MAJIKKU

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InuYasha avanzaba por mitad del bosque en medio de la penumbra del atardecer. Conocía bien los caminos, los había recorrido muchas veces, en ocasiones creía que podía saber cuánto había crecido un árbol en los últimos años. Kagome iba sostenida sobre su espalda, en esta cómoda y segura forma de desplazarse por entre los árboles. La llevaba a un sitio que conocía desde que era un niño y vivía en el bosque, quería que ella experimentara la belleza de ese lugar. Sentía que desde que ella había regresado, su única tarea era darle lo más hermoso que conocía.

—Ya casi estamos —le advirtió y notó como ella lo abrazaba un poco más. Él llevó una de sus manos hasta el antebrazo de ella que le cruzaba el pecho y lo sostuvo, acariciando con el pulgar la piel expuesta.

A lo lejos podía dilucidar el resplandor verdoso del lugar al que se dirigían.

—Cierra los ojos —le pidió.

—¿Por qué? —Kagome sonrió y cerró los ojos, incluso antes que él insistiera.

—Hazme caso, mujer —InuYasha sabía que a su compañera no se la convencía con ordenanzas.

Ella presionó un poco más el agarré y él sintió como ocultaba la cara entre su pelo, notando sobre la nuca el aliento caliente de su respiración.

—¿Los has cerrado? —quiso asegurarse.

—Sí —soltó, alargando la sílaba mientras sonreía. Amaba oír la sonrisa en su voz.

Se detuvo en cuánto estuvieron a unos pasos del lugar.

—No los abras —le advirtió, mientras la bajaba de su espalda.

La guio de la mano y la cintura, empujándola suavemente con su propio cuerpo para que ella se sintiera segura y no abriese los ojos.

—Ahora —le dijo, en cuanto estuvieron en el lugar que a él le parecía adecuado.

Kagome se quedó un momento en silencio, que para InuYasha representó un largo instante en el que se sintió empujado a buscar la mirada de su compañera para saber si el sitio le gustaba. Ella liberó el aire, acompañado de una exclamación admirativa que a él se le instaló en el pecho y le calentó el corazón.

—Es hermoso. Es como estar en medio de un campo de estrellas —la escuchó decir y la abrazó un poco más para retener ese instante de belleza que creaba ella con su sensibilidad y el lugar, completamente plagado de luciérnagas.

La luz que emitían las pequeñas criaturas resultaba de un fulgor sin igual al estar reunidas en tal cantidad. El sitio estaba en medio del bosque, acompañado por una pequeña laguna que solía llenarse durante las lluvias previas al verano, gestando el ambiente ideal.

Kagome lo miró con los ojos cristalizados por las lágrimas que querían acumularse en ellos debido a la emoción. Él se quedó prendado del color castaño que se veía levemente matizado por el verde de las luces minúsculas que los rodeaban. Ella, pequeña y decidida como era, lo tomó por los mechones de pelo que le caían por el pecho y tiró de él con suavidad para que se inclinara. InuYasha había aprendido a reconocer ese gesto como un acto de posesión que indiscutiblemente, siempre, estaba dispuesto a obedecer. Cerró los ojos, a escasos centímetros del rostro de ella, sintiendo sus labios tibios que daban inicio a un beso.

Se sintió sumergido en las emociones que le despertaban los labios de Kagome, probablemente jamás conseguiría explicar lo que pasaba con él cuando ella lo besaba. En esa caricia que era físicamente exquisita, se depositaba intención y amor; y el amor, desde que la tenía, era el inicio y el fin de todo. Lo entendió con el tiempo y con las noches solitarias, cuando tuvo que explorar dentro de sí mismo, desde el ser en que se había convertido después de conocerla a ella.

Abrió los ojos, aun en medio del beso y pudo distinguir la luz verde que se posaba en sus párpados cerrados. Se separó del beso con mimo, quizás en un anhelo de ver el castaño de sus ojos, decorado por aquella misma luz verde bailando sobre ellos. Kagome lo miró y pudo ver, por un instante, el infinito que se abre en la pupila cuando la mente aún no ha procesado un nuevo estado del ser.

—¿Te gusta? —le preguntó.

Su compañera jugueteó con los dedos sobre la cintura del pantalón de su haori y presionó, tirando ligeramente de él hacia ella. InuYasha sonrió y la sonrisa reverberó en su pecho, aplacando la carcajada que amenazaba en su garganta.

