OMOIYARI
Compasión
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Moroha
Cada día iba al bosque, se paseaba por lugares que le resultaban conocidos y que le permitían correr y gastar algo de la energía innata que poseía. Tenía conocimiento de que a este lugar le llamaban el bosque de InuYasha y para ella ese nombre tenía un significado y la acercaba a algo que amaba aunque no supiese exactamente como concretar o definir ese amor.
Kaede, la anciana de la aldea, le decía que se parecía a su madre, pero que desde luego su padre estaba presente en cada gesto y en cada acción que efectuaba.
Mientras corría por el bosque y saltaba entre las ramas de los árboles, le gustaba practicar con su capacidad de captar sonidos. Sabía que su fuerza era superior a un humano de su edad al igual que sus sentidos e intentaba llevarlos siempre al límite, porque creía que de ese modo los podía hacer más y más eficaces. Si se detenía en la rama alta de un árbol, podía enfocar con detalle los objetos a un par de cientos de metros de ella. Alguien le había mencionado alguna vez que cuando centraba la mirada, la pupila en su ojo se estrechaba tanto que parecía la de un gato; le habría gustado poder confirmar eso.
Se quedó un instante descansando de la carrera y disfrutando de la brisa de la mañana. Cerró los ojos y se centró en los olores que traía el aire y en los sonidos que sucedían entorno a ella. Noto que la suave brisa anunciaba lluvia, probablemente comenzaría por la tarde, así que tenía todo el día para hacer el trabajo que le había encomendado Jyubei. Esperaba poder pagar pronto la deuda que tenía con el hombre. Debía reconocer que no era un mal tipo, sin embargo se consideraba a sí misma como una entidad libre y le molestaba estar atada a esa deuda.
El sonido de un animalillo en la hierba la llevó a prestar atención. No tardó más que un instante en comprender que era un conejillo. Si tuviese que definir algo más del leve ruido que hacía, diría que era una hembra y que además estaba herida. Bajó del árbol y caminó de forma sigilosa para no asustar al animal. Tal y cómo la habían enseñado los lobos, siempre podría darle caza y que terminara siendo su cena, pero ahora mismo estaba bien alimentada y no era su afán rematar a la criatura.
Pudo distinguir entre los matorrales a una coneja que se lamía una herida abierta que tenía en una de las patas traseras. En cuanto la vio intentó echar a correr, sin lograr gran velocidad debido a la lesión. Decidió seguirla y esperar a que se cansara. En el trayecto tomó algunas hierbas del camino que sabía que le servirían para sanar más rápido. Finalmente la coneja se detuvo junto a la ladera de una montaña, pudo ver que había una guarida y desde el interior resonaba el llamado de pequeñas crías.
—Eres madre —dijo, sonriendo, al ver que la coneja se quedaba mirándola fijamente desde la entrada a la madriguera. Moroha se sentó sobre la maleza a poco más de un metro del animal—. Si te acercas te puedo ayudar.
Le hizo un gesto con las hierbas que traía en la mano: salvia, hierbabuena, romero.
La espera no le resultó complicada, a pesar de su carácter inquieto conocía la paciencia y la aplicaba cuando creía que era necesario. La criatura se animó a acercarse y entonces ella le ofreció comer de las hierbas que traía consigo. Las mantuvo en su mano, para que la coneja confiara y de ese modo le permitiese tocarla. En el momento en que pudo hacerlo centró su energía en un solo sentimiento: amor. De su mano comenzó a fluir energía que sanaba. Era magia, del modo en que ella la conocía. Su emotividad, centrada en amor, podía ayudar a que todo se alineara y esa luz que brotaba de su mano funcionase como un remedio. Lo había descubierto hacía poco, el día en que se hizo un buen corte en el brazo y el dolor la llevó a poner ahí su mano y a desear estar mejor pronto. La energía brotó y ella la sintió circular por su cuerpo como una onda de calor que fluía en ella y se centraba en la herida.
Volvió al lugar por varios días. Al sexto de ellos notó una presencia, no le era extraño, ya le había sucedido en este mismo bosque en más de una oportunidad. En una de ellas se sintió acompañada mientras corría por mitad de los árboles. Miró a un lado y le pareció visualizar la imagen de una figura roja, de larga cabellera plateada, que la observaba. Se detuvo y esperó, sin embargo la figura, que era como una niebla, se terminó de desvanecer. Alguna vez preguntó cómo era su padre y si tuviese que pensar en la posibilidad, diría que había asistido a un cruce con el pasado o el futuro, un momento en que él corría por este mismo bosque.
Lo que percibía ahora era diferente. No podía ver a nadie, sin embargo notaba como la rodeaba una energía cálida que sólo podía suponer que sería como el abrazo de alguien amado.
Se acercó a la guarida del animalillo que llevaba cuidando desde hace días e hizo una muesca con la uña en la roca, para recordarse los días en que había estado viniendo a poner energía a la coneja y de ese modo saber cuánto se había tardado en curar. Se sentó en el suelo cuando el animal salió y del mismo modo que los demás días le ofreció hierbas para que comiera, la acarició y comenzó a sanarla. Ella misma notó ayuda por parte de la presencia que la acompañaba, consiguiendo que la energía de amor fuese más intensa.
La coneja sanó al cabo de dos días.
Moroha había preguntado cómo era su madre y por la fuerza espiritual que le habían descrito, podía asegurar que aquella presencia era su madre que la asistía.
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He querido hacer este relato como parte de la actividad #MorohaWeek y es parte de: Ēteru — Antología
Se los comparto por adelantado.
Besos
Anyara
