KAIKA

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Dos o tres días se habían convertido en cuatro y para InuYasha eso había sido una eternidad. Miroku y él habían estado haciendo trabajos en aldeas que se encontraban algo alejadas de aquella en la que vivían y estando ya en la última que habían decidido visitar, les hablaron de problemas en otro poblado en el que las cosechas desaparecían de noche, por tanto, no podían investigar el problema de día. Cuando Miroku le tomó su parecer, InuYasha bufó y pensó en lo mucho que ansiaba volver a su hogar y retozar con Kagome sobre el futón por horas.

—¿Hay algo que quieras o necesites hacer con premura en la aldea? ¿Con la señorita Kagome? —preguntó el monje, con su tono neutro que lograba que la pregunta resultara, incluso, inocente; aunque InuYasha sabía que sus preguntas nunca lo eran.

—No, nada urgente. Podemos ir —se limitó a responder. Quiso aclararle aquello de señorita Kagome, ella ya era su mujer y usar el señorita parecía que la dejaba libre para ser cortejada por cualquier humano o youkai. No obstante prefirió callar, no quería darle tema de conversación a Miroku, por muy amigo que fuese, en cosas tan íntimas para él.

Tenía claro que el monje le formulaba las preguntas de forma rebuscada para hacerlo patinar como un novato y él de novato ya no tenía nada. Otra vez vino a su memoria la forma en que Kagome había puesto la boca en su sexo y todo lo que le había producido aquella caricia desconocida para él hasta ese día. Un estremecimiento le cruzó la espalda de arriba abajo, venía pasándole aquello desde el día en que salió de casa, luego de aquella situación con el fundoshi que lo había dejado suspirando corazones calientes. Cada vez que recordaba el momento, o momentos del momento, todo el cuerpo se le sensibilizaba y tenía que empezar a pensar en youkais, y en sangre y en vísceras; cualquier cosa servía para regresarlo a tierra.

Ahora que caminaba a casa, después de cuatro días lejos junto a Miroku, sentía que la respiración se le aceleraba y que el corazón iba a llegar galopando antes que él a la cabaña. La tarde ya estaba avanzada y comenzaría a anochecer dentro de muy poco.

Había dejado a Miroku con lo recaudado en los trabajos de estos días, para que Sango hiciese el reparto equitativo como solía ser. Luego de eso comenzó a hacer el recorrido a su propia cabaña en la mayor calma posible y aunque deseaba llegar corriendo y enlazar a Kagome y besarla hasta quedarse famélico; no quería que ella creyera que no pensaba más que en el sexo. Aunque debía de reconocer que desde que lo habían descubierto unos meses atrás, aquello se había convertido en una necesidad quizás tan acuciante como comer o beber. Lo que aún no sabía poner en palabras era la forma en que anhelaba tocarla, besarla, abrazarla, mimarla; todas aquellas cosas que durante los momentos en que compartían la intimidad se convertían en lo único importante: durante esos instantes eran uno del otro y eso para InuYasha era la felicidad. Había descubierto, a través de las caricias, una forma de expresarle a su compañera todo el amor que le profesaba; y era mucho.

Comenzó a sentir su aroma muchos metros atrás, cuando aún no podía ver la cabaña tras los árboles, y ahora que estaba sólo a pasos de ésta aquella fragancia se hacía más intensa. Se detuvo, estaba junto al farol de piedra que había hecho para ella, cerró los ojos y respiró hondamente, encontrándose con la calma y la exaltación entremezclada que siempre le producía el aroma de Kagome. Tenía muchas ganas de abrazarla y besarla, sin embargo pocas veces lo hacía de inmediato y esperaba a las señales que su compañera le daba. Se regodeó en el pensamiento de su estatus, ella era su compañera, así como él se había otorgado a ella del mismo modo.

Pudo ver cuando se movió la esterilla que usaban en los días cálidos, separando el interior y el exterior de la cabaña, y ahí estaba ella. Se sintió descubierto, aun no estaba preparado para verla de nuevo o para esconder el modo en que se estaba deleitando con su aroma.

—¿InuYasha? —era lógica la sorpresa— ¿Cuánto llevas ahí?

