FUNDOSHI

.

Pieza de tela que se anuda al cuerpo y envuelve los genitales, dejando las nalgas descubiertas.

.

Kagome se extendía sobre la cama, se agitaba y su mente registraba el extraño sonido que producía su propia voz y que rompía el aire con gemidos agónicos. Notaba los pezones erectos, los labios hinchados de besos previos, la respiración de InuYasha e incluso el roce de las hebras de su pelo plateado sobre la piel, además de la emanación de su aura. Sentía como le alzaba la cadera con ambas manos para sumergir aún más la lengua en su sexo y Kagome creía que iba a estallar de placer.

Escuchó el sonido de los pájaros, por un segundo se negó a que éstos cantaran, no quería escucharlos y se ovilló con los ojos cerrados, como si eso la pudiese hacer volver a ese espacio exquisito del que venía: sus sueños. Lo intentó, incluso oprimiendo los párpados, con la utópica idea de conseguir que el sueño regresara en el punto en que lo había dejado; sin embargo, suspiró derrotada un par de segundos más tarde.

Abrió un ojo a la luz que había en la habitación y pudo ver los tobillos y las pantorrillas de InuYasha que permanecía de pie junto al futón, abrió el otro ojo y pestañeó con lentitud un par de veces para aclarar la mirada, mientras iba ascendiendo por la figura de su compañero, el mismo que en sueños la tenía a su merced.

Él se estaba preparando para comenzar el día. Kagome recordó que junto con Miroku emprenderían uno de esos viajes de dos o tres días lejos de la aldea, para atender asuntos de otros lugares.

Cuando pudo abarcar por completo su figura, vio que comenzaba a atar su ropa íntima. Ella conocía aquel artilugio en su época, aunque se usaba cada vez menos y no era de extrañar ahora que miraba en silencio la forma en que InuYasha comenzaba a enrollarlo. No podía negar que la sola visión de la tela cubriendo su sexo, ahora en reposo, era una imagen poderosamente sensual y observar los movimientos que comenzaba a realizar se estaba convirtiendo para ella en un acto de claro fetichismo. Un extremo de la tela descansaba sobre el hombro de su compañero, mientras el otro extremo cruzaba entre sus piernas, formando una especie de grueso cordón que InuYasha llevó por encima del lado derecho de su cadera. Kagome se quedó observando cada movimiento y respiró hondamente. Mantuvo el mayor silencio posible en el momento en que él cruzó aquel cordón de tela por delante del vientre, dejando libre la parte que descansaba en su hombro y que ya podía sostenerse.

InuYasha estaba muy concentrado en la labor con lo que aún no parecía consciente de que estaba siendo espiado.

El cordón de tela pasó ahora por encima del lado izquierdo de su cadera y desde ahí a la parte trasera, momento en que su compañero torció un poco la cintura para mirar hacia atrás, Aquel movimiento le dio a Kagome una visión parcial de la musculatura de su costado completo, pasando por la curva de la cintura, que da lugar al trasero y de ahí se alza y se redondea hacia el inicio del muslo. Se sorprendió ante su propio instinto y el ansia que tenía por delinear con los dedos cada parte, aunque de inmediato lo dio por lógico luego del sueño que había tenido.

InuYasha ya estaba libre para continuar con la siguiente y última parte de aquel ritual de vestimenta. Tomo la tela sobrante, que ahora cubría la parte delantera y la enrolló de forma ligera en un punto a mitad de ella, para pasarla nuevamente por entre las piernas lo que dejó su sexo sostenido, cubierto y con algunos vellos blancos asomando en su vientre y por encima de la sujeción de tela. Kagome sintió que perdía el aire ante la imagen y en su mente se plasmó la visión de esa parte de InuYasha cuando se endurecía en su sueño. Notó como su propio sexo palpitaba, se humedecía y lo necesitaba.

—Para —le pidió en un susurro, casi sin voz. Él comenzaba a enrollar la última parte de la tela en este rito que resultaba increíblemente íntimo.

