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Capítulo 8 ~ Tocamientos indeseados y llegadas anticipadas

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Sentada en la escalera de mi casa, mientras espero el autobús de Seb, recuerdo el beso que Edward me dio ese mismo día. La brisa sopla suavemente y cierro los ojos, recordando el delicado tacto de las puntas de sus dedos y el roce aterciopelado de sus labios.

Estoy tan ensimismada que no oigo llegar el autobús de Sebastian. El conductor toca el claxon, lo que me hace dar un respingo. Lo saludo con la mano y me acerco corriendo.

—¿Cómo estás hoy, Bella? —pregunta el conductor.

—Bien, cansada, supongo.

Sonríe, y nuestra conversación se interrumpe cuando Seb se baja del autobús. —Hola, mamá, hoy he tenido un buen día. Ninguna queja, bueno, excepto Jane.

Le cojo la mano y saludo a su sombra, Annie. Cuando estamos dentro, cuelga el abrigo y deja su bolso junto a la puerta.

—¿Qué pasó con Jane? —le pregunto mientras pongo la tetera para el chocolate caliente.

—Le gusta tocarme. No me gusta. —Frunce un poco el ceño y salta al taburete.

—¿Te toca? ¿Dónde? —pregunto un poco preocupada.

—Me toca los brazos, el pelo y a veces me pisa los pies. —Se encoge de hombros—: El señor Emmett la apartó de mí, pero espera a que él no esté y vuelve a hacerlo.

Le doy cuatro galletas y las deja a un lado hasta que pueda traerle su chocolate caliente.

—¿Dónde estaba tu sombra, Seb?

Mira hacia otro lado. —Estaba almorzando —susurra.

—¿Almorzando? Se supone que tiene que estar contigo en todo momento. —Levanto un poco la voz y Seb hace una mueca.

»No estoy enfadada contigo, cariño—. Le doy un tierno abrazo y un beso en la frente—. Sabes que me enfado cuando la gente molesta a mi hijo favorito.

Suelta una risita. —Soy tu único hijo, mamá.

—Cierto. —Cojo nuestras tazas y nos deleitamos con un delicioso cacao y galletas de chocolate.

Cuando acabamos, Sebastian se va a su habitación a ver su programa y yo llamo a Emmett.

—¿Hola? —contesta contento.

—Hola, Em, soy Bella, escucha, ¿sabes por qué te llamo? —Estoy molesta y mi voz no oculta ese hecho.

—¿Es por Jane? —Suspira.

—Entre otras cosas.

—Mira, ya la trasladé y tengo una reunión concertada con sus padres. Vamos a hablar de eso y a ver qué podemos hacer. No puedo hablar más de eso contigo. —Puedo oír la preocupación en su voz. Emmett es un buen hombre y un gran profesor. Nunca querría que Seb o los otros niños sufrieran.

—Lo sé y no te presionaré para que lo hagas. Sin embargo...

—Odio tus «sin embargo» —se queja.

—¿Dónde demonios estaba su Sombra? Él me dijo que estaba almorzando —pregunto incrédula.

—Sacaron a uno de los apoyos de mi aula y la pusieron en otra. Así que uno de los chicos perdió el suyo. Cuando llegó el almuerzo, no había suficiente cobertura, así que cuando Annie fue a almorzar, no tenía reemplazo. —Deja escapar un suspiro frustrado.

—Eso es inaceptable, Emmett —le digo—. Se supone que Annie almuerza cuando Sebastian también lo hace. Todo el año ha comido en la cafetería con los niños. —Golpeo la encimera con la mano, enfadada. Los malditos colegios siempre están cambiando las cosas.

—Lo sé, y lo siento mucho.

—No es culpa tuya, pero esto es una violación de su PEI (4). Tú eres su asistente social y, por tanto, el responsable. Pero veo que no te están escuchando, así que quiero que programes una EPC (5). —Saco mi calendario.

—Bella, no tienen citas disponibles hasta finales del mes que viene. Tendrás que esperar al menos dos semanas hasta que terminen los trámites. ¿Sólo quieres una reunión de equipo?

—Quiero la reunión de equipo inmediatamente, pero como esto es una violación de su PEI, quiero que se aborde y se arregle, así que cita a un EPC. Llamaré a mi abogado, Emmett, ya lo he hecho antes. —Sé que Emmett no está tratando de esconder esto bajo la alfombra, no es su estilo. Pero no permitiré que esta escuela, ni ninguna otra, intente engañarme nunca más.

—Lo sé, y nadie quiere eso. ¿Quieres que el padre de Sebastian también esté en los papeles? —pregunta.

