ITAZURA
Travesura
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—¿Hace cuánto que no hacíamos esto? —preguntó Kagome, mirando al cielo nocturno poblado de estrellas desde el claro que se abría junto al pozo.
—Desde el verano pasado —aclaró InuYasha, como si realmente ella estuviese preguntando por un momento exacto.
Kagome respiró profundamente y soltó el aire con suavidad, en tanto descansaba el cuerpo un poco más hacia InuYasha en busca de comodidad y calor.
Permanecían sentados en la hierba y con la espalda reposada en los bordes de madera vieja del pozo. Cierto era que hace mucho que no venían a este sitio sólo para permanecer, en algún momento cruzaban el claro, desde la cabaña en la que vivían hacia el pueblo; nada más. Sin embargo, en noches como esta en las que el verano comenzaba a dejarlos y el cielo se plagaba de estrellas fugaces, les gustaba acercarse por aquí y estar juntos y crear de alguna forma una especie de tradición.
—¿Tienes frío? —la voz de InuYasha sonó suave, aunque traía consigo cierto aire de reproche. Kagome sabía que si decía que sí él se quejaría por la advertencia de abrigo que le hizo al salir y a la que ella no prestó atención.
—No, en realidad —intentó no pegarse tanto al cuerpo de él, para que sus palabras adquirieran algo de consistencia.
—No, dice —se mofó, alzando un brazo por encima de su compañera para pegársela mejor al costado—. Se te olvida que no puedes engañarme, mujer.
Kagome sintió esa mezcla tácita entre el enfurruñamiento y el total deleite, algo que InuYasha conseguía en ella con sus expresiones malhumoradas las que eran habitualmente refutadas por sus acciones. Se mantuvo tiesa por un momento, intentando mantener cierta actitud digna, para luego soltar el aire y ceder al abrazo que estaba recibiendo y que le proporcionaba una agradable calidez.
—¡Mira! —apuntó al cielo a las estrellas que parecían deslizarse de arriba a abajo por aquel manto oscuro.
—Las veo y seguro que mejor que tú.
Kagome le dio un toque con el codo en las costillas y aunque estaba segura que así usase todas sus fuerzas no llegaría a causarle daño, él se quejó y se rió. En ese momento ella tuvo esa exquisita sensación de hogar que la acompañaba cuando estaba con InuYasha. Se recogió un poco más sobre sí misma y hacia su compañero el que cerró algo más el abrazo. Se quedó un instante en calma, mirando el espectáculo que les regalaba el cielo. Deslizó una mano por entre el hitoe de InuYasha y su piel, sin pensarlo demasiado. Las caricias que comenzó a crear con los dedos eran el resultado de la confianza y el hábito; le gustaba dormirse creando figuras sobre el pecho de su compañero y ahora mismo se sentía muy tranquila y relajada. Al cabo de un momento la caricia había abarcado parte del pecho, llegando a tocar despreocupadamente un pezón, creando círculos sobre éste con la yema de los dedos.
—Tendrás que parar, mujer, si lo que quieres es seguir viendo las estrellas —le advirtió, sin dejar de otear el cielo.
Kagome buscó su mirada y de pronto el calor y la cercanía consiguieron que las estrellas dejasen de importarle. InuYasha le devolvió la mirada y aunque ella no tenía ni una décima parte de la capacidad de él para observar en la penumbra, podía vislumbrar el brillo en sus ojos dorados.
Lo siguiente fue un beso. Y lo siguiente a eso, el peso de Kagome a horcajadas sobre las piernas de su compañero. Las caricias comenzaron a extenderse por encima de la ropa, hasta que éstas empezaron a abrirse para que los besos abarcaran no sólo los labios, también el cuello, el hombro, la clavícula. Kagome podía sentir la dureza de InuYasha, presionando exquisitamente en el punto en que sus cuerpos solían encontrarse y unirse.
Lo escuchó gruñir cuando los besos se toparon con los vendajes de su pecho y se debatió entre si decirle o no que los rompiese. La duda pasó a un segundo nivel de importancia en el momento en que InuYasha arrastró los dientes por encima de la tela y le estimuló el pezón; en ese instante ella comenzó a pedir más de aquellas caricias.
