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La Sua Bella mente (Fanfiction de Twilight): Después de una devastadora traición personal y profesional, Bella vuelve al único lugar en el que se siente segura y feliz: las montañas de Georgia. Una decisión impulsiva de ir de excursión por el Sendero de los Apalaches le ofrece la oportunidad de recuperar su confianza, autoestima y tal vez una apreciación más profunda por la singularidad de su hermosa mente. Historia escrita por hikingurl y traducida por AlePattz. La historia fue convertida en libro, bajo el título "Her beautiful mind" por Janet Ake. Está disponible en Amazon.


Capítulo 22 ~ Descubrimientos
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—¿Hablas en serio? —le pregunto a un Edward sonriente.

—Sí, te escuché decir lo frustrante que es conseguir todos estos esmóquines y vestidos a los clientes para la gala. De verdad creo que mereces ir. —Sonríe y toma mi mano entre las suyas.

»Bella, vamos, te encantará. Es por caridad, e irás conmigo. —Prácticamente me está suplicando.

—¿Y Sebastian? Mi padre no puede venir con sólo dos días de antelación. —Sé que estoy tratando de encontrar todas las excusas posibles para no ir, aunque suene más que glamoroso.

—Bueno, ¿considerarías pedirle a mis padres que lo cuiden, o a Demetri? —Veo que se encoge ligeramente cuando dice el nombre de Dem.

—Debería preguntarle a Demetri primero; es lo correcto.

—Entonces, ¿eso es un sí? Porque si él dice que no, estoy seguro de que mis padres dirán que sí. —Ahora está radiante; sus ojos brillan de emoción.

—No tengo vestido, Edward, y es un poco tarde para comprarme uno —susurro y me miro los pies. Sé que estoy exagerando.

—¡Ey! —Me pasa el dedo por debajo de la barbilla y me levanta la cabeza—. Seguro que a tu amiga Rose le encantaría ayudarte. Y si no, lo haré yo.

Suelto una risita. —¿Tienes muchos vestidos de baile en el armario?

Pone los ojos en blanco. —¿Y si los tuviera? ¿El travestismo es un problema para ti?

Frunzo los labios y finjo estar considerando su pregunta. —Depende, ¿cuánto calzas?

Me da un ligero empujón en el hombro. —Da igual, olvídalo, no te voy a prestar mis increíbles zapatos.

Me río y beso sus perfectos labios. —Eres demasiado bueno conmigo.

Me rodea con sus brazos y me acerca aún más a él. —Es porque te amo, ahora, ¿quieres acompañarme?

¿Cómo puedo decir que no a esos ojos? —Bueno, Edward, yo también te amo y me encantaría ir a la gala contigo.

—¡Maravilloso! —Me besa hasta dejarme sin aliento.

~BoaB~

Dos minutos después de que se va, llamo a Rose y le pregunto si puede ayudarme de alguna manera. Por supuesto, me dice que sí y que tendrá un montón de vestidos listos para mí mañana temprano.

Siento los nervios a flor de piel cuando llamo a Demetri. Creo que puede ser una buena forma de que pasen tiempo juntos y estrechen lazos.

Contesta al cuarto timbrazo. —Hola.

—Hola, Dem, ¿cómo estás?

—Bien —dice con cautela.

—Genial, maravilloso, sí. —Pongo los ojos en blanco ante mi propio titubeo.

—¿Va todo bien, Bella?

—Sí, uhm... necesito pedirte un favor. —Sí, un favor, eso está bien.

—Bien, ¿qué pasa?

—Tengo una gala a la que me invitaron... Es para caridad, ¿sabes?

—Claro, si tú lo dices. ¿Me estás pidiendo que vaya contigo?

Santos cielos, no. Sólo dilo, Bella. —No, en realidad me lo pidió Edward.

—Mmhmm. —Genial, suena molesto.

—Es el sábado, ¿puedes cuidar a Seb? —Dejo escapar un suspiro.

