Descargo de responsabilidad: Stephenie Meyer es dueña de Twilight. Drotuno es la mente maestra detrás de esta asombrosa historia, yo solo la traduzco con su permiso. ¡Gracias, Deb!
Disclaimer: Stephenie Meyer owns Twilight. Drotuno is the mastermind behind this amazing story, I'm only translating it with her permission. Thanks, Deb!
Muchas gracias, Sully por tu valiosa ayuda como prelectora. Todos los errores son míos, avísame si encuentras alguno. ¡Gracias
Capítulo 15
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BELLA
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No estaba segura de qué hora era cuando la puerta de la habitación de Edward comenzó a sonar y temblar. Abrí un ojo hacia el reloj en la mesa de noche, quejándome de que eran poco más de las cuatro de la mañana.
—Sid, deja esa mierda —murmuré, tratando de abstenerme de tirarle una almohada.
—No —se quejó.
—Sí —siseé, poniendo los ojos en blanco por estar discutiendo con mi gato.
Sentándome, negué con la cabeza viendo que se había estirado lo más que podía con una larga y negra pata metida debajo de la puerta tan lejos como podía alcanzar. Volvió a golpear la puerta y me levanté de la cama para levantarlo. Afortunadamente, había dejado la luz encendida en el baño, así que no me golpeé un dedo del pie o algo igualmente doloroso.
Sabía que había traído algunos de sus juguetes con nosotros, así que debió haber perdido uno debajo de la puerta hacia el pasillo. Manteniéndolo bajo un brazo, abrí la puerta para ver a más de dos metros a un hombre sin camisa.
—¡Cristo Todopoderoso, Edward! —jadeé en un susurro, saltando hacia atrás con mi mano libre en mi corazón.
Él resopló, sosteniendo el juguete de Sid. —Supongo que derribaría la puerta por esto. Podría oírlo desde la casa vecina.
—Ahora sabes por qué está relegado a una habitación —refunfuñé, tomando el pececito relleno con la mierda arrugada de la mano de Edward. Lo arrojé al piso a los pies de la cama y Sid saltó de mis brazos tras él.
—Lamento mucho que te haya despertado… —Me detuve porque mis ojos recorrieron desde los pies descalzos hasta las piernas musculosas y los cortos pantalones azul marino con el emblema de la Policía de Seattle. Estaba allí parado sin camisa, luciendo sus abdominales, pectorales y cabello desordenado, y todo lo que podía pensar era que nadie tenía derecho a verse tan jodidamente delicioso a las cuatro y tantas de la maldita madrugada.
Olvídense de los trajes y corbatas, de los pantalones cortos y las camisetas. Que se joda el uniformado, porque el que estaba parado en la puerta les ganó a todos.
—No lo hizo —respondió Edward, completamente ajeno a mi mirada—, duermo ligero. Y… yo… estaba despierto. Pes-Mal sueño.
Eso último me llamó la atención, rompiendo la neblina de hormonas que estaban a punto de hacerme extender la mano y tocar.
—Ay, lo siento.
Se encogió de hombros. —Es algo que pasa, especialmente en esta casa.
—¿Quieres hablar de eso? —pregunté.
Al mismo tiempo, murmuró—: Te dejaré volver a la cama.
Ambos nos reímos entre dientes, pero tomé su mano y cerré la puerta detrás de él para que mi peludo maníaco no pudiera escapar y causar más problemas. Me senté en la cama con la espalda apoyada en las almohadas y palmeé el lugar frente a mí.
El ceño de Edward se frunció y tragó nerviosamente, pero se sentó frente a mí, extendiendo la mano detrás de él para sacar el arma de la parte baja de la espalda y dejarla en la mesa de noche.
—No le dispares a mi gato, Edward —bromeé y él sonrió.
—No, nunca. Simplemente no estaba seguro de lo que estaba escuchando.
Hablando de Sid, saltó a la silla del escritorio con su pez de juguete en la boca y se acurrucó alrededor de él.
—Todo ese drama, Sid —me burlé, poniendo los ojos en blanco hacia Edward, quien lo estaba mirando con una mirada distante en sus bonitos ojos verdes.
—Me recuerda mucho al gato de mi madre —susurró, apartando su mirada de Sid y de mí—. Sam. Yo era un niño pequeño cuando lo conseguimos. ¿Quizás nueve o diez? Durmió en mi habitación hasta mi adolescencia.
