HOSHI
ESTRELLAS
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Vamos por este
río de estrellas a
reencontrarnos
una y otra vez por siempre
junto al alma
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InuYasha se paseaba por un frondoso y húmedo bosque de bambú. La última lluvia había conseguido que aflorara el aroma de la tierra mojada y la naturaleza viva de estos días de verano. El sol asomaba por entre las nubes, permitiendo que la mañana fuese luminosa y cálida.
Permanecía inspeccionando las gruesas varas de bambú, intentando encontrar lo que Kagome le había pedido
No tan alta que toque el techo de la entrada, ni tan débil que no sostenga las peticiones —habían sido sus palabras; agregando—. Tampoco quiero que esté amarilleando.
Se detuvo, no tenía paciencia para muchas cosas, sin embargo cuando Kagome le pedía algo ésta aparecía de alguna parte. Sabía que a eso los humanos le llamaban amor, se lo había dicho Miroku un par de veces cuando Sango se sentía sobrepasado, habitualmente por sus hijos, y su amigo se mostraba tranquilo y colaborador. Él mismo se daba cuenta que se descubría solicito y eficiente en cosas que antes no se habría molestado en hacer.
Lo sorprendente de la paciencia era lo fácil que hacía la vida, parecía como un bálsamo que conseguía que todo se moviese con suavidad.
También era cierto que en ocasiones la perdía, sobre todo cuando Shippo pasaba por la aldea para contarles sobre sus avances en los exámenes para convertirse en un demonio zorro. Por esos días él se apoderaba del tiempo de Kagome y en más de una oportunidad se había quedado dormido con ellos en su cabaña. Para InuYasha ese espacio era como un santuario en el que se reencontraban Kagome y él después de las labores de un día. Suspiró cuando se dio cuenta que la paciencia habitualmente regresaba, por muy enfadado que estuviese, cuando Shippo se destapaba por la noche y él le volvía a echar la manta por encima.
Se quedó observando un tallo que crecía junto a una de las varas más gruesas de bambú, iluminado por un rayo de sol nítido como el agua clara del río. Probablemente no sería fácil retirarlo de la tierra sin dañar la planta, esa era otra de las peticiones que le había hecho Kagome.
Se acercó y tomó el tallo por la parte baja, pegado a la tierra. Quiso dar el primer tirón sin demasiada fuerza, para calcular cuánta resistencia había, sin embargo antes de hacerlo se sintió culpable por no avisar a la naturaleza, tal y cómo también le había pedido Kagome. Habría preferido que ella viniese con él.
—Bueno, ya sabes, te voy a llevar a casa porque ella me lo ha pedido —dijo con rapidez y casi como si se disculpara.
A continuación tiró del bambú, lo suficiente para saber cuánta potencia requería un segundo tirón.
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InuYasha observaba a Kagome mientras ponía el último de los pergaminos. Éstos colgaban entre las hojas del bambú que había puesto en una maceta hecha con el tocón de un árbol que se había desgajado de su base en invierno. Ella le dijo que de esa forma lo podían poner fuera de la cabaña luego y que creciera como parte de un jardín que quería crear en la entrada. Él no entendía muy bien porqué un bambú tenía que estar solo frente a su casa, en lugar de acompañado por los demás de su especie, no obstante qué importaba si con ello Kagome era feliz.
—¡Ya está! —expresó, observando su obra que permanecía en el altillo, justo antes de entrar a la cabaña.
Kagome le había pedido que lo pusiese en ese lugar, por si llovía, para que las peticiones no se mojaran.
La vio contar, remarcando cada uno de los papeles que había colgado con finos cordones que ella misma había tejido con sus dedos. En ocasiones le parecía curiosa la forma en que Kagome ocupaba su tiempo y conseguía que aquello que podía ser fácil y rápido, tomase el aspecto de algo relevante y hermoso; ella conseguía darle valor a lo oculto.
Sintió cómo se le calentaba el corazón de ese modo que había aprendido a reconocer como amor. Sonrió sin proponérselo.
La escuchó mencionar los nombres de sus amigos cercanos mientras contaba; Kaede, Sango y Miroku, además de todos sus hijos, Shippo, Rin, Jinenji y su madre. También había una petición para Souta, el abuelo y su madre, hasta que finalmente lo mencionó a él.
