SŌZŌ

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No es fácil definir el comienzo de algo, menos cuando ese algo se convierte en un alguien que reestructura la forma de ver el mundo y lleva a quienes son tocados a ser seres diferentes, a explorar límites que no se habían planteado.

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Kagome se levantó muy temprano aquel día, el último de la primavera. La luz de la mañana había comenzado a iluminar hacía muy poco, de hecho al asomarse a la puerta aún se veían algunas sombras entre los árboles debido a que el sol simplemente se adivinaba tras los montes.

—Qué madrugadora —escuchó a InuYasha, que se asomó a la puerta, quedando tras ella, mientras la abrazaba cruzando los brazos por encima de los hombros de su compañera y por delante de su pecho. Kagome se sostuvo de aquellos brazos desnudos y acarició uno de ellos con la mejilla.

—Sí, quiero ir a preparar el ramo —habló con certeza. La mañana era la mejor hora para ir por el campo en estos días ya que habitualmente por las tardes había tormenta.

—Iré contigo —declaró InuYasha.

—No es necesario, todo está muy cerca en realidad —comenzó ella a explicarse.

—Voy contigo —sentenció. Descansando el mentón sobre la cabeza de su compañera.

Kagome suspiró y sonrió. No podría evitar lo sobreprotector que él resultaba, por más que intentara demostrar que era fuerte y capaz de cuidar de sí misma.

—Bueno —sonó resignada—, pero nada de quejas si nos tardamos ya sabes que me entretengo cuando salgo a mirar plantas.

—Un poco ya podré quejarme ¿No? —el tono de él iba claramente dirigido a sacarle el carácter a ella.

—No —la que sentenció ahora fue Kagome, desentendiéndose del abrazo para mirarlo con las manos en la cadera.

InuYasha se sostuvo con ambas manos de la parte alta del marco de la puerta y se echó hacia adelante en un gesto que parecía ir hacia ella. En ese momento su compañera pudo ver la diversión en sus ojos dorados, además de una sonrisa retozando en la comisura del labio.

—Mira qué eres… —quiso quejarse y dejó la frase a medias.

—¿Qué soy? —se inclinó un poco más. Kagome negó con un gesto de su cabeza y finalmente sonrió sin poder evitarlo. InuYasha había aprendido a relajarse con ella, a coquetear, a mostrarse sensible y a ser feliz.

—Eres… —se alzó y le dio un beso rápido, antes de entrar a la casa por el hueco que había junto a él.

—¿Qué soy? —insistió con la pregunta, mirándola tras de sí, ya con la diversión jugando en las palabras.

—Travieso, eso eres — ella ya había calmado su energía y volvía a ser vulnerable al amor que le tenía.

No tardaron mucho en salir al bosque. Kagome quería recolectar hierbas y flores que eran características solo de unos días durante estas semanas. Habitualmente lo hacía durante el solsticio de verano, como una especie de ritual personal que había adoptado un par de años después de llegar a vivir definitivamente al Sengoku. Una parte de aquello que reunía lo convertía en ungüentos, o lo secaba para mantener sus reservas, la otra estaba destinaba a formar un ramo que a modo ceremonial mantenía la buena energía y salud de esta época del año, por todo el ciclo venidero. Al llegar la noche de este mismo día, debía entregar el ramo anterior al fuego, para agradecer por todo aquello que dicho ramo había sostenido.

—Estás ¿Te sirven? —le preguntó InuYasha, indicando unas varas con flores pequeñas de color amarillo. Kagome doy sólo un paso hacia ellas sin necesitar más.

—No —sentenció con seguridad.

—¿Cómo, no? Son iguales a estás —indicó unas varas con pequeñas flores amarillas que había dentro de la canasta en que su compañera recolectaba las plantas y que él se había ofrecido a llevar.

—No son las mismas —Kagome continuó mirando el camino, para buscar una planta de hoja pequeña que necesitaba.

—Si son iguales —continuaba insistiendo su compañero y tuvo que volver a mirarlo para saber si realmente lo creía o estaba siendo travieso otra vez.

Confirmó que era confusión.

—Mira —tomó una de las pequeñas hojas de la vara que InuYasha insistía en que era la misma y la levantó para que pudiese verla a contraluz— ¿Notas que la hoja es consistente?

—Bueno, tan consistente como puede ser una hoja —aclaró él.