InuYasha se sorprendió al escuchar la voz de Kagome. La había oído removerse como hacía muchas mañanas para ocultar sus ojos de la luz del sol y así seguir durmiendo, ella siempre necesitaba dormir más que él; sin embargo no advirtió que había despertado.

—Buenos días —respondió con una sonrisa suave, para continuar con la tarea de enrollar la tela que le quedaba pendiente.

—Para, no sigas —volvió a insistir ella, en tanto se incorporaba y quedaba sentada sobre sus piernas flexionadas delante de él.

InuYasha detuvo la acción sin quitar la mano del lugar en que estaba ajustando la prenda, sólo en ese momento fue consciente que la situación estaba adquiriendo un sentido diferente. Kagome tocó su mano sólo con la punta de los dedos, como una petición para que la retirara. La observó mientras ella lo miraba a los ojos para reforzar la petición silenciosa que él enseguida acató, justo antes de notar la forma en que su respiración cambiaba de una que era calma y relajada a otra más corta e inquieta, tal como habían cambiado los latidos de su corazón.

Vio cómo su compañera se centraba en la acción de deshacer el trabajo que él casi había finalizado. Le indicó, con un suave empujón de los dedos sobre la cadera, que se girara un poco mientras desenvolvía la tela por la parte de atrás. No tenía que explicarle demasiado hacia dónde iba dirigido aquello, pero aun así sintió la necesidad de decir algo.

—¿Kagome? —sólo pudo emitir su nombre.

La pregunta implícita fue acallada por un sonido suave de silencio emitido por ella. InuYasha pudo notar el sonrojo que cubría las mejillas de su compañera y supuso que él se vería igual; sin embargo, estaba aprendiendo a tolerar esos accesos de pudor. En este último tiempo se atrevían a explorar la intimidad y habitualmente el resultado era emocionante y satisfactorio. Se mordió el labio, cuando ella no lo veía, en un claro gesto de deseo ante la sensación de los dedos de Kagome rozando su piel en zonas tan sensibles. Cuando ella presionó su cadera por el lado derecho, indicándole que se girara para quedar de frente, InuYasha tuvo que contener un gemido y disfrazarlo lo mejor posible, aclarándose la garganta.

Kagome se sentía extraña ejecutando aquella labor, deseaba hacer el mismo ritual que InuYasha efectuara hace un momento, pero a la inversa y de ese modo quitarle aquella prenda que había preparado con sólo un trozo de tela. Notaba como su respiración se hacía leve, como si no pudiese concentrarse en respirar con calma. La última indicación que le había dado a su compañero, para que volviese a quedar del todo frente a ella, había dejado de manifiesto que él comenzaba a excitarse del mismo modo que ella, sólo que en él aquello resultaba evidente. Kagome fue consciente de como con un último movimiento más de la prenda, ésta caería por sí sola; sin embargo, se resistió a esa liberación inmediata y sostuvo la tela con la mano en un puño, sobre la cadera derecha de InuYasha. Se quedó mirando, hipnotizada, la forma en que la sujeción de tela que tenía delante comenzaba a abultarse, demarcando la erección de su compañero. Lo escuchó gemir muy despacio, en un sonido que mostraba el pudor al que se estaba resistiendo. Ella sintió la necesidad de avanzar un poco más; estaba a punto de hacer algo que parecía inverosímil hace unos meses atrás.

El pecho de InuYasha se agitaba con movimientos rápidos que dejaban de manifiesto su excitación y lo difícil que le estaba resultando dejar que Kagome hiciera lo que fuese que estaba en su cabeza ahora mismo. Él había escuchado algún relato obsceno sobre como las parejas tomaban el sexo masculino y lo acariciaban con la boca y la lengua, pero nunca había hablado con nadie de ello, de hecho, en su imaginario podía considerarlo prácticamente un mito. Sin embargo, el ver cómo Kagome se había detenido a observar el modo en que su sexo se hinchaba y endurecía bajo la tela, lo llevó a pensar en aquel relato.