—¿Ese es el favor? ¿Me estás preguntando si puedo quedarme con nuestro hijo? —Se ríe entre dientes.

—Bueno, sí.

—No es un favor cuidar de mi hijo, Bella, soy su padre —se burla.

—Lo sé, solo sé que trabajas a horas intempestivas, que te avisan con poca antelación y...

Me interrumpe. —Escúchame, Bella. Lo entiendo, he sido un padre de mierda, pero lo decía en serio cuando dije que ahora estoy aquí. Tener un hijo significa muchos momentos de poco tiempo. Esto será bueno para mí y Seb, y para ti. Tienes que ver que hablo en serio.

Me quedo sin palabras.

»¿Bella? —Oigo a Demetri al otro lado, y lo único que puedo hacer es gruñir.

»Entonces, ¿a qué hora me necesitas? —Sigue hablando. Sacudo la cabeza para despejarla.

—Uhm... Bueno, tenemos que estar allá a las siete, así que quizá como a las cinco y media —digo.

—Bien, entonces necesitas que lleve la cena; ¿qué tal pizza? —Parece emocionado.

—Sí, claro, a Seb le encantará.

—Genial, entonces me aseguraré de estar antes de las cinco, ya que a él le gusta comer a esa hora, ¿no?

¿Quién es este hombre y qué ha hecho con Demetri? —Sí —apenas susurro.

—Bien, entonces, ¿hay algo más? —pregunta.

—No, gracias, Dem.

—No tienes que darme las gracias, Bella. Soy su padre. Ya es hora de que empiece a actuar como tal.

—Vaya, Dem, me alegra mucho oír eso.

~BoaB~

—¡Mami, mami, mami! —Sebastian baja corriendo las escaleras a la mañana siguiente.

—¿Sí, cariño? —Me río al verlo. Tiene el pelo revuelto y una sonrisa bobalicona en la cara.

—¡Mira lo que he encontrado en el baño! —dice emocionado.

Enseguida se me abren los ojos. No son palabras que una madre quiera oír.

—¿En el baño? —Me alejo un poco de él mientras corre hacia mí con las manos en alto.

—¡Una lagartija, mamá, mira!— Me empuja la viscosa criatura de cuatro patas. Grito. Grito como si me estuviera quemando.

Cierra la mano y se acerca la lagartija al pecho. —¡Mami, shh! La vas a asustar. —Da un paso atrás.

Me agarro el pecho. —Seb... tú —intento recuperar el aliento—. ¿La?

Él asiente. —Sí, le puse Ensalada.

—¿Qué? ¿Ensalada?

Pone los ojos en blanco. —Es una salamandra, ¿ves? —Vuelve a abrir las manos y yo jadeo.

—No, de ninguna manera, Seb, no va a pasar. —Sacudo la cabeza—. Nada de mascotas, definitivamente no de las que se pueden salir de las jaulas y arrastrarse por la casa y meterse en mi cama y... —Me estremezco.

—Aww, mami, ¿por favor? —Me pone el labio saliente y los ojos de cachorrito.

Di que no, Bella, dilo. —No tenemos un hábitat para ella. —Sí, soy una tonta.

—Podemos ir a la tienda de animales —dice Sebastián, el que todo lo sabe.

Agacho la cabeza en señal de derrota. —¿Qué tal un hámster? —Prácticamente se lo suplico.

—Qué asco, demasiado peludo. —Se asoma a la mano y sonríe alegremente al asqueroso reptil.

—No sé nada sobre cuidar salamandras, Seb.

—Yo sí —dice—. Es una salamandra moteada, pero aún es pequeñita, así que debe de ser un bebé. Necesita un acuario húmedo. —Me mira con ojos sonrientes.

—¿De verdad, Seb? ¿Una salamandra? —Sé que me estoy quejando un poco, pero vamos.

—Sí, de verdad, mamá. La encontré, es el destino.

—¿El destino? —Me río—. ¿Qué sabes tú del destino?