InuYasha escuchó como suplicaba su nombre y sintió la presión que ejercía con la cadera al ondear sobre su pelvis. La sostuvo hacia su cuerpo y comenzó a moverse hacia arriba, hacia Kagome. Comenzó de ese modo a simular la entrega, la intención y la fuerza con que tantas veces ya se habían perdido uno en el otro. Con todos aquellos movimientos estaban consiguiendo que el ansia se encendiera bajo la piel y Kagome empezaba a buscar con la mano entre los cuerpos el modo más eficiente de sentirlo dentro de ella.
InuYasha interrumpió el beso de pronto y Kagome jadeo un sonido de desacuerdo.
—Shhh —musitó él, cubriéndole la boca con una mano. Kagome lo miró a los ojos, sin embargo su compañero tenía la mirada puesta en los árboles que había a su izquierda—… Kuso.
Lo siguiente fue sentir cómo InuYasha la abrazaba y daba un salto con ella. A continuación todo fue oscuridad.
—¿Qué pasa? —preguntó algo extraviada por el movimiento repentino y su incapacidad de ver.
—Shhh… —musitó él, muy bajito.
En ese instante Kagome miró hacia lo alto y pudo encontrar las estrellas iluminando la boca del pozo. Además de escuchar un par de voces en los alrededores.
—Estamos dentro del…
—Shhh… —volvió a insistir él.
Kagome notó la frustración tanto por la petición reiterativa de silencio como por la interrupción del momento que estaban teniendo, ella aún sentía la excitación deambulando bajo su piel y era embriagante.
—InuYasha —murmuró, volviendo a meter las manos bajo el hitoe que para ese momento estaba completamente abierto.
Él sintió el toque de las manos de su compañera sobre la piel y le puso un dedo en los labios, indicándole silencio, las voces parecían acercarse. Kagome tocó el dedo con su lengua en un auténtico acto de travesura, lo recorrió y lo humedeció hasta tocar el filo de la garra. Supo que su compañero había sido capaz de presenciar con nitidez ese gesto y tuvo la confirmación ante el ademán de la cadera de él buscando presionarse y aliviar la tensión de su sexo.
Sí, se mantendría en silencio. Y sí, a pesar de ello existía la posibilidad de que los descubriesen, sin embargo Kagome tuvo claro que no renunciaría a lo que habían comenzado.
El sonido de las voces había sido reconocibles para InuYasha, además del olor de sus portadores; al parecer Sango y Miroku habían decidido que este era un buen lugar para pasear y mirar el cielo nocturno.
Aquí estaremos bien —era la voz de Sango.
Sí, hay buena visibilidad del cielo y además hay calma e intimidad —se escuchó responder a Miroku.
—¿Qué haces, mujer? —susurró InuYasha, completamente descentrado.
Kagome acababa de meter la mano bajo el hakama por uno de los laterales abiertos de éste y comenzaba a masajear su sexo que presionaba hacia la tela del fundoshi.
Shhh —fue lo que recibió por respuesta.
Cerró los ojos y maldijo internamente a la bruja que tenía por mujer. El tiempo juntos le había dado la precisión justa para tocarlo dónde más estragos causaba e InuYasha fue consciente de como la excitación lo llenó de golpe. Supo que Kagome también lo había notado cuando la escuchó sonreír en medio del beso que le estaba dejando en el pecho, muy cerca del pezón.
Kuso —expresó, casi como un suspiro.
¿Nos sentamos ahí? —la voz de Miroku se había acentuado y casi se podía decir que estaban al pie del pozo.
—Para —le pidió a Kagome, cuando notó el calor y la humedad de la lengua de su compañera posarse en la pequeña protuberancia de su pezón. Luego fue que ella lo atacó con más obstinación aún, mordiendo en el lugar. InuYasha echó la cabeza atrás presionando su labio con los colmillos para no dejar escapar un aullido de placer o desesperación o ambas; no estaba seguro.
Kagome notaba la tensión que sufría su compañero y eso la excitaba cada vez más. Podía sentir el sexo endurecerse gradualmente contra su palma, masajeando el lugar con sus dedos como sabía que a InuYasha le gustaba. Era increíble el modo en que todo alrededor dejaba de importarle cuando lo sentía desfallecer de placer bajo sus caricias. Tenía la sensación de que su mente cambiaba, se volvía mucho más primaria, y el único objetivo posible era escuchar a InuYasha clamando su nombre mientras se deshacía de goce entre sus manos.