—Te lo digo de otra forma. La hoja es cerrada —volvió a intentar.

—Sí —aceptó.

—Bien —Kagome soltó aquella hoja sobre la hierba y ahora tomó una de la planta que InuYasha llevaba en la canasta, la levanto y la puso igualmente a contraluz— ¿Ves la diferencia?

Claro que la veía, la hoja estaba completamente cubierta de minúsculos orificios por los que pasaba la luz.

—Qué bonita es —expresó con total admiración.

Kagome lo observó a él y renovó, una vez más, el sentimiento que la mantenía junto a InuYasha. Su magnificencia contrastaba emotivamente con su capacidad de sorpresa. Su instinto salvaje, con una ternura que nunca había visto en nadie.

Lo amaba.

—Vamos, tengo que terminar de encontrar las hierbas —le pidió con una sonrisa.

—Sí —la respuesta de él fue clara, de la misma forma que solía ser su alma, aunque él lo desconociera.

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Ese día Kagome preparó una ofrenda que pondría esa tarde en el templo, junto con las que los aldeanos entregaban, y que consistía en velas que había podido prepara para estas fechas. Las hacía con cera de abeja y con un sistema que conocía de su tiempo, el que permitía una llama más grande y una luz más clara. Ambos se acercaron al templo, se saludaron con las personas que conocían, también pasaron tiempo con sus amigos. Sango y Miroku parecían felices viendo a sus hijos pasar por el anillo de purificación que habían preparado los aldeanos con grandes varas de la hierba que se usaba para purificar también en templo. Era de un buen tamaño, suficiente para que pasaran tanto niños como adultos.

—¡Vamos a cruzar por el anillo! —le pidió Kagome, tomando su brazo y tirando de él. Se mantenían cerca del bullicio, aunque a cierta distancia, como era costumbre de su compañero en estas reuniones con tantas personas.

—¿Tienes muchos pecados que limpiar? —preguntó, sin moverse, fascinado con la forma en que la expresión de Kagome pasaba de la súplica, a la indignación y luego a una cierta coquetería que ya se había vuelto innata en ella.

—Vamos —pidió, con un tono más cercano, tanto como su cuerpo.

InuYasha la miró y le mostró apenas el atisbo de una sonrisa. Pocas veces le decía las cosas que pensaba, casi siempre le resultaban mucho más fáciles las acciones que las palabras. Iría con ella, se dejó llevar, pero no había ritual que purificara las cosas que quería hacerle, ni los tipos de besos que quería darle.

La acompañó durante parte de la fila en la que se ponían aquellos que querían cruzar el aro. En todo momento mantuvo sus manos dentro de las mangas del haori, como ya era su costumbre. Los niños más pequeños de la aldea jugueteaban en torno a él, siempre lo hacían, había una especie de valentía en ellos a la hora de acercarse al demonio perro. Kagome conseguía adivinar la intensión tras la mirada que InuYasha le daba a los niños, era una especie de mirada con la que jugaba a asustarlos. Las madres no tardaban demasiado en llamarlos y entonces InuYasha las ignoraba y cambiaba su atención. Permitió que una pregunta que muchas veces deambulaba por su mente, se presentara clara, mientras esperaba su turno para ser purificada.

Y si tenían hijos

Alguna vez llegaron a hablarlo, lo cierto es que casi con monosílabos y prácticamente estaban decidiendo que para ambos era demasiado pronto, querían pasar tiempo disfrutando de la compañía que se podían brindar uno al otro y reconocerse en aquellas cosas que no eran obvias. También estaba el hecho de que con más frecuencia de la que querrían los hijos de Sango y Miroku cubrían la cuota de paciencia que tenían y regresar a la calma y la intimidad de su cabaña era como estar en el mejor lugar del mundo. Sin embargo, ahora tenía una sensación distinta.

InuYasha se separó de Kagome cuando ella estuvo a pasos de aquel enorme aro creado con ramas verdes atadas con cáñamo de hiedra; podía oler el frescor de los materiales. Su compañera lo miró, instándolo a pasar juntos, sin embargo él negó con un gesto y esperó.

—¿Por qué no has querido pasar? —la pregunta surgió cuando ya habían dejado atrás la celebración, ante el aviso que dejaban las nubes y el aroma de la tormenta.

