"¡Ábrelo!".

Los silbidos se acallan, ansiosos. Su madre lo mira expectante mientras su padre deja entre sus manos un pequeño tablón envuelto en papel de regalo de un fondo blanco con puntos negros que marean su mirada al igual que el ondear del fuego encendido en la vela de su pastel de cumpleaños.

Keiji desata el listón dorado con calma, a diferencia de la emoción que sus padres tratan de resguardar hasta el momento correcto.

Odia el desorden. Él cree que se debe tratar a las cosas como uno quiere que lo traten. Por lo que, con sumo cuidado, despega las esquinas unidas con cinta logrando abrir un lado del tablón. Desliza el objeto fuera de la funda y lo sostiene contra su palma. Es un libro.

"¿Y?" Su padre cuestiona con su madre apoyada contra su hombro, los dos aún están a la espera de exaltarse en el momento correcto.

"Bueno…" Keiji abre la tapa. El olor a nuevo se impregna contra él, es agradable y reconfortante. Con delicadeza, desplaza las yemas de sus dedos contra los relieves y la suave textura de las páginas en blanco. "No hay nada escrito" Murmura a lo bajo, ido por la sensación extraña que lo embarga.

"Aún falta un autor que llene el libro" Comenta su padre con una sonrisa, acercando su mano hacia la funda del regalo. De él cae una pequeña pluma negra y elegante, tan cautivadora.

De repente, a Keiji le pican los dedos. Quiere probar la tinta de la pluma contra la pureza blanca de las hojas. ¿Será fluida y seca? ¿O espesa y manchosa?

"Pero… No sé qué escribir" Y el mundo se detiene un momento. El vitoreo de sus padres, una vez toma la pluma contra el libro, guarda silencio nuevamente.

"¿Qué es lo que más deseas, Keiji?" Su madre formula, con una sonrisa enternecida y una melodía dulce como las princesas de Disney que cantan junto a los pajarillos.

"…" Es frustrante no tener palabras que mecanicen los labios, pero Keiji no sabe qué responder por más que se esfuerce.

"Cuando puedas responderte la pregunta, no tengas miedo de expresar todos tus sueños".

Cumpliendo ocho años, Keiji nunca pudo olvidar las palabras de su madre, a la espera de estar listo para poder responderse la pregunta.

"¡El correo llegó!" Keiji tropieza al cruzar el genkan, pero es rápido y una mano se apoya contra la pared para devolver el equilibrio a su cuerpo. Torpe, se coloca los zapatos con velocidad. "Con calma, chico deportista" Las palabras de su madre lo detienen en la puerta, la mujer tiene ya en sus manos el grupo de sobres que sacó del buzón; cruza la cancela y sube las escaleras de la entrada hasta posicionarse frente a él. "Aquí" Con una sonrisa de orgullo, le alcanza un sobre que parece resaltar más que los demás, aunque todos sean casi idénticos. Es implacablemente blanco, grande y profesional; a diferencia del correo de facturas amarillentos.

La confianza de su madre lo pone más nervioso. A cuestionado su futuro desde que tiene consciencia, y ahora teme por ella.

"Si no te molesta…".

"Está bien. Es tu carta, ábrela donde más cómodo estés" Su madre entiende y completa su silencio. Le da una última palmada en el hombro y entra a casa.

Keiji voltea unos instantes a observar la espalda de la mayor antes de decidir bajar las escaleras de la entrada y cruzar la verja para llegar a la acera que lo guiará hasta la estación de tren.

Keiji vive en la calle Minamicho al frente de la estación de bicicletas Watanabe. Y aun teniendo tal libre disposición del transporte, la dejó de usar al cumplir ocho años.

"¿Qué es lo que más deseas, Keiji?"

