HANASAKI
"Flor que florece"
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Kagome sintió la brisa de la noche que se colaba por la rendija que habían dejado abierta en la ventana. No era un aire frío del todo, quizás fresco, lo que ayudaba a controlar la temperatura dentro de la cabaña, junto con las brasas del último leño que aún ardía en el hogar. Se giró sobre el futón y quedó boca arriba. Esperó durante un instante a que el sueño la envolviera nuevamente, sin embargo el tiempo pasaba y no conseguía volver a dormir. Su mente comenzaba a trabajar como si ya hubiese despuntado el día, recordándole todas las actividades que tenía planeadas. Respiró hondo y abrió los ojos, distinguiendo la fina línea de luz de luna que se dibujaba en el techo. Quiso pensar en algo que la ayudase a relajarse y volver a conciliar el sueño, así que comenzó a repasar en su mente el nombre de las hierbas que conocía y las características principales que estás tenían. Al cabo de unas cuántas de ellas, su mente seguía tan lúcida como si el sol alumbrara por completo sobre su cabeza, lo que era imposible, pues aún era noche cerrada.
Giró la cabeza y miró a su izquierda, InuYasha permanecía dormido junto a ella y ahora mismo le daba la espalda. Decidió girar todo su cuerpo de medio lado hacia él y se quedó admirando el pelo blanquecino que descansaba sobre el futón. Muchas veces le había dicho que se lo trenzara para dormir, sin embargo a él no parecía darle problemas, Kagome misma no lo hacía con el suyo muchas veces; esta noche por ejemplo. Extendió la mano y tocó con los dedos algunas hebras y notó cómo InuYasha se movía. Retiró la mano, no había sido su intención despertarlo, sin embargo él ya se estaba girando para quedar bocarriba.
—¿Qué pasa? —preguntó con la voz enronquecida por el sueño, en tanto extendía una mano grande y la posaba sobre su cadera.
Kagome notó de inmediato el calor que emanaba de él, traspasando la tela.
—Nada. No puedo dormir —sólo le faltó encogerse de hombros para dar énfasis a su respuesta.
La atrajo por la misma cadera para tenerla más cerca.
Kagome se pegó al brazo y respiró hondo, sintiendo ese punto de tranquilidad que la acompañaba cuando InuYasha estaba con ella. Escuchó cómo él hacía un sonido de comprensión y se giraba en su dirección, aun con los ojos cerrados, para ofrecer su brazo como almohada y rodearla con el otro.
—¿Alguna pesadilla? —intentó aclarar la voz.
—No.
—¿Tienes frío? ¿Tienes sed? —pareció arroparla un poco más con la manta.
—No, sólo no puedo dormir —Kagome sonrió, sintiendo la calidez del cuidado que InuYasha le estaba procurando.
Respiró profundo y soltó el aire en un suspiro de alivio, acomodándose hacia el pecho de su compañero. Buscó con una de sus manos entre las piernas de él para posarla sobre la cara interna del muslo. Le gustaba la suavidad y tensión delicada de esa zona de su cuerpo.
InuYasha pareció oler el aire entorno a ella.
—Tampoco son esos días rojos —acotó.
—¿Días rojos?
—Sí, esos en los que sangras.
Soltó aquello con tal normalidad que Kagome se sintió extraña y confusa.
—No deberías decirlo así —quiso detener el ascenso de su vergüenza, una que no comprendía del todo. Quizás era aprendida, como tantos otros juicios que se cargan por la vida sin llevarlos jamás a un análisis.
—¿Por qué? —él sonaba igual de suave y Kagome se sintió aún más extraña y confusa.
—No sé…
Aceptó.
InuYasha la sintió refugiarse un poco más en el abrazo que le daba.
—Es algo normal de tu cuerpo ¿No? —quiso quitarle tensión a lo que fuese que ella estaba pensando.
Kagome siempre estaba pensando; y además tan temprano que ni el sol se anunciaba aún.
—Sí, claro —aceptó.