Volvían a su cabaña que estaba algo retirada del resto de la aldea. InuYasha sabía que siempre podía cargar a Kagome y llegar en un instante; sin embargo, debía reconocer que uno de sus placeres era caminar junto a ella al paso que su compañera marcara.

—Porque no son mis tradiciones —aclaró, de esa forma concisa que él siempre usaba.

Kagome se quedó pensando un momento. No podía negarle razón, después de todo qué podía significar todo esto para InuYasha que había crecido sólo y alienado de las dos partes que lo componían.

—Entonces crearemos las propias —sentenció ella. Su compañero se sorprendió, lo pudo ver en el dorado que la observaba, para luego mostrar una satisfacción inherente a sus palabras.

—Siempre lo haces —sonaba casi risueño.

—¿Qué? —le preguntó, mientras se tomaba de su brazo. Él no dejaba de mirarla.

—Crear el mundo —prácticamente la acarició con la voz.

La amaba.

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La luz del farol de piedra que InuYasha había hecho e instalado a pocos metros de la cabaña, permanecía iluminado por varias de las velas que Kagome había preparado para tener durante una temporada y que hoy en particular, había designado como parte del ritual que ellos dos harían durante esta noche y el resto del tiempo durante estas fechas.

Será una forma de crear luz para el camino por el resto del año —había dicho ella, con convicción, en tanto iba encendiendo cada una de las mechas que ahora se veían dentro del farol.

Luego de eso se habían sentado en el bordillo de la entrada de casa.

InuYasha respiró hondamente, la tranquilidad era casi palpable, tanto como el aroma de la lluvia, aunque las nubes aún no desaguaban. Habían compartido un té y algo a lo que Kagome llamaba galletas, las había aprendido a hacer unos años atrás y él muchas veces se las comía aún calientes. Luego ella echó su ramo antiguo de hierbas al fuego del hogar, el que ahora mantenía un tenue calor dentro de la cabaña. Ambos se sentían serenos, disfrutaban del silencio que mantenían y de la belleza de una de aquellas noches que se conservaría en el recuerdo. Las luciérnagas volaban en torno a la luz, a la casa y a los arbustos creando hermosas y mágicas luces para decorar aún más el cuadro en la memoria. Kagome descansaba la cabeza sobre el hombro de su compañero y una de sus manos sobre el muslo, mientras era sostenida por un abrazo que le cruzaba la espalda. Había una sensación de plenitud en ese instante y pasaba de ella a él y de él a ella. No había palabras, sin embargo el espíritu se comunicaba. InuYasha sintió que ese momento era perfecto y armónico, el tipo de momento que trasciende. Por un instante pensó en el espacio libre que había entre ellos y el farol de piedra y que en un tiempo, no muy lejano, ese espacio podía estar lleno con los juegos y el canto de niños. No era algo que pensara mucho y cuando lo hacía solía sentir mucho amor, pero también cierto temor que intentaba aplacar con la cercanía de su compañera.

Sintió a Kagome removerse un poco en su abrazo y la miró a los ojos, ella le devolvía el gesto con una calidez que abochornaba a las llamas que los iluminaban.

—¿Estás cómoda? —le preguntó, aunque su sonrisa respondía por ella.

—Mucho —su voz sonó casi como un susurro, del mismo modo que suena un saludo de buenos días, después de hacer el amor hasta la madrugada.

Sintió deseos de besarla, sin embargo se limitó a observar en detalle como la luz que emitía el farol jugaba con las hebras de su pelo y le acariciaba la mejilla. Tomo aire profundamente al notar como la mano que Kagome mantenía sobre su muslo, de forma posesiva, comenzaba a crear una caricia lenta y sugerente. Él se humedeció los labios, no necesitaba mucho para entenderla. Se giró un poco hacia ella, mientras acunaba su mejilla con la mano y le acaricio la boca con el pulgar, sin dejar de mirar el recorrido de esa caricia y como ella se preparaba para el beso que le iba a dar.

Le encantaba sentirla así de dispuesta y despreocupada, nada comparado con el tiempo en que se conocieron y todo era caótico y difícil: la Perla, Naraku, él; que descubrió cuestiones sobre sí mismo que Kagome le mostraba con una claridad impresionante.

