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El faro de las orcas (película): Una madre viaja a la Patagonia con la ilusión de que un guardabosque y una manada de orcas salvajes puedan ayudar a su hijo autista a establecer una conexión emocional. Disponible en Netflix
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Capítulo 23 ~ El amor duele
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Tres días después de la gala, estoy sentado en mi escritorio cuando entra Lauren con una enorme sonrisa en la cara.
—¿No parecemos felices? —digo, curioso por su buen humor.
—Tú también estarás feliz, en unos… —mira su reloj—, cinco minutos.
Repaso rápidamente mi agenda; al no ver nada programado, la miro perplejo.
Fiel a su palabra, mi teléfono suena un minuto después. —Edward Cullen —contesto.
—Hola, Ed, ¿estás libre para hablar? —pregunta Jay con tono jovial.
—Sí.
—Genial, estoy en el vestíbulo y tengo una maravillosa sorpresa para ti, amigo. —Se ríe y la línea se corta.
Lauren se ríe en silencio y de repente empiezo a preguntarme si debería estar nervioso.
Jenks sale del ascensor y me quedo boquiabierto. No por verlo, sino por la compañía que tiene.
Detrás de él, dando saltitos, va Sebastian con una alegre Bella que camina feliz a su lado. No había podido pisar este edificio desde el incidente con Tanya.
Camino a toda velocidad hacia ellos y me arrodillo cuando estoy a unos metros de él. Se libera de Bella y corre a mis brazos.
—Vaya, Seb, ¡qué sorpresa tan increíble! —digo con lágrimas en los ojos. Debe de ser muy duro para él estar aquí.
—¿De verdad estás sorprendido? —Puedo oír la felicidad en su voz.
—Claro que sí. —Me río entre dientes cuando su risa llena el lugar.
Cuando Bella se pone a mi lado, la miro. —¿Qué la trae por aquí, encantadora dama? —Le doy mi mejor imitación de John Wayne y soy recompensado por su propia risa melódica.
—El señor Jenks me llamó esta mañana y me dio la maravillosa noticia. Estaba tan emocionada que me puse a bailar por toda la casa. —Se ríe entre dientes—. Seb me preguntó qué pasaba, y cuando se lo expliqué todo, me dijo que ojalá pudiera ver tu cara cuando te enteraras. —Se encoge de hombros—. Fue idea suya venir.
Vuelvo a mirar a Seb y sonrío. —¿Me vas a dar la buena noticia? —Le pregunto y él mira hacia Jay.
—Adelante, amigo —dice Jenks con una risita.
—Este sitio es todo tuyo ahora —dice, y puedo sentir cómo su cuerpo vibra de pura alegría. No necesita dar más explicaciones. Sé a qué se refiere.
Me vuelvo hacia Jenks. —¿Llegaron los documentos?
Asiente. —Los tengo aquí. —Me enseña una carpeta—. Sólo tienes que firmarlos.
Cuando me levanto, Bella me rodea la cintura con los brazos y me besa la mejilla. —Una vez archivados esos documentos, este lugar será legalmente La Agencia Cullen, se acabó Tanya —añade feliz.
A mi derecha, Lauren me tiende un bolígrafo. —Felicidades, Sr. Cullen. —Sonríe.
Unos minutos después, oigo un atronador aplauso y me doy la vuelta para ver a todo el personal sonriendo y aplaudiendo.
Siento un alivio absoluto. Ya no tengo que lidiar con Tanya Denali.
Sebastian me abraza la pierna, en parte por la emoción y en parte por el miedo. El ruido lo sobresalta. Me agacho y lo cojo en brazos. Hago una señal con la otra mano para que todos bajen el volumen de sus gritos de celebración.
Lo hacen, y noto que la postura rígida de Seb empieza a suavizarse.
—Gracias a todos por todo lo que han hecho por esta empresa. Sé que fue duro trabajar con Tanya, y la mayoría hicieron grandes sacrificios para estar aquí durante el tiempo que ella estuvo. Prometo hacerlo lo mejor que pueda para ganarme la confianza como el jefe que todos merecen. —Miro a Bella y veo mucho orgullo en sus ojos.
