KURAYAMI

Oscuridad

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El mayor deseo de la vida es la vida

El mayor deseo de la muerte es la muerte

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Todo había comenzado el día en que se miró al espejo como hacía cada mañana antes de ir al instituto. Su reflejo le devolvió la imagen habitual: ella con el pelo suelto y terminando de cepillarlo, vestida con su uniforme de falda escocesa, blusa blanca y chaqueta de color azul oscuro. El plan para el día era ir a estudiar y encontrarse con InuYasha al terminar las clases. Lo había conocido hace poco más de un año, el mismo día que se había derrumbado la pagoda en la que estaba el pozo. InuYasha apareció representando a la aseguradora, haciendo las revisiones del rigor. Su conclusión fue la de una burbuja de gas bajo la tierra había estallado, llevándose por delante la pagoda y el pozo. El abuelo fue el más escéptico de todos y decidió pasar tres días y tres noches orando y creando conjuros entorno al lugar. Después de aquello y de los largos trámites del seguro, éste se hizo cargo de retirar todos los restos, de sellar ese espacio con un pequeño jardín para que no existiese ninguna edificación que causase peligro y de construir una pagoda nueva del otro lado del templo. Por entonces InuYasha visitó mucho el lugar y pasó largas tardes de conversación con Souta, el abuelo y la madre de Kagome. Ella debía aceptar que el hombre le resultaba hermoso y atrayente de un modo que no conseguía explicar. Sus ojos destellaban con un profundo color dorado que nunca había visto en nadie y lo descubría mirándola con más frecuencia de la que él mismo parecía dispuesto a reconocer. Quizás por todo eso, ella se decidió a hablarle directamente un día hace dos semanas.

¿Me estabas mirando? —se animó a preguntar la primera vez que se dirigió a él para algo más que no fuese por el seguro.

¿Te lo parece? —había sido su respuesta.

No es justo responder con una pregunta —fue lo único que alcanzó a concluir cuando aquel dorado la tocó con su profundidad.

Ambos sonrieron, él lo hizo primero. Se pasaron horas hablando y ella le contó cuestiones del instituto, la situación de una de sus amigas y su novio, además de un libro que había pedido en la biblioteca y que le estaba gustando mucho. Él, InuYasha, la observó pacientemente durante todo el tiempo que a Kagome le tomó contar media vida.

Y tú ¿Tienes una historia que contar? —se había atrevido a instarlo. Sentía las mejillas encendidas ante lo atrevida de su pregunta.

Él la miró y le sonrió de un modo que consiguió instalar una idea en su mente: si yo te contara.

Desde entonces sólo se vieron un par de veces más, a la distancia. Hasta que InuYasha se le había acercado y, con la voz incluso temblorosa, le había pedido esperarla fuera del instituto al final de clases. Ahora se preparaba para ese día con especial mimo. Se dejó el pelo con rizadores por la noche, para que éste amaneciese esculpido y organizado. También se había coloreado un poco sus labios. Suspiró, ante su propia imagen, aceptando con una sonrisa lo que veía a través del espejo. De pronto la sonrisa en su rostro comenzó a decaer y decaer hasta el punto de desfigurar su expresión. Kagome se tocó la cara y aunque había dejado de sonreír ante el estupor de la imagen que continuaba desfigurándose ante ella, distaba mucho de ser lo que el espejo le estaba enseñando. Notó el corazón acelerado y cerró los ojos con fuerza, esperando a que aquella deformada imagen desapareciese. Los volvió a abrir y se vio nuevamente esta vez con expresión asustada, sin embargo se reconoció, excepto por un detalle: la lágrima que caía por su mejilla.

Extendió la mano con lentitud, casi con temor a no estar conectando bien las ideas en su mente ¿Por qué veía algo que no estaba ahí?

Los dedos tocaron el espejo y descendieron por la lágrima que se reflejaba y que sin embargo ella no tenía en su rostro. De pronto la figura al otro lado gritó con un eco que sólo escuchó en su mente y sintió como era arrastrada hacia la oscuridad. Cerró los ojos ante el pánico que estaba sintiendo por el grito desgarrador que se había instalado en su cabeza como un continuo.

