En la vida, Keiji perdió dos mil yenes en total; quizás más, pero esa es la cuenta consciente que lleva tras tomar en manos fajos de billetes.

Su primera vez fue cuando su abuelo le obsequió dos mil yenes como propina la última y única vez que lo conoció. Pudo haberlo gastado en cualquier chuchería; un juguete, un transformer, un balón, una pistola de agua, o algún bocadillo. "Toma, para el helado. Tendrás al menos para un mes y de sobra" Había dicho aquella vez el demacrado anciano. Lo cierto es que Keiji llegó a emocionarse con la idea de comer onigiris hasta desfallecer. Sin embargo, los billetes tomaron vuelo de sus bolsillos hasta la Ciudad Perdida; Keiji solo sabe que ese lugar se encuentra por alguna parte de América, y él no conoce América, así como no podría reconocer la palma de su mano entre millones, por lo que realmente nunca se planteó el buscarlos; simplemente habían desaparecido o caído de sus bolsillos en algún momento, y sentirse culpable de ello ya era suficiente estrés mental y estomacal.

El primer trauma fue todo lo necesario para no desear seguir perdiendo oportunidades alimenticias. La segunda vez su estómago ya no perdería onigiris, pero sí hubiera perdido más de once mil setecientos yenes cuando su padre le pagó una academia de vóleibol solo para el primer mes. Keiji se sintió presionado; realmente no sabía cuánto equivalía ese costo, pero entendía que era mucho y que sus padres pronto perderían la cabeza si no conseguían de alguna forma que su hijo socializara con algo más que solo hojas polvorientas y cuatro paredes enjauladoras.

Su padre es amante de los libros igual que él. Keiji puede asegurar, tras los comentarios de muchas personas, que es su copia exacta versión junior. Pero su padre definitivamente no es un nerd en toda palabra como él. Tiene un cuestionable fanatismo que lo puede nominar una rata de biblioteca; sin embargo, su época escolar y aspecto lo alejan de toda nominación que pueda considerarse agraviante en pleno siglo XXI. Su padre, ni más ni menos, fue el popular, el chico codiciado por todas las mujercitas hormonadas; era tanto un come libros como un atleta innato que no desaprovechaba momento para mostrar su físico escultural. El rey Felipe IV, así lo llamaban su antiguo equipo de vóleibol.

Quién lo diría, hijo del estudiante popular, social, atleta y de belleza despampanante. Con nueve años, Keiji se siente Sancho Panza a su lado; porque de perfecto su padre tampoco tiene mucho. Si él es Sancho Panza, su padre es Don Quijote con la imaginación chiflada. Todos dicen dos pies izquierdos, pero su padre parece tener dos pies derechos; parece perfecto, pero es un caos cuántico. La rata de biblioteca mete hocico por todo lado y deja un mugrerío detrás de él. Keiji a veces piensa que es adoptado, porque no entiende de dónde sacó su obsesión con el orden y pulcritud, porque sus dos padres parecen cavernícolas de la Prehistoria que se criaron en cuevas de mármol y oro.

Ahora tienen todo menos mármol y oro, pero la educación nunca está de más. Si el cuchitril en el que viven se mantiene reluciente, a diferencia del de los vecinos que parecen vivir bajo carbón, es por su manía. Su madre le agradece con propina porque no hay manera de convencerlo de que mejor salga a jugar con los críos del vecindario, y él hace su mejor esfuerzo dejando las ventanas más brillantes que su futuro prometedor.

Quizás su paranoia por la limpieza empezó solo como una excusa, de esas vagas que se te ocurren al momento para hacer oídos sordos e indiferencia a todo, como una cucaracha ignorante a la chancla que se le avecina. "Sal a jugar", "Estoy limpiando las ventanas". "Los niños están jugando fútbol, ¿no quieres ir?", "Estoy lustrando los muebles". "¡Hay una feria de helados! Toma y anda a comprar algo con tus amiguitos", "No puedo, estoy sacudiendo las sábanas", "Estoy fregando los platos", "Estoy sacando el polvo", "Estoy estirando los cojines", "Tengo que solear los futones", "Estoy barriendo", y etc, etc, etc.

La energía conjunta de sus padres podría perfectamente ocasionar el segundo Big Bang; y Keiji con alarma se cuestiona quién habrá aceptado unirlos en matrimonio. Ni con un doble Keiji, Keiji podría comparar su nivel de energía que se apaga tan rápido como un suspiro.

Él prefiere la armonía silenciosa de la pequeña sala de estudio que lograron acomodar en una esquinita de la sala, todo tan apretujado que es imposible pasar de a dos, como esas carreteras individuales en las que los carros no cuestionan la dirección y terminan de sopetón frente a otro auto.

Él es más hogareño que caribeño, más intrapersonal que interpersonal, un hámster cómodo en su rutinaria rueda giratoria. Pero sus padres no parecen comprenderlo, lo miran como el rarito de tornillos zafados, y tal vez lo es en cierta parte; pero también los comprende, pues vivieron toda su vida acostumbrados a brillar y ser los protagonistas de su propia historia. En cambio, Keiji se siente de esos personajes reciclados que mueren al primer capítulo; y tampoco es que le importe, él prefiere andar en su propio mundo mental en donde el protagonista es la fantasía misma, con libros llenos de relatos que nunca se le hubieran podido ocurrir en la vida.

Pero es asistir a la academia de vóleibol o un loquero infantil que terminará internándolo en un manicomio donde realizan experimentos ilegales y te revuelven los sesos hasta dejarte lelo; o hasta manco, quién sabe. Y Keiji no quiere saberlo así que acepta sin peripecias ni contraargumentos.

El primer día, a pasos de cruzar el gran portón del gimnasio, escucha a los niños gritar y balones golpear incesantemente el suelo. Inmediatamente el pánico escala por todos sus vellos hasta su nuca. Keiji se cuestiona el por qué, pues todo es mejor que el loquero y su infernal manicomio. A veces se cuestiona si en verdad quedó trastornado; sus inicios en el jardín no fueron muy del pie derecho que digamos. Todos le tildaban de rarito con la mirada, recibió balonazos en la cabeza del inepto niño fluorescente que le mataron las neuronas al punto de ser un genocidio, y nunca entabló amistad con nadie acostumbrándose a comer solo en el salón. Y la primaria no ha sido excepción, sigue con la misma rutina, y a Keiji le gusta las rutinas, así que no está mal. ¿Ahora qué podría ser diferente? Quizás se acostumbró tanto a su propia compañía, que teme que su monotonía sea destruida.

"No hay de qué preocuparse" Su padre le sonríe como galán de telenovela, lanzándole la mochila con la confianza suficiente de que su hijo no solo es idéntico en imagen, sino también en aptitud social.

Keiji trata de devolverle la sonrisa antes de verlo irse a patas hasta el metro, pero solo logra formar una rara mueca amorfa. De aptitud, tiene que ser más inepto que el niño fluorescente siendo sociable, eso es seguro. Hablando de niños fluorescentes, todos esos gritos de críos es como tener a un montón de esos "Kou-chan" saltoneando por todas partes esperando patear el mortal balón de fútbol. Pero esto no es fútbol, es vóley. Así que Keiji se obliga a mantenerse a raya, respirar profundo y dar una imagen prodigiosa.

La fachada es monumental y cuidada, no sabe si lo cree así ya que se acostumbró a los viejos tejados chaplas de su vecindario o porque realmente la academia es un recinto caro. Quién sabe de dónde sacaron la plata sus padres teniendo deudas por doquier. Así que Keiji realmente no quiere narrar a sus nietos la triste anécdota de un crío que mal gastó trece mil setecientos yenes en toda su vida sin poder comprarse ni un onigiri con ellos, ya lo hizo con dos mil y eso le basta.

