Bombeo, bombeo, bombeo. Trompeta, trompeta, trompeta. Platillos, platillos, platillos. Y una acrobacia magnífica del saxofón. Trombón, tuba, fliscorno, clarinete, contrabajo, batería, cantante, bailarines; ¡todos se ponen a bailar!

Koutarou chasquea los dedos, tamborilea los pies contra los adoquines y mece el cuerpo seguido de las fuertes sacudidas que da su cabeza ante cada segundo de emoción. Cruza las piernas y está a punto de dar un súper giro de trecientos sesenta que ni James Brown o Michael Jackson podrían rivalizar.

Antes de poder recibir aplausos por su híper fantástico acto, sus botines resbalan contra la lisa lámina de hielo medio derretido adherido sobre el pavimento. Cae sentado con la suerte de no llevar fracturas de columna de por medio; sin embargo, su trasero no sale exento.

Antes de siquiera poder digerir su dolor traseral, una voz lo mortifica más. "Te dije que no jugaras sobre el piso mojado" El mantra de su padre se superpone por sobre el ritmo bailable y disfrutable de un hot jazz. "Y te dañas los oídos" Sus dedos largos y delgados rebuscan hasta sus orejas y, con un toque frío que pone la piel de gallina, retira los audífonos. Con un ademán le indica guardar los auriculares y apagar el Walkman.

Koutarou frunce el ceño con un mohín sin estar de acuerdo; le han apagado las luces de la fiesta sin llegar a percatarse con anticipación de la salida de su padre de la casa. Desearía tener un bigote a media asta para sacudir lado a lado ante el picor, un esmoquin con cola, una pajarita que arreglar, un sombrero de copa, una cohiba y un cenicero a mano. Así, todo convergería en equidad para un justo debate y contraargumentos.

La realidad; no es más que un crío con vacaciones de invierno bajo el cargo y supervisión de un adulto mayor. No hay sombrero de copa, traje chaqué y mucho menos una cohiba para actos diplomáticos. Solo una camisa arrugada y arremangada, un chaleco de algodón, un gorro de lana que le causa más tortura que los electrochoques, una bermuda repleta con paquetes de curitas en los bolsillos y una chaqueta de invierno asfixiante sobre los hombros. Sus actos diplomáticos son negociaciones con la tierra y los árboles, revueltas que le dejan rasmillones por toda extremidad hasta envolver sus nudillos, rodillas y codos. Con suerte se pone de pie y confía que su trasero no necesitará también una curita.

"Les deseamos mucha suerte" El mundo burgués y convencional de Europa por la década de mil ochocientos, se vaporiza hasta alzarse cerca de las nubes. Su madre y Burakku también abandonan la casa, arregladas para el que parece ser el día de oro, tan especial y pulcro que todos resplandecen en elegancia y belleza como la nieve. Koutarou picotea su nariz, notando que ya está bañado en tierra y escarcha como si las hadas hubieran esparcido polvillo sobre él; tiene un nuevo rasmillón en la rodilla y la camisa, planchada por su madre, más arrugada que sus abuelos difuntos. "Koutarou... Solo por hoy, ¿sí?" Burakku pone la misma expresión que su padre. No apaga las luces de su fiesta, pero le hace cosquillas con una cara tan espeluznante como la de un payaso. Está tratando de arreglar el cuello de su camisa y meter decentemente las dos puntas de los pliegues dentro de la bermuda. Alisa la tela de su chaleco y parece dejarlo como un príncipe, un príncipe del desastre. "Hice lo que pude" El soplido de sus labios es una afirmación y, la última mirada que le regala, una advertencia que le prohíbe siquiera intentar destruir lo arreglado.

Alza las manos en son de paz y la observa alejarse con su mamá hacia la cochera. Baja las extremidades cuando cree que ya no voltearán a inspeccionarlo. Ahora sí puede ser una presa libre.

"Nosotros también tenemos que marcharnos, de lo contrario perderemos el tren y tendremos que esperar la siguiente línea" Después de una revisión al reloj de su muñeca, Kazuo toma la mano de Koutarou y emprenden marcha. Con una flexibilidad de búho que perturba, el menor, gira medio cuerpo hacia sus espaldas sin poder esquivar la mirada del coche de su madre arrancando. Burakku se ha marchado, despampanante como una estudiante prodigio y diligente, con el uniforme planchado y sin pelusas, una piloto de carreras en medio de una competición en busca de llegar a la Universidad de Tokio.

El cielo está opalino, cubierto y lechoso. Es un tiempo perfecto para ser invierno, acompañado por la vivacidad y pureza del aire. Hay una especie de exaltación del ánimo que se impulsa y se estrecha contra el corazón con tan solo observar los rosales que cubren la parte frontera de algunas casas, bañadas en rocío blanco y danzantes ante la leve brisa balsámica. La noche anterior la lluvia empezó a caer como volutas de polvo tras mezclarse con la tierra blanca y el humo de la ciudad. Ahora su rastro no es más que una turbia niebla disolviéndose entre las rendijas del pavimento decoradas con montones de bolas de algodón deformes y perecidas.

"¿Por qué nosotros no podemos ir en coche?" Koutarou patea un charco que salpica gotas por doquier sobre sus botas de goma. Siente que una se incrusta contra su piel, congelándolo hasta el tuétano. "¡Hace mucho frío!" Frustrado, se queja. Ya no puede bailar y calentar su pequeño cuerpo tiritante. A su familia parece no importarle, o siquiera llamar su atención. Pero a él, el frío parece odiarlo, y el sentimiento es mutuo. Su cuerpo parece tener vida propia y dar marcha libre a músculos tensos y tembleques con la mínima brisa. Trata de apretar los dientes, pero estos persisten en rechinar. Su cabello no tiene oportunidad de luchar contra la gravedad, el gorro de lana desea borrar cada rastro de su peinado favorito y aplanarlo como papel tapiz.

"Porque tu mamá tiene que llevar a Burakku a una cita muy importante. Y yo también tengo una, pero mi auto está con el mecánico. La estación, lo menos que te dará, son problemas con el frío".

Ciertamente, su padre no se equivocó. El lugar está repleto, aunque el mayor porcentaje de pasajeros estudiantes se encuentre haciendo los deberes en casa. Algunas familias y parejas entran y salen de las líneas de paseo. Un grupo de niños con uniformes y bates de béisbol en la mano corretean de arriba abajo por el vestíbulo, disgustando a los pasajeros que están leyendo el indicador. El grupito pasa como un rayo al lado de Koutarou, quien tiene un piqueo de instinto animal al momento, deseando seguirlos y jugar por ese vasto páramo rodeando las larguiruchas columnas. Al primer paso detiene su euforia al ser jalado por su padre hacia una máquina. Su curiosidad no se detiene y hace que su cabeza siga girando hacia todos lados como un búho mientras los dedos helados de su padre envuelven los suyos. Tiene la boca abierta y teme que una mosca ingrese, pero no puede evitarlo. Es su primera vez pisando una estación de trenes, sintiéndose tan minúsculo como un átomo en un lugar tan extenso como la meseta tibetana. La estación le confiere un paraíso de las maravillas. Hay innumerables tiendas con equipamientos de viaje, ropa, juguetes, y restaurantes que revuelven su estómago hambriento, aunque haya asaltado la olla de la cocina esa mañana.

"¿Para qué es eso?" Pregunta inclinando la cabeza, esforzándose por adivinar la función de la pequeña máquina expendedora frente a ellos.

