CHĪSANA

Diminuto

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InuYasha no sabía qué pensar.

Ahora que lo razonaba, aunque fuese bajo la escasa calma que conseguía, todo había comenzado el día en que Kagome y él habían estado en uno de los pueblos cercanos y ella encontró una tela tintada con té verde e índigo. Aún hoy recordaba el olor de las hojas de té en la tela.

—Mira, InuYasha, un estampado shibori —parecía alegrarse de encontrar aquello— ¿Te gusta?

Cuando le vio la tela en la mano descubrió que combinaba muy bien con el color de su piel clara e incluso con el tono azulado de su pelo oscuro. Así se lo hizo saber.

—Sí.

Quizás había sido muy escueto, sin embargo Kagome lo conocía y tras el mohín quejumbroso que se le quedó en la cara, apareció el brillo de una idea en sus ojos. No se la comunicó y él tuvo que esperar muchos días para vislumbrarlo.

Durante esos días la vio tomar medidas con una cuerda que tenía pequeños nudos y que usaba para ello. La vio emplear las agujas de sostener para marcar líneas invisibles en la tela y también la vio fruncir el ceño cuando le había dicho que no mirara lo que hacía e InuYasha aun así insistía.

Por entonces no se dio cuenta, no obstante su estupefacción de ahora se lo decía, se había cocinado a fuego lento como los caldos aquellos que preparaba Kaede por días y que luego, cuando los usaba, sabían intensos y aderezaban con gusto los demás platos.

—¿Qué haces? —le preguntó hace dos días.

Ambos estaban sentados en la entrada de la cabaña, pasando al aire las horas de calor de esa tarde. La escuchó quejarse muy despacio un par de veces, afanada en deslizar una aguja por dentro de un tubo estrecho de tela que había cosido para así darle la vuelta y aunque no entendía para qué quería tan laborioso, prefería ayudarla que verla sufrir.

—Necesito darle la vuelta a esto y ya me duelen los dedos —le explicó con cierto mimo en la voz, mostrando las zonas enrojecidas de sostener la aguja.

—Dámelo —extendió la mano y espero aplicar la fuerza justa para no estropear el extraño trabajo de ella.

Kagome le entregó la pieza de tela y la aguja e InuYasha probó tirar de esta última para saber cuánto impulso ejercer. Lo hizo en un momento.

Su compañera estaba exultante cuando se la devolvió y él confirmó, una vez más, que la sonrisa de Kagome lo hacía feliz.

—¡Gracias! —expresó ella, con entusiasmo.

—No es nada, mujer —quiso restarle importancia, después de todo para él aquello era muy fácil.

—¿Puedes hacer lo mismo con éstos? —preguntó, mostrando en sus manos un amasijo de largas piezas de tela.

InuYasha tampoco lo supo entonces; no obstante seguía cocinándose a fuego lento.

No fue hasta hoy en que Sango con Miroku, sus hijas e hijo, Kagome y él, además de algunos aldeanos, habían decidido pasar el día en el lago. Era una especie de celebración que tenía relación con el verano y el disfrute de la vida previo al tiempo de cosecha. Pronto comenzarían a secar los campos de arroz y empezarían a despedir la estación a la espera del sosiego del invierno.

No obstante, ese no era el tema.

—¡Vaya con Kagome sama! —escuchó a Miroku junto a él, que ataviado con una yukata de baño y el largo de los pantalones atados a las rodillas, aún no entraba al agua y no dejaba de emitir la misma opinión de forma reiterativa.

El problema no era sólo su amigo, que al menos le mencionaba su sorpresa a la cara, también estaban los aldeanos solteros que murmuraban en su pequeño grupo, presuponiendo que nadie más los escuchaba; sin embargo él sí lo hacía.

InuYasha recién ahí comprendió que se había estado cocinando a fuego lento. Lo entendió en el momento en que vio a Kagome quitarse la yukata de baño y lucir, radiante, aquellos diminutos trozos de la tela verde e índigo que estaban sostenidos únicamente por los cordones que él mismo le había ayudado a terminar.

No sabía qué pensar.

Por una parte creía que debía sentirse molesto, después de todo ella era su compañera y ahora mismo estaba compartiendo una imagen idílica con medio poblado cuando eso debía estar reservado a él. Por otra parte ella era de romper reglas, lo había sido desde que la conoció. Sin ir más lejos había roto la regla de quedarse en su tiempo para venir a éste con él.

—¡Vaya con Kagome sama!

—¡Oh! ¡Cállate, Miroku!