La pregunta siempre ronda su cabeza sin dejarlo en paz. Su pequeña versión un tiempo pensó que, tal vez, si se detenía a observar el mundo con más detalle, encontraría la respuesta tratando de esconderse entre delgados postes; pero él sería mucho más rápido y lo cazaría como el cazador malo de la serie animada Shazzan [1]

Caminar es un deleite para Keiji, puede nadar entre sus pensamientos y embelesar las calles de Kokubunji al mismo tiempo. Aun así, a sus ya catorce años, tiene la ligera creencia de que terminará como el futuro des prometedor del cazador malo, buscando la ubicación de su isla por la eternidad sin saber dónde es su lugar en el mundo.

"Se veía tan audaz y fuerte al inicio…" Piensa. "Pero fue fácilmente vencido por Shazzan" Parecía que el genio solo jugaba con el cazador, despreocupado y entre risas; así como la vida juega con sus habitantes, subestimando sus capacidades.

Admirar la belleza de la vida no es más que una prosa escondida en un libro de poesía. La belleza puede ser inspiradora como aterradora, simple como compleja, brillante como oscura. La subjetividad siempre irá de la mano de la objetividad, como las rayas negras junto a las rayas blancas de una cebra. No hay orden, las dos son igual de importantes y necesarias; una sin la otra no existe, no hay cebra.

Tonogayato es uno de esos lugares, un punto de belleza paisajística. El gran jardín se encuentra en la calle lateral, a solo dos minutos de caminata desde su casa. Pero ha sido tantas veces las visitas que ha hecho a ese majestuoso recinto, que puede imaginarse a detalle todo el jardín alrededor de él. Está suficientemente acostumbrado a la sensación fresca que le ofrece la belleza del parque. Puede ser el lugar más hermoso del mundo, pero para él ya ha perdido magia, solo es un parque de magnitudes inmensas ornamentado por una prolija vegetación. Aun así, turistas y visitantes no dejan de sorprenderse como él lo hizo su primera vez maravillándose con la naturaleza del jardín.

Keiji cree que, como la belleza, nosotros también perdimos magia frente a la vida; como una niña descuartizando sus muñecas sin saber qué más hacer para que la magia y la belleza de disfrutar jugar con barbies vuelva a ella.

Pero no importa dónde busque, la costumbre ya está establecida. La vida seguirá jugando con todos, subestimando capacidades.

Pero Keiji quiere ser más rápido que la vida persiguiéndolo para jugar con él. Los más veloces son los exitosos, solo los campeones llegan a la meta. Solo los decididos se abren oportunidades.

"¿Qué es lo que más deseas, Keiji?"

Keiji desea ser exitoso, tener un futuro próspero, solventar deudas y tener la suficiente base económica para cuidar de su familia.

Corre, corre, corre. No pares. Solo corre. Corre, corre, corre. No mires atrás. Puede imaginarse a Romero emprendiendo su carrera. Corre, corre, corre. Salta alto. Flexiona las rodillas y su cuerpo se arquea perfectamente para rematar. Corre, corre, salta. Romero se lleva el último set y todos vitorean. Corre, corre y gana.

La Estación Kokubunji se alza en la calle de enfrente. Keiji detiene la velocidad de sus piernas mientras el pulso golpetea contra sus sienes, trata de controlar su respiración. Se acomoda la corbata e ingresa.

Keiji es muy cronometrado con su tiempo, así que sabe con exactitud que le quedan veinte minutos antes de que cierren las puertas de la secundaria Mori.

Sentarse en uno de los banquillos vacíos del andén a observar a los pasajeros bajar y subir de los trenes, es la forma en la que Keiji admira la belleza. Subjetiva u objetivamente, todos son desconocidos con una belleza particular que nadie más posee. Keiji nunca podría acostumbrarse a ello, por eso le encanta.

Cada persona es nueva cada día, alguien que no ha visto jamás en su existencia, pero que por caprichos de la vida cruzan caminos. Es una conexión tan ínfima y eventual, que la magia es imposible de romper.

