TAIYŌ

SOL

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Cada ciclo, desde que tengo memoria, las personas celebran el estar vivas, el haber nacido y existir; aunque en ocasiones las existencias lleguen a ser miserables. Cuando un ser nace ve por primera vez la luz y esa luz no es otra cosa que el Sol que ilumina el cielo. Por eso, para mí, cada vez que alguien celebra un nuevo ciclo lo que en realidad hace es celebrar una vuelta más al Sol. Con esa idea en mente, y aunque mi propio ciclo no me importe demasiado, Sango me estaba ayudando a dilucidar cuando se cumplía un ciclo más de tu vuelta al Sol.

Lo primero que hice fue acercarme a ella un día a finales del invierno, después de ver al hijo del herrero celebrando el nacimiento de su primera hija. Le había ayudado al hombre a construir la cabaña en la que vivía con su mujer y se acercó a mí, un poco mareado por el licor de arroz, y me dijo: InuYasha, recordaré este día como el día en que se cumplan los ciclos de mi hija.

En ese momento pensé en ti, Kagome.

Al principio fue solo la pregunta de cómo serías de bebé. Me imaginé a una criatura pequeña y con poco pelo como suelen ser las crías humanas; luego pensé en tus mejillas sonrojadas y eso casi me hace sonreír delante del hijo del herrero.

Con el paso de los días me pregunté si en tu tiempo se celebraría el aniversario de un nacimiento y si tú extrañarías eso. Lo siguiente fue acercarme a Sango y preguntarle si ella sabía algo. Debo reconocer que con los años había conseguido cierto grado de comunicación con los demás, envidiable para el InuYasha que fui.

Sango, necesito saber cuándo nació Kagome —dije. Recuerdo que ella me miró como si me hubiese florecido un crisantemo en la frente.

Y eso ¿En qué me involucra a mí? —quiso saber ella.

Finalmente nos entendimos y le pedí que lo averiguara por mí, para poder hacer algo que tú no te esperaras; ya había visto en la caja con personas que tenías en tu casa de tu tiempo que a las personas parecía entusiasmarle recibir sorpresas.

Es el ocho de mayo —recuerdo que dijo Sango un día y fue casi como si me hablara en un idioma desconocido.

¿Mayo? ¿Qué es eso? ¿Una lunación? —Sango se encogió de hombros.

No lo sé —su respuesta no me servía.

¡Pregúntale! —fue mi lógica respuesta.

¡Pregúntale tú! ¡Es tu compañera! —fue su lógica respuesta.

Y así estamos aquí, uno frente al otro. Tú, repasando las notas que has tomado sobre las hierbas que te pasa Kaede y yo mirándote.

—Kagome, necesito saber cuándo naciste —te suelto, manteniendo mi mejor postura seria y firme, que no parezca que es importante.

Me miras y en tus ojos hay sorpresa, comprensión y curiosidad; las sensaciones se pasean por ti en ese orden.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntas.

Es difícil darte una sorpresa si te tengo que contar todo.

—Tú sólo dime —te pido, quizás con un tono de voz más vehemente del necesario.

Me miras y me sonríes de ese modo particular que te he descubierto desde que volviste. Es como si tuviese un conocimiento sobre la vida, y sobre mí, que no compartes.

—El ocho de mayo —dices, como si supieras que con eso no me aclaras nada.

—Sabes que esto es como si me hablaras de cómo funcionan los coches en tu época ¿No? —quiero ser claro. Necesito más información de la que me estás dando.

Me miras y suspiras.

—Digamos que es a mediados de primavera, cuando el Sol comienza a calentar más —me explicas.

—En el tiempo de las azaleas —intento aclararme. Esas flores le gustaban mucho a mi madre.

Me miras con intensidad, relacionando mis palabras con un hecho.

—Sí, supongo —sonríes.

En ese momento me distraigo pensando en el modo en que disfrutas cuando conseguimos aunar un concepto tuyo con lo que yo conozco. Me miras y sé que quieres preguntar algo más, sin embargo no lo haces.

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—¿Por cuánto tiempo debo ir así? —preguntas.

—Sólo unos pasos más —te pido, mientras te guio.

Damos esos cuántos pasos, acercándonos a nuestra cabaña, en la que hemos comenzado una vida hace unas cuántas lunas. Es de noche y es el momento ideal para la sorpresa. Te llevo tomada por una mano y te pongo delante del lugar que quiero que veas.

—Puedes abrirlos —te digo.

Abres los ojos, estás de pie delante de un farol de piedra que puse delante de nuestra cabaña. Dentro de él permanece la luz de una antorcha que he encendido para que la luz lo inunde. Quería que fuese una sorpresa, además de una luz que te guiara en la noche si no estoy cerca.

—¿Qué es esto? —preguntas una obviedad y eso hace que pases a la siguiente pregunta— ¿Por qué?

Cumples un nuevo ciclo —pienso. Sin embargo, respondo:

—Han florecido las azaleas y bueno…

—¿Es un regalo? —preguntas.

Me encojo de hombros mientras me miras e intento desviar la mirada como si eso consiguiera que no pudieses ver el sonrojo que se me sube las mejillas.

—Es tu vuelta al Sol. Quería que tuvieras luz —te aclaro.

Siento tus manos que tocan mi pecho y de reojo veo que buscas mi mirada con la tuya. Sí, verás mi sonrojo, más aún con la luz del farol que he puesto; sin embargo no me importa ya. Tus manos llegan a mis mejillas y me miras directamente, como si quisieras grabar la expresión de tus ojos y la suave sonrisa de tu boca en mi corazón.

—Tengo dos hermosos soles siempre mirándome —dices.

Ahora yo enmarco tu mirada con las manos.

—Y siempre los tendrás.

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N/A

Este h sido uno de esos relatos relámpago que aparecen y que deben ser plasmados.

He leído por ahí que hoy es el cumpleaños (no canónico) de Kagome y he pensado "¿Por qué no?"

Espero que les gustase y que me cuenten en los comentarios

Anyara