Aromatizante, olor a cloro y desinfectante, palmean sus fosas nasales al cruzar el portón y escabullirse como un ninja en busca de otro ninja para agarrarse a madrazos. Porque eso, si los niños de su futuro equipo terminan siendo mini niños fluorescentes ineptos para el deporte y asesinos de neuronas, no durará en poner en práctica sus enseñanzas adquiridas en el programa que se trasmite por las tardes. Toda justificación es válida bajo el juramento de autodefensa.

"Tal vez me una al club de Kendo en secundaria" Piensa, porque opción no tendrá si de escaparse de la obligación del bukatsu se trata.

Los balones van de aquí por allá como pulgas saltarinas, siendo recogidas al instante por algún chaval para ser elevadas y volver al juego. Hay muchos niños desperdigados, pero metidos en su propio mundo. Así que Keiji relaja los hombros y siente tener todo bajo control, nada nuevo ni traumatizante hasta el momento.

"Tú debes ser Akaashi Keiji, ¿correcto?" Una voz gruesa y profunda hace su aparición detrás de él, provocándole un respingo que casi lo lleva hasta el techo como el balón que logra rebotar contra la superficie justo en ese preciso instante. Toda una faena de coincidencias por parte de los dioses.

"S-sí" Voltea reticente y observa al hombre fornido con algunas canas por su alborotado cabello.

"Bienvenido a nuestro equipo" Esboza una sonrisa y remueve los papeles entre sus manos en busca del reciente nombre incluido. "Antes de iniciar necesito explicarte cómo funciona nuestra dinámica. Como vez, somos una familia grande y en una cancha solo pueden jugar seis personas y tener un máximo de reemplazos. Así que dividimos a todos por niveles según su base y desempeño en el vóley. Y claro, con cada partido oficial avecinándose, hay oportunidad de hacer cambio de titulares si así se requiere para poder dar oportunidad a otros talentos y joyas escondidas. ¿Qué piensas? Ese podrías ser tú. ¿Has jugado antes vóley?".

Las palabrerías vienen a él una tras otra y Keiji solo atina a responder la última. Niega rotundamente. De joya él no tendría nada, sería ese metal fundido con otros metales baratijas que producen latas de sardina inservibles con destino directo al basural de las calles y siendo confundidas por las máquinas de detector de metales como un tesoro que terminó siendo simple basurilla reciclable. Y no es auto discriminación contra su dignidad, es simple veracidad. Él y el vóleibol son una mala combinación, así como la aberración del surimi rellenando un onigiri.

Si su ahora maestro cree lo que sus propias palabras profetizan, está completamente zumbado; así como su padre que creyó que unirlo al vóley sería una buena idea. Todo es un ultimátum de pésima ganga, como esas ofertas sobresalientes en productos chucheros etiquetados con un 'Made in China', tan inservibles como el surimi [1] y la colisión de pescados de sobra que es; todo un basural creado por chalados chefs japoneses en bienaventurado fin de preservar la materia prima ahí por el siglo doce de la sin higiene.

"No tienes de qué preocuparte. Aquí te enseñaremos todo lo necesario. Te acoplarás rápido" Y ahí sigue el fornido de su declarado entrenador, radiante y zumbado, ignorante de lo que se avecina. Será una catástrofe, Keiji no es más que dos pies izquierdos y de posible futura vista miope; pero a él eso de los lentes no le molan, así que toca madera mentalmente. Toca madera a todo, a todo posible apocalipsis que acarre su buenaventura.

Y es que Keiji se siente una persona tan ordinaria, que no le importa no tener el carisma para comerse el mundo, ni tampoco las aptitudes pulcras que debería llevar consigo un atleta. Es más, le tranquiliza. Solo es Keiji y ya está. Un estudiante japonés promedio, sin sazón, que le va bien en lo que se puede porque se esfuerza demasiado como cualquier sobreviviente cascarrabias. Una persona que se mantiene entre las multitudes y no destaca, convergiendo en su propia parsimonia sin estresantes reflectores sobre él.

Para él, es mejor una marea apacigua que un ave deseando volar hasta lo alto con el próspero futuro de terminar estrellándose de plano contra un Cessna y caer de picada a tierra dejando atrás el cenit y la frontera del cielo.

"¡Lo haces muy bien Akaashi!" Un atacante lateral de su equipo levanta el pulgar en aprobación. Los dedos de Keiji cosquillean mientras asiente esperando que la próxima levantada sea igual de buena. Eso de los cálculos y psicoanálisis son muy cotidianos a él, pero eso de llevarlos a la práctica, dentro de una cancha, no colorea muy bien la serenidad que digamos.

El apocalipsis aún no ha sido desatado. Y es que Keiji puede ser tan talla estándar, que acoplarse a la cachetada que le depara la vida no parece un gran problema. Ha aprendido a sobrellevar la quiebra y los recesos en solitario; tener que golpear una pelota parece cosa de niños, una dificultad demasiado pseuda.

"¡Akaashi!" Pero la vida le vuelve a dar un coscorrón sin posibilidad de tiempo muerto.

Su cuerpo se tambalea hacia atrás al compás de los griteríos de sus compañeros, quienes lo rodean al segundo hasta casi asfixiarlo comprobando que no tuviera todos los huesos del rostro rotos tras un balonazo que no vio venir por estar tan empanado entre sus conjeturas auto altruistas y presuntuosas. Una horrible pulla para tan histriónico teatro.

"E-Estoy bien" Se delimita a decir tras alejar la palma de su mano de su segura hinchada nariz tan aparatosa como la nariz de pinocho. Y es que no debería hablar de más sin haber primero comprobado hipótesis tan surrealistas como él. Su mano está empañada de sangre y su polo no es objetivo descartado, este comienza a ser tobogán para el desliz de la sangre escarlatina.

"Bien, será mejor que todos den espacio. Vamos, vamos" El entrenador entra en escena maniobrando los brazos como policía de tránsito ordenando redirigir el tráfico tumultuoso en la cancha. "Toma asiento y espera que pase" Como buena autoridad al salvaguardo de la ciudadanía, guía a Keiji hasta un banco y le extiende un puñado de papel seguido de todo el rollo por si el menor termina en la desdicha de desangrarse como bovino faenado para la próxima venta de un exclusivo Kobe [2] con textura marmórea.

"Está bien" Suspira y se queda quietecillo en el banco con el molón de papel sobre su nariz. No tiene nada mejor que hacer que sentirse un gen fuera de su locus. Una rata de biblioteca tratando de ser atleta. Tal vez sufrió un atavismo en su herencia genética, eso le explicaría muchas cosas; fue tan discontinua, que los alelos enloquecieron y los homocigotos dominantes se fueron de parranda para dejarle a los mentecatos recesivos. Anda a saber qué habrá sido realmente. Hasta su profesor de biología tiene que meterse en su cabeza en esas circunstancias.

Sus compañeros siguen con la práctica. Pero falta tan poco tiempo que, para cuando su sangrado decide parar y apiadarse de su inexistente anemia, la clase da también por finalizada.

"Akaashi-kun" El pequeño grupo con el que jugó esa clase, se acerca a su asiento entre empellones juguetones y codazos dignos del aún neurodesarrollo infantil. "¿Cómo está tu nariz?".

"Bien. El sangrado paró hace poco" Keiji hace el ademán de levantarse e ir también a por sus cosas. El grupillo le sigue, parecen interesados en no dejar su plática a medias. Algo hilarante para Keiji luego de que le dieran tremendo ramalazo directo a la nariz. Quizás se sienten algo cohibidos por el hecho, piensa.

"Akaashi, ¿jugaste antes vóley?" Pregunta uno mientras Keiji se coloca la chaqueta. Sus párpados se extienden levemente un poco más de lo habitual. Le pica saber a qué viene esa pregunta.