»Para agradecérselo, voy a cerrar la oficina por hoy. Vayan a casa o a donde sea y disfruten lo que queda del día.
Tras mi minidiscurso, todos aplauden de nuevo, pero se detienen rápidamente cuando vuelvo a hacer un gesto con la mano para que lo hagan.
Firmo los documentos rápidamente y Jenks me palmea la espalda y me felicita una vez más antes de marcharse.
Llevo a Sebastian a mi despacho y cierro la puerta. Me acerco al sofá y me siento con él en el regazo.
—¿Estás bien, Seb? —Le pregunto mientras levanta la cabeza para mirarme.
—Sí, solo fue un poco fuerte. Estaré bien, Edward. —Sonríe y puedo ver la incomodidad de su cara.
—Estupendo. Gracias por venir hoy a contarme la maravillosa noticia.
—Mamá me dijo que esa señora mala ya no estaría aquí, así que podía volver tranquilo.
—Sí, Seb, nunca más volverá por aquí, te lo prometo. —Lo atraigo hacia mí y lo abrazo.
—¡Felicidades, Edward, esto es maravilloso para ti! —dice Bella, mientras se sienta a mi lado en el sofá.
—Para nosotros, esto es maravilloso para nosotros —la corrijo.
Se inclina y me da un tierno beso en los labios.
—Ewww, qué asco —interrumpe Seb y Bella y yo estallamos en carcajadas.
~BoaB~
Cuando llega el sábado por la mañana, me animo un poco porque voy a pasar todo el día solo con Bella.
La mañana después de la gala me dijo que Demetri iba a llevar a Seb a un partido de hockey el sábado por la tarde y luego, si le apetecía, a cenar.
Aproveché la oportunidad para invitarla a salir ese día. Naturalmente, me contestó con su mordacidad habitual: «Por supuesto, tonto, esperaba que me lo pidieras».
Me estoy vistiendo cuando mi teléfono vibra en la cómoda. Veo que es mi padre, así que contesto.
—Hola, papá.
—Edward, ¿cómo estás hijo?
—Genial, voy a pasar todo el día con Bella. —Estoy tan contento que suelto una risita como un niño pequeño cuando se lo digo.
Se ríe. —Eso es maravilloso.
—¿Qué van a hacer hoy mamá y tú?
—Me alegro de que me lo preguntes. Vamos a ver algunas propiedades. —Su respuesta detiene mis movimientos.
—¿Propiedades? ¿Se van a mudar? —No oculto el miedo en mi voz.
Se ríe de nuevo. —Santo cielo, no. He estado queriendo comprar espacio para cierta aventura empresarial. Tu madre me ha estado diciendo que lo haga, pero no fue hasta ese estudio de la doctora Young, que me decidí a hacerlo.
Me siento en el borde de la cama. —¿Puedo saber de qué se trata?
—En realidad quería hablar contigo y con Bella sobre ello. ¿Quizás los cuatro puedan venir a cenar a casa en algún momento de esta semana?
—¿Los cuatro?
—Sí, tú, Bella, Sebastian y Demetri —responde.
—¿Demetri? ¿Por qué tiene que estar presente?
—Quiero hacerle una oferta de negocios a Sebastian. Creo que, para hacerlo bien, necesitaré la aprobación de sus padres, ¿no?
—Papá, tiene siete años, ¿qué clase de oferta le vas a presentar? —Es casi risible.
Se ríe. —Vas a tener que esperar y ver, ahora háblalo con los tres y me lo cuentas. ¿Puedes hacerlo?
Pongo los ojos en blanco. —Sí, de acuerdo, te llamaré más tarde y te lo diré.
—Estupendo. Si pasas el día con Bella, ¿quién cuidará de Sebastian? ¿Demetri? —pregunta.
—Sí, lo va a llevar a un partido de hockey. —Me calzo los zapatos y me los ato.
—¿Hockey? Hmm...
Su comentario me despierta la curiosidad. —¿A qué viene ese «hmm», papá?
—Los partidos de hockey son ruidosos, Edward, ¿tiene tapones para los oídos? —Tiene razón.