Se quedó cavilando en silencio, mientras continuaba acariciando, descuidadamente, la piel del muslo de InuYasha, hasta que sintió cómo su sexo daba un bandazo hacia su mano.
—Y ¿Esto? —tocó la erección con el dorso de los dedos, jugando un poco con la resistencia que ponía.
—También es algo normal, mujer ¿Qué esperabas? —sonrió y llevó una mano, que hasta ahora descansaba de forma descuidada sobre la cintura, hacia el pecho de ella y lo acunó con suavidad e intención.
Kagome suspiró ante el toque y supo que su insomnio estaba dando un giro.
Se dejó llevar por las caricias lentas, adormiladas, y el beso que llegó un instante más tarde.
InuYasha tomó sus labios con suavidad y sin prisa, rozando dócilmente su pezón por encima de la yukata. Kagome devolvió la caricia de los besos con deseo, acompañando su intención con un toque delicado, y aun así firme, de su mano entorno al sexo de su compañero. Fue consciente del momento en que la sangre de InuYasha tomó el mando por la forma en que escondió un gruñido en su pecho y eso la excitó del modo en que sólo él podía conseguir en ella. Le cedió su lengua en medio del beso y los toques posesivos de sus manos.
La sostuvo por el muslo, deslizó la mano por la piel en una caricia, llegando a la rodilla para anclar la pierna a la cadera con la idea clara de hundirse en su compañera. Sin embargo todos aquellos leves sonidillos que Kagome liberaba cuando la besaba y la acariciaba, eran adictivos para él y necesitaba más de ellos. Le encantaba cuando suplicaba de placer de camino a un orgasmo teniéndolo dentro. No obstante, cuando ponía su lengua entre los pliegues de su sexo, su propia excitación aumentaba más y más al escucharla liberar esos excesivamente dulces, suaves y delicados quejidos que salían de su boca y llenaban la habitación como si se tratara de un conjuro preparado lentamente. Le encantaría tener un nombre para aquellos sonidos que emitía, sin embargo no conocía una palabra en la que confluyeran.
Le besó el cuello, el hombro en tanto lo desvestía, y se fue perdiendo en el primer pecho que desnudó, agasajando la piel y el pezón. Kagome comenzaba a suspirar, a enarbolar su conjuro. InuYasha sostuvo la pierna que había puesto sobre su cadera y se deslizo entre ellas hasta que ésta quedó sobre su hombro. La noche los acompañaba con el suave ulular de un búho a la distancia y las caricias de unas hojas sobre otras al dejar pasar la brisa.
Kagome sintió que todo su cuerpo respondía a los toques que su compañero le daba. Su falta de sueño había creado uno de esos momentos íntimos que se habían acostumbrado a compartir tiempo después de comenzar a vivir juntos. Por el camino que llevaban los besos, supo predecir sus intenciones y suspiró de pura anticipación.
Notó la forma en que InuYasha buscaba el mejor lugar y ángulo, acomodándose a los pies del futón. Le besó los muslos y el vientre, preparándola para la arremetida que solía llevar a cabo con complacencia. Sin embargo en esta ocasión hubo una pausa mucho más larga de lo habitual. InuYasha se había posicionado entre sus piernas y tocó con particular delicadeza la forma de su sexo.
—Vaya.
Lo escuchó murmurar.
—¿Qué pasa? —suspiró, curvando un poco la cintura sobre el futón para así poder mirarlo.
InuYasha sonrió.
—Creo que hoy mi olfato falló —el tono de su voz era tranquilo, quizás curioso.
Kagome creyó comprender e instintivamente quiso alejarse, no obstante él la sostuvo con una sola mano sobre el vientre, el mismo brazo le rodeaba el muslo por la parte baja creando así una sujeción.
—InuYasha —musitó, casi como una súplica y él le devolvió una mirada cargada de voluntad, la que luego de un instante volvió a reposar sobre su sexo expuesto.
Cerró los ojos un momento cuando sintió uno de los dedos de él, supuso que el corazón, recorriendo con lentitud el canal de arriba a abajo, sabía que estaba humedeciéndose sólo por ese roce.