Decidió que quería explorar los límites de su compañero aún más. Se arrodilló delante de él y comenzó a desatar el cinturón del hakama.
—¿Qué haces? —lo escuchó murmurar. Kagome simplemente le sonrió, mientras mordía la protuberancia del sexo bajo las capa de tela.
InuYasha sintió que se le ablandaban las piernas ante la sugerente visión que le estaba dando su compañera. Era un mensaje directo a su sistema y su sexo respondió agitándose en la presión de sus ropas. Descansó ambas palmas sobre uno de los laterales del pozo y creyó ser capaz de soportar la arremetida sin alertar a los que estaban fuera. Él era fuerte, podía con esto.
Kagome consiguió liberar el cinturón y la hakama comenzó a descender por las piernas de InuYasha en tanto ella las acariciaba. Pocas cosas le gustaban más que sentir la piel de los muslos de su compañero. Muchas veces, en medio de la noche, ponía su mano entre las piernas de InuYasha sólo para sentir la tersura de la piel en esa zona y seguir durmiendo.
Él observó la forma en que Kagome conseguía soltar el fundoshi como si toda la vida lo hubiese hecho y a su mente voló la imagen de ella haciendo aquello la primera vez que tomo su sexo con la boca. Tuvo que cerrar los ojos y apretar los dientes ante la carga sensitiva que ese recuerdo le traía. Los abrió cuando sintió la tela blanca deslizarse por entre sus piernas para acompañar al hakama. Ver como Kagome tomaba su erección y la acunaba en la palma de su mano para dirigirla hacia los labios era una de las cosas más eróticas que conocía. InuYasha podía notar la forma en que el vello de la espalda se le erizaba, desde el inicio de la columna hasta la nuca.
Fuera, Miroku le hablaba a Sango de las constelaciones.
Sintió el contacto caliente de la lengua de Kagome en la punta de su sexo. Contuvo el aliento ante la descarga de sensaciones que ese sólo toque le estaba dejando. Notaba tensos los músculos de la espalda, los glúteos y las piernas; todo él estaba en tensión y ella apenas comenzaba a tocarlo. La miró atentamente y fue testigo de cómo su erección se perdía dentro de la boca de Kagome, quien no se detuvo hasta que sintió sus labios tocándole el vientre y en ese momento InuYasha enredó los dedos en su pelo y le sostuvo la cabeza en un puro acto de pasión.
Lo siento —intentó, cuando la escuchó regurgitar.
Contrario a lo que pudo pensar, Kagome no desistió y volvió a llenarse la boca con su sexo, humedeciéndolo y estimulándolo de tal modo que sintió que las piernas le fallarían.
InuYasha resopló todo lo despacio que podía, en tanto fuera del pozo se escuchaba una amena conversación entre sus amigos, ajenos a lo que él y Kagome estaban haciendo. Por un momento se permitió pensar en lo inapropiado de la situación y cualquier rastro de culpabilidad en su mente fue arrastrado por el delicioso placer que le estaba dando su compañera. Los labios lo acariciaban con cada entrada y salida, en tanto la lengua de ella lo presionaba en el lugar exacto que de seguir así lo haría estallar.
Sintió deseos de echarse al suelo de este lugar, tumbarla y llenarla de los besos y las caricias que no estaba pudiendo dar. Sin embargo el placer de lo desvergonzado era algo que ahora mismo estaba disfrutando y al parecer Kagome también. Se permitió observar un poco más la erótica escena de su compañera engullendo su sexo. Deseó poder ver su pecho libre y bamboleante, no obstante aún estaba prisionero por aquellos vendajes ella se ponía. Percibió como se acrecentaba la presión en su vientre y decidió que no podía acabar así, no sin Kagome.
