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Alastor observó detenidamente el flujo rojo que se deslizaba por el círculo que había dibujado. La sal negra rodeaba las velas crepitantes que hacían una formación alrededor de su obra de arte.

Sus manos pequeñas estaban cubiertas de rojo, al igual que el piso, al igual que su rostro sonriente. Era este el regalo para su madre, esa hermosa mujer que no pudo proteger.

Aún le quemaba el recuerdo de aquel día, cuando Gustav Doucet y él habían decidido salir a pescar; ¡ah! Preciosa ignorancia de los negocios que la bella Marie Doucet resguardaba en su pecho, la que les hizo confiar en su felicidad.

Laissez les bon temps ruler… Ellos se habían dejado llevar demasiado por el lema popular, y cuando se dieron cuenta, los buenos tiempos se fueron.

Si bien, el pequeño Alesteir Doucet cayó en el ostracismo de la batalla contra sus dones y susurros, él era un niño. Un infante que apenas estaba entrando a la adolescencia y cuya figura paterna era el brujo de la comunidad. No tan espectacular, más bondadoso que malicioso, aunque rencoroso. Esas características de su personalidad que Alastor había heredado de una manera u otra.

No era de extrañar que el pequeño Alesteir estuviera pegado a su tío, aprendiendo de sus rituales y supersticiones; y que la pobre Marie Doucet les dejara ser.

No es que Marie creyera un poco en esas cosas, en realidad se le hacían meros placebos para la tranquilidad mental de sus congéneres. El hecho de que su hermano y ahora su hijo decían ser brujos blancos, hechiceros del pueblo, le traía una sensación contradictoria, ya que aunque ella creía fervientemente que todo ello eran no más que rituales y medicina herbolaria, también pensaba que en cierta manera era una farsa. A pesar de que esa farsa les traía tranquilidad a los habitantes de la comunidad.

Aunque había una pequeña parte de sí misma que creía que tales cosas como el vodoo y los males encerrados en maldiciones eran ciertamente reales. Quizás ese fue el detonante para que empezara a ocultar cosas a su amado hermano y a su hijo.

Cosas como la carta que había recibido medio año antes, la cual inició el desfile de tales amenazantes objetos de papel y tinta negra, tan negra como el alma de quién las enviaba.

Las cartas que amenazaban con quitarle a su hijo, a esa hermosa existencia que ella atesoraba como una gema valiosa. Su pequeño Alesteir.

Marie no sabía exactamente cómo es que Benjamin sabía al respecto de Alesteir; el terror de la primera misiva cuando le pidió conocerlo no fue tanto como cuando en la siguiente, él se alegraba de que su bastardo no tuviera rasgos negros, pues entonces Benjamin podría adoptarle, por medio de una clara compensación económica para la pobre Marie, por supuesto.

Leer las palabras que describían a su precioso hijo como una mercancía hizo que las manos de Marie Doucet temblaran, ya no de miedo, si no de indignación. Fue entonces que ella respondió tal vergonzosa e indignante carta. ¡Oh! Destino indolente, ¿por qué lo habías permitido? Bien hubiese sido mejor que Marie lo ignorara.

Fueron meses de propuestas terribles, rechazos y amenazas. Meses dónde Benjamin pasaba de ser un matón a un dulce padre preocupado por su hijo desconocido.

La pantomima de éste último acto fue lo que hizo bajar la guardia de Marie.

Ella, la mujer que había sido engañada y abusada en todos los sentidos por el hombre que le escribía para reconocer a su hijo, fruto de una violación, creyó en las palabras bienhechoras de tal hombre. Ella, la madre abnegada y hermosa que Alastor adoraba, quien trató de ver bondad en aquel que le había destruido la vida.

¡Ay! Si tan sólo no hubiera mantenido tales acercamientos en silencio.

Si tan sólo Marie hubiera confiado en que su hermano y su pequeño hijo no explotarían en contra de aquel hombre abusivo. Pero ella los conocía, y sabía que si les contaba tales acercamientos, ellos podrían incluso maldecirlo de muerte. Y no es que ella creyera tanto en ese tipo de cosas (pues una parte de ella realmente tenía esa sensación de que tales materias tal vez podrían ser reales), si no que quería proteger el corazón de Alesteir, su hijo.

Marie nunca le había contado a su pequeño sobre cómo había sido concebido, pensando que era un secreto entre ella y su hermano Gustav. ¡Qué ingenua era! Pues Gustav no bien Alesteir empezó a pegársele, le conto toda la verdad.