Kagome traía consigo el baketsu de madera que usaban para recoger la ropa que estaba lavada y puesta a secar.

—Nada, mujer, sólo un momento —respondió como si no llevara cuatro días fuera y dando unos cuántos pasos largos tomó el baketsu que llevaba Kagome y comenzó a caminar hacia el lateral de la casa que era dónde colgaban la ropa.

Ella lo siguió un instante después, cuando consiguió salir de su estupefacción. Pero ¿Qué le pasaba?

—¡Oye! —le habló, dos pasos tras él.

—¿Qué? —la pregunta y la forma en que frenó y la miró, resultó casi un acto defensivo.

Kagome se detuvo antes de chocar con él y lo miró directamente a los ojos. Esto estaba resultando absurdo. Cuatro días atrás, antes que partiera con Miroku, todo era miel y caricias y dulzura y… Interrumpió sus pensamientos cuando sintió como se le subían los colores a las mejillas al recordar el momento compartido en torno al fundoshi. Bajó la mirada hasta el sitio en el que aquella prenda cumplía una labor y las mejillas se le encendieron aún más cuando comprendió que acababa de traicionarse a sí misma mostrando la dirección de sus pensamientos. Y es que llevaba fantaseando con ese momento los últimos cuatro días.

InuYasha fue consciente del cambio de tonalidad en la cara de su compañera, que paso del rosa suave al rojo furioso, justo después de mirarle bajo la cintura del pantalón.

¡Por Kami! —fue el último pensamiento lógico que tendría durante un rato largo.

Extendió un brazo, pasando el dorso de la mano por sobre el vientre de Kagome en una caricia no pensada y que fue percibida por ambos como un toque directo a la emoción. Luego la mano le rodeó la cintura, casi sin tocarla en un acto de completo reconocimiento de su forma y el espacio que tenía para maniobrar con ella. InuYasha la tenía registraba en su memoria muscular, desde hace años, y existían en su haber muchos momentos de asirla, adquiridos en las innumerables batallas y peligros que corrieron juntos. Su mano abierta fue a dar en la espalda de su compañera, dándole un punto de apoyo para pegársela al cuerpo en el momento en que el baketsu de madera caía perdido a un lado de la cabaña. InuYasha posó la mano que acababa de liberar en la mejilla de Kagome, pudiendo notar el calor que aquel color rojo le había provocado. Suspiró sobre su boca, como un aviso, aliviado de poder sentirla y sin dejar de mirarla a los ojos. Ella también suspiró y cerró las manos sobre las mangas del haori, esperando por el beso que estaba por llegar.

Los corazones comenzaban su carrera frenética.

El beso aún no empezaba e InuYasha sentía que se iba a morir de ansia. Tocó el labio superior de Kagome con la punta de la lengua, como el inicio de algo que estaba seguro que acabaría con él entre sus piernas; y por Kami, lo necesitaba. Ella respondió a la caricia, tocando la lengua de él con la suya lo que creó entre ambos un remolino de sensaciones que se les centraron en el vientre. La queja que emitieron fue al unísono, dando pasó a un beso intenso que comenzó con la caricia hambrienta de las bocas y continuó con la presión de un cuerpo hacia el otro. InuYasha llevó a Kagome hasta la pared de la cabaña que tenía más cerca y ahí la oprimió con cada parte del cuerpo que pudo. Ella soltó un quejido ante la fuerza, no obstante intensificó el beso y alzó la mano para tocarle la mejilla. El beso continuaba y les robaba el aire y aun así no había forma que uno liberara al otro. La presión que ejercían con el cuerpo se tornó en una danza de caricias que los hacía ondear y tocarse, ante la necesidad única de sentirse y reconocerse.

InuYasha bajó ligeramente la mano que mantenía en la espalda de su compañera y la volvió a atraer hacia él, queriendo presionarla contra su sexo en un acto innato de alivio a su la erección. Kagome respondió moviendo ligeramente una pierna para intentar enroscarla en la de su compañero, el gemido que soltó InuYasha, mezcla de desesperación y honesto consuelo consiguió que a ella se le erizara la piel por completo. La avidez del momento los llevó a recorrer con las manos las formas e intentar la desnudez del otro y la propia, hasta que finalmente ambos se permitieron un instante en el que sus frentes se unieron y sus respiraciones se entrelazaron.

