INAZUMA

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—¡Dilo! —exigía InuYasha con el tono de voz más autoritario que podía conseguir, ese que muchas veces ensayaba en medio de la soledad del bosque. Su voz se estaba haciendo más grave, aunque en ocasiones le traicionaba un deje agudo e infantil.

Desde los cien años sólo había aumentado en un año la apariencia que tenía, la que se asimilaba mucho a los trece años humanos. Cuando era pequeño crecía con mucha más rapidez, de hecho su madre creía que su desarrollo sería como el de un humano, y que sus únicas diferencias serían la fuerza que poseía y los rasgos visibles de su apariencia como hanyou. Fue Myoga el que lo sacó de ese pensamiento y la evidencia que al llegar a los treinta años de edad, seguía pareciendo un crío de trece.

—¡Dilo, Myoga! —volvió a insistir, oprimiendo a la pequeña pulga entre sus dedos.

—Señor InuYasha, no debería ir a ese lugar —se quejaba en medio de las palabras—, es un sitio que sólo tiene dolor.

—Eso lo decidiré yo, Myoga —iba muy bien en su tono autoritario, hasta que el nombre de la pulga le robó un falsete.

¡Kuso!

De todos modos el refuerzo positivo que estaba aplicando sobre el anciano youkai, sirvió para que éste soltara una clara rendición.

Le indicó el lugar al que debía dirigirse, un paraje al otro lado del Fuyo-ho.

—¿No es Fujisan? —preguntó InuYasha, mientras caminaba con las manos metidas en las mangas de la mágica ropa que le había dejado su padre. Algo que su madre se había empeñado en que recordara.

—Esa es una forma muy simplista de definir algo tan bello —expresó la pulga, con ese aire de servidor culto que siempre lo rodeaba. A veces se preguntaba qué papel cumpliría junto a su padre realmente ¿De verdad Toga era una especie de Lord, como Myoga se lo había contado?

—Me gusta lo simple, para qué dar nombres complicados a las cosas como pico del loto ¿A quién le importa? —masculló, un poco por apoyar su idea y otro poco por su propia falta de conocimiento fino sobre ciertas cuestiones, lo que siempre le había molestado.

—A un poeta le importa —Myoga apoyó su punto en actitud meditativa, sentado sobre el hombro de su señor.

Poesía, algo que su madre leía. Recordaba que le había enseñado a leer y escribir, además de esmerarse en que él trabajara la caligrafía cuando apenas tenía cinco u ocho años, no estaba del todo seguro. De todas las cosas en que lo educó, ahora no usaba prácticamente ninguna, en mitad del bosque toda aquella cultura quedaba enterrada sin piedad por la sobrevivencia. Sin embargo, recordaba perfectamente el primer haiku que le enseñó.

—Dorada alma ¿Calienta tu sol la luz de su futuro? —lo recitó, como algo que jamás podría olvidar.

—La señora Izayoi era maravillosa creando haikus —sentenció Myoga. InuYasha se sorprendió, nunca pensó que aquello lo hubiese creado su madre, ella nunca se lo mencionó.

Por un momento se permitió pensar en cuántas cosas más era su madre, además de una dama caída en desgracia. Princesa le llamaban algunos; perra, otros. Él no quería que Myoga le contara muchas cosas porque prefería recordarla como su madre, todo lo demás le sobraba.

Caminaron varios días, parte del camino lo hizo InuYasha corriendo. Se sentía orgulloso de la velocidad que alcanzaba, además de la extensión de terreno que conseguía abarcar antes de cansarse. Era consciente que todo eso sería mucho mejor si él fuese un youkai como su padre o ese medio hermano que tenía con el sólo se había visto una vez.

Myoga intentó persuadirlo de no acercarse al lugar un par de veces durante el trayecto, sin embargo, InuYasha estaba decidido a visitar el sitio en que había muerto su padre.

—Ahí está —dijo Myoga, cuando estuvieron en una colina que daba acceso a las ruinas. Su voz sonaba apesadumbrada, como si los recuerdos le hubiesen venido de golpe. Lo escuchó alejarse un momento.

Al vislumbrar el lugar, ruina sobre ruina, sintió con más fuerza el vacío que siempre lo acompañaba desde que había muerto su madre. Se acomodó junto al tronco de un árbol buscando la motivación que lo había traído hasta aquí en primer lugar. No podía decir que percibiese una energía real, lo que allí había sucedido había pasado hace mucho tiempo. Sin embargo, se le erizó la piel y el frío de la soledad y el abandono se le instaló en el corazón. Era difícil entender el mundo cuando tenías tan poco para comprenderlo.

No estaba seguro de qué esperaba encontrar en realidad. Quizás, simplemente, quería hallar un lugar que lo conectara con sus raíces, desde que había muerto su madre sólo estaba vinculado al lugar en que se encontraba su tumba, ni siquiera al sitio en que ella había vivido con él. Ahora quería estar cerca de algo que tuviese que ver con su padre, sabía muy poco de él y aunque Myoga intentara contarle cosas, le faltaba algo material, le faltaba algo que lo ayudara a sentirlo más allá de las palabras subjetivas de un servidor. Su madre, a diferencia del youkai pulga, le hablaba muy poco de él; InuYasha suponía que por el dolor que le causaba, así que nunca insistía.