"Es para comprar boletos. Con estos podremos subir a los trenes" En silencio, Koutarou nota a su padre poseer dos tickets de color beige, con una saturación tan débil que ayuda a resplandecer las minúsculas letras de datos incomprensibles como un jeroglífico. "Antes se imprimían de cartón. Era un conflicto las filas que se formaban frente a las taquillas".

Cruzan las puertas de entrada. Y sin todavía entender cómo es el rollo, Koutarou no tiene más opción que esperar pacientemente como su padre, observando algunas líneas marchar sobre los andenes con los vagones atiborrados o a mitad de gente.

Juega con el dobladillo de su chaleco balanceándose de lado a lado notando el peso de su Walkman en el bolsillo. Tiene ganas de sacarlo, pero se abstiene. En cambio, piensa en los adornos que le pondrá llegando a casa, quizás algunas pinceladas blancas con trazos que vayan formando la silueta de un fastuoso búho.

Sin soltar su mano en ningún momento, Kazuo hala de él hacia una de las líneas que se ha detenido con un chillido estrepitoso que rompe los tímpanos hasta la cóclea. El tren está lleno y apenas dentro el calor corporal detiene los temblores involuntarios de la mandíbula de Koutarou; sin embargo, al instante una fuerza mayor hace que el suelo bajo los pies empiece a traquetear. Ahora sus oídos pican como si un montón de piedrecillas bailaran en su conducto auditivo.

En el vagón, la gente se dirige a sus puestos de trabajo con sacos planchados y faldas de tubo lisas. Tres viejecillas sentadas en fila picotean entre sí en voz baja, voltean a verlo unos segundos y una de ellas le sonríe con ternura; las otras dos siguen picoteando indignadas por el estrafalario cabello y ropaje que su padre le deja llevar junto al par de curitas viejas al filo de despegarse. "Y tan bonito y educado que se ve. ¿Cómo es posible que lo pasee así?".

Koutarou devuelve la sonrisa, sin mucho tiempo para pensar en la profundidad y contexto del comentario. Él y su padre siguen avanzando y toman asiento hasta llegar casi al final del vagón. Rápidamente Koutarou elige el que se encuentra al lado de la ventana. Se trepa con las rodillas ayudándolo a tomar mayor altura para observar tras la ventana, apoya las manos en el alféizar y desearía que la corriente del viento bañara su cara tras los primeros vestigios del sol. Contempla los edificios y algunas casas vetustas, una a una sube y baja al ras de la ventanilla. La ropa ondea tendida en los cables enmarañados de las azoteas. Un gato escuálido se escabulle entre los tejados, luego aparecen otros dos más con motas repartidas en el cuerpo; al cabo de los segundos los felinos no son capaces de seguir el paso del tren y se remolcan entre sí jugando con sus garras. Desearía que los búhos fueran tan comunes como ver gatos mascullando.

Los olores de las casas salen expedidos en columnas de humo fundiéndose con las nubes despejadas que dan paso al sol invernal en sus últimos meses. Algunos pajarillos sobrevuelan los cables y los guían hacia las callejuelas hasta perderse cuando el tren entra en un túnel que hace resonar el sonido que suelta el tranvía sobre los rieles. Otro conjunto de pasajeros ingresa. Las viejecillas siguen picoteando, absortas, con las cabezas pegadas como un cancerbero.

El vagón se llena de estudiantes que seguramente se dirigen a resolver el Examen del Centro Nacional para acceso a la Universidad [1], una fecha común en enero que llena de ansiedad y contagia su oler en el ambiente. Koutarou piensa en Burakku y cómo se encontrarán sus nervios. Por lo general lleva una cara estoica que no le proporciona mucha información. A veces desearía tener esa misma fortaleza de piedra. Él, por su parte, tiene que aguantarse hasta el pipí cuando tiene exámenes; y eso que aún sigue en primaria.

Tras pasar la Estación de Kanda, su padre vuelve a tomar su mano asegurándose de que no se haya quedado dormido tras el largo tramo. Pero Koutarou está más que despierto, con sus ojos ámbares abiertos de par en par sin perder de vista ningún detalle. Le maravilla mucho esta nueva experiencia.

Se apean en la Estación de Tokio caminando por avenidas menos concurridas. La hilera de edificios es todo lo que rodea, tan altas que es imposible confundirlas por una vivienda o quinta. Todos los pisos son oficinas y los asientos camas a medio tiempo. Cruzando Ginza, las parcelas empiezan a estar adornadas con cipreses formando setos o figuras diversas que divierten a Koutarou.

Tras girar en una gasolinera, se abre paso una pequeña calle comercial. Nada ostentoso para el lugar comparándola con las boutiques de lujo y refinados bares de sushi y cocteles que pasaron hace unas cuadras. Las tiendas se dividen en restaurantes, cafeterías, papelerías y una gran biblioteca de la que salen e ingresan algunos estudiantes pertenecientes a la universidad a la que se dirigen. Se puede observar tras las vitrinas de los puestos a muchos grupos de jóvenes conversando entre sí y cargando una mochila tras sus espaldas, esbeltos y con los hombros hacia atrás dando a relucir su prestigio, inteligencia y galardonaría universitaria.

"¡Lo inteligentes que deben ser para estar en la universidad!" Koutarou los admira por unos segundos hasta distraerse con otro devaneo que llame su atención. Se pregunta si venderán los tebeos que compra cada fin de semana en la librería local de Hachioji.

Pasando la calle comercial, el campus se extiende ante ellos. Es enorme. No obstante, más que una universidad, a Koutarou le parece un castillo. Como el castillo de Alnwick. ¡Tienen hasta una pileta con un querubín en puntitas tratando de tocar el sol! Pero esta vez, envuelta en nieve, parece más una escultura de hielo.

Las facultades parecen dividirse en palacetes y hasta algunas parecen glorificarse como un Taj Mahal. Koutarou se pregunta si de grande estudiará en un lugar así de inmenso, con tantos pasillos y hectáreas verdes que te dan la sensación de estar caminando en círculos porque a cada segundo observas la misma adelfa y árbol. Seguramente se perdería sin un ovillo de hilo que lo guiara como a Teseo.

En el auditorio principal, un tumulto de personas en saco se reúne como hormigas a su hormiguero, cada una con la porción de comida adquirida en su día de trabajo. Una asamblea en la que todos llevan una porción de su trabajo para exponer conferencias, intercambiar información o discutir debates. Tan aburrido como una canción de Frank Sinatra, ¡prefiere a Tony Bennett!

Koutarou busca con desespero a un sujeto de su edad, tan contrastante como él en una reunión llena de adultos entusiasmados por números y picoteando como gaviotas africanas los bocaditos repartidos con champán. Aunque luzca un atuendo de galán confeccionado por su diseñadora personal Burakku, él se siente una mosca de Giotto tras darle su toque personal a su aspecto.

Para su mala suerte no hay ni un crío igual que él, chamuscado en delirio, con el que pueda compartir tiempo de distracción. Y tristemente Shiro ha de estar disfrutando de hacer las tareas de invierno en casa que debió de haber terminado hace una semana. Tiene ganas de corretear por los pasillos al exterior de la sala, rozando con los dedos los helechos y los capullos de los durillos de flores acampanadas con un tinte blanco y rosa. No le molestaría perderse en un sitio así de hermoso con el sol comenzando a teñir de dorado cada adoquín, desliendo su frío. Necesita el verdadero calor del verano en medio del fiero invierno, no la carismática tonada de la 'Pequeña Serenata Nocturna' comenzando a engullir el auditorio.