Se encoge de hombros. —Un poco.

—Cuéntamelo mientras te preparamos para ir al colegio.

Cojo un recipiente y le hago unos agujeros. Seb mete a Ensalada, su salamandra, dentro con un poco de agua y subimos a prepararnos.

~BoaB~

Después de que Seb sube al autobús, me dirijo a Bergdorf's para ver la colección de vestidos que Rose tiene para mí. Luego tengo que parar en la tienda de mascotas... ¿Por qué yo?

—Aquí estás —dice Rose feliz—. ¿Por qué tardaste tanto?

—Rose, llegué diez minutos tarde. ¿Los vestidos tienen fecha de vencimiento o algo? —Sacudo la cabeza y la sigo a la trastienda.

—Nunca se sabe, Bella. —Abre una puerta grande—. Por aquí.

Entramos y se encienden las luces. Es un vestidor digno de Elizabeth Taylor.

—Vaya, Rose, esto tiene mucha clase —digo mientras mis ojos absorben todo el resplandor de la habitación. Suelo seleccionar la ropa de mis clientes y llevarles lo que eligen.

A cado una le gusta que su modisto personal haga su magia, así que nunca antes había tenido el honor de estar aquí.

—Sí, mantenemos esto disponible para nuestros clientes más valiosos. —Ella sonríe dulcemente.

—Aww, Rose, ¿estás diciendo que soy valiosa? —Le muevo las pestañas.

—Sí, sí, que no se te suba a la cabeza. —Despliega un montón de vestidos. Son todos de diferentes diseños y colores.

—No tengo tiempo de probármelos todos, Rose.

—Lo sé, anoche estuve pensando en un color para ti. Y al principio pensé en rojo —dice y yo jadeo.

»Sí, por eso cambié de idea. A ti no te va lo llamativo. Entonces pensé en azul. Pero no cualquier azul. —Me baja un vestido y mis ojos se abren de par en par.

Me enseña el vestido más bonito que he visto nunca. Es un vestido sin hombros, acampanado con gracia en la parte inferior. El material es un satén azul oscuro brillante, con pequeños cristales azules más claros cosidos por todas partes. Es como mirar el crepúsculo. Es perfecto.

—Por favor, dime que es mi talla, Rose.

Se ríe entre dientes. —Por supuesto, Bella, todos son de tu talla.

Me levanto y le cojo el vestido. —¿Cuánto cuesta? —Le pregunto.

Me dice que no. —Nada, considéralo mi contribución a la caridad.

—¡No! —Sacudo la cabeza y se lo devuelvo—. No puedo.

—Puedes, y lo harás. —Me lo devuelve.

—¿Por qué? Seguro que puedo elaborar un plan de pagos o... —Miro la etiqueta—. ¡Dios mío, Rose!, este vestido cuesta más de dos mil dólares.

—Pruébatelo. —Me empuja detrás de una cortina.

No discuto porque realmente quiero ponérmelo.

Cuando lo hago, me enamoro al instante. Brillo y resplandezco. Incluso parezco elegante con este vestido.

Corro la cortina. Rose sonríe y asiente. —Sabía que te quedaría perfecto.

—Es demasiado —susurro mientras deslizo las manos por el vestido.

—Sí, bueno, es tuyo. Ya lo pagué. —Sonríe malvadamente.

—¿Qué?

—¡Detente! Lo hice por ti por todo lo que haces por los demás. —Se acerca a mí y me pone las manos en los hombros.

»Ahora escúchame, Isabella Swan. Tienes que dejar de ser tan terca. Eres una gran madre, una amiga increíble y una persona asombrosa. Haces más por los demás que por ti misma, y tienes que aceptar la amabilidad cuando te la ofrezcan. —Levanta las cejas y me mira fijamente.

—Destino —susurro.

Me mira confusa. —¿Eh?

—Esta mañana, Seb me contó lo que significa el destino para él. —Me encojo de hombros.

