GENZAI
Presente
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ĒTERU Antología
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InuYasha llevaba largo rato despierto. La madrugaba estaba surcando la noche y no amanecería hasta dentro de un largo tiempo. Pensó en levantarse del futón y salir a la noche, quedarse en el descansillo exterior de la cabaña que compartía con Kagome y esperar a que el sueño regresase o a despejarse completamente. Sin embargo no quería mover ni un músculo, no quería despertar a su compañera que ahora mismo descansaba con la mitad de su cuerpo por sobre el propio. Lo mantenía abrazado con una pierna, por sobre las suyas, además de un brazo cruzándole el pecho y por encima de su cadera descansaba el vientre abultado que contenía la vida que ambos había formado. No era la primera vez que ella dormía así, pegada a él, tampoco era la primera vez que lo hacía en los últimos meses y en cada oportunidad InuYasha esperaba pacientemente a que su compañera decidiera ser quien se movía. Sentía algo particular al poder custodiar de esa manera su sueño y además percibir el movimiento suave de la bebé que Kagome contenía y alimentaba en su cuerpo. Podía escucharla, captar las vibraciones que producía al girar dentro del espacio líquido que el vientre de su compañera había generado, y generaba, para ella. En ocasiones se sorprendía mirando a un punto indefinido, prestando toda su atención a los sonidos que captaba.
No pudo evitar el miedo.
Desde que Kagome le contase que se había encontrado con un hombre que le habló del cometa Aciago, de su hija y del peligro que corría a manos de un youkai del que no había escuchado hablar; el miedo lo acompañaba a él y a su compañera como un manto oscuro que no conseguían eliminar. Sus días estaban llenos de las cuestiones habituales; la aldea, sus amigos, los hijos de éstos, la huerta, la comida. No obstante, al llegar la noche y el tiempo solos, todo era silencio. InuYasha resentía cada vez más ese silencio y la distancia extraña que compartían estando despiertos. Kagome casi no lo tocaba o miraba durante el día y él sentía que algo de lo que habían construido a través de los años de convivencia se había roto o al menos estaba a punto de hacerlo. Entendía que no era fácil atravesar el miedo, nunca lo era y él lo sabía bien, sin embargo estaba decidido a ser la fortaleza de su compañera. Por esa misma razón era que cada noche se echaba en el futón junto a ella y esperaba al momento en que Kagome decidía que la distancia había sido demasiada y se entregaba a un abrazo somnoliento que él atesoraba de modo que jamás conseguiría explicar.
La escuchó suspirar y la abstracción de sus pensamientos se dispersó y entregó toda su atención a ella que ahora se recogía suavemente sobre sí misma, parecía como si quisiera protegerse y proteger a la bebé en medio del abrazo. InuYasha le acarició con delicadeza el pelo y dejó un beso en su frente con un roce casi inexistente. Kagome respiró con más profundidad y él supo que estaba despertando. Esperó a ese momento en silencio y calma, para que ella no se alejara y le permitiese tenerla un poco más. Cerró los ojos, quizás si lo suponía dormido podría mantener la cercanía.
Kagome mantenía los ojos cerrados y notó la calidez en la que estaba envuelta. No tardó demasiado en comprender que permanecía abrazada a InuYasha y aquello le produjo alegría y pesar a partes iguales. Se sentía extraña, la preocupación y el miedo la invadían más de lo que quisiera y su mente no conseguía estar en paz aunque dedicara largo tiempo a la meditación y la contemplación interior. Finalmente, el único modo que encontraba de no trasladar la angustia que sentía a su compañero era el mutismo y el distanciamiento.
Pensó en salir del abrazo, sin embargo era tal su necesidad de consuelo ante las ideas que se desplegaban en su mente, que no se sintió capaz de contener todo eso sin, al menos, la cercanía de InuYasha. Era consciente que él ya sabía que estaba despierta, en eso siempre le había llevado ventaja. No obstante, en esto ella también había aprendido algo. Movió con sutileza los dedos de la mano que descansaba sobre el pecho desnudo de su compañero y notó el tenue cambio en la respiración de éste. Alzó la barbilla y se quedó observando las líneas que la suave luz de la hoguera creaba sobre el rostro de InuYasha y quiso sentirse nuevamente ligera y libre de inquietudes. Esperó, ante la pasividad estoica de él que no movía ni un solo músculo y pensó en alzarse un poco y ponerle un beso en la mandíbula, sin embargo se contuvo.
Una leve brisa entró por la abertura que habían dejado en una de las ventanas y Kagome se sacudió con un leve temblor. De inmediato sintió la mano de InuYasha que reposaba sobre su cabeza, buscando acercarla un poco más a él.