Con las paredes rodeándolo como escuderos combatiendo el sol, vuelve a sentir sus huesos crispar. Se pregunta si mientras Morzat componía la serenata n°13, se imaginaba a duendes, con sombrero en punta y en trajes burgueses, bailando y correteando elegantemente por la inmensa sala de baile rodeada de mesas vestidas con seda y banquetes gloriosos sobre ellas; hasta que ranas y sapos rompen los cristales de los ventanales de una sola patada como ninjas, malhechores buscando saquear la fiesta del rey a lo Robbin Hood. Un épico caos anárquico dando pie en tanto los violinistas con gorra verde en punta no dejan de tocar magistralmente el apocalipsis que los llevará al suspiro de la muerte.

Koutarou acepta gustoso los bocadillos y no puede hacer más que aceptar el vaso de jugo a falta de años de madurez para ser capaz de beber champaña con su esmoquin de cola y sombrero de copa.

Cuando 'Für Elise' empieza a musicalizarse sobre sus oídos, no puede evitar reír e imaginarse así mismo vestido con un hermoso tutú rosa saltoneando de puntitas al centro del auditorio y entre los grupillos formados, interrumpiendo su conversación y asombrándolos con su talentosa actuación. Pero antes de siquiera poder intentarlo, todos se movilizan como moscas zumbando en búsqueda de fruta descompuesta.

Al parecer, la función va a empezar y la asamblea toma asiento en cada butaca alisando su atuendo. La música se detiene y algunos se encargan de concluir los retoques al escenario para dar inicio a la conferencia-coloquio que el congreso había organizado con semanas de anticipación.

Al lado, su padre parece lavarse las manos. Amasa sus nudillos mientras el sudor sigue surgiendo sin pare alguno. Está nervioso, eso es seguro. Pero Koutarou no está acostumbrado a observar en primera fila la tormenta caer sobre su padre. Es más común verlo cerrar los ojos, suspirar y dar rienda suelta a la exposición de sus conocimientos que no dejó de practicar frente al espejo; un ritual sin fallos que ha aprendido a equilibrar sus miedos.

Koutarou separa los labios, pero nada sale de ellos. Se queda mudo y los vuelve a cerrar. Observa al centro y frustrado se queda en silencio. No sabe qué consejo podría proporcionar un crío como él. Su padre a sabido sobrellevar su glosofobia incluso antes de que él naciera. Koutarou necesita aún a su padre para poder sobrellevar el mundo, pero su padre no necesita más que de sí mismo.

Cuando Bokuto Kazuo es llamado, con postura encandilada su padre sube al estrado. La mayor parte de su discurso no llega a ser comprensible para Koutarou, pero aun así sus labios se entreabren y queda asombrado con los gestos admirables de su padre. Sus ojos mate parecen tomar un brillo iridiscente; y su silueta, un gigantesco Petrel sobrevolando los mares, sin ningún miedo o defecto tan pesado como el plomo.

Le da la sensación de que es un menester el tener que demostrar cuánto logras amar algo. Y, tras recepcionarlo mejor a los minutos, lo considera algo obvio. Él, cuando juega vóley, se siente seguro, como si estuviera rodeado por su batallón listos para conquistar cualquier tierra con poderío, con el miedo esfumándose tras la seguridad de uno mismo. Es tanto el poder de hacer lo que amas, que el haber encontrado esa razón se siente como si fueras el rey Arturo Pendragon desenvainando la espada Excalibur de la roca. Y lo sabe en carne propia, porque cuando juega con Shiro le encanta ser el rey Arturo.

Las palabras fluyen con facilidad como unas bisagras bien aceitadas sin chirriar. Los labios de Kazuo danzan sin parar. Una descarga de adrenalina recorre su cuerpo desde que subió el primer escalón. Es atemorizante, pero a la vez una experiencia excitante mientras el auditorio tiene los ojos fijos y atentos a sus movimientos y puntos resaltantes de su investigación.

Al finalizar, los aplausos apabullan el silencio hasta amainar cuando Kazuo abandona el estrado.

Koutarou se queda dormido en algún punto de la reunión, con cada quien subiendo al escenario como si de un carrusel sin fin de vuelta se tratase. Son interminables hormigas dando a conocer su trabajo, que el coco se le funde sin saber hasta dónde llega el punto final de la fila negruzca.

Su estómago está contento por la montaña de bocaditos que ha engullido, pero le pasa factura una vez su padre lo despierta de un zarandeo.

"Koutarou, ¿te has quedado dormido?" Su padre parece sorprendido con ese hecho, aunque se haya sabido desde el inicio lo inevitable que iba a ser. Tiene mucha energía de sobra, pero las matemáticas y las reuniones de estética religiosa son como garrapatas succionando lo poco que queda de él. Su padre sobreestima su súper poder.

Su estómago comienza a gruñir cuando nota a los de fachada burguesa retirarse del auditorio. El dolor es intenso, pero cree lograr aún andar en pie sin la necesidad de ir a rastras como un mártir.

"Te dije que probaras lo necesario" Cuando oye a su padre dictaminar aquello, se queda sin palabras. Es confuso, puesto que desde el inicio siguió su consejo. Comer lo necesario es comer hasta donde ya no puedas más. Se refiere a un límite, ¿no? Pues, mientras no cruce la línea, todo no será lo suficientemente necesario hasta tocarla. "Hay una farmacia cerca de casa. Compraremos algo para el dolor estomacal y lo tomarás con un mate de hierbas, ¿bien?".

Recorren el mismo camino, con la diferencia de que su tórax ahora se retuerce como una araña con las patas desfallecidas y nerviosas. El traqueteo del tren lo emocionaba, pero con este nuevo malestar siente que lo sacudirán como gaseosa con bicarbonato.

La estación abollándolo con su figura no ayuda. Es inmensa y el chasquido de los trenes logra oírse desde la entrada. Ingresar a tal magnitud de monumento, para Koutarou es como dejarse consumir por una sombra.

"Papá, ve más despacio" Se queja no pudiendo alejar los pies más que unos centímetros a diferencia de los postes que lleva por piernas su padre. Se suelta de la mano, cansado, pero su padre le ordena continuar sin detener el paso a sabiendas de que Koutarou lo seguirá como una cría sigue a su madre pata hasta correr y volver a alcanzar su mano.

Solo pasan unos segundos. Koutarou está dispuesto a realizar lo que su padre predijo; sin embargo, una escena similar distrae su atención. Dos siluetas se desplazan fuera del torniquete de boletos con pequeños hatillos [2] de un peso insignificante. Parecen haber llegado recién a Tokio después de un extenso viaje y no solo atraen su curiosidad, también llaman la atención de mucha gente que voltea de reojo rápidamente y sigue su camino.

"¡No andes! ¡Para, papá!" Un niño pelinegro, con el cabello alborotado y puntiagudo hacia todas direcciones, trata de seguir el paso de su padre mientras es jalado con prisa desde el antebrazo. "¡Aún hay tiempo, volvamos a Kioto!" Tiene un aspecto modorro como si recién se hubiera espabilado de una cama llena de almohadas. Un flequillo aplanado cubre parcialmente su ojo derecho, así que le es difícil definir su expresión. Por el contrario, su cuerpo, tan expresivo como una obra de teatro, es una gama de raíces que luchan por contraerse más profundamente contra el suelo a causa de un huracán que desea sacudirlo violentamente fuera de su atmósfera.

"Déjalo ya, Tetsurou. ¿No lo entiendes? No nos queda nada ahí. Acostúmbrate a tu nuevo hogar" Sin hacer caso a sus plegarias, el hombre mayor sigue su camino sin pensar retrasarse.