—Deberíamos… —comenzó a decir InuYasha, en un primer pensamiento ligeramente coherente.

—… ir dentro —terminó Kagome, soltando una leve sonrisa.

A pesar de lo dicho, los cuerpos se continuaban meciendo uno hacia el otro y no abandonaban el lugar. InuYasha se llenó los sentidos del aroma que emanaba su compañera y que ahora se acentuaba debido a la excitación.

—Hueles tan bien —expresó, en un deje de lascivia, que acto seguido lo llevó a frotar su erección sobre ella con algo más de fuerza y sin recato, para luego suspirar.

Kagome se alzó en puntillas en reclamo de un beso e InuYasha le respondió, notando como aquel toque de su boca acentuaba el aroma de la pasión de su compañera.

Kuso —pensó, derrotado ante aquella esencia implacable que lo llevaba a sentir como se endurecía su sexo por instantes.

La sostuvo, en medio del beso, y la alzó del suelo para llevársela dentro de la cabaña.

Kagome perdió el aliento al ser elevada, sin embargo no abandonó el beso en que se había sumido. Notó como era transportada y ambos empujaron la esterilla de la puerta, arrastrándola con sus cuerpos, y sólo prestó mayor atención a su entorno cuando InuYasha la sentó en el altillo de madera que había después del genkan para descalzarla y quitarle también los tabi. Sentir como las garras le rozaban el tobillo para entrar en el borde de aquella prenda y desde ahí deslizarla por su pie, le resultó un gesto tremendamente sensual e íntimo. Notó como su respiración se aceleraba un poco más en consonancia con su corazón e hizo el gesto esencial de apretar los muslos cuando sintió la tensión en su sexo. En ese momento InuYasha la miró y había tal intensidad en el dorado de sus ojos que de no ser él quien era, se habría sentido intimidada. El segundo tabi salió de su pie con mucha menos delicadeza y su compañero se arrodillo delante de ella, encerrándola como haría ante una presa. Kagome notaba la tensión entre ambos y percibía que estaba destinada a hacerlos retozar sobre el futón que había tras ellos, aún recogido de la mañana.

El aroma de su compañera que había hecho incluso más intenso e InuYasha tuvo la necesidad de sentir aquel olor llenando la habitación. Miró a Kagome, que se mantenía casi echada en el suelo de madera mientras lo observaba expectante. Ahora mismo se sentía capaz de lamerla por completo con tal de despertar más de esa exquisita fragancia suya cuando hacían en amor. En ese momento pensó en lo que ella misma le había hecho cuatro días atrás y la forma en que su boca lo había recorrido hasta hacerlo acabar.

Y si él hacía lo mismo.

Su erección se removió dentro de la ropa y supo que era un sí.

Siseo conteniendo el sonido que brotaba como muestra de su excitación. Llevó una mano hasta el nudo del hakama de su compañera y tiró de uno de los extremos para liberarla de aquella prenda, no era la primera vez que se la quitaba y de alguna forma se sentía poderoso por ello. Kagome era suya, no del modo en que lo son las cosas; era, suya para pensarla y ansiarla y para esperar el momento en que su sonrisa brotaba a causa de él o por cualquier hermoso momento del día. Era suya y era hermosa, agitada como estaba ahora, con las mejillas encendidas en todos aquellos tonos de rosa que amaba verle.

Cuando hubo liberado la cintura de la prenda comenzó a abrir el hitoe y soltó el aire ante el primer trozo de piel desnuda que visionó. Acarició el estómago desnudo de su compañera con la yema de un dedo y creó un camino que ascendía y ondeaba sobre la piel suave. Notó como las manos de Kagome buscaban con inquietud los bordes de su ropa para liberarlo. Tiró de la chaqueta del haori, con tanto ímpetu que casi lo arrancó de la cintura, sin embargo, él continuaba en su afán. Con cada toque que le daba, con cada caricia, el aroma exquisito de su sexo se ampliaba. InuYasha decidió que ya no quería esperar más.