InuYasha era consciente del modo en que se le había acelerado el corazón. Siempre se sentía alterado cuando olía la sangre de Kagome, sin embargo en esta ocasión aquel sobresalto se estaba mezclando de forma abrumadora con la excitación, despertando algo innegablemente salvaje en él.
Se humedeció un dedo en el fluido que emanaba de Kagome, el que venía acompañado por un hilo de sangre de un tono rojo exultante y que conseguía distinguir en la semioscuridad gracias a su aguda visión. Tocó los suaves pliegues internos del sexo y los acarició, distribuyendo aquel mismo fluido para observar cómo la abertura pequeña se contraía y se relajaba como si latiese. Su propia erección palpitaba ante ese movimiento y la forma en que se humedecía cada vez más con cada contracción.
InuYasha —la escuchó suplicar una vez más, sin embargo no dejaría lo que había comenzado.
Kagome le había explicado que durante ciertos días ella sangraba, que lo hacían todas las mujeres durante algunos años de su vida. Él le había preguntado si Kaede lo hacía también y su compañera casi se había ahogado con el té que estaba tomando.
No, Kaede ya es mayor y no está en edad de engendrar hijos.
Durante esos días rojos, como él los había llamado, había una especie de veto impuesto por Kagome que él respetaba, aunque no entendía. Y ahora tenía la posibilidad de explorar esa visión de ella que le había estado prohibida y su olor, ese indiscutible olor metálico de la sangre mezclado con lo que fuese que hacía del aroma de Kagome único para él.
Se animó a introducir un dedo en el interior de su compañera, girando la muñeca en el proceso para que la palma quedase hacia arriba y el contacto fuese más cómodo. La escuchó comenzar a conjurar sonidos de los que él amaba y eso lo llevó a reproducir el movimiento, sacando el dedo para otra vez introducirlo. Podía notar los hilos rojos que se entremezclaban con los fluidos transparentes, todo aquello brillando en su dedo y su mano y el sexo de Kagome. Le besó el muslo en un acto de pasión contenida, mientras bombeaba dentro de ella. Se detuvo y en esta ocasión acopló dos dedos, efectuando el mismo movimiento de semi giro de su muñeca, consiguiendo que su compañera alzara la cadera y la voz, en busca de algo que se le escabullía. InuYasha sonrió cuando por su mente pasó el concepto de la culminación; se la daría, sin embargo quería hacer más.
Sacó los dedos de ella y pudo ver cómo los hilos de sangre habían pasado a ser manchas que parecían haber sido pinceladas en su mano. Las tocó con la punta de la lengua y el olor tan cerca de su nariz, además del sabor inconfundible de su compañera, le sacudió el cuerpo sin aviso. Se sintió mareado, profundamente excitado y anheló más.
Puso ambas manos sobre la ingle de Kagome, creando un marco entre los índices y los pulgares para el sexo de ella. La acarició con esos mismos dedos y respiró profundamente el aroma que emanaba de su compañera como si se tratara de una flor que se abre por la noche, una flor extraña y hermosa que vive. Tuvo total consciencia de la forma en que su propio sexo palpitaba y del ansia que tenía por ella. Acercó la boca, casi con calma ritual y cuando estuvo tan cerca que podía hundir la nariz, la tocó con la lengua y lamió con fuerza, hundiéndose en la abertura y succionando el inflamado capullo que siempre la hacía perder la razón.
Kagome se sintió extraña, fuera de sí misma en cuestión de un instante. La forma en que los gruñidos reverberaban en el pecho de InuYasha mientras la consumía, le erizaban la piel de todo el cuerpo. Sentía los pezones rígidos y pugnando contra el aire que los rodeaba como si éste realmente le pesara en la piel. Su cuerpo, ahora mismo estaba ferozmente cargado de deseo y aquello hacía que todo alrededor pareciese un espejismo, irreal, insólito. InuYasha la sostenía, con ambas manos en la ingle, como si tuviese atrapada una presa y comiese de ella a bocados. La sensación de estar siendo amada sin pretextos por él la tenía al borde del colapso con sólo unos pocos instantes de ello. En su mente divagaba la negativa a dejar que su compañero hiciese esto, sin embargo su cuerpo estaba entregado y las sensaciones eran increíblemente liberadoras, cómo si una enorme barrera estuviese a punto de caer.