—Estoy seguro de que Bella repasará todo eso con Demetri, pero si te hace sentir mejor, se lo recordaré —le digo.
—De hecho, lo hace, gracias, Edward.
—No hay problema, bien, tengo que irme. Luego hablamos, ¿bueno?
—Sí, avísame sobre la cena de esta semana —dice.
—Lo haré, te amo.
—Yo también te amo, hijo. —Y cuelga.
~BoaB~
Decido conducir y darle el día libre a Felix. Paro en la entrada de Bella y veo que Demetri ya está allí. Genial, puedo preguntarles a los dos por la cena en casa de mi padre.
Demetri abre la puerta cuando llamo.
—Hola, Edward, me alegro de verte —me dice con una sonrisa y un apretón de manos. Qué raro.
—Hola, Demetri, ¿cómo estás?
—Fantástico, estoy deseando llegar al partido de hockey. Espero que a Seb le guste.
Me río entre dientes. —Oh, creo que lo hará. Mira, quería hacerles una pregunta a Bella y a ti mientras los tengo ambos al frente.
Él asiente y entramos y nos dirigimos a la cocina, donde la veo llenando el lavavajillas.
—Hola, Edward —me sonríe, y es tan impresionante que casi se me olvida lo que voy a decir.
—Entonces, ¿cuál es la pregunta? —cuestiona Demetri, sacándome de mi ensoñación.
—Ah, claro, mis padres querían saber si todos pueden ir a cenar a su casa en algún momento de esta semana para hablar de una propuesta de negocios para Sebastian.
Bella abre los ojos y Demetri se ríe. —¿Una propuesta de negocios para un niño de siete años? —Demetri empieza a reír más fuerte.
—Lo sé, es raro. Pero, mi padre va en serio y está claro que tiene que ser increíble —digo y Bella sonríe.
—Creo que podemos escucharlo, ¿qué opinas Dem?
Dem se seca las lágrimas de la risa y recupera el aliento. —Ah qué demonios, claro, por qué no. ¿Qué día y a qué hora?
—Bueno, mi madre es comprensiva con el horario de Seb así que tendrá que ser antes de las cinco. ¿Hay alguna forma de que salgas pronto del trabajo un día de esta semana? —le pregunto.
Se encoge de hombros. —El miércoles estaría bien.
Asiento con la cabeza. —Muy bien, genial, se lo diré.
Unos minutos después entra Sebastian, con una camiseta y una gorra de los Rangers.
—Pareces preparado para pasártelo en grande, amigo —le digo mientras me choca los cinco.
Se acerca a su padre y le coge de la mano. —¿Podemos irnos ya, papá? —pregunta mientras da saltitos.
—Sí, déjame que busque nuestros abrigos. —Se dirige al salón y yo me vuelvo hacia Bella.
—¿Y los supresores de ruido? —le pregunto.
—Ah, sí, gracias, Edward. —Abre un cajón y saca un pequeño estuche de plástico.
Cuando Demetri vuelve, se los da y le dice que se asegure de ponérselos antes de entrar en el estadio.
Se lo promete y choca los cinco una vez más antes de salir por la puerta. En cuanto se marchan, Bella me agarra y tira de mí por el pasillo. —¿Adónde vamos? —le pregunto.
—Arriba —dice con un ligero rubor en las mejillas.
—¿Ah?
—Mira, Edward, las posibilidades de que me escape son mínimas. Yo digo que pasemos el día comiendo comida china para llevar... en la cama. —Continúa tirando de mí por el pasillo y subiendo las escaleras. Solo muestra una pizca de timidez; por lo demás, rebosa confianza.
Sonrío y la sigo de buena gana. —¿Estás segura?
Se ríe entre dientes. —Estoy segura.
Dejo que Bella me lleve a su habitación. Con suaves caricias y manos ligeramente temblorosas, nos desnudamos mutuamente. Me enamoro de su belleza cuando está de pie ante mí. Le doy suaves besos en el cuello y los hombros mientras mis manos exploran su resplandor. Pasamos toda la tarde entrelazados, demostrándonos cuánto amor hay entre nosotros. Le susurro mi adoración al oído, y ella me besa y me corresponde con la pasión que siente por mí.