Cada uno corre a su destino, llevando consigo historias que Keiji nunca podría adivinar y acertar, aunque lo intentara. Sus desconocidas historias siempre le causan intriga, un picor en los dedos que le hace recordar el libro y la pluma de su octavo cumpleaños. Sin embargo, aunque haya logrado responderse la pregunta de su madre, las hojas aún perduran su pureza en quizás un eterno vacío que nunca será manchado.

"Ábrelo" El recuerdo lo desanima, observar el sobre en su regazo lo hace volver a temer. "Ábrelo" Sus dedos dudan. "Ábrelo" Qué más da, su decisión nunca cambiará lo que ya se dictó en el documento que alberga el sobre.

Siempre cuidadoso, Keiji despega la boca de la carta. El documento, perfectamente estirado sin dobleces, se deja entrever. Introduce la mano y lo expone al exterior, a su vista.

La mañana es nublada, gris como la neblina que opacó los vecindarios de Kokubunji desde la noche del día anterior. Un clima perfecto, fresco y helado para ayudarlo a poner sus pies sobre la tierra si sus pensamientos se elevan hacia la estratósfera.

"Tú puedes con esto. Pase lo que pase, todo saldrá bien. Ya está bien. Todo está completamente…"

«Estimado estudiante Akaashi Keiji.

Lamentamos informarle que no podemos ofrecerle la admisión a la beca de la preparatoria de Itachiyama. Esta temporada recibimos muchas solicitudes interesantes y excelentes, solo algunas de las cuales pudimos aceptar este año. Revisamos su solicitud con mucho cuidado y observamos varias características importantes. Existe una competencia rigurosa para ingresar a nuestro programa escolar que tratamos de mejorar con cada año, y su solicitud no estaba entre las que pudimos aceptar.

Lo alentamos a postularse a otros programas de becas de preparatorias que se ajusten a su perfil y le deseamos el mayor de los éxitos con sus estudios y más allá.

Atentamente,

Toru Watanabe [2],

Asesor de becas.»

Las puertas se cierran. El futuro plan de un intercambio extranjero queda en el vació. No aceptará que se emocionó con la idea ni que estuvo gastando su tiempo de estudio buscando información sobre países europeos, sus costumbres y su sistema social. No aceptará que su alegría fue saboteada y su esperanza de un mejor futuro tirado a la borda.

Siente que su futuro será peor que el del cazador malo, al menos él tiene una isla a la cual aferrarse y buscar; en cambio, Keiji no tiene nada. Está sumergido en un extenso océano sin inicio ni fin, no importa a dónde nade, nunca encontrará una isla porque desde el comienzo no sabe lo que busca.

Su manía al orden es automática, su mano acciona y guarda el documento nuevamente en el sobre; trata de devolver el pegamento, pero el importunado doblez de una esquina en la boca lo impide.

Un tren llega finalmente a la helada y silenciosa estación. El chirrido que sueltan los carriles lo irritan igual que el terco pegamento que no quiere obrar su oficio.

Está harto. El orden, el cuidado y la pulcritud pueden irse a la mierda.

Ignora el pegamento y de un solo agarre estruja el sobre entre sus manos hasta formar una esfera deforme. Quiere gritar y lanzarlo al primer estúpido pasajero que salga del vagón.

"Lo voy a hacer" Su cabeza lo anima tontamente.

Entonces una gota de agua cae sobre los pliegues del sobre hasta ser absorbida por el papel y desaparecer. Luego sigue nuevamente una y otra.

Keiji se da cuenta que está llorando. Solo le falta el hada madrina y la fiesta a la cual nunca asistió, para caracterizar perfectamente el papel de cenicienta en desgracia a la cual le han roto el vestido hasta dejar telas rasgadas como trapos. Eso es lo único que le queda, desventurados trapos para la cocina de su madre.

El calor corporal del gentío cruza las puertas y se abarca sobre el andén.

"¡Bokuto!" Gritos y conversaciones colorean el lugar.