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—Kagome ¿Estás bien? —la pregunta entró en su mente como un punto de luz en medio de la oscuridad.

—¿Qué? —encontró su voz y mostró su total desconcierto ¿Dónde estaba ahora?

—Te pregunto si estás bien.

Fue consciente de la insistencia de la pregunta, en tanto miraba alrededor y veía a los estudiantes abandonar el instituto ¿Cuándo había salido de su habitación?

Se giró, buscó y se enfocó en los ojos dorados de quién la cuestionaba.

—Sí —aseguró, sintiendo el pecho invadido de emociones—. Sí —repitió y alzó la mano para ponerla en la mejilla de InuYasha.

Él la miró confuso, no esperaba aquella muestra de afecto cuando apenas se conocían. Sin embargo ella alzó también la otra mano y encerró su cara para mirarlo mejor. InuYasha no quiso cuestionar esa acción y le sonrió casi con añoranza.

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Una semana más tarde se besaban junto al Goshinboku. Un beso casto, apenas hecho para reconocer un vínculo entre ambos. En el cielo la noche comenzaba a llegar y mientras en el horizonte aún se perfilaba el anaranjado del atardecer, a su espalda el cielo oscuro permitía ver el tintinear de alguna estrella. Kagome ensortijaba los dedos en las hebras platinadas del pelo de su compañero y sintió aquel gesto como algo que recordaba de las veces en que él la llevaba a su espalda y surcaban juntos los caminos en mitad del bosque.

Abrió los ojos de pronto y se separó del beso, mirando en lo alto, en la cabeza de InuYasha, en busca de algo que no estaba ahí.

—Y ¿Tus orejas? —él sonrió y tomó sus labios nuevamente, instándola a tocar los laterales de su cabeza para encontrar las orejas en el lugar en que todo el mundo las tenía.

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Kagome permanecía sentada en el suelo de su habitación frente al espejo. Todo en el lugar se mantenía en silencio. Si le preguntaban, probablemente no podía escuchar ni un pájaro elevando algún canto a la distancia. El reflejo que veía de sí misma era idéntico al que ella expresaba con su mirada perdida y la consciencia extraviada en algún rincón de su mente. Mantenía una lucha con la existencia de otra como ella que gritaba desgarrándose la garganta. Podía ver el color oscuro en los ojos que alguna vez fueron castaños y brillantes. Del mismo modo podía sentir la tensión en los músculos del cuello ante la presión con que lo extendía para clamar y ser oída. En su interior ahora había dos que habitaban, una que vociferaba y la otra que cubría sus oídos para no volverse loca.

¿Cuál era ella?

—¿Kagome? —escuchó su nombre atrás, en el umbral de su puerta.

Miró a través del espejo y se encontró con la imagen de InuYasha, vestido con ropas antiguas y rojas. No le pareció tan extraña la vestimenta. Lo recordaba, de todas las veces que lo había visto en él. Se giró y lo miró directamente. Estaba ataviado con prendas de esta época y por alguna razón que quizás algún día le preguntaría, sus rasgos sobrenaturales se mantenían ocultos.

Entonces una imagen llegó a su mente. InuYasha cavando en la tierra un lugar para poner un cuerpo: su cuerpo.

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Lo veía llorar y las hermosas orejas que coronaban su cabeza estaban decaídas como el resto de él. Los hombros le temblaban al intentar contener las lágrimas que no paraba de derramar. Llovía y él se mojaba, sin mostrar intención de dejar el lugar en que la había sepultado. Kagome le hablaba, sin embargo InuYasha no la escuchaba, todo alrededor era furia, llanto y dolor.

¿Cómo había muerto? ¿Cómo?

Le exigía a su mente, mientras su cuerpo intangible intentaba tocar a su amado, sin conseguirlo.

¡Cómo! —se exigió, aún con más fuerza.

Y se adentró más en sí misma y no le gustó lo que vio.

