ĒTERU ANTOLOGÍA

KIZU

Cicatriz

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—Tienes que dejar de hacer eso —la voz de InuYasha era un rugido oscuro y categórico.

—No veo por qué. A veces pasan cosas —Kagome intentó defender su punto, mientras se miraba las manos manchadas de la sangre que había brotado de los cortes que le hizo, en la parte baja del estómago, la madre de una cría de un youkai felino.

InuYasha gruñó nuevamente, girándose para darle la espalda debido a la frustración. Se mantuvo sin mirarla por el corto intervalo de un suspiro, dado que volvió frente a ella aún con el ceño apretado por el enfado. Kagome no media las consecuencias cuando se trataba de ayudar a cualquiera que lo necesitara: persona o ser sobrenatural. Ella era así y, kuso, la amaba justamente por eso.

—Anda, déjame ver —más que una petición parecía una exigencia. Kagome se miró el hakama rasgado y las hebras del hitoe blanco que asomaban de las rasgaduras.

—No, ya lo miraremos en casa —respondió.

InuYasha gruñó otra vez, dándole la espalda nuevamente.

Kagome dio un paso y contuvo un gemido de malestar que resultó ser apenas el sonido de su respiración siendo contenida y aun así su compañero reaccionó y volvió a mirarla.

—Al menos deja que te lleve —dijo aquello en el mismo tono enfadado con que se había dirigido a ella en todo momento.

Estuvo a punto de negarse, no obstante sabía que no podía tensar más la cuerda de la paciencia que InuYasha se esforzaba por tener. Él no entendía que no le era posible abandonar a aquella cría solitaria en mitad del prado, cuando un ave depredadora tan grande como la que lo sobrevolaba la había marcado como presa. Sí, era consciente del tema de la sobrevivencia y que los animales se alimentaban unos de otros, sin embargo una cría era como un bebé inocente y simplemente no tenía corazón para dejarla a su suerte.

Luego estaba lo de la madre. Sí, quizás debió asegurarse mejor o estar más atenta.

InuYasha estaba molesto, claro que lo estaba. Ella no entendía los riesgos que corría. Su mundo fue seguro hasta que llegó aquí y a pesar de todos los peligros que corrieron durante la larga contienda con Naraku, Kagome aún seguía confiando demasiado. Su espíritu no le permitía otra cosa y eso, en esta época, era como si llevara una espada sobre la cabeza siempre preparada para caerle encima.

Su compañero la sostuvo por la espalda y le pasó un brazo por detrás de las piernas. Kagome se dejó levantar sin remilgos, aunque sólo le rodeó el cuello con un brazo y no con ambos como solía gustarle hacer cuando la sostenía de este modo. Ambos estaban tensos, molestos uno con el otro y con ellos mismos por estarlo.

Sí, era confuso, del modo en que lo son las emociones cuando se contraponen y se desarmonizan. De eso al dolor hay un paso y hay que conocerse mucho para evitar el sufrimiento. Kagome sabía la teoría, sin embargo las propias emociones pueden ser tan radicales que se apoderan de la razón.

El dolor físico era tolerable, probablemente sólo eran un par de arañazos que se le quitarían en pocos días. El dolor que se le había instalado en el pecho al ver a InuYasha con una actitud rígida y sin dedicarle ni una sola mirada mientras la llevaba, ese parecía querer quedarse a vivir.

Quiso preguntarle si no le hablaría más, sin embargo no se atrevió. Podía sentir la energía que emanaba de su compañero y era de todo menos calma.

Cuando la cabaña estuvo a la vista, Kagome se sintió aliviada y contrariada a partes iguales ¿Cómo era posible que no intercambiaran ni una sola palabra durante el trayecto?

—Puedes dejarme aquí —se removió cuando estuvieron a dos pasos de la entrada.

—Calla mujer —notó que la sostenía con mayor fuerza.

Suspiró, resignándose.

InuYasha la bajó cuando se encontraron dentro de la cabaña, en la zona del genkan, justo antes del suelo elevado de madera que componía la parte principal. Avivó la leve llama que aún se mantenía en el hogar y tomó un recipiente de hierro en el que puso agua para que hirviera. Luego agregó agua a otro recipiente y tomó unos paños limpios de uno de los baúles. A continuación se sentó en el borde del entablado a esperar, descansando el peso del cuerpo en sus dos brazos posicionados hacia atrás y desde ahí se dedicó a mirarla. Aún sentía la expresión tensa en la cara, no podía evitarlo, seguía molesto. Le había advertido tantas veces que no se arriesgara o que al menos lo hiciese cuando él estuviese cerca. Había sido casi una casualidad estar a poca distancia y sólo había sucedido porque decidió ir por ella un poco antes de lo acordado.

Respiró hondo y soltó el aire; Kagome era demasiado temeraria para su propio bien.

La observó mientras ella comenzaba a liberar el cinturón del hakama. Para él no era desconocido verla desnudarse. La escuchó murmurar una suave queja cuando la ropa le rozó la zona herida y él se removió inquieto cuando el olor de la sangre se hizo más intenso dentro del espacio de la cabaña. Cerró las manos en puños para no ir hasta ella a quitarle él mismo la ropa y curarla, le desesperaba el saber herida a su compañera.