—Y ¿Tú? —le preguntó.
Kagome lo miró, se encogió de hombros y luego se acercó para rodearle la cintura con sus brazos y alzar la cabeza para mantener la mirada.
—No sé qué pedir, siento que lo tengo todo —sonaba segura y clara, sin embargo InuYasha supo leer que bajo esas palabras jugaba una idea que ella aún no quería compartir.
La rodeó para participar en el abrazo y se tocó el hilo rojo del dedo meñique con el pulgar, para recordarse que ella era su compañera de por vida y que no importaba si era hoy, mañana o más tarde, Kagome le contaría lo que había en su corazón.
—Y Ahora ¿Qué? —quiso saber. Él bambú estaba instalado y las peticiones colgaban de sus ramas a la espera de ser recibidas.
—Preparamos la cena y nos vamos a nuestro sitio —le sonrió, poniéndose en punta de pues para darle un beso que InuYasha se demoró en recibir. Le gustaba que ella se lo exigiera, que le pusiese ese mohín que hacía con la boca y que él le aflojaba con los labios.
Tal vez nunca sabría explicar lo maravilloso que era para él tenerla de regreso. El año que había pasado, desde entonces, era un tiempo sin tiempo. Cuando lo pensaba se daba cuenta que parecía un suspiro que a la vez se llenaba de ella y por tanto lo reconfortaba del modo que haría toda una vida.
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Permanecía echado atrás en la hierba, con la cabeza reposada sobre sus brazos unidos tras la nuca, mientras Kagome estaba sentada a su lado, sobre la manta que había dispuesto para que cenaran durante el ocaso. La luz del día se había despedido poco a poco y aún quedaba en el horizonte un halo anaranjado que se mimetizaba con el oscuro azul, formando un puente de múltiples tonos de violeta.
—¿Cuáles son las estrellas que se reúnen? —InuYasha preguntó, en tanto liberaba una de sus manos y así acariciar los rizos tocaban la cintura de Kagome.
—Esas —indicó ella con el dedo—. Vega, que la conocemos como Orihime, y Altair, conocido como Hikoboshi. Y no se reúnen —lo miró y sonrió—, al menos no posicionándose una sobre otra.
InuYasha sonríe.
—Ah ¿No? —dejó que se filtrara cierta picardía en el tono de su voz.
—Bueno, lo que hacen cuando se ocultan tras el horizonte ya no lo sé —Kagome concedió y se tendió hacia él.
—Y entonces ¿Qué se celebra hoy? —susurró, acariciando ahora los rizos que descansaban sobre la espalda de su compañera, mientras ella lo miraba con ambas manos sobre su pecho.
—Los amantes separados durante un año completo, por el río de estrellas que es la vía láctea, se encuentran nuevamente el séptimo día del séptimo mes del kyūreki, o calendario lunar —le explicó.
InuYasha la escuchó, aunque su atención estaba cada vez más puesta en la forma en que su compañera movía los labios al hablar, el peso de su pequeño cuerpo sobre el suyo y el aroma de su pelo mecido por la suave brisa de esta noche de verano.
—Entonces ¿Lo importante es que los amantes se reúnen? —la pregunta era prácticamente retórica, ahora mismo estaba más interesado en el modo en que Kagome le contaba la historia, en su respiración y los latidos calmos de su corazón, que en la historia en sí misma.
—No exactamente —ella le sonrió y él se humedeció los labios en un acto espontáneo, deseando besarla en cuánto Kagome terminase de hablar. Ella lo notó, lo supo cuando le miró directamente la boca. Aun así siguió con su explicación—. Cómo el número siete simboliza la suerte y la alegría, se hacen peticiones para que aquello que se pide esté acompañado de esa energía.
—¿Qué has puesto en las peticiones? —quiso saber, acariciándole ahora el mentón y llevando la mano despreocupadamente a la oreja, para rozar la curva de ésta. Su compañera se encogió de hombros.
—Algo muy simple, en realidad —ahora ella le acariciaba el cuello a él, manteniendo la mirada en la caricia, desperdigando un cosquilleo por su piel que no le era indiferente—: felicidad. Espero que todos sean felices y eso implica que consigan aquello que les proporcione ese sentimiento.