"No" Responde sincero, porque no hay razón para dar cuentos a farfulladas. Se encoge de hombros y cuelga su mochila tras la espalda.

"¡Oh! ¿En serio?" Reacciona uno con los ojos tan agrandados, que el estereotipo de ojos rasgados parece una patraña. "Pues realmente eres bueno para ser inexperto".

"Esa capacidad de análisis y toma de decisiones sin aún tener conocimiento de las técnicas, pone la piel de gallina" Tiembla otro abrazándose el estómago.

"¡Sentí que estaba en un partido oficial! Fue un poco estresante sentirse fuera de físico y mentalidad" Comenta uno tras otro.

Los pies de Keiji terminan por olvidar su deseo de 'a dónde ir'. No es escapar ni ir a casa. Es una extraña confusión. Keiji siempre ha tenido la estrecha creencia de ser un pez más del cardumen; tal vez una carpa de color verdoso con la capacidad de acoplarse a vivir en todo el mundo en zonas de aguas tranquilas y vegetación más rebosante y resaltante que su aspecto. Sin embargo, en realidad tal vez tiene la capacidad de ser un mandarín, con plumas como aletas y colores tan vibrantes que parecen fosforescentes. Sería mucho más pequeño, pero capaz de destacar sin la necesidad de volar, asfixiarse y estrellarse con un Cessna.

"Sakutarou lo hace bien, pero, ¡es atacante lateral y nosotros necesitamos un verdadero armador oficial!" Algunas palmas se impulsan contra su espalda de forma suave y las risas opacan con diversión la interjección del antes nombrado.

Sus compañeros le ofrecen acompañarlo hasta la estación del metro. El camino es menos regocijado y ocurrente, pero cómodo y tranquilo. Los rayos del sol chocan contra sus pieles, aunque caminen sobre la acera esperando evitar el arder del cenit. Keiji tiene la tenaz creencia de que el sol no es más que un parásito astral buscando drenarte todas las energías hasta que no quede nada de ti. Ahora mismo se siente delirar con las piernas y los brazos gelatinosos. Qué barbarie el heliocentrismo y la 'energía' solar, que de energía ha de tener más ADN humano que un humano.

Con los minutos, ya cada uno ha hecho su pequeño grupo de dos a tres para hablar de trivialidades como el clima o qué desearían almorzar al llegar a casa tras un próspero matutino sábado. A su lado hay dos niños que comienzan a hacer especulaciones sobre un accidente, lo cual le hace tomar interés.

"¿Hablan sobre el accidente en Amagasaki?" Cuestiona más para sí mismo que para ellos. Pero habló en voz alta.

"¡Sí! ¿Lo viste también en las noticias?" Keiji solo se limita a asentir.

"Dicen que un convoy suburbano se descarriló justo antes de llegar a Amagasaki y se estrelló contra un edificio de departamentos. Hubo muchos muertos".

"El conductor debió haber estado de locos. Dijeron que por estar tan fuera de tiempo y a hora punta, se sobrepasó el límite de velocidad".

"Hubiera preferido llegar tarde a la estación a que el conductor me terminara matando junto a él".

"Hay que ser empáticos, hombre. En ese rubro ha de haber jefes cascarrabias por todas partes. Solo anda a ver con qué cara marchan las personas en las estaciones".

Keiji escucha en silencio hasta que la conversación muere en algún punto. No ha habido apocalipsis ni ninguna grieta que haya roto su rutinaria y monótona vida que mantiene su estabilidad interna en equilibrio. Tal vez debería tomar el incidente ferroviario de Amagasaki como moraleja. No correr a lo ciego en base al miedo o ansiedad que te puede allegar el momento, que el resultado puede ser más fatal del que querías huir en un principio. No apresurarse en tomar una decisión, ya sea de aceptación o negación, sino simplemente dejarse llevar y respirar; dado que muchos arrepentimientos podrían suministrarse a consecuencia. Porque cavilar en la supervivencia y escape del peligro, está sobrevalorado. Pensar en ello conlleva consigo un poco de tortura mental y dolor de cabeza siendo que él es de los que discurren primero si el suelo es de concreto o movedizo, de lo contrario, el primer acto es alejarse y tomar otro camino que satisfaga su necesidad de suelos neutros y sin protuberancias parecidas a las gibas de un camello. Pero aceptar el consejo no estaría de más. Es más, creo que va un poco con él eso de pensar antes de actuar. Todo un rumiante en vilo.

Cruzada la puerta de la estación, cada uno debe dividir caminos. "Nos vemos la siguiente práctica" Se despiden unos a otros ondeando las manos.

Keiji los ve alejarse. Ha sido gratamente enriquecedor aquel día. No ha habido protuberancias en su camino y la guía fue cómoda sin flaquear su monotonía, porque realmente nada es diferente ni ha cambiado. La experiencia ha sido un rescoldo reavivado por su pequeño soplido que aceptó la propuesta de sus padres antes de dar marcha atrás con una negativa completa tan rápida como el convoy.

Recordar la cancha, los pases de sus compañeros, sus gritos, consejos, y el sentir de la pelota sobre la yema de sus dedos; todo es una brasa pequeña calentando su interior.

Se podría decir que está contento, emocionado y cómodo con este nuevo quehacer que no tiene nada que ver con la literatura y ratas de biblioteca.

"Supongo que mi padre sí es mi padre" Da una resolución científica una vez a bordo del metro. Puede que sí tenga un par de balones como neuronas; quién sabe, solo el desatinado destino.

La puerta de su habitación cruje como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios. Ya está algo vieja y estropeada; pero ahí sigue, luchando por mantenerse en pie y no ser reemplazada.

Antes de bajar a almorzar, deja sobre su cama la mochila improvisada de deporte y se cambia el polo sudado, con sangre reseca, por una muda nueva con olor a lavanda.

Al disponerse a salir, antes de dejar la puerta completamente hermética, visualiza un cuadernillo sobre su velador. El revestimiento de la portada brilla contra la luz que se vierte desde la lumbrera con las cortinas cremas desplazadas y ligeramente ondeantes; como todas las mismas cortinas de color crema que cuelgan de las ventanas del resto de viviendas de la urbanización, pues el color es el mejor resistiendo la decoloración solar.

Keiji podría jurar que el olor a nuevo sigue impregnado en el libro. Solo mirar la superficie azulina le hace sentir una agradable y reconfortante sensación. Seguramente los relieves y la textura continúan manteniéndose suaves contra sus yemas. Si abriera la tapa, no habría duda de que sus ojos embelesarían la perduración de la blanquecina pureza de las hojas.

Al lado del cuadernillo, una pluma lo acompaña fielmente; tan negra, elegante y cautivadora.

El regalo de su octavo cumpleaños también lo observa y analiza, preguntándose cuándo será que Keiji finalmente se atreva a sumergirse entre sus hojas sin miedo al porvenir de sus delirios que se quedarán tatuados y esculpidos página tras página. De repente, a Keiji le pican los dedos. Aún no ha probado la tinta de la pluma, no sabe si será fluida y seca, o espesa y manchosa; o si quizás quedó caducada tras el desuso de los meses.

Pero aún no se siente listo, algo dentro se él siente que aún no es momento. Sus sueños escalan sobre una pendiente incierta llena de promontorios y arboledas que tragan el cielo y dificultan la visión de los nimbos tras innumerables ramas esparciendo finas tiras de sol por doquier como polvillo de hadas.

Al parecer, nada está aún dicho. El vóley, como un pajarillo, se ha posado frente a él desde una ramita de la arboleda, ofreciéndole seguir un camino menos angosto. Sumándose una nueva parcela de adoquines, aún hay tantos caminos por elegir...

Y es que aún le falta tanto por aprender y vivir, que los retortijones mentales no son más que grupillos existencialistas y de constantes 'por qué', a la espera de madurar tras dejar la niñez. Por mientras, aún no está seguro de nada ni de lo que quiere para sí mismo; solo se limita a caminar y no quedarse atrás hasta encontrar esa sensación semejante a un lejano deja vú.