Keiji se pone de pie, ya no tiene intención de tirar irracionalmente la bola de papeles sobre la primera persona que se cruce en su camino. El enojo y la frustración siguen, pero no piensa convertirse en un cavernícola.

Sus sueños están apagados y ya no tiene ganas de levantar la mirada para conocer gente desconocida que se conectará y desconectará de su camino en efímeros segundos.

Siente que la experiencia del olvido es su mejor arma en estos momentos. Simplemente olvidar el mal sabor de boca. Simplemente olvidar las ansiosas carreras ajenas de la sociedad. Simplemente olvidar la conexión del mundo y la comparación del éxito.

Quiere respirar un momento y solo caminar sin cuestiones retóricas y filosóficas que le fundan el coco.

"¿Y?".

La pregunta es seguida de silencio. Ha llegado puntualmente a Mori con cinco minutos de antelación. No llevar una pesada mochila sobre su espalda se siente raro ese día, al menos lo ayudaría a distraerse de su pesadez emocional.

"¿No me dirás?" Su compañero es insistente, como siempre.

"No aceptaron mi solicitud" Es directo y cree dejar en claro que la conversación acaba ahí.

"Oh. Lo lamento" Su compañero vuelve a sentarse correctamente en su carpeta una vez la maestra ingresa al aula. "Pero aún te falta recibir las respuestas de Fukurodani y Suzumeoka, ¿verdad?" Anima como último recurso aprovechando que la maestra está de espaldas escribiendo el plan de ese día.

Keiji asiente, prestándole más atención al paisaje que le ofrece la ventana de al lado, el patio desértico de la escuela. La canasta de básquetbol está oxidada y la red es inexistente, incluso antes de que él llegara a la secundaria Mori.

"Uh. ¿Akaashi?" Devuelve la vista al centro cuando escucha su apellido ser pronunciado por la maestra. "Este es el curso de refuerzo que se llevará durante las vacaciones de verano. Tú… aprobaste todos los cursos satisfactoriamente" El rostro confundido de la maestra le hace gracia a Keiji, quien se para educadamente con los brazos pegados al cuerpo listo para hacer un ojigi [3] con una duración un poco más larga de la habitual.

"Si no es molestia, me gustaría formar parte del curso para también poder reforzar los temas tratados" Reverencia, inclinando la mirada a la espera de una respuesta.

Su maestra suspira, no hay más que tres chicos. No puede creer que, con la mitad de la clase salvada de desaprobar, el mejor estudiante venga por cuenta propia a un reformatorio en plenas vacaciones de verano. "Hay más pérdidas negando tu solicitud que aceptándola. Puedes tomar asiento".

Keiji agradece y realiza la acción.

"Bien, primero revisaremos el examen de la semana pasada y lo corregiremos todos juntos. […]".

Para ser un alumno ejemplar, Keiji está seguro que no es necesario lanzarse al precipicio y retomar cursos para los cuales se había estudiado madrugadas enteras. Meterse a la boca del león e ir por voluntad propia a la cárcel escolar, había sido más una decisión impulsiva que el narcisismo de un alumno estrella.

Estaba, y sigue, nervioso; ansioso del porvenir.

Si no se encuentra con el trasero taladrado en una carpeta, se encontrará dando vueltas y redibujando círculos imperfectos mientras se come las uñas.

A postulado a cuatro preparatorias privadas, las más cercanas posibles porque no cree tener el suficiente dinero viable para poder costear una tarifa diaria en la estación de tren. Y esta es la segunda vez que es rechazado, solo falta dos más que masacren los sueños de su ingenuo soñador.

Keiji se pregunta si seguirá conservando su dignidad a esas alturas, o al menos lo que quede de ella.

Viene preparándose desde su primer año de secundaria, completamente consciente de la importancia de pensar en el futuro; quizás el primer adolescente que lo ha hecho antes que otros que solo reparan de qué color es el moco que se acaban de sacar, como su compañero de al lado. Keiji frunce el ceño en respuesta.

