KURISUMASU
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—¿Qué quiere decir esto? —preguntó InuYasha, mientras leía un término desconocido para él y que Kagome había escrito en aquel papel que comenzó hace poco a poner en la pared como una especie de indicativo.
Él ya había aprendido algunos de los símbolos, entre ellos los de las lunaciones que aparecían remarcados en esos papeles que Kagome iba montando uno sobre otro como una especie de cuenta de los días. Sin embargo ahora había escrito uno nuevo que él no llegaba a comprender.
—¿Qué cosa? —Ella se giró. Se encontraba arrodillada junto al fuego, preparando un macerado de hierbas en su mortero de piedra. Debía llevarlo luego a una de las cabañas de la aldea, para el niño de una mujer que había sido mordido por una araña y aliviarle la molestia.
—Kurisumasu —leyó lo que estaba escrito en el papel.
—Navidad —mencionó ella e InuYasha mantuvo un silencio que Kagome ya conocía y que siempre venía acompañado de una expresión particular, entre la curiosidad y la incomprensión. Le sonrió y comenzó a explicarse—. Es una festividad que se celebra en mi tiempo, he querido llevar la cuenta de los días para situarme.
—Pero eso ya te lo marcan las temporadas de siembra y cosecha ¿No? —intentó él, para luego recapacitar sobre su respuesta. InuYasha sabía que su modo de ver todo era mucho más basto y que Kagome aportaba sutileza a todo lo que él conocía— ¿Es importante para ti?
—¿Qué? ¿La cuenta de los días? —Ella seguía a su labor con el ungüento.
—Kurisumasu —InuYasha tuvo la sensación de querer hacer algo por Kagome, no estaba seguro de qué podría ser, sin embargo tenía claro que si ella había puesto ese nombre ahí, eso tenía algún significado.
—Oh, bueno, era bonito ver las luces y la alegría de las personas en esa fecha —comenzó a decir ella, ya casi finalizando el trabajo con el mortero.
—¿Se hacía algo especial? ¿Alguna de esas tradiciones de las que hablas? —InuYasha se mostraba ansioso por encontrar un punto, algo que le sirviera para hacerla feliz. Kagome había hablado de luces y él sólo podía ofrecerle la luz del farol que había fuera de la cabaña como algo especial. Sabía que en el tiempo de Kagome se usaban luces artificiales y se iluminaba todo mucho, perdiendo la luz del cielo. No obstante, así era esa época.
Kagome se sorprendió ante la insistencia de su compañero, sin embargo aceptó esa insistencia y continuó relatando lo que se hacía en navidad.
—Kurisumasu es una fecha extranjera, de otro país. Ya te he explicado que hay muchos lugares más allá de lo que hemos recorrido y de Japón —explicó ella.
—Sí, sí, eso ya lo sé —Kagome casi se echa a reír al notar la ansiedad con que InuYasha la interrumpía para pedir que hablase más rápido.
—Poco a poco la fecha se ha convertido en una nueva celebración para las parejas…
—¿Cómo en barentaindē? —InuYasha no pudo evitar que se le tiñesen las mejillas de rojo al recordar aquella fecha.
—Sí, como San Valentín —aceptó, notando su propio sonrojo. Había sido su primer día de los enamorados viviendo juntos. Su compañero asintió y desvió la mirada a una esquina de la cabaña—. Bueno, el hecho es que las parejas pasean y disfrutan de las luces… —se quedó muy callada y eso obviamente no pasó inadvertido para InuYasha.
—¿Qué pasa? ¿Qué más hacen? —insistió. Ella lo miró y no pudo evitar pensar en que él parecía cada vez más capaz de leer sus estados de ánimo.
—Nada, sólo eso —Kagome se sintió tremendamente cohibida. InuYasha era su compañero y desde hacía un tiempo que compartían momentos íntimos y placenteros que habían reforzado la confianza que se tenían, sin embargo ella seguía sintiéndose tímida a la hora de contar algunas cosas, más aún cuando quedaba expuesta como una romántica en tiempos de demonios y guerras civiles.
—No te creo —le espetó InuYasha a la cara.
—Pues es tu problema —quiso defenderse y él lo noto de inmediato.
InuYasha se deslizó con rapidez por la tarima de madera que los aislaba del frío del suelo y se acercó a Kagome, que se sintió ligeramente intimidada.
—Por qué no me lo quieres decir —él matizó cierto tono de exigencia con un profundo sentimiento de indefensión que ella captó de inmediato.
—No es que no quiera —intentó explicarse, aunque sabía que sólo acentuaba la curiosidad de InuYasha.
—Entonces sí hay algo —InuYasha no soltaría el punto que tenía, menos ahora que se había abierto su curiosidad, quizás no tanto por lo que Kagome le ocultaba como por la razón de hacerlo.
—¡Qué terco eres! —le espetó a la cara, consiguiendo que él retrocediera unos cuántos centímetros, temiendo por un momento a que le soltara el conjuro y lo estampara en el suelo.
—¡Pues vaya que tú! —intentó defenderse.