—¿Quieres que cierre más? —la voz de InuYasha rompió el silencio y las precauciones que ambos habían tomado.
Kagome negó con un gesto de la cabeza y un sonido que reafirmaba la negativa.
El silencio volvió entre ambos, no así la distancia. Al contrario, Kagome se movió en busca de más cercanía e InuYasha descendió la mano que había mantenido en su cabeza y lo descansó en la espalda baja de su compañera para darle énfasis a esa cercanía.
El fuego crepitó y uno de los maderos que se estaba consumiendo en él se partió. La noche se mantenía quieta, al igual que ellos. Ninguno de los dos decía nada, sin embargo ese silencio estaba cargado de pensamientos y emociones que si se hubiesen podido ver habrían estado fluctuando de una a otro.
Kagome sintió que la piel le bullía de ansia, en una especie de despertar que descargó con un suspiro que intentó fuese comedido. La mano que InuYasha mantenía en su espalda acentuó un poco más la presión y notó que la respiración de su compañero se había vuelto algo más inquieta, con inhalaciones y exhalaciones cortas que reflejaban su propia ansia. Se mantuvo mirando el modo en que esas respiraciones se movían bajo el pecho en que ella descansaba su cabeza y sintió la necesidad de presionarse un poco más hacia él para notar su calor, para recobrar lo que el miedo les estaba quitando. Su pierna se movió muy ligeramente, en un gesto que en cualquier otro momento habría parecido inocente, no obstante, InuYasha suspiró. En ese instante Kagome alzó la mirada y se encontró con los ojos dorados que le hacían una pregunta que ella respondió separando los labios para humedecerlos con la lengua en un movimiento lento y cargado de intención.
¿En qué momento el espacio en que estaban dejó de parecerle real?
La pregunta se quedó instalada en la mente de Kagome cuando InuYasha invadió su boca con la propia. Suspiró al sentir el contacto húmedo y la textura blanda de sus labios y su lengua. Notó que las lágrimas se le subían a los ojos y respiró profundamente para evitarlas. Se sostuvo del cuerpo de su compañero, no era la primera vez que hacían el amor estando ella embarazada, y permitió que él maniobrara con ella para abrazarla sin que su vientre fuese aplastado.
No había palabras; sólo besos, caricias y el sonido agitado de la respiración de ambos que se entremezclaba del mismo modo que hacían las emociones.
Se sintió ingrávida, elevada, fuera de todos aquellos pensamientos que la limitaban y la hacían esconder su amor.
InuYasha se posicionó por sobre Kagome, cuidando de dejar el espacio suficiente como para que estuviese cómoda y acariciarla y que se sintiese querida. Anhelaba besarla hasta que los suspiros que emitía le mostraran que por fin soltaba las cadenas que ella misma sostenía. La escuchó murmurar su nombre con aquel tono dulce y melancólico que últimamente marcaba sus encuentros. Le besó la sien, justo por sobre la cuenca del ojo y demoró la presión de los labios para que su compañera reconociese la adoración que aquella caricia contenía. Pudo notar las uñas de ella que se hincaban sobre los músculos de sus brazos en respuesta. InuYasha suspiró y continuó con los besos, por la mejilla y el cuello, mientras la mano que no lo sostenía se dedicaba a abrir la yukata que lo separaba de la desnudez de Kagome. Cuando la prenda estuvo abierta él se sentó sobre sus tobillos y desde ahí presenció el espectáculo fascinante de ver a su compañera con los cambios que el embarazo había puesto en ella. El pecho se le había redondeado, adquiriendo un tamaño y peso exquisitamente mayor. La zona de su estómago que antes era plana había cedido espacio a su vientre, de seis lunas llenas hoy, creando una semiesfera perfecta que descendía hacia su sexo. Se quedó observando aquella última parte, levemente inflamada y húmeda, y se permitió pensar en que aún no lo estaba lo suficiente. Le acarició los muslos que descansaban separados sobre sus propias piernas y llevó ambas manos hasta la ingle, escuchando la respiración desigual que Kagome le dio en respuesta. Rozó la zona externa de los pliegues del sexo, percibiendo el vello y la sutil vibración bajo su caricia. Pudo escuchar el modo en que su compañera contenía la respiración para luego liberar el aire en pequeños cortos suspiros. La caricia volvió en retroceso, esta vez humedeciendo los pulgares en el flujo cristalino que comenzaba a brotar del interior de Kagome y que removió su olfato, y sus demás sentidos, de forma abrumadora. La miró a los ojos y comprobó que ella se mantenía atenta a cada expresión de él. Tocó con ambos pulgares el clítoris, de lado y lado, estimulándolo con una caricia destinada a verla arquearse como lo estaba haciendo.