Cierra la puerta tras de él y es guiado por su hambre, transitando el camino del ya casi disperso olor del almuerzo que se coló ilegalmente entre sus fosas nasales.

El cuadernillo tendrá que esperar unos meses más, quizás años, quizás décadas, hasta que su alma encuentre la tierra prometida.

"¿Y? ¿Qué tal fue?" Sus padres se encuentran frente a él, separados por el ancho de la mesa y los platos ya servidos. Tienen los codos sobre el tablón y se retuercen los dedos y las muñecas como si se las lavasen insistentes de quitarse la mugre y piel muerta.

Keiji revuelve sus fideos udon con los palillos, viendo cada tanto cómo los pedazos de carne y verduras salteadas se esconden y resurgen de la pasta. "Es interesante" Mueve los labios apaciguadamente, encogiendo los hombros, aún con la mirada anclada en su cuenco.

"¿Entonces aceptas seguir con las clases?" Oye la voz de su padre, quien aún no ha tocado ni un carbohidrato de su plato igual que su madre.

"Ya está pagado, ¿no?" Cruza mirada con ellos, con obviedad.

"Eso no es lo que importa".

"Claro que importa, es mucho dinero".

"Puedes tener dinero cuando quieras, Keiji. Pero no puedes comprar el tiempo" Su madre toma la palabra. Decide tomar sus palillos y acompañarlo a comer, deshilvanando de a poco la densidad de la atmósfera.

Keiji se queda pensante, aún siente un pequeño brote de resentimiento hacia sus padres por haber despilfarrado el dinero en una actividad inconclusa que no aseguraría ni su aceptación ni el pago de deudas.

"Si me dedicara al vóleibol... ¿Qué de bien sacaría yo? Podría aprender todo de él simplemente leyendo e investigando".

"Una investigación es inconclusa si no hay prácticas de campo y muestras, ¿no? Además, depende cómo lo veas. Físicamente, socialmente o hasta económicamente" Su padre revuelve el contenido de su tazón con un palillo mientras que el otro es usado como una batuta marcando el ritmo y tempo de sus palabras, fundamental para el entendimiento de su orquesta.

"¿Económicamente?" Keiji arquea una ceja, fuertemente pescado por el interés. Los fideos que se envolvían en el hashi, quedan totalmente en el olvido hasta que caen como lombrices desfallecidas.

"Si llegas a ser realmente bueno, podrías ser un jugador profesional y ganar mucho dinero".

"Ganar mucho dinero..." Musita llevándose el hashi ya vació a la boca.

Un silencio tortuoso se instala por una nimiedad prolongada, siendo cónyuge del golpeteo de los platillos y masticada de los dientes. Cada quien navega en su propia corriente de agua, viendo y no viendo nada frente a sus ojos; expectantes a una señal.

"Vale" Keiji termina de tragar y vocaliza.

"¿Vale qué?" Su padre deja de masticar y la bola amorfa se queda atracada a un lado de su mejilla, tan hinchada como un pez globo.

"Acepto que el vóley ha sido una buena idea. Terminaré lo que ya empecé" Keiji se encoje de hombros, tratando de restarle la alta importancia que ha tomado en la mesa. Él acepta que es un poco orgulloso, y ese pique a veces le dificulta la posibilidad de sincerarse completamente. Algunas veces es un aciago tener que darles la razón a los padres; la independencia parece más lejana que cercana, y la sumisión encarceladora más fructífera que la libertad.

"Nos parece genial" Sus padres se observan uno al otro. Sus ojos resplandecen llenos de amor, como un perfecto shoujo. A los ojos de Keiji, realmente orgullosos por haber logrado adiestrar a su hijo hacia el camino correcto de la redención y gloria.

...

"Akaashi, ¿A qué preparatoria irás?".

Keiji termina de anudar sus pasadores y endereza el torso. Gira hacia Sakutarou, quien está completamente listo a la espera de él.

"Estoy pensando en Suzumeoka o Fukurodani..." Levanta la barbilla hacia el techo del gimnasio, pensante. Hace solo unos días, en la misma línea de tiempo en la que perdieron el torneo de secundaria, recibió respuesta por parte de Fukurodani y Suzumeoka. Fue un día muy ajetreado para sus emociones, que cayeron de picada contra los sets perdidos y revolotearon con la guardia baja cuando su madre le entregó el correo una vez llegó a casa con los ojos hinchados y rastros de lágrimas secas tras el ventoso mes. Una tempestad interna completamente borrascosa para su pobre alma; la tristeza, la felicidad, la confusión y el recelo sumiso ante la idea de que quizás todo era la ilusión de una utopía inexistente.

"¿Por qué no eliges Fukurodani? Últimamente su nombre está en lo alto. Además, te ganaste una recomendación para su preparatoria, ¿cierto?" Sakutarou acomoda su bolso de deporte sobre el hombro y se pone de pie.

"Umm, sí. Supongo" Keiji copia sus movimientos y también se levanta del banquillo, caminando ahora los dos juntos fuera del gimnasio de la secundaria.

Apenas cruzado el portón, un apacible hálito choca contra sus carrillos. El ambiente es frío y seco, Y les hace saber que no se pueden confiar, pues en cualquier momento una ventolera podría ametrallar contra ellos sin conmiseración. Las resedas, coladas entre las franjas de cemento y al exterior de la acera, desdibujan su altura y descoloran su viveza; su etapa lacónica parece estar llegando a su fin con solo contemplar la lasitud de su imagen. Las ramillas terrosas crujen contra la planta de sus zapatillas.

"¡Oh!" La exclamación de su compañero lo saca rápidamente de su trance y vuelve a ser consciente del tiempo y su existencia. "Recordando, al parecer están jugando voleibol en el gimnasio de Sumida justo ahora. ¿Quieres ir a ver?".

"Sí... seguro" Responde sin darle muchas vueltas. Su cuerpo está cansado y sus músculos abatidos. Solo desea tomarse una corta siesta para reponer energías; y espera no hacerlo ahí mismo entre las resedas.

No tiene expectativas altas y tampoco espera encontrar algo interesante. El tener que elegir entre Suzumeoka y Fukurodani, siempre estuvo regido por la conveniencia socioeconómica. Si ahora las puertas del destino le dan paso a una oportunidad cuando no todos disponen de variadas opciones de becas para escuelas privadas y prestigiosas como si de un bufet se tratase, no está en la disposición de seleccionar o descartar según el vóleibol o sus gustos, debe elegir según el aporte y ámbito escolar que le convenga a futuro.

La educación obligatoria es mayoritariamente pública y gratuita, siendo públicos el noventa y nueve por ciento de los centros de educación primaria, al igual que el noventa por ciento de los centros de secundaria inferior. Pero el descenso es notable en preparatoria, con solo el setenta y cuatro por ciento siguiendo la tradición incluso con la distribución de textos educativos gratuitos desde mil novecientos sesenta y tres. Así que Keiji no puede darse el lujo de caminar a ciegas y creerse un perito rumiante cuando las mismas instituciones compiten entre sí por el prestigio y reconocimiento nacional sin importar el sector. Y ahora él dispone de ser un bonancible seleccionador, aunque aún procese el hecho, sin angustiarse por el costo que conllevará la inversión de su educación a largo plazo.

"¿Y tú, Matsumoto? ¿Seguirás con el vóleibol?" Ingresan al tren y logran tomar asiento juntos. Sakutarou observa de reojo la ventana de al lado por unos segundos. Keiji no está seguro si sonríe a su reflejo o a las líneas negruzcas, amorfas e incomprensibles.

"No".