—Me refiero al lugar —le aclaró, y las mejillas de Kagome se poblaron de los infinitos tonos de rosa que a él tanto le gustaba apreciar.

—Oh —mencionó, como si pudiese refugiarse tras aquella simple expresión. Luego la vio desviar la mirada alrededor, sin soltar del todo el agarre que le había dado a su cintura—. Me gusta mucho ¿Cómo lo has descubierto?

InuYasha tomó una de las manos de Kagome y buscó sentarse sobre la hierba que tenían bajo los pies, indicándole que se acomodara entre sus piernas. Aquella se había convertido en su posición favorita de conversación, le permitía intimidad a la vez que un espacio para estar atentos uno al otro. Ella lo siguió de forma natural, otra de tantas cosas que ahora compartían.

—Lo descubrí hace mucho, sesenta o setenta años —expresó con total calma. Kagome lo miró sin poder evitar la losa de realidad que sus palabras le dejaban caer sin proponérselo.

InuYasha hablaba de decenios, como quién hablaba de días.

—Y ¿Ya desde entonces las luciérnagas han venido aquí? —el hecho la sorprendía, aunque quizás en este tiempo, en que la vida avanzaba a otra velocidad, no debía de extrañarle.

InuYasha se encogió de hombros.

—Supongo que aquí son felices —su respuesta era simple, como muchas veces lo eran las que daba sobre cualquier cosa; no obstante eso no las hacía menos ciertas y de hecho, le agregaban un toque de honestidad que Kagome siempre agradecía.

—Imposible no serlo —murmuró, mirando como retozaban las luces verdes sobre la cara de su compañero y eran conquistadas por el dorado de sus ojos. Él la miró directamente y Kagome separó los labios unos milímetros para poder respirar con más fluidez. InuYasha era una criatura hermosa y al observarlo podías imaginar a las deidades; muchas veces esa belleza le quitaba el aliento.

Una luciérnaga pasó justo por en medio de ambos, dio un pequeño giro, como si buscase el camino y siguió. Se quedaron observando cómo se perdía en el océano de luces que los estaba rodeando ahora mismo. No sabían si era porque la luz del día se había ido del todo o por la calma del lugar, pero parecía que ahora había más que antes.

—¡Qué hermoso! —expresó ella, que había girado la cintura, quedando frente a InuYasha, para mirar por encima del hombro el espectáculo de luces.

—Mucho —convino él, con un tono que se acercaba demasiado a la confidencia.

Kagome lo miró y su compañero dejo los rodeos, del mismo modo que hacía cuando debía decidir una estrategia en batalla. Le removió el pelo que se le había ido hacia adelante, descubriendo de ese modo su cuello. Ella supo lo que iba a hacer y la sensación de anticipación se le alojó en el vientre y le contrajo los músculos un poco más abajo. En el momento en que InuYasha instaló un beso en su cuello, ella se escuchó liberando un suspiro y desde ahí en adelante, se le escapó una cantidad incontable de ellos.

Se perdió en medio de las sensaciones que su compañero le iba descubriendo y no volvió a encontrar coherencia en sus pensamientos hasta que sintió el pecho desnudo y a merced de los besos que InuYasha le iba dando. Esta clase de intimidad para ellos era algo que habían comenzado a explorar hacia poco y aquello hacía de cada encuentro un momento cargado de deseo, inseguridades y un enorme amor que finalmente permitía que todo fluyera.

Kagome enredó los dedos en medio de los mechones blancos del pelo de su compañero, para demostrarle lo mucho que apreciaba el modo en que su lengua le acariciaba el pezón. Se escuchó gemir y alcanzó a pensar que aquel sonido debía mostrarle, igualmente, lo mucho que le gustaba todo lo que le hacía. Abrió los ojos y se permitió mirar las infinitas estrellas verdes que los rodeaban y tuvo que volver a cerrarlos cuando lo escuchó gruñir sobre su pecho y sintió su erección presionar entre sus piernas, a través de la ropa que aún los separaba.