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InuYasha la miraba cada tarde cuando iba a visitarla, esperando por el momento adecuado para contarle cómo había llegado hasta ella. Kagome, lejos de parecer preparada para escuchar una historia de magia, demonios y de seres que en este tiempo eran considerados mitológicos, estaba cada vez más lejos de él, a pesar de la fuerza con que lo aferraba con sus besos y con sus manos.

—¿Cómo estás hoy? ¿Has ido al instituto? —las preguntas parecían de rigor, nada demasiado profundo, para que ella no cayera en el mutismo que muchas veces acompañaba sus tardes.

—Sí, dimos los finales —expresó.

InuYasha supo que había algo que no cuadraba en aquella respuesta, los finales habían sido la semana anterior. Pensó en replicar, sin embargo se limitó a besarla en la cabeza y atraerla un poco más en el abrazo que llevaba dándole cada tarde, durante los últimos meses. De alguna manera sabía que no le importaba el extraño comportamiento de ella, mientras la tuviese con él y viva.

—¿Sabes? —comenzó a decir Kagome, con la mirada perdida en un punto del espacio que rodeaba al templo— Anoche te vi salir del pozo, creo que venías por mí, cuando aún buscábamos los fragmentos.

Él permaneció en silencio, sin conseguir posicionar lo que ella le estaba diciendo. Era imposible que Kagome recordara algo que no había vivido. Él mismo se había encargado de destruir el pozo, para que jamás lo cruzara, para que jamás sufriera.

—Kagome ¿Qué dices? —insistió, con el corazón batiendo en el pecho como un colibrí herido.

Guardó silencio un instante.

—Dimos los finales —retrocedió en la conversación, como si nunca hubiese mencionado nada más.

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—¿Vendrás mañana? —la pregunta salió de ella como si no supiese la respuesta, como si no llevaran horas juntos.

—Claro que sí, ya lo sabes —la acercó a su cuerpo. Permanecían bajo el arco sintoísta que daba la entrada al templo.

—No quiero que te vayas, por favor —en su voz había una súplica que InuYasha no alcanzaba a dilucidar. Había dolor y necesidad.

—No puedo quedarme a dormir —sonrió, intentando calmarla, y acercó su nariz a la de ella, creando una suave y lenta caricia.

Kagome aceptó el mimo con cierta extraña ansiedad, en tanto le sostenía la camisa por el pecho con los puños apretados. Le dio un beso en los labios, menos exigente que los anteriores que le había entregado, para poder despedirse un día más.

—Volveré mañana —le aseguró al terminar el toque de sus labios.

Ella escondió el rostro en su pecho, con las manos aún más asidas de su ropa.

—¡No te vayas! —gritó. InuYasha tembló ante el sufrimiento que expresaba ese grito— No me abandones en esta oscuridad.

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El fuego comenzó a abrirse paso desde el segundo piso. Kagome lo miraba moviéndose por el techo de la habitación, lamiendo la madera que se iba oscureciendo poco a poco. Permanecía echada en el suelo, con ambas manos a los lados del cuerpo, como cuando estuvo muerta. Aún recordaba la sensación de sofoco en el momento en que se instaló en ese cuerpo en descomposición, amortajado y bajo tierra, coronado por una piedra que InuYasha había grabado con sus garras. Estuvo ahí esperándolo, durante largos decenios en los que él estuvo en batalla. Mientras tanto ella dormía y despertaba y oteaba los lugares que había conocido con él, esperando a que apareciera y de ese modo poder seguirlo. Debió hacerlo el día en que se marchó, pero ella se distrajo con un pensamiento recurrente: volver.

Aún ahora, se preguntaba a dónde debía regresar.

Las llamas la iluminaban y danzaba alrededor de ella, del mismo modo que el fuego que la había quemado cuando descubrió que él, que InuYasha había vuelto a estos parajes de la mano de una mujer de otro lugar, de otro tiempo intermedio del suyo. Cuando lo supo ardió en cólera y en miedo y en un sentimiento que tocaba la oscuridad más profunda que podía imaginar: odio.