—Ponlo, pero no sé cómo estará su agenda.

—De acuerdo, puedo hacer la reunión del equipo el viernes; ¿te parece bien?

Miro el calendario y veo que es el día anterior a mi cita con Edward. Sonrío reflexivamente. —Sí, me parece bien. ¿A qué hora?

—Digamos a las nueve.

—De acuerdo, me parece bien. ¿Y sigues dispuesto a ver a Seb el sábado? —pregunto esperando que nada haya cambiado.

—Absolutamente, no puedo esperar. —Se ríe entre dientes y así volvemos a estar bien.

—Genial, llámame cuando tengas una cita para el PPT.

—Lo haré, hablamos luego, Bella.

—Adiós, Em.

Después de colgar, empiezo a preparar la cena, y Sebastian entra y golpea su carpeta contra la encimera. —No entiendo por qué tengo que hacer esta tonta tarea —refunfuña.

Me asomo y veo que son deberes de geografía. —Bueno, Seb, es importante saber dónde está cada cosa en el mundo.

—Ya sé dónde está todo. —Saca la hoja de trabajo y escribe su nombre en la parte superior.

—Ah, sí, bueno, ¿puedo ver de qué se trata? —Le tiendo la mano y me da el papel.

Lo miro un momento, el papel dice «Entender dónde vives».

—Así que quieren que conozcas Nueva York, creo que es una buena idea. —Se lo devuelvo.

—Bueno, ya sé dónde están todos los sitios geniales. —Perezosamente, motea puntos en la punta del papel.

Suelto una risita. —¿Y dónde están esos sitios geniales de los que hablas? —Meto en el horno el pastel de pollo que he hecho y me siento a su lado.

—Bueno, Edward trabaja en el edificio Chrysler, y sé dónde está, y sé dónde está la Estatua de la Libertad y el Empire State Building...

Sigue y sigue nombrando todas las atracciones y edificios famosos de la ciudad.

—Todo eso está muy bien, Seb, pero ¿sabrías dónde están en un mapa si no estuvieran etiquetados? —Le pregunto y le pongo el mapa en blanco delante.

Frunce el ceño y mira fijamente el proyecto que le he puesto delante.

—Rayos —murmura.

—Mira el mapa que te dio el Sr. Emmett y compáralos. Puedes hacerlo, Seb. —Le doy un beso y empiezo a cortar las zanahorias para la ensalada.

Poco después, Seb se pone a tararear mientras alegremente elabora un mapa de la ciudad. Le gusta tanto que me pide lápices de colores, purpurina y cualquier otro material que pueda darle para completar su obra maestra.

Cuando la cena está lista, me lo enseña para que lo vea. Lo miro detenidamente y me quedo asombrada por los detalles que ha añadido. Las luces de la ciudad están hechas de purpurina y pedrería, y los edificios, de formas recortadas. Ha utilizado papel de aluminio y lo ha coloreado de azul para todo lo que necesita agua.

—Vaya, Seb, esto es maravilloso.

Sonríe alegremente. —¿Entonces está bien?

—Mejor que bien, estoy muy orgullosa de ti, cariño. Sabía que podías hacerlo. —Me abraza y sube corriendo a guardar su tarea.

Cuando empiezo a poner la mesa, oigo abrirse la puerta principal. Me doy la vuelta y veo a Demetri allí con su equipaje y una sonrisa.

—¡Hola, Bella! —Suelta sus cosas y me da un abrazo.

Le devuelvo el abrazo vacilante. —Uhm, hola, ¿qué haces de regreso tan temprano?

Se aparta y me da un rápido beso en la mejilla. —Los he echado de menos. —Se encoge de hombros como si entrar aquí no fuera gran cosa.

—Dem, no puedes venir así como así. Sebastian no te espera. Deberías haber llamado para poder prepararlo.

Se aleja un poco más y su ceño se arruga ligeramente, y me lanza una mirada de enfado. —Soy su padre, ¿desde cuándo tengo que programar una cita para ver a mi hijo?

—Desde siempre, Dem. —Tiro las servilletas sobre la mesa y me dirijo a la cocina.

—No empieces con esa mierda, Bella —suelta y me sigue.

—Baja la voz —susurro en voz alta.

—¿Sabes?, me he partido el culo para llegar antes y poder darle una sorpresa a Seb. Estás arruinando este momento. —Abre la nevera, pero la cierra rápidamente—. ¿No hay cerveza?

—Dem, no es que Seb no vaya a estar contento, pero cuando haces esto, aparecer sin más, lo sobreestimulas. La preparación es la clave, te lo he dicho siempre. Y no, no tengo cerveza. —Cojo la ensalada y vuelvo al comedor.