Alesteir, el hijo de Marie, siempre supo sobre su nacimiento desafortunado, y también supo desde siempre sobre su naturaleza extraña.

Entonces, tras una sucesión de cartas y un baile de amenazas y promesas dulces y vacías, Marie aceptó verse a solas con Benjamin.

Era un día precioso, con el sol en esplendor reflejado en el caudal del río. Fin de semana, sábado en específico; un día dónde religiosamente cada dos semanas Alesteir y Gustav iban a pescar desde el amanecer y regresaban más allá del medio día.

Un día en el que Marie normalmente tenía toda la mañana para hacer las compras de aquello que no podía conseguir en la comunidad, por lo que iba a la ciudad.

Eran años ya con esta rutina, aunque al inicio Gustav no quería dejarla hacerlo. Sin embargo, él soltó el brazo. Ella ya no quería tener miedo, le dijo.

Normalmente para Marie era un descanso ir a pasear y hacer las pequeñas compras de jabón perfumado, crema corporal, insumos para mujeres, shampoo o cualquier cosa que necesitaba y estaba a buen precio. El viaje de poco más de cuarenta minutos en transporte público valía la pena, sobre todo porque a ella le encantaba pasearse por los escaparates y observar detenidamente la moda en curso, tratando de imaginar los patrones para poder hacer su propia ropa.

Siendo ella la secretaria de la pequeña escuela rural, tenía cierta necesidad de mantenerse modesta y formal, pero también bonita. Ciertamente, a Marie le gustaba mucho percibirse bonita, no para los otros, si no para sí misma y su imagen personal.

Pero ese día ella no fue a visitar los escaparates ni a observar la bulliciosa y vibrante vida del distrito negro de Nueva Orleans.

Ese día, Marie fue a uno de los hoteles de la familia de Benjamin.

El dolor apresó su corazón cuando vio las puertas doradas; ella no había vuelto por la zona turística hasta ese día.

Las miradas llenas de odio racial se le clavaron en el rostro, incluso desde antes de acercarse a los mozos que esperaban alertas en las puertas abiertas.

Uno de esos mozos, de piel lechosa y rostro olvidable con nariz aguileña, se acercó para alejarla. Nadie quería a gente de su tipo en negocios para blancos ricos.

Sin embargo, ella le extendió la carta de Benjamin antes de que el mozo hiciera algo.

La llevaron a la puerta trasera, dándole un sermón lleno de rencor sobre que debió de haber ido primero hacia allá; por supuesto, ella lo sabía, pero no quería hacerlo. Los recuerdos de ese callejón solitario detrás del hotel todavía le causaban pavor. Incluso siendo de día.

Temblorosa, tomó valor y cruzó hasta la puerta de los trabajadores, la que daba a la cocina del servicio habitación. Había un par de chicas sentadas afuera de la pequeña puerta verde, fumando. Una de ellas era negra, como Marie.

La hicieron entrar, con caras hoscas y de pocos amigos fue recibida. Probablemente pensaban que era una trabajadora nueva. Uno que otro miembro del personal de cocina la miró de reojo y con sonrisas amigables; los demás estaban en su negocio.

La hicieron esperar en un pasillo que daba a la lavandería. Ella recordaba bastante bien ese lugar; sus manos temblaron al punto de que apenas podía controlarlas. Estaba sola, ¿qué había estado pensando para ir de nuevo a ese terrorífico lugar? El perdón, sí. Ella estaba pensando en ser buena cristiana, aunque su cuerpo no cooperaba.

Respiró una, dos veces, profundamente. Sintió que el tiempo se volvía una eternidad, y eso le ayudó a calmarse.

Las cosas del pasado ya no pueden dañarte.

Unos pasos pesados se escucharon acercándose. Ella podía recordarlos, aunque les faltaba el tambaleo recurrente del alcohol. Marie recordaba esas pisadas que de pronto la asaltaban alegremente en la lavandería, trayéndole chocolate, y que luego se volvieron amenazantes en aquel triste y gris callejón detrás del hotel.

El hueco en su estómago se hizo cada vez más grande y su ansiedad le estaba causando ganas de vomitar; pero permaneció. Ella no era una cobarde, ya no.