La sostuvo por ambos brazos con contenida fuerza, necesitaba que se detuviese. Ella resopló de forma contenida cuando InuYasha la alzó y la inmovilizó. Él se detuvo en el detalle de sus mejillas arreboladas, el dilatado negro en sus pupilas y la inflamación de sus labios; toda ella era una petición clara de desenfreno ahora mismo y no iba a negarse. Kagome se pasó el dorso de la mano por los labios y fue inmediatamente abordada por un beso que resultó intenso. InuYasha saboreó los recovecos de la boca, reconociendo el sabor acre de su sexo en ella. La caricia no fue suave, tampoco lo fue la forma en que la presiono contra una de las paredes del pozo, usando todo su cuerpo para sentir el de su compañera. Kagome resolló e InuYasha la besó con más intensidad, en parte para acallarla y en parte por puro deseo salvaje.
Los movimientos siguientes se sucedieron en silencio, conteniendo frases y suspiros.
Kagome percibió como InuYasha soltaba el cinturón de la hakama que vestía. Apretó y se mordió los labios, conteniendo el ansia y los suspiros que amenazaban con escaparse cada vez que él la rozaba aunque fuese mínimamente. Estaba anhelando sentir sus manos sobre la piel desnuda y dentro de ella el sexo que acababa de acariciar; tenía la sensación que esa era la única forma en que se calmaría el correr alocado de su sangre.
InuYasha —musitó, apenas audible incluso para ella, en un acto de total suplica.
Las voces, en lo alto, continuaban con su conversación relajada.
Él se inclinó y tomó la boca que permanecía entreabierta, pidiendo ser llenada. Notó el corazón bombeando la sangre de forma frenética y pudo notar el pulso urgente de Kagome en el latido de su boca. La liberó del beso y descansó la frente en el hombro de su compañera, luchando por no gruñir de placer, cuando ella tomó su erección con aquella suave mano pequeña que tenía y que lo recorría de arriba abajo, con la maestría de quién sabe exactamente cómo hacerlo perder la razón. Abrió la boca y puso sus colmillos en la curva del cuello de Kagome, sin llegar a apretar, humedeciendo la piel con el vaho caliente de su respiración y deleitándose con el aliento de ella que le daba justo en la nuca. Dejó caer la hakama y la atrajo con ambas manos abiertas a cada lado de la cadera, moviéndola ligeramente arriba y abajo en un total acto de posesión y deseo. La escuchó suspirar cuando la desnudes de las piernas de ambos se encontró. Los pulgares acariciaron la piel hasta pasar bajo el fundoshi y se deshizo de la tela cortando con las garras.
Estaba a un paso de sentirla.
Kagome se removió y busco la boca de su compañero. Lo besó con ansia y el ansia dio paso a la agitación y ésta a la impaciencia.
Te necesito dentro —murmuró, tan bajito que casi podría haber sido un suspiro.
InuYasha se sacudió en un temblor que no fue capaz de contener e inmediatamente deslizó las manos desde la cadera de Kagome, arrastrándolas por la cintura, las costillas, hasta encontrarse con los vendajes. Posó las palmas en los laterales del pecho y presionó con los pulgares en la zona en la que estaban cubiertos los pezones, creando un movimiento circular sobre ellos que debilitaban de deseo a su compañera.
La escuchó respirar con pesadez, con arrebatadora apetencia.
Sintió que ella lo liberaba de la caricia que efectuaba en su sexo y pudo ver como alzaba ambas manos buscando algo por encima de su cabeza. No tardó en comprender lo que era.
Esperaba estar en lo correcto y que el pozo aún tuviese aquellas gruesas enredaderas que la ayudaban a subir al principio de todo. Cuando las encontró dejó escapar un suspiro de alivio, tan despacio como pudo, sin embargo para InuYasha su silencio aún era ensordecedor puesto que le cubrió la boca con otro hambriento beso que ella recibió sin reclamo. Se tomó de las enredaderas y sostuvo su peso lo suficiente como para anclar las piernas en la cintura de su compañero y éste la ayudó a continuación, sujetándola por el muslo y la espalda.
Quizás podríamos visitar a Kagome e InuYasha —escucharon a Sango.
Ambos se quedaron muy quietos e intentando contener el sonido de las respiraciones agitadas que comenzaban a amenazar con ser estertores en cualquier instante.
Tengamos este momento para nosotros, querida Sango —la voz de Miroku bajo un tono.