Quería preguntarle qué le pasó, pero el comportamiento de Edward se ensombreció.
»Mi papá lo odiaba —dijo en voz baja. Su ceño se frunció mientras negaba con la cabeza—. O tal vez simplemente nos odiaba a todos.
Mis cejas se alzaron con esa última declaración, pero extendí la mano para cubrir su mano con la mía. Eso pareció sacarlo del trance, y giró su mano para unir nuestros dedos.
»Edward padre era… —comenzó Edward, sacudiendo un poco la cabeza—. Era un hombre duro, controlador. Los gatos no se pueden controlar. —Sonrió con tristeza—. Y aparentemente tampoco puede hacerse con las esposas ni los hijos. No escuchaba excusas, no quería explicaciones y siempre exigía los mejores modales. Tratando de debatir o explicar... Simplemente decía: «No me importa».
De repente, unas cuantas piezas más del rompecabezas de Edward encajaron en su lugar. Siempre daba respuestas cortas y breves sin añadir mucho más, lo que ahora probablemente ya era costumbre. Siempre usaba «sí, señor» y «no, señor» con sus mayores. Incluso si eran de su familia.
»Él era abogado, así que nos decía que escuchaba excusas de mierda todo el día, así que estaría condenado si las escuchaba de su propia familia —continuó Edward, con los ojos en nuestras manos entrelazadas—. Nos mudamos aquí desde Chicago, pero él viajaba allá por negocios todo el tiempo; viejos amigos, decía.
Mis ojos se entrecerraron ante la forma en que Edward había dicho eso, pero no dije nada.
Encontró mi mirada.
»Mi madre, por otro lado, era muy parecida a tía Esme: amable, cariñosa y de espíritu feliz. Sin embargo, a medida que crecí, vi que ella era así conmigo. Sólo conmigo. Frente a mi padre, ella se había vuelto… tolerante.
¡Maldición!. No estaba segura de querer escuchar esta historia, pero esto era lo máximo que me había dicho en una sola sesión, y algo en el fondo me decía que realmente necesitaba desahogarse debido a su pesadilla. Su voz era insegura y su agarre en mi mano era un poco tembloroso pero fuerte.
»Un día, poco después del verano en que cumplí catorce años, bajé a desayunar antes de ir a la escuela —dijo en voz baja—. Esperaba encontrar a mi madre en la cocina, pero él estaba ahí, tomando café. Todo lo que dijo fue: «Tu madre se fue. Y se llevó consigo a esa maldita bestia».
Mi mirada pasó de nuestras manos a su rostro tan rápido que sentí una breve punzada en el cuello. Yo no era el detective en la habitación, pero había escuchado suficientes pistas de Edward para comenzar a sumar cosas. Tenía el presentimiento de que «se fue» no era exactamente la verdad.
»Pero no tenía sentido para mí. Sabía que mi madre no se iría y me dejaría. De ninguna maldita manera. Y luego él se fue a Chicago por casi tres semanas —afirmó en un susurro—. Él me tira esa bomba como si nada y luego se va. Durante el año siguiente, tal vez lo vi varias veces. Regresaba, me dejaba algo de dinero y volvía a irse.
Me senté de rodillas junto a él para acariciar su rostro. —¿Solo? ¿A los catorce años? —pregunté suavemente, apartando un rizo de su frente.
—Sí.
Esa simple respuesta, que antes me hubiera vuelto loca de curiosidad, ahora significaba algo más, algo diferente. Busqué en sus hermosos ojos y vi dolor, más dolor del que cualquier ser humano debería soportar.
—¿Ella se fue? —apenas pronuncié en voz alta y él sacudió la cabeza, lo que me hizo jadear. Vi al atormentado chico de quince años en las fotografías de abajo durante un breve instante.
Edward soltó una risa sin humor, sus ojos todavía oscuros, todavía tristes. Pero su toque en mi cara fue gentil y dulce. Se inclinó y me dio un suave beso en la frente, inhalando profundamente antes de retroceder.
—Tía Esme denunció la desaparición de mi madre, a pesar de la prueba de los boletos de tren comprados con la tarjeta de crédito de mi padre, la que le dio a mamá para comprar alimentos y pagar los servicios públicos.
—¿Y simplemente te dejó solo en casa?