Marie iba a hablar las cosas, a perdonar a Benjamin y a ver si él en verdad quería conocer a su hijo, y tal vez darle una oportunidad para que ambos pudieran tener alguna relación sana como los padres de Alesteir.

Porque Marie no quería negarle el derecho de tener un padre a su hijo, de conocer a quien lo había engendrado, aunque tal situación haya sido en contra de su voluntad.

—"¡Ey! Sigues igual de hermosa como el día en que decidiste dejarme." —Las palabras de Benjamin llegaron a sus oídos, acusadoras. Él le había escrito en una de esas correspondencias que si ella no lo hubiera dejado, ahora serían una familia feliz. Por supuesto, todo era mentira, y Marie lo tenía en cuenta, aunque eso no quitaba el hecho de que en cierto sentido le hacía sentir culpable por no haberle dado la oportunidad a Alesteir de conocer a Benjamin antes.

Marie sonrió nerviosamente; observó cuidadosamente al hombre frente a ella, el padre de su hijo, como si estuviera viendo a un depredador. El cabello castaño casi rubio, lacio, era idéntico al de Alesteir, salvo por el color; los labios delgados, los ojos penetrantes y expresivos, la mala visión. Alesteir había heredado mucho de Benjamin. Demasiado.

Benjamin se acercó a ella, sonriente y complaciente; la rodeó con uno de sus brazos, hablando de los buenos viejos tiempos, antes de que él cometiera ese pequeño error, y apretó su hombro, suavemente mientras la guiaba hacia el ascensor del personal.

—"Incluso después de tanto tiempo, mi dulce Marie, mi corazón todavía se vuelca de emoción al verte… ¡Ya quiero conocer a Alesteir! Espero que haya heredado lo mejor de ambos. Tu belleza, y por supuesto mis genes superiores. Aunque lo último, tengo entendido, es cierto."

El sonido de las puertas del ascensor sacó a Marie de sus cavilaciones; dentro había una mucama con un carrito lleno de toallas y artículos de limpieza. Ella se asustó al ver al dueño y con la mayor rapidez que pudo salió del elevador para dejarlos entrar. Sin duda la chica sabía leer entre líneas.

—"¿Cómo… cómo te enteraste?" —Marie preguntó en cuanto las puertas del ascensor volvieron a cerrar, empezando su viaje hasta la suite del último piso, dónde por el momento, Benjamin residía.

—"¡Oh… Dulce Marie! Siempre supe dónde estabas… pero mi amor por ti fue tan grande que te dejé ir." —Benjamin soltó el hombro de Marie y se paró frente a ella, tomó su mano derecha entre las suyas y la besó como todo un caballero. La pobre mujer se sintió temerosa y reticente ante el gesto, aunque trató de no ser obvia. Según su experiencia, hacer enojar a Benjamin podría ser malo, aunque realmente quería creer que él había cambiado. De verdad, la parte de ella optimista y alegre lo esperaba.

—"Y entonces necesitaste de mi hijo…"

—"¡Cariño! No lo digas de esa manera… me haces ver como un descorazonado, cuando fuiste tú la que huyó con nada más que mi primogénito en tu vientre…" —Benjamin se acercó peligrosamente a Marie, quien se sintió arrinconada, haciendo que su pecho doliera debido a los latidos de su corazón que podrían rivalizar con los de un colibrí. Tal como una ave, se sintió enjaulada y… culpable. —"¡Demonios, Marie! ¡Yo te amaba! ¡Todavía te amo, inclusive después de que me dejaras como un imbécil!"

—"¡Tú abusaste de mí! Yo te quería, antes de esa noche… pero me lastimaste. Me golpeaste… Me convertiste en… en… ¡en una cosa para usar y atormentar! Eso no es amor, Benjamin." —Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, Marie se llevó las manos a la boca; los ojos de Benjamin mutaron de los de un cálido amante a los de un cazador. Estaba molesto.

El hombre de más de metro ochenta respiró hondo, y en un arranque de rabia, golpeó la pared del elevador en la que Marie estaba apresada. Ella saltó por la conmoción, cerrando los ojos con miedo.

—"¡Y te pedí perdón! ¡Todas las veces! Era joven y emocional, además Marie, no me lo dejabas fácil… Pero, eso es del pasado, ¿no? Habíamos quedado que esto sería sin rencores."

Ella asintió; no se arrepentía de haber ido a arreglar el asunto de la custodia con el padre de su hijo, pero sí se arrepentía de haber reaccionado como lo hizo. Marie conocía a Benjamin, no debía caer ni en sus promesas de amor ni en sus provocaciones.