InuYasha tuvo, otra vez, esa sensación que le calentaba el corazón.
—Y ¿Para mí? —murmuró, quizás conociendo la respuesta.
Kagome regresó la mirada a sus ojos y él sintió que el mismo cielo que los acompañaba, poblado de estrellas, vivía en el iris que lo observaba.
—También —mencionó ella, la voz se le había retraído un poco—. Aunque quizás con un poco de egoísmo de por medio —aceptó.
Se incorporó sobre el codo, sosteniendo a Kagome con la otra mano por la cintura, evitando que se alejara de su calor.
—¿Por qué? —necesitó saber. Las palabras fueron pronunciadas con profundo amor.
La vio marcar una sonrisa temerosa, mientras fijaba la mirada en algún punto perdido en el bosque tras ellos.
—Porque quiero ser quién te haga feliz —se encogió de hombros.
InuYasha sonrió y la sonrisa se amplió hasta que los colmillos asomaron, marcando la alegría que su corazón aún no le permitía traducir a palabras.
—No te rías —ella le dio un suave golpe en el pecho.
—¿Esa fue tu petición para ti? —quería decirle que ya lo era; ella era su felicidad.
—No —sin embargo Kagome negó, se sonrió y se sostuvo el labio inferior con los dientes, mientras se le teñían las mejillas de una impresionante gama de rojos que InuYasha no pudo evitar apreciar.
¿Qué podía causar tal reacción?
Esperó a que su compañera decidiera seguir.
Lo miró a los ojos, evadió el contacto por un instante e insistió en ello. InuYasha podía oír el latir acelerado del corazón de Kagome, que ahora mismo se asemejaba al propio. Tuvo la sensación abrumadora de que algo importante estaba sucediendo.
—Me gustan mucho las estrellas, lo sabes —le dijo e InuYasha asintió, sin querer interrumpirla—. Desde que aparecí en este tiempo han sido algo que he apreciado. En mi tiempo no se ven igual y de alguna manera me han parecido magia pura.
InuYasha ejerció un poco más de presión sobre la espalda de su compañera, para luego tocar el hilo rojo del meñique con el pulgar. Kagome le acarició el labio inferior con los dedos, parecía querer acentuar la intimidad del momento que era acompañado por el sonido de las cigarras.
—Pedí —inhaló, casi como su buscara impulso—, que si un día teníamos un niño le pusiéramos de nombre Hoshiki.
No supo cuánto tiempo contuvo el aliento. Kagome y él no habían hablado nunca de hijos y ésta era la primera vez que uno de los dos tocaba el tema. Sintió una oleada de emoción caótica compuesta de alegría, temor, pánico ante la idea de cómo podía ser un hijo suyo y un profundo amor que superaba todo aquello.
—No digo que tenga que ser ahora, puede ser más adelante o incluso no ser, si no quieres, no me importa —las palabras comenzaron a atropellarse al salir por la boca de su compañera, mientras el olor salino de las lágrimas que se acumulaban en sus ojos le comenzaba a picar en la nariz.
Se acercó a su boca y la besó, intentando acallar los miedos, intentando contarle el amor que vibraba en su corazón y que no podía interpretar con palabras que conociera. Kagome suspiró y permitió que la invadiera con la boca, con la lengua, con el cuerpo cuando se posicionó sobre ella; hasta que el aliento les falló a ambos.
Entonces la miró a los ojos que reflejaban todas las estrellas del universo entero. Le acarició las mejillas y el nacimiento del pelo en la sien.
—Si es una niña, el nombre lo elijo yo —le sonrió.
Kagome se echó a reír y su pecho se agitó por las carcajadas que se abrieron entre ambos como la consecuencia de un momento asombroso.
InuYasha sintió que sí, que este día hablaba de alegría y que, desde esta fecha en adelante, siempre tendría una planta de bambú en su puerta para recordarlo.
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N/A
Un poco de amor, alegría y felicidad para una fecha en la que se piden cosas hermosas.
Sólo hace unos días me interesé por el significado de esta fecha y me pareció un bonito momento para construir en el universo de ĒTERU.
Gracias por leer y comentar
Besos!
Anyara