Quiso decir su nombre, pero sólo se escuchó gemir débilmente deseando huir, tanto como quedarse.

Creyó que se iba a desvanecer cuando Kagome acercó su boca hasta el bulto cubierto y ejerció presión con sus labios en él, en ese momento el gemido que él emitió fue abierto y no pudo ser retenido por el pudor. La excitación se le había ido a la cabeza y lo mareo de tal forma que se tuvo que sostener del hombro de ella con una de sus manos.

Kagome experimento una profunda sensación de poder cuando el sólo toque de su boca sobre el sexo de InuYasha, aún bajo la tela, lo hizo doblegarse de ese modo. Aquello pareció encender una perversa necesidad en ella y su siguiente caricia la ejecutó con los dientes sobre la carne cubierta. InuYasha tembló, jadeó sonoramente y se sostuvo con más fuerza de su hombro. Ella volvió a realizar la misma furiosa caricia y él se estremeció un poco más. Finalmente, Kagome soltó la tela que mantenía retenida en la mano y ésta se desenrollo con cierta lentitud ante sus ojos para deslizarse por el costado y entre las piernas de su compañero, siendo olvidada en el suelo. La erección de InuYasha se manifestó justo delante de sus ojos y ella la miró casi con embeleso; era la primera vez que iba a explorar y reconocer de este modo esa parte de él.

Alzó la mirada y se encontró con los ojos dorados de su compañero que la observaban con atención, expectante ante sus movimientos. Se mordió el labio con una media sonrisa que quería contarle a él lo interesante que se le estaba haciendo este momento de exploración. InuYasha imitó el gesto de sostener el labio con los dientes, por pura necesidad, y su sexo se manifestó dando un pequeño bandazo en el aire lo que atrajo la atención de Kagome que volvió a fijar su mirada a éste. Se inclinó ligeramente y tocó la carne con su lengua en la zona de la base, deslizándose lentamente hacia la punta. Notó la forma en que InuYasha se sostenía de ella y luchaba por no presionarla con más fuerza de la necesaria. Ella iba reconociendo con su lengua la textura suave de la piel distendida por la erección de su compañero y la forma en que se iban marcando poco a poco las venas.

—Oh, Kagome, por favor… —lo escuchó suplicar, en tanto se doblaba sobre ella, llegando a posicionar una de sus manos en mitad de su columna.

A pesar de la súplica ella volvió a ejecutar el mismo movimiento, esta vez ayudándose con una mano para alzar el sexo de su compañero y comenzar la caricia desde más abajo.

InuYasha sentía que las paredes de la casa comenzaban a dar vueltas, eso ante las sensaciones que Kagome le estaba provocando. Cada vez que lo tocaba, notaba como su vientre se comprimía, la sangre presionaba con más fuerza en su sexo y por la columna le subía un calor abrazador que le quemaba cada pensamiento coherente que pudiese tener. Se sostuvo con la palma abierta sobre la espalda de ella, no podía mantenerse en pie del todo. Obligó a su cuerpo a incorporarse nuevamente, un poco más, porque el ansia de observar lo que hacía Kagome era tanta como el deseo de cerrar los ojos y perderse en medio de las sensaciones. Pudo ver como ella sostenía su sexo con la mano, siendo el pulgar el punto de apoyo para alzarlo y de ese modo deslizar la lengua, desde la base de éste hacia la punta. La miró repetir la misma acción, mientras él sentía que el aire se hacía denso y húmedo. Soportó la deliciosa tortura de sus roces, no obstante, nada lo preparó para el momento en que su compañera decidió poner su boca abierta en la punta de su erección.

Una nueva suplica salió de entre sus labios y Kagome volvió a ignorarlo, continuando con su afán.

Quiso alzarla por los hombros y terminar con ese tormento, permitiéndose entrar en ella. Sin embargo Kagome se resistía y a pesar de que él era consciente que con su fuerza podría alzarla con facilidad, se había prometido que nunca la forzaría en nada. Volvió a suspirar, casi derrotado y con los ojos entrecerrados, mientras su compañera humedecía con la lengua la extensión de su carne que ya estaba caliente y dura hasta el dolor.