—"Sí, por Alesteir."

El sonido del elevador notificando la llegada al destino los sacó de su incomodidad tras el pequeño estallido de emociones; Benjamin cedió el paso a Marie como todo un caballero, y ofreciendo su brazo, la escoltó hasta las puertas dobles de la suite que ocupaba como hogar provisional mientras se arreglaba lo de la separación.

Dentro del lujoso ambiente, un par de hombres los estaban esperando. Marie miró a Benjamin con muchas preguntas en el rostro sonriente por nerviosismo.

—"Te dije que quería hacer las cosas bien, Marie."

Uno de los hombres, redondo de facciones rosadas y ojos pequeños de color indistinguible por la hinchazón de sus mejillas, se acercó con el brazo extendido. El otro, delgado como un cadáver viviente, con apenas presencia y rostro cetrino, sólo se contentó con observar.

—"Lucius D'levine, abogado. Un gusto." —Se presentó; en lo personal, a Lucius no le gustaba mucho el tipo de gente como la mujer que estaba ahí, pero siempre había excepciones a la regla, y su regla se regia por dinero. Y el dinero del señor Benjamin era algo que no podía ignorar.

—"Marie Doucet."

Benjamin guío a Marie a la pequeña sala de la suite junto a Lucius; todos tomaron asiento, Benjamin lo más cerca posible de Marie. Ella se sintió incómoda de nuevo, pero prefirió no decir nada. Quería acabar con todo eso antes del atardecer.

—"Como te dije, Marie, quiero hacer las cosas bien. Traje a mi abogado para reconocer formalmente a nuestro hijo. ¡Por supuesto, la patria potestad la tendrás tú, absolutamente! Pienso reconquistarte, Marie, y darle una familia a nuestro hijo, y esto es una muestra de qué tan en serio hablo…"

Benjamin le acercó unos papeles a Marie, un fajo bastante grueso. Eran los papeles de reconocimiento de paternidad junto con un convenio de patria potestad, visitas y pensión alimenticia para Alesteir Doucet, que pasaría a ser Alesteir Leroy.

Por supuesto, Benjamin sabía que Marie no era una ignorante. Ella había asistido a la universidad (una para negros, obviamente), aunque nunca culminó sus estudios, sabía que la mujer era inteligente. Esa fue una de las malditas razones por las que se enamoró de ella. La razón por la que la amaba y la odiaba.

Porque una negra lo había hecho enamorarse, haciéndole sentir asqueado de sí mismo.

Él, el gran Benjamin Leroy, ¡enamorado de un ser inferior como ella! Ridículo, estúpido, irracional, impensable…

La odiaba y la amaba en partes iguales. Cuando ella se fue, una parte de sí se sintió aliviado, si era honesto; se había librado de la fiebre ferviente de su obsesión… hasta que aquella enfermedad volvió a tomar posesión de sí y la mandó buscar.

Cuando supo que ella había vuelto a su lugar de origen, su yo amante obsesivo gritó por ir hacia donde el objeto de su amor se había exiliado… Pero entonces Francoise Leroy, su padre, volvió a América y le recordó sus obligaciones como heredero, su compromiso con la mujer que no servía ni como un adorno. Marie ya no podía estar a su alcance nunca más.

Eso no lo detuvo para saber sobre lo que ella hacía; la modestia de no volver a tomar un hombre a su lado. La felicidad y el repudio de haber tenido un hijo bastardo con ella.

El alivio de que su primogénito no hubiese salido como una falla.

Supo que el pequeño era taciturno e inteligente durante sus primeros años de vida. ¡Gran carácter, cómo el de un genio! Cómo el propio Benjamin cuando tenía su edad.

Y aún así, nunca pensó en la posibilidad de reconocerlo; no… La arpía que le habían insertado a su lado como esposa nunca lo permitiría. Tampoco es que a Benjamin le interesara sobremanera, pues cumplía con sus obligaciones maritales y esperaba que rindieran frutos tarde o temprano.

Pero obviamente eso no pudo ser, porque la perra que le habían obligado a mantener era estéril.

¡Oh! ¡Ironía irrisoria del destino! Que aquella a la que su padre tanto había alabado como la futura madre de sus nietos ni siquiera podía hacer bien su tarea.

¿Qué pensaría su padre si supiera que Benjamin tenía un hijo con una mujer negra?