La visión de Kagome, gimiendo y perdiéndose en el toque de sus dedos, elevó su excitación de forma violenta y aquello lo mareó. InuYasha cerró los ojos durante un momento y al abrirlos se sintió invadido por el deseo de llenarse de ella; de sus exclamaciones y sus contoneos, del contacto de su piel y el impresionante aroma de su sexo.
Se echó hacia su compañera, sin abandonar la caricia que le efectuaba entre las piernas, conteniendo todo el peso de su cuerpo con la fuerza pura de sus abdominales, para así llenarse la boca con uno de los pezones que le pedía ser probado. InuYasha se escuchó gemir de puro placer al succionar la punta y escuchar a Kagome resonar de goce.
Sintió la emoción viva del deseo entrelazada con la tristeza que lo llenaba cuando su compañera se alejaba de él.
Soltó el pezón con un sonido húmedo y lascivo, para pasar al otro pecho y succionar incluso con más ahínco. Kagome le sostuvo la cabeza hacia ella, arqueándose más, como si le pidiera que todo lo que hiciera fuese más fuerte y más intenso.
La forma en que las caricias se fueron expandiendo sólo podía compararse con el rítmico florecer de una flor, cuyos pétalos se rozan y se expanden hasta su plenitud. Los murmullos, suspiros y gemidos se abrían paso, sin abandonar el toque melancólico que los venía acompañando el último tiempo, e InuYasha sentía que el pecho le iba a reventar de dolor, no obstante, también de amor.
La entrega estaba siendo intensa y silenciosa en palabras.
Se mantenía tras el cuerpo de su compañera y la sostenía con mucho más ímpetu mientras su sexo la horadaba sin reparo. Kagome sollozaba y gemía y no dejaba de mirarlo con los ojos llenos de las lágrimas que el temor por la vida que ambos habían gestado le producía. Él podía entenderlo y sabía que esas lágrimas brotaban ahora que su cuerpo buscaba liberar la tensión que contenía su corazón. InuYasha le tocó la mejilla en un acto de total delicadeza, que contrastaba completamente con la fuerza con que su cadera empujaba dentro de ella. Pudo ver la primera lágrima caer y la sintió caliente cuando le tocó el pulgar. Entonces Kagome cerró los ojos y alzó la barbilla y gimió alto, precisando soltar la tristeza y conseguir el poder de la pasión que la conectaba a la vida. InuYasha comprendió su necesidad y ahogó la declaración de amor que le centelleaba en el pecho para reemplazarla por gruñidos destinados a otorgarle a su compañera la calma enloquecida del clímax.
La sintió contraerse, tensarse y temblar. El temblor se convirtió en un espasmo y un gemido que deseó seguir para poder acompañar su orgasmo con el propio. Sin embargo no sucedió y cuando Kagome se quedó lánguida en el abrazo que él le daba aquello dejó de importar. El ansia que InuYasha experimentaba iba más allá de la culminación física; la necesitaba a ella, así, como estaba ahora. Respiró sobre su pelo y se llenó del aroma reconfortante que siempre había tenido. Sintió como si nuevamente el mundo tuviese un orden concreto y ese orden partiese del centro unido de ellos dos.
Percibió el roce de los dedos de Kagome sobre el hilo rojo que él llevaba en el meñique y que era el símbolo de la alianza que ellos habían decidido hacía mucho tiempo.
—No quiero alejarme —le confesó, asida a él en el abrazo que mantenían.
—No lo hagas —murmuró tras su oreja.
—No quiero que le pase nada a ella —el sonido de su voz era tan suave que casi parecía una plegaria.
¿Qué podía responder?
Su primer impulso fue el de asegurarle que nada malo pasaría; él estaba dispuesto a dar su vida para que así fuese. No obstante, sabía que Kagome necesitaba más que eso.
—Hay que vivir los días de a uno —comenzó y la abrazó un poco más—, el presente, un día tras otro, hasta que sepamos qué hacer.
Entonces la escuchó sonreír y el corazón le dio un vuelco tan fuerte en el pecho que le causó dolor. No era una risa abierta, no era clara como las que solía tener cuando se le iluminaban los ojos, sin embargo era más de lo que había estado dispuesta a entregar el último tiempo. InuYasha sintió que le acariciaba nuevamente el hilo rojo en el meñique.
—Gracias —la escuchó decir—, por recordarme que el presente es también un regalo.
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N/A
ĒTERU Antología, como conjunto de relatos, está pensado para contar momentos que componen el universo de ĒTERU y que en mi mente están como hechos. Este en particular tenía mucho tiempo queriendo escribirlo. Quería contar cómo vivían InuYasha y Kagome la incertidumbre por el futuro de Moroha y cómo aquello podía afectar a su relación.
Espero que les haya gustado.
Besos
Anyara