"¿Por qué?" Cuestiona al instante. Más espantado que pasmado. Ver a Sakutarou con algo no relacionado al voleibol, le es algo casi imposible. Es un mapa de Stakeholders inconcluso, faltante de la conexión fundamental y más influyente.

"Ya ves cómo es la vida, Akaashi. Ahora estamos en la obligación de aprender a volar y salir del nido, aunque muchas inseguridades atraviesen nuestras mentes" Sus ojos dejan el ventanal en el pasado, los posa sobre Keiji y el surco de sus labios parece volverse melancólico. "Mis padres dicen que ya es tiempo de dejar los pasatiempos a un lado y centrarme en el verdadero estudio. Debo ponerme serio. Tres años pasarán volando y luego tendré que postular a una universidad".

Ningún poder ejecutivo, legislativo o judicial; la meritocracia es un sistema que ha estado gobernando Japón desde sus primitivos aborígenes. Todos buscan lograr buenos resultados para tener mejores oportunidades de formación y empleo en el futuro, y ganar la aprobación de la sociedad y de su familia. La competitividad es alta, especialmente en los exámenes que permiten acceder a las mejores escuelas de secundaria superior y a las universidades de mayor renombre. Y él ahora tiene la fortuna de elegir entre Fukurodani y Suzumeoka, que con seguridad le acreditarán un punto a favor en su perfil frente a las universidades.

"Si desde un principio no hubiese sido reacio a dejarme ser con el estudio, no estaría tan guillado por los libros como ahora por la consciencia. Y yo que siempre arremetía contra los pobres nerds y sus libracos lava cerebros… 'Inútiles' decía, já. Mira ahora, luchándola contra los exámenes" Se revuelve los cabellos buscando liberar su frustración. "Ugh. Mis neuronas se mueren. Lo intento, pero cada información nueva es una bomba nuclear que acaba con mi juicio y no puedo pensar en nada más que letras, fechas, números, fórmulas… Y siento que termino más lelo que antes. Preferiría morir en la era de la peste bubónica" Sus manos caen contra sus muslos como un títere sin titiritero, como si la manivela del funcionamiento de su cuerpo estuviera descompuesta. "Realmente eres un docto en toda palabra, como esos griegos polímitas que se preguntaban hasta el sentido de ir a cagar. Tienes bien merecido las recomendaciones que te ganaste" Con los ánimos súbitamente subidos, le da unos golpecitos en el hombro, sonriente. Su cabello disparado por aberrantes direcciones, le proveen un aire de Albert Einstein.

Keiji agradece sus felicitaciones con su silencio, analizándolo y cuestionándose miles de preguntas formuladas en ese mismo instante en su mente. Su vaina de mielina es feroz. Quizás Sakutarou tenga razón con lo de los griegos polímitas. Y es que concuerda con todo lo dicho por Sakutarou. Él desde la primaria que anda más serio que una roca tratando de priorizar los estudios y futuro por sobre sus pasatiempos que hasta el momento no son más que el vóleibol y la lectura arcaica..., pero las viejas palabras de su padre no dejan de revolotear en su memoria como una añeja tonada que terminó volviéndose el compás de su vida.

"Si llegas a ser realmente bueno, podrías ser un jugador profesional y ganar mucho dinero" Piensa Keiji en voz alta, dejándose llevar repentinamente por un pequeño sentimiento liberal y anárquico que desea por un momento ir en contra de las reglas del Estado y sociedad. Contradictoriamente, siente que, para este punto, su rebelión ya va más allá del descaro siendo un diligente estudiante.

Sakutarou suelta un bufido que termina en carcajadas. "¡No pensé que fueras de esos pensantes, Akaashi!" Las carcajadas se esfuman a la misma velocidad en la que se habían encaramado. "Ah, sería genial. Pero, aunque me guste el vóleibol, no puedo verlo más que como un simple deporte que disfruto jugar junto a compañeros y amigos. A este tiempo, esmerarme en el deporte no me brindará un título. No me veo como un profesional siendo llamado por clubes que se pelearían por ficharme, o jugando en el equipo nacional, saliendo en entrevistas o mucho menos firmando y posando para fotos, saliendo a fiestas y emborrachándome con dinero en los bolsillos sin sentir aciago por ir a trabajar mañana. Tristemente todo eso es irreal, una buena ilusión; por lo que nunca me creí en la capacidad de esforzarme de más por algo incierto" Se encoje de hombros y lo piensa por un segundo, tratando de reformular sus palabras. "El vóleibol está para disfrutarlo y divertirse. ¡Pierde toda gracia verlo como una responsabilidad más! Así que prefiero dejarlo ahí. Como un simple sueño o utopía. Ya vendrá algo a mi cabeza durante estos tres años. Algo encontraré que hacer profesionalmente".

Keiji cree que la conversación queda ahí, en algún punto incierto, pero a la vez culminado. Mientras frunce el ceño, muchas palabras se arremolinan tras sus labios; sin embargo, él mismo no puede reconocerlas y darles un significado y explicación exacta. Siente que la vida lo ha dejado en una inopia. Ni siquiera sabe identificar si lo que siente es disgusto. Se pregunta si Sakutarou pensó de la misma manera sobre el vóleibol cuando perdieron el torneo y lloró como María Magdalena y quedó como El Grito de Edvard Munch.

"¿Tú piensas dedicarte profesionalmente?" La voz de Sakutarou vuelve a oírse. "Me diste esa impresión, ahora último".

"Para nada" Keiji también suelta un soplido seguido de una risilla, mucho más controlada y silenciosa. "Ni siquiera podría tomarlo como una opción. Esa utopía yace muy lejos de mí, mis capacidades y metas. Estoy bien así, disfrutándolo mientras aún se puede. Igual que tú, supongo que en algún momento le diré adiós" Como si una alforja o zurrón fuera desvalijado, las palabras caen una tras otra; como un instinto, como si siempre aquellas ideas hubieran estado revoloteando por su mente, compactas y aceptadas como una claridad meridiana, aunque nunca hubiera cavilado en ello ni sido realmente consciente de estos. Finalmente, ha dicho lo mismo que Sakutarou y ha dado a entender que piensa igual que él. Suspira y su vago disgusto está obligado a desistir.

"Hombre, mejor cambiemos de tema. Pese a todo, amo el vóleibol, así que esto es tan depresivo y de señores... Nunca creí que me rebajaría a esto ni que el vóleibol me pondría tan sentimental" Sakutarou se remueve en su asiento y entierra sus manos en cada bolsillo de su chaqueta, quejumbroso.

Sakutarou no ha cambiado en nada, cree Keiji. Desde la primera vez que lo conoció en una academia privada de vóley hasta reencontrarse eventualmente en Mori.

Los dos terminaron siendo unos aficionados al vóley, que paulatinamente tuvieron que congeniar en el club de vóleibol, aunque no compartieran el mismo número de clase.

Al principio fue una sorpresa para Keiji tener una cara conocida frente a él, pero con el tiempo la costumbre se hizo realidad; y la realidad de sus hoyuelos, remates y cabellos en cresta se hicieron una rutina.

Sin embargo, la secundaria no conllevó un gran cambio, así que pensó que seguiría pasando desapercibido y comiendo solo, pero Sakutarou lo terminó jalando a su manada. No fue frecuente, pero comía con su grupo uno que otro día a la semana sino es que se encontraba en la biblioteca o practicando en el gimnasio filosofando sobre sus notas e inseguridades.

"Akaashi, ¿qué haces tú solo aquí?" Preguntó una vez Sakutarou, la primera y única vez que llegó temprano y antes que el resto. "¿En serio estás entrenando cuando los finales están a la vuelta de la esquina?" Dejó tiradas sus cosas en un orillo de la amplia llanura y se arremangó las manos preparándose para rematar.