Finalmente se decidió y se puso en pie. Caminó en silencio, con Myoga sobre el hombro otra vez. Cuando estuvo a escasos metros de la puerta pudo escuchar al pequeño youkai dar un salto lejos de él.

—Aquí lo espero, señor InuYasha —declaró, sentándose en una roca, con los ojos cerrados y actitud serena.

—¿Qué? ¿Te dan miedo los fantasmas? —se mofó de la pulga.

—Respeto demasiado a los muertos, más aún a mi señor Toga —la voz de la anciana pulga fue categórica. InuYasha sintió que no podía replicar aquellas palabras cuando estaban dichas con tal convicción.

Avanzó el camino que le quedaba, hasta una robusta puerta de madera que le permitía la entrada a un lugar que antaño había sido un castillo, del que sólo permanecían parte de las paredes exteriores y algo de lo que debió ser la construcción principal. Por lo que Myoga le había contado, este era el lugar donde su madre lo dio a luz y también donde había muerto su padre. Por muy joven que fuese aún, no podía negar la sensación de solemnidad que tenía para él estar aquí.

Cruzó la puerta de madera y el grueso muro exterior. Comenzó a pisar la tierra que se había mezclado con la ceniza negra de un incendio antiguo. Al entrar no pudo evitar repasar la forma en que una batalla se había llevado a cabo aquí. Le sorprendió ver la magnitud del destrozo que antecedía al fuego, estaba todo concentrado en la pared contraria al lugar por el que había entrado. El suelo parecía surcado por varias grietas gruesas que ni aún el paso de más de un siglo había podido rellenar, lo que le llevó a pensar en una fuerza inmensa. A un costado había un edificio pequeño que aún se mantenía en pie, suponía que por no estar conectado con el principal, que ahora mismo no era más que un montón de maderas quemadas y viejas, casi petrificadas. Camino en dirección al centro de aquel edificio caído. Sentía como la tierra se endurecía más en esa zona en la que no crecía hierba.

Antes de llegar a la parte más densa de escombros notó algo diferente y más duro en la planta del pie, así que se detuvo para observarlo. Encontró un trozo de metal, que a simple vista no tenía el aspecto de ser parte de los restos de la construcción. Se agachó y desenterró la parte que estaba atrapada por la tierra, parecía un medallón. Lo limpió con los dedos, se lo pasó por la ropa y lo sopló, para poder ver mejor lo que tenía grabado. A simple vista le parecía un emblema, sabía de algunos clanes que los poseían, por lo mismo él era una especie de paria al no pertenecer a ninguno. El emblema en el medallón tenía un rayo salido del fuego. Se quedó un momento mirándolo y encontró fuerza en lo que representaba aquel símbolo, luego sólo lo sostuvo en la mano, mientras daba una vuelta en el lugar para recorrer todo lo visible de este sitio en que había nacido.

Caminó un poco más en medio de aquel espacio yermo, sólo crecía algo de vegetación en la linde con el muro. Miró dentro del edificio que aún se mantenía en pie, no había nada que pudiese considerar interesante, sólo polvo y los restos de algún animal que había venido a morir aquí. Quizás no era un mal sitio para venir a morir cuando le tocase el momento. Una sonrisa irónica dejó a la vista uno de sus jóvenes colmillos; ni siquiera sabía cuándo sería eso, aún no conocía a ninguna cruza como la suya.

Salió de ahí con unos cuántos saltos y al llegar junto a la roca en que había dejado a Myoga, le enseñó el medallón.

—Es el símbolo de Susanoo, la deidad de las tormentas y las batallas —le explicó el youkai.

InuYasha volvió a mirar el medallón, por una parte se preguntaba si aquello tenía relación con él, pero enseguida pensó que él no tenía relación con nada.

—¡Bah! —exclamó, en el momento en que lanzaba el medallón lejos, entre los árboles.

Escuchó a la pulga quejarse por hacer aquello, lo escuchó decir algo sobre el respeto a su padre y a las deidades, pero él ya se había echado a correr por mitad del bosque y no prestó mayor atención.

Esa fue la primera vez que se acercó al lugar.

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N/A

INAZUMA significa RAYO

Este relato es un pequeño espacio en la vida de un InuYasha con apariencia adolescente, quizás con parte de su desarrollo intelectual en esa etapa, no por los años vividos, más bien por el tipo de experiencias.

Espero que les haya gustado y que vayan encontrando los lazos de estos relatos en Ēteru.

También quiero agradecer con un enorme MUAK! A mi querida Len, que hace cosas hermosas sobre Inu, como el dibujo de adolescente que tuvo listo en cuánto le comenté de este escrito. Agradezco a las sincronías del Ēteru por ponernos en línea y estar formando algo que gratamente puedo llamar amistad, un vínculo que en una de sus definiciones dice que viene de los vocablos griegos "A-Ego" que vendría a ser Sin-Yo o Sin-Ego, lo que me parece hermoso porque la amistad debería bajar esa barrera, así como cualquier clase de amor.

Dicho esto!

Muchas gracias por leer y acompañarme con sus comentarios.

Anyara