No pasó mucho tiempo hasta que el ansia y el amor echaron abajo las barreras de la inhibición. Kagome se sentía expandida, no sólo físicamente al tener dentro a su compañero, sino de una forma mucho más amplia que su cuerpo. Notaba como su mente era consciente e inconsciente en el mismo instante; sus emociones la desbordaban a la vez que se volvían parte de ella; su alma se hacía brillante de un modo que era visible a través de las propias sensaciones de su cuerpo, que se adherían a las que experimentaba InuYasha, jadeando y gimiendo contra su cuello, en tanto la horadaba con su sexo con fuerza. Podía percibir la forma en que temblaba ligeramente sobre ella y aunque le dolía el modo en que se sostenía de sus hombros al abrazarla y buscar un apoyo, ella sólo podía pensar en el hermoso acoplamiento de sus cuerpos y en la necesidad que tenía de prolongar esto por la eternidad; lo abrazó aún más.

InuYasha se sintió atrapado por su compañera en un abrazo que conjugaba manos, piernas, una boca que intentaba presionar los dientes sobre en el hombro y todo el resto del cuerpo que se volvía cóncavo para acogerlo. Era pequeña, frágil de un modo que ella no alcanzaba a dimensionar, sin embargo su intensidad era tan potente que él se sentía intimidado. La abrazó un poco más, lo justo para dejar salir su deseo sin llegar a lastimarla y le lamió el oído, del modo que había aprendido que a ella le gustaba, para ayudarla a liberarse y poder percibir la calidez de los fluidos que emanaban de ella justo antes de sentir la calidez de sus emociones al tocar las propias.

Se incorporó sobre los codos, para poder mirar la expresión enrojecida de su compañera. El vaivén que producían sus embestidas la llevaban a rozar la forma exquisita de su pecho: dúctil, placentero y acariciable, sobre la firmeza del propio. Las luces verdosas que los venían acompañando se paseaban por el tono claro de su piel y el negro de su pelo. Kagome era hermosa de todas las formas que le conocía. Lo miraba y sus ojos se cerraban cuando la fricción de sus sexos la hacía colapsar, para luego mirarlo nuevamente y era él, entonces, quien sentía el colapso ante la mirada que ella le otorgaba. No tenía palabras ampulosas que pudiesen expresarle sus sentimientos, no las sabía, la amaba de un modo que aunque conociera todas las palabras dichas estas no bastarían. Recordó la primera línea de un haiku de su madre, uno que nunca iba a olvidar: dorada alma. En su mente se repitió como el significado de algo, mientras su cuerpo entraba en ella una y otra vez a un ritmo destinado al orgasmo.

Dorada alma

Dorada alma

Adorada alma

Mi adorada alma

Con esa última frase se sintió despegar en medio de una liberación que rogaba llevarse a Kagome consigo. Todos sus sentidos estaban puestos en este instante que contenía una magia que no conseguía definir y la necesitaba a ella con él. Se abrazó a su compañera y se removió en su interior, entrando y saliendo a pesar de su propio orgasmo en curso y del modo en que todo su cuerpo respondía a esa sensibilidad. No detuvo aquello hasta que la sintió temblar entre sus brazos y sólo en ese momento se permitió temblar también.

Permanecieron unidos largo tiempo, él dentro de ella, hasta que la flacidez de su sexo lo obligó a salir. Se acomodó junto a Kagome sin poder dejar de mirarla y admirarla. Quiso cubrirla con las mismas ropas que se habían quitado, sin embargo ella lo detuvo.

—Tengo calor —le dijo, sosteniendo su mano, la que luego puso sobre el centro de su pecho y como si lo hubiese pensado mejor, la deslizó hasta dejarla sobre uno de ellos. Sintió el pezón en la palma y lo brotó con mucha suavidad, había descubierto que a ella le gustaba que la siguiera tocando mucho más tiempo después de un orgasmo y él quería complacerla: siempre.

Mi adorada alma —musito, embargado por el amor que parecía llenarlo todo, del mismo modo que las luciérnagas el lugar.

—¿Qué? —preguntó Kagome, girando la cabeza para mirarlo.

—Nada —respondió con suavidad, le sonrió y le dio un beso en la comisura del labio.

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N/A

Me gustó mucho la idea de este relato, pero no encajaba el lemon en la convocatoria de InuKagFluffWeek, así que lo extendí aquí. Lo cierto es que resultará extraño ver parte de este en diferentes escritos míos, como MUGEN, pero me pareció bonito hacerlo así.

No quise hacer de este lemon algo particularmente detallado, creo que en este caso particular su fuerza está en la emotividad.

Muchas gracias por leer y acompañarme. No olviden sus comentarios porque son el pago del escritor de fanfic; un día le contaré algo sobre el flujo de la energía del dar y recibir.

Besos!

Anyara