Tres horas después, estamos tumbados en su cama con las sábanas retorcidas sobre nuestros cuerpos sudorosos. Bella tiene la cabeza apoyada en mi pecho y yo tengo un brazo alrededor de sus hombros, el otro descansa alegremente sobre su pierna desnuda.
—Te amo de verdad, Bella —le susurro contra su cabello.
—Y yo a ti, Edward.
—Estoy deseando amarte para siempre —le digo, y ella levanta la cabeza y apoya la barbilla en mi pecho.
—¿Para siempre? No me conoces desde hace tanto como para saber que quieres estar conmigo tanto tiempo.
Sonrío y respiro hondo antes de decir—: Sí, te conozco.
—¿Cómo lo sabes? —Tiene una pequeña sonrisa en la cara y la curiosidad centellea en sus ojos.
—Por mi padre.
—¿Tu padre?
Asiento. —Me dijo que se enamoró de mi madre a los treinta segundos de hablar con ella y que supo que quería casarse con ella en su primera cita.
Sus ojos se abren de par en par. —¿Casarse?
Me muevo un poco y tomo su cara entre las palmas de mis manos.
—Sí, casarme. Yo, Edward Anthony Cullen, quiero casarme contigo, Isabella Marie Swan, y pasar el resto de nuestras vidas demostrándote lo mucho que te amo. Quiero despertarme en la misma cama contigo y tus gruñidos matutinos hasta que sea tan viejo que no pueda ver ni oír. Quiero sentir tu aliento en mi cuello mientras duermo y tocar tu suave piel siempre que quiera.
Las lágrimas se acumulan en sus ojos y su sonrisa es más brillante que el sol.
—¿Quieres casarte conmigo, Bella?
No me contesta de inmediato, sino que se levanta de un salto y se abalanza sobre mi cuerpo. Me abraza y me besa cada centímetro de la cara.
»¿Cariño? —Me cubre la boca con la suya—. ¿Bella? —digo, amortiguado por sus labios.
—Sí —responde sin aliento.
—¿Eso es un sí?
Suelta una risita. —Sí, sí, sí y un millón de trillones de veces sí, hombre tonto y romántico.
La abrazo más fuerte, la tumbo boca arriba y devoro cada centímetro de su piel.
Dijo que sí.
~BoaB~
Pedimos comida china y nos la comemos en la cama mientras vemos las repeticiones de Cheers. Tenía planeado pedirle a Bella que se casara conmigo hoy bajo nuestro árbol del parque donde soltamos las luciérnagas en nuestra primera cita, incluso tengo el anillo en el bolsillo del abrigo escaleras abajo, pero este momento es perfecto porque es real... somos nosotros. No pregunta por el anillo y sé que nunca lo hará. Pero se lo daré. Tal vez, cuando acabemos de cenar, baje las escaleras y la sorprenda con un helado y un anillo de diamantes encima.
El timbre del teléfono de su casa la hace dar un respingo. Miro el reloj y marca las seis.
—Hola —contesta.
Observo su cara mientras escucha a quienquiera que sea. Mi curiosidad se convierte en preocupación cuando su rostro pasa de un delicioso rosa a un gris ausente. Me incorporo y me inclino hacia ella.
—¿Cómo?, ¿qué?, ¿dónde estás, Demetri? —suelta.
—¿Bella? —susurro. No contesta, suelta el teléfono y empieza a vestirse.
Cojo el teléfono. —¿Hola?
—¿Edward?
—Sí, Demetri, ¿qué pasa?
—Estamos en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, Seb, él... —se le quiebra la voz.
—¿Él qué? —grito.
—Tuvo un episodio, fue grave y traté de calmarlo. No pude, no supe qué hacer. Se agitaba por todas partes y se golpeó el brazo contra la silla con tanta fuerza... Creo que se lo rompió. —Puedo oír el dolor y la angustia en su voz.
—Vamos para allá —le digo y cuelgo.
Bella se mueve como un robot. Se recoge el pelo en una coleta. No digo nada, me visto y la espero en la puerta.