El silencio se apoderó de la habitación después de aquello, sólo se escuchaba el crepitar del fuego y el frio viento que silbaba al pasar por fuera de la puerta de la cabaña. InuYasha y Kagome se miraron por largo rato. Ella arrugó el ceño y lo destensó un par de veces antes de decidirse a hablar.
—Es una tontería —mencionó, sin más, intentando dejar de lado el tema.
—No lo será si te cuesta decirlo.
En eso InuYasha tenía razón.
—No me presiones —Kagome se volvió a defender, regresando la mirada al mortero que tenía en las manos, moviendo un poco más el ungüento que ya estaba listo.
Su compañero se mantuvo en silencio y espero unos instantes por si ella retomaba la conversación. Comenzó a agitar un pie con inquietud y se detuvo en cuánto se percató de ello, sin embargo sentía que su paciencia estaba a punto de agotarse. Entonces Kagome habló un segundo antes de que él resoplara de frustración.
—Es, simplemente, que las parejas se van a hoteles a… bueno… ya sabes…
—¿Hoteles? —preguntó.
—Sí, como posadas —se explicó ella. Entonces InuYasha relacionó lo que su compañera quería decir.
—Oh —el vocablo sonó solitario y hasta contraproducente, sin embargo la pregunta que le siguió pareció aplacar en algo la inquietud de Kagome— ¿No pueden hacerlo en sus cabañas?
InuYasha la vio sonreír con buen ánimo y eso alivió la presión que se le había instalado en el pecho. Después de todo él había comenzado a indagar para buscar una forma de hacerla feliz y la conversación se había complicado.
—Sí, se podría decir, pero ese día deciden hacerlo en otra parte —le explicó ella.
—Y ¿Por qué en otra parte? —InuYasha no comprendía el punto, la intimidad que entregaba el hogar era especial para él.
—Bueno, algunos aún no viven juntos y otros quieren romper la monotonía y buscan no aburrirse; cambiar de ambiente —en algún momento de la conversación Kagome ya se había comenzado a sentir menos presionada y más cómoda para contar todo.
—¿Aburrirse? —preguntó con tono vacilante. InuYasha no concebía que alguien pudiese aburrirse de intimar con la persona que amaba. Se sonrojó, de pronto, con un solo golpe de calor, sin siquiera haber dicho aquello en alto.
—Sí, bueno —ahora fue Kagome quien pareció dubitativa—, con el tiempo, ya sabes.
No, él no sabía. Eso lo hizo desear con más ganas hacer algo especial para Kagome. Se mantuvo pensativo por un instante más largo de lo habitual, hasta que ella irrumpió con un entusiasmo que contrastaba con el talante que había tomado la conversación anterior.
—¡Ah! ¡Y se come pollo frito! —dijo aquello como si hubiese descubierto una nueva hierba medicinal.
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Kagome llevaba un día realmente ajetreado. Había pasado gran parte de su tiempo en la aldea, enseñando a algunas mujeres a preparar cataplasmas con hojas secas de un arbusto que crecía por la zona y que les serviría para ayudar a sus hijos con los catarros. Comió en casa de Sango, quién le pidió que la acompañara a visitar a una mujer que vivía sola con sus niños pequeños en las afueras del poblado y a la que su amiga estaba intentando convencer para que se trasladara a una zona más cercana y así participar en las labores comunitarias, a la vez de estar más protegida junto a su familia.
La nieve que había cesado durante la mañana, parecía querer hacerse presente otra vez a esta hora en que la tarde ya se apagaba en el horizonte. Kagome se encaminó hacia la cabaña que compartía con InuYasha, siendo acompañada por Sango la mitad del camino. Le llamaba la atención que para llevar tanto tiempo fuera, InuYasha no hubiese ido a buscarla con ropa de abrigo o algún reclamo de atención como solía hacer.
A medida que se acercaba a su hogar pudo ver que el farol que tenían fuera de la cabaña estaba iluminado por una vela, algo que no era usual salvo en momentos que InuYasha y ella consideraban importantes. Una vez que estuvo más cerca pudo ver que la nieve que rodeaba la entrada había sido removida y agradeció aquello, de ese modo no se mojaría más los pies que ya llevaba fríos. Al estar a pocos pasos de la puerta vio salir vapor por entre las rendijas que había en una ventana y se sorprendió por aquello. Volvió la vista al farol y por un momento recordó que hoy era kurisumasu y aunque ella no pretendía hacer nada demasiado especial, sí habría querido preparar una comida algo más elaborada y celebrar la festividad, aunque fuese sólo en la intimidad de sus pensamientos.
Se quedó muy quieta cuando estuvo frente la puerta. El corazón le batía en el pecho con inquietud, demostrándole la exaltación que precede al descubrimiento de una expectativa. En ese momento Kagome decidió que no quería sentirse decepcionada, si en realidad InuYasha no había preparado nada especial dentro de la cabaña que compartían. Quizás esto que acababa de ver era lo único existente, ella ya era una adulta en este tiempo, viviendo la vida de una adulta y no debía dejarse llevar por idealizaciones sobre el romance. Cuando puso aquella idea en su mente ésta pareció calmarse y cruzar el umbral de la puerta fue mucho más fácil.