Fue entonces que se gestó el grito que no dejaba de oír. Desde entonces su mente se desprendía a trozos y sólo quedaba una idea, como una pasión oscura, cuya única luz era InuYasha.

¡Kagome! —escuchó su nombre, perdido en algún espacio en medio del adormecimiento de sus sentidos.

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Había transcurrido una semana desde que el templo se había quemado y Kagome llevaba todo ese tiempo en el apartamento en que vivía InuYasha. Él la había rescatado del fuego que se inició en su propia habitación. No había aceptado las réplicas de nadie y poco había dicho su familia, después de lo extraña que ella se estaba comportando.

InuYasha la cuidaba y le daba todas las atenciones posibles. Por un momento Kagome llegó a pensar que la felicidad sería viable y que la extraña presencia que ensombrecía sus pensamientos se había apartado. Ya no la escuchaba gritar, o quizás sí, pero muy en el fondo de un baúl que había creado en su mente para de ese modo volver a ser ella misma.

Por las noches veían películas hasta muy tarde y cuando el cansancio la reclamaba se dormía acunada entre los brazos de InuYasha. Él le susurraba historias que parecían sacadas de cuentos para niños y en ellas había youkais, humanos, exterminadores y brujos. Durante un tiempo su vida pareció estar en calma nuevamente, como hace tanto, como al principio. Retomó las clases, para regresar siempre al piso que ahora compartía con su amado. Su madre le hablo de boda y aunque era extraño pensar en ello a su edad, a Kagome le saltó el corazón como si nada más importara, como si lo único relevante en sus días fuese estar junto a ese ser milagroso de ojos dorados y pelo plateado.

Se unieron, en una ceremonia sencilla, con pocos invitados y la familia, junto al templo que comenzaba a reconstruirse sobre las cenizas del anterior.

Kagome fue feliz y a pesar de la mirada cargada de nostalgia que veía en InuYasha, quiso pensar que él también lo era.

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Pasaron un par de años, en los que él en ocasiones la miraba y parecía querer contarle alguna de esas historias mitológicas suyas. Kagome presentía —o ¿Lo sabía?— que había una historia que se estaba reservando, que permanecía en el centro de todas las demás que le contaba. A veces le costaba saber si las historias que tenía en su cabeza provenían de su imaginación o de las palabras de su compañero.

—¿InuYasha? —comenzó a decir un día, mientras él leía un libro en voz alta y Kagome acariciaba los dedos de la mano que descansaba sobre su hombro— ¿Por qué nunca dejas que te crezcan las uñas? —él nunca permitía que asomaran más allá de unos milímetros del final del dedo.

—Algún día te lo contaré —respondió, con un tono solemne que Kagome no pudo ignorar.

En ese momento a su mente vino la imagen de blancas garras ennegrecidas por la tierra de una tumba.

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Estaba en medio de la oscuridad, una oscuridad que no sólo era fría, además hablaba de muerte y dolor. Se sentía rodeada del padecimiento de muchas almas que, como ella, no habían encontrado el camino para regresar o avanzar. Gritaba y las lágrimas le caían por las mejillas, sin embargo el sonido no existía, por tanto nadie la escuchaba. Frente a ella había una luz rosa, intensa y palpitante.

Despertó gritando y llorando, sólo recordaba que había estado otra vez sumergida en la oscuridad.

InuYasha la abrazó y la acunó como tantas veces había hecho en estos últimos años. Kagome distaba mucho de ser la mujer que había conocido. Sin embargo, era ella y eso era suficiente.

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—¡Maldito! ¡Cómo pudiste! —le gritaba y le arrojaba todo lo que encontraba a su paso.

InuYasha no comprendía de qué lo acusaba y evadía con movimientos certeros cada uno de los objetos que Kagome lanzaba hacia él, mientras estos se rompían al estrellarse con la pared que tenía detrás.