No me mira, baja corriendo las escaleras y sale antes de que yo pueda bajarlas.
La veo esperando junto a mi auto, golpeando impaciente el capó con los dedos. Pulso el botón que abre el auto y ella se sube.
Silencio, silencio absoluto. Su rostro está ceniciento y sus ojos brillan con lágrimas que se niega a derramar. Está en un papel que aún no he visto. Como un soldado caminando hacia lo desconocido. Sé que si la hago hablar se derrumbará, así que no lo hago.
Me acerco al servicio de parqueo de urgencias y le doy mis llaves. Veo que Bella empieza a correr hacia la puerta, así que la tomo de la mano.
Al hacerlo, echa la cabeza hacia atrás y me mira con un poco de rabia. —¡¿Qué demonios?!, ¡Edward, suéltame!
—No, tienes que calmarte. No puedes entrar así. Seb no necesita ver lo enfadada que estás. Asumirá que va dirigido a él. Por favor, cariño, cálmate. —La atraigo hacia mí y la rodeo con los brazos.
Solloza contra mi pecho. —Lo sé, lo siento. Tienes razón.
Un momento después me mira y asiente.
»Bien, estoy lista.
Le doy una sonrisa y un beso rápido. —Entonces vamos por tu niño. —De la mano nos dirigimos a la estación de enfermería.
—Me llamo Isabella Swan, soy la madre de Sebastian. ¿Dónde está?
La enfermera levanta un dedo. La mano de Bella se aprieta alrededor de la mía y temo perder la circulación.
—Mi hijo tiene autismo, me necesita, dígame dónde está, por favor. —Sus palabras tienen una calma inquietante.
—Sí, está con su padre, cortina diez. —La enfermera señala la dirección en la que está Sebastian y Bella y yo caminamos deprisa.
Ella corre la cortina y jadea.
Sebastian está tumbado en una camilla, con un brazo en cabestrillo y el otro inmovilizado. Veo que también tiene las piernas inmovilizadas y que Demetri está en una silla junto a su hijo, agarrándole la mano.
Por suerte, Seb está dormido y no le molesta nada, pero Bella es otra historia. —Juro por todo lo sagrado, si no le quitan esas ataduras a mi hijo en los en los próximos treinta segundos, llamaré a mi abogado y haré que los despidan a todos. ¡Juro que lo haré! —le dice a la enfermera que ajusta la vía de Sebastian.
—¿Es usted la madre de Sebastian? —pregunta la enfermera.
—Sí.
—Sé que es difícil de ver, pero su hijo vino muy agitado. Intentamos calmarlo, pero estaba más allá de razonar con...
Bella la interrumpe. —¡TIENE AUTISMO! —grita.
—Sí, el señor Markos nos informó. Está sedado; las sujeciones son protocolarias por si vuelve a despertarse alterado e intenta hacerse daño a sí mismo o al personal.
—¡¿Qué?! —Bella está más que enfadada. Le pongo la mano en el hombro para calmarla—. No, Edward, no lo hagas. Si se despierta y no puede mover los brazos ni las piernas, será peor.
—Intenté decírselo —dice Demetri.
—Lo siento; tendrá que hablar con el médico... —Bella no espera a que la enfermera termine. Se acerca a la cama de Seb y empieza a desabrocharle las correas.
»No puede hacer eso —le dice la enfermera.
—Pues míreme, sí que puedo —dice Bella con sarcasmo. No puedo evitar reírme, aunque es totalmente inapropiado.
—Creo que debo llamar a Jenks —digo.
La enfermera nos mira a Demetri y a mí. Levantamos las manos en señal de defensa.
—No vamos a detenerla, así que, si busca ayuda, busque en otra parte —dice Demetri.
La enfermera resopla y se marcha. Bella le suelta el brazo a Sebs y Demetri y yo le quitamos las correas de las piernas. Se desliza sobre la camilla con cuidado de no tirar de la vía intravenosa del brazo. Levanta su cuerpo dormido y lo acuna en sus brazos.