"Pero mamá está en Kioto. ¡Yo no quiero vivir aquí!" No hay lágrimas. Y tampoco sabe si las hay en su ojo derecho. Pero puede notar que el izquierdo se cristaliza hasta asemejarse a una pequeña perla tan bonita y delicada, como también de un frágil cuidado, que Koutarou teme fragmentarla con tan solo su aliento hasta desgajarla.

"¡Mamá no está aquí ni en Kioto!" Con un aspecto desaseado y ebrio, el hombre mayor acerca a su hijo hacia él oprimiendo su mirada que no hace más que orbitar elípticamente hacia la nada, aunque se esfuerce por redireccionarla hacia el menor. Y a pesar de estar tan perdido como su hijo, la frase parece funcionar, enganchando dolorosamente al menor hacia la realidad. El niño baja la cabeza y las raíces dejan de luchar. Las perlas comienzan a descender y romperse en miles de pedacitos imposibles de volver a ensamblar.

Koutarou empuña las manos. Es como ver a las flores marchitar en otoño. Está furioso con el pedante vagabundo que el niño tiene por padre, es un pésimo jardinero. Nunca ha visto a alguien así cuidando de los pétalos de primavera de esa forma, su padre nunca sería capaz de actuar como ese señor. Quiere correr hacia ellos y enfrentar al inepto jardinero. Pero, ¿qué podría decir él? La adrenalina se drena de sus venas y también pisa realidad. Aquellas dos personas son desconocidos viviendo sus propios problemas y lo menos que han hecho es llamar a un crío como él que no tiene absoluta idea del porqué de su discusión por Kioto.

"Estarás mejor aquí" Es el último mascullo que escucha del padre, quien vuelve a llevar a rastras a su hijo sin que este vuelva a protestar, dejándose llevar como un pequeño peluche de felpa.

Aunque trate de estirar el cuello como un avestruz y seguirlos con la vista hasta fuera de la estación, es inevitable que pierda sus siluetas entre la multitud. "¿Por qué su papá actuaba así con él?" Cuestiona al aire, al espeso oxígeno flotando entre miles de habitantes viajeros. Cuando no hay respuesta, ya es demasiado tarde. Se da cuenta que su padre está fuera de su radar.

Gira la cabeza hacia todos los ángulos y lados, hasta dónde pueden llegar sus ojos. Cuerpos altos y bajos chocan con su vista, cientos de formas y cabelleras picotean sus ansias. Espaldas anchas y delgadas se sacuden al compás de los pasos. Es como el tic tac de un reloj. Millones de repiqueteos de tacones parecen hacer una mescolanza y fundirse con los chirridos de los raíles en un concierto sin sinfonía.

"¿Papá?" El semblante se le aflige y los pulmones se le achican hasta que el aire es reacio y se niega a ingresar. A este punto, Koutarou ha olvidado completamente su dolor de panza. En cambio, siente que, desde su vientre revoltoso, un frío se extiende por todo su cuerpo hasta envolverlo como una hiedra venenosa. Puede percibir que los tallos enredados en sus muñecas, tobillos y cuello, contienen espinas que se incrustan en su piel. El veneno lo adormece y la caricia de las hojas pica sus ojos hasta hacerlos arder. Congelado y en silencio, llora con terror.

No importa a dónde mire, las cabelleras pelinegras danzando en la altitud son falsedades que engañan sus esperanzas. Los rasgos de los transeúntes se nublan ante su vista borrosa llena de lágrimas. Lo que alguna vez fue un paraíso lleno de maravillas, ahora es un laberinto lleno de setos putrefactos bajo una noche oscura que no deja observar ni la luz de sus propias manos. No tiene conocimiento de los caminos ni las carreteras; estas se alargan y se achican, inentendibles. El mundo parece convulso y desea jalarlo a él también.

Turbado ante el terror, ante el mundo que gira bajo sus pies hasta marearlo y dejarlo sin sentido, siente que la presión del aire en sus pulmones lo terminará descoyuntando. Aunque levante la mirada, la opresión se acrecienta al notar que cada camino y pasillo son un desconocer incierto, bañados de un tinte negro como una litografía [3] maltrecha que reproduce un grabado una y otra vez sobre la misma hoja hasta volverla totalmente renegrida sin posible interpretación. No tiene a dónde ir, todo lo rodea; todo se ve igual y diferente a la vez como las centellas deformes en la oscuridad tras apagar la luz. No desea nada más que volver a encontrar el camino, a su padre. Nada es claro, ni a su alrededor ni en su mente. Los corros amorfos de personas parecen acrecentarse como gigantes esperando pisarlo como si fuese una hormiga, sus murmullos son paráfrasis que ofuscan más su mente y las inentendibles palabras del mundo se asemejan a megáfonos queriendo machacar su audición hasta escuchar un silencioso zumbido.

Como lentejuelas brillantes, decorando la tela de su visión, todo es nubloso y se le hace imposible poder distinguir cualquier forma. Los rostros de la gente parecen globos blancos andantes sin ninguna expresión o característica que pueda guiarlo hacia la salida de su desesperación.

Con la manga de su chaqueta frota el resto de líquido sobre sus ojos hasta hacerlos arder. Guiado por la desesperación y el instinto, su primer paso es un movimiento tembloroso tentándolo a volver hacia atrás. La confusión y el miedo desean obligarlo a entornillarse en su mismo lugar hasta sentirse un punto hundiéndose cada vez más bajo el peso de su propia soledad.

Al instante de ser nuevamente arroyado por los sentimientos que son acarreados por su pérdida, las lágrimas vuelven a caer e inundar su rostro.

"Papá..." Las lentejuelas brillantes de su visión se sobrepasan una a otra.

Una silueta alta y de temblorosa respiración acercándose a paso lento es lo último que ve antes de que sus ojos sean invadidos completamente por el llanto hasta solo ser capaz de ver todo blanco y gris. "¿Koutarou?" Rápidamente cierra los ojos y vuelve a limpiárselos con la tela de su chaqueta hasta hacer arder su piel ante la fricción. "¡Koutarou!".

"¡Papá!" Pero no importa el dolor e incomodidad de hinchazón. El mundo destruido, con los restos flotando en la nada ante una gravedad caótica, finalmente une sus piezas y se reconstruye hasta volver a hacer entendible los caminos para el pequeño Koutarou.

"¡Oh, dios santo, Koutarou!" Kazuo lo recibe en brazos y lo rodea fuertemente con el temor de volver a perderlo en cualquier segundo. "Lo siento. Lo siento tanto" Cada gota de llanto se entremezcla hasta desembocar en un mar de lágrimas tanto del padre como del hijo. Kazuo siente la misma fricción en el pecho que Koutarou experimentó, un sabor agrio, una perdición que nunca desearía haber vivido bajo sus entrañas como si el mundo lo consumiera hasta hacerlo perecer. "Está bien, todo está bien. Estoy aquí contigo. No volveremos a separarnos, ¿sí?" Arrastra cada lágrima y mechón hacia atrás, limpiando el lloriqueante rostro de su hijo. Besa su frente innumerables veces y lo vuelve a abrazar deseando olvidar el oscuro recuerdo vivido.

...

El camino parece extenderse sin un fin, se alarga como las tiras de chicle que ve consumir con frecuencia a Yukie. Se siente andar en un reloj de arena, a punto de ser asfixiado por la arenilla justo cuando el tiempo se acabe y la última piedrecilla dictamine el romper de las tiras de chicle y el concreto del camino.