Cuando escucharon que la conversación de sus amigos se volvió a centrar en las estrellas, InuYasha y Kagome soltaron el aire en una especie de suspiro cómplice. Se miraron a los ojos, ella apenas podía vislumbrar el dorado oscurecido por la excitación, en cambio él era completamente consciente del castaño obnubilado de ella. Prosiguieron.
InuYasha posó sus labios sobre los de Kagome, sin besarla, simplemente rozándolos y respirando en ellos. Metió un pulgar bajo el vendaje a la altura del estómago y éste fue cediendo al paso de su garra, la que se deslizó con delicadeza. Cuando tuvo a Kagome piel sobre piel, unida a su pecho, la besó pudiendo saborear la exquisita embriaguez de la excitación. Ansió poder decirle la forma feroz en que la deseaba, el modo en que quería entrar en ella hasta escucharla sollozar perdida entre sus brazos mientras le recorría la piel con las manos y los besos; sin embargo no había palabra posible para ello. La tocó con la punta de su sexo, sintiendo el calor de la entrada y fue consciente el modo en que Kagome presionó más el beso para no soltar un gemido suplicante. InuYasha cubrió la boca de su compañera con la suya y se llenó con el delirio que emanaba al sentirlo entrar.
Comprobó, una vez más, que no existía nada en el mundo que tuviese la perfección de sentirse dentro de Kagome. Su calidez, su completa entrega a él, eran éxtasis puro.
Estás tan… —murmuró ella, perdiendo el aliento antes de terminar la frase.
¿Duro? —quiso saber él, sacudiéndose con un temblor incluso antes de recibir la confirmación que lo endureció aún más.
Empezó a moverse dentro de su compañera.
El balanceo de sus cuerpos comenzó lento, pausado. Los gemidos eran consumidos unos en la boca del otro y las sensaciones comenzaron a incrementarse poco a poco. InuYasha se apropió de un pezón, mientras Kagome aún se mantenía sostenida de las enredaderas, se llenó la boca y succionó con el grado justo entre la caricia y el dolor. Escuchaba como su compañera ahogaba los gemidos en su garganta y liberaba el aire por la nariz en un esfuerzo por no exclamar el placer que estaba experimentando. La sentía mover la cadera al son de los círculos que él estaba creando con su pelvis y que InuYasha poco a poco fue aumentando hasta convertirlos en fuertes embestidas que Kagome sólo pudo contener soltando la enredadera y sosteniéndose completamente de él.
Lo abrazó en el momento en que sus entradas se hicieron más exigentes y la energía de su cuerpo se condensó en un único punto: el lugar en que se unían.
¡Por Kami! ¡Cómo ansiaba esa descarga!
InuYasha —susurraba, en medio de ese punto en el que parecía que estaba a un instante de estallar y no lo hacía. Él la sostenía por la parte alta de los muslos y la movía a voluntad con un ritmo que Kagome creía delirante.
De pronto se le escapó un gemido que resultó más alto de lo que podían permitirse. InuYasha detuvo el movimiento, sin abandonar su interior.
Las voces fuera del pozo se silenciaron. Kagome cerró los ojos y se refugió en el abrazo, esperando a no ser descubiertos, como si ese sólo acto pudiese protegerlos. El silencio entre ellos se mantuvo por un instante que le pareció demasiado largo. InuYasha continuaba moviéndose en su interior con lentitud y suavidad, llevando la cadera hacia ella a pesar del mutismo y la tensión.
Se van —murmuró él cerca de su oído.
Esperaron así un instante.
¿Ya? —musitó Kagome, deseando seguir con el ritmo desenfrenado.
No —jadeó InuYasha, muy despacio.
Sintió como su compañero se volvía a mover dentro de ella con algo más de rapidez, para pasar a un ritmo más intenso y firme. Kagome quiso suplicar, sin embargo volvió a contener esa energía que no hacía más que intensificar la acumulación en su sexo.
Más fuerte —murmuró, abrazada a InuYasha, necesitaba la culminación, la calma para este desasosiego. Pudo escuchar cómo él maldecía muy despacio.