A InuYasha le fascinaba escuchar como el corazón de su compañera iba poco a poco acelerando su latido cuando la acariciaba como ahora. Si prestaba profunda atención, podía oír la forma en que corría la sangre por sus venas y vislumbrar como iban apoderándose de sus mejillas los diferentes tonos de rosa que poco a poco las invadían cuando esperaba un beso.

Se inclinó hacia ella y Kagome sintió en los labios el latido de ambos corazones ante la presión del beso que su compañero comenzaba. Siempre que la besaba en momentos íntimos como éste, ella sentía que él podía leerla por completo. Durante el primer instante, o varios de ellos, se olvidó de sus intenciones iniciales y permitió que él le transmitiera las suyas que llegaban endulzadas por la calma del momento, así que sólo la sostenía un poco más cerca, mientras le daba un beso casi candoroso. Kagome lo recibió y se deleitó con su sabor y con la forma en que sus labios la acariciaban con pasión mesurada, sin ímpetu. Sin embargo, ella decidió que quería más.

Le acarició la pierna nuevamente, se había detenido debido al estímulo del beso que él comenzó. Esta noche vestía una yukata oscura que solía llevar para estar cómodo en casa. A Kagome le gustaba, era de una tela suave que ella misma había conseguido y cosido con una de las mujeres de la aldea, para regalársela dos primaveras atrás. Ahora era esa tela la que arrastraba por encima de la cara interna del muslo, atrayéndola con los dedos, hasta que pudo tocar su piel. La sensación del vello fino la sacudió con un escalofrío que InuYasha no pasó desapercibido y quiso sonreír, pero su cuerpo se estremeció igual que el de ella. Entonces fue Kagome quien rió sobre sus labios y lo mordió con suavidad, para luego escucharlo quejarse en una especie de ligero gemido de gozo y eso la llevó a querer intentar un poco más y pasar la mano completa bajo la tela de la yukata. Sabía lo que se iba a encontrar, comenzaba a verlo alzarse bajo la prenda.

Por un momento sintió cierto antiguo pudor y dejó la mano quieta, mientras continuaba besando a su compañero. Era extraño recordarse tímida y ansiosa como lo había sido al principio de sus encuentros íntimos. Lo mismo le sucedía si pensaba en la mesura con que se comportaban durante su primer tiempo viviendo juntos, por entonces ambos se limitaban a besos y abrazos cautelosos. Kagome no alcanzó a cuestionar mucho más ese asunto antes de escuchar una queja de InuYasha en medio de la caricia de sus labios y sentir como profundizaba en ella, en tanto le tomaba la mano que ella mantenía sobre el muslo y la dirigía un poco más arriba sin llegar a posicionarla del todo donde él quería que estuviera. Amaba la pasión que le mostraba InuYasha, una vez que las barreras entre ellos habían caído, la intimidad se había convertido en un universo nuevo que los había cobijado y reguardado.

Kagome suspiró cuando sintió el arrebato en su gesto y comenzó a devolverle las caricias profundas que ahora le daba su boca. En un instante sus dedos estaban tocando la ingle de su compañero y rozando las partes de él que comenzaban a endurecerse. Se entregaron caricias y besos, suspiros y declaraciones de amor, algunas delicadas y otras destinadas a incendiar la piel.

InuYasha se escuchó sisear con fuerza mientras respiraba, cuando su compañera encajó su erección dentro de ella. Se había acoplado a horcajadas sobre él, en aquel descansillo que antecedía a la cabaña. Le costó un momento recuperarse lo suficiente de la sensación, no obstante, cuando lo hizo la besó nuevamente con hambrienta necesidad. Sostuvo uno de los pechos de Kagome, acunándolo en la palma de la mano y acariciando con el índice el pezón, que en cuanto se metió en la boca en cuánto se endureció. Lo habitual sería que primero lo lamiera y lo acariciara con los dientes, pero todo lo que quería ahora mismo era devorarla con sus besos, llenarse de ella y que no parara se mover la cadera así como lo estaba haciendo.