Parece una hortera broma que, estando a un peldaño del delirio, la vida se interponga entre él y su camino. Su bandolera se atasca tras una multitud de jóvenes impidiéndole avanzar. La sola idea de frenar y ver correr el tiempo lo azora. Desearía tener un wakizashi [4] a la mano para poder cortar con su filo cada atadura y restricción.

"¡Bokuto!" La voz insistente de Konoha detrás de él no lo ayuda. No hay tiempo de parar y explicar las cosas. Con el enojo y la desesperación fluyendo por su sangre, jala de su bandolera con fuerza y se hace paso entre la gente. Está seguro que algunas pertenencias suyas debieron haberse caído luego de empacar todo tan rápido como pudo permitirse tras recibir la llamada de su hermana; sin embargo, a este punto, aquella suposición no llega a tomar ni mínima importancia frente al abismo en el que está a poco de caer su familia. "¡No me jodas! ¡Yo no seré quien dé explicaciones al entrenador!".

Cruzar la salida del recinto es un sentimiento de libertad insuficiente. Una vez adentrado en el parque Kinshi, el aire se estampa contra su rostro como cachetadas a sus mejillas pidiéndole espabilarse, pero el temor las quema y vuelve a su locura. Tanto el frío como el calor de la penuria predominan desde el fondo de su ser. Sus piernas desean correr a la velocidad de la luz atravesando cada hilera friolenta del clima. El viento parece anhelar hacerlo retroceder mientras el palpitante cansancio de su pecho da erráticamente dolorosas apuñaladas sobre su corazón y pulmones.

Aun así, no piensa detenerse. Deja atrás a cada transeúnte, como si fueran postes sin ninguna movilidad temporal. Es tal su rapidez, que el mundo parece interrumpirse bajo sus pies. Todo se siente estático, los árboles dejan de soltar quejidos contra las ráfagas y subsisten en un silencio eterno, las personas posan como esculturas de mármol o efigies de las buenaventuras y desdichas, los pájaros dejan de batir sus alas y quedan colgando de las nubes como carrillones. Lo único que puede escuchar es su propia respiración desacompasada evaporándose en el aire tan lentamente como el mundo. Los pájaros empiezan a caer del cielo como animales disecados sin ningún ápice de viveza; Koutarou se siente también caer, adolorido por el choque de la realidad, dejando atrás el cenit y la frontera del cielo. El mundo se detiene, pero el tiempo corre junto a él. La exasperación de no llegar a tiempo hace que sus labios sean cortados por las dagas de sus dientes y sus mejillas bañadas por los salinos lagrimales.

"¡Koutarou! Hace media hora llamé a mamá al trabajo para informarle que papá no está, pero aún no sé nada de ellos" Al otro lado de la señal, el llanto de Shiro fue lo primero que lo saludó tras llegar a los vestidores y notar que tenía un sinfín de llamadas perdidas. La euforia que había vuelto a nacer en él tras el partido ganado, se desvaneció tan rápido como lo hace el alma viva de una persona tras morir. Su sonrisa decayó sintiendo el peso de un embate sobre su cuerpo. Todos reían y celebraban tras su espalda, pero aquel ruido de gozosa felicidad se volvió un pitido insistente en sus oídos y lo único que pudo pensar con terror fue que sus pesadillas finalmente lo habían alcanzado. "Estoy muy preocupada. Todo pasó demasiado rápido. Ya reporté a papá como persona desaparecida, ¡pero realmente me siento una inútil sin poder ir a buscarlo!" Las palabras corrieron velozmente como un trabalenguas, inentendibles.

La sangre de Koutarou se había congelado y su piel palideció hasta el punto de asemejarse a un verdadero difunto. Escuchar la desesperada voz de su hermana lo hizo reaccionar sabiendo que para ella y el bebé era demasiado peligroso que sobrellevaran una situación como esa sobre sus hombros estando a solo pocas semanas de dar a luz. "Todo estará bien, onee-chan. Ahora mismo iré a buscarlos. Tú no tienes que preocuparte. Confía en mí y quédate en casa a la espera de alguna noticia de la policía, por favor" Apenas comenzó a proferir, agarró todo lo que estuviera en sus manos y lo metió en su bolso como un remolque bajo el ojo curioso y confuso de sus compañeros. Sin mediar ninguna palabra más, colgó y corrió fuera de los vestidores extrañando a todos.

"¿Eh? ¡Bokuto!" El llamado de su nombre comenzó a resonar como el llamado de las campanas de una iglesia. El repercutir del primer toque se dio media hora antes de comenzar la misa, aumentando sus ansias.

Con las piernas agotadas y sus rodillas flexionadas deseando rendirse, Koutarou se da cuenta que falta poco para llegar a la estación de Kinshichō. La tempestad del viento es más violenta una vez deja atrás el parque Kinshi. Ya no hay árboles que balanceen sus ramas y apacigüen la furia de la brisa como un escudo. Ahora las veredas bordean las autopistas y los carros rugen y rasgan el concreto. Koutarou puede jurar que, desde su ubicación, a pesar de encontrarse demasiadas calles alejado, es capaz de oír la corriente del río Yokojikken. Fluye parsimoniosamente con una grave tonada que reproduce los susurros y melancolías de la ciudad, es un trasfondo que acompaña la melodía inquietante y estentórea de las campanas.

Los colores del semáforo tintinean al son de los cláxones. Es una suerte que los vehículos se detengan justo cuando llega al filo de la carretera para cruzar junto a los transeúntes. No obstante, no importa que sobrepase a toda la multitud, Koutarou sabe perfectamente que no llegará a tiempo a casa. No importa si salta los escalones de la estación como si estuviera en una carrera de obstáculos, no importa si rebasa a todos los pasajeros para ganar tiempo en la máquina expendedora, no importa si hace oídos sordos a sus quejas y tampoco importa que ha alcanzado ingresar al tren.

Cree que no logrará acompasar su respiración. Su pecho sube y baja casi simultáneamente. Su mano derecha se aferra al pasamanos y sin espera siente al tren avanzar. Y aunque su objetivo está finalmente cumplido, no importa la impotencia que siente al aceptar que sus piernas no pueden ir incluso más rápido que el transporte ferroviario. No importa lo que desee, de ninguna manera podrá estar a tiempo para su padre. Una hora de espera, detenido junto al mundo e incapaz de correr junto al tiempo, es peor que cualquier castigo para cubrir un pecado.

El aire expelido de sus labios es tembloroso, su cuerpo aún se contrae sobre sí mismo y sus músculos no dejan de tener espasmos de desaliento. Desde la ventana puede ver que ya están cruzando el río Sumida. Algunos niños giran sobre sus asientos y embelesan, admirados, la extensa corriente que brilla como escarcha desparramada por el cielo. En cambio, Koutarou la considera una tempestad abrasadora que está a segundos de alzarse sobre sus aguas y devorarlo por completo.

Conforme sus pensamientos albergan letanía de sutras hasta desbordar, la tarde avanza y la luz del exterior se muda a un color suave y otoñal. La escena se pintoja así misma como pacífica, mientras un huracán colisiona en el interior de Koutarou. El golpeteo constante de su pie cuenta los segundos y minutos transcurridos que le arrebatan un suspiro de vida. Aún falta quince minutos tras cuarenta minutos sin tener ninguna noticia o llamada.

Con la insistente necesidad de saciar sus nervios, rápidamente vuelve a tomar su celular y marca el número de su hermana.