—No. No le dije a nadie que se había ido durante semanas o meses seguidos. Yo era... Me dijo que ya tenía edad suficiente para cuidarme solo. No quería molestar a nadie con mis tonterías quejosas —dijo mientras se concentraba en tomar mi mano nuevamente—. Especificó que me trasladaría de regreso a Chicago si abría la maldita boca. Y no quería tener nada que ver con Chicago. De ninguna manera.
»Estar solo no era... malo. Pero cuando no salió nada de la búsqueda de mi madre, comencé a prestarle atención cuando él regresaba, y cuando se iba, comencé a mirar alrededor de mi casa. La mierda no cuadraba.
—¿Cómo qué?
—El contenedor transportador de Sam estaba en el sótano.
Jadeé y mi boca se abrió. —Si ella se lo hubiera llevado, entonces habría usado eso.
—Exactamente. Las joyas de mi madre habían desaparecido, lo cual, si se hubiera ido, tendría sentido, pero encontré sus llaves, su billetera y su teléfono celular en una caja en el estante superior de su armario. Pero una de sus maletas grandes había desaparecido; de nuevo, si ella se hubiera ido... tenía sentido.
Algo en su tono o la oscuridad en sus ojos me recordó el día que ayudó a limpiar mi apartamento. «A veces, hacer lo correcto es duro. No te devuelve nada, pero sabes que, si no lo haces, no eres mejor que ellos».
—Ay, Dios mío... —Apenas exhalé en voz alta, soltando su mano y colocándolas a cada lado de su cara—. Lo atrapaste. Encontraste todas las pistas.
Su mandíbula se movía mientras apretaba los dientes, pero en lugar de responderme, preguntó—: ¿Alguna vez has leído a Sherlock Holmes?
Abrí la boca para responder, pero la cerré y finalmente respondí—: He visto la serie protagonizada por Benedict Cumberbatch. ¿Eso cuenta?
Su sonrisa era hermosa y dulce mientras se reía un poco de mí. —Seguro. Podemos trabajar con eso. —Se inclinó para besarme una vez y todavía le divertía mi respuesta, pero al menos no estaba tan sombrío como antes—. Todo el asunto de Sherlock es la observación. Eso es todo. Observa los detalles más minuciosos de una escena, persona o habitación. Muebles movidos o faltantes, polvo o manchas en la ropa, callos o cortes en las manos. Todo eso significa algo.
»Comencé a observar realmente a mi padre en su último viaje a casa. Fue justo antes de cumplir quince años y, para entonces, la búsqueda de ella había resultado en vano. Encontré sus cosas en el armario y el transportín para gatos en el sótano, y sabía que él estaba mintiendo. Sólo tenía que demostrarlo —dijo, levantándose de la cama para caminar un poco.
El hecho de que un chico de quince años sintiera la necesidad de resolver el misterio de la desaparición de su propia madre me enojó y entristeció. Me hizo querer envolver a Edward en una manta gruesa y esponjosa y no dejar que nada volviera a lastimarlo nunca más.
»Él regresaba a casa y fingía que no había esta... esta... mierda entre nosotros —siseó Edward, con las manos apretadas en puños—, pero comencé a notar que no contestaba su teléfono delante de mí. Que nunca, jamás volvió a bajar al sótano, cuando solía ir todo el tiempo porque su colección de vinos estaba ahí abajo. En lugar de eso, simplemente traía a casa botellas nuevas.
Seguí el paso de Edward, pero mi corazón estaba en mi garganta. Tenía en la punta de mi lengua preguntarle si se había enfrentado a su padre, pero continuó con su historia, caminando un poco más.
—Una noche, mientras él dormía, me colé en su habitación para mirar su teléfono. Un número lo llamaba una y otra vez y él le devolvía la llamada con regularidad. Así que lo anoté y me fui a llamar. —El rostro de Edward se volvió muy enojado cuando me miró de nuevo—. Contestó una mujer. Pregunté por Edward Masen. Ella dijo… E-Ella d-dijo que era su prometida, pero que él volvería a casa en unos días. ¡Su maldita prometida, Bella! —protestó en mi dirección—. Todo ese maldito tiempo había tenido otra vida en Chicago. Podría simplemente... habernos dejado. No necesitaba…
Cerré los ojos con fuerza para luchar contra las lágrimas, pero los abrí de nuevo cuando empezó a hablar.