Con las garras rozó la cintura de su compañera y las arrastró por las caderas junto con el hakama. Se bajó de la tarima de madera y le sacó aquella prenda en dos movimientos. Kagome lo miraba y extendía una mano hacia él, llamándolo en una especie de súplica reclamante que tenía total sentido en un contexto como éste.

Espera —pensó.

Ella tuvo la certeza de que su cuerpo no toleraría ni un momento más sin sentir la piel de InuYasha rozándose con su piel. Lo miraba de pie en la zona del genkan y anhelaba que se quitara todo y que la abrazara. Lo vio dar dos tirones de su ropa fuera de la cintura del haori y mostrar el pecho desnudo que se moría por recorrer a manos llenas. Ella misma quiso imitar su gesto y se incorporó para quitarse el hitoe. InuYasha se volvió a arrodillar a cada lado de sus piernas, encerrándola y acercándose para dejarle un beso en los labios que se extendió luego por su mejilla, mandíbula y cuello, para entonces a Kagome ya se había olvidado de la ropa. Lo sintió descender nuevamente, poniendo besos húmedos en su clavícula y hombro, en tanto rozaba su pecho por encima de las vendas que lo cubrían y en ese momento ansió vestir un sujetador que pudiese moverse con facilidad. Tomó el borde del vendaje y quiso tirar de él hacia abajo, para que InuYasha tuviese acceso libre a su piel y se perdiera saboreando los pezones de esa forma que la llevaba a retorcerse de gusto. Sin embargo, él le sostuvo la mano e hizo un sonido de silencio como si buscara calmar su acción.

¡Por todas las deidades! ¡A qué esperaba! —lo observó, casi suplicando por una respuesta y sólo consiguió ver su mirada decidida y una medio sonrisa que le hizo asomar los colmillos. Se supo perdida por esa belleza salvaje que nunca dejaría de admirar.

InuYasha descansó ambas manos abiertas sobre su cadera y ella notó el calor sobre la piel, además de la punta de las garras que apenas la tocaban. La empujó hacia arriba con su fuerza, para dejar la cadera a la altura de su cara, y Kagome comenzó a respirar aún más agitada al prever la acción que InuYasha quería llevar a cabo. No podía negar que ansiaba saber si aquella caricia se sentiría como en su sueño.

Su mente se desvió de ese pensamiento cuando InuYasha comenzó sobre su piel un toque firme y a la vez delicado. Lo sintió arrastrar los dedos desde su cadera y por sobre los muslos, hasta las rodillas y en ese punto metió ambas manos entre éstas para indicarle que separara las piernas. Kagome perdió el aliento a la vez que obedecía. Las manos de su compañero dieron un giro tras las rodillas de forma que enganchó ambas piernas, ella las flexionó de forma natural y él se las puso sobre los hombros. Cada toque, cada caricia hasta llegar ahí, hacía que Kagome reprimiera un gemido y acallara un suspiro.

Podía notar como se le erizaba la piel a su compañera sólo con roces y caricias leves. Él mismo notaba la fuerza con que la sangre le corría por las venas y la dureza de su erección. Sin embargo, perseguía saber qué más podía suceder con ella si la exploraba del modo que estaba deseando. Observó el espacio entre sus piernas y fue consciente de lo humedecida que estaba bajo la tela que la cubría; y del aroma. Cerró los ojos y aspiró ese aroma que le recordaba a los campos de salvia que había antes de llegar al río, aquella hierba que Kagome recogía en verano. La miró, ella tenía los ojos entrecerrados y lo observaba, esperando por la caricia que él le quería dar. Amaba la forma en que su compañera le daba todo de sí. No era una entrega sumisa, era totalmente consciente y estaba cargada de fortaleza, ella se entregaba dócil, aplacando su carácter guerrero. Le besó el muslo y la vio sacudirse por la sorpresa de la sensación; él sabía que cualquier caricia le electrizaba la piel, sin embargo las manos no eran lo mismo que los labios. La besó nuevamente, un poco más arriba en la misma pierna y Kagome esta vez intentó encajar el temblor respirando hondamente por la nariz.

—No te contengas —le pidió, acariciando con la mejilla el muslo. Quería que la habitación se llenara de su aroma, de su voz; de ella.