Al entrar en la cabaña supo de inmediato que algo pasaba, había un intenso olor a estofado y el calor en el interior contrastaba más de lo habitual con el exterior. El byobu que mantenían en el lugar y que había ido a decorar una de sus paredes luego de que InuYasha y ella dieran un paso más en su intimidad, se encontraba abierto y obstaculizando la visión de una parte de la cabaña, lo que hizo que Kagome comprendiera que algo se ocultaba tras él.
—¿InuYasha? —preguntó, con cierta cautela, mientras se quitaba la capa que le servía de abrigo en el invierno.
Lo pudo ver asomarse tras el byobu, sólo llevaba el pantalón y tenía el pelo recogido en un moño a la altura de la nuca, algo que a Kagome le pareció extraño e increíblemente hermoso.
—Ya casi está listo —le anunció. En ese momento vislumbró el vapor que aparecía tras la barrera visual y que danzaba en el aire con hermosos contrastes de color debido a la llama de la hoguera.
—¿Qué cosa? —Ella se adelantó un paso, sin embargo se detuvo de inmediato debido a la orden de él.
—¡Espera!
Kagome notó enseguida la perturbación en la energía de InuYasha, era algo que llevaba un tiempo sintiendo de forma muy sutil, en ocasiones era capaz de percibir los estados de ánimo de su compañero y ahora mismo le pareció comprender que estaba ansioso. Se quedó muy quieta, esperando por aquello que él quería tener listo.
Al cabo de un momento no muy largo, InuYasha volvió a aparecer desde la parte de atrás del byobu y le sonrió con un gesto que matizaba la alegría con la inquietud.
—Ya está —anunció y le extendió una mano para que ella subiese desde el genkan.
Kagome no pudo evitar esa expectación que se aloja en el estómago cuando las emociones se adueñan de la voluntad. Descansó su mano sobre la que le era ofrecida y pudo notar la forma en que la piel de InuYasha parecía sudar, envuelta en el vapor que se condensaba cada vez más por la habitación, escapando apenas por alguna rendija de la ventana. Cuando subió a la tarima de madera, su compañero la invitó a adelantar un paso más y mirar tras el byobu.
—¿Qué has hecho? —le preguntó Kagome, con auténtica curiosidad.
—Cambiar de ambiente —fue la respuesta que InuYasha dio, no quiso agregar que no quería que ella se aburriese.
—Es un ofuro —mencionó en voz alta. Buscó convencerse a sí misma que estaba viendo dentro de su cabaña una bañera de madera que destilaba vapor.
—Sí, bueno, pensé que quizás podría…
InuYasha no alcanzó a terminar la frase cuando tuvo a Kagome abrazada a él y le tomó un instante recomponerse de la sorpresa, sin embargo, en cuánto lo hizo la rodeó con sus brazos y respiró aliviado. Llegar a este momento había sido todo un largo camino, de hecho le debía al artesano del pueblo unos cuántos trabajos de cara a la cosecha que vendría en verano, no obstante el abrazo que Kagome le estaba dando valía todos los trabajos pendientes que el hombre le pidiese.
Ella alzó la cabeza y lo miró a esos hermosos ojos dorados que ahora mismo estaban llenos de ilusión.
—¿Lo has hecho por el kurisumasu? —preguntó, comenzando a hacer símbolos con el dedo sobre la piel desnuda del brazo de su compañero, éste le respondió con un sonido afirmativo sin dejar de mirarla a los ojos— ¿Lo has hecho porque querías hacerme feliz? —recibió otra respuesta afirmativa acompañada de un apretón en su cintura. Kagome, muchas veces era tímida, sin embargo sabía que a InuYasha era a quién más le costaba hablar de aquello que se acercaba al corazón.
Ella se puso en puntillas y alcanzó los labios de su compañero para dejar en ellos el roce de un beso que él recibió como si se tratase del mayor de los premios.
—Creo que también has guisado —le susurró, en cuanto dejó de besarlo.
—En eso me ayudó Sango —aceptó él.
Kagome sonrió nuevamente e InuYasha se sentía cada vez más seguro de haber acertado con su momento de celebración de pareja. Entonces la vio hacer ese gesto con su boca que a él parecía atraerlo como las flores a las abejas en primavera. Se quedó mirando la forma en que los dientes le presionaban el labio por un lado, como si la ayudasen a contener una idea que aún no se atrevía a contar. Se inclinó hacia ella y la besó, quizás para saber si las ideas se contaban solas a través de los besos.
—¿Vamos al agua? —murmuró Kagome, en medio de la caricia de sus labios— Ahora quiero… bueno, ya sabes.
InuYasha sonrió ampliamente, pensando que desde ahora se encargaría de apuntar el kurisumasu en los papeles de la pared cada ciclo.
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N/A
FELIZ KURISUMASU!
Estos días previos a navidad tienen muchos pequeños trabajos y era escribir algo especial por navidad o hacer las entregas regulares de capítulo y cómo verán me decanté por lo primero.
Espero que el relato les haya gustado y que me cuenten en los comentarios.
Gracias por leer y acompañarme en esta aventura de crear.
Besos y felices fiestas.
Anyara