Benjamin se había reído tanto en cuanto se supo de la incapacidad de su arpía esposa para poder quedar embarazada, que juró moriría de un paro cardíaco.

Así que Benjamin, al fin y al cabo, obtuvo lo que quería.

Aunque, ¡por supuesto que no podía divorciarse de la perra con la que contrajo matrimonio! Los negocios no se lo permitirían.

Habían llegado a un acuerdo donde cada quien haría su vida, simplemente estaban cerrando las clausulas con los abogados.

Esto había sido un matrimonio sin amor de ninguna de las partes, por lo que ahora que ya no había temores de embarazos indeseados dados por los amantes de su esposa, realmente le importaba un carajo lo que hiciera.

Y con su libertad, tenía el camino libre para volver con Marie.

Mentirle un poco, ofrecerle su amor, tener a su hijo juntos…

Aunque, obviamente, no podría casarse con ella. No, eso sería deshonroso.

¡Podía ver ese futuro, dónde al fin obtenía todo lo que él quería de la manera en la que lo anhelaba!

Marie leyó todo con detenimiento; había algunas cosas que no comprendía muy bien, pero el señor Lucius le explicó brevemente sus dudas. Ella era una mujer que confiaba en las personas, por lo que nunca pensó en que podría ser engañada.

Todo parecía en orden, demasiado confiable; ella no se había percatado de la trampa.

Ella no se dio cuenta de que el documento no tenía fecha.

Benjamin sonrió cuando Marie tomó la pluma plateada que le había extendido para firmar; ella lo miró con expectativa, con esos ojos bovinos que lo habían atrapado.

—"¿Me prometes que si Alesteir no quiere conocerte o verte al principio, no lo obligarás?"

—"Promesa."

—"Que no vas a intentar hacer nada malo… como cuando…"

—"Más que una promesa, Marie, ¡quiero demostrar mi arrepentimiento hacia ti!"

—"Tengo que aclarar que esto lo estoy haciendo por Alesteir, Benjamin. Él merece conocerte, necesita a su padre. Por mi lado, te he perdonado desde hace mucho, pero debo decirte que nuestro trato solo será como los padres de Alesteir. No como pareja. Quiero que seas consciente de ello."

—"¡Lo soy, Marie! Sin embargo, haré todo lo posible por llegar a tu corazón."

Marie se estremeció con la última frase, y todavía nerviosa, firmó los papeles. Con ello, empezó el pequeño infierno que culminaría en su inesperada muerte.


†******†


Marie no le contó a nadie sobre su pequeña expedición; Benjamin se había portado decentemente, por lo que se sentía más segura, a pesar de que en una o dos ocasiones tuvo sus típicas explosiones de ira las cuales, por alegría de la mujer, supo controlar.

En el corazón de Marie todavía le tenía miedo, pero nació la esperanza de que él por fin hubiese cambiado lo suficiente como para ser un buen padre para Alesteir.

La había citado de nuevo dos semanas después para ponerse de acuerdo cómo y cuando ella podría presentarlo a su hijo, aunque a Marie le apesadumbraba todavía el pensar cómo transmitir la noticia, sobre todo a Gustav.

Su hermano había sido su soporte todos esos años, ayudándola y siendo un tío amoroso para Alesteir; de alguna manera, sentía que estaba traicionándolo. Esperó que él supiera comprender, siendo que amaba a Alesteir, que el chico necesitaba de su padre biológico para al menos saber de dónde venía.

Ni Alesteir ni Gustav sospecharon nada. Estaban dormidos en los días tranquilos, a pesar del secreto que ambos guardaban de Marie.

Fue por esos días que Alesteir, empezó a escuchar las voces más acusativas. Más torcidas.

Gustav y él entonces iban a hacer negocios juntos, ayudando al joven Alesteir a desatar sus instintos en la cacería.

El verano estaba en su apogeo, y las noches pegajosas en los pantanos sólo acrecentaron las visiones oníricas del niño que nunca había tenido silencio mental; Alesteir podía escuchar más claramente, ya no como un zumbido, las voces insistentes de su cabeza incluso en sueños.

La imagen de su madre, ensangrentada sobre la mesa, con su siempre hermosa sonrisa amable y suave, se le presentó como si fuese una obra de arte. Su mirada fija de ojos vidriosos reflejaba la imagen de su pequeño hijo, vestido con una sonrisa forzada.