—Entonces, ¿esto es por su autismo? —Lo dice casi con sarcasmo, y yo golpeo la ensalada contra la mesa y volteo a mirarlo.

—¿Su autismo? —Entrecierro los ojos, furiosa por su tono indiferente y un tanto insultante.

—Cada vez que algo no sale como tú quieres, o yo hago algo espontáneo, me dices que es por su enfermedad. Puedo sorprender a mi hijo si me da la gana. —Su voz empieza a elevarse, y sé que es sólo cuestión de tiempo hasta que Seb baje corriendo las escaleras.

—No es una enfermedad, no está enfermo, Dem. Sé que no puedes aceptar esto como lo que es, pero etiquetarlo como un paciente terminal no va a hacer que esto tenga sentido para ti. —Me acerco más a él—. Y no, no puedes hacer algo espontáneo por Sebastian, no le gusta. Y cuando colapse y no sea más que una pequeña masa silenciosa de niño, seré yo quien se quede, no tú. —Le golpeo el pecho con el dedo y le fulmino con la mirada.

—Trabajo para que puedan vivir en un sitio bonito y él pueda tener todas las cosas que tiene. Odio dejarlos a ti y a él; lo hago porque tengo que...

Lo corto. —No, lo haces porque tú quieres.

Nos quedamos en silencio y nos miramos con rabia. El único sonido que se oye es el tictac del reloj y nuestra respiración.

—Quiero ver a mi hijo. —Se desliza a mi lado y se dirige hacia las escaleras.

—Dem, no.

Se da la vuelta bruscamente. —No puedes decirme que no lo vea.

—Es mi casa —contraataco y le agarro del brazo impidiendo que suba corriendo las escaleras.

—Que pago yo. —Su petulancia me irrita más allá de las palabras.

—¡Vete al diablo, Demetri!, yo pago lo mío. Trabajo y cuido de nuestro hijo. Tú te pasas por aquí cuando te conviene. Eres un tornado que se estrella y provoca el caos y el desastre, y luego me deja a mí recogiendo los pedazos.

Da unos pasos hacia abajo y su cara es casi de dolor. —¿Crees que siento que Sebastian es una carga?

Le quito la mano del brazo y bajo los hombros. —No creo que sea tu intención. Pero Dem, tú no ves lo que yo veo, y no te importa intentarlo.

Se sienta lentamente en las escaleras y apoya la cabeza en las manos. —Crees que soy un padre horrible, ¿verdad?

Me siento a su lado y le rodeo con el brazo. —No creo que seas horrible. Creo que ignoras todo lo que se refiere a quién es Sebastian y qué necesita.

Se vuelve y me mira. Sus penetrantes ojos azules, que son una réplica perfecta de los de Sebastian, brillan con lágrimas no derramadas. —Lo siento —susurra.

—Mira, hay una reunión por Sebastian en el colegio el viernes, y un PPT próximamente. ¿Qué tal si vienes esta vez? Y aprendes un poco. —Le ofrezco una sonrisa, y él me la devuelve.

—Me parece una buena idea. Y si te sirve de ayuda, me quedaré esta noche para que Seb no se asuste.

No me gusta que Dem se quede a dormir, pero tiene razón. Si se queda una hora y luego se va, las consecuencias serán agotadoras.

—Me parece bien. ¿Qué tal si te sientas y le digo a Seb que estás aquí? Así no se sobresaltará demasiado.

Asiente y camina hacia el comedor.

Al cabo de un minuto subo las escaleras y llamo suavemente a la puerta de Sebastian. —Pasa —me dice con su vocecita. Abro la puerta y lo veo preparando su ropa para mañana.

—Ey, cariño, ¿te estás desviando de nuestra rutina? —le pregunto, casi divertida y definitivamente contenta de que muestre independencia.

—Lo estoy haciendo. El papá de Edward me dijo que todos los días intenta hacer algo fuera de lo normal para sentirse más normal.

Ladeo la cabeza y arrugo el entrecejo confundida. —Bueno, eso está bien, supongo, pero lo normal está tan sobrevalorado. Intento ser lo más rara posible siempre que puedo.

Se ríe. —Eres graciosa, mamá.

Cuando deja los calcetines, me acerco a su cama y le abro los brazos. Él extiende la mano y me da un apretón.

—Seb, tengo una sorpresa para ti, pero no sé cómo la vas a tomar.

Se levanta y me mira con sus ojos inocentes y algo preocupados. —¿Qué pasa, mamá?

Sacudo la cabeza—: No pasa nada, cariño. —Me pone nerviosa que lo que le voy a contar lo confunda y entonces...