Empieza a cantarle, aunque estoy seguro de que él no la oye. Dem y yo nos quedamos mirando cómo hace lo que hace siempre que hay una crisis. Ella lo levanta cuando se cae, como siempre hace mi madre por Carlisle y como debió haber hecho mi abuela por él.
En ese momento me enamoro aún más de ella.
Oigo unas voces enfadadas y veo que un médico, dos enfermeras y un guardia de seguridad se dirigen hacia nosotros. Salgo de detrás de la cortina y la cierro.
—¿Hay algún problema? —pregunto.
—¿Quién es usted? —pregunta enfadado el médico.
—Me llamo Edward Cullen; soy el prometido de Bella Swan. Sebastian es su hijo y ha sido retenido en contra de los deseos de ambos padres. Ahora, ya llamé a mi abogado y estará aquí en un momento. Pueden dar la vuelta y marcharse y yo puedo cancelar la llamada; o pueden entrar ahí y enfadar a un niño con autismo y a su madre, lo que justificaría una demanda. Ustedes eligen.
Veo una ligera inquietud en los ojos del médico. Mira a la enfermera y asiente.
—Muy bien, señor Cullen, pero si hay algún problema con ese niño, haré que lo arresten.
Me río. —Suena bien, no puedo esperar. —Pongo los ojos en blanco y vuelvo detrás de la cortina.
—¿Todo bien? —pregunta Demetri.
Asiento con la cabeza—. Sí, todo bien.
—Bella, lo siento mucho —suplica.
—Lo sé, Dem, en parte es culpa mía. Sabía que no estabas preparado, pero lo deseaba tanto que me arriesgué. No debería haberlo hecho.
Sebastian empieza a revolverse y Bella lo mira. —Hola, cariño —susurra.
—¿Mamá?
—Sí, Seb, estoy aquí. Te amo, cariño. —Le besa la frente.
—¿Sabías que el agua se congela a cero grados Celsius? —dice.
Bella suelta una risita. —No, cariño, no lo sabía.
Sé que lo sabía, pero la sonrisa de Seb me dice el porqué mintió. Le encanta enseñarle cosas.
Un minuto después, los ojos de Seb vuelven a cerrarse y el sonido de sus ligeros ronquidos bloquea todo el caos de la concurrida sala de urgencias de Nueva York.
Está bien, está a salvo.
Acerco una silla a la cama de Seb y Bella me coge la mano y me la aprieta. Demetri coge la mano buena de Seb y nos quedamos sentados, enlazados.
~BoaB~
Unas horas más tarde, Seb sale del hospital con un brazo roto.
Bella nunca lo suelta y nadie se atreve a intentar quitárselo, ni siquiera mientras se lo enyesan.
Cuando llegamos a casa, se mete en la cama con Seb. Me aseguro de que tiene todo lo que necesita. Ella asiente y yo cierro la luz y la puerta.
Cuando bajo, Dem está sentado en el sofá con la cabeza entre sus manos. Estoy a punto de pasar junto a él, pero me detengo cuando oigo un resoplido.
—¿Demetri?
—Sí —dice sin levantar la cabeza.
—«Para alcanzar el éxito, primero hay que fracasar» —le digo, y él levanta la cabeza y me mira.
—¿Qué?
—Es lo que siempre me dice mi madre. —Me río entre dientes—. Eres un padre que lo intenta, eres un padre consumido por tanta culpa que dejas que te asfixie. —Me siento frente a él en el sillón reclinable.
»Seb te ama, no por lo que haces por él, sino por cómo lo haces sentir. Mañana se despertará y te seguirá amando. Bella lo entiende, ¿sabes por qué?
Sacude la cabeza.
»Porque estoy seguro de que ha fracasado un montón de veces antes de acertar. Y con Seb, no hay acierto. Está cambiando constantemente.
Deja escapar un suspiro. —Amo mucho a mi hijo.
—Lo sé. —Levanta la vista y asiente—. ¿Cerveza? —Le pregunto.
—Sí.
Saco dos cervezas de la nevera y le doy una. Nos sentamos a ver la tele.
Él se queda dormido en el sofá y yo acabo profundo en el sillón reclinable.