Adquirir buenas notas solo es el primer paso para el inicio del plan de vida de Keiji. Si hay buenas notas, hay oportunidad de becas en grandes instituciones privadas con una prometedora formación educacional para el ingreso a las universidades más prestigiosas del país. Si hay buenas notas, hay un título prestigioso canalizador de empresas potencia. Y si hay empresas potencia sobre ti, hay éxito.

Postular, casi lo mata de los nervios. Su primer rechazo, casi lo mata de los nervios. Su segundo rechazo, casi lo mata de los nervios.

Simplemente no puede estar tranquilo, necesita una obligación y responsabilidad sobre él para mantenerse sereno en un solo punto.

"Akaashi, podrías salir a la pizarra a explicar la resolución del ejercicio cinco, ¿por favor?" La voz de la maestra lo sobresalta. Por primera vez no ha hecho un seguimiento exhaustivo de la clase.

Pero los nervios de ponerse a girar de repente en medio del salón, son mayores al miedo de salir a la pizarra.

"Claro" Keiji no tiene problema. El ejercicio lo ha visto incontables veces y lo ha resuelto la misma cantidad de veces.

Acepta la tiza que le ofrece la mayor y empieza a tachar el pizarrón con números y símbolos que sus tres compañeros desaprobados emprenden a anotar en sus borradores. "El ejercicio cinco plantea […]" Su voz se programa sola, una exposición prolija digna de un robot. Su mente vuela lejos girando y girando. Las circunferencias del ejercicio lo marean.

"Tengo éxito resolviendo el mismo ejercicio una y otra vez, pero fracaso postulando una y otra vez" Piensa. La tiza se apretuja contra el tablón y se parte en tres pedazos que caen contra el suelo junto a un poco de arenilla. "Diablos" Maldice su mente y su fuerza, pero no tanto porque no tiene el ego suficiente para creerse King Kong.

"No te preocupes, hay más en la caja" La profesora lo alienta a no apenarse. Keiji no lo está, agradece haber terminado su explicación antes de caer en el delirio.

Con los dedos blanquecinos y la aspereza de la tiza aún intacta, se dirige a su asiento y vuelve a olvidar que se encuentra en medio de un curso de reforzamiento a la que voluntariamente a ingresado como si se ofreciera a ser el primero en lanzarse hacia el abismo para verificar la altitud.

La tarde llega, lento, pero seguro. Han sido sus horas más infernales en pleno verano, pero agradece a la carpeta que lo ha mantenido arraigado a la tierra.

Las clases vacacionales solo duran hasta medio día, así que ya puede largarse a casa. Keiji cree que todos están lo suficientemente hartos. Los profesores parecen botarlos a patadas bajo sus escuetas sonrisas, y los alumnos parecen lo suficientemente estresados como para alegrarse y mandarlos al inframundo bajo sus educadas despedidas.

A Keiji podría importarle menos los dos bandos, ya no tiene una carpeta que evite que gire y gire de los nervios.

"Con permiso" Alza la voz y recibe el murmurante canto de los pajarillos del exterior. Deja acomodado sus zapatos mirando hacia la puerta en el genkan y se adentra en la casa.

El camino de Mori a su hogar es una travesía digna de ser relatada en una novela de aventuras, quizás rival para La Espada de Bambú de Shuhei Fujisawa, uno de sus novelistas de ficción histórica favoritos.

Ambientado en la época de la obra, se siente como un samurái que, tras doscientos largos años de paz, es incapaz de ejercer su oficio sin batallas por venir. Alardeando en lo alto de una posición social superior en el pasado, ahora el valor de su honor decae y el sentido de su existencia es cuestionada.