Me sonríe alegremente y eso detiene mis palabras.

—¿Por qué me sonríes, cariño? —Le devuelvo la sonrisa porque su felicidad es muy contagiosa.

—Te preocupas demasiado, mami. Puedo soportarlo; déjamelo a mí. —Su rostro adopta una expresión seria y veo que se está preparando.

—¿Sabes que se supone que papá volverá pronto a casa?

Asiente. —Sí, pronto, lo sé.

—Bueno, en realidad ha vuelto pronto. —Lo miro fijamente y evalúo su reacción. Como no veo ninguna, continúo—. Está abajo en este momento. —Eso lo hace reaccionar.

Sus ojos se abren de par en par y su boca se abre. Veo un atisbo de sonrisa y siento que todo va a salir bien.

—¿Sí? —susurra y chilla.

—¿Quieres preguntarle si quiere quedarse a cenar? —Me imagino que, si dejo que sea su elección, mantendrá el ambiente tranquilo que estamos teniendo.

—Sí. —Mira hacia la puerta y vuelve a mirarme.

—Adelante, amigo; te está esperando en el comedor. —Me besa la mejilla y sale corriendo por la puerta.

—Papá, papá, papá. —Lo oigo bajar las escaleras. Suelto una risita y lo sigo.

Cuando entro en el comedor, veo a Demetri y Sebastian abrazados y dando vueltas.

—Hola, Seb, te he echado mucho de menos. —Le besa la cabeza y Seb le devuelve el gesto.

—¿Me has echado de menos hasta la Luna? —pregunta con asombro en los ojos.

—Más que eso. —Demetri sonríe divertido, y puedo ver el amor que siente por su hijo en sus ojos.

—¿Cuánto más?

Dem se ríe entre dientes. —Todo el camino hasta la Luna, y de regreso.

—Dios mío. Eso es muchísimo. —Los tres nos echamos a reír.

—Bien, chicos, tomen asiento y comamos, me muero de hambre.

Nos acomodamos, y Sebastian pasa la mayor parte de la cena contándole a su papá todo sobre las cosas geniales que han estado sucediendo en la escuela. Dem se traga cada palabra y observa a su hijo con adoración y orgullo.

—¿Vas a estar aquí para mi cumpleaños? —pregunta Seb, y miro a Dem con la esperanza de encontrar una sonrisa.

—No tengo que viajar por un tiempo, amigo, así que sí, estaré por aquí. ¿Cuál es el plan este año? —pregunta mientras termina su cena.

—Quiero un cumpleaños de bolos, así que mamá lo ha planeado todo. —Seb me sonríe y yo asiento en señal de confirmación.

—Genial, me encantan los bolos. Una vez llevé a tu madre a jugar a los bolos. —Me guiña un ojo y niego con la cabeza.

—Si no recuerdo mal, Dem, fue nuestra tercera cita, y te oí preguntándole al hombre del mostrador si la cerveza era gratis porque querías que cierta amiga se pusiera cachonda. —Le dirijo una mirada mordaz y se echa a reír.

—Sí, bueno. Pero te enteraste y te fuiste dejándome solo allá.

—Lo hice.

Sebastian nos mira ir de un lado a otro y entonces suelta una frase que resuena en mis oídos durante minutos después.

—¿Edward te va a llevar a la bolera, mami, cuando el señor Emmett me esté cuidando? —Come como si lo que acaba de decir no fuera a convertirse en un drama.

Miro a Demetri cuya cara es una mezcla de confusión, enfado, diversión y quizás celos.

—No, cariño, no vamos a ir a la bolera. —Doy un sorbo a mi agua, de repente me siento muy reseca.

—¿Quién es Edward? —pregunta Dem.

—El novio de mamá —dice Seb con una enorme sonrisa.

—¿Novio? —Dem aparta su plato y se cruza de brazos—. No sabía que estabas viendo a alguien, y ciertamente no sabía que ibas a presentárselo a nuestro hijo sin que yo lo conociera antes.

—Dem, podemos hablar de esto más tarde, cuando Seb esté dormido.

Frunce los labios y estrecha la mirada, y sé que esto no ha terminado. —Entonces, Seb, háblame de Edward. —No me quita los ojos de encima.

—Es muy inteligente y mamá cree que es guapo. Tiene una madre y un padre simpáticos, y su sobrina Katie da miedo, pero no está bien que pienses eso porque mamá lo dice. No sé mucho, pero trabaja en el edificio Chrysler y ahora es mi lugar favorito porque él está allí. Me gusta, quizá lo ame, pero aún no lo sé, no lo he decidido. —Ni siquiera toma aire y cuanto más habla, más profundo se hace mi agujero y más se enfada Demetri.

