé, saliendo tras él.

Pauly tiró ollas y sartenes y cubos de basura rodantes para detenerme, pero salté por encima de ellos justo cuando salía por la puerta trasera que daba a un callejón. Giró a la izquierda, derribando prácticamente a unos cuantos empleados que estaban fumando. Íbamos a toda velocidad, y yo lo estaba alcanzando hasta que tomó otra curva.

El siguiente callejón desembocaba en una calle bastante transitada, y Pauly apenas consiguió cruzarla sin ser embestido por un camión de la basura. Aproveché que el camión estaba parado para seguirlo hasta el siguiente callejón. El olor a basura, orina y vómito me llenó la nariz y me dieron ganas de vomitar, pero empujé con más fuerza porque delante había una verja de alambre. Pauly saltó, se agarró a la valla y empezó a trepar, y yo me abalancé sobre él para hacerlo perder el agarre.

Pateó salvajemente, golpeándome la sien, y mi visión se nubló un poco, pero no lo suficiente como para hacerme soltarlo.

—Suéltate o esto será peor para ti —le dije, tirando de él hasta que cayó al suelo. Saqué mi 9mm, apuntándole—. Si te mueves, te disparo.

—No puedes...

—¿A quién se lo vas a decir? —le pregunté, dándole la vuelta para esposarlo—. No vuelvas a jugar al puto póquer, imbécil. Tu cara te delata.

Una vez asegurado, saqué mi teléfono y llamé a la central. —Soy el detective Masen, placa número 8501, solicito apoyo —di mi ubicación y colgué justo cuando Garrett me llamó.

—Dime que lo atrapaste.

—Sí, acabo de llamar a un uniformado para que lo lleve a la comisaría.

—Diez-cuatro. Iré a verte.

—¡Yo no hice nada! —soltó Pauly desde su posición en el suelo del callejón.

Puse los ojos en blanco y lo miré. —Tienes derecho a cerrar la puta boca.

~oOo~

—Jesús, Masen. ¿Estás bien? —Oí detrás de mí mientras observaba a Pauly inquieto y nervioso en la sala de interrogatorios 2.

—Sí, jefe, estoy bien.

El jefe Banner era un buen hombre, con el que era fácil trabajar. Era mayor, con el pelo oscuro y canoso en las sienes. Me agarró la cara, observando la fisura que tenía sobre la ceja mientras me apartaba la toalla de papel de la frente para ver que la hemorragia había disminuido.

—Fue un golpe de suerte —dije, sonriendo cuando se rio—. ¿Añadimos agresión a un oficial de policía?

—Tal vez. Pero mañana te va a doler mucho la cabeza. —Señaló a Pauly—. ¿Es nuestro hombre?

—Lo más probable es que estuviera presente cuando mataron a la víctima. Había más de un juego de huellas de zapatos en ese parque. Esa herida en su muñeca coincide con la joya rota encontrada en su mano. El laboratorio está haciendo una coincidencia de ADN ahora mismo. Los resultados ya deben estar por llegar. Si estaba solo o actuó con otros es la cuestión.

—Bueno, ahora tenemos suficiente para una orden de registro de su casa y para retenerlo como «persona de interés».

Asentí y levanté la vista cuando Garrett se acercó con una carpeta. —¿Qué te parece? Coincidencias de ADN. —Sonrió, dándome una palmadita en el hombro—. Está claro que soy el policía bueno en este caso, ya que amenazaste con pegarle un tiro y todo eso. Iré primero.

Le hice señas para que siguiera porque estaba disfrutando demasiado.

—¿Lo hiciste? —preguntó Banner en un tono muy divertido.

Me encogí de hombros, pero asentí. —Puede que se lo dijera después de que me pateara en la puta cara.

—¡Jesús, Masen! —Soltó una carcajada.

Pauly era legalmente Paul Lahote, de la reserva Quileute, a unas horas al oeste de Seattle. Tenía una larga lista de antecedentes: violencia doméstica, posesión, agresión, asalto. Había estado en la cárcel por cosas sin importancia. Su trabajo en The Inferno se reducía a portero y seguridad. Actualmente, estaba en libertad condicional por el cargo de posesión, así que pasara lo que pasara, se quedaría en la cárcel cuando termináramos de interrogarlo.

—Ay, Pauly —Garrett entonó tristemente con un profundo suspiro—. Estás metido en un buen lío, amigo. —Dejó la carpeta sobre la mesa y tomó asiento frente a él—. No sólo correr te hizo parecer muy, muy culpable, sino que tenemos tu ADN en una pulsera encontrada en la fría y muerta mano de Maria Navarro. Una pulsera que más o menos coincide con la cadena que llevas.

—La perra me la robó. No la he visto en días.

—Ey, no me mientas. Sabemos que estuviste ahí.

—Yo no maté a esa perra —gruñó Paul, inclinándose hacia adelante—. Ella me robó.

—Sin embargo, no presentaste un denuncio.

Paul se burló. —¿Por qué coño iba a hacerlo? No serviría de nada. Los policías no son exactamente mi gente favorita. Pero al final la recuperaría.