Ciertamente, Keiji no niega considerarse un maniático de la responsabilidad, pero a él mismo le sorprendió ser el único que se escabullía como renacuajo dentro del gimnasio para practicar de más. Aunque no lo hacía con fines vehementes, en el pasado, cuando sus lóbulos cerebrales se descarrilaban de su funcionalidad cuerda, siempre buscaba refugio en los libros o el sedentarismo de la estación para pensar y reordenar todo. Era sorprendente todo lo que podía cambiar una persona en tan poco tiempo siendo que su primitivo yo hubiera odiado la simple idea de mover las extremidades para seguir un balón lleno de helio.

"¿Por qué tú llegaste antes de tiempo?" Keiji rebotó la cuestión, alzando los brazos y colocando para el chico. El apocalipsis cada vez estaba más allegado al planeta; igual que él, Sakutarou parecía haber accionado trueque entre papeles antitéticos, amordazado por la responsabilidad.

No fue el remate más fuerte del mundo, ni el más glorioso que haya logrado hacer Sakutarou en un partido oficial para remontar. Pero a pesar de todo ello, la afliges podía olerse en el ambiente junto a actos bruscos, toscos y hasta violentos.

"Me cansé de estudiar" Fue todo lo que mencionó. Esa fue la única vez que practicó a solas con Sakutarou. Los días consiguientes la normalidad pareció volver a él, con su sonrisa taimada saludaba a todo el mundo, con el mismo júbilo y zafiedad que lo caracteriza.

Keiji no está seguro de catalogarlo sensatez. Tan patente como sus cavilaciones, es sabido que todo el equipo de la secundaria comparte la misma idea de Sakutarou sobre el vóley. Y, ey, eso no es pecado. Pero no puede evitar sentirse Minos, enroscándose a sí mismo su cola inexistente alrededor del cuello, juzgando a las pobres almas en desgracia de sus compañeros.

Pero entonces la vida es un erial, y la eufonía se aliena hasta tornarse un bufón cacofónico. Las pompas de agua se entregan voluntariamente ante la realidad y perecen bajo su toque. Por consiguiente, el tiempo parece una burla ante el mortal.

Así, la verdad incómoda aparece: Las cosas inician, el tiempo pasa, y las cosas terminan. Todo se acaba, como la fecha de caducidad de una lata de sardina. Por lo que Keiji conjetura, sus compañeros ya han tenido presente de antemano la caducidad del vóleibol. No todos seguirán las mismas carreteras, no todos iniciarán al mismo tiempo ni culminarán a la misma fecha.

"¡Rayos! Casi me quedo como momia curtida. Vamos, este es nuestro paradero".

Keiji es halado por Sakutarou y apean en la estación a los pelos, con la respiración errática, el corazón al filo de una taquicardia y los cabellos electrocutados entre tanta fricción tumultuosa. Millones de pasajeros diarios transitan por la extensión de la estación del barrio especial como ratas de alcantarilla. El ajetreo difiere enormemente del acostumbrado movimiento que Keiji observa en las estaciones de la pequeña ciudad de Kokubunji. Con los años, transitar por los barrios especiales de Tokio se ha vuelto una extrañeza cotidiana. Los ruidos del centro resuenan contra sus oídos con una claridad inusitada y la gente cruza los tranvías con un repiqueteo de zapatos sobre el asfalto.

Reiniciando su andanza por las calles, en una disputa beligerante, Keiji combate contra su lanosa cabellera, redireccionando las raíces y achaparrándolas como un pisapapeles. Sakutarou no se molesta en acomodar su 'einsteinosa' cabellera.

"Sabes, mis padres están pensando trasladarme a Shinjuku, por Yotsuya. O quizás algún barrio contiguo. Su fin es trasladarme al centro de Tokio. Ya sabes, todo tiende a concentrarse por estos lares. ¡Es más viva que Kokubunji! Me pregunto por qué construyeron una escuela como Fukurodani en una ciudad así de desolada" Keiji se limita a asentir a sus palabras. No es magnífico, pero Keiji, con el tiempo, le ha estado agarrando cariño a Kokubunji, ha aprendido a quererlo a su manera. Prefiere mil veces su tranquilidad al bullicio del lado oriental. "Pero me desagrada la idea de encontrarme con ese tipo de gente que de seguro se concentrarán sea la preparatoria a la que ingrese. Al menos habrá una, ¡o quizás su escuela pituca esté frente a la mía! Ya sabes, de esos que viven en Sanban-cho, Moto-Azabu, Denenchofu, Seijo…Todos en sitios así. Quizás termine viviendo en Toshima".

"¿Qué tienes contra la gente pituca?" Ante las palabras con un toque irrisorio, Keiji cuestiona. No lo recuerda a detalle, pero que él haya estudiado en un jardín de ese tipo convierte la situación más risible; porque de un modo u otro debe tomarle la palabra a Sakutarou.

"Ugh. Ya sabes, lo hemos visto hasta pasando por Fukurodani. Siempre deben llegar a todo lugar con su Mercedes. Y no es suficiente asco evitar contaminarse en el metro, deben tener chofer con gorra y guantes blancos, como una versión barata de Alfred Pennyworth. Deben de sentirse acomplejados hasta por vivir en esos distritos exclusivos, porque sus casas no sean lo suficientemente grandes y sus perros no puedan comer suficientes pedazos de carne de ternera. Si ellos no tienen suficiente dinero para hoteles de lujo en Kioto, nosotros no tenemos para la tarifa del metro" Rezonga por unos segundos hasta volver a su típica postura enchulada por el vóleibol. "Aunque qué cascarrabias. No tengo manitas ni fajos que ya me hayan hecho ingresar a la preparatoria directamente, así que debería dejar la habladuría y ponerme al asecho. En una de esas y puede que cache una buena onda. ¡Quizás su gimnasio sea lo suficientemente grande y podamos echarnos unas partiditas de vez en cuando! Que deje el club no quiere decir que no me dé unas cuantas escapaditas del club de lectura. A ver si organizamos algún día para reunirnos. Extrañaré tu manía de oidor y sacudidas de cabeza sin respuesta" Se echa a reír y Keiji siente un revoltijo en el estómago como si se encontrara en lo más alto de una noria.

Suspira. Supone que el vóleibol tal vez es relativo, una vorágine de sentimientos entremezclados tan intensos que se manifiestan de forma desenfrenada; un viaje con carreteras y rutas que te llevan a embelesar diferentes destinos. Cada uno se lleva un pedacito que el vóleibol les obsequia y, agradecidos, finalmente van en busca de ese algo que han encontrado y planteado gracias al deporte.

"Yo también, Matsumoto".

El gimnasio se encuentra en el interior del parque Kinshi. Llegado el otoño, el suelo de la residencia está completamente cubierto por una manta de hojas de olmo. El viento es gélido y barre la ciudad. Con el jersey sobre su cuerpo y las manos en los bolsillos, Keiji no tiene oportunidad de escabullirse; el olor de la estación está impregnada y lo ciñe en un feroz abrazo. En una transición entre el verano y el invierno, la llegada de la plenitud del año parece burlarlo. La reflexión, la melancolía y cierta desgana deslavan la prefectura. En brazos de un canturreo, la ciudadanía parece sumergida en la somnolencia, a pocos pasos del fin de año, andando a rastras entre resquemores esperando que el siguiente año sea menos acerbo.

"¡Qué bien, llegamos a tiempo! Aún el partido no termina" Sakutarou camina a sus anchas, saltoneando energético entre las caras largas de los estudiantes de preparatoria. Parecen adultos acabados sin siquiera haber comenzado la adultez, con las energías consumidas y las esperanzas machacadas. En una esquina puede deducir a un grupo de tercero, siendo una maraña de abrazos, lloriqueos y mocos, despidiéndose de su último partido como equipo. Keiji nunca creyó que terminaría inmerso en un mundo como ese, tan grande y complejo, pero reconfortante y lleno de sentimentalismo. Él, desde pequeño, ya había deducido que su mundo sería una planicie llana sin desniveles, desolada como un desierto y estéril de sorpresas. Y aunque los años hayan pasado, aún le sorprende dónde se encuentra parado ahora, envuelto en un espeso aire de altibajos.