Kagome mantenía su yukata abierta, al igual que InuYasha la suya. Notaba cómo se le erizaba la piel ante los toques de su compañero y se permitía liberar todos los suspiros que subían hasta su garganta. Deseaba que él la escuchara y que se llenara de las sensaciones que experimentaba junto a él, sabía que le gustaba; InuYasha era tremendamente sensorial. Quiso mirarlo, sin dejar de mecerse suavemente sobre su regazo y de ese modo gestar la energía que iba poco a poco en ascenso entre los dos. Sentía la forma perfecta en que su compañero encajaba dentro de ella, la extensión y amplitud de su sexo la obligaba a abrirse como el loto cuando florece y se expande en plenitud. El calor que emanaba de él y que ella veía al cerrar los ojos como una hermosa esfera de energía de color rojo, se entrelazaba con el aura y los colores que provenían de ella, ser consciente de aquello era tan excitante como las caricias que él le daba. Quiso abrir los ojos, no obstante los volvió a entrecerrar ante la sensibilidad que tenía en la piel de todo el cuerpo: ahí donde había contacto entre los dos algo ardía. Insistió en mirarlo nuevamente, InuYasha parecía obsesionado con devorar su pecho, lo podía ver con el pezón perdido dentro de la boca, tal como había hecho un momento atrás con el otro que ahora permanecía enrojecido.

—Mírame —le pidió, con la voz desgastada por la forma en que todas sus emociones comenzaban a primar.

InuYasha liberó el bocado que atraía entre la lengua y el paladar. El sonido húmedo de aquella liberación la hizo sentir que se desvanecía de placer y deseó abrazarlo y mecerse hasta desfallecer; sin embargo, primero quería poder mirar los ojos dorados que ahora se enfocaban en ella. Pudo ver la forma en que las pupilas de su compañero se habían dilatado ampliamente, aún con aquella forma alargada que poseían. Pudo ver sobre el pelo plateado de él los reflejos de la luz de la linterna de piedra que se encontraba tras ella, acentuando la sensación de calidez entre ambos. También pudo ver los colores de las emociones que este acto lleno de pasión le estaba creando. Por un momento Kagome se imaginó ese maravilloso tono de dorado en un nuevo ser venido de ambos. Pudo vislumbrar la fortaleza del aura y la armonía que InuYasha poseía ahora mismo y que heredaría a ese nuevo ser; después de todo heredamos a los hijos lo que somos en el instante de la concepción. Su compañero respiró profundamente para soltar el aire en algo muy parecido a un suspiro, eso la llevó a considerar que ambos habían conectado con ese pensamiento.

Verla sonrosada y entregada a la pasión, era de las cosas más hermosas que jamás había imaginado. Su vida estuvo rodeada de desilusión y soledad, hasta que Kagome se había presentado, venida literalmente de otro mundo, para mostrarle belleza. No podría describir jamás con palabras lo que sentía cuando la tenía agitada entre sus brazos, el amor que esa confianza significaba sólo podía ser comparable con lo mucho que él confiaba en ella. Entonces pensó que la enormidad de ese amor debía perpetuarse más allá de lo que eran juntos, quizás como una vida, quizás debían crear a alguien más que heredara la luz de Kagome.

Tomó aire, se llenó por dentro, y lo soltó.

Atrajo a su compañera, cruzó un brazo tras su espalda hasta asirse del hombro y con el otro le rodeó la cintura. De ese modo consiguió una sujeción férrea que le permitía entrar en ella con ímpetu. La meció sobre él de delante a atrás y a razón de ello la escuchó suspirar cerca de su oreja, sintió como se le erizaba la piel y su erección se endurecía aún más dentro de la humedad en que se refugiaba. Puso un beso posesivo sobre su cuello en el lugar en que la marcó aquella primera vez y el recuerdo de la excitación de aquel instante lo golpeó como si fuese una brasa viva que se instalaba en su vientre y que lo impulsó a ser incluso más febril en sus embestidas y ella respondía a la fuerza de sus movimientos con gemidos que la dejaban sin aliento.

Voy a arder —el interior caliente de su compañera le quemaba la piel.