Kagome volvió a ascender deslizando la lengua por su erección, llegando a la punta, para oprimirla con los labios, sin dejar de mirarlo en ningún momento. InuYasha creyó que aquello era lo más excitante que podía hacerle, hasta que su compañera separó un poco más los labios para comenzar a engullir su sexo. El calor y la humedad en el interior de la boca de ella no se parecía a nada que hubiese sentido, era caliente y húmedo y tenso y lo enloquecía al punto de hacerle temblar las piernas.

¡Por Kami! Qué es esto —pensó.

Aunque se lo hubiesen contado, aunque alguien le hubiese aclarado que el mito era real y que estas cosas pasaban entre las parejas, nunca habría podido imaginar la potencia de las sensaciones que estaba experimentando.

Kagome lo tenía a su merced. InuYasha parecía desprovisto de voluntad y suspendido en el asombro de sentirse dentro de su boca. En tanto ella se llenaba las manos y acariciaba suavemente los oblicuos que bajaban de la cadera de su compañero hasta la ingle. La fuerza del músculo bajo la suavidad de la piel tensa era indescriptible; y todo ese poder caía bajo el toque que ella efectuaba con su boca. Su propia necesidad de él se mantenía aplacada por el ansia de verlo disfrutar y deshacerse debido a las caricias que le concedía.

Se sintió arrebatado ante la imagen de Kagome que lo deslizaba la boca y dejaba un rastro de humedad en la parte de su sexo que conseguía cubrir. Notó sus pequeñas manos recorriendo su cuerpo, desde la cadera al centro y de ahí a la parte interna de los muslos, para luego abrazarse a sus piernas, intentando meter su sexo aún más adentro en aquella pequeña boca. InuYasha cerró los ojos ante la presión de su propia excitación y se hizo consciente de la debilidad de sus piernas que ya no lo sostenían. Cayó arrodillado ante ella, no sin antes escuchar el quejido húmedo de la boca de su compañera cuando fue obligada a soltarlo por la inercia del movimiento. La vio pasarse el dorso de la mano por la boca, como cuando comía alguna fruta, el jugo se le escurría y le dejaba mojados los labios. Se estremeció ante la sensación que la comparación le daba y se quedó mirando a Kagome, mientras ella volvía a su labor, ahora con él sentado sobre sus propias piernas.

—No, ven aquí —le pidió, casi como una exigencia, sosteniéndola por un brazo.

Su compañera lo miró y sonrió mientras le negaba la petición con un gesto.

—Por Kami, mujer —se quejó, finalizando con un gemido, cuando ella deslizó su mano y recorrió toda la extensión de su sexo.

Kagome se había inclinado delante de él y volvía a recorrer su erección con la lengua, suspirando en el momento en que llegó a la punta. Ella misma sentía que estaba sucumbiendo al deseo, sin embargo no quería claudicar; quería verlo arder de pasión y placer para quedarse con sus expresiones en la memoria como si fuesen un regalo. Retomó su voluntad y recorrió la piel suave que coronaba el pene erecto, llevándose en la lengua una gota que salía de él. Notó su propia sorpresa ante la sensación de estar saboreándolo y volvió a meterlo dentro de su boca como si se tratara de lo único posible a hacer, sintiendo la punta presionar contra su garganta. Temía lastimarlo con los dientes, pero a InuYasha no parecía molestarle, sólo lo escuchaba esgrimir sonidos de desesperación y profundo goce que la incitaban a apresurar la caricia. Mientras más rápido lo deslizaba por su boca, más enérgicos eran los quejidos de su compañero. Se sorprendió ligeramente cuando sintió los dedos de él que se enredaban en su pelo.