Adentrándose al recodo, el pasillo parece atestado de una brumosa atmósfera de infatuación; un encanto y emoción inimaginable hacia el vóleibol. "¡Fukurodani! ¡Fukurodani!" Sin que Sakutarou empuje aún el portón del gimnasio, el griterío se estampa contra su ser. El tañido de aplausos se acompasa junto al golpeteo de su corazón, los dos contagiados por la misma tonada y compás de las barras.

Las puertas resuenan contra sus grilletes; sin embargo, el sonido es insuficiente ante el bullicio de la multitud; como si solo él estuviera asido en una película muda. Lado a lado se expanden las dos hojas del portón, como si el inicio de un arcoíris lo invitara a recorrer el mundo hasta el otro punto extremo, a espera de él.

Keiji, inconsciente de haber retenido la inhalación hasta ese punto, expulsa por sus labios un hálito. El compás de su vaho es seguido por el salto de un joven. Sus ojos se mueven a la velocidad del balón lanzado formando un arco perfecto, como el arcoíris, hasta caer en manos del jugador.

Un fenómeno metafísico invadiendo el ambiente, o una sensación metafísica invadiendo su ser… Solo comprende que todas sus sensaciones, pensamientos y percepción de la realidad son incomprensibles.

Cada extremidad, cabello, poro y gesticulación, toda célula, es puesta sobre el balón para un remate acaudalado de fuerza y valor. Observar la expresión eufórica del jugador trasciende su vocabulario. Locura. Fantasía. Anhelo. Pasmo. Admiración. Nada encaja. Las palabras no sirven, no existe el tiempo ni el sentido común.

No es una carpa o un mandarín, mucho menos un ave estrellándose contra un Cessna hasta caer en picada dejando atrás el cenit y la frontera del cielo. Es mucho más que eso. Es una fuerza que trasciende y estalla al Cessna, siguiendo su vuelo y resplandeciendo frente al cenit; no hay quien lo aleje de la frontera del cielo.

"Es una estrella" Ninguna respuesta clara por su parte, pero tampoco tiene intenciones de explicarse. Sus pensamientos dan vueltas y lo marean, el jugador es un tifón llevándose todo consigo hasta dejarlo en la nada. El reverbero de ese joven, reflejándose sobre toda superficie y descomponiendo su aura en tiras brillantes, borran todo su pasado, todas sus memorias, sus miedos, experiencias y preocupaciones. Ahora Keiji es una cáscara de huevo vacía, orbitando en la nada. Sakutarou y todos sus pensamientos se desvanecen, las creencias de sus compañeros se desvanecen, sus creencias propias también. Solo una frase insistente arraiga aún su existencia. "Es una estrella".

Y es que, dios, ahora mismo se siente tan equivocado consigo mismo, con la idea de que el vóleibol no podía ser más que eso, vóleibol. Irónicamente, ahora, como un juego de los azares de la vida, tiene frente a él a un jugador de vóleibol que le grita desde cada poro y célula lo tanto que ama el vóleibol y todo lo que podría sacrificar por él. Toda esa situación es una guarsa que lo hace reír de sí mismo.

Sin poder despegar los ojos de cada detalle; como un balde de agua fría, Keiji observa la última acción, incapacitado de realizar un mínimo movimiento ante la fascinación. "¡Bokuto!" El balón es arremetido contra la cancha contraria y el furor escala hasta los cielos. El gozo ciñe a todos a sus anchas, se ponen en pie y triplican sus barras. El joven corre y grita con los puños alzados luchando contra la gravedad, abraza a sus compañeros, celebra con su entrenador pecho a pecho, y la energía parece que explotará de su ser.

Keiji tiene los ojos más abiertos que dos donas, junto a un aire imperceptible bañando su estupefacción y mandando sus cabellos hacia atrás gracias al remate capaz de crear un vendaval.

"Y pensar que es de primero… No lo parece" Comentan otros jóvenes externos al juego, igual de asombrados que él.

Es la primera vez que ve a alguien jugar vóleibol así, de una manera tan complicada de describir en simples palabras, pero que te revuelve cada centímetro del cuerpo percibiendo un infinito deseo de seguirlo, de dar todo de ti igual que él.

"Wao… No sé qué decir" Comenta Sakutarou a su lado, recordándole que aún se encuentra con él pisando tierra, en el centro de la ciudad, y que se llama Akaashi Keiji. "Es mucho más bueno de lo que pensé".

El juego sigue en pie. Las zapatillas silban arrastrándose con ímpetu contra el brillante pavimento de la cancha. Las gotas de sudor golpetean el tensionado aire y humedecen las camisetas de cada equipo. Las expectantes miradas se regalan una a otra analizando cada movimiento del enemigo. Con los ojos a lo lejos, Keiji siente que sus pulmones inspiran fuego, el pecho le quema. Y como puede, sus labios resecos se entreabren.

"Iré a Fukurodani".

"Así que Suzumeoka quedó descartada después de tremenda demostración de Fukurodani, ¿eh?" Escucha a Sakutarou reír sin despegar la vista del equipo, igual de ansioso y expectante que él. La diversión de sus palabras no parece tener sorpresa, como si lo dicho por Keiji hubiera sido obvio desde hace tiempo, algo previsto y escrito.

El vóleibol nunca estuvo entre sus planes. Se ha estado esforzando, pero siempre es a costa de lo que le digan que haga en el equipo. La mayoría de sus compañeros juegan para evitar meterse en problemas, gastar sus energías tras un balón y no capear de la secundaria. No hacen preguntas. Les gusta el vóleibol, pero tampoco sacrificarían tantas cosas por él. Siempre ha sido solo un deporte.

"Tienes que ser pragmático" Su madre fregaba contra el óxido de la cancela. La herrumbre era persistente y no daba marcha atrás, igual de indomable como los otros fines de semana. "Fukurodani y Suzumeoka, Suzumeoka o Fukurodani. No le des vueltas" Con el trapo lleno de orín y las rejas igual de rojizas, su madre desistió y tomó una de las herramientas de la caja que había tirado a suerte a un lado de ella. "¿Qué más da cuál elijas? Los dos son igual de buenas, al fin y al cabo, ¿no?" Tomó como víctima a uno de los tornillos flojos y zafados. Enganchó la herramienta y empezó a girar arremetiendo toda su fuerza. "Y-Y si las cosas n-no funcionan..." Sus músculos se tensaron, parecía la Thundercat Cheetara con todos esos bíceps. Su mandíbula se apretaba y el sudor caía por sus sienes. "A veces solo tienes que cambiar la olla y fingir que no se te quemó el arroz" Le regaló una risa cómplice.

"¿Y luego qué? ¿Lo aceptaré y me afligiré por tres años pensando que la otra opción hubiera sido mucho mejor?" Keiji le pasó la terraja que su madre le señaló con la mirada. Sentía que la ansiedad crecía con cada segundo que seguía bajo el sol.

"No estás eligiendo entre el cielo y el infierno. Siempre hay tiempo para cambiar de rutas mientras sigas vivo en la tierra" Su madre tenía la vista clavada en su trabajo, llorando sudor como Poseidón. Keiji no sabía cómo tomarse en serio sus palabras, o siquiera cómo captarlas. Su madre parecía un gordo herrero bañado en aceite y robín luego de cambiar a su maquiavélica expresión. "¡Maldición!" Tiró la terraja contra los grilletes de la cancela. "¿Cuántos años más tendremos que seguir esperando hasta que tu papá se digne a traer a alguien para arreglar este cacharro mal oliente e inservible?" Pateó el trapo con orín hasta los aires, cayendo en el improvisado jardín exánime del vecino. Dio unas pataletas más hasta cansarse a lo Susanita Clotilde Chirusi con sus rabietas. Y finalmente, con la respiración desequilibrada, volteó a verlo con una sonrisa aristocrática y presidencialista. "Lo más importante es la paciencia".