La vio sostener el labio inferior con los dientes en un acto de deseo que le indicó que iba por el camino correcto. Acercó la boca al centro de su compañera y presionó con la lengua sobre la tela. Kagome soltó el aire en una respiración que le pareció un suspiro entregado. Aquel sonido lo instó a continuar probando y del mismo modo que había hecho, volvió a presionar la lengua sobre el sexo, a través de la tela y ella respondió alzando la cadera como si buscara algo. InuYasha notó como su propio sexo se removió en respuesta y resopló de ansia sobre la piel de Kagome, lo que le arrancó a ella un nuevo suspiro. Por un momento temió que su deseo de explorarla se le escapara de las manos ante la necesidad que ambos parecían estar experimentando. Sin embargo, se concentró en su aroma y aunque ahora era como inhalar el más potente estimulante que conocía, su meta era clara.

Kagome sintió cómo su compañero comenzó a tirar de los laterales de la tela que cubría su sexo y ésta se deslizaba por su cadera, consiguiendo que temblara y se estremeciera en el recorrido, hasta que sacó la prenda por sus piernas. Nuevamente notó como InuYasha posicionaba sus muslos encima de los hombros y acercó la boca a la entrada de su sexo desnudo. Ella cerró los ojos, intentando dejar de lado el pudor y rememorando nuevamente el sueño y de ese modo estar centrada en sentir todo lo que él le quisiese hacer. Confiaba en su compañero, le había confiado su vida muchas veces y sabía que nada de él sería dañino para ella.

Visionar aquella parte de Kagome le resultó absolutamente erótico. Pudo ver la forma en que la humedad abrillantaba la piel en los bordes que intentaban cerrar y ocultar la entrada rosada. A su mente vino el recuerdo sensitivo de su sexo posicionado en ese mismo lugar y deseo explorar la forma en que debía abrirse para recibirlo. Con esa idea, acercó los nudillos de dos dedos, uno por encima de otro, hasta el lugar y acarició con cuidado, desde el centro hacia abajo. Kagome se sacudió como si la hubiese mordido algún animal y aquello lo hizo deleitarse aún más en su búsqueda. Retrocedió con los nudillos y el gesto hizo que los pliegues rosados del sexo de su compañera se abrieran un poco más, le mojó los dedos y permitió que él recibiera una nueva oleada de su aroma. Se humedeció los labios de forma casi instintiva, quería probarla, sin embargo también quería observarla.

Escuchó su nombre, Kagome lo susurró en medio de una exhalación que terminó en un quejido e InuYasha supo que era porque acababa de acariciar aquel pequeño botón que era sensible para ella. Lo contuvo entre ambos nudillos, creando movimientos desiguales, procurando tener mucho cuidado de no presionar demasiado, la suavidad de las formas de ella en esa zona le hablaba de la sensibilidad que siempre esgrimía cuando la acariciaba. Escuchó a Kagome respirar cada vez más agitada y junto con ello también se acrecentaban sus quejidos. La humedad iba en aumento e InuYasha percibió una nueva carga del aroma que brotaba de ella y ya no pudo contener el deseo de probarla. Acercó la lengua y tocó el centro en que los pliegues rosáceos se separaban, escuchó la forma en que su compañera comenzaba un quejido que se perdía en el aire. Repitió la caricia y está vez la acentuó arrastrando la lengua por encima del botón que coronaba su sexo. Kagome se estremeció, jadeó y por un momento InuYasha creyó que querría escaparse, así que la sostuvo de la cadera con más determinación. La observó, ella mantenía los ojos cerrados y respiraba de forma irregular, esperando por lo que él quisiera hacerle y aquella imagen le resultó de una gran potencia sensual. Su propia ansiedad se manifestó en la presión de su sexo, el que intentó calmar removiendo la cadera y suspirando con fuerza. Cerró los ojos un instante y volvió a centrarse en el aroma intenso de Kagome.

Al abrir nuevamente los ojos pudo contemplar los maravillosos tonos de rosa que había adquirido el sexo de su compañera, pasando del más tenue al más intenso, de fuera hacia dentro. La humedad de su interior se había mezclado con su saliva y cuando Kagome hizo un suave movimiento con la cadera la entrada pareció abrirse y él tuvo la sensación de estar observando el modo en que se abría una flor.