—¿Y?

—Dijo que el destino es lo que ocurre cuando crees que no te lo mereces. —Sonrío al recordar lo que dijo.

—Eso es muy perspicaz para un niño de siete años —dice con una risita.

—Él ve el destino sólo como algo bueno, nunca como algo malo. Cree que el destino es básicamente lo que nos lleva a donde tenemos que estar. Cuando esta mañana encontró una salamandra en el baño, creía que había venido a nosotros por una razón, y negarlo sería contradecir al destino. —Me siento en mi maravilloso vestido de gala.

—¿Dijo eso?

—Sí, no con esas palabras exactas, pero es lo que quiso decir. Tú, Rose, eres parte de mi destino. Así que aceptaré este vestido sin rechistar. Gracias.

Me abraza y luego me dice que me apresure a quitármelo para que podamos encontrar los zapatos más perfectos de la historia.

~BoaB~

Cuando me meto en la cama, concilio el sueño con facilidad. Me dejo llevar por sueños sin aliento y melodías celestiales.

El sábado me pasé todo el día limpiando e intentando no pensar en que en unas horas estaría en el Waldorf-Astoria codeándome con gente muy influyente, todo en nombre de la caridad. ¿Por qué dije que iría?

Ah, claro... Edward.

Cuando Demetri llega a las cinco con la pizza, subo a ducharme y vestirme.

Suelto una risita al ponerme el vestido. Me siento como una princesa. Me maquillo lo mínimo. Ojos ahumados, una brocha de color en mis mejillas y un poco de brillo de labios. Me dejo el pelo suelto y rizado. Cuando estoy contenta con mi aspecto, bajo.

—¡Mami, estás bellísima! —me dice Sebastian sonriendo alegremente. No puedo evitar tomarlo en brazos.

—Gracias, Seb. —Lo beso en la mejilla.

—No quiero arrugarte. —Se ríe.

—No me importa si me arrugas. —Damos unas vueltas antes de dejarlo en el suelo.

Me giro y veo a Dem admirándome. —Impresionante, Bella, estás realmente impresionante.

—Gracias, Dem.

Suena el timbre de la puerta y Dem se ofrece a abrir. Siento que las mariposas de mi estómago se vuelven locas. Cierro los ojos e intento calmarme.

—Mamá —susurra Seb.

Abro los ojos y veo a mi precioso hijo. —Sí, cariño.

—¿Tienes miedo? —pregunta.

—Un poco, no quiero hacer el ridículo ni avergonzar a nadie.

Sonríe. —No avergonzarás a Edward, mami.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto curiosa.

—Porque él te ama. Y como te ama, nada de lo que hagas hará que se avergüence de ti. —Me besa la mejilla.

—¿Quién te ha dicho eso? —pregunto mientras miro asombrada a mi hijo pequeño. Es un adulto atrapado en el cuerpo de un niño. ¿Cómo ha llegado a ser tan sabio, tan adulto y tan maduro?

—Tú, mami, siempre me dices que sea como soy y que no me preocupe por ello. Me dices todo el tiempo que nunca puedes avergonzarte de mí porque me amas mucho.

Siento un nudo en la garganta que intenta soltarse en un sollozo. Me lo trago y abrazo a Seb. — Gracias, cariño —le susurro al oído.

Cuando nos separamos, veo a Edward. Está guapísimo con su esmoquin. Reconozco el traje de Gucci porque lo recogí el otro día y se lo llevé.

—Bueno, parece que ha llegado mi príncipe. —Suelto una risita y Sebastian se une.

—Estás hermosa, Bella, de verdad. —Se inclina y me besa los labios con ternura.

—Gracias, tú también estás muy guapo.

~BoaB~

El Waldorf-Astoria es algo salido de mis sueños. El vestíbulo es extraordinario. La araña de cristal y oro del centro es del tamaño de un todoterreno. Intento abarcarlo todo, pero estoy en un trance celestial.