Es sorprendente que ha este segundo, luego de muchos llenos de duda, tenga impoluta la mente con una sola decisión clara y concreta. A él mismo no le cabe la idea. El partido ya ha dado fin y los chicos se retiran celebrando entre sí. Hasta lo lejos sus ojos siguen el camino del jugador de fulminante aura, lo pierde de vista una vez el grupo se retira del gimnasio y aun así sus sueños siguen en pie sin su planetaria presencia.

"¿Vamos?" La gente se retira y nuevas barras ingresan preparando sus cuerdas vocales para el siguiente partido. Keiji asiente y sigue a Sakutarou por detrás. Se dificultan en salir entre tantos empujones, pero sin prisa disponen de caminar al ritmo del gentío hasta las afueras del recinto.

Suspira, reconociendo lo voluble que puede ser el mundo y el tiempo. Él mismo es una sustancia volátil capaz de ser imprevisible para sí mismo. Hace poco daba una cháchara sobre lo importante que era su decisión en base al prestigio y ofrecimientos de la institución, y ahora desea a ciegas, y con algarabía, adentrarse a Fukurodani empujado por el escarmiento que el joven jugador dejó a su paso entre las sombras, una emoción que no hace más que escalar.

"Cuando te elijan entre sus filas, sin falta vendremos a verte yo y todos los chicos ¿Sabes de alguien más que seguirá?" Los brazos de Sakutarou lo envuelven asfixiantemente, revolviéndole los cabellos como si fuera un crío de cinco años galardonado por su primera carita feliz. Los dos ahora se asemejan a hijos gemelos y perdidos de Einstein.

Su nariz da un refunfuño como toro, a consecuencia del desorden de sus raíces y a sabiendas de que tal vez su tiempo en el vóleibol seguirá en pie por tiempo indefinido.

"¡Bokuto!" Un griterío se oye a sus espaldas. La gente cuerda se dispersa hacia las paredes, dando paso a dos muchachos con marcha rápida a empujones. "¡¿Pero qué cojones?!" Keiji agranda los ojos aún atrapado entre los brazos de su compañero, olvidando al instante su incomodidad y dando lugar al recuerdo de quién era ese joven corredor, el jugador de hace unos minutos. "¡Al menos explícate por qué te echas a correr así de repente!".

El chico de preparatoria pasa por su lado, feroz como una bestia a media caza, como una bala directo a su objetivo. El bolso del mayor vomita todo su interior como funámbulos cediendo de la cuerda hacia el vacío. Las mangas de su chaqueta y unos audífonos alámbricos ondean en el aire; es notable la exasperación que tuvo al guardar sus cosas. Sakutarou y Keiji retroceden instintivamente, pero al segundo paso Keiji es jalado, al igual que el joven jugador, por una fuerza exterior. Al trastabillar hacia adelante, y el chico hacia atrás, Keiji se da cuenta que algo se ha impregnado contra su bandolera.

"¡Bokuto!" El mencionado, de los morros por ser parado ante el imprevisto, impensadamente jala su mochila con furia dándole paso entre los apretados viandantes que lo atracaron; sin importarle lo que esté dejando detrás. Keiji da otro trastabillo hacia delante ante la fuerza empleada, observando a las sogas serpenteantes de los audífonos desprenderse de las dos bandoleras y llevándose consigo un pequeño equipo negro hasta descender al suelo; automáticamente, Keiji logra salvaguardarlos entre sus dedos con firmeza, observando dificultosamente entre los transeúntes la silueta del joven volviendo a emprender marcha hacia su destino. "¡No me jodas! ¡Yo no seré quien dé explicaciones al entrenador!" El compañero que iba tras el jugador, para al ras de la salida del recinto, agitado y con las manos contra las rodillas, pero todavía con la suficiente fuerza para arremeter griteríos contra su socio.

"Se ha ido…" Keiji escucha la redundancia de Sakutarou. Y sin saber qué comentario adicionar a aquello, queda con la vista fija hacia el objeto que se enganchó contra su bolso y ahora enmarañado entre sus dedos. "¿Eso es un Walkie Talkie?" La emoción centella en los ojos de Sakutarou ante la idea.

"No, es un Walkman" Lo corrige girando el aparato viejo y vetusto entretejido con los cables de los audífonos. "¿Nuca tuviste uno?".

"No. ¿Tú sí?".

"No, tampoco".

La colina de sus recuerdos es lejana y nubosa tras año y año transcurrido, una bruma que le deja los detalles y la belleza a medias. La nitidez se convirtió en una nebulosa, y el constante pensamiento en un cuasi olvido. La pintura descascarillada del Walkman lo sumerge en una órbita que lo aísla del presente.

Keiji salió volando de un salto ante la repentina sensación fría y lisa de un audífono incrustándose en su oído.

"¡¿Qué te parece?!" Un niño gritó a su lado contra su tímpano, amenazando con aliarse a las conminaciones que aseguren su futura sordera.

Mantenga la calma

El amor ni siempre llega a tiempo, oh, oh, oh

Mantenga la calma

El amor ni siempre llega a tiempo, oh, oh, oh

"¿Y?" El niño era insistente, con sus ojos dorados saliendo de sus orbitas mientras aguardaba una respuesta por su parte. Sostenía con fuerza un viejo walkman negro que hacía juego con sus audífonos del mismo color. La canción emitida por el casette, retumbaba en las paredes cerebrales de Keiji.

"El niño fluorescente" El sobrenombre golpea su cráneo como ecos que migran y retornan a su origen. Lo recuerda como si una bala se hubiese incrustado a toda rapidez en su penumbra hasta disipar la niebla. Su fluorescencia no ha perdido pizca de gracia, su energía retenida ahora es un bálsamo desbordante, capaz de curar las llagas que dejó en las cabezas de sus compañeros tras un pelotazo futbolístico.

"¿Deseas leer?".

"Aún no sé leer".

"Oh".

El cabello bicolor aparatoso y esos ojos dorados como dos centellas… El pequeño inepto niño fluorescente, genocida de neuronas, ahora es ni más ni menos que una estrella del vóleibol.

Keiji suelta una risilla que cubre con el dorso de su mano libre. Sakutarou lo analiza como un psiquiatra titulado de Harvard. "¿Qué pasó? ¿Estamos celebrando que te quedaste a gratis con el Walk-eso?".

"No me lo voy a quedar. Lo devolveré a su tiempo".

"Oh… Claro" Sakutarou asiente sin adicionar nada, como si la manía de Keiji fuera una plaga, pero amoldada a su propio desgarbado.

[1] El surimi fue creado por chefs japoneses en el siglo XII que molían las sobras de pescado como forma de preservar la materia prima. En la década de 1960, un químico japonés descubrió que al agregar azúcar al proceso tradicional de fabricación de surimi, podía estabilizar el producto, congelarlo y conservar su vida útil. En forma de palitos envueltos en un papel plástico transparente individual, se pueden hacer con muchas especies de peces diferentes. La palabra japonesa "surimi" significa "carne molida".

[2] Se llama buey de Kōbe o ternera de Kōbe a ciertos cortes de carne de ternera de ejemplares de la raza negra Tajima-ushi de vacuno Wagyū, criados de acuerdo a una estricta tradición en la prefectura de Hyōgo. Esta carne suele considerarse una delicia, siendo famosa por su sabor, ternura y textura marmórea.

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¿Qué les pareció el capítulo? ¡Ya casi, ya casi! Pronto tendremos nuestro BokuAka finalmente salido del horno.