Las largas piernas de piel pálida quedaron expuestas cuando consiguió quitarse el hakama y lo dejó en un banco que tenían junto a la puerta. A continuación desató el lazo que mantenía en su lugar el hitoe manchado de sangre, que también había sido traspasado por las garras e InuYasha reprimió un gruñido que en nada iba a colaborar con que ella dejase de sentir dolor.

—Oh —la escuchó lamentarse, luego siseo, mientras se pasaba los dedos por sobre la herida, manchándolos de sangre por encima de las manchas resecas anteriores.

—Ven aquí —la instó, humedeciendo una de las telas limpias en el agua que tenía junto a él.

Kagome lo miró y él pudo observar cómo intentaba componer la expresión. Estaba afligida, dolorida y probablemente algo triste.

—Ven —insistió y entonces ella se giró y le permitió ver la herida en la que se podían distinguir, a pocos centímetros a la izquierda del ombligo, tres garras profundas y una cuarta que era poco más que un arañazo.

Oprimió los labios en una línea severa para evitar decir nada más. Ahora mismo sentía muchas cosas: enfado, frustración, no obstante y sobre todo, deseaba de que Kagome estuviese bien.

La recibió cuando se acercó, sin mirarla a los ojos, no quería gruñirle nuevamente. Le abrió un poco más el hitoe y ella ayudó sosteniéndolo con las manos. InuYasha comenzó a limpiar la sangre de la herida con la tela ligeramente áspera, lo que la hizo tensarse. Kagome era valiente, él lo sabía, así que él debía serlo también ante su incomodidad. Le dio la vuelta a la tela y limpió con el otro lado, hasta que pudo ver claramente la profundidad de los cortes de garras. No eran incisiones demasiado profundas en realidad, aunque la piel se mostraba ligeramente separada a lo largo de cada una de ellas. El rojo de la carne viva se podía distinguir con claridad y cualquier movimiento brusco las haría sangrar nuevamente. Se quedó absorto en aquel rojo enérgico.

Se sintió molesto consigo mismo por no estar con ella y evitar este tipo de cosas. Se sintió molesto por entender que su compañera necesitaba su independencia y permitirlo a pesar de sí mismo. Quizás fuesen todas esas emociones las que lo instaron a posar la lengua sobre las heridas y lamerlas lentamente. Escuchó a Kagome respirar con sorpresa y pudo ver que presionaba la tela del hitoe con más fuerza. Sin embargo no se movió.

Dejó la tela mojada y ensangrentada a un lado y le rodeó la cadera con un brazo para acercarla más y poder lamer con dedicación y cuidado. Sintió en la lengua los bordes blandos de la piel abierta y percibió el intenso sabor metálico de la sangre. Supo reconocer la extensión de cada una de las heridas y la inflamación de la carne bajo ellas. Notó que Kagome le acariciaba la cabeza con el dorso de la mano, probablemente para no mancharlo de sangre; sin embargo, no podía importarle menos. Alzó una mano hasta la de ella y se la posicionó de forma que pudiese hundir los dedos en su pelo si quería. Kagome suspiró y se ablandó hacia él. Entonces la miró, sin dejar el contacto de la lengua con las heridas.

—Lo siento —la escuchó murmurar y pudo distinguir los bordes líquidos en sus ojos que contenían lágrimas que al caer le mojaron la cara.

Descansó la mejilla sobre la cadera, respirando el olor de la sangre que comienza a coagular.

—No, yo lo siento —no debí enfadarme, pensó.

Se miraron durante un instante, nuevamente juntos, armónicos uno en el otro. Con las emociones centradas y los sentimientos burbujeando.

Kagome se miró las heridas y acercó los dedos sin llegar a tocarla.

—Me quedará cicatriz —la escuchó decir.

InuYasha le tomó la mano y enjuagó la tela en el agua, liberándola de sangre, para limpiarle los dedos uno a uno. Ella lo miraba de ese modo particular que le inflamaba el pecho y lo recomponía.

—Dentro de un tiempo sólo serán unas cuantas líneas algo más oscuras —le dijo—. Yo me he tenido muchas heridas y ya ves —mostró el inicio de una sonrisa.

—Bueno, pero a ti no te quedan marcas —se silenció abruptamente, como si hubiese comprendido algo al decir aquello en voz alta.

Le puso la mano en la mejilla y se inclinó para besarlo. Siseó en el proceso, debido a las heridas, sin embargo no se detuvo.

—Kagome —quiso detenerla él.

La escuchó murmurar una petición de silencio y a continuación sintió sus labios cálidos tomando los propios. Cedió, porque no podía hacer otra cosa. Cedió, porque besarla era como ordenar todo lo que podía haber perdido su lugar en el mundo. Respiró hondamente en medio del beso y se bebió el aire que Kagome contenía. Sintió el modo en que lo forzaba a echarse atrás, hacia el suelo alto y mantuvo la posición sostenido sobre uno de los antebrazos.

—Kagome —volvió a intentar.

Shhh —la escuchó pedir en un susurro intencionado, en el momento en que se montaba a horcajadas sobre él.

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N/A

Muchas veces estas ventanas de vida que escribo para ellos parten con una idea inicial que se va transformando y concluye, habitualmente, en el amor enorme que InuYasha y Kagome se tienen.

Espero que lo disfrutaran. Lo escribí como parte de mi participación en inukagweek2022

Un beso

Anyara