Se llevó una mano hasta la boca, intentando contener las exclamaciones que InuYasha la llevaba a declarar. Era consciente de la forma en que su voz se abría en verdaderos alaridos de placer. Sintió que él separaba su boca un instante, apenas unos centímetros y el frío la invadió. Percibió la caricia de uno de los dedos en el clítoris y tembló de ansia.
—Kuso, Kagome, eres exquisita.
La declaración la sacudió cómo si un vendaval hubiese venido tras ella. Alzó la cadera en una reacción profunda de placer, en busca de más caricias y más de aquello que prometía hacerla estallar. InuYasha extendió ambas manos sobre su cuerpo en un roce fuerte, desde el vientre, pasando por su estómago, hasta atrapar ambos pechos y oprimirlos en un masaje intenso que no hizo más que acrecentar su deseo. Finalmente pinzó los pezones con los dedos y ella puso sus manos sobre las enérgicas manos de él.
InuYasha hundió una vez más la boca en el sexo de su compañera y se embriagó, sintiendo todo el cuerpo en una tensa espera que sólo terminaría cuando Kagome se deshiciera de placer entre sus garras. Lamió, mordió y resopló sobre aquel espacio húmedo que olía a sal, metal y a ella. La sentía palpitar contra su boca y retorcerse bajo sus manos, tenía el cuerpo caliente y podía presentir que su orgasmo llegaría muy pronto. Notó una de las manos recorrer su brazo y detenerse en su hombro para tocarle la mejilla con el dorso de los dedos temblorosos ¿Cómo era posible tal muestra de ternura en medio de esta desesperada pasión?
Kagome —fue todo lo que se repitió en su mente. Ella era capaz de explorar todos los aspectos de su ser.
La sostuvo con ambas manos abiertas por las costillas y se la pegó más a la cara. Se sintió ahogado en sus fluidos y notó los temblores que la invadieron, comenzando en la base de la columna para desperdigarse desde ahí a todo ese maravilloso pequeño cuerpo. La escuchó suplicar, extasiado, y se apretó hacia el futón para calmar en algo su propia excitación, seguro de que podría llegar a acabar sólo con escucharla.
Los temblores fueron cediendo y Kagome dejó las exclamaciones furibundas para dar paso a una forma de respirar agitada y algo errática. InuYasha se separó de ella y volvió a observar el sexo enrojecido por el color vivo de la sangre que había creado formas en la piel pálida de los muslos. El sexo estaba hinchado y lo tocó con los dedos. Kagome se sacudió y suplicó y él se incorporó sobre sus rodillas para admirarla un momento antes de embestir.
—¡Oh, por Kami, InuYasha¡ —exclamó sin poder evitarlo, con los ojos muy abiertos y fijos en él.
Tenía la boca roja, el mentón, las mejillas y también algunas hebras de pelo. Al verlo así, Kagome llevó la mirada a las manos y éstas no tenían un aspecto muy diferente. Era como ver a un asesino en serie. En ese momento su mente la llevó a conectar la fecha del día que amanecía con una película de terror muy antigua y se echó a reír a carcajadas que aunque intentó contener no pudo.
—¡¿Qué te pasa, mujer?! —sonrió, contagiado por el humor de Kagome.
Ella intentó recuperar en algo el aliento antes de soltar una frase que InuYasha no comprendió en ese momento.
—¡San Valentín Sangriento!
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N/A
Mi ecuación para este relato:
Amor y rojo = San Valentín
Esta historia se quedó dando vueltas en mi cabeza y por más que intenté crear otra cosa no hubo manera, así que aquí se las dejo.
Besos y Feliz San Valentín… Sangriento xDD
Anyara