La sostuvo con más fuerza para entrar con más energía e intentó mantener la claridad de sus actos para no dejarse llevar del todo por la fuerza sobrenatural que poseía. Tuvo la sensación de que la piel se le inflamaba y que su pelo era atraído por algo que podía identificar como la energía que emanaba Kagome, parecía que todo en él era llamado por ella. Cerró los ojos, como respuesta al éxtasis de su cuerpo ante las sensaciones que parecían arremolinarse como pequeños e infinitos vórtices erógenos que lo recorrían completo. Se puso en pie con ella entre los brazos, sin permitir que la unión se rompiese, no podía hacerlo, era maravilloso sentirse dentro de Kagome. La escuchó quejarse absorta en sus emociones y la reposó sobre la tarima de madera, luego de eso todo se llenó de su aroma que subió por entre sus cuerpos y el sonido de su voz al gemir y jadear y gemir otra vez. La miró, mientras entraba en ella sin darle tregua, sin permitirla tampoco para él, porque amaba los detalles de su expresión. Sin embargo, estos momentos debilitaban su determinación y se distrajo con el deseo de saborearla y le lamió el pecho, arrastrando la lengua por un pezón y el cuello y la barbilla; su piel era su segundo sabor favorito, el primero estaba entre sus piernas. Sacudió ligeramente la cabeza, estaba sobrepasado por sus pensamientos y sensaciones. Intentó besarla, lo intentó, pero sólo consiguió gemir lastimeramente sobre su boca, sintiendo como se tensaba todo su cuerpo y su vientre se endureció, empujando la liberación de su sexo dentro de la intimidad caliente de su mujer, sin alcanzar siquiera razonar que el clímax estaba así de cerca y que sería así de potente.

Kagome lo abrazó fuertemente cuando comenzó sacudirse sobre ella, lo aferró con las piernas y le susurró sus propios gemidos, conteniéndolo y sintiendo la fuerza del vínculo que ahora los regía. Escuchó como InuYasha jadeaba entrecortadamente y lo sintió temblar aún más fuerte que al principio cuando su sexo se agitó dentro de ella, vaciándose. Habían compartido este tipo de intimidad tantas veces y en todas ellas sentía que iba a estallar de amor cuando él, cuando su compañero, se estremecía en medio del orgasmo, aferrándose a ella como lo haría a la vida. Había una conexión, un significado oculto que probablemente sólo podía ser leído en el espacio de los pensamientos, que la hacía responder a él, atrayendo y arrastrando su propio orgasmo como un reflejo.

La sintió mover la cadera con más intensidad y entreabrió los ojos aún con la consciencia perdida en el cúmulo de sensaciones que le pertenecían tanto a él como a ella. Supo reconocer la búsqueda de su compañera y deslizó una mano entre sus cuerpos para acariciar y presionar con suavidad aquel inflamado botón que ella llamaba clítoris y que la hacía sacudirse entre sus brazos cuando estaba lo suficientemente estimulada. Se empujó dentro de ella un poco más, a pesar de la sensibilidad ampliada en que se encontraba su sexo, jadeo sobre el hombro de su compañera y la escuchó hacerlo igualmente. No necesitó más de unos poco movimientos antes de sentirla tensarse en sus brazos y contener el aire como si se estuviese ahogando. Aquella reacción ya no lo asustaba como antes, no era la primera vez que le sucedía. Luego aparecieron aquellos movimientos que amaba ver en ella y que él reconocía como sacudidas en cascada, una tras otra, hasta que la escuchó liberar el aire en un gemido extenso, del mismo modo que su cuerpo liberaba las sensaciones que InuYasha supo interpretar como su propio apogeo.

Las luces de las luciérnagas se paseaban entorno a ellos y el farol de piedra aun los iluminaba, como si se tratase de la premonición de un buen augurio, de la creación de una luz para sus vidas. InuYasha lo sabría dos días después de la luna nueva y se lo contaría a Kagome dieciocho días después.

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N/A

SŌZŌ significa CREACIÓN

Este relato partió de la iniciativa que puse en mi página de Facebook para escribir algo que tuviese que ver con el Solsticio. Me gusta celebrar las fechas que marcan los ciclos de nuestro planeta hogar, la Tierra. Como habrán podido concluir, en este escrito se relata el día en que se celebra el solsticio de verano en Japón, con parte de las tradiciones que se efectúan y que hasta dónde he podido investigar, sucedían ya en el tiempo del Sengoku.

El título que recibe el relato tiene completa relación con el momento en que nuestros queridos InuYasha y Kagome crean la vida de la que sería su luz: Moroha.

Espero que les haya gustado y que se pasen por los demás trabajos que han aportado a este momento del año, otros creadores del fandom. Lo enlaces a todo lo que aparezca para esto lo compartiré en mi página de Facebook (anyarataisho)

Besos y dejen sus comentarios

Anyara