De camino a casa siempre pasa por la Estación Kokubunji. Hoy, perdido en sí, su samurái interior cuestionó su valor y dio vueltas por doquier. Cruzó la calle y se devolvió a la anterior un sinfín de veces. Entró a una tienda y luego a otra sin buscar algo en concreto; solo cuestionándose si entrar a la estación y sentarse en un banquillo vacío para ponerse a pensar en sus problemas mientras observa a la gente llegar en la línea del tren.

Pero el mal sabor de la mañana aún sigue fresco contra sus papilas gustativas; ingresar al recinto significaba revivir su frustración, reiniciar su carrera y tirar al tacho el arma del olvido. Su meta al éxito volvería a ser planteada bajo la cuestión de su existencia.

Con hambre y un estómago ruidoso, Keiji finalmente decidió aún no desenvainar su espada de bambú. Ya no tenía una carpeta contra el trasero, pero, si su decisión era lo suficientemente resistente, evitaría seguir dando vueltas tanto física como mentalmente camino a casa.

Y lo logró. Está en casa, sin seguir merodeando como un ratón.

"¿Aún sigues empeñado en ir al curso de verano?" El rostro de su madre se asoma desde la cocina, casi esperanzada de escuchar una negación.

"¿Nanohana Karashiae?" Devuelve la pregunta, quiere ignorarla porque tampoco sabe la respuesta. Es, sufrir una tortura de verano o dejarse consumir por los nervios.

"Como el correo llegó hoy, pensé que vendría bien un poco de tu comida favorita" Su madre sonríe, destapando la olla más grande que tienen y liberando el vapor que convierte la habitación en un sauna de plantas de colza hirviendo en aderezo de mostaza.

"Eso…" Sus dedos se entrelazan y juguetean, los nervios vuelven apenas el tema es tocado.

Si Keiji teme al fracaso, decepcionar a sus padres es la caída del mundo.

Su primer rechazo significó la grieta, pero el segundo rechazo significa romper las esperanzas depositadas en él.

El samurái ha perdido doscientos años de oficio, Keiji una mañana entera. Reaccionar con fluidez y serenidad es su característica personal, pero siente la oxidación en los huesos y la falta de práctica tras la simple decisión de olvidar e ignorar.

Para su fortuna, las madres siempre son la receta esencial que solucionan todos los problemas. Su madre lo lee fácilmente y Keiji ya no tiene que romperse la cabeza encontrando las palabras exactas para su relato.

"Ellos se lo pierden. Será la siguiente" Revuelve sus cabellos negros y lo atrae contra su pecho para continuamente asfixiarlo en un abrazo.

Keiji duda que Itachiyama sea quien sufra una gran pérdida, pero la broma de su madre es victoriosa y lo distrae de su bucle de cuestiones mientras sus brazos extendidos tiemblan como las patas de una araña moribunda.

"Creo que fue suficiente" Keiji logra librarse, tomando una gran bocanada de aire. Su madre ríe, pero él no le encuentra lo gracioso, ocasionando que ría con más fuerza ante su mueca.

"Ustedes los adolescentes aprecian un abrazo demasiado tarde" Comenta antes de concentrarse en revolver el almuerzo.

"Los aprecio, pero no cuando mi vida corre peligro".

"A veces es bueno tomar riesgos" Su madre no piensa borrar el tono juguetón de su voz.

"Solo cuando es necesario" Pero la mente complicada de Keiji necesita urgentemente un espacio de simplicidad, así que contraataca siguiéndole el juego sin dilaciones.

"¿Y cuándo es 'necesario' para ti?".

Es simple, es un juego, es una broma de media tarde entre madre e hijo batallando por quién tiene la razón. Pero la mente de Keiji es como un cuenco; si tiene la cabeza vacía colapsará y si la tiene llena, también lo hará. Nunca pidió nacer con esta complejidad retórica, pero tratar de escapar de ella tampoco ha servido. Su mente y pensamientos siempre encuentran la forma de hallarlo.