—¿Cómo es eso?

Sonrió como un lobo, encogiéndose un poco de hombros. —Habría acudido a mí para... otras cosas.

—Otras cosas —repitió Garrett.

—Sí, sí... Su hombre está cumpliendo condena, así que necesita cariño de alguna parte.

—Ah, diablos —suspiré, pasándome una mano por el pelo—. Whitlock.

—¿Lo conoces? —Banner me preguntó.

—Sí, fue mi último arresto antes de venir a Homicidios. —Me giré para mirarlo—. The Inferno está plagado de drogas y mierda clandestina. Sólo detuve a un expendedor. Hay muchos más ahí dentro, como una puta infestación.

Banner levantó la vista cuando Paul dio un manotazo en la mesa y dijo—: ¡Quiero un abogado!

Garrett recogió su expediente y salió de la sala de interrogatorios. Cuando se reunió con nosotros, dijo—: Él estuvo presente, pero estoy dispuesto a apostar a que nunca delatará a quién realmente mató a nuestra víctima.

—Puede que tengas razón —dijo Banner, agitando una mano hacia el espejo bidireccional—. Consíguele un abogado y procésalo. Violó su libertad condicional, así que irá a la cárcel pase lo que pase. —Se volvió hacia mí—. Tú. Vete a casa, ponte hielo en la cabeza y tómate el fin de semana. Empezaremos de nuevo el lunes, a ver si podemos acotar cuántos en The Inferno participaron en el asesinato de esa chica.

—Sí, señor.

~oOo~

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BELLA

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Acababa de activar el sistema de seguridad y de cerrar la puerta de Common Ground cuando oí pasos detrás de mí. Me giré y vi al detective Masen revisando su correspondencia en el vestíbulo del edificio.

Lo que más me sorprendió fue que su camisa de vestir, su corbata y la chaqueta de su traje estaban salpicadas de sangre, y todo parecía proceder de una herida que tenía justo encima de la frente.

Se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa cansada. —Bella —dijo con un suspiro.

—¿Estás bien? —pregunté, simplemente porque no lo parecía.

Asintió con la cabeza, dirigiéndose a las escaleras, pero se detuvo y me miró. —Te... te debo una disculpa, Bella. Por lo de antes... No creo que seas menos que nada. Lo siento si fue así como te hice sentir.

Estudié su cara, y parecía sincero. —Gracias por decir eso.

Volvió a subir las escaleras, pero le detuve.

»Acompáñame —le dije, pasando junto a él—, vamos a limpiar eso. —Como no se movió, le hice un gesto para que subiera—. Vamos.

Parecía demasiado cansado para discutir, así que me siguió en silencio hasta el segundo piso. Abrí la puerta y la mantuve abierta hasta que entró.

Le señalé la mesa de la cocina y le dije:

»Siéntate. Enseguida vuelvo.

Fui al cuarto de baño por el botiquín que tenía debajo del lavamanos. He limpiado más labios partidos, nudillos rotos y ojos morados de los que me gustaría admitir. Jasper siempre estaba metido en algún lío o pelea o lo que fuera.

Volví a la cocina y vi a Masen paseando la mirada por mi apartamento, pero se sobresaltó un poco cuando un borrón de pelo negro se subió a la mesa para mirarlo a los ojos.

—Hola —saludó a mi gato y, por primera vez, me hizo sonreír, porque se había portado mucho mejor de lo que esperaba. Y más aún cuando alargó la mano para acariciarlo.

—Sid, bájate de la mesa —le dije, dándole un codazo a mi macizo gato negro hasta que saltó a la silla frente a Masen.

—Bien, detective, ¿a quién cabreaste tanto? —pregunté, abriendo el botiquín.

—Por favor, sólo... Edward.

Levanté la vista y me encontré con su mirada. Aquellos ojos verdes eran cálidos y lucían cansados y, a pesar del corte sobre el ojo, tenía un rostro increíblemente atractivo. También parecía preparado para cualquier actitud que yo pudiera a lanzarle.

—De acuerdo, Edward. ¿Quién te pateó el culo?

—Un sospechoso tuvo una patada de suerte.

Mis cejas se alzaron, pero me centré en la gasa y el agua oxigenada para limpiar la herida. Me puse a su lado, frotando el corte y haciendo una pausa cuando siseó un poco.

—Probablemente necesites puntos.

—No, estoy bien.

—Te quedará cicatriz.

Sonrió, riéndose un poco. —Viviré, Bella. Gracias.

La sonrisa de Edward era desarmante en su belleza. Toda su cara se transformó. Era poderosa, hacía que sus ojos verdes se arrugaran y su cabeza se inclinara un poco. Hizo que un mechón de su rebelde pelo se le cayera hasta la mitad de la frente. Lo aparté con cuidado para poder seguir limpiándolo. Pero durante uno o dos segundos, me quedé estupefacta ante aquella preciosa sonrisa.

—Puede que tenga unas vendas mariposa. Voy a mirar.

Terminé de limpiar la herida y rebusqué en mi botiquín, encontrando las últimas mariposas. Las levanté.