No pudo reprimir el ansia de probar aquella profundidad y ya no supo acercarse con el mismo sigilo, así que lo hizo metiendo la lengua dentro de Kagome para extraer todo el flujo que pudiese y saciarse de ella. Su olfato registró la intensidad de su aroma y sus oídos la fuerza con que se abandonaba en medio de suspiros y exclamaciones pavorosas de éxtasis. Comenzó a acariciar el botón aquel, del mismo modo que hacía con los pezones cuando se los tocaba, relacionando la sensibilidad con el cuidado y el placer que su compañera solía sentir ante la caricia.

Kagome arqueó la espalda por completo cuando sintió la lengua de InuYasha oprimiendo su clítoris ¿Cómo era posible que le estuviese haciendo aquello de esa forma tan efectiva?

Sentía que desfallecía con cada nuevo toque y con cada presión, succión o lamida; sin embargo aún no llegaba al final y las sensaciones sólo iban en aumento. Necesitaba tocarlo, tenerlo de alguna forma más cerca. Quería que se arrastrara desnudo por su cuerpo y que se metiera en ella sin cuestionamientos, no obstante deseaba que continuara con la boca entre sus piernas, y que extendiera la magia que estaba creando.

Lamió, succionó y oprimió, sintiéndose alentado por las reacciones de su compañera, que pasaban por la tensión, la súplica y la cuasi sublimación. Sintió como ella lo buscaba con las manos y el modo en que enterraba los dedos en su pelo, justo por detrás de las orejas, para indicarle que permaneciera con la boca pegada a ella. InuYasha recordó el modo en que él mismo la había sostenido cuando Kagome lo tenía dentro de su boca y él estaba al borde del orgasmo. Ese recuerdo lo enardeció aún más y pudo notar el intenso dolor en su erección que ahora mismo exigía entrar en ella.

Se alzó, ligeramente, metiendo las manos bajo la cadera de Kagome, para alzarla un poco más y desde ahí beberse todo lo que pudiese liberar.

Había aprendido a conocer su cuerpo y la forma en que reaccionaba cuando estaba cerca su liberación. Reconocía la manera en que se tensionaba y cómo la piel se le erizaba sólo un instante antes de que comenzara a sacudirse, tal como estaba haciendo ahora. La escucho jadear, suplicar y clamar a las deidades de su tiempo y de este. Su sexo latía con fuerza, reflejando los latidos del corazón de su compañera y él estaba recibiendo ese latido en los labios. Percibió el flujo que brotaba de ella como un manantial y la forma en que su aroma lo llenaba todo. La sostuvo con fuerza y amor, mientras su cuerpo se sacudía producto del orgasmo y él mismo se sintió sumergido en una especie de éxtasis sólo por ser parte de aquella entrega absoluta.

Kagome sintió que comenzaba a quedarse laxa y buscó acariciar a InuYasha, más que retenerlo, lo necesitaba cerca y suyo. La visión de su compañero que la miró con la boca completamente humedecida por sus fluidos, se convirtió en su segunda imagen favorita de cuando compartían estos momentos; la primera era su expresión cuando lo azotaba su propio orgasmo.

Ella lo liberó del agarre férreo cuando comenzó a relajarse y entonces él respiró hondo, la miró y sintió pletórico de amor. Ella le sonrió con aquel gesto suyo, mezcla de timidez y completa osadía y se supo afortunado. Se inclinó otra vez entre sus piernas y lamió los pliegues rosáceos, húmedos y abiertos, acababa de ser testigo de su florecimiento.

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N/A

KAIKA — FLORECIMIENTO

Quise llamar de esta forma al relato, porque creo que visionar como se abre para ti la intimidad de alguien es como ver florecer una flor.

Tenía ganas de escribir esta parte de la experiencia de InuYasha y Kagome, ambos se han ido conociendo desde que comenzaron a vivir juntos y luego a experimentar la forma en que sus cuerpos pueden funcionar como una expresión del amor que se tienen.

Espero que les haya gustado y que me dejen sus comentarios.

Besos!

Anyara