Así que se encuentra nuevamente sobre pensando con la mente en las nubes, tan a lo alto para ser capaz de divisar una aceptable respuesta. A veces se pregunta qué sería de él si su complejidad funcionara de reverso; si su cabeza se encontrara en la tierra y sus pies en el cielo.

"Cuando deseo desesperadamente algo" Sus palabras son más simples que complejas, quizás él no es tan complejo después de todo.

"Entonces toma el riesgo" Giña el ojo y orgullosamente termina con su labor de madre, sección consejería, tras una lectura del alma. Entonces el juego termina, sin victorias ni pérdidas.

Keiji se siente complejo, él mismo tiene problemas en leerse, pero su madre es como una personificada lupa que puede ver tras de él y su rostro estoico. Ha leído su giratorio nerviosismo y encontrado a su samurái perdido. A vista de su madre, él es tan simple que es capaz de alzar espada sobre la propia definición de simpleza.

Así que, lo que su madre cataloga su simpleza, lo llama a pensar. Pensar, pensar, pensar y seguir pensando. Porque Keiji es un bucle sin remedio alguno. Así de simple.

Piensa si tomar el riesgo. Nuevamente. Porque acierta en que ya lo ha hecho al enviar su solicitud de postulación a las cuatro preparatorias, aunque hubiese sido en una mañana de somnolencia a libre carrera hacia la oficina de correos.

El inicio del riesgo ya fue tomado, no hay más batalla a la cual su samurái deba enfrentarse durante los siguientes doscientos años.

Pero la serpiente tiene cabeza y cola, y una línea tiene punto de inicio y fin.

El último riesgo no es un duelo de espadas, pero el honor de su samurái corre peligro, su uso en la sociedad corre peligro, su misma existencia corre peligro.

Perder la última pizca de dignidad o mantenerla. Esa es la última ficha a mover y arriesgar.

La simpleza se encuentra en la complejidad de la decisión. Decidir perder su dignidad significa mantener su dignidad y valentía por leer los últimos dos posibles rechazos; decidir mantener su dignidad significa perder su dignidad y el valor de su esfuerzo por echarse atrás tan fácilmente y renunciar a las becas antes de siquiera confirmar las respuestas.

Cuando lo piensa cada vez mejor, se siente parado frente a un absurdo.

El resumen de su alborotado problema comienza a coger forma, y la decisión que debe tomar parece ser más simple que compleja. Simplemente obvia.

"Mi samurái sediento de batallas no ha hecho más que complicar las cosas" Es la conclusión a la que llega mientras se lanza de espaldas sobre su cama para admirar el techo sin verdaderamente admirarlo. Como una maldición de nacimiento, siempre tenderá a convertir lo simple en complejo.

Nunca hubo batalla ni segundo riesgo. Cuando uno se arriesga, toma el riesgo completo y no por partes, porque sabe a lo que se someterá.

Una serpiente no vive dividida en dos, es un ser completo con un inicio y fin.

Él tomó el riesgo intrépido de postular a sabiendas de que podría recibir completos rechazos como también aceptaciones que cumplirían sus sueños.

Solo le queda seguir esperando dentro de la paz en la que su samurái ha estado viviendo impacientemente.

Sus últimas opciones son Fukurodani y Suzumeoka. Ser también rechazado por ellas será un fracaso, pero no el fin de su carrera. Keiji eventualmente encontrará una salida y reformulará con éxito su plan de vida; y es que de su complejidad y sobre análisis, siempre es capaz de encontrar una rápida solución tras milisegundos de observación.

Pero esta vez no se adelantará. Aún existe la pequeña posibilidad de ser aceptado. Accederá aferrarse a la pequeña esperanza porque ha aceptado sobrellevar consigo las consecuencias del riesgo tomado. Es todo o nada.

"Fukurodani sería una buena opción" Piensa. Queda muy cerca de su casa, mucho más que Suzumeoka instalada en el barrio contiguo. Pero, a diferencia de Mori, debe tomar un camino contrario a la Estación Kokubunji. Eso significaría mañanas enteras faltantes de admirar lo que él considera belleza. Adiós al ajetreo matutino y las historias por adivinar.