"Onee-chan, ¿alguna noticia?" Aprieta el agarre sobre el aparato y apoya el cuerpo contra una baranda. Las viviendas no dejan de correr ante su vista. El miedo crece y no puede quedarse simplemente en silencio, necesita estar informado, aunque él y su hermana estén encadenados. No desea pensar en nada más que en su padre y su presente. Se esfuerza por dejar estático el futuro y la predicción de lo que podría ocurrir, lo que su madre podría decidir.

"Los oficiales llegaron a casa. Logré contactar a mamá y hace unos veinte minutos una patrulla se fue para apoyarla en su búsqueda..." Shiro sella los labios y el silencio inunda los oídos de Koutarou. El traqueteo del tren y el murmullo de la gente son los únicos ecos que atestan el ambiente. "Tengo miedo que le pase algo malo, Koutarou" Como un impulso, la vuelve oír hablar. El bicolor puede imaginársela, con el rostro afligido y el labio inferior entre los dientes reprimiendo un sollozo. "Es mi culpa" Seguramente con su cabello albino, corto y alborotado cayendo sobre su rostro como un pañuelo que absorbe las lágrimas. Con los hombros estremecidos y la espalda encorvada. "Yo debí haberme quedado todo el tiempo a su lado. Era mi único trabajo, pero soy-.".

"No es tu culpa" Rápidamente interrumpe, no puede aceptar escucharla despreciarse a sí misma. Koutarou también tiene el rostro afligido y los labios entre sus dientes filosos. Un nudo está dolorosamente atorado en su garganta y mayoría de su cabello blanquecino cubre parte de su rostro. "No es culpa de nadie. Y si sigues insistiendo entonces es culpa de todos. Entonces yo no debí haberme ido en la mañana, debí haberme quedado, debería estar ahí ahora mismo" Su voz tiembla y ya es inevitable seguir escondiendo sus hipidos. No le importa que la gente voltee a verlo.

"No, no, Kou. Por favor no te castigues así. Eres tan joven... y... y-y es tan injusto... Pero ya lo sé, lo sabemos, nadie elige lo que tiene que pasar" Con una rápida inhalación, Shiro vuelve a hablar. "Ahora la policía se está haciendo cargo. Así que no te agobies ni tomes decisiones precipitadas como saltarte el semáforo. Promételo, por favor. La sola idea me pone más nerviosa".

"Está bien" Koutarou suspira y se esfuerza por dejar de golpetear el pie contra el suelo.

Al otro lado de la línea, Shiro se limpia contra su polera el sudor colado entre los dedos. Está más tranquila tras la afirmación de Koutarou, pero es imposible que los nervios y el miedo la abandonen hasta que todo se resuelva. Su vista salta de un lado a otro rápidamente sin saber dónde enfocarla. Por un instante vuelve a observar a los dos oficiales hablando entre ellos, sentados en el sillón frente a ella. Recuerda la conversación que tuvo con ellos en su momento más angustioso y de llanto, tratando de ser tranquilizada por los dos hombres. "Los agentes me estaban explicando que no es el primer caso que reciben sobre una persona desaparecida con Alzhéimer. Por lo general tienden a deambular muy cerca de casa, hasta algunas cuadras o hasta algún parque".

"Si eso fuera así, ya lo habrían encontrado" Koutarou frunce el ceño. Sabe que la policía está haciendo todo lo que está en sus manos, pero la sola idea de pasar por alto la ubicación de su padre estando tan cerca de ellos, le hace crispar la piel.

"Lo sé, justamente eso es lo que nos preocupa. Llamé al doctor Hiroshi y se nos hace difícil entender cómo, pero es posible que papá haya encontrado alguna forma de ir mucho más lejos. Algo debió haber activado algún recuerdo o rutina pasada, haciéndolo volver a realizar ese viejo hábito. Tal vez su trabajo o...".

"Pero, ¿qué lo instó a hacerlo? ¿Seguía insistiendo con volver a casa?".

"No. Tan pronto desayunó el tema quedó atrás. Mamá se fue al trabajo y él estuvo demasiado tranquilo las siguientes horas viendo como siempre caricaturas en la tele..." El silencio dura apenas un segundo antes de cambiar abruptamente la dirección del tema cuando sus ojos caen sobre un periódico reposando en la mesa del centro. "Ahora que lo recuerdo, antes de su escape, uno de esos niños vendedores de periódico tocó la puerta. Decidí comprarle uno porque recordé que a papá le encantaban, pero cuando lo dejé en la sala y volví del baño él ya no estaba" Tras aquella información, los oficiales voltean a verla deseando que se explaye más, pues es un detalle que no puede ser pasado por alto.

El tren arriba en la Estación de Hachioji. Las puertas se abren lado a lado dando libre paso a los pasajeros. Todos se mueven en su propia órbita y Koutarou se apura en marcharse del transporte. "¿Un periódico?" Koutarou se encoge de hombros y pasa lateralmente por las estrechas rendijas humanas que el tumulto le deja transitar. Más tranquilo, susurra un suave 'perdón' por adelantarse abruptamente de la disciplinaria salida de la gente. "¿Aún tienes el periódico? ¿Hay algo que llame tu atención?".

Shiro rápidamente dobla su cuerpo hasta donde su panza le permite y toma el fajo de papeles prensa. "Estaciones de trenes acrecientan cifra de niños perdidos, de tres a cinco años, en los últimos meses" Lee cuidadosamente el titular, a la espera de encontrar respuestas. Una gran imagen impresa de la Estación de Tokio aparece bajo los subtítulos. "No encuentro nada que pueda relacionarse" Shiro pasa las páginas leyendo rápidamente cada título y analizando cada imagen en búsqueda de algún sentido. Leer la sección necrológica le pone los pelos de punta. Ya no es divertido como antes, ahora leer los obituarios le deja un sabor agrio que quema la boca del estómago.

"¿Cifra de niños perdidos en estaciones de tren?" Koutarou para su andar. De repente todo conecta en su cabeza y los recuerdos se proyectan frente a él como una imagen lenticular entre el presente y el pasado. Como si una lupa hubiera extendido su visión, lo puede ver. Kazuo está a unos metros, achicado en sí mismo y dando vueltas sin saber qué camino de la telaraña es el correcto.

"Sí, es lo que dice los titulares. ¿Tiene sentido para ti?" La voz de Shiro lo trae devuelta, recalcándole que ya no es aquel niño perdido de siete años. "¿Koutarou?".

"Onee-chan, lo encontré" Pero no puede evitar verse reflejado en su padre, sentir que su miedo y su sentimiento de pérdida son lo que alguna vez sintió. Su padre ahora es el niño vulnerable, aquel que necesita ser encontrado y guiado; aquel al que le prometan que ahora todo estará bien, que nada malo volverá a suceder, que nunca estará solo; aquel que necesita de alguien para poder sobrellevar el mundo. Un dolor inexplicable invade el pecho de Koutarou.

"¿Q-Qué? ¿Dónde? ¿Có-?".

"Está frente a mí. No te preocupes, lo llevaré a casa. Tengo que cortar" Guarda el celular sin apartar la vista de su padre. Se acerca a él como si hollara por un cenagal, retrasando sus pisadas por el lodo blando.

"Estación... Estación..." Kazuo murmura. Las palabras son liberadas como un hálito, evaporándose hasta perderse velozmente. Cada paso que da es diminuto, arrastra las pantuflas como si ligara el suelo y toquetea sus uñas contra la boca. Su larga chompa parece una capa sobre sus hombros a punto de resbalarse de sus brazos y caer hasta ser olvidada. Su espalda forma un gran arco; está tan metido en su mundo, que parece un pequeño niño perdido. "Sí, estación... Koutarou... perdido". La gente pasa constantemente por sus lados, poniéndolo nervioso y obligándolo a aumentar el paso, aunque solo fuera un centímetro.