»Esto puede mantener la cicatriz más pequeña, por lo menos.

No dijo nada, sólo me dejó terminar la tarea. Cuando terminé, me dirigí al congelador y saqué una pequeña bolsa de gel frío.

»Toma. Esto te ayudará con la hinchazón. —Empezó a discutir y añadí—: Sé dónde vives, Edward, así que devuélvemelo cuando hayas terminado.

De nuevo, la sonrisa que se dibujó en su cara fue simplemente impresionante. Se acercó para pasar una suave mano por la cabeza de Sid y luego le rascó debajo de la barbilla.

»Me toca a mí pedir disculpas y dar las gracias. —Edward miró hacia mí y añadí—: Siento haberte echado la bronca. No es por ti. Soy yo.

Se rio entre dientes. —Suena a ruptura.

Resoplando, me encogí de hombros. —No, yo sólo... creo que he intentado mantener a Jasper en el buen camino toda mi vida, así que es pura costumbre defenderlo. Y dirigí eso hacia ti cuando probablemente debería habérselo dirigido a él. Y por eso lo siento, pero tengo que agradecerte que hayas hablado con la gente de la correccional, porque hoy lo trasladaron al pabellón de rehabilitación.

—¿Cómo sabes que dije algo?

—Tu nombre estaba en los papeles.

Parecía genuinamente sorprendido por ese dato, pero acarició una vez más a Sid, que ronroneaba como una moto. —Mi madre tenía un gato cuando yo era pequeño. Un siamés llamado Sam. Dormía en mi habitación.

—Ese es Obsidian (3). Sid para abreviar.

—Buen nombre.—Algo no oscuro sino desgarradoramente triste cruzó sus facciones, y se levantó de mi mesa—. Me alegro de haber podido ayudar. Siento que el sistema esté jodido.

Me reí. —Jodido, respaldado... lo que funcione.

—Exacto.

Se dirigió a la puerta, pero yo tenía una pregunta más.

—¿Lo capturaste? —le pregunté, señalándole la cabeza.

Se miró los pies y asintió. —Sí, pero no creemos que trabajara solo.

—¿Te refieres a Maria?

—Sí —suspiró profundamente—. Ese lugar... The Inferno... Me alegro de que te alejaras de allí, Bella. Mantente alejada. Es un...

—Un lío caliente. Sí, estoy al tanto. ¿A quién arrestaste?

—A un portero llamado Pauly.

Arrugando la nariz, asentí. —Todos los porteros son básicamente chicos de James, los rompepiernas. Cumplimiento de la ley. Es donde Jasper empezó. Me consiguió el trabajo sirviendo porque necesitaba el dinero. Mikey, Laurent, y... —sacudiendo la cabeza hice una mueca—, Jake. Todos están metidos en todo lo que pasa allá. James tiene un pariente en el ayuntamiento o algo así. Nunca caerá.

—Sí, lo hará. Los hombres como James tienen egos del tamaño de montañas, así que al final se confían, lo que los lleva a cometer errores —respondió Edward con una suavidad un poco amenazadora.

—Espero que tengas razón, pero sigue siendo peligroso. Todos lo son.

—Puede ser. Pero yo también lo soy —no lo dijo con ego ni como una amenaza. Sonaba como un hecho constatado, algo con lo que había aprendido a vivir durante mucho tiempo—. ¿Cómo...? —Se interrumpió, haciendo un gesto con la mano y acercándose a la puerta.

—¿Cómo qué? ¿Cómo pasé de trabajar por propinas a ser dueña de este edificio?

Sacudió la cabeza. —No es asunto mío, Bella. Olvida que pregunté.

—¿Me lo preguntas como mi nuevo vecino? ¿O como el detective Masen, que está investigando el asesinato de la ex de mi hermano?

Soltó una carcajada. —Sólo Edward, el vecino.

—Es una larga historia, Edward, el vecino —bromeé un poco, porque este era un lado diferente del policía que creía conocer, y me gustaba este lado—. Cuando tengas tiempo para un café, ven a la cafetería y te la cuento.

—Me parece bien. —Levantó el paquete de gel—. Gracias de nuevo. Te lo devolveré cuando termine.

—No te preocupes. —Lo dejé salir, cerré la puerta tras él y me volví hacia Sid, que estaba de nuevo en la mesa—. ¿En serio, Sid? Bájate de la mesa. —Se limitó a sentarse, enrollando su cola negra como la tinta alrededor de sus patas—. Me estás juzgando, ¿verdad? Siento que me estás juzgando.

Me apoyé contra la puerta, dándome cuenta de que había olvidado preguntarle a Edward por qué había intervenido en la cárcel. Apartándome de la puerta, levanté a Sid.

—Fuera de la mesa —le gruñí en el cuello, y él se limitó a ronronear y a frotarme la cara con la suya—, y deja de juzgarme.

~oOo~

(3) Obsidian u obsidiana en español, es un tipo de roca ígnea -roca volcánica perteneciente al grupo de los silicatos. Tiene la cualidad de cambiar su color según la manera de cortarse. Si se corta paralelamente su color es negro, pero cortada perpendicularmente su color es gris.