No podía dejar de observar como Kagome iba engullendo su sexo, lo humedecía con su boca y él sentía que todo dejaba de existir alrededor excepto ella y lo que le estaba haciendo. La yukata se le había abierto con los movimientos y su pecho afloraba casi hasta descubrir un pezón y con esa visión él se supo perdido, tembloroso y a punto de desvanecerse de placer. Enredó sus dedos en el pelo de su compañera y lo que inicio como una caricia algo errática se convirtió en un agarre firme, debido a las sensaciones. Sostuvo a Kagome por la cabeza mientras él movía la cadera en su dirección, respondiendo a la necesidad de agitarse con toda la fuerza que tenía. Finalmente se sintió perdido, sin poder pensar, Kagome le estaba arrebatando toda la voluntad.

Sintió la forma en que se le tensaba cada músculo: los hombros, el cuello, la espalda. Se le endureció el vientre, preparando la descarga de su simiente y la cabeza se le embotó como si se hubiese comido alguna de esas setas alucinógenas que había en el bosque. Sus sentidos se centraron en la respiración constante y rápida de su compañera, así como el sonido que hacía con su boca al succionar. Los labios le tocaron el vientre y se sintió completamente dentro, aquello pareció el detonante que su desesperación buscaba. Mantuvo la mano firme, afianzando la posición de Kagome, mientras todo su cuerpo comenzó a sacudirse por los espasmos que le producía el orgasmo. Se escuchó gemir con fuerza, hasta que la voz se le rompió en una súplica que se enlazaba con la sensación de culminación que ahora mismo le estaba bañando todo el cuerpo, en tanto su semen llenaba la boca de su compañera. Por un momento tuvo la lucidez de soltarla de la sujeción férrea y escuchó su respiración sofocada cuando lo liberó.

—Kag… —quiso decir su nombre, pero su propio jadeo agitado no se lo permitió.

Kagome se llevó el dorso de la mano a la boca y la sostuvo ahí, hasta que hizo el gesto de tragar algo denso e InuYasha se sorprendió al comprender lo que ella acababa de hacer. No dejaba de mirarla y esperó hasta que ella se enfocó en él, no estaba seguro de si estaría molesta por como la había sostenido contra su sexo. Sin embargo, ella le devolvió la mirada y la acompañó de una sonrisa suave, justo antes de esconder la cara sobre su pecho. Él la recibió y se echó hacia atrás, sostenido en uno de sus brazos para poder abrazarla con el otro.

Se mantuvieron así un instante, el suficiente para comenzar a asentar las emociones.

—Sabes un poco como las castañas verdes —dijo ella. InuYasha no pudo evitar sonreír, permitiendo que esa sonrisa resonara en la habitación.

—¿Qué haces tú, probando castañas verdes? —aun notaba la voz inestable debido a la agitación reciente.

—Qué hago yo, probando tantas cosas —se apretó un poco más en el abrazo que habían improvisado.

—Eso me pregunto —no pudo evitar filtrar en su voz cierta timidez, en medio de la coquetería. Kagome alzó la mirada y la fijó en el dorado complacido de su compañero.

—Supongo que hacerlas mías —sus dedos le volvieron a rozar el sexo, que se agitó suavemente como si deseara volver a despertar. Ella pudo ver que en el dorado de sus ojos se avivaba el deseo.

Estaban ampliando sus límites y rompiendo barreras. Todo gracias a un fundoshi.

.

N/A

Dije que esa imagen de Len daría para un relato, pues aquí el relato.

Le agradezco a ella, enormemente, por poner el hilo rojo en el dedo de Inu y convertir esa imagen en parte del ideario de Ēteru. Es un detalle pequeño, no me atrevería a pedirle más, pero con ello siento que respeto su obra.

Más cosas: Dichoso y bienaventurado fundoshi, estoy por crear una religión en torno a él xDD… pero al de Inu, claro.

Este relato me gustó mucho escribirlo como parte de la Antología de Ēteru porque creo que sirve para mostrar "lo no visto" de esta pareja y que la ha ido afianzando.

Espero que les haya gustado y que me dejen su rayita en los comentarios, para crearlos en mi universo de existencias.

Muchos besos!

Anyara