Itachiyama hubiera significado caminar a la estación como cada mañana y, desgastantemente, tomar el tren. Qué tedio. A Keiji le gusta observar de lejos al gentío, no que el gentío lo haga empanada en pleno viaje tranvía por diez minutos.

No es supersticioso, pero quizás fue el destino. Intenta ser positivo, aunque sea un positivismo demasiado rebuscado de fuentes de dudosa procedencia y poco confiables como los azares del destino que te lanza un quiromántico [4] como cháchara.

"¡Keiji, sirve la mesa!" Su madre grita desde la cocina. El almuerzo está listo y sus tripas retorciéndose, ansiosas.

La palma de su mano derecha sube hasta ubicarse frente a su rostro. Aún no se ha cambiado el uniforme y solo piensa en el arte de la quiromancia. Líneas individuales se entrecruzan y alejan hasta formar una extraña figura que no logra comprender del todo. El conjunto de líneas concentradas no hace más que recordarle a la multitud de la estación de tren y sus caminos desconocidos conexos.

"Intrigante" Piensa. Piensa, piensa y solo retorna a pensar.

"¡Keiji!" Vuelven a exclamar su nombre. Y aunque no lo parezca, su madre siempre tiende a llamarlo más de una vez a la espera de bajarlo de su nube; con suerte, la tercera es la vencida.

"Voy" Lejos de ser un chico anclado a la lógica y la racionalidad simplista, Keiji tiende a distraerse tan fácilmente en sus pensamientos que no cree que exista ser humano en la tierra que lo supere. Pero uno nunca sabe, y la palma de su mano lo atestigua.

Las líneas de su palma son como un mapa de innumerables e infinitas interconexiones que andan en continuo movimiento, el mapa de un gran mundo que Keiji aún desconoce y no escarba.

...

[1] Shazzan es una serie animada que se produjo desde 1967. Trata de dos hermanos gemelos que se transportan a una tierra mágica y conocen a un genio llamado Shazzan. El cazador malo sale en el capítulo dos de la primera temporada. Los hermanos van a descansar en una isla sin saber que es la del cazador malo, este comienza a atacarlos con su magia y los hermanos llaman al genio para que los ayude. Al final el genio, relajado y entre risas, lucha contra el cazador malo y lo castiga desapareciendo su isla y tesoros, condenándolo a buscarlos por toda su vida ya que el genio es el que aún las posee. (Akaashi es de esas personas que siempre simpatizan con los villanos).

[2] Toru Watanabe es un personaje ficticio. No hay nada de especial, pero como dato quería decir que se trata de un personaje del libro Tokio Blues. Y he de decir que me influenció un poco para escribir la historia, es un gran libro. También recién me doy cuenta que su apellido es el mismo que el nombre de la estación de bicicletas al frente de la casa de Akaashi jajaja. Ya dicen que el mundo es un pañuelo.

[3] Ya es de saber que en Japón es infaltable una reverencia, llamada ojigi, para cualquier cosa. Pero no todas las reverencias son iguales. La inclinación, el tiempo, el estatus y hasta el género es fundamental. Una reverencia nos puede servir para saludar a un amigo, un compañero de trabajo, para agradecer algo, para pedir disculpas o para solicitar algo difícil de conseguir. Si estamos ante una disculpa, la duración de la reverencia es un poco más larga de lo normal. E incluso la inclinación utilizada puede ir más allá de los 45 grados.

[4] El quiromántico es quien practica la quiromancia. (No me digas, ya pareces diccionario de Google). Y pues la quiromancia es el arte de leer las manos, analizarlas y el intento de adivinación a través de la lectura de las líneas de la mano para obtener una visión más completa y precisa de la personalidad y el destino de una persona. Como esas veces que le adivinabas a tu compañera del kínder su futuro matrimonio con Max Steel.