—¡Confié en ti! Y tú… ¡Maldita sea! —las lágrimas le anegaban los ojos y comenzaba a ahogarse en medio de los sollozos. Se sostuvo hacia la pared que tenía a un lado y comenzó a deslizarse por ella hasta que quedó arrodillada en el suelo— ¿Por qué?

Su mente estaba llena de las imágenes que habían llegado a ella. InuYasha en brazos de otra mujer, cubriendo de besos su piel desnuda, mientras ella se retorcía de placer. Lo había visto, había estado en la misma habitación que ellos, gritando sin ser oída, rasgándose el pecho de dolor.

Luego de eso todo se convirtió en un sólo y oscuro pensamiento: desolación.

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InuYasha le hablaba y la voz que siempre había amado llegaba a sus oídos como si le hablase a través de una pared que nada atravesaba. Lo miraba e intentaba mostrarle que estaba dentro de ésta que la aprisionaba, sin embargo nada salía de ella. Sentía como las lágrimas le quemaban en los ojos y el pecho se le comprimía por el dolor y aun así no podía moverse. Él, su amor, su compañero; aquel por quien había rasgado los velos del espacio y el tiempo no podía escucharla, ni entenderla, ni amarla.

Más lágrimas.

Comprendió que todo lo había hecho por él, había cruzado los decenios y las centurias acompañándolo hasta este momento, para que él pudiese verla al fin. Pero nunca la notaba, no llegaba a conectar con ella en realidad, el deseo de InuYasha estaba puesto en la Kagome luminosa que fue un día.

¡No!

Esta era ella ahora. La oscuridad que había consumido todo lo que era sólo le había dejado su amor por él, un amor que la convertía en su dueña, más allá de todo lo existente.

¡Eres sólo mío!

Gritaba, sin que él la viese hacerlo. Mientras la otra, más atrás, purgaba por ser liberada.

No te dejaré.

Eran muchos años de mantenerla enjaulada. Al principio le costó tomar el mando y ser ella la que moviese los hilos. Le costó toda la fuerza que había podido conseguir a lo largo de los siglos el poder tocarla a través del espejo y volver a encontrar vida. Fue difícil, más aún cuando al pedir aquel deseo a la perla, ésta la devolvió junto a InuYasha, pero muerta. La sensación de estar perdida en un espacio en que nada existía resultó aterrador. Experimentar la tristeza y el miedo y la soledad, luego la rabia, el odio y la oscuridad. Hasta llegar aquí.

Al fin InuYasha volvía a ser suyo.

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Con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más desconectada dentro de sí misma. La otra, perdida en la oscuridad, clamaba por ser liberada, en ocasiones le parecía que rogaba. Cuando InuYasha no estaba con ella se pasaba horas frente al espejo observando la imagen que alguna vez fue. Hasta que un día supo que ella, la que debió nacer, comenzaba a crecer dentro de su vientre y decidieron llamarla Moroha.

En ese momento la oscuridad volvió, pero fue diferente y se encontró otra vez al principio. Ante ella estaba la perla y brillaba con si intenso tono rosa, instándola a pedir volver a verlo. En ese momento lo comprendió todo y esperó. InuYasha vendría y el camino que acababa de ver, recorrer y sufrir, jamás sería recorrido.

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Moroha permanecía entre sus brazos, bebiendo de su pecho, mientras InuYasha estaba dormido a su lado después de cuidar de ellas más horas de las que podía estar despierto. Lo miró y ensortijó los dedos en las hebras de su pelo platinado, agradeciendo ese primer viaje por el Ēteru, que se quedó en su recuerdo como la más horrenda pesadilla y un camino que estuvo a punto de elegir.

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N/A

Aquí les traigo esta extraña historia por las festividades del 31 de octubre. No quise ceñirme a ninguna en particular, quería jugar con la sensación de terror (Halloween), además de la línea entre el mundo de los vivos y lo muertos (Día de muertos), para culminar con el agradecimiento (Samhain).

La historia tiene eslabones que quedan en manos del lector, para que la sensación de opresión se mantuviese.

Espero que les haya gustado

Gracias por leer y acompañarme

Anyara