Dejo que Edward me guíe hasta el salón donde tendrá lugar el evento. No sé muy bien cómo se llama, pero es la sala más fuera de este mundo. Hay balcones alrededor de la sala para los invitados. Todo en seda blanca, terciopelo rojo y oro. Hay un escenario con una orquesta. Mis nervios se disparan.

Siento que Edward me pasa el brazo por debajo del suyo y sus labios me presionan la cabeza. —¿Estás bien?—, me pregunta, y de repente me siento mejor.

—Sí, aunque tengo sed.

Sonríe y nos dirigimos a la mesa. Estamos sentados con algunas caras conocidas. Una es Laurent Vincenz. Es conocido por su versatilidad interpretativa y su corazón bondadoso y generoso. Recuerdo haber leído que el año pasado donó siete millones de dólares al 's Children's Hospital.

Estoy más que fascinada con él. Edward, sin embargo, está en su elemento. Ríen y bromean, y parece que no hay etiquetas.

—Hay varios vinos, Bella; ¿te apetece blanco, un tinto o un rosé?—. me pregunta Edward en voz baja.

—Uhm...— Miro las tres botellas que me ofrecen. —No sé—, susurro.

Él sonríe. —¿Puedo elegir por ti?

Asiento y sonrío agradecida.

Las voces de la multitud empiezan a callarse y las luces se atenúan. Una mujer vestida de esmeralda y con el pelo oscuro sube al escenario. La acompañan otras tres mujeres vestidas de negro. La pianista comienza a tocar, enviando notas gloriosas a través del salón de baile, y yo me dejo llevar por los increíbles sonidos Dúo de las flores de Léo Delibes (13).

Cuando terminan, son recompensadas con una gran ovación. Edward se vuelve hacia mí y sonríe. —Increíbles, ¿verdad?

Asiento. —Mucho.

—Lo hacen todos los años. Vienen a esta gala benéfica y actúan gratis.

Su generosidad me deja sin palabras. —Son muy amables.

Paso la noche mezclándome y dejando que Edward me presente a gente que sólo he visto en la tele, en la gran pantalla o sobre la que he leído en el periódico.

—¿Cómo es que conoces a toda esta gente?—, le pregunto cuando estamos en la barra.

—Vengo a esta gala desde que tenía unos dieciséis años. Mi abuelo, por parte de mi madre, era uno de los copresidentes de la gala. Llegué a conocer a mucha gente—. Me tiende una copa de vino.

Nuestra perfecta burbuja de felicidad y satisfacción estalla de repente cuando una voz demasiado familiar nos interrumpe.

—Vaya, vaya, pero si son Edward Cullen y su damisela en apuros. —Me giro y veo a Tanya con expresión de suficiencia. Tiene el brazo enlazado con alguien que no conozco.

—¿Por qué estás aquí, Tanya? —pregunta Edward enfadado.

—Me invitaron —suelta ella.

—Sí, como socia de Cullen-Denali; eso ya no sucede. Ahora es sólo Cullen. Por lo tanto, no estás invitada. —Él entrecierra los ojos, pero ella se acerca.

—No tienes autoridad para desinvitarme.

—Que Dios me ayude, Tanya, si tú...

Ella suelta una carcajada solitaria. —¿Si yo qué? ¿Te avergüenzo? —Me mira con desdén—. No necesitas mi ayuda en ese departamento. Cuando cargas cerdos del brazo, te avergüenzas de ti mismo.

Jadeo y doy un paso atrás. Quiero volver a darle un puñetazo, e imagino que eso es lo que pretende.

—Nunca aprendes, ¿verdad? —Edward hace señas a alguien detrás de Tanya—. Verás, Tanya, nunca te has molestado en leer nada de lo que ha pasado por tu mesa.

—¿Qué tiene eso que ver, Edward?

Veo a un hombre corpulento justo detrás de Tanya.