"¿Papá?" Koutarou está a solo medio metro, reteniendo la respiración y encadenándose a sí mismo para no saltar a abrazarlo.

"¿Papá? ¿Quién eres?" Kazuo levanta la mirada. El bicolor siente que algo obstaculiza su respiración tras escuchar la pregunta que mil veces ha estado escuchando los últimos años y de la que definitivamente nunca se acostumbrará. Toda la oleada nociva que luchó por apaciguar dentro del tren, ahora resurge y lo azota sin piedad. Empuña las manos y trata de guardar compostura para no destruirse frente al mayor.

"Koutarou, tu hijo".

"Koutarou..." Kazuo analiza lentamente la figura del hombre frente a él. No es un niño, no es su pequeño Koutarou. No lleva consigo sus clásicas bermudas y chalecos de algodón, ni curitas en las rodillas y codos. Su cabello no está alborotado y sus cachetes tampoco están ensuciados con tierra. La persona frente a él es alta, corpulenta y sin la característica sonrisa de su hijo. "Koutarou..." Pero tiene sus ojos dorados, esos que tanto adora. Su cabello es bicolor con las puntas paradas, un peinado estrambótico que siempre su hijo ha amado.

"Sí, papá..." Koutarou devuelve sus lágrimas y mocos. Sabe que no es momento para llorar. "N-Nosotros... Debemos ir a un lugar más seguro, ¿sí?" Surca sus labios después del caos, asegurándose de transmitir confianza.

El resto del camino Koutarou camina al lado de su padre, al ritmo de su paso lento y lijoso. Transcurre un largo tramo de tiempo hasta lograr estar cerca de casa. Unas cuadras antes, puede notar una patrulla estacionada junto al carro de su madre, seguramente ella ya se encuentra en casa también. Cuando abre la puerta e ingresa después de su padre, es recibido rápidamente por los brazos de su progenitora. Todos están aglutinados en la sala formando una estrecha circunferencia entre los sillones. Shiro se levanta de su asiento apenas ve a su padre y con lágrimas secas se acerca a él para ofrecerle llevarlo a su habitación. Los tres se abstienen de engullir a Kazuo con abrazos y cuestiones, saben que aquello sería peligroso y lo asustaría.

"Kou, lo siento" Su madre se separa de él y aleja los mechones de su frente. Sus ojos cristalinos lo ven con adoración, rememorando la primera vez que tuvo en brazos al que alguna vez fue una pequeña pelusa bicolor.

"¿Por qué lo dices?" Koutarou sabe que no es un inusitado temor el que comienza a sentir por todo su cuerpo. Hoy sus emociones tuvieron que pasar por enrevesadas carreteras; sin embargo, el miedo de ahora no es el mismo, no puede ser sucedáneo.

"Por todo" Su madre le da un beso en la frente. La efímera conexión hace saber a Koutarou que su madre se encuentra en igual situación. Los dos han estado viviendo con la misma pesadilla por años. "Debemos hablar".

Los dos pares de ojos dorados se encuentran, analizándose uno al otro. Dos gotas de agua mirándose tras un espejo esperando que el otro le susurre que todo es irreal, que solo es un espejismo del que pronto despertarán.

"Entiendo" Koutarou aún no comprende por qué su cordura no se ha desmoronado. Sabe lo que se avecina. Sus pesadillas se arremolinan como un tropel de sombras, monstruos que desde su espalda desean clavar garras sobre sus hombros y jalarlo hacia la oscuridad del mismo infierno.

Sube sin ganas las escaleras, sintiendo las piernas pesadas, como si las plantas de sus zapatillas estuvieran pringosas o encadenadas por un ancla. No le importa indagar si el causante es el espasmo de su corrida por Sumida o por la pesadez de su corazón. Apenas deja la sala atrás junto a la voz de su madre despidiendo a los policías, se acartona en medio del pasillo. Tiene las ansiosas ganas de regurgitar. Desea volver a correr por un campo plano sin obstáculos, llegar a las laderas de un abismo y desgañitar hasta quedarse sin voz.

"Kou, cariño" Las sombras que desgarran la piel de su hombro sufren una metamorfosis. Ahora, la cálida piel de su madre lo envuelve; como en el pasado, cuando era cargado por sus brazos mientras articulaba la melodía de una canción de cuna acompañada de una marejada. "Vamos".

Los dos terminan de cruzar el pasillo. Antes de llegar al cuarto de Koutarou, ambos pueden escuchar los susurros sincopados de un 'lo siento'. Al ladear el rostro, observan la escena en el cuarto contiguo. Kazuo duerme parsimoniosamente sobre la cama, cubierto de hombros a pies por una manta. Shiro está sentada en el borde, sobando las mejillas de su padre y limpiándose las lágrimas para que ninguna caiga sobre ellas. Algo en el corazón de Koutarou vuelve a ser tensado.

"Sigamos" Su madre no deja de posar su mano sobre su hombro, dando suaves caricias circulares con su pulgar, buscando calmarlo y guiarlo.

Koutarou se sienta en su cama como un costal de papas que ha estado siendo trasladado por hormigas. Su madre se posiciona a su lado con delicadeza, sin lograr sacar algún quejido del colchón.

"Sé lo que vas a decir y tú sabes lo que yo responderé" Koutarou es franco. La mira sin temor a los ojos. La situación está dada y lo que dice no es más que una verdad que ha estado oculta en lo más profundo de sus mentes.

"Y tú sabes que esta decisión no me concierne solo a mí. Por eso, más que convencerte, necesito que lo entiendas" La mayor lo toma de las manos. "Tú sabes bien que tu deber no es más que vivir como cualquier adolescente. Ahora mismo deberías estar enfocado en tu equipo, tu competencia y no estar aquí".

"Ganamos las dos rondas, así que fuimos clasificados como el primer equipo en representar a Tokio. Y aunque no lo hubiéramos hecho, nada es más importante que mi padre. Hubiera dejado todo atrás".

"Me siento orgullosa, cariño" Se limpia una rebelde lágrima con el dorso de su mano y vuelve a tomar la de su hijo. "Pero, ¿si quiera le informaste a tu entrenador? Kou, no eres el único que compite. Muchos de tus compañeros también tienen grandes sueños y colocan su confianza en ti".

"Lo sé..." Koutarou, cabizbajo, aprieta el agarre entre ellos. "Prometo que me disculparé. Pero no me puedes pedir que anteponga las cosas por sobre mi padre. Se perdió. ¿Qué tal si no lo encontraba a tiempo? ¿Qué tal si él hubiera decidido irse a otro sitio? ¿Y si le pasaba algo? Y-Yo no me lo hubiera podido perdonar, madre" Con un brillo acuoso de lágrimas mal contenidas en los ojos, esta vez Koutarou es quien se limpia el rastro del líquido y vuelve a tomar las manos de su madre, temeroso ante la idea de que se disipe su agarre y pierda el rumbo en la oscuridad.