Sin embargo, tenía razón. Él mismo lo comprobaba al no poder dejar de mirar a su compañera con cierta particular admiración. Le gustaba la forma en que el contraste de la luz y el agua detallaban sus largas piernas que habían realzado su forma al paso de los últimos años. Tampoco pasaba por alto que ahora mismo tenía el pelo mojado y el peso del agua estiraba los rizos hasta tocar la piel en la curva de la espalda desnuda. Como si no fuese suficiente, la cumbre del pezón se marcaba bajo la escasa tela que cubría el centro del pecho; también lo hacía la rugosidad de éste, esa que a él le gustaba tanto probar con la lengua. Sabía que era imposible que alguien más que él lo viese, aun así la sangre le hervía y no sólo por ese punto de instintiva egoísta posesión que tanto le costaba mantener a raya.

Entonces ella lo miró y agitó la mano en el aire mientras le sonreía. InuYasha no podía dejar de observar la forma en que se sacudía el pecho de su compañera ante el movimiento, junto al suave volante que descendía por la curva de éste. Contrajo y extendió los dedos de la mano, sintiendo el ansia de abarcar y acariciar aquel pecho que conocía suave y con el peso justo para deleitarlo con su forma. Suspiró y cerró las manos en puños, sin saber si el calor que sentía era por la temperatura del ambiente o por el deseo cada vez mayor de deshacer los débiles lazos atados a cada lado de la cadera y que mantenían en su sitio el también diminuto trozo de tela que le cubría la entrepierna.

—¡InuYasha! ¡Ven al agua! —le pidió su compañera— ¡Está fresca! —y se giró para ir un poco más adentro en el lago.

Mirar su figura desde atrás fue un total desastre para su precaria estabilidad emocional y física. Resopló.

—¡Vaya con Kagome chan! —fue la expresión admirativa de Sango, que se acercó hasta ellos.

—Eso mismo le decía a…

Miroku se calló del todo cuando InuYasha lo miró dándole una advertencia que no debía ignorar. Para decorar aún más el cuadro de sus emociones pudo escuchar el modo en que un par de aldeanos hablaba de lo reveladora que resultaba la escasa indumentaria de la sacerdotisa, en tanto otros cuestionaban la decencia de su compañera y la capacidad que él mismo tenía para controlarla.

En ese instante decidió que debía hacer algo.

Comenzó a caminar con decisión, hacia el lago y hacía Kagome. Durante aquellos pocos pasos se retiró el kosode y el hitoe de la cintura de su hakama para quitarse ambas prendas y dejarlas a un lado antes de entrar al agua. Sintió el frescor en los pies en contraste con el ardiente ánimo que ahora mismo cargaba encima. A medida que se aproximaba a Kagome, su consciencia de los detalles en ella se hacían más evidentes; piel tensa por el agua y la brisa, corazón levemente acelerado con latidos en aumento a medida que él se acercaba, sonrisa radiante. La miró a corta distancia, poco más de un brazo, y cerró sus sentidos para todo lo que no fuese ella. Le sonrió de vuelta, con cierta travesura, mientras se inclinaba para meter las manos en el agua y amenazarla con lentitud. Pudo ver que Kagome le regalaba un gesto de dulce asombro, mientras alzaba las manos de forma refleja para contener el ataque que sabía él le lanzaría.

Empujó el agua hacia arriba y hacia ella, dándole de lleno en la cara y el torso. Sonrió abiertamente del mismo modo que hizo Kagome cuando intentó devolverle el ataque con mucho menos fuerza que él. Al paso de unas cuántas cargas de agua fue su compañera quien pidió una tregua y era lógico, de los dos él era quién más resistencia tenía. Cuando se detuvieron pudo comprobar que Kagome respiraba agitada, mientras se acomodaba el pelo hacia la espalda. El agua le llegaba a medio muslo y en el recorrido visual que le dio a la figura, InuYasha descubrió que estando mojada la tela que le cubría el pecho se le trasparentaba lo suficiente como para adivinar el pezón y su hermoso tono rosado.

Resopló y se dejó caer sentado en el agua fría; estaba cocinado del todo.

—¿Estás bien? —preguntó ella, inclinándose levemente hacia él.

—Maldito diminuto trozo de tela.

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N/A

Me he divertido mucho escribiendo este relato. Por un momento dudé en si ponerlo como parte del universo ETERU, sin embargo creo que encaja muy bien en ese primer tiempo juntos de InuYasha y Kagome como compañeros de vida.

Este relato fue escrito como parte de la convocatoria de Mundo Fanfics InuYasha y Ranma: dinamica_del_mes_de_agosto – sensual_verano_MFFIYR

Espero lo hayan disfrutado y espero que me cuenten en sus comentarios.

Anyara

P.D: Shibori es una técnica de tintado para tela en que ésta se dobla, se pinza o se ata, para que el color forme patrones.