»Cuando preguntó quién llamaba, dije que su hijo —dijo Edward, con una sonrisa ligeramente malvada, y tuve que asentir con la cabeza porque parecía que iba a revelarlo todo con su padre—. Ella no tenía idea de que yo existía.
Me burlé, sacudiendo la cabeza. —Apuesto a que no.
Edward soltó una risa áspera. —¿Bien? —Volvió a agarrar su cabello con ambas manos, dejándolas caer a sus costados con un golpe—. Esperé hasta que se fue de nuevo antes de seguir buscando o... o...—Se detuvo, luciendo muy perdido, joven y desconsolado—. Ella no me dejaría, Bella.
Dijo eso por segunda vez, instándome a entender, pero entendí totalmente lo que estaba diciendo. Si la madre de Edward no se fue, no tomó el transportín para gatos y su papá estaba evitando el sótano… Gemí, cubriéndome la cara. Sentí que la cama se hundía y su calor estaba cerca. Suavemente apartó mis manos de mi cara. Ni siquiera lo pensé; De repente lo envolví en un abrazo.
Me aferré a él porque estaba temblando y murmurando en mi hombro sobre el sótano, la maleta y Sam. Alejándome, tomé su rostro y él se inclinó hacia mi toque como si lo necesitara para conectarlo a tierra.
»Bajé al sótano, tratando de ver qué había cambiado, qué había hecho. Me tomó un tiempo, pero debajo de las escaleras y detrás de un congelador había un espacio detrás de unos paneles. Había marcas en el suelo donde había movido el congelador y lo había echado hacia atrás. Él simplemente… los había escondido a ella y a Sam. Él la estranguló; Le rompió el cuello a Sam —afirmó de una manera que casi no contenía emoción—. Llamé al tío Carlisle y a la tía Esme y ellos llamaron a la policía. Mi padre fue arrestado en el aeropuerto O'Hare cuando bajaba del avión.
Parpadeando para contener las lágrimas, pasé una mano por su cabello.
»Lo acusaron de asesinato, poner en peligro a un niño, descuidar a un niño... —Edward hizo una pausa por un momento, mirándome, pero no estaba segura de que realmente me estuviera viendo—. Él… Él nunca vio la sala del tribunal. Al parecer, su prometida estaba relacionada con el crimen organizado, lo que explicaba algunas cosas, supongo. Fue un disparo; estaba muerto incluso antes de conseguir un abogado. Siempre asumí que mi llamada a ella puso esa mierda en movimiento, pero me importa un carajo.
Había algo en eso que era muy insatisfactorio; Edward padre debió haber sufrido más. Mucho más. Sin embargo, mientras miraba al hombre frente a mí, decidí que tal vez era lo mejor, porque el joven Edward habría tenido que testificar. Habrían sentado a ese niño desconsolado delante de Dios y de todos para enfrentar al hombre que había hecho de su vida un infierno, que le había quitado a su madre.
»Esos son mis sueños. El sótano o la crisis épica que tuve cuando tío Carlisle me llevó a hacer las maletas antes de mudarme aquí.
Me vino a la mente un breve recuerdo de Edward discutiendo con Carlisle sobre esa casa. Ahora entendí por qué prefería quemarla que vivir en ella. Entendí por qué había destruido una vitrina entera con pena y enojo, algo de lo que me había hablado en mi habitación en Common Ground.
Le aparté un mechón de la frente y tiré de su mano suavemente. —Ven aquí —susurré, acariciando la almohada junto a la mía.
Frunció el ceño, pero asintió, moviéndose hasta que estuvimos cara a cara. —Eres la primera persona fuera de mi familia a la que le he contado esa historia.
Sonriendo tristemente, rápidamente me sequé las lágrimas antes de inclinarme para besar su frente. —Entonces me siento honrada y lamento que hayas pasado por eso, Edward.
No dijo nada y todavía parecía atormentado y exhausto mientras le apartaba ligeramente el pelo de la cara.
—Duerme, Edward—, susurré contra sus labios mientras él envolvía un brazo alrededor de mi cintura. —Está bien dormir.
~oOo~
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EDWARD
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Me desperté en mi antigua habitación, sin recordar exactamente cómo llegué allí. Hasta que me moví un poco. Todavía envuelta a mi alrededor estaba la cosa más bonita que jamás había visto: cabello largo y oscuro, piel cremosa y un puchero en los labios de Bella. No me importaba que me estuviera ahogando en su dulce aroma.