"Lo sé, lo sé" La aprensión también la consume, pero no suelta a su hijo. "Y-Y perdóname, perdóname por no ser suficiente. Perdóname por no darte la paz que mereces, la confianza que necesitan tú y tus hermanas para saber que nada malo le pasará a su padre mientras esté conmigo..." Koutarou es contagiado. Le estruja el corazón ver así de destrozada a su madre, con el rostro empapado, con estertores invadiendo su respiración y el pecho convulso como si estuviera a punto de tener un ataque. Rápidamente suelta sus manos y la envuelve en sus brazos, esperando alejar todas las agonías que la carcomen. "P-Pero no soy ningún superhéroe, Kou" Su voz se rompe y libera el llanto retenido, correspondiendo el abrazo y dejando salir todo el dolor.

Koutarou llora en silencio, no desea alterarla más. Su única forma de consuelo es abrazarla y reconfortarla con caricias mientras siente bajo las palmas los trémulos movimientos que sueltan el cuerpo de su madre. Pasan unos minutos hasta que ella logra calmarse y alejarse levemente.

"Ha-ablé con el doctor. La enfermedad de tu padre no hace más que avanzar. Ahora está en una etapa complicada. Se necesita mucho más presupuesto. Aunque no lo deseemos, tu papá seguirá intentando escapar. La mejor forma de prevenirlo y que no vuelva a pasar es colocando alarmas y seguros en la puerta. También necesita nueva medicina y... silla de ruedas. Poco a poco su capacidad motora se perderá y habrá cuidados más minuciosos" Su madre guarda silencio unos segundos para respirar y aclarar su voz ronca. "Shiro pronto tendrá a su bebé. Ni siquiera en su estado actual es aceptable que la deje cuidar a tu padre. Estoy obligada a dejar el trabajo".

"Madre..." Koutarou la observa con asombro. Su labor en el hospital es como una bendición divina para ella. Desde que tiene uso de razón nunca la ha visto quejarse, siempre llega con una radiante sonrisa y cuenta cada anécdota como si en un cuento de hadas ella hubiera sido la hada madrina que salva la vida de los protagonistas. Su madre siempre ha amado, ama y amará su trabajo.

"A Burakku aún le falta mucho para que termine su especialidad, pero le han ofrecido un trabajo allá en Europa en un equipo de investigación. No es mucho, pero será capaz de solventarse por un tiempo. También me dijo que me ayudaría con los gastos..., pero no será suficiente" Su madre se acaricia las manos, buscando respuestas entre los pliegues de su piel. "Pronto tendremos al bebé en casa, habrá muchas cosas que comprar para su cuidado. Tengo que seguir pagando la mensualidad de tu preparatoria, ¿cómo costearemos luego tu ingreso a la universidad? Tu padre también necesita seguir con sus tratamientos y medicamentos, y la silla de ruedas no es barata. Las facturas de la casa tampoco se pagan solas" Sus manos terminan sobre su rostro, escondiendo la desesperación impresa en su rostro. "Simplemente no puedo dejar el trabajo, pero tampoco puedo descuidar a tu padre".

"¡Yo p-!".

"No entra en discusión tu idea, Bokuto Koutarou" Sus manos se alejan y hacen visible su ceño fruncido junto a sus ojos hinchados y rojos. "A veces siento que lo que digo te entra por un oído y te sale por el otro".

"¿Y qué decidirás entonces?" Los ojos de Koutarou vuelven a arder, sus lacrimales son como un caño en mal funcionamiento que no deja de gotear. "¿Lo harás? ¡¿Lo abandonarás como a un perro?!" La agitación en su pecho crece, su visión es borrosa y su mente está en un estado de devaneo.

"¡No lo abandonaré!" Su madre corresponde su alteración. Ninguno quiere flaquear ante el otro, ninguno aceptará que le digan que Kazuo no es importante para ellos. "Tú no entiendes el dolor que estoy sintiendo ¡No quiero hacerlo, pero lo amo! ¡Lo amo, por eso lo hago!".

Koutarou difumina su enojo, sus hombros se serenan. Él lo tiene presente, sabe que su madre lo ama con toda su alma.

"Yo también lo amo, mamá. Por eso mismo no dejaré que lo abandones en un asilo, que lo alejes de nosotros, al cuidado de desconocidos".

El fuego se atenúa, su madre también calma su respiración y el brillo comprensible en sus ojos vuelve a ofuscar la habitación.

"Tienen unidades especiales con profesionales mejor capacitados para su cuidado. Estará atendido las veinticuatro horas del día. No hay mejor lugar seguro para él que ese".

"Permíteme ser yo quien lo cuide. P-Por favor. No me importa dejar la escuela, estaré junto a él cada segundo. Y-Yo-." Koutarou no puede seguir articulando palabra. Las lágrimas lo atragantan, el dolor lo asfixia y los sollozos lo acallan.

Con delicadeza, su madre lo toma de los hombros y hace que la mire. Esta vez no piensa llorar, no se derrumbará y seguirá resistente para sus hijos como lo estuvo los últimos años. "Koutarou, tienes dieciséis años, sé que comprendes la seriedad del asunto. Luchas por tus ideales y eso me hace sentir orgullosa, pero tú también amas a tu padre y sabes lo que es correcto" El llanto de Koutarou se acrecienta hasta volverse alaridos que se opacan y pierden cuando se abraza a su madre y esconde su rostro en su pecho. "A veces desearíamos solo ser egoístas, pero tenemos que pensar también en el bienestar de quien amamos" Con calma, la mayor besa su cabeza bicolor y acaricia sus mechones guardando silencio en la habitación mientras los gimoteos de Koutarou se acompasan.

Madre e hijo son iluminados por los últimos rayos de sol. Los ojos áureos de Azumi despiden el día y dan bienvenida a la noche.

...

[1] Es un sistema de examen común nacional para todos los estudiantes del país que desean ingresar a la universidad. Todo estudiante que desea ingresar a la Universidad pública y/o estatal deberá rendir sin falta este examen. Tratándose de la Universidad privada, será necesario rendir este examen si dicha universidad utiliza este sistema para el ingreso. En las universidades públicas y estatales este será el primer examen, y el segundo será los exámenes que realizan cada Universidad. El resultado de la suma de las notas del 1er y 2do. examen, determina la aprobación o el fracaso. Dentro de la universidad privada, existe los que aprueban el ingreso con el resultado de este examen (A esto se denomina ingreso por medio del uso del sistema del examen de Centro Nacional; Center Riyoo Nyuushi).

[2] Un hatillo, hato o linyera es un paquete de ropa o pequeños enseres envuelto en un pañuelo o trapo. Se puede considerar un símbolo representativo de campesinos de baja extracción social, vagabundos o marginados sin hogar. Hoy en desuso, era bastante habitual entre los viajeros con pocas posibilidades económicas.

[3] La litografía es un procedimiento de impresión que consiste en trazar un dibujo, un texto, o una fotografía, en una piedra calcárea o una plancha metálica. Es una técnica antigua de impresión en la cual reproducimos el dibujo, o grabado que hemos realizado sobre la piedra, al estamparlo sobre una hoja de papel.

[4] El wakizashi, también conocida como shōtō, es un sable corto tradicional japonés, con una longitud de entre 30 y 60 centímetros. En el caso del más corto, casi habría que hablar de tantō, un tipo japonés de cuchillo.

Dato: Adagio (despacio en italiano) es un término musical que indica el tempo en el que se debería interpretar una obra musical (concierto, sonata, sinfonía, cuarteto), a un paso moderadamente lento y tranquilo. También puede significar proverbio, refrán, una expresión concisa que suele tener una enseñanza moral y que resulta fácil de memorizar o aprender. Un ejemplo es "Más vale tarde que nunca". Conocí esta palabra gracias a la canción Adagio de Lara Fabián.