Sintió que la rodeaba con un brazo por la parte baja de la espalda y apoyaba la otra mano en la pared del pozo, dándole a las entradas un ángulo que consiguió en Kagome el efecto que llevaba ansiando desde hacía un largo instante. No supo exactamente en qué momento todo se desvaneció para ella, InuYasha y sus embestidas eran lo único existente y se abandonó a las sensaciones que le provocaba. Era su amor, su mundo, su todo completo y Kagome ansiaba que toda esa emocionalidad que la envolvía y la colmaba en este instante en que la vida explotaba en su interior, pudiese tocarlo a él para que sintiera la totalidad que ella comenzaba a escalar.
InuYasha —pidió con suplica su nombre, para poder llevárselo consigo.
Las voces se alejaban.
InuYasha notó la forma en que Kagome se tensaba en sus brazos, conocía perfectamente esa reacción y el modo en que su interior empezaba a aprisionarlo cuando el orgasmo estaba a punto de llegar. Deseó, fervientemente, que aguantara lo suficiente como para poder escucharla gemir sin tapujos; sin embargo no estaba seguro de si él mismo sería capaz de contener su propia culminación. La humedad, la ardiente forma en que Kagome lo capturaba con las piernas, con los brazos y con su sexo, lo tenían al borde de la enajenación.
Probablemente jamás conseguiría explicar la forma en que el mundo desaparecía, todo excepto su compañera, durante el instante en que el clímax lo envolvía en su burbuja de irrealidad. Era como reventar con el sol por delante, brillando incluso más que éste.
Kagome… yo voy… —era la forma que tenía de advertirle que estaba a puertas de tocar este simulacro exquisito de muerte.
La escuchó murmurar una enloquecida afirmación, instándolo a vaciarse dentro de ella.
Y así lo hizo.
Los temblores los acompañaron a ambos, los resuellos se contuvieron sólo hasta que la consciencia se los permitió. Kagome sudaba, adherida al cuerpo también sudado de InuYasha y aquella satinada película húmeda era la evidencia del esfuerzo y el exceso, del anhelo y el modo en que se habían entregado uno al otro.
—¿Se han ido? —murmuró Kagome, cuando pudo volver a hablar y controlar la voz.
Tuvo que esperar un instante a que InuYasha recuperara el aliento.
—Ya no los escucho —la tranquilizó.
Se quedaron ahí un poco más, abrazados mientras esperaban a que los corazones volviesen a latir en calma.
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Un par de días después InuYasha y Miroku cruzaban el claro en el que se encontraba el pozo, de camino a la aldea.
—Creo que el pozo está acumulando demasiado polvo —espetó de pronto el monje.
InuYasha lo miró como si se tratara de un caballo con tres cabezas.
—Pero ¡¿Qué dices?! —un furibundo tono rojo le cubrió desde el cuello hasta el inicio del pelo plateado.
Miroku continuó mirando hacia adelante, como si la exaltación de su amigo fuese de lo más corriente.
—Nada, sólo que lleva tanto tiempo en desuso que se está llenando de vegetación y polvo —explicó con calma—. Hace unos días Sango y yo juraríamos que escuchamos quejidos como de algún animal herido.
InuYasha oprimió los labios formando una línea que no dejaba salir ni una palabra y apretó el cruce que mantenía en sus brazos dentro de las mangas de su kosode. Finalmente se decidió a decir algo.
—¡Bah! Sango y tú deberían buscarse otro sitio para mirar las estrellas.
—No dije que fuese de noche —sonrió su amigo y lo miró, el rojo de su cara ya se había disipado.
InuYasha cerró los ojos y se maldijo por su poco tino.
—Da igual —soltó finalmente. Y si los habían escuchado ¡Qué!
—Claro —aceptó el monje, aun sonriendo.
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Unas noches después, desde el pozo de los huesos brotó un gruñido feroz como si saliese de las entrañas mismas de la tierra. Era un sonido que invitaba a cualquiera que estuviese en los alrededores a alejarse de aquel tétrico sitio, por precaución, para no toparse con la bestia que aullaba a las estrellas desde ese lugar.
Y así nacen los mitos.
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N/A
Aquí, AnyaraXXX reportándose.
A veces una no espera nada y algo llega.
¡El headcanon del pozo es real!
InuYasha me lo confirmó xD
Espero que les haya gustado y que me cuenten en los comentarios.
Besos