—Hace unos cuatro meses, me nombraron copresidente de esta gala por cortesía, ya que mi abuelo era muy querido. —Sonríe perversamente, y los ojos de ella se abren en señal de comprensión. Ojalá tuviera una cámara.

—Tú no... —Empieza a hablar, pero Edward la detiene.

—Oh, lo haría, y lo hago. —Levanta la vista—. Quincy, ¿puedes acompañar a la señorita Denali fuera del edificio? No está invitada y está molestando a mi cita.

Tanya me mira con la mandíbula apretada y una mirada que podría congelar el Valle de la Muerte.

—Eres más que bienvenido a quedarte —le dice Edward a la cita de Tanya—. En realidad te veo más como un rehén, así que, por favor, diviértete.

Me tapo la boca con la mano para contener la risa cuando su acompañante se encoge de hombros y se aleja de ella.

—Edward, yo...

—Por aquí, señorita Denali —dice Quincy mientras la coge del brazo con delicadeza.

—Si vuelvo a verte cerca de mí, de Bella o de alguien que yo conozca, Tanya, no volverás a trabajar en esta ciudad ni en ninguna otra. No tienes ni idea de lo lejos que puedo llegar.

Cierra la boca y se marcha sin decir nada más.

Edward se vuelve hacia mí y me coge de la mano. —¿Estás bien, Bella? —me pregunta muy preocupado.

—Edward... Yo... Eso. —Miro hacia la puerta por la que ha salido y luego vuelvo a él.

—¿Qué, Bella, quieres irte?

Sonrío. —No, Edward, eso ha sido muy sexy.

Se ríe entre dientes. —Te gusta que me enfade, ¿eh? —Me rodea la cintura con los brazos y me atrae hacia él. Me da un ligero beso en la frente, en la nariz y finalmente en la boca.

—No voy a mentir; das miedo, pero estás muy, muy atractivo.

Vuelve a reírse. —Lo recordaré.

Me hace girar hasta la pista de baile y bailo un tango con mi increíble príncipe a mi lado.

El resto de la noche transcurre sin dramas. La gala recauda más de veinte millones de dólares que se reparten entre cinco organizaciones benéficas diferentes.

Cuando me deja en casa, me besa hasta que no puedo ni pensar.

—Te amo, Bella —me susurra al oído antes de besarme suavemente el cuello.

—Te amo, Edward, muchísimo.

Cuando entro en casa puedo ver la luz parpadeante de la televisión en el salón. Entro y veo a Demetri profundamente dormido en el sillón reclinable.

Le acaricio suavemente el hombro. —¿Dem?

Da un pequeño respingo y mira a su alrededor, claramente intentando recuperar el aliento. —¿Bella?

Sonrío. —Hola, ¿estás bien? —No puedo evitar reírme de su pelo revuelto y su expresión confundida.

—Sí, lo siento, me quedé dormido. —Se quita el sueño de los ojos—. ¿Te divertiste?

—Sí, ¿qué tal Seb?

Sonríe. —Estuvo increíble, me divertí mucho con él. —Se levanta, se estira y coge su abrigo de detrás del sillón.

—Maravilloso, me alegro mucho.

—El próximo sábado hay partido de hockey. Si no tiene otros planes, ¿crees que puedo llevarlo? —me pregunta nervioso.

—No tiene planes, Dem, y creo que le encantaría. —Sonrío y, por primera vez en mucho tiempo, empiezo a ver aflorar al hombre que Demetri solía ser.

—Estupendo. Bueno, tengo que irme. Gracias de nuevo, Bella, lo pasé muy bien esta noche. —Asiente y se va.

Esta noche es un punto de inflexión para mucha gente. Para mí, Edward, Seb y Dem. Me siento llena de satisfacción.

~BoaB~

(13) El Dúo de las flores es un dúo para soprano y mezzosoprano de la famosa ópera Lakmé de Léo Delibes. Lakmé está ambientada en la época del dominio de la India Británica. Esta ópera se cantó por primera vez en París en 1883.