Alesteir Doucet observó fijamente su figura en los ojos muertos de su madre, una figura que se desvanecía en una mancha negra y sangrienta que empezó a ocupar su rostro; su mirada se reflejó en la de ella, muerta y fría, mientras él estaba corrompiéndose en un tono carmesí enfermo y escabroso.

Y su sonrisa se vició, transformándose en una llena de burla, de deseo aberrante y sangriento.

"Comsúmela"

"Devórala"

"Cómetela"

"Prueba su amor con tus dientes"

Marie respiraba todavía, apenas, al borde de la muerte; el olor de su sangre llenó las fosas nasales del niño que ya no era un niño, era una cosa deforme y oscura, casi formado. Su rostro sin rostro parecía descarnado y su risa florecía con las voces danzantes que le rodeaban con una canción de cuna violenta y hereje.

"Antes de que sea muy tarde…"

"Es mejor que la atesores…"

"En tu interior estará a salvo…"

"Ella te ama tanto…"

"Estarán juntos por la eternidad y más allá."

Alesteir miró sus manos, garras ahora, negras y descarnadas. Las extendió hacia el cuerpo yerto de su madre agonizante; a mitad del camino, con los susurros azuzándole, se detuvo.

Su respiración se hizo más pesada.

Todo se veía rojo, rojo, rojo, rojo…

—"Mamá… despierta..." —El pequeño que ya no era más un humano, si no una cosa oscura y descarnada, susurró con sus labios resecos como hojas de otoño. —"Mamá… mamá…"

Termina con su sufrimiento.

Mantenla eternamente a tu lado.

—"¿Mamá? Mamá… ¡Mamá! —El canto discordante de los susurros en su cerebro aumentó así como su desesperación; Alesteir veía todo en rojo, como a través de un cristal roto, generando un caleidoscopio de confusión. Y los susurros se volvieron poco a poco gritos ininteligibles, acosadores, desesperantes, hasta que el corazón y la mente de Alesteir explotó en algo que no sabía si era rabia o desesperación.

—"Cállense… cállense, cállense. ¡Cállense! ¡CÁLLENSE!" —Y entonces la oscuridad de un sitio conocido y seguro lo rodeó; la habitación que reconocía como propia le dio la bienvenida entre las sombras de la noche. Desde la ventana se filtraba la tenue luz de la luna, y los sonidos del pantano trataron de arrullarle en vano, superados por otros susurros más desagradables, contra natura.

El joven Alesteir entonces fijó su mirada borrosa hacia la ventana, o donde se supone que estaba. Él sólo podía ver las copas de los árboles y unas cuantas estrellas con la luna acompañándolas en todo ese cuadro que era su habitación. Las estrellas siempre le parecieron hermosas, tan hermosas como los ojos destellantes de su madre cuando sonreía.

Abrazó sus piernas; era la primera vez en mucho tiempo que tenía miedo, no de los susurros, si no de sí mismo.

Alesteir, para ese momento, ya había aceptado que no era un niño común. Su tío lo había confirmado más de una vez.

Las voces eran su naturaleza, y estaba bien con ello, simplemente debía ignorarlas. La sed de sangre la habían controlado con la cacería… ¡Oh! ¡Cómo se estremecía cuando su presa chillaba y lloraba!

Pero esto… este sueño terrible había sobrepasado lo que él podía aceptar de su naturaleza. El simple hecho de rememorar tal pesadilla le causó náuseas.

Alesteir amaba a su madre, ella era su motivo de existencia, su sol en los días dónde lo único que quería era estrellar su cabeza contra las piedras del río hasta que no quedara más que una masa informe.

Él no podía… le era imposible pensar siquiera en la posibilidad de hacerle daño.

Terminar con su vida.

Ni siquiera se atrevió a pensar una manera más exacta de describir lo que las estúpidas y aterradoras voces le pedían.

Enterró su cabeza entre sus piernas, haciéndose bolita. Tenía miedo, pero también estaba enojado.

Enojado consigo mismo por dejarse llevar por esas estúpidas voces al grado de soñar tales tonterías.

Enojado con todos, y con nadie.

El sonido de la estática proveniente de una caja de radio en su habitación se escuchó. Ni siquiera estaba encendida.

A Alesteir le gustaba más ese sonido que ahogaba momentáneamente las voces, su ira, y su odio hacia sí mismo por pensar en dañar a su hermosa madre.


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