El reloj brillaba burlonamente de que necesitaba levantarme pronto para ir a trabajar, pero maldita sea si ella no se sentía espectacular en mis brazos. Fruncí el ceño cuando me di cuenta de que le había contado a la hermosa chica en mi antigua cama más sobre mí de lo que le había contado a Maggie, con quien había salido por poco menos de un año.
Sólo conocía a Bella desde hacía unos meses.
Quitándome el pelo de la cara, inhalé profundamente y dejé salir el aire. No había sido mi intención contárselo todo anoche, pero no me arrepiento de ello. Bella merecía saberlo y le había prometido que se lo diría.
Las piernas de Bella se movieron y se enredaron con las mías, y casi gemí en voz alta al sentir la piel suave y sedosa mientras se acurrucaba más cerca, lo que la puso precariamente cerca de la evidencia de realmente cómo me hacía sentir.
Con su rostro enterrado en la curva de mi cuello, murmuró—: ¿Estás bien?
—Sí. Mejor que bien en este momento —dije sonriendo ante su ligera risa.
—Bien. —Se echó hacia atrás y sus profundos ojos de color marrón oscuro estaban abiertos, aunque todavía tenían sueño. Levantó la mano para pasar sus dedos por mi cabello—. ¿Vas a trabajar hoy?
Asentí, inclinándome para darle un beso en la frente. —Sí, tan pronto como tío Carlisle llegue a casa de su turno nocturno, que debería durar aproximadamente una hora más. Bueno, dependiendo del tráfico. Puedes volver a dormir si quieres.
Una parte de mí sabía que tenía que levantarme, regresar a mi habitación y comenzar a prepararme para mi largo día, pero por mi vida, parecía que no podía separarme de sus brazos. Ella asintió, frunciendo un poco el ceño, pero ninguno de los dos se movió, lo que me hizo presionar mi frente contra la de ella y acercarla más.
»Hermosa, tienes que dejarme ir, o si no... —Me detuve porque su mano se deslizó por mi pecho y alrededor de mi nuca para jugar con mi cabello.
—Suena como una amenaza, Edward. ¿O si no qué? —preguntó en broma, pero joder, su voz era sexy y un poco ronca por la mañana.
Dejé escapar una risa temblorosa y sin aliento porque eso es lo que ella me hacía. Me hacía sentir nervioso e incómodo porque era demasiado bonita y demasiado segura de sí misma, pero Dios, la deseaba.
—O si no... voy a ceder a la tentación de besarte hasta la mierda.
Su sonrisa era deslumbrante y sexy mientras arrastraba su lengua por su labio inferior. —No parece una gran amenaza...
Me agarró por la nuca y me desplomé bajo el peso de todo lo que había estado conteniendo. Mi brazo alrededor de su cintura se apretó, acercándola a mí. Si ella no sabía lo que me estaba haciendo antes, lo supo entonces, y eso provocó que un hermoso gemido surgiera de ella.
Las lenguas se retorcieron, los alientos se empujaron contra las mejillas y mi mano en su espalda comenzó a moverse y tocar, alcanzando ese increíble trasero suyo y agarrándolo por encima de sus pantalones cortos. Eso hizo que ella se apretara contra mí y la puse boca arriba. Mi mano se deslizó a lo largo de su costado, debajo de la camiseta que llevaba y por su suave estómago. Una parte de mí quería ascender y la otra quería descender.
Dejé un rastro de besos desde sus labios y a lo largo de su mejilla. Cuando llegué a su cuello, dejé un beso largo, lento y con la boca abierta justo debajo de su oreja.
—Bella… —dije con un gemido, mi frente golpeando la de ella—. Quiero... Mierda, quiero esto, y realmente te quiero a ti, pero...
Mis ojos se pusieron en blanco cuando ella se movió para quedarme en la cuna de sus muslos, y me apoyé sobre ella, mirando las mejillas sonrojadas y la respiración agitada. Sin embargo, ella tomó mi rostro y me acercó para darme otro beso, esta vez más lento, más profundo y no tan frenético.
Podía sentir su calor mientras nos alineábamos perfectamente, vestidos con pantalones cortos o no.
—¿Pero qué, Edward? —preguntó en un susurro contra mis labios.