—¿Así que ya has conocido a toda su familia? —Le sonríe a Sebastian, pero su tono es amenazador y totalmente dirigido a mí.

—Sí, hicieron una barbacoa, fuimos. Planté crisantemos con el papá de Edward, es un hombre muy inteligente también. Más listo que tú, papá —dice con naturalidad y no pretende ser un insulto, pero Dem nunca lo ve así.

—Más listo que yo, ¿eh? —Empieza a agitarse.

—Él es como yo, papá, tiene Asperger, y yo quiero ser como él cuando sea mayor porque es muy genial. —Sebastian termina su comida y levanta la vista para sonreírle a su papá.

Demetri oculta rápidamente su enfado con una sonrisa jovial.

—Seb, necesito hablar un rato con mamá. ¿Crees que puedes subir corriendo a buscar un libro y una película para que veamos tú y yo después?

Sebastian sonríe y, sin pensárselo dos veces, sube corriendo las escaleras.

El silencio entre Demetri y yo es casi desconcertante. Me fulmina con una mirada que no he visto dirigida a mí en todos los años que hace que le conozco.

—No empieces, Dem. Nunca estás aquí, tengo permiso para salir. —Empiezo a recoger los platos.

—No me importa si quieres salir con todo un equipo de fútbol, Bella, no tienes derecho a presentárselos a nuestro hijo a menos que yo esté de acuerdo. Hablas conmigo por teléfono; ¿no podías mencionármelo? —Me mira mientras cojo su plato y lo coloco en la pila.

—Él conoció a Edward por accidente, dos veces. No pude evitarlo. —Cojo los platos y me dirijo a la cocina, y Demetri me sigue.

—Los accidentes son una cosa, ¿pero conocer a toda su familia? Vamos, Bella, perderías la cabeza si alguna vez hiciera eso. —Lleno el fregadero de agua jabonosa y empiezo a sumergir los platos.

—En primer lugar, no estás lo bastante cerca como para que eso ocurra, y en segundo, no estás lo bastante cerca. —Me doy la vuelta y lo fulmino con la mirada—. Hago esto sola el noventa por ciento del tiempo. ¿De verdad crees que voy a llamarte para todo?

—¿Para todo? —suelta—. Para cualquier cosa. Cuando hablamos nunca tienes nada que contarme. ¿Has pensado alguna vez que la razón por la que no me involucro es porque haces todo lo que está en tu mano para alejarme?

—¡Qué gracioso! —Vuelvo al comedor y recojo la comida, mientras Demetri me sigue de cerca.

—En serio, Bella, sabes que tengo razón. No deberías haber hecho eso sin hablar conmigo. —Con un golpe, dejo el tazón sobre la encimera y me vuelvo hacia él.

—¡Porque siempre me olvido de ti! —grito.

Sus ojos se abren de par en par. —¿Te olvidas de mí?

Asiento. —Estás tan poco por aquí que me olvido de ti. Me considero madre soltera y la mayoría de las veces, cuando tomo una decisión, no pienso en tu opinión porque, sencillamente, no pienso en ti. —Suena terrible, pero es verdad.

Ouch, Bells, eso duele. —Sus ojos están doloridos y da un paso atrás.

—Lo siento Dem; no lo hice a propósito. Pero míralo desde mi punto de vista.

—Míralo desde el mío —replica.

—Ve a pasar tiempo con tu hijo. —Me doy la vuelta y sigo limpiando. De pronto, siento una mano ligera como una pluma sobre mi hombro y sus labios en mi oreja.

—Yo nunca te olvido, Bella. —Dicho esto se aleja, y no respiro hasta que lo oigo subir las escaleras.

~BoaB~

(4) IEP (Individual Education Plan), o en español PEI (Programa de Educación Individualizada), tiene como propósito establecer la enseñanza, los apoyos y los servicios de educación especial que necesita un estudiante para progresar en la escuela.

(5) Un PPT (Planning and Placement Team), o en español EPC (Equipo de Planificación y Colocación), son equipos interdisciplinarios encargados asignar, revisar o modificar los Planes de Educación Individual según corresponda.

~BoaB~

Nota de la autora: Mantener un PEI no es lo más fácil del mundo, pero tampoco es lo más difícil. Si crees que tu hijo podría beneficiarse de uno, ponte en contacto con el organismo estatal de defensa de la infancia (que puedes encontrar simplemente buscando en Google) y pídeles información para tu hijo.

Tú eres el mejor defensor de tu hijo :)