—Pero... —Me lancé hacia su boca, dándole un último beso egoísta antes de retroceder para apretar los dientes—. Pero no algo rápido y que termine demasiado pronto. Quiero tomarme mi tiempo contigo, hermosa. —Abrí los ojos a la dulzura y a la comprensión, porque ella sonrió un poco y asintió. Eché un vistazo a mi antigua habitación—. ¿Y tal vez no en mi antiguo dormitorio? —Hice una pequeña mueca.
Ella dejó escapar una risita. —Ay, no es tan malo. —Ella me dio un pequeño codazo y me aparté de ella. Se sentó a mi lado y me dio un beso más—. Quiero decir, nunca jugaré Clue contra ti porque podría apostar que eres desagradablemente bueno en eso, pero es una habitación cómoda. —Señaló el estante superior sobre mi escritorio donde estaban apilados algunos juegos de mesa.
Riendo, asentí. —Sí, Emmett solía maldecirme en ese juego. Honestamente, le faltan la mitad de las piezas porque lanzó todo el puto tablero al otro lado de la sala de estar cuando éramos estudiantes del último año de secundaria.
La risa de Bella fue perfecta. Me encantó haber causado ese dulce sonido. Me senté frente a ella y le di otro beso a esos tentadores labios.
—Anoche... Lo siento si...
Ella me besó para hacerme callar. —No lo hagas —susurró, retrocediendo para encontrarse con mi mirada—. Quise decir lo que dije. Lamento mucho que hayas pasado por eso y realmente lamento lo de tu madre, pero me alegra que hayas confiado en mí lo suficiente como para contármelo.
Asintiendo, tragué nerviosamente. —Bueno.
—Bueno —repitió dulcemente—. Vete. Sé que tienes trabajo. Veré si Esme necesita ayuda con el desayuno.
Sid saltó sobre la cama entre nosotros, ronroneando ruidosamente y golpeando su cabeza contra mi barbilla y luego la de Bella.
»Hablando de desayuno —murmuró irónicamente.
Sonriendo, extendí la mano para acariciarlo. Me gustaba. Siempre parecía estar observando y juzgando, pero Sam había sido así.
—Es raro que le guste un hombre además de mi papá —dijo Bella suavemente—. Sid odiaba a Jake.
Resoplé, sacudiendo la cabeza. —Eso dice mucho.
Ella se rio entre dientes. —Lo sé, ¿cierto?
—Sam también odiaba a mi papá. —Esa declaración se me escapó, pero ella asintió—. Quería un perro, una especie de raza grande y varonil. Pero mamá y yo fuimos a la SPCA (9) y elegimos a Sam. Simplemente se unió a nosotros ese día. Papá estaba enojado, pero no dijo mucho entonces, sólo que los gatos no valían nada, que no se les podía enseñar trucos o lo que fuera.
Bella chasqueó, poniendo los ojos en blanco.
Dejé escapar una ligera risa.
»Mi madre hizo lo mismo. Le dijo que los gatos eran diferentes a los perros: ni mejores ni menos, simplemente diferentes. Que los perros necesitaban un líder y que los gatos requerían consentimiento, pero que a alguien no le gustaran los gatos por ese motivo indicaba más sobre la persona que sobre la mascota.
—¡Ay, demonios! —jadeó Bella, con la boca abierta.
—Nunca lo he olvidado, porque ella estaba haciendo una declaración sobre el control y sus maneras imbéciles en aquel entonces.
Ambos nos volvimos hacia la puerta cuando el sonido de la puerta del garaje recorrió la casa.
—Tío Carlisle llegó a casa —susurré, y me incliné para besar la frente de Bella—. Gracias hermosa.
Ella sonrió dulcemente, pero frunció el ceño. —¿Por qué?
—Por... anoche.
—Te prometí que te escucharía, Edward. Lo dije en serio —dijo, levantándose de la cama para pararse entre mis piernas. —. Ve a prepararte para el trabajo. No voy a irme a ninguna parte.
~oOo~
Agachándome bajo la cinta de la escena del crimen en el pequeño parque no lejos de The Inferno, me preparé para lo que Garrett y yo estábamos a punto de ver.
Laurent había dicho la verdad. En la esquina más alejada, detrás de una fuente de agua, encontraron el cuerpo de Bree Tanner. Después de cuatro años, no estaba seguro de qué encontraríamos. Dependiendo del entorno, ella podría ser sólo huesos.
Pero no era así.
—Este hijo de puta —dijo Garrett con un suspiro profundo y enojado—. Ella era una cosa pequeña, por lo que luchar contra él habría sido inútil.
Bree había sido envuelta en plástico y por lo que parecía una manta barata. Un largo cabello castaño fue lo primero visible que vi, seguido de un cráneo destrozado. Arrojado encima de ella estaba su teléfono celular que prácticamente estaba partido por la mitad.
Sacudí la cabeza, mirando alrededor del área. Estábamos rodeados de apartamentos o condominios de estrato alto de varios pisos de altura. Dudaba que alguien que viviera allí recordara haber visto algo hace cuatro malditos años. Y James había elegido el rincón más apartado de ese parque debajo de los árboles, e incluso a la luz del día, ver algo habría sido dudoso.
Mis ojos volvieron a Jessica mientras cuidadosa y meticulosamente guardaba ese teléfono celular en una bolsa. —¿Crees que puedes levantar huellas en ese teléfono?
—Voy a intentarlo, Masen —murmuró con amargura. Una vez que lo tuvo seguro en su bolso, nos miró a Garrett y a mí—. ¿A cuántas chicas ha lastimado este pendejo?
Apreté los dientes, pero Garrett le respondió. —Demasiadas, Jess. Al menos tres y un intento a un par más. Y el pequeño cobarde está huyendo.
—Hay que detenerlo —susurró, volviendo a su trabajo.
Volviéndome hacia mi compañero, le dije—: Alguien está escondiéndolo. Su casa, The Inferno y el estudio de grabación están bajo vigilancia y él no se ha acercado a ellos. No ha tomado un avión, ni un autobús, ni un tren. Ni siquiera un puto taxi.
—Tal vez es hora de hablar con sus familiares más cercanos —ofreció Garrett, con una expresión inocente.
Sonriendo, pregunté—: ¿En la oficina del alcalde? ¿O ese barrio jodidamente rico?
Garrett se burló. —Ay, en la maldita oficina del alcalde, Masen. ¿Me estás tomando el pelo? Quiero hacer una escena. Quiero que sepa que tenemos todo tipo de información.
Me reí, asintiendo. —Y queremos que el alcalde vea que su jefe de gabinete está tan sucio como la suela de un zapato.
—Diablos, sí.
Asintiendo, saqué mis llaves. —Entonces realmente hagamos una escena. Llevaremos a algunos uniformados con nosotros. Ya sabes... en caso de que su sobrino esté de visita o algo así.
Garrett sonrió y se frotó las manos mientras caminábamos hacia mi camioneta. —Me gusta tu forma de pensar, Masen. —Entró por el lado del pasajero y preguntó—: ¿Cómo está tu chica?
Sonreí tristemente en su dirección. —Está bien. Estaba conmigo cuando enviaste un mensaje de texto sobre Bree esta mañana, pero se mantiene firme. Mejor que si la hubiéramos escondido en algún hotel cualquiera o algo así.
Las lágrimas de Bella en el desayuno casi me habían puesto de rodillas, pero ella era muy fuerte; simplemente siguió adelante, siguió cuidando a quienes la rodeaban. Y pude ver que estaba empezando a convertirme en una de las personas a las que le gustaba mimar.
—Bien. Apuesto a que Esme está mimando a esas chicas hasta la muerte.
Riendo, me encogí de hombros. —Todos lo hacen.
—¿Y tú?
Sonriendo por el parabrisas mientras navegaba por las calles hacia la oficina del alcalde, dije—: Ella es... —Me detuve, sin saber cómo decirlo.
Garrett me dio un ligero puñetazo en el hombro. —Sí. Eso es todo, damas y caballeros. A mí me pasó lo mismo con Katie. Igual de elocuente también.
Sonreí. —Apuesto que sí. Llama al apoyo para que se reúnan con nosotros, Garrett. Quiero devolverle la vida a Bella.
Garrett asintió y sacó su teléfono. —Copiado, Masen.
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(9) Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales.
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Nota de la autora: Ahora ya conoces la historia de Edward. Ed Sr. era un imbécil furioso. El siguiente capítulo en realidad toca el desayuno que Edward mencionó al final, así que vemos la opinión de Bella sobre eso.
